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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Fri, 17 Apr 2026 14:06:00 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de cuidado | Blogs El Espectador</title>
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        <title>A propósito del cuidado como horizonte</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-ciencias-sociales-hoy/a-proposito-del-cuidado-como-horizonte/</link>
        <description><![CDATA[<p>Pixabay</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Por: Alejandro Martínez A, Universidad Externado de Colombia, Pedagogía de la Ternura y la Posibilidad. </p>



<p>Aprendimos a nombrar el cuidado como advertencia: “Cuidado, mijo”. Muchas veces lo interiorizamos así, como advertencia. Lo escuchamos como callarse, como inhibición, como miedo o como obligación: “Cuidado, mijo, no moleste, no pregunte, no sienta”. También lo aprendimos como control, como disciplina, como vigilancia, como norma, como imposición y como necesidad.</p>



<p>Así lo nombramos, pero en realidad lo aprendimos en los brazos, en las piernas, en las mesas, en las camas, en las casas de quienes nos han querido. Fue a través de esos cuidados que las personas humanas podemos decir que estamos aquí: yo, escribiendo estas líneas, y usted, leyéndolas. Si estamos aquí es porque alguien cuidó de nosotros y nosotras. Y si usted y yo tenemos heridas y vacíos, es porque alguien (persona, grupo o sector social) nos descuidó: en el cuerpo, en el corazón, en las relaciones, en la esperanza.</p>



<p>En este cuidar y descuidar que nos fue configurando, se levantan voces que claman por volver a aquello que nos hizo humanos: el cuidado. Esas voces, que se expresan en las tribunas, en los libros y en las esquinas, han terminado también por plasmarse en textos, en propuestas, en acciones colectivas y en elementos de política pública, como el Plan Nacional de Desarrollo y el CONPES del Cuidado. Entre esas voces que resuenan más cerca están: Maturana, Boff, Toro, Cussianovich… y también mi abuelita, mi mamá, mi tía Elena, Alberto, Pepe y Francisco. En todos ellos y ellas habita ese llamado al cuidado, y al cuidado de lo otro, de lo que sostiene la vida.</p>



<p>Además de esas voces, tengo recuerdos de personas, animales, otredades y sectores sociales siendo cuidados o clamando por serlo. Poco a poco, todas esas voces me conducen al útero: como escenario y como metáfora del cuidado. El rombo, símbolo de muchos pueblos originarios, expresa la sacralidad de lo uterino y de la Tierra como útero de la vida. Bendigo siempre el vientre que me acogió y el que me acoge hoy.</p>



<p>Por eso es tan importante comprender, aprender y emprender lo que hoy estamos nombrando como cuidado para evitar que se desvanezca o se envilezca bajo perspectivas funcionalistas o mercantilizadas. El cuidado, para convertirse en política, debe mantener la incandescencia humana, política, estética y ética del soporte y el porte de la vida: un paradigma, una ética, una forma relacional con los otros, las otras y las otredades que conviven con nosotros en el planeta.</p>



<p>Cinco peldaños nos pueden ayudar a identificar el cuidado como horizonte civilizatorio en tiempos de desdemocracia, amenaza ecológica y tecnomediación fragmentadora. El primer peldaño es reconocer que hemos vinculado históricamente el cuidado con funciones básicas para la subsistencia; llamamos cuidado a lo funcional o a la asistencia en ello. El segundo consiste en comprender que estas actividades han sido recargadas de manera desigual sobre las mujeres y los sectores empobrecidos, racializados y subordinados de nuestras sociedades.</p>



<p>El tercer peldaño implica reconocer que una perspectiva redistributiva del cuidado es necesaria, pero insuficiente. Necesitamos transitar desde una noción funcionalista hacia una concepción que incorpore lo distributivo, pero que avance aún más: hacia el cuidado como paradigma, como ética y como forma relacional.</p>



<p>El cuarto peldaño nos invita a cuidar con esmero ese tránsito, para que emerja una forma profundamente humanizante del cuidado, capaz de reconectar lo personal y lo colectivo en lo político. Y el quinto peldaño exige una conciencia crítica sostenida, para evitar que el cuidado sea capturado por las lógicas del mercado, la eficiencia instrumental o el asistencialismo despolitizado.</p>



