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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Escila | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Valeria Mesalina “La emperatriz ninfómana” (25-48)</title>
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        <description><![CDATA[<p>En la entrada de los burdeles de Roma solía colgarse un letrero que rezaba: “Hic hábitat felicitas” (“Aquí habita la felicidad”), y era conocida entre las prostitutas una meretriz que frecuentaba el barrio Subura, una ninfómana insaciable capaz de despacharse hasta un centenar de machos en una sola noche, y que tenía por apodo el [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>En la entrada de los burdeles de Roma solía colgarse un letrero que rezaba: <em>“Hic hábitat felicitas” </em>(“Aquí habita la felicidad”), y era conocida entre las prostitutas una meretriz que frecuentaba el barrio Subura, una ninfómana insaciable capaz de despacharse hasta un centenar de machos en una sola noche, y que tenía por apodo el de <em>Lycisca, </em>que en griego significa “loba”. En ese momento lo común era pagar con asnos, pero ella ni siquiera cobraba, pues no tenía ninguna necesidad. La alentaba el deseo de tener sexo en público y se paseaba por las calles capitalinas en busca de interesados. Se embadurnaba la piel con un ungüento color dorado, llevaba los ojos pintados, se ocultaba bajo una capa, vestía una <em>strophium </em>(que era como un biquini de lentejuelas que le cubría los pezones con puntas metálicas), usaba una peluca de color rubio y se trataba, nada menos, que de la mismísima esposa del emperador romano. Valeria Mesalina aprovechaba el momento en que su marido se quedaba dormido y, en compañía de alguna esclava, se internaba en los suburbios de la ciudad, donde abundaban los lupanares y las casas de lenocinio, y donde entonces podía dar rienda suelta a su lascivia y a su lujuria desmedida. En la Roma de aquella época era una práctica común el que las parejas tuvieran algunos amantes de forma discreta, pero sin duda Mesalina abusaba de dicha práctica, pues no era común su desaforado apetito sexual. Sin duda su esposo Claudio podrá no sólo ser reconocido por sus estrategias militares, sino además por tratarse de uno de los cornudos más prominentes de toda la Historia. Valeria Mesalina pertenecía a una familia prestante pero venida a menos. Se decía que Dominica, su madre, había malgastado el capital familiar, y aunque tanto su padre como su medio hermano oficiaban como cónsules del Imperio Romano, la situación económica no parecía ser la mejor, por lo que acudieron donde Calígula para que fuera el mismo emperador quien le consiguiera marido a la hermosa Valeria. El mejor opcionado resultó siendo su primo Claudio, 35 años mayor que ella, un tipo cojo, visco, tartamudo, fracasado en el amor, y el objeto de burla de muchos, pero ante lo cual Mesalina no tuvo ningún tipo de “pero”, tratándose de un hombre adinerado y con una carrera militar brillante y prometedora. Mesalina creía en el futuro de Claudio, y por su parte él se mostraría más que interesado por su prima, siendo así que en el año 38, él, con 48 años, y ella, con apenas 13, celebrarían la que fuera la tercera boda de un cuarentón que se casaba con una niña a la que decía amar con locura. La irresistible adolescente había nacido para enloquecer y atormentar a los hombres. La describen como una Lolita en toda la línea, una de las adolescentes más hermosas de toda Roma, con su carita redondeada, nariz aguileña, pelo rizado y color azabache, de un cuerpo esbelto, caderona, de sonrisa pícara y de una mirada negra y matadora, una fémina fatal e irresistible. Al año siguiente de su matrimonio la pareja tuvo a su primera hija, Claudia Octavia, quien al llegar a la adolescencia se convertiría en la primera esposa del primo de su madre, el temible emperador Nerón, y que a la postre acabaría siendo exiliada y más tarde ejecutada. La misma suerte tendría su segundo hijo, Británico, quien siendo aún niño también sería asesinado por Nerón, el cual decidió envenenarlo, y de esta forma sacar de la competencia al legítimo heredero del Imperio. En el año 41 Calígula es asesinado y es entonces cuando Claudio asciende al poder, convirtiéndose Mesalina en la emperatriz del Imperio Romano. Y aunque ésta