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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de El Cairo | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Elizabeth &amp;#8220;Lee&amp;#8221; Miller (1907-1977)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Aventurera y desafiante, así podríamos definir a una mujer que no vaciló ante el peligro, y, antes bien, lo encaraba con la ferocidad de un soldado experto, no temiendo entrometerse en el lugar más prohibido. Su fascinación por rebelarse sería según parece una cuestión de temperamento. A los 7 años, embelesada con los trencitos de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Aventurera y desafiante, así podríamos definir a una mujer que no vaciló ante el peligro, y, antes bien, lo encaraba con la ferocidad de un soldado experto, no temiendo entrometerse en el lugar más prohibido. Su fascinación por rebelarse sería según parece una cuestión de temperamento. A los 7 años, embelesada con los trencitos de juguete de su hermano, decidió escapar de la custodia de sus padres para comprobar con sus propios ojos cómo operaban los trenes de verdad, luego de lo cual sus padres tuvieron que rescatar a su extraviada pequeña en la estación ferroviaria. Elizabeth, más conocida como “Lee”, nació a las laderas del río Hudson, a unos 140 kilómetros de New York, en una familia que había heredado el interés por las manualidades y las artesanías. A su abuelo se le recuerda por haber enladrillado el centro educativo de artes, el Antioch College, colocando cada día un promedio de unos siete mil ladrillos. Su tío oficiaba como editor de <em>American Machinist, </em>una revista dedicada a la mecánica, y así también su padre, Theodore, de ascendencia alemana, y quien ostentaba un título en ingeniería mecánica y era un aficionado a la fotografía, además de un experto apasionado en el diseño de curiosos artilugios. De pensamiento liberal, el padre inculcó a sus hijos una vida sin mayores principios, siendo su ejemplo el de un hombre infiel y poco creyente en las religiones. Les decía: “Pueden hacer lo que les apetezca, siempre que no hagan daño a nadie.” Elizabeth creció en un entorno campestre, disfrutando con sus dos hermanos de la casita del árbol que su padre les había diseñado, imitando las técnicas de fotografía e intentando ella misma inventar nuevos e ingeniosos adminículos. Y aunque se confesara poco hábil para las manualidades, lo cierto es que Lee desde muy pequeña desestimaría las muñecas y el bordado y se vería cautivada y familiarizada con las cámaras y la fotografía. “No soy muy hábil con las manos. Soy buena con un destornillador, puedo desmontar una cámara. Pero, ¿coser un botón? Podría ponerme a gritar”, comentaría años más tarde. Su madre, Florence, temía que su hija era un poco “masculina” y que pudiera convertirse en un “chicazo”, siendo que ella quería precisamente a una muñeca, a una niña ejemplar, e incluso sería por ello que cortó el pelo de uno de sus hijos con el estilo de peinado clásico de mujer. Por su parte el padre respondió cortándole el cabello a Lee con un corte varonil. Aproximadamente a los 8 años, Lee quedó una tarde bajo el cuidado de un tipo cercano a la familia y que acabaría abusando sexualmente de la pequeña, contagiándola de gonorrea, y generándole un trauma del que según parece no se pudo reponer nunca. Desde entonces no dejó de sentirse sucia y solía bañarse varias veces al día, se convirtió en una niña irritable, avergonzada, temerosa, solitaria. Padecía ataques de ira en los que destrozaba sus pertenencias, y debido a su conducta rebelde, sería varias veces expulsada de la escuela. Lee recibió tratamiento psicológico, pero sería tal vez la práctica inusual de su padre lo que logró mitigar un poco la vergüenza de su hija, y explorar con libertad su propio cuerpo. Tan liberal era su padre, que utilizó a Lee como modelo para fotografiarla desnuda empleando la técnica estereoscópica, conservándose una de tantas fotos en la que podemos apreciar a la pequeña Lee posando sobre la nieve y vistiendo apenas su par de botas, mientras recoge sus brazos en un intento por apaciguar el frío. Tal vez estas experiencias de exposición lograron destrabar en parte los complejos de Lee, ayudarla a superar sus traumas, desnudar sus temores, y de paso revelar en ella su vocación predestinada: la de fotógrafa. Pese a lo inquietante que pueda parecer esta práctica con su hija, Theodore sería siempre para ella “el hombre más querido y en el que más confiaba”, confesó muchos años después. En adelante comenzaría un proceso de recuperación. Empezó a interactuar con otras niñas, se interesó por la cocina, el piano, la danza, y en general por el mundo de las artes escénicas. La fotografía pudo haberla salvado. A sus 10 años visitó el teatro con su madre, y fue entonces cuando entendió que lo suyo era el protagonismo, destacarse, ser reconocida, consagrarse como el centro de atención. A los 17 años mostraba un cierto descontento por su vida y confiesa haber tenido algunos pensamientos suicidas, pero justo coincidió con un viaje que la familia decide realizar por Europa. Sería en París donde Lee podría respirar el ambiente bohemio que tanto la sedujo por sentirse identificada. Disfrutó ver la cotidianidad de las prostitutas y quedó impregnada del ambiente artístico de la capital francesa, por lo que sus padres decidieron matricularla en una escuela de teatro, ya que lo de ella no parecía ser la academia formal. Pero poco tiempo después de iniciado el curso teatral, la joven Lee se dejó conquistar por el consumado mujeriego que era el director de la escuela, y una vez enterado del amorío, el padre mandaría traer de regreso a la díscola de su hija. Para 1927, a sus 20 años, ya Lee se había convertido en un mujerón de esas que impactan por su belleza. Alta y alargada, de un pelo rubio y abundante, de ojos vibrantes, claros y saltones, nariz ancha, arquetipo del ideal de los años veinte, y con ese rostro expresivo que cautivaría cualquier día a un hombre que, según la leyenda, la salvaría de sufrir un accidente de tránsito. “¿Te interesaría trabajar como modelo?” Fue lo que atinó a preguntar aquel ángel guardián, Condé Nast, y quien también