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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Damnatio Memoriae | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Valeria Mesalina “La emperatriz ninfómana” (25-48)</title>
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        <description><![CDATA[<p>En la entrada de los burdeles de Roma solía colgarse un letrero que rezaba: “Hic hábitat felicitas” (“Aquí habita la felicidad”), y era conocida entre las prostitutas una meretriz que frecuentaba el barrio Subura, una ninfómana insaciable capaz de despacharse hasta un centenar de machos en una sola noche, y que tenía por apodo el [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>En la entrada de los burdeles de Roma solía colgarse un letrero que rezaba: <em>“Hic hábitat felicitas” </em>(“Aquí habita la felicidad”), y era conocida entre las prostitutas una meretriz que frecuentaba el barrio Subura, una ninfómana insaciable capaz de despacharse hasta un centenar de machos en una sola noche, y que tenía por apodo el de <em>Lycisca, </em>que en griego significa “loba”. En ese momento lo común era pagar con asnos, pero ella ni siquiera cobraba, pues no tenía ninguna necesidad. La alentaba el deseo de tener sexo en público y se paseaba por las calles capitalinas en busca de interesados. Se embadurnaba la piel con un ungüento color dorado, llevaba los ojos pintados, se ocultaba bajo una capa, vestía una <em>strophium </em>(que era como un biquini de lentejuelas que le cubría los pezones con puntas metálicas), usaba una peluca de color rubio y se trataba, nada menos, que de la mismísima esposa del emperador romano. Valeria Mesalina aprovechaba el momento en que su marido se quedaba dormido y, en compañía de alguna esclava, se internaba en los suburbios de la ciudad, donde abundaban los lupanares y las casas de lenocinio, y donde entonces podía dar rienda suelta a su lascivia y a su lujuria desmedida. En la Roma de aquella época era una práctica común el que las parejas tuvieran algunos amantes de forma discreta, pero sin duda Mesalina abusaba de dicha práctica, pues no era común su desaforado apetito sexual. Sin duda su esposo Claudio podrá no sólo ser reconocido por sus estrategias militares, sino además por tratarse de uno de los cornudos más prominentes de toda la Historia. Valeria Mesalina pertenecía a una familia prestante pero venida a menos. Se decía que Dominica, su madre, había malgastado el capital familiar, y aunque tanto su padre como su medio hermano oficiaban como cónsules del Imperio Romano, la situación económica no parecía ser la mejor, por lo que acudieron donde Calígula para que fuera el mismo emperador quien le consiguiera marido a la hermosa Valeria. El mejor opcionado resultó siendo su primo Claudio, 35 años mayor que ella, un tipo cojo, visco, tartamudo, fracasado en el amor, y el objeto de burla de muchos, pero ante lo cual Mesalina no tuvo ningún tipo de “pero”, tratándose de un hombre adinerado y con una carrera militar brillante y prometedora. Mesalina creía en el futuro de Claudio, y por su parte él se mostraría más que interesado por su prima, siendo así que en el año 38, él, con 48 años, y ella, con apenas 13, celebrarían la que fuera la tercera boda de un cuarentón que se casaba con una niña a la que decía amar con locura. La irresistible adolescente había nacido para enloquecer y atormentar a los hombres. La describen como una Lolita en toda la línea, una de las adolescentes más hermosas de toda Roma, con su carita redondeada, nariz aguileña, pelo rizado y color azabache, de un cuerpo esbelto, caderona, de sonrisa pícara y de una mirada negra y matadora, una fémina fatal e irresistible. Al año siguiente de su matrimonio la pareja tuvo a su primera hija, Claudia Octavia, quien al llegar a la adolescencia se convertiría en la primera esposa del primo de su madre, el temible emperador Nerón, y que a la postre acabaría siendo exiliada y más tarde ejecutada. La misma suerte tendría su segundo hijo, Británico, quien siendo aún niño también sería asesinado por Nerón, el cual decidió envenenarlo, y de esta forma sacar de la competencia al legítimo heredero