muy poco empleó sus encantos para influenciar en los asuntos políticos, sí que los emplearía para que su marido cumpliera con sus caprichos personales y sin importar lo atrabiliarios e injustos que estos fueran. Por celos, venganzas u odios, Mesalina mandaría a ejecutar a varios hombres y mujeres sin que Claudio pudiera objetarla, y antes bien, acabaría patrocinando todos sus atropellos. A la emperatriz le gustaba el actor Mnéster, quien no la correspondía por andar comprometido con Popea Sabina la Mayor, y por lo que Mesalina aprovecharía para inventarse un amorío entre Popea y Décimo Valerio Asiático, dueño de los jardines de Lúculo, y que eran la envidia de Mesalina, siendo que al final el actor y su amante no podrían con la infamia y acabarían suicidándose. A Julia Livia (hermana de Calígula y sobrina de Claudio) la condenó por incestuosa y por haber cometido adulterio con Séneca, mientras que al esposo de esta, Marco Vinicio, lo mandó a ejecutar porque éste se negó a fornicar con ella. Por celos, venganzas o envidias, también envió al cadalso, al destierro o a la horca a varios de sus amantes y a las amantes de estos, o a todo aquel que se interpusiera en su camino y en el de su familia. Fue así como haría que ejecutaran al marido de su hijastra, su propio yerno, quien estaba por delante de su hijo Británico en sus aspiraciones al trono, y a quien le bastó con juzgar de homosexualismo y sodomía para que Claudio mandara a asesinarlo. También se cuenta el caso del desgraciado de Cayo Apio Junio Silano, quien tendría la desventura de ser el amor platónico de Mesalina desde que ésta era una adolescente, y que sería llamado por el mismo emperador Claudio para que regresara a Roma luego de haber sido desterrado, y esto porque su esposa se lo había pedido, para que de esta forma pudiera tener más cercano a su deseado Silano. Mesalina también intentaría casar a Silano con su madre Dominica, pero cuando ninguno de sus planes resultaron, y Silano se negó a corresponder a la emperatriz, ésta sencillamente mandaría a ejecutarlo tras ser acusado de traición. La adorada emperatriz fue enaltecida por su marido, y a pesar de que Valeria nunca recibió el título de “augusto”, Claudio dedicó varias esculturas a su amada mujer y le encomendó a los escultores que modelaran el busto de su amada, e incluso acuñó monedas con la efigie de Mesalina. Por su parte la emperatriz solía acompañar a su marido en todas las celebraciones luego de sus tantas victorias en campaña; juntos asistían a galas, banquetes y eventos públicos, y cuyos festejos solían caracterizarse por el derroche, el exceso y el lujo desmedido. Así pues, dichos encuentros acabarían convirtiéndose en verdaderos bacanales oficiados por Mesalina, todos ellos a espaldas de su marido, porque si por algo sería recordada Mesalina, más allá de su belleza, esto sería por sus constantes infidencias, entre las que se cuentan soldados, políticos, actores e incluso esclavos. Se dice que la felona de la Mesalina aprovecharía las largas ausencias de Claudio, quien se encontraba dirigiendo sus tropas en Britania, expandiendo exitosamente los territorios y dominios del imperio, pero que mientras tanto en sus propios aposentos la guerra del amor parecía perdida. Mesalina celebraba en palacio terribles bacanales, a los que asistían ilustres personalidades políticas acompañados de sus mujeres, y a quienes Mesalina alentaba a la promiscuidad, instigándolas para que dejaran de lado su pulcritud, sus recatos, escrúpulos y modales, y participaran sin discriminaciones de tan coloridas y licenciosas orgías. Son muchas las historias respecto a los deseos concupiscentes de la soberana y de su fogosidad inextinguible. Plinio el Viejo cuenta que Mesalina retó a las meretrices de Roma a un duelo: que eligieran de entre todas a la más puta, y a ver si la elegida era capaz de encamarse con más hombres que ella en una sola noche. El desafío fue aceptado por una siciliana conocida en los lupanares de la capital como Escila (personaje monstruoso descrito por Homero en <em>La Odisea, </em>y cuya peculiaridad consistía en devorar enteros a los hombres que cruzaban en barco por el estrecho italiano de Mesina). Al parecer Mesalina contaba con una rival de talla, peso, porte y altura, y aun así a Escila la tarea le quedó grande. “¡Regresa!”, fue