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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Fri, 10 Apr 2026 14:00:00 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Domingo | Blogs El Espectador</title>
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        <title>El domingo no es un buen día para morir</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/jarto-morirse-domingo/</link>
        <description><![CDATA[<p>&#8220;Si Dios no hubiera descansado el domingo, habría tenido tiempo de terminar el mundo&#8221;: Gabo.  ¿Ha pensado el lector cuál día de la semana le gustaría morirse? A mí, cualquiera menos un domingo, porque amo los domingos. Pero el domingo es el día rarito de la semana. Es un día que nace con el espíritu [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><strong>&#8220;Si Dios no hubiera descansado el domingo, habría tenido tiempo de terminar el mundo&#8221;: Gabo. </strong></p></blockquote>
<p>¿Ha pensado el lector cuál día de la semana le gustaría morirse? A mí, cualquiera menos un domingo, porque amo los domingos. Pero el domingo es el día rarito de la semana. Es un día que nace con el espíritu de la holgazanería, la lectura de prensa y el desayuno en la cama (no aplica para los solos y solas), el <em>arrunchis </em>(con almohada en el caso de los solterones), es el día de hacer <em>locha </em>(conste que Dios empezó con esa costumbre); pero conforme avanza el día, el domingo se va poniendo tenso y aguafiestas, recordándonos de manera odiosa que mañana es lunes.</p>
<p>El domingo es el día con los mejores olores, olores distintos a los del resto de la semana. El domingo huele a jugo de naranja, changua o caldo de costilla. Hacia el mediodía huele a ajiaco santafereño. A eso de las 3:00 p.m. me sabe a obleas con arequipe, brevas en almíbar o merengón, en el caso de los <em>bogorolos.</em> A eso de las seis huele a chocolate donde se bañan el pan, las arepas con queso o las almojábanas. Mientras leo algún libro, me llega ese olor exquisito de las <em>onces</em> preparadas por la abuela Evelia. Nos correspondía de arepa a cada uno, pero yo me las ingeniaba para comerme dos, sin ser pillado<em> in fraganti. </em></p>
<p>En todo caso, el domingo se come distinto y a destiempo. En algunas casas se desayuna a las 11:00 de la mañana y se almuerza a las 4:00 p.m. para ahorrarse el tercer golpe. En la noche se embolata el estómago con cualquier <em>pendejadita</em>, cualquier cafecito con pan, una avenita. Porque el domingo es un día que pasa en cámara lenta, sin prisas; ese día mueren los afanes.</p>
<p>Los domingos no son buenos para la dieta ni para la figura. Es el día en que la mayoría abusa de los dulces, los helados, la fritanga y la comida chatarra. Hasta los periódicos vienen más gordos, rellenitos de páginas.</p>
<p>Los domingos parecen días de fiesta en los centros comerciales, con la familia Miranda y la familia Peláez, que suelen ir sin cinco en el bolsillo, del verbo <em>yo vitrineo, tú vitrineas, nadie compra.</em> Prefiero caminar alrededor de un parque o sentarme en una butaquita a leer un buen libro, como si ya fuera uno de esos viejitos achacosos pero felizmente jubilado.</p>
<p>El domingo reina el silencio porque la bullaranga ocurrió entre viernes y sábado y los enguayabados están medio muertos, sin alientos para quejarse, clamando una <em>bomba</em> que los resucite: un caldito de costilla, por ejemplo, y los hay descarados que necesitan otra cerveza porque “esa cura la resaca”, dicen los alcohólicos confesos.</p>
<p>El domingo, si hace buen sol, la gente sale ligerita de ropa o en pinta modo ciclovía para presumir sus cuerpos y para que los demás recreen el ojo, apenados del suyo.</p>
<p>Uno quisiera que el domingo fuera inmortal. Pero no, el domingo muere para cumplir su propósito mayor: hacer que odiemos el lunes, menos el lunes festivo; en ese caso le transferimos nuestra inquina al martes, cuya única virtud es anticipar una semana corta. Los zapateros son los únicos que aman los lunes.</p>
<p>—¿Todavía hay zapateros en este mundo?</p>
<p>Los domingos son frívolos por naturaleza. Por ejemplo, lo primerito que hago con la edición dominical de El Espectador es leer el horóscopo de Mavé y después leo a mis columnistas favoritos (Ramiro Bejarano, Piedad Bonnett, Tola y Maruja, entre ellos; menos a Felipe Zuleta, que es impotable);  por último le meto mano (es decir, ambos ojos) a los grandes reportajes.</p>
<p>El domingo es el día de las vecinas que se asoman a la ventana a <em>comer</em> prójimo. Y los domingos, por la noche, son los más terribles para las mamás con hijos en etapa escolar. Ellas me entienden.</p>
<p>Los domingos saben a familia y a sobrinos. Los domingos saben a paseo a la plaza de mercado, donde se compra lo de la <em>tragadera </em>de la semana.</p>
<p>El domingo la gente se acuerda de Dios más que cualquier otro día. Las iglesias están llenas de arrepentidos. De esos que parecen malos futbolistas, empatando a punta de pecados y rezos. Pero cada vez hay menos gente en misa. Están viendo a Dios por televisión y haciendo trampa con la limosna. Me pregunto si los tacaños tendrán cabida en el cielo.</p>
<p>Los de malas en el amor se sienten más infelices los domingos. Es porque no le hacen caso a Rodolfo Aicardi para conjurar su soltería:</p>
<p style="text-align: center"><em>Por eso te aconsejo que vayas a misa,<br />
(todos los domingos, todos los domingos).<br />
Pedile a San Antonio que te mande un novio,<br />
(todos los domingos, todos los domingos).</em></p>
<p><iframe title="Los Domingos - Rodolfo Aicardi Con Los Hispanos /  Discos Fuentes" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/35fFu2A2qLo?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe></p>
<p>Los domingos los pobres hacen paseo de olla con balón al parque y los ricos hacen trancón hacia la Sabana de Bogotá: cada familia es feliz según su bolsillo.</p>
<p>Conozco personas que se llaman Domingo, pero desconozco personas bautizadas como los otros días de la semana. Raro, ¿no?</p>
<p>—¿Qué hay de nuevo, Jueves?</p>
<p>—Oiga, Miércoles, ¡usted si es conchudo!</p>
<p>Nunca escucharemos nada eso. Menos mal.</p>
<p>Para mí todos los días son maravillosos. Nací un miércoles, pero no de ceniza, que es el ombligo de la semana. Si tengo buena salud amo por igual un lunes de zapatero o un viernes cultural, o un Martes, pero si es 13 ni me caso ni me embarco.</p>
<p>El día que muera, ojalá no caiga en domingo, porque de seguro el lunes tendré la agenda llena. Por ahora prefiero morir de risa&#8230; porque dicen que reír alarga los años&#8230; los años y nada más.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=95409</guid>
        <pubDate>Sun, 09 Jul 2023 03:28:09 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El domingo no es un buen día para morir]]></media:description>
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        <title>Letras, un puerto para graduarse como ciclista aficionado</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-sinfonia-del-pedal/letras-puerto-graduarse-ciclista-aficionado/</link>
        <description><![CDATA[<p>El páramo de Letras es el puerto de montaña mítico por excelencia en Colombia y uno de los más largos del mundo. Su trazado inicia en Mariquita a 495 msnm y termina en el límite entre los departamentos del Tolima y Caldas, a 3679 msnm. Dicho ascenso es una prueba decisiva para los ciclistas aficionados, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>El páramo de Letras es el puerto de montaña mítico por excelencia en Colombia y uno de los más largos del mundo. Su trazado inicia en Mariquita a 495 msnm y termina en el límite entre los departamentos del Tolima y Caldas, a 3679 msnm. Dicho ascenso es una prueba decisiva para los ciclistas aficionados, que siempre estamos en la búsqueda de nuevos y más exigentes retos.</p>



