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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Thu, 16 Apr 2026 23:15:47 +0000</lastBuildDate>
    <language>es-CO</language>
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	<title>Blogs de escribir | Blogs El Espectador</title>
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        <item>
        <title>Escribir</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/escribir/</link>
        <description><![CDATA[<p>Permanecer en el amor por las palabras.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><em>Imagen: </em>Marcel Proust<em> escribiendo en la cama</em>.</p>



<p>Con el paso del tiempo dejé de lamentarme por la desazón que me proporcionaba la escritura. Tomé una posición diferente frente al hecho de escribir, de gratitud más que de resignación, porque entendí que alrededor de los libros que uno construye con el fin de que, al menos, no avergüencen a los amigos ni decepcionen, en parte, a esos espíritus de luz que son los lectores, a pesar de fracasar en ese propósito, subsiste la esperanza de ver la vida, con los años, encontrar el puerto que con tanta obstinación uno cree que está oculto más allá de la oscura bruma del naufragio.</p>



<p><strong>Ese puerto anhelado no sería más que la permanencia en el amor por las palabras</strong>, pues estas son lo único que tenemos para llegar a las cosas, aunque, bella paradoja, nunca nos vayan a llevar a ellas. Pues los artistas entienden que sólo les quedan signos como constancia de lo vivido, esa indefinible materia de los sueños. Y los escritores, que también trabajan con signos, con imágenes, también entienden que las palabras, propias, y las de otros, son faros que rielan en su inmensa soledad.</p>



<p><strong>Baudelaire, faro que se alcanza a ver desde todos los confines de la noche</strong>.</p>



<p>Al creer, en algún momento, que no tenemos lo tangible, sino que nos pertenecen tan sólo las palabras, decidí celebrar el lenguaje, tan misterioso y diáfano a la vez, porque en él encontraba el fuego inicial de <strong>la poesía como materia de toda sólida escritura</strong>.</p>



<p>Sin embargo, al emprender esta celebración, supe que había perdido el hogar y había ganado los caminos. Nada de lo que pensaba que había sido mío se encontraba ahora a mi lado. Al intentar erigir mi propia casa, lejos de los cafetales donde mi padre me paseara de niño dentro de un canasto, supe que sus cimientos eran endebles, que los vientos del sueño y de la inquietud la derribaban: quería volver, quería entrar en la primera noche de mi vida, oler el cielo azul oscuro de la montaña. Y desaparecer.</p>



<p>En ese instante, en que se desvaneció en su totalidad el camino de regreso, me recordé parado por primera vez frente a la puerta de la poesía, cuando aún se percibía la tibieza del cuerpo muerto de la niñez.</p>



<p>Y hoy, que me sorprendo persistiendo en la literatura después del éxodo, de nuevo en casa, reconozco que escribo, más que para buscar reconocimiento, sí para homenajear esta vida sencilla, atiborrada de libros, de viejos periódicos y de café, porque escribir me ha llevado por un cauce dificultoso, sí, pero ha sido para desembocar en lo que ahora soy, el hombre que se mantiene en pie para vencer su propio dolor. Escribo para no derrumbarme. Y esto ha valido ya la pena. Vale la pena vivir, ha valido la pena vivir.</p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><a href="https://twitter.com/amguiral"><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></a></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=124618</guid>
        <pubDate>Tue, 13 Jan 2026 13:43:54 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/13084246/Proust.jpeg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Escribir]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Pensar para escribir o escribir para pensar</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/pensar-escribir-escribir-pensar/</link>
        <description><![CDATA[<p>Muchos creen que este planteamiento incumbe solo a los novelistas, ensayistas (incluyendo columnistas) y poetas. Procuraré demostrar que en realidad nos debe importar a todos. Aunque cada autor ofrece una respuesta diferente, la mayoría reconoce que antes de sentarse a trabajar incuba en su mente, en sus libretas, lecturas y meditaciones, la historia y la [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Muchos creen que este planteamiento incumbe solo a los novelistas, ensayistas (incluyendo columnistas) y poetas. Procuraré demostrar que en realidad nos debe importar a todos.</p>