lo que, según testigos, Mesalina, victoriosa, le habría gritado a su contrincante cuando la vio abandonar la batalla, a lo que la vencida sentenciaría: “Esta infeliz tiene las entrañas de acero.” Mesalina arrasó esa noche, y mientras Escila apenas pudo contentar a unos veinticinco hombres, el historiador Juvenal aviva el mito en su <em>Sátira VI (Contra las mujeres), </em>asegurando que después de doscientos hombres la emperatriz aún se encontraba insatisfecha, y que entrada la madrugada ya las puertas del burdel estaban por cerrarse y Mesalina todavía parecía infatigable. Hacia el año 48, encontrándose Claudio en el puerto de Ostia, Mesalina, de 23 años, contraería nupcias con su amante, el cónsul Cayo Silio, 12 años mayor que ella, con quien estaría tramando una conspiración para destronar a Claudio, quien a su vez sería alertado por su liberto, Narciso, por lo que el emperador a su regreso ya tendría el control de la situación y tomaría medidas en el asunto. Silio corrió a ocultarse mientras que Mesalina pidió perdón a su esposo. Sin embargo Claudio, cansado de la cornamenta que ya le pesaba demasiado en la cabeza, le parecería que esto ya era suficiente y obligó a su mujer y a su amante a que se suicidaran. Mesalina no pudo ejecutar la orden y apenas se cortó superficialmente los antebrazos, por lo que tendría que ser atravesada por la espada del centurión que la custodiaba y ante las burlas postreras de Narciso, el liberto. Se dice que cuando le contaron a Claudio que Mesalina estaba muerta, éste ni siquiera pareció inmutarse, y solamente pidió un poco más de vino, y se cuenta que pasó la noche entera bebiendo a solas al interior de su palacio. Sin dudarlo, Mesalina hubiera preferido ser sentenciada a morir fornicando. Veinticuatro años tenía la tercera esposa de Claudio cuando murió. Se dice que sería su madre, Dominica, quien se haría cargo de concretar los asuntos fúnebres de su hija, y que una vez sepultada, también su nombre quedaría relegado al entierro, ya que Claudio promulgó la condena de <em>damnatio memoriae </em>para deshacer todo registro de su nombre, y así también mandaría a destruir los bustos y estatuas que había mandado a erigir para consagrar a su esposa. Ya nadie, nunca más, podría mencionar su nombre. Incluso la pena de Claudio sería tan grande, que ordenaría a la guardia pretoriana que le asesinaran si alguna vez se atrevía a casarse. Pero sus guardias no se atreverían a cumplir esta orden, cuando sólo un año después ya el emperador estaba contrayendo nuevas nupcias, esta vez con Agripina la Menor, y quien fuera la encargada de acabar de borrar todo recuerdo de la exesposa de su marido. Conspiró en contra de los hijos de Mesalina, consiguiendo finalmente que su hijo Nerón se sentara en el trono luego de la muerte de Claudio. Muchos de estos cuentos no pasarán de ser simples mitos que buscaban denigrarla y mancillar su fama. Rumores, chismes y habladurías que eran narrados en los conocidos “libelos infamantes”, e incluso se dice que las aventuras de Mesalina aparecerían en las <em>Quaderna, </em>que eran unos cuadernillos de unas pocas hojas con todo tipo de información de entretenimiento: horóscopo, noticias, recetas, cuentos, chismes. Las travesuras de la emperatriz ninfómana también serían descritas por Tácito en sus <em>Anales, </em>y Suetonio en <em>Las vidas de los doce Césares </em>también hará mención respecto a la disoluta esposa del emperador Claudio. Durante la época del furor romántico la imagen de Valeria Mesalina cobraría mayor protagonismo, convirtiéndola en una figura que va más allá del libertinaje para concederle una personalidad de mujer dueña de su destino, dueña de sí misma, y amante de los placeres. Es así como figura en la obra de Alexandre Dumas, hijo, <em>La mujer de Claudio. </em>La RAE entiende por “mesalina” a una “mujer poderosa o aristócrata y de costumbres disolutas”, y en términos populares la palabra da significado a una mujer libidinosa, e incluso como un sinónimo de “puta”, “ramera” o “meretriz”. Sean exageraciones o no, la imagen de Mesalina difícilmente perderá ese hálito libidinoso, y es así como sigue siendo retratada hoy día en libros, series de televisión y películas. Y es que es cierto que Mesalina no fue una esposa ideal, no fue una ejemplar primera dama y, hay que decir las