fuera editor de <em>Vanity Fair </em>y de <em>New Yorker, </em>además del fundador de la prestigiosa revista <em>Vogue. </em>Ese mismo año Elizabeth Lee Miller aparecería en la portada de la revista <em>Vogue, </em>y durante los siguientes dos años su imagen sería una de las más cotizadas y requeridas por fotógrafos, publicistas y por todo el entorno del modelaje, trabajando junto a los más prestantes y reconocidos del gremio. Pero su carrera como modelo llegaría a su fin luego de que se valieran de su imagen para publicitar unas compresas para la higiene menstrual, lo cual era inédito en los medios propagandísticos, y por lo cual la modelo sería condenada como una desvergonzada. De cualquier forma Lee supo reponerse y emprender un nuevo rumbo, y esos caminos la llevarían de nuevo a mudarse a territorios galos, con el firme interés de hacerse conocer entre los artistas de vanguardia y especialmente dentro del movimiento surrealista. “Prefiero tomar una foto que ser fotografiada”, decía Lee, convencida de su propósito de convertirse en fotógrafa profesional. Corría el año de 1929 cuando la intrépida Lee se le presentó al afamado Man Ray en el cafetín <em>Le bateau ivre. </em>Así lo recuerda su protagonista: “En aquel tiempo estaba en París, así que me acerqué a él y le dije: ‘Hola, soy tu nueva alumna y aprendiz.’ Él respondió: ‘Yo no tengo alumnos ni aprendices.’ Y yo le dije: ‘Ahora sí.’” Ella tenía 24 años y él 40, y a partir de ese saludo el pintor haría parte de su vida a esa joven mujer por la que entonces abandonaría a su esposa. “Me marcho de vacaciones a Biarritz”, le dijo Man Ray. “Yo también”, le respondió su amante. Fue entonces cuando comenzó una relación en la que Miller serviría como fuente de inspiración artística: musa y pupila, el cuerpo y la imagen toda de Lee quedaría retratada en pinturas y en fotografías que hicieron parte de una obra de tinte surrealista. Se recuerda la foto que captura el <em>derriere </em>desnudo de la modelo y que tituló <em>La prière </em>(La que reza). Debido a una casualidad, Miller descubrió la técnica conocida como “solarización”, donde las zonas oscuras se revelan como zonas iluminadas y viceversa, con un borde luminoso que define las zonas de contraste, y que el afamado artista ayudaría a desarrollar, y aunque poco crédito le haya dado a su compañera. Lo cierto es que parte de la producción fotográfica atribuida a Ray, fue realmente el trabajo clandestino de Miller, y quien estaba más interesada en aprender de su mentor y darle un espacio para que éste pudiera dedicarse más tiempo a la pintura. Una vez logrado cierto renombre, Miller abre su propio estudio, y es a partir de entonces cuando empezará a codearse con los más célebres del momento, como es el caso de Dora Maar, Salvador Dalí, Joan Miró, Max Ernst, Pablo Picasso (quien la retrataría por lo menos siete veces), y también Jean Cocteau, quien apenas la conoció le propuso interpretara a una estatua que cobra vida en su película de 1930 titulada <em>La sangre de un poeta</em>. Lee pasa a formar parte del movimiento surrealista, y su propuesta es la fotografía de imágenes simbólicas e hilarantes y en donde solía valerse de la técnica de la “solarización”. En 1932 pone un punto final a su relación con Man Ray y regresa a New York para establecer un estudio junto a su hermano Erik. Para ese año la veremos exponiendo en la Galería Julien Levy de New York, y un año después realizará otra exposición en la misma galería, pero esta vez con una presentación en solitario. En 1934 contrajo matrimonio con el ingeniero egipcio Aziz Eloui Bey, a quien conoció cuando éste realizaba un viaje de negocios a New York, y por quien acabó dejando todas sus empresas y proyectos personales para mudarse junto a él a la ciudad de El Cairo. La consumada fotógrafa no desaprovecharía su tiempo para tirar una que otra fotografía del contexto social cairota, o para captar la esencia de un paisaje, como es el caso de la fotografía que sacó desde lo alto de una pirámide, y que pareciera una composición cubista a base de sombras; u otra foto que tomó cerca al desierto de Siwa, a la que tituló <em>Portraits of space, </em>y que inspiraría a René Magritte para su pintura <em>Le baiser. </em>Y aunque tendría la oportunidad de escandalizar un poco a la sociedad musulmana, siendo la única mujer que se permitía pasearse en las playas vistiendo diminutos trajes de baño, la vida apaciguada y cómoda que le brindaba Egipto acabaría por aburrirla, y necesitada de aventura, desafío y adrenalina, volvería a París, y para 1937 comenzaría un idilio con el coleccionista de arte, Roland Penrose. “Siempre he buscado una combinación utópica de libertad y seguridad y emocionalmente necesito estar completamente absorta en algún trabajo o en el hombre que amo”, diría Lee en su momento. En 1939 Miller intentó trabajar como fotógrafa de <em>Vogue, </em>pero apenas logró conseguir un puesto como asistente; sin embargo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial algunos fotógrafos dedicados al oficio de la moda serían reclutados para disparar sus lentes hacia el frente de batalla, y en cuestión de pocos meses Elizabeth quedaría ocupando el cargo al que en un principio aspiraba. “Me parece que las mujeres tienen más probabilidades de éxito en la fotografía que los hombres… Las mujeres son más rápidas y más adaptables. Y creo que tienen una intuición que les ayuda a comprender las personalidades más rápido que los hombres”, dijo en su momento; y sí que sabría demostrar su punto, consagrándose como uno de los ojos más especiales del mundo de la fotografía. Sin embargo para 1942, y pese a la insistente desaprobación de sus familiares y amigos, contrariando a quienes se le oponían y en un desafío mortal, Lee acepta formar parte del London War Correspondents Corps y alistarse como fotoperiodista y corresponsal de guerra de la revista <em>Vogue, </em>en un cubrimiento del escenario bélico que la llevaría a batallar en distintos frentes. Se hizo a un uniforme diseñado a su medida en Savile Row y navegó el océano hasta dar con el Canal de la Mancha, para luego internarse en Francia y testimoniar con su cámara todo el horror de la guerra. Así, pues, la modelo se