<p>En medio de este escenario de crisis civilizatoria, estos cinco peldaños ofrecen una guía para comprender el cuidado como horizonte de transformación. Si no cultivamos esta mirada amplia, profunda y procesual del cuidado, seguiremos atrapados en paradigmas que sostienen la desigualdad, la exclusión y el agotamiento del mundo. Solo si colocamos el cuidado en el centro de nuestras decisiones (como base efectiva, ética y política) podremos resistir, incluso conjurar el colapso y cultivar mundos posibles donde el cuidado sea el principio organizador de la sociedad otra.</p>



<p>Al final de estas dos páginas, vuelvo a una de las nociones más profundas que aprendí en casa, que en mi memoria se traduce en cariño y caricia. Y lo hago sin dejar de oír a Beatriz Alfaro diciendo: “Cuidado, mijo, que el cuidado es tan importante y bello que seguramente hay un descuidado inventando un <em>jingle</em> y una oferta… cuidado, mijo.”</p>
]]></content:encoded>
        <author>Las Ciencias Sociales Hoy</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Las Ciencias Sociales Hoy</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=116507</guid>
        <pubDate>Wed, 04 Jun 2025 19:16:13 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[A propósito del cuidado como horizonte]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Las Ciencias Sociales Hoy</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Consejos para tramitar el rol de ciudadora</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/nosotras-cuidadoras/consejos-para-tramitar-el-rol-de-ciudadora/</link>
        <description><![CDATA[<p>Ser cuidadora a tiempo parcial o completo genera un desgaste físico, emocional y mental. Estos son algunos tips para transitar con este rol.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Cuidar a una persona con alguna enfermedad o discapacidad no es tarea fácil. Se requiere de amor, compromiso, paciencia, aprendizaje diario, entre otras cosas. Sin embargo, no todo se trata del paciente, el o la cuidadora también deben ser una parte fundamental de esta cadena. </p>



<p>Te dejo 10 tips que nos da Nataly Reyes, terapeuta ocupacional de la Univeridad Nacional, con más de 10 años de experiencia atendiendo pacientes con discapacidad, y viendo a sus familias.</p>



<h1 class="wp-block-heading has-medium-font-size">1. Tener red de apoyo familiar o social.</h1>



<p>2. Aprender a pedir ayuda.</p>



<h1 class="wp-block-heading has-medium-font-size">3. Dormir lo suficiente.</h1>



<h1 class="wp-block-heading has-medium-font-size">4. Explorar gustos e intereses propios.</h1>



<h1 class="wp-block-heading has-medium-font-size">5. Tomar un día de la semana libre y un fin de semana al mes mínimo (que no sea para hacer diligencias del paciente), para poder experimentar sus propios intereses.</h1>



<h1 class="wp-block-heading has-medium-font-size">6. No se puede hacer todo sola. Se necesita entrenar a alguien más para el cuidado.</h1>



<h1 class="wp-block-heading has-medium-font-size">7. Generar hábitos de alimentación adecuados ya que los requerimientos nutricionales del paciente no son los mismos de la cuidadora.</h1>



<h1 class="wp-block-heading has-medium-font-size">8. Aprender a decirle NO a las demandas constantes del paciente que en algunos casos aprovecha su estado para manipular a la cuidadora.</h1>



<h1 class="wp-block-heading has-medium-font-size">9. Entender que no es su culpa la condición del paciente. </h1>



<h1 class="wp-block-heading has-medium-font-size">10. Buscar grupos de apoyo con el fin de entender que no son las únicas pasando por una situación similar y ante todo que son seres humanos que se agotan y tienen derecho a expresar sus emociones.</h1>



<p>Ñapa: Buscar ayuda psicológica. No podemos atravesar por esta situación solas sin un acompañamiento profesional que nos ayude a tramitar lo que sentimos.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Nathalia Monroy Veloza</author>
                    <category>Nosotras, cuidadoras</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=110296</guid>
        <pubDate>Tue, 14 Jan 2025 22:15:00 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Consejos para tramitar el rol de ciudadora]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Nathalia Monroy Veloza</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>El amor que duele &amp;#8211; Parte 6</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/nosotras-cuidadoras/el-amor-que-duele-parte-6/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hasta el 2011 tuvimos una vida normal, yo terminé el colegio, entré a la universidad, me gradué, comencé a trabajar, mi papá tuvo un trabajo en el que usaba sus conocimientos como químico, mi mamá consiguió un trabajo que podía hacer en la casa.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Hasta el 2011 tuvimos una vida normal, yo terminé el colegio, entré a la universidad, me gradué, comencé a trabajar, mi papá tuvo un trabajo en el que usaba sus conocimientos como químico, mi mamá consiguió un trabajo que podía hacer en la casa, teníamos una típica dinámica de familia estrato 3. Pero en ese diciembre, quedamos patas arriba. Un huracán entró a nuestra familia y nos dejó sin piso, flotando en un camino desconocido.</p>