cosas como son, fue una puta en toda la línea. Pasionaria, calenturienta, experta en promiscuidad, idónea para dictar cátedra sobre sexo, conocedora por instinto de todas las posturas del <em>Kamasutra</em>, lúbrica, depravada, pérfida, voraz, desatada, todo esto puede decirse de la esposa de Claudio, a quien éste tendría que juzgar por adúltera, condenarla por bígama o polígama, cuando ciertamente, y en palabras de hoy, lo de Mesalina era un asunto de poliamor. Ella tenía las entrañas de acero, y había nacido para fornicar, en eso coinciden todos los historiadores. Sexo. Eso es lo que más le gustaba, y a eso se dedicaría con entrega total, en cuerpo y alma.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Sat, 14 Oct 2023 01:06:03 +0000</pubDate>
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        <title>Hera (Juno)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Entre las tantas mujeres que tuvo el promiscuo Zeus, Hera “Ἥρα” fue sin duda la que estaba considerada como su esposa oficial. Hija del titán Crono y de Rea, Hera había sido ingerida por su padre luego que a éste le vaticinaran que uno de sus hijos le daría muerte para quedarse con su trono. El titán ya se había engullido a sus otras hermanas Hestia y Deméter, y después de ella se tragó a Hades y a Poseidón, hasta que Rea se aseguró de que su hijo menor, Zeus, no padecería la desdicha de ser comido por su padre, haciéndole creer a su marido que una piedra envuelta en un pañal era el último de su descendencia. Rea escondió a Zeus en una gruta ubicada en Creta y esperó hasta que éste se hiciera fuerte, cuando entonces Metis dio de beber una pócima a Crono para que trasbocara a sus demás hijos, dando origen a la rebelión liderada por Zeus de los dioses contra los titanes, conocida como la Gigantomaquia, y que luego de diez años lograrían ganar los dioses olímpicos. Los romanos la conocerían como la diosa Juno, pero no se ponen de acuerdo respecto al significado de su nombre: horas, héroe, ternera. Tampoco se sabe respecto a su crianza, que se le atribuye a Tetis y a su esposo Océano, pero también se dice que fue criada por las Horas, por el héroe Témeno, o por las hijas de Asterión. Su mito precede al de otros dioses del Olimpo, por lo que hacia el 801 a.C. su presencia en toda Grecia ya era adorada y venerada, siendo una de las primeras divinidades a las que se le construiría un templo cerrado, quizás para oficiar las bodas al interior de un recinto que estaba consagrado a la diosa encargada por velar la santificación de las parejas. Este templo ubicado en las inmediaciones de las ciudades micénicas de Argos y Micenas, concretamente en Samos, sería agrandado y remplazado por el templo de Hereo, uno de los más grandes construidos en la antigua Grecia, y en donde se llevaban a cabo las festividades conocidas como las “Hereas”. Pero el mito de Hera se extendería a otras regiones, gozando de una popularidad que abarcaba territorios como Armenia, Babilonia, Irán, Egipto y Asiria, y por lo que otros muchos templos se edificaron en su honor, como el templo de Olimpia. Tratándose de su hermana mayor, Zeus y Hera compartían un mismo estatus como dioses olímpicos, por lo que su presencia en la vida del gran dios opacaría a sus dos antiguos matrimonios con Metis y Tetis. En <em>La Ilíada </em>Hera le dice a Zeus: “También yo soy una deidad, nuestro linaje es el mismo y el artero Crono me engendró la más venerable, por mi abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de ti que reinas sobre todos los inmortales.” Se cuenta que Hera rechazaría más de trescientas propuestas que Zeus ideó para seducirla, y al ver que no encontraría su aprobación decidió que lo mejor sería engañarla, transformándose en un desahuciado pájaro cuco que volaba en la lluvia sin encontrar amparo. Hera se conmovió del pájaro y lo acunó entre sus senos, y fue entonces cuando Zeus recuperó su forma y consiguió poseer a la diosa. La boda fue de lo más especial, ya que Hera es por definición la “Diosa del matrimonio”, y el lugar elegido para su celebración sería el jardín de las Hespérides, aunque Homero en <em>La Ilíada </em>indica la cumbre del Ida, de Frigia, como el sitio donde se celebrarían las nupcias. Al festejo acudieron todos los dioses y semidioses a excepción de Erigia, diosa de la pereza, que no en