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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de editorial Planeta | Blogs El Espectador</title>
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        <title>15 lecciones de Germán Castro Caycedo para un periodismo en crisis</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/15-lecciones-de-german-castro-caycedo-para-un-periodismo-en-crisis/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cronista de cronistas, sigue dando lecciones de periodismo basadas en una vida de película. Enseñó que las buenas historias nacen de escuchar a la gente. La muerte lo seguía adónde iba. Homenaje al maestro por el Día del Periodista (9 de febrero).</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-left has-small-font-size"><em>Foto: © Alejandro Mendoza</em></p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-191001f26b1b74bd834b16cb6c1eab85"><strong>“… siento que desde ahora estoy felizmente condenado a escribir por el resto de mi vida”: Germán Castro Caycedo.</strong></p>



<p>Hay libros que valen lo que pesan. <strong><em>“Mi padre, Germán Castro Caycedo”</em> </strong>(Editorial Planeta, 711 páginas), son muchos libros a la vez. Es una biografía pero también una clase magistral de periodismo. Es un libro de confesiones pero también un manual sobre el duelo.</p>



<p>Es un libro de historia de Colombia a través de la mirada de un contador de historias, pero también es un libro sobre política y conflicto armado. Germán Castro Caycedo fue periodista y, sin quererlo, por gajes del oficio, también protagonista de una Colombia difícil.  La <em>Colombia amarga</em>, que así la llamó él.</p>



<p>Usó el periodismo para condolerse por las desigualdades sociales. <em>“Nuestra violencia viene con nuestra cultura, todo se quiere arreglar, antes a machetazos y hoy a balazos. Somos un pueblo depravado por la violencia”.</em></p>



<p>Empecé la lectura por el final donde están las 50 fotografías que resumen su vida en imágenes: con su esposa, con su única hija, con sus dos nietas, con sus amigos, con sus compañeros, con sus entrevistados, entre ellos Gabriel García Márquez, las&nbsp; avionetas accidentadas. que por poco le cuestan la vida.&nbsp;</p>



<p>Quería ser pianista, pero <em>“escuchó que sus dedos eran cortos y que nunca llegaría a sobresalir en este arte”.</em> Otras teclas lo esperaban. Muy temprano descubrió su vocación.</p>



<p><em>“Recordaba perfectamente el día que tomó la decisión de ser cronista. Fue un martes de 1959, en su último año de bachillerato, A su casa materna llegaban cada mañana El Tiempo y <strong>El Espectador</strong>, los diarios más importantes de Colombia, y desde que él tenía quince años, Helena, su madre, lo acostumbró a hojearlos para que se asomara al mundo más allá de Zipaquirá”.</em></p>



<p>Este cundinamarqués nació en 1940. Su infancia <em>“estuvo enmarcada por dos hechos dolorosos: el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el abandono de su padre”.</em> Muchos años después se reencontraron siendo ya reportero en El Tiempo.<em> “… me repitió hasta el cansancio que un hijo no tenía derecho a juzgar a los padres; que podía no estar de acuerdo y debatir ciertas cosas, (…) con argumentos, pero jamás juzgar”, </em>recuerda Catalina Castro Blanchet, autora de la biografía.</p>



<p>Aprendió el oficio por su cuenta, leyendo a los nuestros. <em>“Aquí hay unos cronistas muy verracos. Lo que pasa es que no los conocen los profesores. Y creen que nuestra crónica nació en Miami. ¡No joda! Nació aquí con los cronistas de Indias”. (…) En ese ejercicio, se topó con escritores magníficos, especialmente en <strong>El Espectador</strong>”.</em></p>



<p>Un amigo lo definió como “<em>un dandi de tiempo completo, pero también todo lo opuesto: era del pueblo llano, del pueblo que bebe, que disfruta (…) Sus héroes eran los hombres y las mujeres que salían de la nada”.</em> De adulto seguía riendo como niño viendo los capítulos repetidos del Chavo del 8.</p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-b75da49147cbb7252eede4c17f5c20ad"><strong><em>“Le entusiasmaba dar conferencias y hablar con los nuevos estudiantes de Periodismo (…) Los jóvenes de colegios y universidades siempre tuvieron prioridad en su agenda, por encima de los medios que lo llamaban para entrevistarlo”.</em></strong></p>



<p>Decía que <strong><em>“la crónica es el género mayor del periodismo”.</em> </strong>El 13 de septiembre de 1968 publicó la primera, relacionada con los restos humanos de 25 patriotas del Ejército Libertador. Germán Castro Caycedo deshizo los pasos de Simón Bolívar en tres ocasiones (1976, 1979 y 1983), al cruzar el páramo de Pisba en mula, soportando &#8220;<em>la violencia de las lluvias, los vientos y la niebla”.</em> En su <em>Ruta Libertadora</em> conoció a los <em>“descendientes directos de los soldados del ejército libertador”</em>, acompañado por Gloria, su esposa.</p>



<p><em>“… llevamos aguardiente en botellas pequeñas y Pielroja, y con eso pagábamos las posadas”.</em> Con los de su equipo durmió en una iglesia abandonada, dentro de sacos de dormir, con millones de murciélagos alrededor.</p>



<p>Al final de la odisea les confesó a sus televidentes: <em>“Bolívar perdió su tiempo, pues todos esos pueblos que quedan en la ruta del olvido están más atrasados que en 1819”.</em></p>



<p>En 1970 recibió su primer reconocimiento, premio que se le subió a la cabeza, según reconoció después. <em>“… don Hernando Santos, viendo mi actitud, en una forma cariñosa pero enérgica, me agarró de las solapas y me dijo: ´Vea, mijito, yo he visto a muchos periodistas que los acaba un premio…”.</em></p>



<p>Los grandes personajes de la segunda mitad del siglo XX pasaron frente a él en el programa de televisión <em>Enviado Especial</em>: Gabriel García Márquez –que todavía no era Premio Nobel-; Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha, Carlos Castaño, Álvaro Fayad (ver video); Antonio Navarro Wolf… Las anécdotas sobre estos encuentros están contadas en el libro con lujo de detalles.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-4-3 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="Enviado Especial - Entrevista de Germán Castro Caycedo a Álvaro Fayad" width="500" height="375" src="https://www.youtube.com/embed/rjTBX7xCHBg?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
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<p>De las 1.018 emisiones sólo se conservan 48 editadas y 14 sin editar:<em> “… aquel archivo histórico se perdió, por un lado, porque en aquella época se grababa varias veces sobre las mismas cintas con el fin de economizar y, por el otro, debido a malas prácticas de conservación”.</em> Lo que se salvó está en su <a href="https://germancastrocaycedo.co/portal/">página web</a>.</p>



<p>Hizo dos veces la travesía por el Tapón del Darién, la selva inhóspita donde mucha gente sigue muriendo buscando el sueño americano, y otro programa sobre los polizones, de donde surgió la idea de escribir <em>El Hueco</em>.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-fc0a61d1f5208200634d8771fe1c5297"><strong><em>“… me duele que la situación de Colombia sea hoy aún más dolorosa que cuando comencé a ejercer el periodismo”: Germán Castro Caycedo.</em></strong></p>