<p>Aunque cada autor ofrece una respuesta diferente, la mayoría reconoce que antes de sentarse a trabajar incuba en su mente, en sus libretas, lecturas y meditaciones, la historia y la reflexión que pretende redactar. En fin, piensa para escribir.</p>
<p>Al tiempo ellos aceptan que a medida que escriben, su plan cambia, nacen ideas, hipótesis novedosas, personajes inolvidables. El ejercicio físico de redactar atiza su cerebro y su imaginación para urdir desenlaces. O sea, el acto de escribir genera nuevos pensamientos.</p>
<p>Este hallazgo es maravilloso y preocupante.</p>
<p>Desde hace tiempo los países más innovadores saben que la buena escritura ayuda a reflexionar y actuar bien. La creencia más común la concibe tan solo como un medio para expresar lo que pensamos y lo que conocemos. Hoy sabemos más. Fomenta habilidades cognitivas. Escribimos a la par que cavilamos, organizamos ideas, afilamos argumentos hasta tener el texto redondo. Y todo ello, al interiorizarse, crea hábitos para la vida: pensar críticamente, aclarar conceptos, corregir con humildad, respetar reglas, validar intuiciones, aceptar críticas, tener en cuenta a otros y cranear soluciones.</p>
<p>En términos más relucientes, escribir tiene efectos epistémicos: desarrolla el saber. Significa que enciende la comprensión y la invención. Además, tiene efectos terapéuticos. Más de un escritor famoso y millones de personas han encontrado en la escritura una tabla de salvación para el naufragio de su razón.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p>En este punto conviene enfatizar algo. La habilidad para escribir es subsidiaria del acto de leer. Así es como se conforma un asombroso triángulo del desarrollo humano: la lectura, la escritura y el pensamiento.</p>
<p>Vamos a lo preocupante. Entre 79 países evaluados, Colombia ocupa el puesto 58 en las pruebas PISA de lectura. Más del 50% de los estudiantes evaluados no pasan del nivel 2 entre 6. Como dice el experto en educación, Julián de Zubiría, quien lee mal, entiende mal un problema. Entonces ¿cómo lo resolverá? Y es curioso este resultado porque el país invierte cerca del 4,5% del PIB en educación mientras que los países con mejores resultados alcanzan el 6%, lo que no representa una diferencia notable. Por lo visto, gastamos mucho y sin sentido. Las protestas estudiantiles que piden más presupuesto podrían ampliar su foco de inconformidad.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p>En los Estados Unidos, más del 95% de las universidades y colleges exigen cursos de composición escrita al inicio de los estudios. Tienen programas con Tutores, Compañeros y Materias de Escritura. Está en el pénsum de todas las disciplinas. Como competencia es de las más valoradas en su sistema. Por algo este país es la meca de los talleres de escritura.</p>
<p>Hay algo, pues, que no está funcionando en nuestro sistema educativo. Un niño colombiano está obligado a leer más libros que un norteamericano; pero mientras que el de aquí debe preparar un resumen de su lectura al de allá le piden un ensayo. El ensayo implica reflexionar; el resumen, recordar. De Zubiría dice que nuestra educación es memorística.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p>Un reciente estudio de la Universidad Javeriana constataba que muchos de los jóvenes con menores puntajes en las pruebas Saber Pro y Saber 11 optan por la docencia como profesión. Hay que agregar la resistencia del gremio de los profesores a cualquier método de evaluación de su trabajo. Un círculo vicioso devastador que cierra con algo peor. La productividad media de un colombiano es de las más regulares del mundo, empeora cada año, y compromete la competitividad del país en los mercados mundiales. Y uno de los factores que la determinan es la baja formación.</p>
<p>El asunto es serio. Currículo, profesores, pedagogía. Malos lectores y escritores impactan el progreso económico y el bienestar de los colombianos. ¡Afectan las exportaciones!</p>
<p>Quizá esta correlación es culebrera y cándida. Pretende celebrar la proliferación de talleres de escritura por todo el país; defender la necesidad de imponerlos en el bachillerato y en las universidades. No importa, como diría el maestro Borges, que sea un propósito no imposible, aunque sí sobrenatural. Los colombianos no poseemos ni más ni menos inteligencia que los demás pueblos del mundo; lo evidente es que hacemos mal uso de ella en actividades menores. En el mejor de los casos, en la política, la abogacía y el rebusque; y en el peor, en la corrupción y el delito.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p>Una encantadora apuesta: quien mejora su escritura tiene posibilidades de tonificar su razonamiento y enderezar su conducta.</p>