vano tendría su castigo por tan grande desacato y terminaría convertida en tortuga. Hera se perfila de esta manera como un prototipo de la esposa tradicional, celosa de su marido, vengativa con sus amantes, irascible y neurótica, preocupada por mantener un entorno familiar, y aunque no sobresalía particularmente por ser una madre ejemplar. Con Zeus tuvo a Ares, dios de la guerra; Ilitía, diosa de los partos; Hebe, diosa de la juventud, y Enio, diosa de la destrucción. A Hera se le suele representar como una mujer matriarcal, madura, coronada con el “polos” (la corona de las grandes diosas), acompañada de un cetro y aposentada en su trono, glorificada y majestuosa. Lleva en su mano una granada o a veces una cápsula de amapola como símbolo de fertilidad. También sería la madre del dios Hefesto, dios de los herreros, luego de que se enterara que su esposo había tenido a la diosa Atenea cuando ésta brotó de la cabeza de Zeus. A su manera, envidiosa, ella también se las arregló para tener a su propio hijo sin la intervención de un hombre. Pero a la madre no le gustó el aspecto jorobado y la cojera de Hefesto, por lo que lo arrojó del Olimpo, acto que le valdría la furia del huérfano, que al desarrollar sus destrezas con el fuego y el hierro forjaría un trono siniestro para su madre. Hera se sentó en la silla que tenía el embrujo de apresarla, y no pudo liberarse hasta que negoció con Hefesto, dándole a la bella Afrodita para desposarla. Otros relatos dicen que Hera escapó cuando Dioniso emborrachó a Hefesto y lo llevó de regreso al Olimpo en el lomo de una mula. De igual forma existe otro relato en donde Hera vengó el nacimiento de Atenea considerándolo una infidencia más de su esposo, y acudiendo al auxilio de su abuela Gea para que de la tierra hiciera brotar a otro de sus hijos, conocido como Tifón. La diosa figura en una cantidad de historias que componen la mitología griega, y en casi todos aparecerá tramando venganzas contra las amantes del mujeriego empedernido que era su marido o celando sus actuaciones, y en las cuales a pesar de recibir uno que otro castigo generalmente suele salirse con la suya. Tal es el caso de Leto, quien tendría problemas para parir después de que Hera le hubiera prohibido a esta amante asentarse en tierra firme, asegurándose además de retener a su hija Ilitía para que velara el alumbramiento, y hasta que Leto encontró la isla flotante de Delos y fue allí donde pudo por fin dar a luz a los dioses Apolo y Artemisa. Sémele fue otra amante que tuvo que sufrir la violenta venganza de una esposa despechada, y así su hijo Dioniso que sería despedazado por un par de titanes enviados por Hera para asesinarlo. Zeus recogió el corazón de Dioniso y lo dio de comer a Sémele, y aunque otras versiones dicen que lo coció a su propia pierna, pero sea de una u otra forma permitió que Dioniso volviera a nacer, y por lo que es conocido como el “nacido dos veces”. Por su parte Sémele sería obligada por Hera para que le pidiera a Zeus que se mostrara en su forma original, y a lo que ni ella ni su infiel esposo pudieron negarse, y luego de lo cual los rayos del verdadero dios manifestándose ante una mortal acabarían por matarla. Otra amante que no escapó de la ira de Hera sería la princesa argiva llamada Ío, a quien Zeus trató de ocultar transformándola en una ternera blanca. Pero su esposa, experta en las mañas de su infiel marido, sospechó que esa ternera escondía algún secreto y le pidió a Zeus se la regalara para encargarse ella misma de sus cuidados. Según los relatos de Ovidio Hera le confió la custodia de Ío al gigante Argos Panoptes para que éste vigilara con sus cien ojos a la ternera, pero enviado por Zeus el intrépido Hermes, disfrazado de pastor, entretuvo al guardián con historias banales hasta que acabó durmiendo cada uno de sus cien párpados, y tras lo cual aprovechó para ejecutarlo de una pedrada y rescatar a Ío. Hera tomó los ojos de Argos y con ellos adornó el plumaje del pavo real, además de dejar a Ío convertida para siempre en vaca, obligándola a vagar sin sosiego y a ser continuamente azuzada por un tábano. Otra amante que padecería haberse entrometido en la vida conyugal de Hera sería la reina de Libia, Lamia, quien se convirtió en un monstruo después del espanto sufrido tras la muerte de sus dos hijos a manos de Hera, que