<p>En sus 52 capítulos, la biografía ahonda en anécdotas sobre su extensa obra periodística. Por ejemplo, los hechos raros que rodearon la investigación para escribir <em>La bruja.</em> <em>“… enterraba cuarzos en el jardín a manera de protección, leía salmos bíblicos en las noches…”.</em></p>



<p>Fue secuestrado por el M-19 en 1980, por los días en que ocurrió la toma de la embajada de República Dominicana por ese mismo movimiento guerrillero. <em>“Compadre, serénese un poco, no somos asesinos, solamente queremos conversar con usted unas horas, ¿bien?”,</em> le dijo el mismísimo Jaime Bateman Cayón, en medio de aguardientes. Fue el emisario de “<em>una carta al presidente Turbay en la que le proponían establecer un diálogo de paz”.</em></p>



<p>Eran los tiempos del Estatuto de Seguridad, <em>“durante el cual, entre otras cosas, se prohibía la protesta social, limitando la libertad de prensa o callando a quien pensara diferente, fuera guerrillero o no”, </em>cuenta su hija Catalina Castro.</p>



<p>Día y medio después fue liberado en las oficinas de <strong>El Espectador</strong>, hasta donde llegaron cuatro oficiales del B2 que<em> “rompieron los vidrios (…)  buscándolo”.</em></p>



<p><em>“—Respeten, esto es un periódico, es la democracia”,</em> gritó indignado don Guillermo Cano, el director.</p>



<p>Los detalles los contó en primera persona durante ocho entregas dominicales en <em>El Siglo</em>, bajo el título<em> “Obligado a preguntar”.</em></p>



<p>Entre 1986 y 1987 se encontró diez veces con Pablo Escobar: un mayor del Ejército o alías Popeye –uno de los sicarios del capo- lo recogían en un hotel de Medellín. <em>“…varias veces, en medio de la conversación, debía excusarse para ir al baño a trasbocar”, </em>por los detalles escabrosos que narraba el capo. </p>



<p>Tiempo después el hijo de Escobar le confesó avergonzado que su padre había ordenado matarlo. Uno de los matones mintió: dijo que Germán era policía y no periodista, con el único fin de ganarse una recompensa. El libro relata los detalles de cómo salvó su vida.</p>



<p>Con medio siglo de periodismo a cuestas, murió en 2021, con 81 años, víctima de cáncer de páncreas. <em>“Su rostro había adquirido un color extraño, amarillento; el cáncer opacaba su semblante, otrora atractivo”.</em></p>



<p>Germán Castro Caycedo entendió como pocos la nobleza de este oficio. No dejemos que la crónica muera. Ese es el único homenaje posible para honrarlo en este presente.</p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>Las lecciones del maestro en 15 frases</strong></p>



<p>En las páginas de <em>&#8220;Mi padre, Germán Castro Caycedo&#8221; </em>hay muchas lecciones de este cronista de cronistas para los reporteros de hoy.</p>



<p>·       1. “Lo único urgente es descubrir la vocación verdadera. De lo contrario, el trabajo se te volverá mañana una desgracia”.</p>



<p>·       2.  “Recuerda, la objetividad no existe”. Para él, lo importante son el equilibrio y la precisión.</p>



<p>·       3. “El periodista que no tiene nada que contar no está en nada”.</p>



<p>·       4. “… era un hombre culto, de una inteligencia sorprendente y un lector empedernido. Leía la prensa a diario, religiosa y obsesivamente”.</p>



<p>·       5. “Ese era mi trabajo, descubrir un país. Me pagaban por hacerlo y la gente me leía”.</p>



<p>·       6. “Encontraba los temas principalmente en la prensa, en la radio, en los noticieros de televisión y escuchando a la gente durante sus viajes”.</p>



<p>·      7.  “… no soportaba el mal uso del lenguaje y los adjetivos innecesarios lo incomodaban. ´Tu capacidad de contar es hacer sentir los lugares y las situaciones. Para eso no necesitas adjetivos´”, solía decirle a su hija.</p>



<p>·       8. “Sostenía que ´el periodista que se atreve a decir en un periódico que ´los arreboles de la tarde mueren en el río´, debe ser honesto, retirarse del oficio y dedicarse a escribir cuentos´”.</p>



<p>·       9. “El periodismo colombiano está lleno de poetas mientras que la gente simplemente quiere información”, le dijo a Gonzalo Guillén en 1979, en una entrevista que él tituló “Este campesino hace los mejores reportajes en Colombia”.</p>



<p>·      10. ¿Cuál fue su estilo?  <em>“… haber ido siempre hasta el lugar de los hechos para sentir sus olores, entender las luces y las sombras, los colores, las tradiciones y las costumbres (…) Esto, mezclado con una investigación rigurosa, muchas veces apoyada por especialistas en ciertos temas”.</em></p>



<p>·      11. “Pienso que hay dos clases de periodistas: Uno es el comentarista que da sus opiniones. El otro es el reportero que, en muchos casos, con mala fe, opina a través de lo que hace”.</p>



<p>·      12. Trataba con respeto a sus entrevistados. <em><strong>“Los abordaba con tacto, con humor cuando el tema lo permitía, conversaba primero, se embebía en su historia sin agredir, sin afán. En el momento de hablarles, sus encuentros eran ante todo amables y respetuosos”.</strong></em></p>



<p>·      13.  “… nunca recibió una solicitud de rectificación”.</p>



<p>·      14. “… todo el mundo le caminaba porque confiaban en su visión periodística, en su criterio y credibilidad”.</p>