vistió de soldado y ofició durante años los estragos de la guerra, siendo una de las cuatro fotógrafas acreditadas por las fuerzas armadas estadounidenses. Si es cierto que para captar buenas fotografías el fotógrafo debería acercarse a su objetivo lo máximo posible, Lee conseguiría las mejores imágenes, ya que ubicaría su lente justo al frente de los cañones. Así sucedió en un episodio en el que la intrépida fotorreportera quedaría a merced de una confrontación armada, siendo ella la única en el terreno que contaba con el armamento peculiar de una simple cámara fotográfica. Así recuerda dicho suceso: “Era la única fotógrafa en kilómetros a la redonda y tenía una guerra para mí sola. Fue un impacto letal… Luego todo se lo tragó el humo… Me refugié en un puesto alemán, en cuclillas bajo las murallas. Mi talón pisó una mano inerte y arrancada y maldije a los alemanes por la sórdida y terrible destrucción que habían provocado en esta hermosa ciudad.” Al comienzo se le encomendó la discreta misión de fotografiar la cotidianidad de las mujeres abocadas al servicio de la guerra, pero con el paso de los días su interés se vio volcado hacia el lado más excitante del conflicto, testimoniando con sus fotografías la devastación luego de la Batalla de Alsacia, así como los destrozos provocados por el ataque <em>Blitz </em>de los alemanes. “Ser una buena fotorreportera es cuestión de arriesgarse y cortarlo detrás de ti”, decía. No se resistía ante el peligro, e incluso iba tras él, persiguiéndolo con sevicia. Y fue así como un mes después de que los aliados consiguieran reconquistar las playas de Normandía, Miller llegaría con la intensión de cubrir el trabajo de las enfermeras en el hospital de campaña en Omaha. Entonces no desaprovecharía el momento, y aunque le estuviera prohibido, la atrevida fotorreportera sería la única en conseguir hacer presencia en la liberación de Saint Melo, para dejar un registro de los horrores perpetrados por el uso indiscriminado de napalm, y por lo que sería enviada a prisión durante un par de días, para luego ser expulsada del primer frente de batalla. A pesar de esto, la escurridiza reportera se escabulliría de todo impedimento y acompañaría a los soldados aliados que acabarían retomando sus territorios en la Liberación de París, y de la cual nos dejó un registro icónico, gracias a la foto que capturó de una Torre Eiffel cubierta por el manto de la niebla, otorgándole un aspecto de dramatismo que bien podría simbolizar el emblema de una ciudad fantasmal. Para darle mayor profundidad a su trabajo, las fotografías de Lee vendrían acompañadas de la palabra, redactando ella misma los textos que explicaban el contexto de la imagen, ganando prestigio y reputación por la agudeza de sus descripciones y la manera sensible como lograba interrogar a los espectadores. Uno de los momentos que más parece haberla signado sería cuando fotografió a un soldado que había sido casi incinerado, y que estaba cubierto de cuerpo entero por los vendajes. El malherido le pidió en un gesto cómico y esperanzador que le tomara un retrato para ver “qué pinta tan graciosa tengo”, imponiendo el humor al dolor, y muriendo unas horas después. Sin embargo, Lee también se dio a la tarea de retratar imágenes más ligeras y que también daban cuenta del contexto social, como aquella foto que tituló <em>The way things are in Paris, </em>y en la que vemos a una joven aparcada junto a los escombros de un cafetín destrozado por los bombardeos; o las fotos de los secadores de una peluquería y que acompañaría con el siguiente texto: “De muchos reportajes publicados en Reino Unido podrías pensar que las parisinas han tenido todo lo que las inglesas anhelan, excepto pequeños detalles como la libertad y la seguridad.” La mirada con ese toque de experta en asuntos de moda estuvo siempre presente en sus composiciones, y a pesar de lo escabrosas que pudieran ser. El ojo artístico de Miller no se ausentó nunca al momento de captar lo más terrible del ser humano. Se decantaba más por destacar lo simbólico de cada imagen para dejar de lado el sensacionalismo amarillista, y de allí que sus fotos no sean una composición vacía, evidentemente cruel, para en cambio aportar una estética más representativa, y así mismo cruda, real, sujeta a la interpretación de un ojo periodístico y documental, o a la de un incauto espectador que quedará seducido por tratarse de una inconfundible pieza de arte. Varias de sus fotografías fueron expuestas en 1940 en la exhibición <em>Surrealismo hoy,</em> en la Galería Zwemmer de Londres, y un año más tarde sus fotografías participarían de la exposición <em>Gran Bretaña en guerra</em> en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de New York. Se recuerdan fotografías como la del soldado caído que flota sobre las aguas marinas, o la que titularía <em>La capilla inconformista </em>y en la que se aprecia la imagen surrealista de una inverosímil iglesia consumida absolutamente por los impactos de las bombas. Una de sus fotos más celebradas sería la serie que tituló <em>Máscaras de fuego, </em>en la que se contemplan varios rostros cubiertos por máscaras antigás, y en ocasiones acompañadas por algunas muñecas que se vislumbran entre los escombros. Lee Miller también sería la primera en llegar a los campos de concentración de Buchenwald y Dasau en el momento en que fueran liberados por las tropas aliadas, dejando para la memoria histórica el registro del escenario siniestro que los nazis habían perpetrado al interior de estos macabros recintos. Miller asegura que el pueblo alemán no desconocía el horror que se vivía en los campos de concentración, y su denuncia tal cual lo temía fue también desconocida por la revista para la que trabajaba. “No suelo sacar fotografías de horrores. Pero no creo que aquí haya una ciudad o una zona que no estén repletas de ellos. Espero que en <em>Vogue </em>piensen que estas fotografías son publicables”, le confesaba la fotógrafa a uno de sus colegas por medio de un telegrama. Y en efecto <em>Vogue </em>no quiso comprometerse a publicar las fotos, pero no así sucedió con la revista <em>Vogue </em>americana, que no vaciló ante el escándalo que las fuertes imágenes pudieran ocasionar, y