<p><strong>Nota: </strong>El autor de este blog asiste al Taller de Escritura Creativa de Comfandi, dirigido por los escritores Julio César Londoño y Betsimar Sepúlveda <a href="https://www.comfandi.com.co/persona/cali/eventos/taller-de-escritura-creativa-online-comfandi-2020">https://www.comfandi.com.co/persona/cali/eventos/taller-de-escritura-creativa-online-comfandi-2020</a>)</p>
]]></content:encoded>
        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=79867</guid>
        <pubDate>Sun, 18 Oct 2020 11:14:29 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-1-1.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Pensar para escribir o escribir para pensar]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Manuel J Bolívar</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Escribir en la escuela</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/palabra-maestra/escribir-la-escuela/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Escribir es una de las formas que tenemos para estar atentos al mundo y a lo que nos pasa. Escribir forma parte de una tentativa para ser parte del mundo de una forma más reflexiva, más consciente, más plena, más intensa.” Jorge Larrosa El toque mágico de mi ejercicio de escritura no es cosa distinta [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><em>“Escribir es una de las formas que tenemos para estar atentos al mundo y a lo que nos pasa.<br />
Escribir forma parte de una tentativa para ser parte del mundo de una forma más reflexiva,<br />
más consciente, más plena, más intensa.”</em><br />
Jorge Larrosa</p></blockquote>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone  wp-image-69976" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2019/07/escribir-en-la-escuela-300x164.jpg" alt="" width="490" height="268" /></p>
<p>El toque mágico de mi ejercicio de escritura no es cosa distinta a hacer un esfuerzo por mostrar a los demás, principalmente a los estudiantes y los docentes, mi propia experiencia como lector, como escritor, como ser humano. Cuando entro al aula de clases los estudiantes leen mi caminar, mi rostro, mi estado de ánimo; me siento como un actor que se la juega en cada representación para obtener el papel principal; sé que puedo trascender en sus vidas con lo que diga y con lo que haga, con mi ejemplo, y no escatimo esfuerzo ni recurso para intentar dejar huella. Es mi historia de vida la que llevo a cuestas, y es mi ser, la proyección de lo que soy, lo que permite la cercanía comunicativa con mis estudiantes. ¿Qué imagen de maestro deseamos proyectar?, es la pregunta que debe movilizar nuestro quehacer pedagógico si queremos romper con la queja sobre el desdibujamiento del lugar del maestro en la época actual.</p>
<p>Lo primero es crear el nexo afectivo generador de confianza con nuestros estudiantes y esto solo es posible desde la palabra viva. Experimentar las bondades del lenguaje desde el saludo, desde el diálogo sobre aspectos de la convivencia escolar, desde la conversación que indaga sobre los diferentes sucesos que acontecen en nuestro país y en el mundo, desde la reflexión sobre las problemáticas que ocupan nuestra cotidianidad, desde las preguntas que interpelan todo el tiempo a nuestro ser y a nuestra existencia misma.</p>
<p>Somos seres narrativos por naturaleza; por ello Ricoeur plantea “la necesidad de un gran rodeo por el imperio de los signos, de los símbolos, de las normas y por todas las obras que la historia de nuestra cultura ha depositado en nuestra memoria común”<em>, </em>labor donde la escuela juega un papel fundamental<em>. </em>Así que siempre cuento historias y jamás dejo de hacerlo; apegándome a los rituales, propicio espacios en mi programación semanal: “La hora de la reflexión”, “La palabra tiene la palabra” o &#8220;Soñando y escribiendo textos&#8221;. Inicialmente soy el escritor o el narrador, más luego cedo mi rol a mis invitados especiales -los estudiantes, los maestros, los padres de familia&#8230;- que gustosos aceptan el reto, sin saber que ya han mordido un anzuelo del que ya no querrán liberarse.</p>
<p>Pero desmenucemos un poco más el asunto. Comienzo con relatos autobiográficos, abriendo las páginas de mi propia vida; reflexiono sobre mis raíces y reconozco con orgullo mis antepasados –bisabuelos, abuelos, padres-, lo que siento que de ellos llevo en mí. Cómo no recordar aquella época de mi infancia de niño asmático, cuando en lugar de salir a jugar fútbol con mis amigos tenía que entretenerme leyendo libros que me regalaba mi padre, entre ellos la revista <em>Selecciones </em>de Reader&#8217;s Digest y una colección literaria editada, en papel periódico, por el Instituto Colombiano de Cultura, que por aquel entonces tan solo costaba tres pesos.</p>