<p>Mi papá se enfermó el 27 de diciembre de 2011. Fue como si la vida se cortara en dos, como si te arrancaran la mitad del corazón, así me sentí. Mi mamá sintió que el mundo se le derrumbó, siempre guardó la esperanza de que fuera algo pasajero. Un ACV nos dijeron los neurólogos de la Clínica Shaio. Hasta hicieron un dibujo para explicarnos de la forma más sencilla qué era lo que le había pasado a mi papá: cerebro, arterias del tallo cerebral, columna, un tachón en la mitad para indicar el corto circuito.</p>



<p>En ese instante mi mamá intuyó que el cuidado de mi papá iba a quedar todo a su cargo. Que puto dolor escuchar eso. ¿Por qué no fui más presente? ¿Por qué no fui más fuerte? Malditas preguntas que me rodean pero que hoy su respuesta ya no sirve. Aunque mi mamá me recuerde mi falta de ayuda en algunos momentos, sobre todo cuando me fui de la casa, siempre ha dicho que soy su bastón, que entre las dos pudimos asumir esta prueba de quién sabe qué. Luego de casi 3 meses, y el paso por un centro de cuidado mientras adecuaban la recién entregada casa propia —el sueño de muchos colombianos y colombianas—, mi papá por fin llegó. Hasta ese momento mi mamá pudo dimensionar la magnitud de este revolcón.</p>



<p>¿Cuidadora? Mi mamá se reconoció en este rol desde que los médicos la empezaron a llamar así. ¿Pero acaso no ha estado cuidándonos todo el tiempo? Antes era ama de casa, ahora era cuidadora. Así comenzó su nuevo rol, como por instinto como cuando una mujer se convierte en madre. Todo era prueba y error. Aplicábamos el método de la observación y nuestras maestras fueron las enfermeras, que cuando tenían vocación se notaba, y cuando no, también. Así pasamos el primer año, consiguiendo una silla de ruedas prestada, comprando una cama hospitalaria de segunda, recibiendo ayudas de familiares y amistades, yo con miedo de volver a trabajar y dejarlos solos, y mi mamá llorando todas las noches en la oscuridad de su habitación para que mi papá ni yo la viéramos. Estaba deprimida y no lo sabíamos.</p>



<p class="has-text-align-right"><em>El foco cerrado del estrés, la carga y la depresión, muestra parte de la realidad de la experiencia de cuidado en situaciones de cronicidad.</em></p>



<p><strong>Colofón</strong></p>



<p>Esta es la sexta entrega de una crónica que fue el resultado de mi participación en el Taller de Crónica 2024 del Instituto Distrital de las Artes – Idartes de Bogotá. Encuentra todas las <a href="https://blogs.elespectador.com/author/nathalia-monroy-veloza/">entradas</a>.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Nathalia Monroy Veloza</author>
                    <category>Nosotras, cuidadoras</category>
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        <pubDate>Tue, 17 Dec 2024 23:33:00 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>El amor que duele &amp;#8211; Parte 5</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/nosotras-cuidadoras/el-amor-que-duele-parte-5/</link>
        <description><![CDATA[<p>Seguimos sentadas en la sala de mi apartamento con mi mamá y Renata, mi perra que nos acompaña. Estamos llegando a nuestro límite porque la enfermera de mi papá, que lo cuida todas las mañanas, está por irse y él no se puede quedar solo. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Seguimos sentadas en la sala de mi apartamento con mi mamá y Renata, mi perra que nos acompaña. Estamos llegando a nuestro límite porque la enfermera de mi papá, que lo cuida todas las mañanas, está por irse y él no se puede quedar solo. Cuando hablamos del matrimonio, recordamos que se casaron el 31 de enero de 1988. Contra viento y marea, y luego de correr la fecha por un posible sabotaje, lo lograron. Tuvieron fiesta, regalos, luna de miel en Cartagena, un apartamento en Fontibón, y nueve meses después una hija: yo. A mi mamá se le iluminan los ojos porque para ella el embarazo fue una gran experiencia, como algunas mujeres, tuvo pocos síntomas, y solo un antojo que fue comerse todos los perros calientes de Bogotá —comida chatarra que amo—. Yo llegué para crear una triada que nos hacía poderosos.</p>