<p>·      15.  “… era accesible, amable, trataba bien a todas las personas. Se desvivía por ayudar. Era tranquilo, humano sin importar el rango ni el nivel de educación. Para él, todo el mundo tenía algo para dar o recibir”.</p>
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        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=111232</guid>
        <pubDate>Thu, 06 Feb 2025 21:41:58 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>Cassiani: acción, suspenso y terror sobre las ruinas bogotanas</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/hundiendo-teclas/cassiani-accion-suspenso-terror-las-ruinas-bogotanas/</link>
        <description><![CDATA[<p>Saber que estamos ante una novela distópica podría originar repelús entre cierto tipo de lectores, ante el temor de que la recreación de atmósferas y personajes alienantes pueda distraer la intención de que los personajes tengan profundidad y sean complejos, o que el personaje A siempre sea tacaño, el personaje B siempre franco y nadie [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Saber que estamos ante una novela distópica podría originar repelús entre cierto tipo de lectores, ante el temor de que la recreación de atmósferas y personajes alienantes pueda distraer la intención de que los personajes tengan profundidad y sean complejos, o que el personaje A siempre sea tacaño, el personaje B siempre franco y nadie sea un cúmulo de contradicciones, como las personas reales.</p>
<p>Pero pueden perder cuidado. En Cassiani todo está en la justa medida. Perfilación precisa de personajes, descripciones efectivas, diálogos verosímiles, sugestión, rapidez, suspenso, y una dosis de balaceras más generosa que en otras novelas de Octavio Escobar, no sin por ello abaratar el tenor sugestivo.</p>
<p>“Esquirlas de cemento y metal volaron en todas direcciones. Cassiani apuntó sin prisas y lo remató. Sin perder tiempo, recargó y descerrajó un proveedor contra el parabrisas de la camioneta negra”.</p>
<p>Todo en medio del empuje de la correine narrativa en la que seguimos la huida de Kike, el discreto narrador de la historia, quien en compañía de Cassiani, una suerte de Kill Bill morena y colombiana, lectora y de metralleta en ristre a toda hora, quienes deben emprender la fuga ante la arremetida del bando de los Conciliares, el grupo paramilitar que se enfrenta a los Bibliotequeros por el control del territorio, en una Bogotá – y se colige que una Colombia- al borde del colapso por efecto un virus apocalíptico.</p>
<p>“No había una amenaza real pero la apariencia de paz que nos rodeaba era artificial, pasajera. Muy pasajera…Segundos después escuchamos los helicópteros y el amenazante rugido de los aviones de guerra. Desde algún lugar cercano las ametralladoras reaccionaron”.</p>
<p>La generación que vio la serie Los X-Men o los que supieron de esta serie animada tangencialmente, podrán comparar a sus sexis mutantes con el papel de las insondables niñas sepia, un séquito de jovencitas unas, otras con más edad, que, inoculadas con una vacuna fallida, adquirieron, entre otras secuelas desafortunadas, el don de la mimetización. Ellas se han convertido en un mito en el distópico territorio nacional. Estas chicas jugarán un papel clave en los intereses de Kike, Cassiani y su círculo más cercano. Así lo cuenta Kike: “Me sentía en una película con heroína sexi y colaboradoras mutantes, que además corrían desnudas de un lado para otro, dispuestas a sacrificarse. Una de esas producciones cinematográficas de bajo presupuesto que apenas sirven para distraer el insomnio y masturbarse”.</p>
<p>Huelga decir que la rareza de estas mujeres no es óbice para la sensualidad.  “Mientras Selene permanecía integrada al mosaico de la pared, mirando con gesto de burla hacia donde yo me encontraba, Yahaira se movía alrededor de Cassiani, cambiando constantemente de aspecto, pasando breves momentos por algo que yo me atrevería a llamar desnudez. Su cuerpo era delgado y, para mi turbación, de senos firmes y caderas provocativas. El pudor que ella no parecía sentir lo sentía yo, así que evité mirar el nacimiento de los muslos”.</p>
<p>Pero no, Octavio Escobar dice no haber sido fanático de esta serie. Habrá que buscar, y quien bucee en este libro podrá sentir las aguas del género negro de las que ha bebido el autor: H. P. Lovecraft, Conrad y Poe (sobre el final hay apartes terroríficos que recuerdan a El Cuervo y demás lobregueces de Edgar Allan, el primer amor literario de Escobar). Pero también Proust, Tomás González, la Librería Leo, reciben generosos guiños; además: uno de los personajes es un donjuán de mujeres lectoras.</p>
<p>En esta obra vemos reflejado el aserto de que sólo el estudio exhaustivo de las grandes obras de la literatura, da al escritor una idea clara de la altura emotiva e intelectual que se puede alcanzar.</p>
<p>“Alto y robusto, sus manos, muy gruesas, siempre estaban apartando mechones de su cara de nariz grande y mentón partido”.</p>
<p>Es de subrayar la destreza del escritor del género negro para recrear las situaciones que permiten respirar la trama, como en el episodio en que un potencial antagonista, el enigmático señor Bosch-López, podría convertirse en ayudante, en momentos en que la acechanza de los perseguidores adscritos a los Conciliares amenaza liquidar a nuestros protagonistas.</p>
<p>“…rápidamente (las niñas sepia) se mimetizaron con los paneles crema del interior. La fugacidad de su paso llenó de turbación al guardia, que comenzaba a entender con quiénes estaba tratando”.</p>
<p>Desde luego que por más distópica que sea la historia, ni en ese futuro aparece el metro de Bogotá ni sus ruinas, de lo que se burlan mordazmente los personajes en una escena. Por lo demás, la atmósfera tétrica del ambiente capitalino no deja salir al lector sin una espeluznante nube de humo sobre su cabeza.</p>
<p>“A lado y lado había ventanas que miraban hacia centro de Santa Fe de Bogotá. Por una de ellas comenzaba subir una columna de humo que juntaba sus tonos grises con los de las nubes… Muchas calles estaban bloqueadas por rejas, neumáticos amontonados y montañas de escombros en las que siempre temí descubrir restos humanos…El centro nos recibió con un intenso olor a humo. En medio de la Avenida Caracas, una pequeña multitud rodeaba los restos de un bus…Cubiertos de manera improvisada, varios cuerpos humanos yacían sobre el asfalto…A lo lejos se escuchaban las sirenas. Unas pocas voces daban instrucciones, apuraban, mientras las personas que no participaban en la acción miraban atónitas, rezaban unas, lloraban otras, encogidas por el horror”.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=99010</guid>
        <pubDate>Fri, 12 Apr 2024 03:14:24 +0000</pubDate>
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        <title>La sombra de mi padre: saga de ira y reconciliación</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/hundiendo-teclas/la-sombra-padre-saga-ira-reconciliacion/</link>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><figure id="attachment_98221" aria-describedby="caption-attachment-98221" style="width: 145px" class="wp-caption alignright"><a href="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre.jpeg"><img decoding="async" class=" wp-image-98221" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre-162x300.jpeg" alt="" width="145" height="269" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre-162x300.jpeg 162w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre-81x150.jpeg 81w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre.jpeg 334w" sizes="(max-width: 145px) 100vw, 145px" /></a><figcaption id="caption-attachment-98221" class="wp-caption-text">Martín Franco Vélez, en la portada acarreado por su padre en una carreta, escarba en este libro  a lo profundo de la vida de ambos.</figcaption></figure></p>