del Imperio. En el año 41 Calígula es asesinado y es entonces cuando Claudio asciende al poder, convirtiéndose Mesalina en la emperatriz del Imperio Romano. Y aunque ésta muy poco empleó sus encantos para influenciar en los asuntos políticos, sí que los emplearía para que su marido cumpliera con sus caprichos personales y sin importar lo atrabiliarios e injustos que estos fueran. Por celos, venganzas u odios, Mesalina mandaría a ejecutar a varios hombres y mujeres sin que Claudio pudiera objetarla, y antes bien, acabaría patrocinando todos sus atropellos. A la emperatriz le gustaba el actor Mnéster, quien no la correspondía por andar comprometido con Popea Sabina la Mayor, y por lo que Mesalina aprovecharía para inventarse un amorío entre Popea y Décimo Valerio Asiático, dueño de los jardines de Lúculo, y que eran la envidia de Mesalina, siendo que al final el actor y su amante no podrían con la infamia y acabarían suicidándose. A Julia Livia (hermana de Calígula y sobrina de Claudio) la condenó por incestuosa y por haber cometido adulterio con Séneca, mientras que al esposo de esta, Marco Vinicio, lo mandó a ejecutar porque éste se negó a fornicar con ella. Por celos, venganzas o envidias, también envió al cadalso, al destierro o a la horca a varios de sus amantes y a las amantes de estos, o a todo aquel que se interpusiera en su camino y en el de su familia. Fue así como haría que ejecutaran al marido de su hijastra, su propio yerno, quien estaba por delante de su hijo Británico en sus aspiraciones al trono, y a quien le bastó con juzgar de homosexualismo y sodomía para que Claudio mandara a asesinarlo. También se cuenta el caso del desgraciado de Cayo Apio Junio Silano, quien tendría la desventura de ser el amor platónico de Mesalina desde que ésta era una adolescente, y que sería llamado por el mismo emperador Claudio para que regresara a Roma luego de haber sido desterrado, y esto porque su esposa se lo había pedido, para que de esta forma pudiera tener más cercano a su deseado Silano. Mesalina también intentaría casar a Silano con su madre Dominica, pero cuando ninguno de sus planes resultaron, y Silano se negó a corresponder a la emperatriz, ésta sencillamente mandaría a ejecutarlo tras ser acusado de traición. La adorada emperatriz fue enaltecida por su marido, y a pesar de que Valeria nunca recibió el título de “augusto”, Claudio dedicó varias esculturas a su amada mujer y le encomendó a los escultores que modelaran el busto de su amada, e incluso acuñó monedas con la efigie de Mesalina. Por su parte la emperatriz solía acompañar a su marido en todas las celebraciones luego de sus tantas victorias en campaña; juntos asistían a galas, banquetes y eventos públicos, y cuyos festejos solían caracterizarse por el derroche, el exceso y el lujo desmedido. Así pues, dichos encuentros acabarían convirtiéndose en verdaderos bacanales oficiados por Mesalina, todos ellos a espaldas de su marido, porque si por algo sería recordada Mesalina, más allá de su belleza, esto sería por sus constantes infidencias, entre las que se cuentan soldados, políticos, actores e incluso esclavos. Se dice que la felona de la Mesalina aprovecharía las largas ausencias de Claudio, quien se encontraba dirigiendo sus tropas en Britania, expandiendo exitosamente los territorios y dominios del imperio, pero que mientras tanto en sus propios aposentos la guerra del amor parecía perdida. Mesalina celebraba en palacio terribles bacanales, a los que asistían ilustres personalidades políticas acompañados de sus mujeres, y a quienes Mesalina alentaba a la promiscuidad, instigándolas para que dejaran de lado su pulcritud, sus recatos, escrúpulos y modales, y participaran sin discriminaciones de tan coloridas y licenciosas orgías. Son muchas las historias respecto a los deseos concupiscentes de la soberana y de su fogosidad inextinguible. Plinio el Viejo cuenta que Mesalina retó a las meretrices de Roma a un duelo: que eligieran de entre todas a la más puta, y a ver si la elegida era capaz de encamarse con más hombres que ella en una sola noche. El desafío fue aceptado por una siciliana conocida en los lupanares de la