<span id="more-56154"></span>



<p><strong>Bogotá, 2 de mayo de 2017. </strong>Puedo decir que el ascenso en bicicleta al Alto de Letras es un ensayo contra la renuncia. Los extenuantes 80 kilómetros de carretera serpentina son el examen más difícil para todo ciclista aficionado que le guste ostentar de sus proezas sobre la bicicleta. Pasar la prueba, no es más que dominar los crecientes deseos de renuncia que suelen atacar los ánimos de los escarabajos.</p>



<p>Recibí el ‘diploma’ de ciclista aficionado en la tarde del domingo 30 de abril 2017, fecha en la que una espesa neblina cubrió la cordillera, llevando consigo lluvias inesperadas y frío. Inicié el reto en San Sebastián de Mariquita (495 msnm), pueblo de tierra ardiente, dónde había llegado el día anterior en bicicleta, desde Bogotá.</p>



<p>Ese domingo, encaré con mucha paciencia esos primeros 25 kilómetros, hasta el empinado municipio de Fresno, un tramo para calentar el cuerpo. En ese empinado segmento, sobresalían árboles de guanábana, aguacates, y cultivos de café, entremezclados con matas de plátano.</p>



<p>El calentado de fríjoles y el tinto que tomé en aquel pueblo tolimense de acento paisa, me sirvieron de ‘combustible’, hasta el final de recorrido y, dicha parada fue la única de ese &nbsp;riguroso examen para ciclistas aficionados. Tal vez, ‘examen’ es una palabra presumida, más para ese campesino que al verme pasar, comentó socarronamente: “No hay que meterse con los bobos, porque ellos se matan solos”.</p>