<p>Hace rato una lectura no me deparaba la satisfacción de terminar un libro en menos de tres sesiones, en dos días, trasnochada incluida. Al principio pensé que se debía a que sucede en Manizales, mi ciudad, donde se desarrolla gran parte de La sombra de mi padre. Pero luego, tras las reverberaciones de gozo que sobrevienen al cierre de un libro disfrutado, concluí que se trató de la fuerza auscultante de la catarsis, del intimismo, de la franqueza con que el autor nos comparte su historia familiar.</p>
<p>No es esta la historia del padre un poco unidimensional de Carta al padre de Kafa:  un sinfín de peros, sino la de un amoroso progenitor con más virtudes que errores, como el hijo, como el otro hijo, como el abuelo…como todos. Esta trenza generacional hila la narración.</p>
<p><em>“Atrás, muy atrás, quedaba para entonces esa imagen que me hizo tan feliz en la infancia: una llave que entra en la cerradura, el sonido de una puerta que se abre, un silbido rítmico que inunda la casa, y un niño que sale feliz, corriendo escaleras abajo, para tirarse en brazos de su padre cansado: el lugar más seguro del mundo”.</em></p>
<p>La historia la atraviesa entre otros temas, el modo en que la enfermedad del alcoholismo enferma a toda la familia (válganme la redundancia), y la constatación de que esto no tiene en el fondo qué ver con la ingesta alcohólica sino con el consumo de dolor y cómo este se ramifica, en el caso concreto, a través de las masculinidades. “Con el tiempo he logrado entender que el problema de fondo no es el trago. El licor es apenas un detonante de una situación muchísimo más profunda. El problema, la verdadera cuestión, es la rabia que se aloja en el corazón”, colige el escritor.</p>
<p>El narrador recorre a lo largo del libro sus facetas de hijo, de nieto (Martín ha digitalizado y vertido al libro las memorias de su abuelo, su determinador literario y quien se llama igual que su hijo: Emilio), y claro, su papel de padre.</p>
<blockquote><p><em>“A medida que lo veo crecer entiendo que ahora soy yo quien está al otro lado; que al fin, me he convertido en mi padre…En algún momento –seguro más temprano que tarde–, yo también seré juzgado; no tardará el día en que a mi hijo le parezcan desatinadas mis acciones y en el que pensará, tal vez con rabia, que no quiere eso mismo para su vida”.</em></p>
<p><em>“Todos pasamos por el tribunal de los hijos, quienes rara vez nos absuelven. Somos implacables como hijos y esperamos benevolencia como padres”. </em></p>
<p><em>“Hace un tiempo, en algunas vacaciones, me quedé observándolos subir por un potrero de la finca …estaban los dos solos en el mundo, abuelo y nieto en ese preciso instante, el primero asomándose al final de este camino, y el segundo apenas empezándolo, tan vacío de vida y de conocimiento, y no parecía que necesitaran nada más para ser felices”.</em></p></blockquote>
<p>La trama desde las primeras páginas, estriba en una necesidad inherente al ser humano: la de la reconciliación (si bien hay otro gancho: un suceso desastroso que desgarrará las vidas de la familia Franco Vélez).</p>
<p><em>“Mi padre abrió mucho los ojos, asustado, antes de levantarse de la cama de un brinco y apartar de un tajo las cobijas. “Ay –exclamó, abriendo mucho los brazos con las palmas de las manos extendidas–. ¡Qué felicidad!”.</em></p>
<p>Y ya el tratamiento literario, en esa personalísima voz que ha caracterizado la obra de Martín Franco, termina de hacer el trabajo de imantación con el lector.</p>
<p><em> “Esperé unos minutos y vi bajar a mi madre en piyama, con las llaves en la mano; desde hacía un tiempo había empezado a verla un poco más vieja, un tanto más dolida, notando cómo sus dedos habían empezado a torcerse y deformarse por cuenta de una artritis heredada, desordenados como las raíces de un árbol”.</em></p>
<blockquote><p><em>“Me acosté en la cama que me perteneció durante años, hasta que me fui de la casa luego de abandonar, aburrido, la carrera de administración de empresas que mi padre siempre quiso que estudiara”.</em></p></blockquote>
<p>A pesar de ser un libro doloroso, de amores e iras, hay espacio para el humor, aunque me excuso por la próxima larga cita porque no es el tenor general del libro. Es un periodo de hilarante pesadilla con un profesor de matemáticas que marcó, para fortuna de los lectores, el que Martín Franco cambiara la carrera de los números por la de las letras:</p>
<blockquote><p><em>“Todavía tengo fresco el día en que, en medio de una clase, (el profesor) acabó de explicar un tema cualquiera y pasó a escribir con tiza un problema matemático en el tablero. Volviéndose hacia la clase, señalando con sorna hacia la pizarra, preguntó desafiante quién era capaz de resolverlo. Una alumna tímida levantó la mano y se atrevió a salir al frente; se quedó un buen rato contemplando el acertijo repleto de x y y y z, garabateando números aquí y allá, hasta que, de pronto, comprendimos que estaba perdida: había naufragado y parecía buscar que alguien le tirara un salvavidas. No contábamos con que fuera el propio Fernando Pío quien se lo lanzara de la manera más obvia: ‘No hable mierda’, exclamó, furioso. ‘Si no sabe siéntese y no invente’”.</em></p></blockquote>
<p>A cada página de este testimonial, florece una profusión de asertos barajados con el cómo literario, en la que se conjuga el verbo ser –o el quizás no ser, siempre la duda– sobre este o aquel aspecto intemporal de la vida. Asertos muchas veces empalmados con una convocante primera persona del plural, que logra poner luz a los abismos más profundos de la condición humana, con una prosa amable pero tenaz.</p>
<blockquote><p><em>“…todo lo que hacemos, cualquier cosa, está inevitablemente teñido por el velo de la muerte: nuestras acciones, grandes o banales, van acompañadas por la silenciosa certeza de que ya no estaremos aquí…”.</em></p>
<p><em>“&#8230;los recuerdos son así, caprichosos, y aparecen como fogonazos atemporales que casi siempre situamos mal porque los caminos de la memoria son retorcidos”. </em></p>
<p><em>“Eso es la vida, después de todo: una constante sucesión de hechos que a veces no nos dan tiempo para para pensar en ellos, ni en sus consecuencias, aunque calen hondo y se aferren en lo profundo”. </em></p>
<p><em>“Durante años creí que la fe era cándida, que creer en algo que no conocemos resultaba inútil y absurdo, y, sin embargo, no podía evitar sentir cierta envidia por la confianza que ella le brinda a los creyentes: siempre es mejor tener algo a lo que aferrarse”.</em></p>
<p><em>“…solo el amor y la risa nos salvan…vivir es duro pero maravilloso, porque en medio de la tristeza y del dolor diarios se puede encontrar belleza: solo hay que saber verla”.</em></p></blockquote>
<p>El autor es capaz de sacar filo a la llanura de las certezas, diciendo lo que pareciera, solo pareciera, innecesario. El mismo Martín Franco citó en Facebook a Michael Pollan hace poco: “un cliché es, precisamente, lo que queda de una verdad después de que se la haya vaciado de toda emoción…”. Franco se las ve con los lugares comunes, cuya reivindicación ha de ir llegando con la madurez.</p>
