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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de crónica | Blogs El Espectador</title>
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        <title>La juventud, esa enfermedad</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/juventud/</link>
        <description><![CDATA[<p>Un relato de Albeiro Guiral sobre las increíbles vicisitudes de los jóvenes poetas de su pueblo.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right">Imagen: <em><a href="https://www.behance.net/gallery/53204295/Antiheroes">Susana Blasco</a></em>.</p>



<p>Entre los años 2001 y 2002 hubo en Santa Rosa de Cabal un grupo de cuatro muchachos enardecidos por la poesía. Todas las tardes, después de salir del colegio, se reunían en el Parque Los Fundadores a leer sus poemas incipientes, a atrofiar los sonidos naturales con los destartalados chillidos de sus guitarras y a tomar vino de caja como si no hubiera mañana.</p>



<p>Y sí que lo hubo, pero no para ellos. </p>



<p>Se quedaban hasta el atardecer; la señal para volver a casa era la misma de los campesinos: cuando las loras regresaban de su faena solar a su árbol-nido y ellos les veían cruzar el cielo sobre la cúpula del templo de La Milagrosa, se despedían y emprendían su solitaria vida de púberes mártires y potenciales suicidas. Las loras que, vaya uno a saber por qué, confundían con gaviotas.</p>



<p>Leían a Silva y a Barba Jacob en las noches, fantaseaban con ser y morir como ellos. Imaginaban a Santa Rosa de Osos y a Bogotá como grandes ciudades y padecían esa extraña forma de la nostalgia que consiste en extrañar lo desconocido. A veces llevaban esos libros malditos a lecturas improvisadas en el mítico —por lo efímero— Café Raíces donde el anfitrión, a su pesar, les invitaba café y chicha, por no llorar y, a veces, tenía que soportar el descaro de escucharles leer sus propios versos. Noches inolvidables aquellas de trascendentales <em>tergiversaciones alrededor de nada</em>.</p>



<p>Una mañana su profesora de español leyó una efeméride de la prensa sobre Baudelaire. Los muchachos escucharon con atención mística y silencio reverencial. Desde entonces no fueron los mismos: el vino de caja les pareció anodino en comparación con el opio que no habrían de fumar, se melancolizaron tanto que alertaron a sus familias sobre una inminente calamidad, por lo que les llevaron ante el médico Juan Manuel, quien les recetó paciencia: <em>la juventud, por fortuna, es una enfermedad que se cura con el tiempo</em>, dijo. Después de este diagnóstico les recluyeron en grupos de oración muy bien presididos por futuros candidatos a la alcaldía.</p>



<p>Para quienes no saben, la alcaldía de Santa Rosa de Cabal es la mejor escuela de presos ilustres de la región.</p>



<p>Y de verdad que el tiempo no solo curó sus juventudes sino que les curó el mal de la poesía. El mayor de ellos, el fundador del grupo, nunca asistió a las reuniones; uno diría que se trataba de un anarquista nato, pero tan solo prefería salir de clase a dormir y en las noches a comer helado con las muchachas. Un perezoso sensato, digamos. Cuando se graduaron del colegió, ingresó a la universidad a estudiar ingeniería eléctrica. Ahora es <em>bartender</em>, y es feliz.</p>



<p>En orden de edad, el siguiente ingresó al seminario. Al terminar los votos de silencio que demoraron siete años, un compañero controvirtió un argumento de San Agustín, en su presencia, con osadía, y este lo insultó, por lo que no pudo ordenarse como sacerdote pero sí como filósofo. Y como filósofo hoy en día es un buen profesor.</p>



<p>El tercero de los jóvenes enardecidos se dedicó a la música por mucho tiempo. Nadie podía negar, al escucharlo, que era un virtuoso auténtico, uno de esos genios que no aparece sino cada quinientos años y que, desde Amadeus Hoffman, no aparecía uno en la Historia, sobre todo cuando interpretaba los grandes éxitos de Sandro de América. Una noche de octubre, en medio de la algarabía de las Fiestas de las Araucarias, intentó suicidarse lanzándose desde el Palacio Municipal. Fue detenido a tiempo por la policía y condenado por microtráfico de estupefacientes.</p>



<p>El menor de ellos, en cambio, compró una máquina de tejidos y puso un taller de ponchos que se vendían muy bien en las ferias de los municipios vecinos. Al poco tiempo compró una máquina más y así, en lo sucesivo, hasta convertirse en una promesa de la pequeña empresa del municipio. Se enamoró de Juana Ifigenia y ella, quién sabe, también de él. Le propuso matrimonio y ella aceptó o eso dicen, pero días después de la boda, el 15 de marzo de 2006, el verdadero esposo de ella lo amenazó de muerte y tuvo que huir del pueblo. A la fecha, nadie le ha vuelto a ver. </p>