capital como Escila (personaje monstruoso descrito por Homero en <em>La Odisea, </em>y cuya peculiaridad consistía en devorar enteros a los hombres que cruzaban en barco por el estrecho italiano de Mesina). Al parecer Mesalina contaba con una rival de talla, peso, porte y altura, y aun así a Escila la tarea le quedó grande. “¡Regresa!”, fue lo que, según testigos, Mesalina, victoriosa, le habría gritado a su contrincante cuando la vio abandonar la batalla, a lo que la vencida sentenciaría: “Esta infeliz tiene las entrañas de acero.” Mesalina arrasó esa noche, y mientras Escila apenas pudo contentar a unos veinticinco hombres, el historiador Juvenal aviva el mito en su <em>Sátira VI (Contra las mujeres), </em>asegurando que después de doscientos hombres la emperatriz aún se encontraba insatisfecha, y que entrada la madrugada ya las puertas del burdel estaban por cerrarse y Mesalina todavía parecía infatigable. Hacia el año 48, encontrándose Claudio en el puerto de Ostia, Mesalina, de 23 años, contraería nupcias con su amante, el cónsul Cayo Silio, 12 años mayor que ella, con quien estaría tramando una conspiración para destronar a Claudio, quien a su vez sería alertado por su liberto, Narciso, por lo que el emperador a su regreso ya tendría el control de la situación y tomaría medidas en el asunto. Silio corrió a ocultarse mientras que Mesalina pidió perdón a su esposo. Sin embargo Claudio, cansado de la cornamenta que ya le pesaba demasiado en la cabeza, le parecería que esto ya era suficiente y obligó a su mujer y a su amante a que se suicidaran. Mesalina no pudo ejecutar la orden y apenas se cortó superficialmente los antebrazos, por lo que tendría que ser atravesada por la espada del centurión que la custodiaba y ante las burlas postreras de Narciso, el liberto. Se dice que cuando le contaron a Claudio que Mesalina estaba muerta, éste ni siquiera pareció inmutarse, y solamente pidió un poco más de vino, y se cuenta que pasó la noche entera bebiendo a solas al interior de su palacio. Sin dudarlo, Mesalina hubiera preferido ser sentenciada a morir fornicando. Veinticuatro años tenía la tercera esposa de Claudio cuando murió. Se dice que sería su madre, Dominica, quien se haría cargo de concretar los asuntos fúnebres de su hija, y que una vez sepultada, también su nombre quedaría relegado al entierro, ya que Claudio promulgó la condena de <em>damnatio memoriae </em>para deshacer todo registro de su nombre, y así también mandaría a destruir los bustos y estatuas que había mandado a erigir para consagrar a su esposa. Ya nadie, nunca más, podría mencionar su nombre. Incluso la pena de Claudio sería tan grande, que ordenaría a la guardia pretoriana que le asesinaran si alguna vez se atrevía a casarse. Pero sus guardias no se atreverían a cumplir esta orden, cuando sólo un año después ya el emperador estaba contrayendo nuevas nupcias, esta vez con Agripina la Menor, y quien fuera la encargada de acabar de borrar todo recuerdo de la exesposa de su marido. Conspiró en contra de los hijos de Mesalina, consiguiendo finalmente que su hijo Nerón se sentara en el trono luego de la muerte de Claudio. Muchos de estos cuentos no pasarán de ser simples mitos que buscaban denigrarla y mancillar su fama. Rumores, chismes y habladurías que eran narrados en los conocidos “libelos infamantes”, e incluso se dice que las aventuras de Mesalina aparecerían en las <em>Quaderna, </em>que eran unos cuadernillos de unas pocas hojas con todo tipo de información de entretenimiento: horóscopo, noticias, recetas, cuentos, chismes. Las travesuras de la emperatriz ninfómana también serían descritas por Tácito en sus <em>Anales, </em>y Suetonio en <em>Las vidas de los doce Césares </em>también hará mención respecto a la disoluta esposa del emperador Claudio. Durante la época del furor romántico la imagen de Valeria Mesalina cobraría mayor protagonismo, convirtiéndola en una figura que va más allá del libertinaje para concederle una personalidad de mujer dueña de su destino, dueña de sí misma, y amante de los placeres. Es así como figura en la obra de Alexandre Dumas, hijo, <em>La mujer de Claudio. </em>La RAE entiende por “mesalina” a una “mujer poderosa o aristócrata y de costumbres disolutas”, y en términos populares la palabra da significado a una mujer libidinosa, e incluso como un sinónimo de “puta”, “ramera” o “meretriz”. Sean exageraciones o no, la imagen de Mesalina difícilmente perderá ese hálito libidinoso, y es así como sigue siendo retratada hoy día en libros, series de televisión y películas. Y es que es cierto que Mesalina no fue una esposa ideal, no fue una ejemplar primera dama y, hay que decir las cosas como son, fue una puta en toda la línea. Pasionaria, calenturienta, experta en promiscuidad, idónea para dictar cátedra sobre sexo, conocedora por instinto de todas las posturas del <em>Kamasutra</em>, lúbrica, depravada, pérfida, voraz, desatada, todo esto puede decirse de la esposa de Claudio, a quien éste tendría que juzgar por adúltera, condenarla por bígama o polígama, cuando ciertamente, y en palabras de hoy, lo de Mesalina era un asunto de poliamor. Ella tenía las entrañas de acero, y había nacido para fornicar, en eso coinciden todos los historiadores. Sexo. Eso es lo que más le gustaba, y a eso se dedicaría con entrega total, en cuerpo y alma.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Sat, 14 Oct 2023 01:06:03 +0000</pubDate>
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        <title>Reptynub (Siglo XXV a.C.)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Cuántas mujeres no habrán dejado una huella significativa para la humanidad y aún así no nos dimos por enterado. Cuántas leyendas que influyeron en el contexto social e histórico de su época, actuando como protagonistas de su tiempo y ejerciendo cambios y progresos a todo nivel. Pero nadie dejó un registro de sus nombres y de sus hazañas y el tiempo acabó por sumergirlas en el olvido. No dejaron su retrato o su historia, tampoco su firma, y se sabe que muchas habrán sido borradas del registro histórico cuando cayó sobre ellas la sentencia de <em>damnatio memoriae </em>(condena de la memoria). Nunca más se mencionarán sus nombres so pena de castigo. Poco sabemos de algunas, y cualquier pista de su existencia es ya una gran proeza en la reconstrucción de nuestra historia, y la oportunidad para que a través de hallazgos arqueológicos se nos revele la presencia de una mujer que hasta ahora permanecía desconocida. Es así como un pedazo de una estatua encontrada en la tumba del visir Ptahshepses y su esposa, la hija del rey Khamerernebty, nos cuenta un trozo de historia, la de una reina conocida como Reptynub, de la cual apenas tenemos suposiciones. Pudo haber sido la esposa de Nyuserra-Iny, quien tiene su propia pirámide, y a su lado otra más pequeña, posiblemente la que pertenecería a su esposa. Siendo así, Reptynub sería entonces la madre de Menkauhor Kaiu, y así mismo pudo haber sido su hijo el príncipe Khentykauhor y la princesa Reputnebty, nombrada en una piedra caliza al interior de la pirámide de la reina Khentkaus II. Y si esto es así, sumamos a la familia su suegro, el rey Neferirkare Kakai y a su cuñado el rey Neferefre. Se cree entonces que Reptynub habría sido reina en los tiempos en los que imperaba la Quinta Dinastía de Egipto, antes de Nitocris, Sobekneferu, Hatshepsut y Nefertiti, por allá en los tiempos de Neithotep y Merneith. El fragmento de una estatua. Eso bastó para enterarnos de que hace más de veintisiete siglos esta mujer estuvo andando por este mundo, que Reptynub existió, que existe.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Sat, 17 Jun 2023 04:32:24 +0000</pubDate>
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        <title>Hatshepsut (1500 a.C-1456 a.C.)