<p>Y si, éramos tres partes independientes pero que al unirlas nos convertimos en una fuerza más poderosa. Creo que eso es lo que nos hacía increíbles. Recuerdo momentos que vivimos —los de las vacas flacas que llaman— en las que ambos se levantaban muy fuertes y lo daban todo para que yo ni me enterara, aunque a veces desde mi habitación los veía haciendo cuentas y viendo de dónde sacaban dinero para pagar alguna deuda. Creo que la resiliencia era su mejor arma.</p>



<p>Luego de que se casaron y yo nací, mi mamá decidió no trabajar más en oficina para hacerlo en la casa, —y no me refiero al homeoffice—. Su trabajo, no remunerado como su rol de cuidadora, consistía en cocinar, algo que nunca le ha gustado, pero lo hacía porque alguien tenía que hacerlo; lavar, planchar, organizar la vivienda en donde estuviéramos en ese momento, pagar recibos, y por supuesto, llevarme y recogerme del colegio, ayudarme a hacer tareas —con los métodos que las monjas de su colegio le enseñaron. Ya se imaginarán la exigencia—, entre muchos otros que hacen las, erróneamente llamadas, amas de casa.</p>



<p class="has-text-align-right"><em>Entre el 1 de marzo de 2021 y el 29 de febrero de 2024, el Sistema de Cuidado de Bogotá, brindó servicios a 666.284 mujeres cuidadoras y sus familiares.</em></p>



<p><strong>Colofón</strong></p>



<p>Esta es la quinta entrega de una crónica que fue el resultado de mi participación en el Taller de Crónica 2024 del Instituto Distrital de las Artes – Idartes de Bogotá. Encuentra todas las <a href="https://blogs.elespectador.com/author/nathalia-monroy-veloza/">entradas</a>.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Nathalia Monroy Veloza</author>
                    <category>Nosotras, cuidadoras</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=108880</guid>
        <pubDate>Tue, 10 Dec 2024 22:30:00 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El amor que duele &#8211; Parte 5]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Nathalia Monroy Veloza</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>El amor que duele &amp;#8211; Parte 2</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/nosotras-cuidadoras/el-amor-que-duele-parte-2/</link>
        <description><![CDATA[<p>Así como la vida de mi mamá fue de ensueño en una época, también lo fue la de Rosa Palacios, una cuidadora que conocí por medio del programa de boccia, un deporte que mi papá y su hijo practican en el Centro de Discapacidad de Funza.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Así como la vida de mi mamá fue de ensueño en una época, también lo fue la de Rosa Palacios, una cuidadora que conocí por medio del programa de boccia, un deporte que mi papá y su hijo practican en el Centro de Discapacidad de Funza.</p>



<p>Rosa me abre la puerta de su casa con una sonrisa. Yo le agradezco, pero lo primero que pienso es en dónde voy a dejar mi bicicleta, por qué no me vine en bus. Su casa es diminuta —algunos dirían acogedora— para ella y su hijo que se moviliza en silla de ruedas sin tropezarse con nada. Me dice que puedo sentarme en el sofá de su sala que queda a dos pasos del comedor, cinco de la cocina y tres de la puerta.</p>



<p>Rosa es ama de casa y cuidadora de su hijo de 17 años que tiene retraso psicomotor. Ellos viven la mayor parte del tiempo juntos en una casa de un barrio popular de Funza. Su esposo conduce un camión y viaja por largos periodos. Rosa y su esposo —que ya tenían un hijo de 20 años—, quedaron esperando a Nicolás. Ella tenía 45 años, cosa que le asustó mucho, pues un embarazo de alto riesgo no tiene beneficio para nadie. Aún así esto no la hizo nunca pensar en no tener a su hijo. Fue la primera prueba de amor hacia Nicolás.</p>



<p>Rosa trabajó en una cigarrería durante todo el embarazo y cuando el niño nació le dijeron que algo no estaba bien. Estuvieron un tiempo en el hospital sin saber cuál era el diagnóstico hasta que le dijeron que era una parálisis cerebral. Rosa no creyó mucho en esto porque, según ella, el niño no tenía las características de esta enfermedad. Con un pie afuera de la clínica, Rosa se entregó por completo al cuidado de su hijo, al que ha defendido a capa y espada en todas las circunstancias. Esto lo compartimos mi mamá y yo con Rosa. Si pudiéramos encerrar a mi papá en una burbuja para que no recibiera comentarios o miradas lastimeras de la gente, lo haríamos.</p>