se limitó a publicarlas. “¡Créanselo!” Ese fue el texto que Miller redactó para acompañar las imágenes que aparecieron con el título de <em>Fotografías en los campos de concentración de Buchenwald y Dasau. </em>Pero por lo que sin duda será más recordada es por la mítica y retadora fotografía que <em>Vogue </em>publicaría con el siguiente texto:<em> El apartamento de Múnich de Hitler: Lee Miller, que recoge la historia, disfruta del baño de Hitler. </em>Como solía hacerlo, Miller consiguió salirse con la suya y disuadir a los soldados para que le permitieran acceder al interior de la vivienda donde moraba el líder máximo y protagonista de este lado de la guerra. “Durante años he llevado la dirección de Hitler en Múnich en el bolsillo y por fin he tenido la oportunidad de usarla. <em>Mein host was not home </em>(Pero mi anfitrión no estaba en casa). Tomé algunas fotos del lugar y dormí bastante bien en la cama de Hitler. Incluso me quité el polvo de Dachau en su bañera.” Estas fueron las confesiones de Miller luego de haber sido fotografiada tomando un baño en la bañera de Adolf Hitler, ubicada en el 16 de Prinzregentenplatz de Múnich. El encargado de fotografiarla fue su aliado y colega, el corresponsal de la revista <em>Life</em>, David E. Sherman, componiendo un cuadro sugestivo y de cualquier manera provocador. Ensuciando la alfombra, bajo la bañera, descansan un par de botas enlodadas, y que recogen el terruño de su paso reciente por Dachau. A un costado de la bañera, junto a la pasta de jabón, un retrato del <em>Führer </em>contempla el desafío de una mujer que nunca temió a nada y que gozó de ese baño como si se tratara de una venganza de limpieza. “Naturalmente, tomé fotos. ¿Qué se supone que debe hacer una chica cuando una batalla aterriza en su regazo?”, decía emocionada luego de su acto de rebeldía, y que curiosamente ocurrió ese mismo 30 de abril en el que Hitler se suicidaría en compañía de su esposa Eva Braun entre las cobardes paredes de un decadente búnker. En definitiva, tras sus experiencias de guerra, evidenciar que sus fotos permiten revelarnos lo que la autora tuvo que presenciar también con sus propios ojos. Miller sería testigo de los presos que rogaban cesaran las torturas, de las pilas de cadáveres que se amontonaban en los campos de concentración, niños famélicos, soldados con heridas de muerte, y todo tipo de ejecuciones que acabarían por hacer mella en su espíritu. Durante su estancia en Francia, Miller estuvo realizando una serie de autorretratos, y en los que paulatinamente podemos apreciar un deterioro en su rostro, en sus ojos cansinos, en su boca apagada y en sus labios resquebrajados, en su piel desgastada y en esa expresión atónita, desconcertada, ausente, sin brillo y melancólica, reflejo de un alma que pareciera desengañada del mundo. “Yo lucía como un ángel, pero por dentro era un demonio”, decía. Es así como después de la guerra la aventurera fotógrafa nunca más podría reponerse, y como si se tratara de un soldado a quien le costara retomar su condición de civil, Miller se refugió en el alcohol, y ya nunca más volvería a ser la misma. Una vez acabada la guerra viajaría a Viena para capturar las imágenes de huérfanos moribundos, y luego en Hungría retrató la vida campestre, y así también tomó fotografías de las ejecuciones de algunos integrantes del nazismo que habían sido castigados con la pena capital, siendo el más recordado el del líder del gobierno húngaro, el primer ministro Laszlo Bardossy. Pero es que lo que Lee parecía disfrutar y lo que la hacía sentir viva era creer que estaba siendo parte de una película de acción. Y es que ciertamente durante unos años así fue su cotidianidad, y era ella la protagonista de una trama acelerada y cargada de adrenalina y que no dejaría de extrañar. Nostálgica de guerra, Lee se recordaría a sí misma infundiendo respeto entre las tropas, hablando el mismo lenguaje soez del soldado, y experimentando un cambio en una voz que pasó de ser acaramelada para convertirse en el vozarrón autoritario de un general. La antigua modelo se había convertido en un soldado consumado. Convencida de su potencial e interesada en que todos se enteraran de sus capacidades artísticas, Miller continuó un tiempo más como fotógrafa, y a pesar de interesarse cada vez menos por el oficio y declinar de algunas propuestas de trabajo, la famosa fotorreportera no tenía reparos en reconocerse como un espécimen único en su especie: “No seré la única reportera en París, pero sí la única dama fotógrafa, a no ser que llegue otra en paracaídas.” En 1947 se divorcia de Aziz Eloui Bey y se casa con Roland Penrose, estableciéndose de nuevo en Inglaterra, y convirtiéndose a la edad de los 40 años en madre de un niño llamado Anthony, experimentando un estrés posparto que acabaría sumiéndola en episodios depresivos, así como ataques de ira provocados principalmente por las infidelidades de su marido. Lee confesaría que jamás pudo superar en definitiva el trastorno producido por la violación de la que fue víctima en su infancia, y esto sumado a su estrés de posguerra, a sus tendencias suicidas y al consumo excesivo de alcohol, y que sería lo que le impediría sobrellevar con tranquilidad sus restantes años de vida. “Perdida es una buena forma de describirla”, fue como lo expresó su nieta, Ami Bouhassane. Por su parte, su hijo la recuerda como a una ebria a la que poco veía, deslenguada, y desentendida en todo momento de su labor de madre, y a quien incluso miraba con cierta vergüenza. “Lee tenía problemas a la hora de querer a alguien”, comentó su hijo a <em>The New York Times. </em>En 1949 la familia se muda a Farley Farm House, en Sussex, y a partir de entonces la reconocida fotógrafa casi abandonará el oficio por el que será siempre recordada. Sus últimas fotografías profesionales datan de 1953, y para 1955 elige una selección de su trabajo que exhibe en el MOMA de New York con el título de <em>The family of man. </em>Con el pasar de los años sería su esposo quien iría cobrando prestancia y reconocimiento como artista de vanguardia, siendo incluso nombrado como caballero en 1966, lo que oficialmente convirtió a Elizabeth en Lady Penrose, y a lo cual ella se burlaba con