<blockquote><p><em>“Sería otra vez cuestión de tiempo, sin embargo, para que yo acabara condenándolo; a fin de cuentas, pocas cosas son tan implacables como el juicio de un hijo. Un padre es un padre y no un amigo cercano, como él espera que seamos”.</em></p>
<p><em>“Esa soledad del tenista y el hecho de que cualquier decisión que tome lo afectará a él mismo y a nadie más me han hecho entender cosas sobre mí mismo y sobre él. Una de ellas, aunque suene obvia, es que somos producto de las decisiones que tomamos. Nada más. Aunque lo practiqué durante años, nunca fui un jugador ambicioso ni avancé demasiado de categoría. Mi padre, en cambio, empezó a jugarlo tarde y aun así ganó varios trofeos que exhibía orgulloso en casa. Antes de dejarlo por completo me enseñó, sin palabras, que nunca es tarde para empezar algo”.</em></p></blockquote>
<p>Hay un aspecto sociológico con el que quisiera terminar: en esta obra el autor le responde a la sociedad, se responde a sí mismo y nos responde, en especial, a los manizaleños juzgadores, esos que hemos señalado con dedo implacable a los residentes del barrio Palermo. Muchos crecimos batiendo el gastado molinillo de resentimiento social de “ah, esos ricos vergonzantes de Palermo”, “ah esos estudiantes de colegios gomelos”, “ah, esos dueños de”, “ah, esos de tales apellidos”. Franco dice que sí. Que entiende y que también le da rabia:</p>
<p><em>“La lógica de lo que ha sido mi vida, enmarcada por privilegios innumerables, debería conducir a lo contrario: educado en un colegio privado excluyente, con amigos cuyos padres manejaban –para bien o para mal- las riendas públicas y privadas del departamento de Caldas en los años noventa, y formado, luego, en una de las universidades privadas más prestigiosas del país”.</em></p>
<p><em>“Quizás la respuesta a esas preguntas se encuentra en lo despreciable que me resulta ahora esa clase alta en la que crecí, en su profunda falta de empatía y en lo mucho que se esmera por preservar a cualquier precio esos privilegios que ha tenido durante años, o siglos, sin preocuparse nada más que en seguir alimentando su codicia … cada vez que veo eso, que lo vivo, siento más ganas de huir y de apartarme, aunque sé lo difícil que al final resulta”.  </em></p>
<p><em> “…montar (a caballo) me ha resultado incómodo y por eso nunca lo hago. Una más de las tantas cosas que me separan del lugar donde nací. Y, sin embargo, durante una época monté bastante junto a mi padre”.</em></p>
<blockquote><p>&nbsp;</p></blockquote>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=98220</guid>
        <pubDate>Wed, 14 Feb 2024 22:22:06 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La sombra de mi padre: saga de ira y reconciliación]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Mario Vallejo</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Cada oscura tumba, no tanto el qué sino el cómo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/hundiendo-teclas/oscura-tumba-no-tanto-sino/</link>
        <description><![CDATA[<p>Es habitual que los lectores despistados comulguen con la idea de que el tema es lo más importante en la ficción literaria. Los verdaderos literatos tienen siempre presente el tema, que en esta novela aborda uno de los miles de casos de asesinatos de jovencitos a manos del ejército para hacerlos pasar por guerrilleros. Pero [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Es habitual que los lectores despistados comulguen con la idea de que el tema es lo más importante en la ficción literaria. Los verdaderos literatos tienen siempre<br />
presente el tema, que en esta novela aborda uno de los miles de casos de asesinatos de jovencitos a manos del ejército para hacerlos pasar por guerrilleros. Pero esto no basta para garantizar que se escriba bien, que es para mí la sencilla solvencia de Octavio Escobar (qué difícil es hacer ver sencillo lo que no lo es: la buena prosa). Privilegiar el cómo sobre el qué.</p>
<p>El qué: la víctima del ejército, Anderson, es un joven con retraso mental, cuyo breve retrato es conmovedor sin caer en el patetismo. Profunda herida para su tía Melva Lucy, la protagonista justiciera que se va a topar con la oportunidad de hacer justicia por mano propia. Acá el autor, como no se le ha visto en otras ficciones, salda una deuda con la Historia nacional, a guisa de los vengadores de Tarantino ametrallando nazis en Bastardos sin gloria, en el sentido de la reivindicación que el arte puede hacer de las injusticias sociales.</p>
<blockquote><p>“Ánderson entrecierra los ojos porque no sabe qué tan duro van a sonar los disparos de mentira y piensa en cómo se va a dejar caer para ser un muerto convincente”.</p>
<p>“Trata de colgar su camisa a un clavo que sobresale de la pared de tablones, pero se cae una y otra vez”.</p>
<p>“Se queda en pantaloncillos. Son rojos y le quedan anchos en los muslos, y se pone el uniforme que le entregaron”.</p></blockquote>
<p>Así que el escritor le hace citar a Cuadrado, abogado defensor de derechos humanos, la frase que quedó para la Historia universal de la infamia: “(Con los falsos positivos) ganaban los soldados que los capturaban y los mataban, ganaban los oficiales que se hacían los de la vista gorda. Y el presidente mostraba resultados, y su ministro de defensa… ‘De seguro esos muchachos no estaban recogiendo café’, fue la frase de Uribe cuando el escándalo comenzó”.</p>
<p>Pero en Escobar, y ahí vamos al cómo, la sangre y el fuego ocupan apenas algunos párrafos: lo suyo es la sugestión, la descripción sin recargas, la acotación vivaz en los diálogos.</p>
<p>“Tanto el tema como el mensaje (es decir, el asunto y la manera concreta de exponerlo), probablemente destacan más en una novela corriente del Oeste que en En busca del tiempo perdido de Proust”, escribía Jhon Gardner en Para ser novelista. Quien se detenga en la prosa de Escobar percibirá ese tipo de inteligencia del narrador que se compone de varias cualidades, la mayoría de las cuales son, en la gente normal, señal de inmadurez o frivolidad.</p>
<p>La otra vez, al reseñar Mar de leva, comparé el estilo de Raymond Carver con el de Octavio Escobar y recibí una amable reprimenda en un audio vía Messenger del profesor Alejandro Agudelo, doctor en letras, quien alegó que, si bien no negaba las altas cualidades del colombiano, del que es lector y estudiosos, el parangón resultaba desproporcionado. (Ahora sabemos que parte del éxito de Carver se lo debe a Gordon Lish, el editor que le capaba cientos y miles de palabras). Con los libros de Escobar sus lectores creemos que todo está en la extensión que corresponde. Creo que he de mantener mi parangón, pues las descripciones del colombiano y su perfil de los personajes, abandonan toda aspiración heroica o excepcional, como en el norteamericano, para dedicarse a la pesquisa de las situaciones cotidianas que, pacientemente esperadas, nos sumergen en el asombro literario cuando aparecen.</p>
<blockquote><p>“Cuadrado tenía que hallar la manera de regalarle un par de vestidos sin humillarlo, y unas corbatas discretas, diferentes de los rezagos chillones de su época dorada, que entonces, y acompañados de pañuelos del mismo color, parecían audaces y cosmopolitas, pero que ahora solo empayasaban su pobreza”.</p>