<p>Rosa —a quien afortunadamente no le duele nada físicamente— me cuenta que se levanta todos los días entre semana a las 5:00 de la mañana, pasa a Nicolás a la ducha, lo baña, lo viste, le da el desayuno y salen al colegio en donde es el único joven en silla de ruedas, y donde la educación especial o incluyente no lo es tanto, pues si no hay alguna clase o llega el descanso, Rosa debe ir al colegio para estar con él. Esta dinámica no le permite encontrar un trabajo ni siquiera de medio tiempo.</p>



<p>Durante nuestra conversación, yo hacía mis apuntes y le prestaba atención, pero lo único en lo que pensaba es que esta mujer de 62 años es una dura, y que era paradójico que el mismo día de su mayor felicidad fue el día de su mayor tristeza.&nbsp;</p>



<p class="has-text-align-right"><em>Al programa <a href="https://gcronico.unal.edu.co/cuidadores/">Cuidando a los Cuidadores de la Universidad Nacional</a>, como en muchos otros, la mayoría de sus asistentes son mujeres. El 86,8 % están entre los 56 y 61 años.</em></p>



<p><strong>Colofón</strong></p>



<p><strong>Colofón</strong></p>



<p>Esta es la tercera entrega de una crónica que fue el resultado de mi participación en el Taller de Crónica 2024 del Instituto Distrital de las Artes – Idartes de Bogotá. Encuentra todas las <a href="https://blogs.elespectador.com/author/nathalia-monroy-veloza/">entradas</a>.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Nathalia Monroy Veloza</author>
                    <category>Nosotras, cuidadoras</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=106637</guid>
        <pubDate>Tue, 15 Oct 2024 22:45:00 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El amor que duele &#8211; Parte 2]]></media:description>
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            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Nosotras, cuidadoras</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/nosotras-cuidadoras/nosotras-cuidadoras/</link>
        <description><![CDATA[<p>En este blog podrás encontrar historias de otras cuidadoras con las cuales te podrás identificar, podrás sanar, o ver que tu situación también la vive alguien más. También hablaremos con expertos quienes nos darán luces sobre este rol, y por supuesto, te hablaré desde mi experiencia.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>¡Hola cuidadoras!</p>



<p>Soy Nathalia Monroy Veloza, mujer, periodista, amiga, esposa, prima, sobrina, cuñada, mamá perruna, cuidadora.</p>



<p>En este blog podrás encontrar historias de otras cuidadoras con las cuales te podrás identificar, podrás sanar, o ver que tu situación también la vive alguien más. También hablaremos con expertos quienes nos darán luces sobre este rol, y por supuesto, te hablaré desde mi experiencia.</p>



<p>Ahora quiero contarte sobre mi rol como cuidadora. Junto con mi mamá, cuidamos de mi papá quien tuvo secuelas de un Accidente Cerebro Vascular (ACV), que lo dejaron cuadripléjico y sin habla, pero con sus habilidades cognitvas intactas.</p>



<p>Pero más allá de hablar de mi papá, este espacio es un homenaje a mi mamá, quien se entregó por completo por 12 años como la cuidadora principal de él, asumiendo riesgos como el desgaste físico y mental, depresión, <em>burn out</em>, hernias en la columna, soledad, y un sin fin de síntomas que de pronto tu sientes.</p>



<p>Mi papá decidió trascender a otro plano el 20 de junio de 2024. No hubo mejor día que hoy para abrir este canal, tres meses después de su partida.</p>



<p>Te invito a seguir y leer este espacio en el que conversaremos sobre cómo es cuidar a alguien más en diferentes situaciones, ya sea por una enfermedad, vejez, trabajo, entre otras.</p>



<p>Este blog es para todas las mujeres cuidadoras, hombres también, pero sin duda a ellas quienes encabezan las estadísticas.</p>