además agravaría su dolor obligándola a no cerrar nunca los ojos para así mantener latente el asesinato de sus hijos. Zeus quiso remediar su sufrimiento permitiéndole sacarse y ponerse los ojos según su antojo, pero desde entonces Ío no pudo tolerar que otras mujeres se convirtieran en madres y desde entonces se dedicó a devorar a los recién nacidos. A Antígona, otra mujer que se atrevió a coquetear con su marido, le convirtió sus cabellos en serpiente, y los dioses queriendo apiadarse de ésta, acabaron transformándola en cigüeña. Tampoco saldrían bien librados aquellos que complotaran para que su marido cometiera sus infidencias, como en el caso de Eco que entretenía con el poder de su oratoria a la diosa Hera mientras Zeus se escapaba con alguna de sus amantes, y al enterarse de la treta la esposa traicionada silenciaría la melodiosa voz de Eco, limitándola a repetir únicamente la última palabra que había escuchado. Así también castigó con la locura a Tamante e Ino por haberse ocupado de la crianza de Dioniso. Pero sin duda el mito en el que estará más presente la inagotable esposa celosa será en el del héroe Herácles, conocido como Hércules para los romanos. Herácles fue el producto de una infidencia más de Zeus, y quien tuviera que pagar el enojo y la deshonra de Hera desde antes de nacer y a lo largo de toda su vida. A la madre Heracles y amante de su esposo, Alcmena, la diosa traicionada le sujetó las piernas y las amarró con un nudo para que no pudiera dar a luz, pero una ayudante de Alcmena llamada Galantis se las arregló para servir en el parto, y por lo que Hera la castigaría convirtiéndola en comadreja. Alcmena intentó contentar a Hera bautizando a su hijo con un nombre que significa “la gloria de Hera”, pero esto no serviría para aplacar su odio. Después intentó asesinar a Herácles dejando en su cuna un par de serpientes, las cuales fueron estranguladas por la fuerza hercúlea de un niño que ya empezaba a mostrar las condiciones propias de un futuro héroe. Zeus quiso engañar a su esposa y le pidió que amantara a un infante, ocultándole que se trataba de su hijastro Herácles, y la leyenda cuenta que una vez la diosa se enteró del engañó y desprendió la boca del niño que se amamantaba de su seno, un chorro de leche materna fue expulsado y a esa mancha en el universo es a lo que se le conoce como la “Vía láctea”. Hera le pidió al rey de Micenas, Euristeo, que le encomendara al valiente Herácles el cumplimiento de doce tareas que parecían imposibles, y más aún cuando la peligrosa diosa estaría al acecho y en un intento por impedir el cometido del héroe. Fue así como dificultó la pelea que Herácles sostenía con la hidra de Lerna enviando un cangrejo para que le picara los pies, o cuando elevó las aguas del río e hizo que un tábano espantase a las vacas que Herácles había robado a Gerión, y tras lo cual Hera saldría malherida por una flecha de tres puntas que Herácles logró incrustarle en el pecho derecho. Hera soplaría vientos y desataría tempestades cuando Herácles regresaba a Troya y haría todo lo que estuviera a su alcance para que el héroe no completara su hazaña, pero finalmente Herácles se presenta ante Euristeo ofreciendo el ganado a Hera, quien se negó al sacrificio del Toro de Creta ya que era un símbolo de gloria. El toro quedó en libertad y luego de un largo peregrinaje llegó hasta Maratón, por lo que es conocido como el Toro de Maratón. Al final la historia de Herácles y Hera parece haber terminado en un final feliz, y antes de que el héroe muriera y fuera consagrado como otro dios olímpico ya ambos habían limado sus asperezas. Parece que fue Herácles quien defendió y dio muerte a Porfirión, el gigante que ya había arrancado las vestiduras de Hera y que estaba a punto de violarla, dándole un flechazo que acabaría además con una larga historia de conflictos entre una mujer y su hijastro. Incluso se dice que como recompensa Hera ofreció a su hija Hebe para que Herácles la desposara. Hera es figura en otras tantas leyendas donde se muestra siempre violenta y combativa, susurrándole a Artemisa al oído para que matara a Calisto, tramando un plan maquiavélico para acabar con todo aquel que se atreviera a amenazar su matrimonio y desafiar su honra y su belleza. Es el caso de Gerana, reina de los pigmeos, quien se preció de ser más hermosa