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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Eje Cafetero | Blogs El Espectador</title>
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        <title>La Galería de la memoria</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/galeria/</link>
        <description><![CDATA[<p>En el corazón de Santa Rosa de Cabal, el municipio más antiguo de Risaralda, está la Galería, y los sábados allí son los días más bellos del mundo. </p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>En el corazón de Santa Rosa de Cabal, el municipio más antiguo de Risaralda, está la Plaza de Mercado Los Fundadores. Los sábados en ella (en la Galería, como le conocemos amorosamente los locales) son los días más bellos del mundo. Los más coloridos y festivos, porque los campesinos y las campesinas hacen presencia para abastecerla de sus productos, y de su color. Estamos en cosecha, de modo que también se dan cita los andariegos que buscan “coloca”, los niños y las niñas que traen sus padres a comer helado cada seis meses, y a tomar pintadito y hacerse motilar en la peluquería de doña Lili; las personas del pueblo que van a mercar, a tomar tinto, jugar billar, emborracharse de amor o de aguardiente amarillo; los visitantes y turistas, que no entienden qué pasa, que lo preguntan todo, pero comen chorizo como si no hubiera un mañana.<br><br>Si hay algo que identifique a una persona de Santa Rosa, es que ama a rabiar a su pueblo, y de los millares de palabras que usa al día, la mayoría son para su pueblo, y son palabras de amor. Siempre. Razón por la que preferiría morir antes de ceder su tierra, su autonomía, o de aceptar la gentrificación, aunque desconozca esa palabra.<br><br>En la Galería podrás encontrar restaurantes (si preguntas cuál es el de La Mona te enviarán a más de cinco sitios reconocidos así, todos muy buenos), frutas y verduras de las montañas del municipio, leche de la ribera del nevado Santa Isabel, café, peluquerías, ferreterías, bostezos al por mayor y al detal, rama seca, caléndula para todo mal, encantamientos y amarres, gallinas de pelea y gallinas derrotadas (para el sancocho), millares de especias y tabaco, relojeros, reparadores de sombreros y de sombrillas, ropa vieja y muy nueva, piratas a todo destino, mor; un poeta en cada mesa de café o, en su defecto, una cantante de boleros por metro cuadrado, o un pintor mojando la palabra en la cafeína del Alicachín, del Magar, o de Capri.<br><br>También hay que decirlo, en la Galería aún hay gente que practica el arte milenario de parar el machete en más de 32 especialidades, y a veces lo pone en práctica ante tus ojos, pero esa no es una razón para dejar de visitar la Galería de Santa Rosa de Cabal.<br><br>Foto y texto: <strong>Albeiro Guiral</strong> (<a href="https://www.instagram.com/amguiral/">@amguiral</a> )</p>



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<p><em>Publicado originalmente en <a href="https://www.instagram.com/p/C0W4c9or77t/?img_index=10">PlanC Pereira</a>, en diciembre de 2023.</em></p>



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        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Fri, 01 Nov 2024 20:37:13 +0000</pubDate>
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        <title>Un caballo prestado para leer</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/caballo-prestado-la-lectura/</link>
        <description><![CDATA[<p>La profesora había sacrificado sus tardes de descanso para tomar un caballo prestado e irnos a visitar, día tras día, hasta que yo aprendiera a leer y a escribir.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay una pregunta que durante varios años me ha angustiado. Cuando llegó a mí apenas me asombró, pero el tiempo la ha ido alimentando como a una quimera baudelairiana de tal manera que su peso no me permite la tranquilidad. Es la pregunta por la lectura. El primer rostro que le vi fue trivial: <strong><em>¿para qué leer?</em></strong> Luego, apareció ante mí con una apariencia amenazante: <strong><em>¿por qué hay personas que no leen?</em></strong> Al intentar acercarme a posibles respuestas, tuve que apelar a la memoria: escarbar en mí mismo como un gorrión de páramo escarba la ceniza bajo la lluvia. En 1992 estaba en segundo de primaria y era uno de los niños del curso a quien más se le dificultaba aprender a leer y a escribir. Presumo que este aprendizaje no me interesaba porque robar guayabas, interrumpir el sueño de las lombrices o afrentar temerarias lagartijas por los caminos me resultaba, como verán, mucho más atractivo.</p>