<p>El desalentador comentario me recordó el viaje en bici a la Guajira, a principios de 2016, cuando pinché subiendo el alto de Las Pavas, en la vía a Medellín. Allí, con mi cara llena de sudor y grasa, mientras solucionaba el percance mecánico, un niño se me acercó y con la más pasmosa curiosidad me preguntó: “¿Usted es un ciclista de verdad?”. En esa ocasión, sonreí y muy contrariado le pedí al infante que me ayudara con la llanta para que dejara de preguntar.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2017/05/IMG_20170430_120751.jpg" alt="img_20170430_120751" class="wp-image-56160" title="últimos kilómetros del ascenso a Letras " /></figure>



<p></p>



<p>A pesar de mis atuendos de ciclista y de los exigentes retos que me impongo, yo no compito, ni me preparo para la Vuelta a Colombia, ni el Tour de Francia, ni el Giro de Italia, pues para eso están los más jóvenes con capacidades extraordinarias, cuyos registros dejan a cualquiera con la boca abierta. Por ejemplo, el mejor tiempo en el Alto de Letras es de 3 horas 34 minutos.</p>



<p>A cambio de eso, en los tres años que llevo de aficionado activo, he desarrollado un gusto por viajar, explorar pueblos, ciudades y conocer rutas &nbsp;en bicicleta. Por ejemplo, dos semanas antes, había escalado 63 kilómetros en mi máquina de aluminio, entre Apulo y Bogotá. A principios de 2016, había recorrido 1600 kilómetros entre la capital colombiana y la Guajira, y a finales de 2014, me había enfrentado al gigantesco reto de pasar los Andes, a través de la ruta que comunica a Argentina con Chile.</p>



<p>Volviendo al ‘examen’, pasé por La Aguadita y luego por Padua, otro pueblo tolimense de acento paisa, donde los campesinos hacían sus remesas, vendían patos, tomaban cerveza y bajaban las cargas de los tradicionales <em>jeeps</em>.&nbsp; Padua es el mejor punto para tomar un descanso, pues luego de ese corregimiento, siguen Las Degaditas, lugar en el que inicia la parte más dura.</p>



<p>Mis ánimos se trastocaron en Mesones, al escuchar que aún me faltaba lo más duro y que por lo menos, en una hora llegaría a la meta. No llevaba ningún aparato para medir la velocidad, ni los kilómetros andados, iba a puro corazón, como se dice en el bajo mundo ciclístico.</p>



<p>Esos últimos kilómetros de curvas sinuosas, fueron una conexión con la naturaleza, el silencio y el agua, pues abundaban las cascadas a lado y lado de la vía. También, fueron una conexión con lo más profundo de mí ser, toda vez que salieron a flote algunas preguntas incómodas como: ¿soy un ciclista de verdad? ¿Quién me mandó a sufrir? ¿Por qué preferí el ciclismo en vez de la natación?</p>



<p>Según los registros, la primera vez que alguien pasó en bicicleta por esa vía, fue a finales de 1950, tiempos en los que se exploraban las vías para la Primera Vuelta a Colombia. “No escuchaba sino el sonido de los sapos y los grillos”, recuerda Efraín Forero, el Indomable Zipa, el primer ciclista en pasar el páramo.</p>



<p>El último tramo lo transité bajo la lluvia y acompañado de un viento tan frío como el de un congelador. Tras seis horas y 27 minutos de lucha, aparecieron los bosques enanos típicos del páramo y me parecía estar concluyendo la jornada. Un verdadero éxtasis de alegría y de dolor.</p>



<p>Pedalazo tras pedalazo, había abierto camino entre la niebla. Curva tras curva, había domado mis demonios. Allá, a 3.679 msnm, a la una de la tarde, luego de siete horas de pedaleo, una mujer del restaurante Sopa de Letras me preguntó desprevenidamente: “¿ustedes por qué hacen eso?”. Hubo un corto silencio. “Por gusto”, le respondí, mientras temblaba como un frailejón.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter"><img decoding="async" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2017/05/IMG-20170430-WA0006.jpg" alt="img-20170430-wa0006" class="wp-image-56159" /></figure>



<p>Por: César Augusto Penagos Collazos</p>



<p>Información y Contacto:</p>



<p>Facebook: @LaSinfoniaDelPedal</p>



<p>Instagram: @La_Sinfonia_Del_Pedal</p>



<p>mail: lasinfoniadelpedal@gmail.com</p>
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        <author>César Augusto Penagos Collazos</author>
                    <category>La Sinfonía del Pedal</category>
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        <pubDate>Tue, 02 May 2017 21:31:38 +0000</pubDate>
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