que Hera y por lo que recibió en castigo la trasformación en grulla, y cuyo pájaro sería un eterno enemigo de los habitantes de su antiguo reino. Tiro fue asesinado por Pelias en un templo dedicado a Hera, lo que jamás perdonaría la diosa, y fue por esto que decidió ayudar a Jasón a cruzar sin apuros los pasos de Caribdis y Escila y encargarse de que su navío superara las Rocas Cianeas, y de esta forma los Argonautas pudieran hacerse al vellocino de oro con el cual finalmente destronarían a Pelias de Yolco. La <em>hybris</em> de los reyes de Tracia, Hemo y Ródope, sería castigada por la diosa cuando estos se creyeron tan soberbios como los dioses y acabaron siendo trasformados en las montañas de los Balcanes y los montes Ródope. Sin embargo uno de los mitos en donde mayor influencia habrá tenido la esposa de Zeus, fue aquel acaecido durante la boda de Tetis y Peleo, y en la cual se llevó a cabo una competencia por elegir a la más bella de todas las diosas. El juez encargado de otorgar el premio de una manzana a la más bella estaba en cabeza del príncipe troyano de Paris, a quien no convenció la propuesta de Hera de convertirlo en un hombre adinerado si la elegía a ella como la ganadora del certamen, y así también rechazó los ofrecimientos de Atenea, para quedarse finalmente con el ofrecimiento de Afrodita, quien prometió otorgarle el amor correspondido de la mortal más hermosa de la tierra. El amor entre Paris y Helena desataría la guerra de Troya, guerra que estuvo influenciada por los tantos dioses que intervinieron de parte y parte, inclinándose Hera por el bando de los aqueos como venganza contra Paris por no haberla premiado con la manzana de la discordia. <em>La Ilíada </em>cuenta cómo Hera se peleó incluso con su hijo Ares y e hirió con el arco a la diosa Artemisa, y cómo entretuvo a Zeus para que éste desatendiera su protección a los troyanos, y así también protegió a Menelao convirtiéndolo en inmortal y amparó a Aquiles cuando éste se enfrentó a Eneas. Con su marido discutía sobre cualquier asunto y su furia se desataría sobre cualquier mortal, como en el caso del sacerdote Tiresias, quien quedaría convertido en mujer luego de desanudar una pareja de serpientes que estaban copulando, y quien pasados siete años volvería a recuperar su género luego de repetir el acto con otras dos serpientes que encontraría amándose en su camino. La pareja de dioses apostaron por quién lograba alcanzar un mayor placer sexual, creyendo Zeus que era el caso de la mujer y por su parte Hera creyendo que se trataba del hombre, y quién mejor para dilucidar esta duda que aquel que vivió la experiencia de poseer ambos sexos. Tiresias, quien como mujer había tenido dos hijos, dio la razón a Zeus testimoniando que el placer femenino era un noventa por ciento superior al placer de los hombres, y por lo que Hera enojada privó de la vista al desgraciado sacerdote. No pudiendo desobedecer el actuar de su mujer, Zeus quiso mitigar en parte la pena de Tiresias dotándolo con el don de la clarividencia y la profecía. Y en algún momento de la eternidad Hera tendría que agotarse de las infidencias de su marido y fue entonces cuando complotó con Apolo, Atenea y Poseidón para que se unieran y juntos destronaran a Zeus en una rebelión que en principio parecía sencilla, cuando lograron atarlo a la cama en la que dormía y hurtarle su rayo para que no pudiera defenderse. Sin embargo el dios de los cielos recibió la ayuda de Tetis y Brearei (el gigante de cien brazos), quienes liberaron a Zeus para que éste retomara el control del Olimpo. De alguna forma los insurgentes recibieron su castigo por semejante irreverencia, teniendo que amainar Zeus los ánimos acalorados de su mujer, sujetándola con cadenas de oro y atándole un par de yunques en sus pies. Pero no todo sería un desencuentro permanente en la pareja, y también Zeus se encargaba de celar, velar y proteger a su esposa, como cuando la libró del peligro que la acechaba luego de que Ixión la atacara en medio de un arrebato incontenible por poseerla, ocultando a su reina en una nube que fabricó para que ni Ixión ni ningún otro la atacara jamás, cuidando de su diosa, la diosa de su Olimpo.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 02 Dec 2022 23:58:38 +0000</pubDate>
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