<p>La finca cafetera donde vivíamos entonces le hacía bastante honor a su nombre: <em>El Hoyo</em>. Estaba ubicada a dos horas a pie de la escuela, escondida detrás de la cima de la montaña desde donde mamá me observaba descender para ir a estudiar, hasta que tanto ella como yo éramos tan solo un punto que desaparecía a lo lejos. Yo tenía seis años y ya estaba aprendiendo, en la práctica, a ser un peatón. Una tarde llegó una visita inesperada. <strong>Los niños corrieron por el corredor a mirar y los perros salieron de entre los cafetales a inspeccionar el caballo de color canela que había traído hasta el mismísimo patio de la casa a mi profesora de español</strong>. María Luisa se sentó en un extremo del comedor y sorbió un tinto en silencio. Sus manos estaban temblorosas; el vapor que salía de la taza le acariciaba su cabello corto. Cuando mamá logró sacarme de mi escondite y hacerme sentar a un lado de la joven profesora, me dijo: <strong><em>Vine a insistirte en que aprendas a leer y a escribir</em></strong>. Desde ese día, durante muchos meses, solo sé que tomaba mi mano para ayudarme a darle forma a las palabras. Yo podía poner sobre el papel un par de letras torcidas pero era ella quien, en realidad, escribía… hasta cuando pude hacerlo por mí mismo. Tomé el lápiz despacio y fue apareciendo sobre la hoja la primera palabra que me pertenecía. La profesora había sacrificado sus tardes de descanso para tomar un caballo prestado e irnos a visitar, día tras día, hasta que yo aprendiera a hacerlo.</p>
<p>María Luisa, estuviste poco tiempo en la vereda Partidas, no volví a verte, no sé dónde vives ahora, pero cada vez que llego corriendo a abrir las puertas de un libro, tu imagen —siempre joven y fuerte— me saluda. Cada día que pasa, tomo el lápiz con mayor constancia para ver aparecer las palabras que me salvan, mis propias palabras. Ahora me dedico al intento fallido de amaestrar el lenguaje y cada vez que logro hacer coincidir en la misma línea dos palabras que nunca antes habían estado juntas, como quería Lorca, pienso en ti. <strong>Y cada vez que recuerdo por qué escribo, pienso en ti, María Luisa</strong>. Susana San Juan de mi memoria y corazón de niño.</p>
<p>Cuando menos lo imaginé ya había decidido que, cuando grande, quería ser lector. Así conocí al primer muerto de mi vida. Un niño, tal vez de mi edad, veía a un hombre abrir la tapa del ataúd del médico del pueblo para que su abuelo introdujera el zapato que le hacía falta. El primer muerto que recuerdo, lo leí en <em>La Hojarasca</em>, de Gabriel García Márquez, mi primera lectura. <strong>Tenía una madre y un abuelo como el niño de la novela y creía que era yo mismo quien presenciaba el velorio y oía llegar el silbido del tren a través de esa atmósfera enrarecida</strong>. A lo mejor es por ello que los muertos que iban a venir después, de carne y hueso, no me matarían de dolor.</p>
<p>Y la lectura me llevó a la escritura. <a href="https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/el-aprendiz-de-tahur">Con la poesía fue otra historia</a>. Sin darme cuenta, en los libros había encontrado un refugio y, ante todo, una compañía que se hizo más solidaria e indispensable con los años. Leer y leer, esto era lo único a lo que quería dedicarme, tanto así que lo que no sucedía en los libros me parecía inanimado y falto de gracia —hoy sé que dentro de esta categoría no cabe, no podría caber, el amor—… Sí, quería que el sol se escondiera siquiera cinco horas más tarde, para seguir leyendo.</p>
<p>En el colegio leí <em>El Quijote</em> con la paciencia suficiente como para perder todas las materias y tener que recuperarlas a fin de año. En la época de universidad trabajaba doce horas en una fábrica de ponchos. No podía perder el hilo del tejido ni apagar la máquina durante la jornada. En las noches llegaba con todas lecturas de la clase, mis ojos irritados, mi flaqueza prometedora y mis comentarios de náufrago. Los primeros amigos, que no eran de papel, los hice por el último semestre, cuando encontré empleo de librero en la cuarta con veintiuna en Pereira. <strong>La Librería Mito me dejó conocer personas que amaban los libros como yo y que los comprarían aunque no pudieran leerlos</strong>.</p>
<p>Hoy me dedico a enseñar a leer y a escribir como mi profesora de infancia, pero mis estudiantes son universitarios. Temprano, por la mañana, llego a clase con un café —viejo signo de mi origen montañero—, un escapulario materno para protegerme de mi propio ateísmo, unas cuantas teorías de semiólogos desconsolados y mi mirada de niño que leía <em>La hojarasca</em>, mi mirada de niño sobre las cosas, de ese niño que escribe la primera palabra de su vida y sonríe ante el milagro. <strong>Me encuentro en una ciudad encumbrada y fría, a quinientos kilómetros de donde nací: no hay guayabas en los árboles ni lombrices soñadoras ni temerarias lagartijas, ni un rostro que desaparece a lo lejos cada día</strong>. Pero la pregunta sigue ahí, como un monstruo alimentado sin culpa, <strong><em>¿por qué mis estudiantes no leen?</em></strong></p>
<p style="padding-left: 30px"><a href="https://twitter.com/amguiral/">twitter.com/amguiral</a></p>
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        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Sat, 15 Sep 2018 12:00:04 +0000</pubDate>
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