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Mucho antes de Cleopatra VII hubo otras mujeres gobernantes de las que no se tiene un registro tan amplio, y para contar su historia tendríamos que remontarnos al 3000 a.C., hasta el Período Arcaico, para encontrar la reina consorte de Neithotep y de su nieta, Merneith, y luego hacia el siglo XIX a.C. la figura [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Mucho antes de Cleopatra VII hubo otras mujeres gobernantes de las que no se tiene un registro tan amplio, y para contar su historia tendríamos que remontarnos al 3000 a.C., hasta el Período Arcaico, para encontrar la reina consorte de Neithotep y de su nieta, Merneith, y luego hacia el siglo XIX a.C. la figura de Sobekneferu, que ha sido confirmada por los datos históricos como la primera faraona oficial de Egipto. Tutmosis I contrajo nupcias por conveniencia con la princesa Ahmose-Nefertari, consagrándose de esta manera como faraón de Egipto y cuya descendencia sería de cuatro hijos, dos de los cuales llegarían a la adultez, siendo una mujer la que finalmente acabaría mereciendo el legado de faraona: Hatshepsut Jenemetamón, que significa “la primera de las nobles damas” y “unida a Amón”. No se sabe el momento ni el lugar preciso de su nacimiento, pero se calcula sucedió en la capital egipcia de Tebas durante las postrimerías del reinado de Amenhotep I. Tutmosis I llevó el imperio egipcio hasta bien entrado el río Éufrates, preservando ese orden y el control de varios territorios que durante varias dinastías venían fortaleciéndose, y antes de morir quiso dejar en manos de su propia sangre el legado de este prometedor imperio. Tutmosis I también tuvo otros hijos con algunas de sus concubinas, y uno de ellos sería precisamente el elegido para sucederlo como Tutmosis II, y eligiéndole por esposa a su hija Hatshepsut, sellaría el pleno control familiar del poder egipcio. El faraón Tutmosis II no pudo gozar por muchos años del esplendor que heredaba de su padre, muriendo muy joven y dejando dos hijos extramatrimoniales que todavía eran unos infantes, y entre ellos a la pequeña Neferu-ra, única hija que había tenido con la joven reina Hatshepsut, siendo esta niña la más opcionada para sucederlo en el trono, e incluso se cree que antes de morir la declararía formalmente como su heredera. Dentro de los cargos administrativos el de mayor jerarquía era el de “visir”, semejante a un jefe de gobierno y cuyas competencias y responsabilidades estaban casi a la altura del rey, y que por aquel entonces estaba en cabeza de Ineni, quien apoyado por la nobleza impuso como faraón sucesor del trono a uno de los hijos que Tutmosis II tuvo con una concubina llamada Isis, y que desde entonces sería conocido como Tutmosis III. Hatshepsut contaba con méritos de sobra para gobernar, siendo hija de grandes faraones y teniendo el título oficial de “Esposa Real”, y por lo cual no dejaría que un grupo de nobles acabara gobernando por medio de un niñato. La historia tendría que repetirse, y Neferu-ra tendría que casarse con Tutmosis III para legitimarlo en el poder y terminar de cerrar ese círculo sanguíneo, y sin embargo Hatshepsut lograría que esta unión matrimonial se prolongara durante años, permitiéndose de esta manera ser ella misma quien estuviera a cargo de regentar el próspero imperio egipcio. Y si bien no era querida del visir, Hatshepsut sí gozaba del aprecio de quien fuera uno de los personajes más destacados e importantes, el sacerdote de los templos de Amón y jefe de los profetas del Alto y Bajo Egipto, Hapuseneb, y quien a parte oficiaba como juez, concentrando en su persona varios de los principales poderes institucionales. Así pues, la astuta Hatshepsut tenía claro que para dar un Golpe de Estado y hacerse con el poder, primero tendría que aliarse con tremendo personaje, y fue así como muy pronto se hizo al apoyo de Hapuseneb, invirtiendo parte de sus riquezas en cuantiosas donaciones que pudieran contentar al clero de sacerdotes de Tebas. Gracias al beneplácito de los más altos jerarcas del poder, Hatshepsut es declarada como reina-faraona del pueblo egipcio y elevada al grado de deidad, legitimada por medio de la Teogamia<em>. </em>A partir de entonces la autoproclamada como quinta faraona de la dinastía XVIII egipcia, y en medio de ese próspero período conocido hoy como el Imperio Nuevo (1570-1069 a.C), testimoniaba no ser hija de Tutmosis I, sino que sería la primogénita del mismísimo dios Amón, quien una noche dejaría en el vientre de su madre a la encarnación de su divinidad, engendrada en ella, vicaria sagrada, con potestades extraordinarias, gobernante de las “Dos Tierras”, y que contaba con la plena