<p>“Madrugaba con la cocinera a vender desayunos y preparar albóndigas y empanadas, y se quedaba allí, tomando café sin azúcar, maldiciendo la rutina que amaba”.</p>
<p>“Los clientes del final de la tarde ya se habían acostumbrado a que limpiara por encima de ellos, obligándolos a que levantara los pies cuando pasaba la trapeadora. En su mayoría mecánicos, pequeños comerciantes y jubilados, desde un principio se sintieron atraídos por la madura exuberancia de sus formas, por los ojos grandes con fondo de tristeza y la boca muy pintada”.</p>
<p>“El portero del edificio Alcázar, que siempre le coqueteaba, sostenía la aparatosa caja del televisor nuevo de una de las residentes, así que solo le pudo dedicar su sonrisa seductora, reprimiendo el piropo. Melba Lucy correspondió levantando la mano. Consciente de su retraso, dedicó apenas unos instantes a los futbolistas que perseguían un balón amarillo en la cancha múltiple, el aquero con el uniforme del Santa Fe, que empujaba a su equipo a punta de gritos, los muslos muy delgados para la corpulencia del tórax”.</p>
<p>“La mirada femenina combinaba el reproche y la coquetería”.</p></blockquote>
<p>***</p>
<p>Como es usual en la escritura de Escobar, las descripciones y la inmersión en la psicología y la proxémica femeniles, puntean en un refinado baremo, como quiera que desde Saide, su primera novela, el protagonismo en su novelística se lo llevan ellas. El lector se sorprenderá con la aparición de Paula Cristina, la protagonista de Destinos intermedios, que aparece en esta historia, logrando zurcir algunos hilos en el entramado del universo literario del autor, recreación de algunos lugares entre Bogotá y el Magdalena medio.</p>
<blockquote><p>“Pequeña pero proporcionada, la ‘seño’ Amalia legó a su hijo una consistente formación ética y la miopía. Todo lo demás en Cuadrado procedía del padre: la cabeza grande y chata, los huesos fuertes y anchos, estatura mediana y mandíbula de borde horizontal”.</p></blockquote>
<p>Las escenas que pinta Escobar de Bogotá, ora del Parkway de Teusaquillo, ora del Transmilenio, ora de la Caracas, o de los vientos llegados de los Cerros orientales, demuestran que, si bien el autor es visitante consuetudinario de esa ciudad, caminante de la calle, el <em>flâneur</em> baudeleriano, no pierde su capacidad de asombro, no permite que el derredor se le vuelva paisaje de tan caminado. Balzac describió la <em>flâniere</em> como gastronomía para los ojos. Lo mismo sucede con Manizales, Buenaventura, España, Aguasblancas (La Dorada), escenarios recurrentes en su obra, y con los espacios interiores en que actúan los personajes.</p>
<blockquote><p>“Un sol efímero, muy de tierra fría, enfatizó el contraste entre Belalcázar y Galerías”.</p>
<p>“Simulando prisas, saludó a los vendedores del negocio vecino –materiales para la construcción, eléctricos y de fontanería–, y entró decidida, percutiendo la baldosa del piso con sus tacones”.</p>
<p>“El ulular de una sirena se metió a la habitación, la recorrió, y salió con la misma rapidez con la que había llegado”.</p>
<p>“Por alguna razón le había quitado los bolsillos a su camisa, por lo que dos zonas rectangulares más oscuras marcaban sus senos, de proporciones considerables”.</p>
<p>“Subió los peldaños y se quedó mirando la virgen con ropas doradas, las bellas manos unidas sobre el pecho, bandas azul desvaído en los bordes del manto. La aureola la formaban las palabras: “Yo soy la inmaculada concepción”. A sus pies, el sagrario proyectaba rayos metálicos en todas direcciones. Se sentó en una de las bancas de atrás y elevó la mirada hacia la bóveda estrellada, sostenida por nervaduras de filigrana, Y oró con una concentración que pocas veces había tenido…”.</p></blockquote>
<p>Esta prosa se transparenta con el anhelo de Milán Kundera en el sentido de que “la ambición de mi vida ha sido unir la máxima seriedad del contenido –las ejecuciones extrajudiciales– con la máxima ligereza de la forma”.</p>
<p>En la página final de cada oscura tumba, vendedor de comercio “hablaba en exceso, indeclinable su sonrisa, mientras trataba de que un niño, en apariencia su hijo, no importunara mucho con su pistola de plástico verde. Los disparos, una onomatopeya que incluía el silenciador, los dirigía contra su propia silueta, repetida por los espejos del almacén&#8230; Después de algunas dificultades, la cajera consiguió que el datafono funcionara. Gabriel Álvarez Cuadrado firmó el recibo y contempló con desconsuelo al hijo del vendedor, que prorrumpía en una nueva ráfaga de disparos asordinados”.</p>
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        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
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        <pubDate>Sat, 12 Aug 2023 17:10:10 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Cada oscura tumba, no tanto el qué sino el cómo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Mario Vallejo</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La insoportable levedad… de ser periodista… en tiempos de “La Costa Nostra”</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-insoportable-levedad-periodista-tiempos-la-costa-nostra/</link>
        <description><![CDATA[<p>&#8220;Hay un periodismo prescindible, por el que no vale la pena sacrificar un árbol, y hay otro periodismo de tal valor y tan imprescindible que por él vale la pena sacrificar un bosque”: Javier Darío Restrepo (1932-2019) La última semana he tenido conversaciones muy extrañas conmigo mismo. Me levanto preguntándome si es posible que el [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>&#8220;Hay un periodismo prescindible, por el que no vale la pena sacrificar un árbol, y hay otro periodismo de tal valor y tan imprescindible que por él vale la pena sacrificar un bosque”: <strong><a href="https://fundaciongabo.org/es/etica-periodistica/recursos/las-100-mejores-frases-de-javier-dario-restrepo-sobre-etica-periodistica">Javier Darío Restrepo </a></strong>(1932-2019)</p></blockquote>
<p>La última semana he tenido conversaciones muy extrañas conmigo mismo. Me levanto preguntándome si es posible que el periodismo sea un moribundo en fase terminal, ¿o acaso soy un agorero más? Me imagino con 18 años y cuestiono ¿para qué diablos estudiar periodismo? ¿Vale la pena o mejor me quedo durmiendo? Hablar solos parece cosa propia de la edad y de la pandemia.</p>
<p>Me cuentan que las salas de redacción desaparecen (vendieron el edificio del diario <a href="https://www.larepublica.co/empresas/el-diario-el-colombiano-se-alista-a-abandonar-la-historica-sede-que-tiene-en-envigado-3643315">El Colombiano</a>), y ahora las noticias se escriben desde la casa de los reporteros. Si la cosa es así, ¿a qué hora están yendo al lugar de los hechos? ¿Reemplazaron la grabadora y la libreta de notas por los audios de WhatsApp para evitar la fatiga?</p>