su característica mordacidad, bautizándose a sí misma como “Lady Lee”. Sus últimos años los pasó en el mismo hogar, donde solía recibir a conocidos y amigos para celebrar tertulias en las que además participaba su esposo. En la cocina también encontraría un refugio. Tomó clases de gastronomía en el Cordon Bleu de París y compiló sus propias recetas en un libro que pretendió publicar, y que cien años después de su natalicio su nieta daría a conocer bajo el título de <em>Lee Miller: a life with food, friends, and recipes. </em>Finalmente, Elizabeth Lee Miller muere a la edad de los 70 años. Después de su muerte su hijo Anthony descubrió en el ático de su casa un material fotográfico que su madre quiso mantener siempre oculto, permitiéndole comprender mucho mejor quién fue esa madre de la que apenas si sabía un par de anécdotas, y hasta el punto de comenzar un estudio de su vida y obra, y que acabó siendo la más completa biografía sobre la fotorreportera: <em>Las vidas de Lee Miller</em><em>. </em>Un año antes de su muerte asiste como invitada de honor a los Encuentros Internacionales de Fotografía celebrados en Árles. <em>The New York Times </em>anunció su muerte y eligió nombrarla con el apodo que no merecía: “Lady Penrose”. Anthony, quien confiesa no haber llorado cuando murió su madre, dice haberse conmovido toda vez se enteraba de las andanzas de mamá, derivando en ese relato de vida que un diario neoyorquino reseñó como “una especie de canto de amor a la mujer que nunca llegó a conocer”, y entonces por fin lloró. “Me di cuenta de todo lo que me había perdido, tantas cosas que querría haber sabido de ella y haber entendido”, comenta Anthony, quien desde hace años transformó la antigua casa de sus padres (y en la cual él se crio) en un museo consagrado a la memoria de sus progenitores. Además de dictar toda clase de talleres, en la actualidad el museo mantiene una exposición permanente de algunas pinturas de Roland Penrose, un par de valijas que abandonaría Man Ray en algún descuido, azulejos pintados por la mano de Picasso, y algunas fotografías de nuestra protagonista. En 1989 se llevó a cabo una exposición ambulante que dio una gira por Estados Unidos y en la que se presentaba una colección de fotos de la aclamada Lee. En el 2012 varias de sus fotografías fueron incluidas en la décimo tercera edición de la Documenta de Kassel. La vida y obra de esta mujer de muchas vidas ha sido narrada a través de libros y relatos, y en los próximos meses se espera el estreno de la película <em>Lee, </em>protagonizada por Kate Winslet en el papel de Elizabeth, y acompañada por Jude Law y Marion Cottilard.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Mon, 24 Jul 2023 07:22:21 +0000</pubDate>
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        <title>Merneith “Merytneit” (2950 a.C.)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Merneith, al igual que su abuela Neithotep, gobernaría a través de uno de sus hijos, siendo así que no se le reconoce como faraona, título que pasados varios siglos ostentaría oficialmente y por vez primera la reconocida Hatshepsut. También llamada Meryneit, contar su historia es intentar adivinar o descifrar en los pocos vestigios que quedan [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Merneith, al igual que su abuela Neithotep, gobernaría a través de uno de sus hijos, siendo así que no se le reconoce como faraona, título que pasados varios siglos ostentaría oficialmente y por vez primera la reconocida Hatshepsut. También llamada Meryneit, contar su historia es intentar adivinar o descifrar en los pocos vestigios que quedan de su pasado, y adentrarnos en los vericuetos de una historia que en cualquier caso parece más un producto de la imaginación. Su nombre significa “amada de Neit”, refiriéndose a una divinidad popular en el Bajo Egipto, y por lo que algunos infieren que es de allí de donde sería oriunda. En el Período Arcaico, también conocido como Tinita, y que comprende entre los años de 3100 y 2686 a.C., Egipto comenzó a tomar forma a través de las dinastías, siendo Narmer el primero de los faraones, seguido por Hor-Aha, el padre de Dyer (Djer). Por medio de los hallazgos arqueológicos los historiadores intentan reconstruir la vida de una mujer de la que apenas sí podemos inferir o colegir una información dudosa. No se ha logrado llegar a un acuerdo de quién fue ciertamente su marido, quién su padre y quién su hijo. Muchos opinan que su padre fue el tercer faraón de la Dinastía I, en el período conocido como Temprano Egipto, pero muchos otros creen más factible que se tratara de su marido. Quienes opinan que Dyer era su padre se atreven a postular como su marido al cuarto faraón de la Dinastía I, Dyet (Djet), convirtiéndola de esta forma en la bisnieta del primer faraón que unificó Egipto, el faraón Narmer. Todo parece indicar, sin embargo, que Merneith fue la madre de Den (Hor-Udimu), que sería quien la sucedería en el trono como el quinto faraón de la Dinastía I entre los años 2914 al 2867 a. C., siendo uno de los gobiernos más largos, y según indica la reconstrucción histórica Den sería hijo de Dyet, por lo que tendría más sentido que la faraona fuera, pues, la esposa de Dyet. En 1900, en la región de Abidos (Petrie), concretamente en Umm el-Qaab (“La madre de las vasijas”), encontramos un espacio para ella en el complejo mortuorio donde reposan los restos de varios faraones para quienes estaban destinados un recinto específico, además de un listado de esos primeros gobernantes de la Dinastía I y en el cual figura el nombre de Meryneit, por lo que en un principio se creyó que se trataba de un hombre. El nombre de Meryneit aparece en dos estelas grabadas cerca a la tumba de Dyet y de Den, dos estructuras monolíticas que se usaban a manera de lápida. Lo que se cree es que a la muerte de Dyet, su hijo Den era todavía un niño, y sería su madre Merneith quien se hiciera cargo de gobernar a través de él, en un período que se ubica entre el año 2970 y el 2927 a.C. Se sabe que una vez Den alcanzó la edad para gobernar le sería otorgado el título de “Rey del Bajo y Alto Egipto”, y en su tumba se encontró un sello con el nombre de Merneith seguido de una inscripción