<p>Recuerdo los maestros que dejaron huella en mi formación, hago una semblanza de mi ingreso al mundo de la lectura y la escritura –al fascinante mundo de los libros- y termino hablando sobre mi vida actual: mis pasatiempos, mis sueños y lo que pienso sobre lo que pasa en el país.</p>
<p>Algunos no ocultan su cara de sorpresa cuando les cuento que de pequeño, antes de descubrir mi vocación como maestro, quería ser arriero como mi bisabuelo en las montañas del viejo Caldas o vendedor de periódicos cuando a la ciudad me trajeron. Miro sus caras de complicidad, muchos levantan la mano, quieren “contar”, los padres, qué querían ser de chicos y estos qué quieren ser cuando grandes. Culminadas las presentaciones, entrego copia de mi relato autobiográfico; con este texto modelo retomo los elementos característicos del texto biográfico y los invito a que lleven al papel sus propios relatos. Este es el tipo de experiencias de escritura que encuentran eco en los estudiantes: las que hablan de ellos mismos, de su percepción del mundo, de sus preocupaciones, de sus sueños&#8230;</p>
<p>Algunos maestros muestran recelo de compartir su historia de vida, entonces les propongo que se apoyen en biografías de escritores o personajes que han sido referentes positivos para el mundo. Se trata de construir esa mirada cronológica tan necesaria para comprender la importancia del estudio del pasado, de las realizaciones humanas, encontrando el hilo del tiempo que une la historia personal, familiar y local con los hilos que nos atan a una historia más general o universal.</p>
<p>Oralidad, lectura y escritura son formas del lenguaje con las que nos representamos y nombramos la realidad. Ellas van irremediablemente de la mano. El maestro actúa como un encantador de la palabra y tiene en sus manos regalar a sus estudiantes su prodigio maravilloso. Con sus palabras contagia humanidad, en sus historias recupera la vocación narrativa de los primeros pueblos como elementos fundantes -como el mito de Bachué, de Rómulo y Remo u otros-, incorpora en sus relatos el sentido de la vida en comunidad, con fuerza creativa modela su relación con la palabra y en sus acciones se confirma.</p>
<p>Ahora sí a contar cuentos, pero cada cuento tiene su cuento. Comparto de qué tradición literaria y géneros proceden, por ejemplo <em>Las mil y una noches, Calila y Dimna, Las fábulas de Esopo, Los cuentos de la China milenaria, Los viajes de Marco Polo, Sidartha, El mundo de Sofía, El viaje al país de los números</em>, enlazando la literatura con la filosofía, con las matemáticas u otras áreas del conocimiento, desde distintas épocas y lugares del mundo, incluida por supuesto la tradición oral colombiana.</p>
<p>La llegada a clase se convierte en un gozo por acceder a las maravillas que habitan en el gran océano de los libros. Está en nuestras manos inquietar a jóvenes y niños para que se sumerjan en sus profundas aguas en la búsqueda de sí mismos, descifrar con ellos esos referentes culturales que dan asidero al presente, interpretar juntos los graves problemas que convulsionan al mundo y ahondar en un acercamiento hermenéutico de nuestra realidad planetaria.</p>
<p>En el hablar hablando, en el leer leyendo y en el escribir escribiendo, no de otra manera se ingresa al mundo letrado. El maestro empieza narrando cuentos, los estudiantes relatan cuentos; el maestro declama poesías, los estudiantes recitan poesías; el maestro comenta los libros de la clase y los que lee en casa, los estudiantes comparten sus lecturas de colegio y de casa; el maestro propone exposiciones modelando primero cómo espera que lo hagan, los estudiantes hacen exposiciones. En consecuencia, es el maestro un atizador de las palabras y un referente para todos sus estudiantes.</p>
<p>Luego vienen las experiencias escriturales. Por ejemplo: entregar el inicio de un cuento para que todos lo continuemos; compartir la síntesis de un texto para estimular una experiencia creativa; leer mapas conceptuales y traducirlos a un escrito; comprender, en textos expositivos, la épica que explica la gesta del Libertador para trasladarla a un guión puesto en escena; etc. Si el maestro hace primero el ejercicio de escritura, la respuesta de sus estudiantes está garantizada, auténtica manera de multiplicar la motivación. “Nuestro maestro no dice lo que hay que hacer, él lo hace y luego nos convida a hacerlo”, es el imaginario que debemos forjar frente a nuestros estudiantes.</p>