aceptación del panteón y de todos los sacerdotes. Ineni había quedado desplazado de sus influencias y nada pudo hacer el infante Tutmosis III frente al poderío sagrado de su tía y madrastra, quien en adelante sería conocida como Maat-Ka-Ra, “el espíritu de Ra es justo”, seguido de su nombre de nacimiento que conservaría siempre. Su gobierno, amparado por el agrado del clero, fue un gobierno que gozó en general de un estado de calma, siendo su reinado uno de los más longevos y prósperos del antiguo Egipto, abarcando más de dos décadas, desde 1490 hasta 1468 antes de Cristo. Una doble expedición al país de Punt, actual Somalia, sería testimonio de ese momento de crecimiento del que gozaba el boyante imperio egipcio. Cinco barcos con más de doscientos hombres regresaron a Tebas cargados con incienso, mirra, marfil, canela, arsénica, oro, ébano, cedros, cosméticos y toda clase de especies de animales exóticos como panteras y simios. La hija de Amón era la encargada de inaugurar los rituales en honor a su dios, cantando y bailando para de esta forma animar al espíritu divino que se manifestaba a través de su cuerpo. La faraona asumió un carácter masculino, y de esta forma hizo que la representaran los escultores, y así la vemos hoy perpetrada en los altos relieves de los tantos templos que mandó a construir, convirtiéndose además en la primera faraona que se hizo esculpir como una esfinge. Su mentón llevará una barbilla y sus vestimentas serán las mismas de un faraón, portando el tocado de nemes, el ureus y la perilla que corresponden al rey de los egipcios. No volverá a contraer matrimonio y nombrará a su hija Neferu-ra como su “Esposa Real” y “Gran esposa del Dios”. Años atrás su abuelo había liberado a Egipto del yugo de casi un siglo que el pueblo semita de los hicsos mantenía sobre los egipcios, y durante estas batallas muchos de los templos y edificaciones habían sido afectados, por lo que Hatshepsut, disfrutando de un período pacífico y lleno de bonanza, se dedicaría a restaurar y a embellecer todo tipo de estructuras y en especial los palacios y templos de adoración al dios Amón, y que mucho agradaron a los sacerdotes dedicados a su culto. Erigió la Capilla Roja con la que engrandeció el templo de Amón en Karnak, se involucró en la construcción de las canteras de Asuán, levantó los más altos obeliscos y adornó los decorados con electrum, una exótica aleación de oro y plata. En Tebas intervino el recinto de las barcas sagradas de Luxor, y en la región conocida como Deir el-Bahari dio vida al ambicioso proyecto de una necrópolis capaz de sobrevivir al embate del tiempo. La obra es considerada como una de las grandes joyas arquitectónicas de Egipto y un lugar al que cada año acuden cientos de miles de turistas. Contrastando con un paraje rocoso, el templo dedicado a la faraona y conocido como Dyeser-Dyeseru, (“el sublime de los sublimes”), es peculiar por sus enormes terrazas y por sus rampas ligeramente inclinadas, y que en su conjunto constituyen la obra principal en esa época de esplendor y embellecimiento. Responsable de estas obras sería un personaje importante en la historia y en el gobierno de Hatshepsut, el arquitecto Senenmut, que además de dirigir la construcción de edificios, templos y arquitecturas, fue el encargado de la crianza de Neferu-ra tras la muerte de su padre, y dado su cercanía con la familia persiste el mito de que su influencia en la corte llegaba hasta la alcoba de la faraona. “Soy el que entra en el palacio real siendo amado, y cuando sale de él es alabado, regocijando el corazón del rey diariamente, el amigo, el gobernador del palacio”, son las palabras que pondrán en su boca los historiadores de su momento. La dinastía egipcia que regentaba parecía alcanzar con ella la cumbre y la gloria, y sin embargo la carismática soberana no se vería alejada de los inconvenientes propios de un gobernante, teniendo que liderar algunas campañas en defensa de sus fronteras. Y es que si bien Hatshepsut no se dedicó a expandir su imperio ambicionando la conquista de otros territorios, sí tendría que vérselas con pueblos invasores que atentaron contra los egipcios y que bien supo