que dice: “Madre del Rey”. También se rescatan dos figuras en marfil que podrían ser la madre y su hijo. El hecho de compartir recinto fúnebre con los grandes faraones demuestra que Merneith fue un su momento una de ellos, siendo la única mujer en el listado de los gobernantes. Sin embargo los restos de la reina no se hallaban en esta famosa necrópolis, y para 1950, a 30 kilómetros de El Cairo y a un poco más de 20 de las pirámides de Guiza, en la ribera occidental del río Nilo, cercana a la ciudad de Menfis, concretamente en Saqqara, una tumba fue hallada y en su interior los restos de los que, según las inscripciones, parece se tratara de una mujer a la que hoy conocemos como Merneith. Al interior de una tumba de paredes construidas con ladrillos de barro, una cámara subterránea develó una especie de palacio con puertas y habitaciones. La mastaba, de forma rectangular y con una estructura escalonada, parece fusionar un estilo del norte y del sur, y pese a haber sido evidentemente saqueada, varios objetos con el nombre de Merneith pudieron ser encontrados, tales como vasijas de cerámica, instrumentos de tocador, jarras y varias inscripciones de piedra. Pero lo más impresionante será un séquito de tumbas que rodean la mastaba de la reina, contando un total de 41 hombres y 77 mujeres que serían quienes acompañarían a la reina para servirle en el más allá, costumbre que solía ser empleada por los faraones, lo que indica que sin lugar a dudas estamos en presencia de una figura destacada en el Antiguo Egipto. Al interior de la tumba fue hallado un barco funerario como un símbolo del navío con el que emprendería su viaje hacia la otra vida. En Asuán también fue hallada una estatua en granito de un babuino que llevaba tallado el nombre de “Meryneit”, y su nombre también figura en la lista de faraones en la Piedra de Palermo, en la que se le menciona como la madre de Hor-Udimu.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-86336" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/213.-MERNEITH-MERYTNEIT-273x300.jpg" alt="MERNEITH" width="273" height="300" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Sat, 25 Feb 2023 01:30:35 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Merneith “Merytneit” (2950 a.C.)]]></media:description>
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        <title>Florence Nightingale (1820-1910)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Criada en la fe anglicana, Florence testimoniaba desde niña que Dios le había hecho un llamado claro y desde entonces mantendría en firme su vocación: se convertiría en enfermera. Cuenta que a sus 17 años, mientras se encontraba en Embley Park, escuchó con claridad ese llamado divino que signaba su misión y su destino. Es [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Criada en la fe anglicana, Florence testimoniaba desde niña que Dios le había hecho un llamado claro y desde entonces mantendría en firme su vocación: se convertiría en enfermera. Cuenta que a sus 17 años, mientras se encontraba en Embley Park, escuchó con claridad ese llamado divino que signaba su misión y su destino. Es así como contrariando la voluntad de sus padres y de las costumbres del momento, donde la mujer estaba consagrada a la crianza de los hijos y al cuidado de su marido, Florence consigue estudiar enfermería, y antes de cumplir sus 25 años ya es una capacitada en su campo. Dado su condición de clase alta, y gozando de un dote mensual de 500 libras que le proveía su padre, Florence no prestó importancia a dos propuestas matrimoniales que tuvo por aquella época, y prefirió dedicarse al cultivo de su propio intelecto, por lo que en busca de experiencias y conocimientos realizó viajes por Francia, Italia, Suiza, Grecia, siendo muy significativa su experiencia en tierra de los faraones. De este viaje escribirá algunas memorias acerca de la riqueza cultural egipcia, además de testimoniar ese llamado divino, cuando relata que estando en Tebas había sido “llamada a Dios”, y cinco días más tarde en El Cairo nos cuenta: “Dios me llamó en la mañana y me preguntó si haría el bien en su nombre, sin buscar reputación.” En 1851 se interesó por los tratamientos de asistencia que los luteranos adelantaban con la Institución Kaiserswerth del Rin para el Entrenamiento Práctico de Diaconisas. Allí permaneció durante cuatro meses recibiendo un entrenamiento que inspiraría y fortalecería su vocación de enfermera, y luego se acercaría a las Hermanas de la Caridad del hospital Saint Germain, cerca de París, donde continuaría sus prácticas como voluntaria. En 1853 es nombrada como superintendente del Instituto para el Cuidado de Señoras Enfermas con sede en Londres. En octubre de 1854 Nightingale y un grupo de treinta ocho enfermeras voluntarias a las que ella había entrenado, y entre las que se contaba su tía Mai Smith, partieron con destino hacia el Imperio Otomano, concretamente donde se llevaba a cabo la conocida Guerra de Crimea. Las heroínas atravesaron más de quinientos kilómetros del mar Negro, desde Balklava, en Crimea, y hasta llegar a la base de operaciones británicas del cuartel de Selimiye, en Scutari, actualmente el distrito de Üsküdar, en Estambul. Florence denunció las pésimas condiciones en las que estaban siendo atendidos los heridos, muchos de ellos muriendo por la falta de higiene y la propagación de enfermedades infecciosas como el tifus, la fiebre tifoidea, la cólera y la disentería. Resaltó la falta de ventilación y la precariedad de los sistemas de desagüe sanitarios como otro causante que afectaba el buen desempeño. Un sistema carente de recursos, equipamiento y medicamentos, instalaciones hacinadas de pacientes, y un tratamiento que la experimentada enfermera consideraba inadecuado. La enfermera tomó cartas en el asunto, y luego de su estancia en Crimea el índice de mortalidad disminuyó considerablemente de un 42% a un 2%, y todo gracias a su gestión médica. Apenas llevaba poco más de un año y ya su labor, destacada por todos, le valió el reconocimiento de una asamblea convocada con el ánimo de homenajearla, y en la cual se recogerían fondos para el entrenamiento de nuevas auxiliares de enfermería. Por esos días el diario <em>The Times </em>le dedicó un artículo en el cual se refería a ella como a un “ángel guardián”, y cómo su presencia había contribuido enormemente en la salud y el cuidado de los enfermos. Florence adquirió una fama a nivel mundial, conocida como “La dama de la lámpara” (apodo que surge del poema <em>Santa Filomena </em>que Henry Wadsworth Longfellow le dedicaría), por ser su costumbre la de salir con una lámpara para dar sus rondas nocturnas y vigilar a sus pacientes enfermos. Sin embargo Florence no gustaba de adulaciones y prefirió siempre mantenerse anónima, en una labor clandestina, y fue así como queriendo evadir la prensa que la ensalzaba, regresó a Inglaterra bajo el nombre falso de Miss Smith. Una vez en Londres, Nightingale presenta un detallado informe a la Comisión Real para la Salud en el Ejército, justificando las razones de tanta mortandad en los campos de asistencia y evaluando un listado de reformas que sería pertinente ejecutar. Hacia 1857 Florence comenzará a sufrir un trastorno depresivo que fue acrecentándose con el pasar de los años, y a pesar de que en varias ocasiones se vio en la obligación de guardar reposo, nunca desaprovecharía su vitalidad, y su condición psicológica no le impidió continuar con sus tantas empresas. En 1858 presentó una serie de informes detallados respecto a la condición sanitaria en las zonas campestres de la India, proponiendo varias iniciativas ante la Comisión Real, y que luego de haber sido tomadas en consideración y haber sido aplicadas, redujo la mortandad de los soldados y luego de una década pasaron de reportar de 69 a 19 muertos por cada mil hombres. Disponiendo de un fondo de 45.000 libras, para 1859 Florence inaugura en el hospital Saint Thomas la Escuela de Entrenamiento Nightingale, y que en la actualidad se llama Escuela Florence Nightingale de Enfermería y Partería, haciendo parte del King’s College de Londres. Seis años más tarde las primeras enfermeras egresadas comenzarían a trabajar en la Enfermería Liverpool Workhouse, y pasado un tiempo ya se habían dispersado por toda Gran Bretaña. Además ayudaría en la construcción del hospital Real Buckinghamshire de Aylesbury, y no solamente recogiendo fondos sino también en la planeación del mismo, proponiendo un modelo moderno con sistema de ventilación, corredores amplios, escaleras y armarios, y la dotación más completa que permitiera operar en las mejores condiciones. Para ese año de 1859 da a conocer sus <em>Notas sobre enfermería: qué es y qué no es, </em>un libelo pionero en cuanto a su contenido, y que sirvió como una pieza fundamental en la enseñanza de la enfermería, convirtiéndose en un texto obligatorio en las escuelas de formación. En algunas de sus notas se lee: “La observación indica cómo está el paciente, la reflexión indica qué hay qué hacer, la destreza práctica indica cómo hay que hacerlo. La formación y la experiencia son necesarias para saber cómo observar y qué observar; cómo pensar y qué pensar.” Este escrito no sólo sustenta el pensamiento y la filosofía del oficio de auxiliar de enfermería, sino que además reivindicó la figura de la enfermera, a quien solía tratársele como a una subalterna ignorante y desconocedora de la ciencia médica, y en adelante la imagen de la enfermera empezó a ser vista con gran respeto, dándole a su oficio el puesto digno que merece en nuestra historia, y no en vano se le conoce como la “fundadora” de la enfermería. También escribió <em>Notas sobre hospitales </em>y <em>Notas que afectan la salud, la eficiencia y la administración hospitalaria del Ejército Británico. </em>Nightingale tendría la fortuna de tener un padre educado en Cambridge que la instruyó en filosofía e historia, la llevó a descubrir a Euclides y a Aristóteles y a interesarse por asuntos políticos, además de enseñarle algunos idiomas como el italiano, el griego y el latín, pero lo que resultó más inusual es que también haya interesado a su hija por el mundo de las ciencias exactas, especialmente la aritmética, la geometría y el álgebra. De niña, Florence coleccionaba conchas marinas y llevaba registros minuciosos, anotaciones y un sistema organizado de listas y tablas y que un día la llevarían a calcular con precisión los fenómenos sociales a partir de mediciones de análisis estadísticos. Aficionada a las matemáticas, a Florence se le reconoce haber presentado sus informes estadísticos por medio de representaciones visuales y gráficos que expliquen la información. Para presentar sus datos se valió del método práctico de un gráfico circular, que hoy es conocido como diagrama de área polar o como “Diagrama de la rosa de Nightingale”. Por medio de estos diagramas Florence ilustró a los miembros del parlamento británico respecto a la mortandad de los soldados en las instalaciones que dirigía durante la Guerra de Crimea, facilitando la comprensión de los tradicionales reportes estadísticos que muchos no entendían. En 1859 Florence Nightingale es la primera mujer en ser elegida como miembro de la Royal Statiscal Society, así como miembro honorario de la American Statiscal Association. Para 1860 Florence introduce el servicio de enfermería a domicilio en Inglaterra e Irlanda, logrando de esta manera llegar a cada rincón donde hiciera falta la presencia de una enfermera. Esta iniciativa fue el fundamento para que cuatro décadas después de su muerte se constituyera el Servicio Nacional de Salud Británico. En 1860 saca a la luz una obra de 829 páginas dividida en tres volúmenes, <em>Suggestions for thought to searchers after religious truth, </em>un escrito que es considerado como su propia “teodicea”, y en donde se permite preguntarse cómo es posible la existencia de un Dios que condena a sus hijos a una eternidad de castigos infernales, mostrando su inclinación a ese pensamiento de la época al que se llamó “reconciliación universal”. De dicho libro se destaca el ensayo titulado <em>Cassandra, </em>donde se permite interrogar a la mujer que pese a tener una buena formación educativa básica, finalmente se somete a perpetuar la tradición de dedicar su vida a las labores del hogar. Tampoco quiso ser monja, pero su entrega al servicio desinteresado por el prójimo fue plena; y ya sea por una fuerte convicción religiosa, ya sea por la moral imperante, varios historiadores se atreven a afirmar que Florence se mantuvo casta durante toda su vida. Se entregó a un destino en el que creyó siempre con convicción férrea, el destino de amparar a los débiles, preguntándose además si su labor habrá sido en vano y su voz desoída, tal como le sucedía al personaje mítico de la princesa troyana Casandra. Solía rodearse de hombres y preferir la compañía masculina, siendo notable su amistad con Charles Dickens y con John Stuart Mill, e incluso se refería a sí misma como a un “hombre de acción” o un “hombre de negocios”. Sin que fuera su propósito, Nightingale sentó las bases para el naciente movimiento feminista, sirviendo como un ejemplo de la mujer que responde con autodeterminación, rebelándose a cumplir con sumisión un destino que otros eligen por ella y sin que le importara fallar a las más arraigadas costumbres patriarcales. Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja, dice haberse inspirado en el trabajo de Nightingale durante la Guerra de Crimea: “A pesar de que soy conocido como el fundador de la Cruz Roja y el promotor de la Convención de Ginebra, es a una dama que todo el honor de esa convención es debido.” Para 1870 se encargó de instruir a Linda Richards, quien sería enviada a Estados Unidos y en donde sería conocida como la “Primera enfermera entrenada de América”, consiguiendo difundir el legado de Nightingale a territorio norteamericano y hasta llegar a tierras japonesas. Adelantada a su época, y antes de la aparición de Louis Pasteur, para 1880 ya Florence había redactado un par de escritos donde examinaba a fondo la necesidad de tomar medidas higiénicas y de sanidad para combatir y eliminar los gérmenes. Hacia 1882 la reputación de las “ruiseñores” (término con el que se les conocía a las enfermeras educadas en la Escuela de Entrenamiento Nightingale, dado que Nightingale significa “ruiseñor”) gozaban de gran prestigio por su alto grado de conocimiento, su dedicación y compromiso, además de la pasión que les fue inculcada por su labor, y muchas de estas enfermeras terminaron dirigiendo centros hospitalarios en Gran Bretaña y Australia. En 1883 Florence recibe la Real Cruz Roja de manos de la reina Victoria, y una década más tarde se creará el Juramento Nightingale, que es el que deben rendir los graduandos de enfermería. Para 1887 ya su escuela contaba con más de quinientas enfermeras graduadas y más de cuarenta se habían convertido en directoras de hospitales. En 1907 recibe la Orden de Mérito del Reino Unido, convirtiéndose en la primera mujer en recibir dicha distinción, y un año más tarde le serían otorgadas las Llaves de la Ciudad de Londres. Dicen que en sus labores había sido contagiada por la fiebre tifoidea, que había contraído brucelosis, y aparte de un trastorno depresivo con el que tuvo que lidiar durante toda su vida; pero finalmente su trabajo como enfermera llegaría a su fin, y esto sólo podría ser posible si le visitara la muerte. Sucedió en agosto de 1910, a la edad de 90 años. Discreta como fue en vida, después de muerta la familia impidió que le enterraran en el prestigioso cementerio de Westminster, al lado de figuras notables como Isaac Newton o Rudyard Kipling. En 1912 el Comité Internacional de la Cruz Roja reconocerá cada año a los más destacados auxiliares de enfermería con la Medalla Florence Nightingale. En 1915 se erigió en Waterloo Place, en Londres, el Monumento de Crimea, y en donde podemos apreciar su figura esculpida. En el Hospital Saint Thomas de Londres se encuentra el Museo de Florence Nightingale, donde actualmente funciona la primera escuela de enfermería fundada por esta pionera, además de otro museo en la casa de su hermana, Claydon House, propiedad de National Trust, y otro museo más en Estambul, en la torre más al norte de las Barracas de Selimiye. La antigua Constantinopla también la honrará en 1954 con una placa de bronce suscrita en el pedestal del Memorial a la Guerra de Crimea en el cementerio Haydar Pashá, y que dice lo siguiente: “A Florence Nightingale, cuyo trabajo cerca de este cementerio un siglo atrás trajo alivio al sufrimiento humano y sentó las bases de la enfermería como profesión.” También en Estambul encontramos cuatro hospitales que llevan su nombre, y entre ellos el hospital privado más grande de Turquía. Los luteranos la consideran una “Renovadora de la sociedad”, su nombre figura en entre las celebraciones del Calendario de Santos luterano, y en la comunión anglicana se la homenajea con un día festivo de su año litúrgico. Así también son varias las fundaciones a nivel mundial que llevan su nombre. En Anápolis, Brasil, se destaca la escuela de enfermería Florence Nightingale, y su leyenda ha quedado plasmada en novelas, obras teatrales, documentales, biografías, películas, cómics y series televisivas. Una nave espacial de la serie <em>Star Trek </em>lleva su nombre, también tiene su <em>servant </em>en el juego para <em>Smartphones, Fate Grand Order, </em>y cuyo personaje figura como alguien con el poder de curar a los enfermos. A pesar de que no le gustaba ser fotografiada, y menos retratada en pintura, su imagen portando una lámpara entre los heridos de la Guerra de Crimea se ha vuelto icónica y han sido varios los pintores que han evocado a Florence Nightingale a través de este cuadro. Su efigie también apareció en los billetes que circularon en el Reino Unido desde 1975 y hasta 1994. Queriendo mantener vivo su legado, el Día Internacional de la Enfermería se celebra el día de su cumpleaños, y en el aniversario de su natalicio, dado un trastorno neurológico que pudo afectarla a lo largo de su vida, se instauró el Día Internacional de la Concienciación de las Enfermedades Neurológicas e Inmunológicas Crónicas. Queda un recuerdo de su voz, cuando fue registrada en una grabación fonográfica de 1890 y que es conservada por la British Library Sound Archive. La escuchamos decir: “Cuando ya no sea siquiera una memoria, tan sólo un nombre, confío en que mi voz podrá perpetuar la gran obra de mi vida.”</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 06 Jan 2023 07:03:19 +0000</pubDate>
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