<p>Dice<strong> Ómar Rincón</strong>, catedrático y crítico de medios: <em>“Sí, vale la pena estudiar periodismo y con más razón ahora que está en crisis. Pero debería estudiar periodismo quien tenga esa pasión por contar historias, por joder a los poderes, por mirar distinto a la humanidad, por encontrar otras perspectivas para contar, por innovar y crear formatos distintos. Tenemos que volver a enseñar el oficio con su pasión de reportería en el contexto de los nuevos formatos narrativos y de nuevas éticas periodísticas. No podemos seguir haciendo un periodismo jurásico”.</em></p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-95491" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/FOTO-JURADO-OMAR-RINCÒN-225x300.jpeg" alt="" width="225" height="300" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/FOTO-JURADO-OMAR-RINCÒN-225x300.jpeg 225w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/FOTO-JURADO-OMAR-RINCÒN-113x150.jpeg 113w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/FOTO-JURADO-OMAR-RINCÒN.jpeg 768w" sizes="(max-width: 225px) 100vw, 225px" /></p>
<p>Como si no estuviera entre el agua y la pila bendita, la semana empezó con pie izquierdo para el periodismo, acosado por la banalización de las redes sociales y luchando por reconquistar audiencias esquivas. Editorial Planeta vetó el libro “La Costa Nostra”, de Laura Ardila, (¡mataron el tigre y se asustaron con el cuero!) y desde su <a href="https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/laura-ardila-arrieta/el-libro-sobre-los-char-que-planeta-censuro/"><strong>denuncia en El Espectador</strong></a>, muchas voces han protestado, y no faltó quien propuso boicotear a esa editorial española, pero me pongo a pensar si más bien no deberíamos estar enojado con un clan familiar que ha llevado sus tentáculos políticos y económicos a niveles sórdidos.</p>
<p>¿Somos cómplices por comprar en sus tiendas, apoyar al Deportivo, Junior, escuchar Olímpica Stereo o tener cuenta en su banco? ¿Qué posición debe asumir uno a sabiendas de que tales negocios generan puestos de trabajo para gente necesitada?</p>
<p>Me queda la duda de si sirve de algo no comprarles el pan recién horneado. Los líos de esa familia debe resolverlos la justicia y no los ciudadanos, que lo único que podemos hacer es aplicar una sanción social de forma individual, pero <em>una golondrina no hace verano</em>.</p>
<p>Vamos a lo de fondo: los hechos demuestran que el verdadero poder en Colombia es económico y no político como nos han hecho creer; cada vez más ese poder se concentra en unas poquitos apellidos, que, songo zorongo, se han ido haciendo con los medios de comunicación, los cuales deberían ser (y no siempre son) garantes de las libertades y defensores de las democracias.</p>
<p>Digámoslo distinto: Lo que en otros tiempos se llamó cuarto poder, refiriéndose a la prensa, se ha convertido en el poder de empresarios con capacidad numérica para hablar de tú a tú con la clase política, y ahora a ese músculo financiero suman su “músculo periodístico”, dejando a los ciudadanos por fuera de la conversación. ¿O cuál sería la razón para meterle capital a un medio de comunicación, aun sabiendo la crisis que enfrenta este negocio? De hecho, los Gilinski (dueños de Semana, El País, El Heraldo, ¡y los que faltan!), ya le aplicaron los santos óleos al diario Q´Hubo de Cali.</p>
<p>Aquí cabe esta pregunta:</p>
<p>—Cuando los poderosos hayan comprado todos los medios, ¿quién nos dirá la verdad?</p>
<p><strong>Alejandra de Vengoechea,</strong> profesora de periodismo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano: <em>“El periodismo que me gusta ejercer es aquel que también enseña, instruye, alfabetiza, muestra caminos. Todos sabemos que estamos en crisis, pero necesitamos superar la actitud derrotista. Muchos lectores no saben cuáles son los medios independientes, no saben qué leer, y es parte de lo que hago con los estudiantes en mi curso sobre noticias. Hay medios y gente haciendo esfuerzos titánicos por ser independientes, son como mosqueteros haciendo las cosas bien hechas”.</em></p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-95492" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/ALEJANRA-DE-VENGOECHEA-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/ALEJANRA-DE-VENGOECHEA-300x300.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/ALEJANRA-DE-VENGOECHEA-150x150.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/ALEJANRA-DE-VENGOECHEA.jpg 400w" sizes="auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px" /></p>
<p>No sería raro que esos grupos de poder, un día se adueñen también de las editoriales que producen libros y, cual amos, definan qué pueden decir o qué deben callar los escritores, pues el caso de “La Costa Nostra” puede ser el principio de algo peor por venir; la preocupación me surge tras conocerse las dimisiones de<a href="https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/juan-david-correa-renuncia-a-planeta-tras-censura-del-libro-la-costa-nostra/"> Juan David Correa</a>, (¡gran periodista!), director editorial de Planeta (Colombia y Ecuador), y Ana Cristina Restrepo (¡gran periodista!), autora de esa misma casa.  (Me pregunto si se trata de renuncias innecesarias o qué efecto positivo pueden tener en un país que menosprecia la valentía y el talento).</p>
<p>En todo caso, al cuento le falta un pedazo, siendo que esa misma editorial publicó en 2020 <strong>&#8220;Los clanes políticos que mandan en Colombia&#8221;</strong> del politólogo <a href="https://twitter.com/LeonVaLenciaA/status/1678739843642191873?t=NlIi1JMicj8v1pd_B7s2iQ&amp;s=08">León Valencia</a>: no es nuevo que el de los Char sea el más poderoso del país. En otro tuit nos recuerda que los Char hicieron echar a <a href="https://twitter.com/LeonVaLenciaA/status/1678739843642191873?t=DRDqS-PI_qmkMSC3DMHfcQ&amp;s=08">Ariel Ávila</a> de la antigua Semana para callarlo.</p>
<p>En ese orden (o desorden) de ideas, aquella frase manida de que Colombia es una de las democracias más antiguas y sólidas de Latinoamérica es tan discutible, como discutible sería seguir afirmando que la prensa es el cuarto poder. No puede ser cuarto poder mientras la muevan intereses extra periodísticos. No puede ser cuarto poder mientras se haga desde los escritorios sin ir a la calle a untarse de realidad, a la espera de que un video se <em>viralice</em> en las redes sociales para construir un titular que, con afán escandaloso o morboso, genere suficientes <em>likes.</em> ¡El síndrome de la chiva  ha muerto, viva el like!</p>
<p>Tengamos claro algo: Que un medio se ufane por tener más lectores únicos al mes no significa que esté haciendo buen periodismo. Además, nos toca aprender a pescar en el río revuelto de las mentiras: <em> “Histórico: Semana.com tiene hoy más lectores digitales que la revista ‘TIME’ y, de lejos, es el medio colombiano más consultado en el mundo, según Comscore”. </em></p>
<p>Hice lo que una persona sensata debe hacer. Buscar un medio fiable para contrastar semejante fábula. Y en efecto: Los datos del diario La Vanguardia de España echan por el piso la afirmación de Semana, que osa compararse  con una revista prestigiosa y con un siglo de historia, que circula en el país más poderoso del mundo con cinco veces más el número de habitantes que tiene Colombia. Semana (con 27 millones de usuarios, según ella) se compara con <a href="https://www.lavanguardia.com/vida/20230305/8798487/revista-time-cumple-100-anos.html"><strong>Time</strong></a> que tiene 100 millones de lectores online.</p>
<p>—¿Qué moraleja deja esto? Que hoy toca contrastar la información de ciertos medios leyendo otro para detectar quién miente a través de un titular o una portada de revista. <em>¿Dónde está la bolita, dónde está ella? </em></p>