<p>¡Bienvenidas!</p>



<p></p>



<p>PD: gracias mami, papi, y esposo. A María Paula y Jennipher por ayudarme a definir el nombre de este blog.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Nathalia Monroy Veloza</author>
                    <category>Nosotras, cuidadoras</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=105553</guid>
        <pubDate>Fri, 20 Sep 2024 17:28:03 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Nathalia Monroy Veloza</media:credit>
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        <title>Segunda cara al suicidio (2 de 4)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/deloga-brusto/suicidio-2-4/</link>
        <description><![CDATA[<p>PARTE DOS (viene de la Primera cara al suicidio) Todo suicidio tiene algo de tormenta perfecta. Coinciden en un día preciso, en un momento exacto, el pico de una tristeza invencible y una jornada laboral particularmente frustrante; la entrega decidida a su propia muerte y el silencio de una voz que ese día sencillamente no [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<h2>PARTE DOS</h2>
<p>(viene de la <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/deloga-brusto/primera-cara-del-suicidio-1-4">Primera cara al suicidio</a>)</p>
<p><span style="font-weight: 400">Todo suicidio tiene algo de tormenta perfecta. Coinciden en un día preciso, en un momento exacto, el pico de una tristeza invencible y una jornada laboral particularmente frustrante; la entrega decidida a su propia muerte y el silencio de una voz que ese día sencillamente no contestó; la desesperanza absoluta y una noticia que resulta detonante para el pesimismo definitivo; el desamor y un puente que nadie salió a vigilar.  Un día, todo puede estar bien; el otro todo puede colapsar. </span>&#8220;¡Qué bella es la salud/ un día antes de la muerte!&#8221;, escribió Cesar Dávila Andrade en un poema titulado Hospital. El poeta ecuatoriano también se quitó la vida el 2 de mayo de 1967.</p>
<p><span style="font-weight: 400">A lo mejor lo que lleva a alguien a suicidarse es la carga de una </span>belleza inconmensurable que no podemos comprender quienes no contemplamos (al menos no aún) este final. Antes de que partiera el mundo llevándosela, así lo cantó Alejandra Pizarnik en su poema &#8220;<em>En un ejemplar de &#8220;Les Chants de Maldoror</em>&#8220;:</p>
<blockquote><p>&#8220;<em>Debajo de mi vestido ardía un campo con flores alegres</em><br />
<em>como los niños de la medianoche.</em></p>
<p><em>El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra</em><br />
<em>tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados;</em><br />
<em><br />
triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me</em><br />
<em>sobrevuela como una dinastía de soles</em>&#8220;.</p></blockquote>
<p><span style="font-weight: 400">Quizás la carga sublime que guarda el suicidio, su naturaleza de constelación terrible, contribuye a que la muerte por mano propia permanezca en la gaveta de los tabús, cuando no estigmatizada por quienes viven de condenar a los otros, por quienes se impiden la comprensión o la mínima solidaridad. Quienes leen en el suicidio la derrota máxima de la vida, también debe reconocérselo como victoria definitiva de la voluntad. Ningún suicida es un arrodillado. Un suicida roza la omnipotencia. </span></p>
<h3>Hay historias de suicidas a los que la muerte persigue hasta arrinconarlos, sin importar los escondrijos que alquilen o las trincheras desesperadas que caven. Por los testimonios escritos que dejaron sabemos que la muerte es su alivio escogido.</h3>
<p>Del filósofo rumano Emil Cioran dicen que recibía a menudo muchas cartas de lectores que lo trataron como un consejero para sus actos finales, pues reflexionó abiertamente sobre el suicidio y lo planteó como una presencia indiscriminada en todos los humanos que se consideran libres. Le preguntaban su opinión sobre éste o aquel método e incluso hubo una mujer que le propuso, sin que él la hubiera visto una vez, que viajaran al Mediterráneo y nadaran en el mar hasta ahogarse juntos.</p>
<p>Cioran consideraba que escribir era una terapia, la única servible. De hecho aseguraba que su primer libro fue su primera aplazamiento de la muerte, la que sucedió tras un largo avance de Alzheimer. Ironía absoluta: había escrito que la vida solo era posible gracias al olvido. Y no se suicidó.</p>