<p>Considero que es innecesario seguir recitando al inicio del año el soso recetario de deberes y derechos formulados en el manual de convivencia. Por el contrario, este ha de ser resultado de mucho debate, y debe consolidarse por tanto como un constructo colectivo. Lispector exalta la vocación inasible y creativa de las palabras y con ellas reafirma su condición humanizante: “Solo me comprometo con la vida que nace con el tiempo y que crece con él”. Mastretta poetiza su compromiso con la existencia: “Yo me comprometo a vivir con intensidad y regocijo, a no dejarme vencer por los abismos del amor, ni por el miedo ni por el olvido, ni siquiera por el tormento de una pasión contrariada.”</p>
<p>Escribo un texto en el que expreso a qué me comprometo como maestro y como ciudadano del mundo, muestro mi condición de espectador capaz de asombrarse y de sobrecogerse con lo que acontece a su alrededor, un ser que no marcha indiferente, que se interroga permanentemente, un ser que necesita de los otros, un maestro que es consciente de la obra delicada en la que participa. El texto termina con las palabras que motivan la propuesta de escritura: Y tú, ¿a qué te comprometes?</p>
<p>¿Qué sucede cuando alguien siente que ha hecho una creación meritoria? Desea compartirla para que otros reconozcan los atisbos de su espíritu creativo. Por ello debemos permitir la lectura en clase de las creaciones de los estudiantes; ese es el mejor estímulo para acrecentar su interés en la lectura y la escritura. “¡Es que se pierde mucha clase!”, podrían refutar algunos, pero este es un detonante hacia futuras propuestas de escritura que no podemos dejar escapar. Detenernos en sus producciones, hacer comentarios es mostrar interés en lo que escriben, es la oportunidad para construir una visión distinta de la lectura y la escritura, para practicar la intertextualidad poniendo en diálogo lo que escriben con lo que han leído o están leyendo en los planes lectores, relacionándolo también con la cantidad de películas disfrutadas y lo aprendido en las distintas áreas.</p>
<p>De entrada rompemos con el fantasma de la página en blanco porque tenemos siempre de qué hablar, en torno a qué fraguar producciones. Como diría Umberto Eco en <em>Apostillas a El nombre de la rosa</em>: “para crear un mundo primero hay que poblarlo, no existen los instantes de iluminación para crear una obra literaria, son la multiplicidad de lecturas y de textos los que van regalándonos la variedad de temáticas, de tramas, de sucesos, de otros mundos y de recursos que luego el escritor, como hábil artesano, sabrá hilvanar en sus creaciones<em>”.</em></p>
<p>Debemos reconocer que nunca nos las sabremos todas. Si la poesía no está en nuestro campo creativo, pues está el mágico recurso de una buena selección de textos poéticos. ¿Cuáles son los poemas que me gustan y por qué? (Neruda, Barba Jacob, Silva, Whitman). Los podemos declamar, leer en voz alta de la pantalla para nuestros estudiantes, escucharlos en la voz de los poetas o de otros –no siempre los poetas tienen la cadencia o el tono que nos place-, disfrutar composiciones poéticas convertidas en canciones. Proponemos el trabajo en pequeños grupos para la puesta en escena de una poesía. Sorteamos nombres de poetas para que cada uno consulte y comparta sus poesías frente a la clase. Y de nuevo el anzuelo creativo: vamos a contestar al clamor del poeta, vamos a tomar unos versos prestados para iniciar nuestro propio poema, vamos a realizar una creación colectiva con la técnica surrealista del cadáver exquisito hasta llegar a hacer nuestra propia creación poética. Previamente hemos indagado las figuras literarias, sin masacrar la poesía en sus conteos métricos, en ese ejercicio fatigante con el que muchos maestros desencantaron a sus estudiantes de la poesía queriendo encontrar sentidos en cada verso. Finalmente, leemos y gozamos nuestras propias creaciones.</p>
<p>¿Para qué teorizar tanto sobre el texto noticia si la materia prima está a nuestro alrededor? Los estudiantes redactan noticias sobre lo que sucede en la escuela: sobre los proyectos o eventos que se encuentran en curso o están por realizarse, sobre las salidas pedagógicas u otros hechos ocurridos en la comunidad. En palabras de Larrosa: “Si pretendemos escribir desde la experiencia, solo podemos escribir lo que nos hace escribir, lo que se nos da a escribir, lo que de alguna forma concierne nuestra escritura, lo que de alguna manera se impone a nosotros, lo que de alguna manera nos importa, lo que nos exige escribir”.</p>
<p>Por esto debemos ir más allá, dar el giro que tanto gustaba a García Márquez: humanizar los hechos noticiosos a través de la crónica periodística, aproximarse a los personajes, indagar lo suficiente para ir al “detrás” de lo aparente. La crónica, un género a caballo entre el periodismo y la literatura, permite incursionar en los hechos cotidianos, en la vida que se juega en la calle, en el parque, en los recovecos de nuestro barrio, de nuestra ciudad, en las plazas de mercado, en ese otro mundo de la vida nocturna, en las márgenes de los habitantes de la calle y en los que han quedado atrapados por las distintas formas de degradación humana.</p>