<p>Tampoco puede ser cuarto poder mientras a los periodistas se les paguen sueldos miserables que los obligan a buscar ingresos adicionales para sobrevivir. Una infidencia: El otro día, en un evento literario, un periodista desempleado agradeció el jugo en caja y la empanada que ofrecieron los anfitriones, pues -me dijo- ese era su desayuno y confiaba en poder almorzar más tarde en la casa de algún familiar. Increíble pero cierto.</p>
<p><strong>Matador</strong>, periodista y caricaturista. “<em>He escuchado siempre a los periodistas quejarse de su sueldo y eso no es de ahora. Nos vendieron una idea romántica del periodismo, que era el mejor oficio del mundo y cosas por el estilo. Pero no hay tal. Siempre he visto a periodistas comiendo de lo que sabemos pero de eso no se habla. Lo otro es que Colombia es un país al que no le gusta leer y así es más fácil sembrar una mentira en ese terreno abonado que es la idiotez.  Lo que interesas son los clicks y no la verdad. Manipular al lector es lo de ahora; afortunadamente, hay un resurgimiento del periodismo independiente que es muy valioso en las actuales circunstancias”.</em></p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-95493" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/MATADOR-300x300.jpg" alt="" width="300" height="300" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/MATADOR-300x300.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/MATADOR-150x150.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/MATADOR-768x768.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/MATADOR-1024x1024.jpg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/MATADOR.jpg 1080w" sizes="auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px" /></p>
<p>Si una editorial se atortola frente a unos políticos con intenciones de llegar a la Casa de Nariño, que así se lo dijo Laura Ardila a María Jimena Duzán en <a href="https://open.spotify.com/episode/0lXrT9Evl8KKlTmflwKiy3">A fondo</a>, mañana otro tipo de miedo podría gestarse cuando ese poder económico nos gobierne. Sepa el lector que los señores Nayib Bukele en El Salvador y Donald Trump, en Estados Unidos, eran empresarios antes de meterse a políticos, y ambos buscan, como sea, ser presidentes reelegidos. Porque eso de pasarse las leyes y la Constitución por la faja no ocurre solo en Colombia.</p>
<p>Con todo, la censura a “La Costa Nostra” deja ver que en este país son las mujeres (hablo de la ex congresista Aída Merlano y la reportera Laura Ardila), quienes llevan los pantalones bien puestos, por no decir lo que se dice en estos casos.</p>
<p>Ahora bien, supongamos que mañana otra casa editorial publica el comentado libro sin que le tiemble la imprenta. ¡Fantástico! Es lo que deseamos para conocer lo que hay debajo del tapete, pero de nada sirve una denuncia, por más ruidosa, si las autoridades no actúan, como enhorabuena están actuando en el caso Odebrecht: Unos audios inculpan a <a href="https://www.elespectador.com/judicial/odebrecht-el-espectador-le-explica-el-caso-de-corrupcion-y-por-que-oscar-ivan-zuluaga-esta-contra-las-cuerdas/"><strong>Oscar Iván Zuluaga</strong></a> e hijo, pero como cosa rara el que quería ser presidente ya se declaró inocente.</p>
<p>De nada sirve poner en la picota pública las artimañas politiqueras si todo sigue igual y con unos ciudadanos incapaces de analizar, antes de ir a las urnas, la gravedad de ciertos comportamientos, porque mientras la prensa seria busca alertarnos, <a href="https://www.elespectador.com/politica/caravana-recibio-a-bernardo-nono-elias-en-sahagun-tras-salir-de-la-carcel-por-corrupcion/">paisanos salen en romería</a> a recibir con aplausos a un político recién salido de prisión, que no es ningún <em>rockstar,</em> sino alguien que purgó condena por concierto para delinquir y lavado de activos. La escena de la caravana multitudinaria en Sahagún, Córdoba, que todos vimos horrorizados, habla mal de nosotros los colombianos, de nuestro realismo trágico. Esa conducta (la gente celebrando la sinvergüencería) también debe combatirse, porque perdimos el pudor, la moral y la cordura. Muy provechoso sería conversar con un sociólogo y un psiquiatra sobre estas <em>colombianadas</em>.</p>
<p><strong>Claudia Palacios,</strong> periodista y columnista. <em>“Desde hace muchos años estoy recomendando no estudiar</em><em>​</em><em> </em><em>periodismo. Por un lado, hay ciertas carreras (Derecho,  Ciencias Políticas&#8230;) que ofrecen una formación con mejores bases para ejercer el oficio de periodista. Y por otra parte, no existe un mercado capaz de ofrecerles una vida digna a los periodistas. Hay muy mala remuneración, inestabilidad y muy pocas empresas de medios ofrecen condiciones laborales acordes con la ley. Es un mercado muy frágil para la cantidad de gente que estudia periodismo. Un tercer elemento es la estigmatización, de la mano de la polarización, en la que hemos caído los periodistas, el periodismo y los medios. Es un oficio en riesgo, porque depende de la credibilidad, que se ha ido perdiendo, sin querer generalizar. Con mayor razón, hay que estudiar otra carrera para renovar el ejercicio del periodismo, de manera que pueda volver a ser relevante para las audiencias y las democracias”.</em></p>
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<p>Los periodistas somos mortales pero el periodismo debe ser inmortal para salvaguardar las democracias. Debe prevalecer para hacer contrapeso a los demás poderes, incluido el de las billeteras. Me honra escribir para un periódico como <strong>El Espectador</strong> que si bien pertenece a un grupo económico hace un periodismo confiable, riguroso y comprometido con la verdad, sin caer en la chabacanería o el titular tendencioso e irresponsable.</p>
<p>No obstante, me angustia pensar que el periodismo como lo conocimos en sus mejores épocas esté desapareciendo, arrinconado por las malas prácticas, arrastrado por la frivolidad que impera en las redes sociales, donde una gran investigación compite contra memes y videos insulsos, que no exigen del lector ningún esfuerzo mental… como si el pensamiento crítico hubiera caído en desuso.</p>
<p>“El público está cada vez menos interesado en las noticias; TikTok gana terreno”, leí con preocupación en <strong><a href="https://www.elespectador.com/mundo/mas-paises/el-publico-esta-cada-vez-menos-interesado-en-las-noticias-tiktok-gana-terreno-noticias-hoy/?utm_source=interno&amp;utm_medium=boton&amp;utm_campaign=share_notas&amp;utm_content=boton_facebook_share_notas&amp;fbclid=IwAR2wRjYaCNAFvs1gOcH18ud7ry6ZQ0Xo5Y3KaPDx9GeW0N170-uqa56dvbQ">El Espectador</a>.</strong></p>
<p>¿Se debe reinventar el periodismo, del mismo modo que los medios deben con urgencia reeducar a las audiencias? Creo que sí y sí. No hacerlo es condenarlo a la extinción y regresar a la época en la que este oficio todavía no se había inventado y aun así el mundo giraba sin él.  ¡Que el periodismo sea o no relevante para el público depende del propio periodismo, de nadie más!</p>
<p>¿Dónde está la bolita, dónde está ella?</p>
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        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=95489</guid>
        <pubDate>Sun, 16 Jul 2023 02:17:01 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La insoportable levedad… de ser periodista… en tiempos de “La Costa Nostra”]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
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