encarar, siendo así que ni el país de Mau, ni los nubios, sirios o palestinos consiguieron penetrar los límites egipcios. El debacle de este próspero imperio comenzaría cuando ya Hatshepsut ajustaba unos tres lustros en el poder, y ya Tutmosis III no era ese niñato desentendido del mundo de la política, estando ahora en edad de querer destacarse y eventualmente hacerse al poder. Por aquellos años, y en un período muy corto de tiempo, la faraona perdería a las tres personas que la rodeaban: el sacerdote Hapuseneb, su arquitecto Senenmut, y así también a su hija Neferu-ra, a quien ya había declarado como su heredera, siendo este golpe de la vida un golpe del que difícilmente podría reponerse. La mítica faraona decide hacerse a un lado y permitir que sea Tutmosis III quien comience a protagonizar su propia historia al mando de la dinastía egipcia, y hacia el año 1457 a.C. tendría la oportunidad de consagrarse como faraón, luego de dirigir con éxito los ejércitos que acabaron con la rebelión en Qadesh durante la Batalla de Megido. Según parece Hatshepsut murió en su palacio de Tebas antes de cumplir los cincuenta años, y tal cual fuera su deseo sería enterrada en el mausoleo que había sido construido para depositar sus restos. Su sepulcro estaba adornado por estatuas, decorado con relieves e inscripciones talladas en las paredes, y la tumba funeraria gozaba de una elegancia particular con un peculiar diseño de arquitectura. Tanta la gracia de este recinto, que muchos de los faraones que la sucedieron también elegirían construir su mausoleo en las inmediaciones de este templo, por lo que esta necrópolis acabaría siendo conocida como el Valle de los Reyes. A partir de ese momento el nombre de Hatshepsut pasó al olvido y los gobiernos posteriores trataron de borrar todo registro de su historia bajo la sentencia de <em>damnatio memoriae</em>. En el 2005 se retomó el estudio de una momia que había sido hallada un siglo atrás y que era conocida como la “momia obesa”. La tumba estaba saqueada de los tesoros que acompañaban a los emperadores, la momia permanecía por fuera de su ataúd, rodeada de lienzos de lino y con signos de haber sido trasladada en algún momento. En épocas recientes los estudios sugieren algunos aspectos que pudieran revelar la causa de la muerte de una faraona que vivió hace más de 3.500 años. Al ser escaneada se encontró que la faraona padecía un cáncer en el abdomen y que comprendía hasta la cadera, además de sufrir un avanzado estado de osteoporosis, y de haber contraído un absceso séptico en su cavidad bucal que pudo haberle provocado dolores intensos, fuertes fiebres y finalmente un letal shock septicémico que acabaría con su vida. La evidencia de que la “momia obesa” no era cualquier mortal sino que se trataba del gran hallazgo de la faraona Hatshepsut, pudo demostrarse luego de analizarse los intestinos y el hígado de la momia, además de la ausencia de una pieza molar de la que apenas quedaba una raíz y que determinó con certeza la identidad del cuerpo encontrado. Una vez desaparecida de la memoria, fueron pocos los faraones que acudieron a la Teogamia como una manera de controlar al pueblo egipcio, y el poder que fueron tomando los sacerdotes de Tebas acabaría repercutiendo y amenazando la dinastía faraónica de los años venideros. A partir del siglo XIX la historia o leyenda de la antigua faraona ha cobrado relevancia, señalándola muchos como una mujer codiciosa y a la par de cualquier hombre gobernante, y así también como una imagen simbólica del poder femenino y un ejemplo de mujer. Una de sus esfinges más representativas puede apreciarse hoy día en el Museo Metropolitano de Arte de New York. Hatshepsut fue quien más construcciones suntuosas y monumentales mandó a erigir en el antiguo Egipto, apenas superada por la campaña arquitectónica del prolífico y posterior Ramses II. El nombre de Hatshepsut está al mismo nivel de los más grandes faraones de renombre que la sucedieron, como Tutankamón, Akenatón, y la famosísima Nefertiti.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Sat, 03 Jun 2023 00:02:21 +0000</pubDate>
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