<p>Basta acercarse a autores consagrados y aprender sus recursos, su estilo. Bajar la literatura de su pedestal y disfrutarla como apropiación de la realidad, que deviene a veces en tragedia o en comedia.</p>
<p>El problema con el ensayo -género híbrido que dialoga con los demás géneros, en el que el autor aparece de cuerpo entero y que permite el mayor despliegue de creatividad-  es que lo hemos convertido en una visión acartonada. Lamentablemente, algunos docentes terminan volviéndolo cuadriculado al ceñirse a su estructura de tesis, argumentos y conclusión, fustigando las veleidades creativas que se toman los estudiantes o pervirtiéndolo al exagerar su uso; ya los jóvenes esperan el balde de agua fría: ¡<em>produzcan un ensayo</em>!, como si se tratara de soplar y hacer botellas. “Menos es más”, esta expresión pone en cuestión el “activismo” al que se ven abocados algunos docentes; no se trata de saturar, se trata de que en cada texto se perfile la mirada del artista; como decía Eco, “quien contempla su obra, la desecha, la retoca, la reelabora y la va puliendo, poco a poco, hasta quedar satisfecho con su producto final”. Dos producciones por periodo es más que suficiente.</p>
<p>Los maestros compartimos la rúbrica con la que se valorará el texto. Utilizamos la coevaluación y la evaluación grupal. Se devuelven las producciones y viene la versión final. Es la cultura de los bocetos en arte, que en el ejercicio de la escritura denominamos borradores. Todo un trabajo juicioso que incorpora aspectos gramaticales, ortográficos y, especialmente, de cohesión y coherencia. Un trabajo que exige tiempo del estudiante y tiempo del profesor. Un trabajo pausado y reflexivo en el que se visualiza la intervención pedagógica y la autonomía que va ganando el estudiante en el monitoreo de su proceso de aprendizaje.</p>
<p>El diario personal y las bitácoras son excelentes pretextos para la producción escrita; su volumen no debe preocupar al docente, pues se trata de escrituras intimistas en las que pueden expresar: ¿qué veo?, ¿qué siento?, ¿qué quiero?, ¿qué me depara el futuro?, preguntas para aprender, para comprender y comprenderse, para reinventarse, para transformar el mundo&#8230;</p>
<p>He mencionado solo algunos tipos de textos, pero hay otros que son de buen recibo por los estudiantes: las cartas, los cuentos dibujados, las reseñas literarias, las historietas&#8230; Larrosa insiste en que no es la sapiencia del docente lo que arrastra al estudiante, sino “&#8230; lo que es, con su propia identidad moral como educador, con el valor y el sentido que le confiere a su práctica, con su autoconciencia profesional”.</p>
<p>En conclusión, lo que trasciende es la manera como el docente comparte lo que sabe y, especialmente, lo que es. El maestro que reflexiona sobre su práctica pedagógica, que no deja apagar su curiosidad por el conocimiento, que expresa su visión crítica de lo que ocurre en el país y en el mundo, que toma en cuenta las particularidades del contexto en que está inserta su comunidad educativa, que utiliza y demuestra las bondades de las redes virtuales, que lee y escribe para sus estudiantes, que exterioriza alegría cuando llega al aula de clase y que se entusiasma con las creaciones de sus estudiantes, es un maestro que ha hecho la mejor elección: su trabajo es su proyecto de vida y los estudiantes su aliciente cotidiano.</p>
<h3>Bibliografía</h3>
<ul>
<li>Eco, Umberto. <em>Apostillas a El nombre de la rosa</em>. Análisis, Núm. 9, 1984, 5-32. Recuperado de <a href="https://www.raco.cat/index.php/Analisi/article/viewFile/41264/88267%26a=bi%26pagenumber=1%26w=100" target="_blank" rel="noopener noreferrer">https://www.raco.cat/index.php/Analisi/article</a></li>
<li>Eco, Umberto. <em>Seis paseos por los bosques narrativos</em>. Harvard University, Norton Lectures, 1992-1993, Editorial Lumen. Recuperado de <a href="https://www.guao.org/sites/default/files/biblioteca/Umberto%20Eco.%20Seis%20paseos%20por%20los%20bosques%20narrativos.pdf" target="_blank" rel="noopener noreferrer">https://www.guao.org/sites/default/files/biblioteca</a></li>
<li>Larrosa, Jorge. <em>Una invitación a la escritura. </em>Recuperado de <a href="http://ieie.udistrital.edu.co/pdf/Una%20invitaci%C3%B3n%20a%20la%20escritura.pdf" target="_blank" rel="noopener noreferrer">http://ieie.udistrital.edu.co/pdf/Una%20invitaci%C3%B3n%20a%20la%20escritura.pdf</a></li>