<p>Como verán, ninguno triunfó en la poesía, por fortuna.</p>



<p></p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Wed, 05 Nov 2025 01:58:29 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
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        <title>Los minutos no se venden solos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/los-minutos-no-se-venden-solos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Es mejor que no trabaje más —Apenas fueron tres meses —me dijo por teléfono—. La vieja me dijo que ya casi daba a luz y que trabajar me adelantaría el parto. Entonces, dijo que ya no más. ¿Puede creerlo? Me puso reemplazo. Le pedí que nos viéramos y me dijo que era imposible. Estaba en [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Es mejor que no trabaje más</strong></p>



<p>—Apenas fueron tres meses —me dijo por teléfono—. La vieja me dijo que ya casi daba a luz y que trabajar me adelantaría el parto. Entonces, dijo que ya no más. ¿Puede creerlo? Me puso reemplazo.</p>



<p>Le pedí que nos viéramos y me dijo que era imposible. Estaba en su casa, con su esposo, y no quería darle razones para que sospechara algo que no existía. Hablaba en serio. Accedí a contarle al hombre sobre el texto que estaba escribiendo. No tenía por qué ser un secreto. Al final dijo que sí. Nos veríamos al día siguiente en la dirección que me había dado. Colgamos.</p>



<p>El día acordado, me recibieron con un acalorado tinto y una galletas saltinas con mantequilla. Humilde manjar que comí encantado. El esposo de Cecilia estaba usando camisa manga larga y le bajaban, por el rostro, sucesivas líneas de sudor.</p>



<p>—Buenas tardes, señor periodista. Mi esposa me lo contó todo y le agradezco que haga una investigación sobre los problemas del transporte público en Bucaramanga. Ese es un tema de interés para todos. —Dijo sentándose frente a mí.</p>



<p>Después, Cecilia me contaría que tuvo que inventar todo eso para que pudiéramos encontrarnos ese día. Yo no era periodista y no me interesaba, en ese momento, el caos del transporte público.</p>



<p>—Mi mujer —continuó diciendo— sabe mucho de esas cosas. El trabajo que tenía, como usted sabe, le permitía estar pendiente de las rutas que pasaban por la carretera. Le puedo asegurar que conoce todas las rutas y los tiempos que debe llevar cada una. De todas formas, si usted necesita otra entrevista yo estoy a la orden. ¿Va a tomar fotos?</p>



<p>Le dije que sí; lo entrevistaría después de hablar con su esposa. Las fotos, las tomaría otro periodista. Me agradeció y fue a llamar a Cecilia.</p>



<p>—Ya llegó el señor —gritó mientras subía por las escaleras.</p>



<p>Tres meses antes, al lado de la parada de bus frente a la autopista que une Piedecuesta con Bucaramanga, se estacionó una motocicleta. La mujer que la conducía bajó una mesa pequeña; las que usaban antes para vender lotería, y esperó. Al rato llegó Cecilia. Una mujer joven, delgada, de baja estatura, mestiza, de cabello negro y ojos grandes. Caminaba despacio por la acera contraria, cruzó la calle y saludó.</p>



<p>—Buenas días, mi señora.</p>



<p>—Buenos días. Hay que llegar temprano.</p>



<p>—Es que había trancón.</p>



<p>Entre las dos ubicaron la mesita en la acera, debajo de la sombra de los bambúes.</p>



<p>—Espéreme un rato —le dijo a Cecilia.</p>



<p>Cecilia esperó junto a la mesa y se cruzó de brazos. Parecía nerviosa. Era su primer día de trabajo vendiendo minutos a celular.</p>



<p>—No era mi primera vez —me diría más tarde—. En mi barrio yo vendía. Y me iba muy bien. Pero cuando el negocio dejó de ser exclusivo, empezó a generar pérdida. En todos lados se encontraban minutos a celular, y baratos. Yo vendía cuando eran a doscientos. Yo era muy buena en eso. Las matemáticas son mi fuerte. Después, doña Cira me ofreció trabajar acá. Y aquí estoy.</p>



<p>Doña Cira llegó cargando una sombrilla, una escoba y dos bolsas negras. Primero sacó el chaleco verde que Cecilia debía llevar puesto todo el día. A él, le siguieron cigarrillos y celulares atados con cadenas, chicles y dulces, dos termos de café y un taburete azul tan incómodo que Cecilia tendría que sentarse cruzando las piernas. Después traería un cojín.</p>



<p>—Veinte bombones, —Doña Cira empezó a contar mientras escribía en una libreta— siete cajas de cigarrillos, treinta chicles y cincuenta mentas. El vaso de café lo llena hasta acá. Esta es la medida. No lo llene. Por ahora, eso. Si usted ve que se vende más me dice y mañana traemos más. Mucho cuidado. Usted sabe cómo es.</p>



<p>— Sí señora —dice Cecilia mientras instala la sombrilla.</p>



<p>Hecho el inventario, Doña Cira le dice los precios de cada cosa y se va.</p>



<p>—El mejor consejo que me han dado —recuerda Cecilia mientras estoy en su casa— me lo dio la vieja ese día: Si se ve más pudiente, el cliente puede pagar cincuenta pesitos más. ¿No le parece? —sonríe.</p>