<p>Como muchos otros judíos del siglo XX, el austriaco <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Stefan_Zweig">Stefan Zweig</a> emprendió un tortuoso peregrinaje por un mundo que se derrumbaba sin dejarle lugar para consolarse o para lavar las culpas de sus omisiones. Un mundo que, para alguien tan brillante como complejo, sencillamente resultó asfixiándolo.</p>
<p><a href="https://ww1.habsburger.net/de/personen-objekte-ereignisse/stefan-zweig#:~:text=Stefan%20Zweig%20war%20%E2%80%93%20wie%20viele,kriegsneutrale%20Schweiz%2C%20um%20zu%20exilieren.">Siendo joven, celebró</a> el principio la Primera Guerra Mundial, pero luego escribió una carta a Benito Mussolini en la que suplicaba que <a href="https://it.wikipedia.org/wiki/Giuseppe_Antonio_Borgese">Giusseppe Germanise</a> fuera desterrado y no condenado a muerte. Aunque se sumó a las primeras barricadas contra los gobiernos de ultraderecha de los 1930s, no fue contundente contra al nazismo, hasta que Hitler lo cercó, le arrancó sus amuletos y quemó sus templos.</p>
<blockquote><p>&#8220;No somos sino fantasmas o recuerdos&#8221;, le dijo Stefan Zweig al también escritor Thomas Mann en Nueva York.</p></blockquote>
<p>Con el <a href="https://www.youtube.com/watch?v=sbvjnieZ32k">adiós a Europa</a> inició su larga agonía: al final de su vida había tratado de instalarse en Austria, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, República Dominicana, Uruguay y Brasil (donde finalmente eligió morir). Contempló la idea del suicidio en muchas ocasiones, pues, según un testimonio de su primera esposa Friderike con Winternitz, ya se lo había propuesto en el pasado.</p>
<p>Quizás pronosticándose perseguido, Stefan Zweig se juramentó ciegamente <a href="https://zweig.lernzettel.org/romain-rolland-der-mann-und-das-werk-das-gewissen-europas-das-manifest-der-freiheit-des-geistes/">a la libertad</a>. Nunca dejó de creer que Europa se unificaría. Reclamaba una supranacionalidad, un mundo para todos. Como se anticipó al Humanismo globalizado, hubiera denunciado la aberración sionista contra Palestina: &#8220;Después de regar el mundo con nuestra sangre e ideas durante 2.000 años, ahora no podemos limitarnos a ser una pequeña nación apartada en un rincón”, le dijo a Mark Scherlag.</p>
<p>Suramérica le ofrecía una interlocución vibrante. Una primera visita al continente en 1936, cuando Buenos Aires hospedó la <a href="https://www.academia.edu/40336868/El_congreso_del_PEN_Club_en_Buenos_Aires_1936">Conferencia XIV del Pen Club</a>, presenció cómo las voces de los intelectuales se alzaban en alarma e ilusiones para un mundo que parecía moverse de nuevo en torno a las ideas. Posiciones contrastadas se enfrentaban en paz y lo llenaban de ilusiones. Y ahora la impotencia que sentía en ese momento lo deprimía. la posibilidad de un mundo humanista se desbarataba con el avance de los totalitarismos y las conveniencias solapadas de la guerra.</p>
<p><figure id="attachment_93361" aria-describedby="caption-attachment-93361" style="width: 262px" class="wp-caption aligncenter"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="wp-image-93361 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/SZ-en-las-escalaeras-de-la-biblioteca-de-NY.jpg" alt="STEFAN ZWEIG EN LAS ESCALERAS DE LA BIBLIOTECA PUBLICA DE NUEVA YORK " width="262" height="394" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/SZ-en-las-escalaeras-de-la-biblioteca-de-NY.jpg 262w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/SZ-en-las-escalaeras-de-la-biblioteca-de-NY-100x150.jpg 100w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/SZ-en-las-escalaeras-de-la-biblioteca-de-NY-199x300.jpg 199w" sizes="(max-width: 262px) 100vw, 262px" /><figcaption id="caption-attachment-93361" class="wp-caption-text">Stefan Zweig y su exilio imposible en las Biblioteca Pública de Nueva York en 1942. Cortesía: <a href="https://s.wsj.net/public/resources/images/RV-AN473A_BKRV__DV_20140523111202.jpg">Wall Street Journal</a>.</figcaption></figure></p>
<p>Durante sus años finales en Brasil, la poeta chilena Gabriela Mistral fue muy cercana al escritor (en ese entonces de 61 años) y su pareja Lotte Altmann (de 33). Compartía con ellos rutinas de letras y una devoción por la naturaleza que los animaba a dar paseos por bosques y plantaciones. Mistral vivió años de serenidad y alegría con ellos, tal vez porque ellos no dejaban de admirar la exuberancia del trópico. Ambos &#8220;hacían la vida más quieta del mundo, y la más dulce en la apariencia y la más linda de ver&#8221; escribió la Premio Nobel en <a href="http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/623/w3-article-137390.html">una carta</a> al argentino Eduardo Mallea  el 24 de febrero de 1942, un día después del suicidio de los amantes.</p>