<li>Larrosa, Jorge. <em>El ensayo y la escritura académica</em>. Universidad de Barcelona. Recuperado de <a href="https://www.uv.mx/personal/lenunez/files/2013/06/LR10_ElEnsayoEscrituraAcademica.pdf" target="_blank" rel="noopener noreferrer">https://www.uv.mx/personal/lenunez/files/2013/06/LR10_ElEnsayoEscrituraAcademica.pdf</a></li>
<li>Larrosa, Jorge. <em>Dar a leer, dar a pensar&#8230; quizá&#8230;entre literatura y filosofía. </em>Recuperado de <a href="https://teorialiteraria2009.files.wordpress.com/2009/04/larrosa-jorge-dar-de-pensar-dar-de-leer-quiza.pdf" target="_blank" rel="noopener noreferrer">https://teorialiteraria2009.files.wordpress.com/2009/04/larrosa-jorge-dar-de-pensar-dar-de-leer-quiza.pdf</a></li>
<li>Larrosa, Jorge. <em>Escuela, poder y subjetivación</em>. Ediciones de la Piqueta, Madrid, 1995. Recuperado de <a href="http://agmer.org.ar/index/wp-content/uploads/2014/07/Itinerario-3-Escuela-poder-y-subjetivacion.pdf" target="_blank" rel="noopener noreferrer">http://agmer.org.ar/index/wp-content/uploads/2014/07/Itinerario-3-Escuela-poder-y-subjetivacion.pdf</a></li>
<li>Lispector, Clarice. <em>Agua viva</em>. Recuperado de <a href="https://www.ceciliamaugeri.com.ar/agua-viva-de-clarice-lispector-fragmentos/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">https://www.ceciliamaugeri.com.ar/agua-viva-de-clarice-lispector-fragmentos/</a></li>
<li>Pedroza Doria, Edinson. <em>La escritura creativa y su importancia en la transformación del ser humano</em>. El Espectador, 23 de noviembre, 2012. Recuperado de <a href="https://www.elespectador.com/noticias/soyperiodista/escritura-creativa-y-su-importancia-transformacion-del-articulo-388784" target="_blank" rel="noopener noreferrer">https://www.elespectador.com/noticias/soyperiodista/escritura-creativa-y-su-importancia-transformacion-del-articulo-388784</a></li>
<li>Zambrano, María. <em>Por qué se escribe</em>. Revista de Occidente, tomo XLIV, p. 318, Madrid, 1934. Recuperado de <a href="https://javierbrolo.files.wordpress.com/2012/12/por-que-se-escribe-maria-zambrano.pdf" target="_blank" rel="noopener noreferrer">https://javierbrolo.files.wordpress.com/2012/12/por-que-se-escribe-maria-zambrano.pdf</a></li>
</ul>
<p><strong>Autor: </strong><br />
Rubén Darío Cárdenas<br />
Gran Rector Premio Compartir 2016</p>
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        <author>Compartir Palabra Maestra</author>
                    <category>Palabra Maestra</category>
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        <pubDate>Tue, 30 Jul 2019 21:52:53 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Escribir en la escuela]]></media:description>
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        <title>Un caballo prestado para leer</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/caballo-prestado-la-lectura/</link>
        <description><![CDATA[<p>La profesora había sacrificado sus tardes de descanso para tomar un caballo prestado e irnos a visitar, día tras día, hasta que yo aprendiera a leer y a escribir.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay una pregunta que durante varios años me ha angustiado. Cuando llegó a mí apenas me asombró, pero el tiempo la ha ido alimentando como a una quimera baudelairiana de tal manera que su peso no me permite la tranquilidad. Es la pregunta por la lectura. El primer rostro que le vi fue trivial: <strong><em>¿para qué leer?</em></strong> Luego, apareció ante mí con una apariencia amenazante: <strong><em>¿por qué hay personas que no leen?</em></strong> Al intentar acercarme a posibles respuestas, tuve que apelar a la memoria: escarbar en mí mismo como un gorrión de páramo escarba la ceniza bajo la lluvia. En 1992 estaba en segundo de primaria y era uno de los niños del curso a quien más se le dificultaba aprender a leer y a escribir. Presumo que este aprendizaje no me interesaba porque robar guayabas, interrumpir el sueño de las lombrices o afrentar temerarias lagartijas por los caminos me resultaba, como verán, mucho más atractivo.</p>