<p>Su esposo nos trae más galletas con café. Felizmente, esta vez está frío. Mido el calor que hace por la humedad que se expande, cada vez más, por la camisa del aquel.</p>



<p>Cecilia sigue contando su experiencia en el trabajo que acaba de perder. Y dice que todo es culpa del embarazo. Miro de reojo a su esposo y no se inmuta. Él quizá piense lo mismo: el embarazo fue el problema.</p>



<p>Es inusual escucharle esa palabra a Cecilia: embarazo. Meses antes, no se atrevía a pronunciarla y esquivaba cualquier pregunta sobre su condición. Nunca creyó que se le notaría tanto, rezaba para que el niño no creciera mucho y la dejara trabajar. Pero faltando tres meses para nacer era imposible no verle la panza.</p>



<p>—Es mejor que ya no trabaje más —le dijo Doña Cira mientras hacían cuentas.</p>



<p>—Usted sabe por qué lo hago. Con el sueldo de repartidor no alcanza.</p>



<p>—Es mejor, Cecilia, es lo mejor. —Después la llamaría por teléfono para decirle que no fuera al día siguiente.</p>



<p>—Cuando le preguntaba, por qué no dejaba ir a trabajar —recuerda Cecilia— me decía que ya habíamos hablado sobre eso y que habíamos quedado las dos, imagínese las dos, en que ya no volvería más. Já. Me tocó aceptarlo total ni qué contrato ¿no?</p>



<p><strong>Cecilia se aburre mucho</strong></p>



<p>Habían horas del día&nbsp; en que parecía ser la única habitante de la ciudad. Ni siquiera los buses llevaban gente. Sus &nbsp;conductores parecían fantasmas. A veces llevaba una revista y un crucigrama. Otras, antes de que se lo prohibiesen, escuchaba vallenato por unos audífonos prestados.</p>



<p>— Incluso llegue a contar los pasos que había de aquí a aquella piedra que está allá —decía mientras vendía un café—. Noventa y ocho pasos si se es mayor. Sesenta si se es joven. Si va de afán son menos.</p>



<p>Sin embargo, en su segundo mes de trabajo encontró una manera divertida de pasar el tiempo: haciéndole bromas a sus clientes.</p>



<p>—Me da pena decirlo —dice sonriendo— a veces, entregaba los cigarrillos al revés para que los encendieran por el&nbsp; filtro. La gente se daba cuenta del error pero se iban disimulando. Les daba pena. Caminaban, con el cigarrillo en la boca, como si nadie los hubiera visto. Cuando estaban lejos yo soltaba la carcajada. Y eso no es nada —Se acomoda en la silla— una vez, juro que fue una sola vez, le hice un huequito a un vaso, serví el café y la señora se fue como si no pasara nada mientras que, gota a gota, el café le manchaba la blusa. —Carcajea— Qué pecado.</p>



<p>Cecilia le pide a su esposo que haga más café. Ella está embarazada. Él se levanta, va a la cocina y desde allá le grita que mejor me cuente cuando la atracaron.</p>



<p>—Uy, sí —dice— ese sería un buen final para su artículo. Imagínese que estaba yo esperando a Cira para entregarle la producción del día, más o menos a las cinco de la tarde. Ella acostumbra llegar a esa hora, hacemos cuentas y nos vamos. Cuando, de sopetón, salieron dos tipos por atrás de los bambúes. Uno de ellos me empujó, me caí de la silla y grité. El otro sacó el cajón de la plata. Me imagino que lo desocupó en una bolsa. Al estilo de las películas. No pude verlo. Cuando me levanté ya se habían ido. No se llevaron ningún celular. Nadie me asistió, y eso que grité duro. Ese día fue muy feo. Doña Cifra no me cobró la plata que se perdió, pero me regañó una semana entera; que tenía que estar atenta, que tenía que cuidarme. Después se me pasó el susto.</p>



<p>El esposo de Cecilia llega con más café. Está hirviendo. Entonces, pregunta: ¿Y todo esto qué tiene que ver con el transporte público? Nos miramos y, cómplices, reímos. Le contamos la verdad y, en buen tono, sermonea a su mujer diciéndole que no sea tan desconfiada, que ni porque él fuera tan celoso y la besa.</p>



<p>Llega la hora de irme. Agradezco los tintos y las galletas y me pongo en pie.</p>



<p>— No vaya a poner mi nombre de verdad —me dice.</p>



<p>—Si usted me lo permite —digo.</p>



<p>Le pregunta a su esposo un nombre. Él se encoge de hombros. Se le ocurren tres: Cecilia, Carolina y Liseth.</p>



<p>—Ponga Cecilia —sentencia— Ese me gusta más.</p>



<p>Publicado originalmente el 17 de noviembre de 2012 en El Espectador.</p>
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        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
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        <pubDate>Thu, 02 Oct 2025 00:05:24 +0000</pubDate>
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