<p>Así describe lo que encontró luego de atreverse a ver la última escena de la pareja:</p>
<blockquote><p>&#8220;<em>En dos pequeños lechos juntos estaba el maestro, con su hermosa cabeza solamente alterada por la palidez. La muerte violenta no le dejó violencia alguna. Dormía sin su eterna sonrisa, pero con una dulzura grande y una serenidad mayor todavía. Parece que él murió antes que ella. Su mujer, que habrá visto ese acabamiento, le retenía la cabeza con el brazo derecho, y toda su cara estaba echada sobre la suya</em>&#8221; .</p></blockquote>
<p>Un cuadro programado. Como el de Zweig, muchos suicidios tienen algo de ritual cuidadoso. Una meticulosidad secreta asegura el paso final de muchos que deciden quitarse la vida.</p>
<p>En un testamento claro y amoroso, los amantes disponen con puntualidad cada cosa de valor que dejaron: los libros deberían ser donados a la <a href="https://casastefanzweig.org.br/?language=en">Biblioteca Pública de Petrópolis;</a> el fox terrier se lo dejaban a la propietaria de su casa, confiados en que lo cuidaría con esmero; algunos de sus manuscritos y archivos los mandó a manos seguras en otros países y quemó los que, según su determinación final, no valía la pena leer; instrucciones para repartir la ropa que dejaban entre los más necesitados de la ciudad; cartas a muchos amigos, ya sellados y listos para ser enviados sin generar sobrecostos a nadie.</p>
<p>En su carta Zweig no dice una palabra sobre su amada, pero cierra la carta con un mensaje directo a la familia que escogió en vida: &#8220;mando saludos a todos mis amigos. Ojalá vivan para ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, que soy muy impaciente, me voy antes que ellos&#8221;. Sus últimas líneas no son las de una despedida: es la manera más eficaz de instalarse en el futuro de los que si decidieron esperar el sol.</p>
<p>Stefan y Lotte eligieron dignas prendas de vestir (una corbata impecable, un vestido banco delicadísimo),  un método de morir (barbitúricos) que les garantizara buen aspecto ante los forenses. Incluso adoptaron posturas que aminoraran el impacto visual cuando los encontrasen: el mismo lecho, uno al lado del otro, las manos entrelazadas, acompasados por la placidez definitiva.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><figure id="attachment_93364" aria-describedby="caption-attachment-93364" style="width: 347px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" class="size-full wp-image-93364" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-stefan-zweig.jpg" alt="" width="347" height="480" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-stefan-zweig.jpg 347w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-stefan-zweig-108x150.jpg 108w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-stefan-zweig-217x300.jpg 217w" sizes="(max-width: 347px) 100vw, 347px" /><figcaption id="caption-attachment-93364" class="wp-caption-text">&#8220;Declaracao&#8221; es el título de la última carta escrita por el &#8220;impaciente&#8221; Stefan Zweig: un texto tan tierno como contundente, 22 de febrero de 1942.</figcaption></figure></p>
<p>No podemos romantizar ninguna forma de suicidio, ni siquiera ésta, con tanta pinta de vehículo al amor eterno. Los suicidios poéticos son una minoría, incluso dentro de los casos del suicidio. Los suicidias no ven salidas, son presos de la depresión, se ahogan por ansiedad o han perdido cualquier ilusión. De acuerdo al Centro de Control y Prevención de Enfermedades (Center for Disease Control and Prevention) de EEUU la década de 2020 ya registra el mayor número de suicidios desde la Segunda Guerra Mundial y un 33% más alto que los datos recopilados en 1999. El mismo Centro establece que las razones principales para este el incremento son el estrés laboral, la difusión del matoneo y las comparaciones frustrantes a través de las redes sociales, las deudas y el consumo desmedido de opioides y metadonas.</p>
<p>La población suicida está mayormente concentrada entre los hombres de 46 a 65 años: el mismo rango de edad de impacientes del que cupo Zweig.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
        <author>Robert Max Steenkist</author>
                    <category>DELOGA BRUSTO</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=93436</guid>
        <pubDate>Mon, 13 Feb 2023 13:33:38 +0000</pubDate>
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