<p>La finca cafetera donde vivíamos entonces le hacía bastante honor a su nombre: <em>El Hoyo</em>. Estaba ubicada a dos horas a pie de la escuela, escondida detrás de la cima de la montaña desde donde mamá me observaba descender para ir a estudiar, hasta que tanto ella como yo éramos tan solo un punto que desaparecía a lo lejos. Yo tenía seis años y ya estaba aprendiendo, en la práctica, a ser un peatón. Una tarde llegó una visita inesperada. <strong>Los niños corrieron por el corredor a mirar y los perros salieron de entre los cafetales a inspeccionar el caballo de color canela que había traído hasta el mismísimo patio de la casa a mi profesora de español</strong>. María Luisa se sentó en un extremo del comedor y sorbió un tinto en silencio. Sus manos estaban temblorosas; el vapor que salía de la taza le acariciaba su cabello corto. Cuando mamá logró sacarme de mi escondite y hacerme sentar a un lado de la joven profesora, me dijo: <strong><em>Vine a insistirte en que aprendas a leer y a escribir</em></strong>. Desde ese día, durante muchos meses, solo sé que tomaba mi mano para ayudarme a darle forma a las palabras. Yo podía poner sobre el papel un par de letras torcidas pero era ella quien, en realidad, escribía… hasta cuando pude hacerlo por mí mismo. Tomé el lápiz despacio y fue apareciendo sobre la hoja la primera palabra que me pertenecía. La profesora había sacrificado sus tardes de descanso para tomar un caballo prestado e irnos a visitar, día tras día, hasta que yo aprendiera a hacerlo.</p>
<p>María Luisa, estuviste poco tiempo en la vereda Partidas, no volví a verte, no sé dónde vives ahora, pero cada vez que llego corriendo a abrir las puertas de un libro, tu imagen —siempre joven y fuerte— me saluda. Cada día que pasa, tomo el lápiz con mayor constancia para ver aparecer las palabras que me salvan, mis propias palabras. Ahora me dedico al intento fallido de amaestrar el lenguaje y cada vez que logro hacer coincidir en la misma línea dos palabras que nunca antes habían estado juntas, como quería Lorca, pienso en ti. <strong>Y cada vez que recuerdo por qué escribo, pienso en ti, María Luisa</strong>. Susana San Juan de mi memoria y corazón de niño.</p>
<p>Cuando menos lo imaginé ya había decidido que, cuando grande, quería ser lector. Así conocí al primer muerto de mi vida. Un niño, tal vez de mi edad, veía a un hombre abrir la tapa del ataúd del médico del pueblo para que su abuelo introdujera el zapato que le hacía falta. El primer muerto que recuerdo, lo leí en <em>La Hojarasca</em>, de Gabriel García Márquez, mi primera lectura. <strong>Tenía una madre y un abuelo como el niño de la novela y creía que era yo mismo quien presenciaba el velorio y oía llegar el silbido del tren a través de esa atmósfera enrarecida</strong>. A lo mejor es por ello que los muertos que iban a venir después, de carne y hueso, no me matarían de dolor.</p>
<p>Y la lectura me llevó a la escritura. <a href="https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/el-aprendiz-de-tahur">Con la poesía fue otra historia</a>. Sin darme cuenta, en los libros había encontrado un refugio y, ante todo, una compañía que se hizo más solidaria e indispensable con los años. Leer y leer, esto era lo único a lo que quería dedicarme, tanto así que lo que no sucedía en los libros me parecía inanimado y falto de gracia —hoy sé que dentro de esta categoría no cabe, no podría caber, el amor—… Sí, quería que el sol se escondiera siquiera cinco horas más tarde, para seguir leyendo.</p>
<p>En el colegio leí <em>El Quijote</em> con la paciencia suficiente como para perder todas las materias y tener que recuperarlas a fin de año. En la época de universidad trabajaba doce horas en una fábrica de ponchos. No podía perder el hilo del tejido ni apagar la máquina durante la jornada. En las noches llegaba con todas lecturas de la clase, mis ojos irritados, mi flaqueza prometedora y mis comentarios de náufrago. Los primeros amigos, que no eran de papel, los hice por el último semestre, cuando encontré empleo de librero en la cuarta con veintiuna en Pereira. <strong>La Librería Mito me dejó conocer personas que amaban los libros como yo y que los comprarían aunque no pudieran leerlos</strong>.</p>
<p>Hoy me dedico a enseñar a leer y a escribir como mi profesora de infancia, pero mis estudiantes son universitarios. Temprano, por la mañana, llego a clase con un café —viejo signo de mi origen montañero—, un escapulario materno para protegerme de mi propio ateísmo, unas cuantas teorías de semiólogos desconsolados y mi mirada de niño que leía <em>La hojarasca</em>, mi mirada de niño sobre las cosas, de ese niño que escribe la primera palabra de su vida y sonríe ante el milagro. <strong>Me encuentro en una ciudad encumbrada y fría, a quinientos kilómetros de donde nací: no hay guayabas en los árboles ni lombrices soñadoras ni temerarias lagartijas, ni un rostro que desaparece a lo lejos cada día</strong>. Pero la pregunta sigue ahí, como un monstruo alimentado sin culpa, <strong><em>¿por qué mis estudiantes no leen?</em></strong></p>
<p style="padding-left: 30px"><a href="https://twitter.com/amguiral/">twitter.com/amguiral</a></p>
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        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Sat, 15 Sep 2018 12:00:04 +0000</pubDate>
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