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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de ciudad y literatura | Blogs El Espectador</title>
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        <title>La sombra de mi padre: saga de ira y reconciliación</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_98221" aria-describedby="caption-attachment-98221" style="width: 145px" class="wp-caption alignright"><a href="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre.jpeg"><img decoding="async" class=" wp-image-98221" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre-162x300.jpeg" alt="" width="145" height="269" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre-162x300.jpeg 162w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre-81x150.jpeg 81w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/02/la-sombra-de-mi-padre.jpeg 334w" sizes="(max-width: 145px) 100vw, 145px" /></a><figcaption id="caption-attachment-98221" class="wp-caption-text">Martín Franco Vélez, en la portada acarreado por su padre en una carreta, escarba en este libro  a lo profundo de la vida de ambos.</figcaption></figure>
<p>Hace rato una lectura no me deparaba la satisfacción de terminar un libro en menos de tres sesiones, en dos días, trasnochada incluida. Al principio pensé que se debía a que sucede en Manizales, mi ciudad, donde se desarrolla gran parte de La sombra de mi padre. Pero luego, tras las reverberaciones de gozo que sobrevienen al cierre de un libro disfrutado, concluí que se trató de la fuerza auscultante de la catarsis, del intimismo, de la franqueza con que el autor nos comparte su historia familiar.</p>
<p>No es esta la historia del padre un poco unidimensional de Carta al padre de Kafa:  un sinfín de peros, sino la de un amoroso progenitor con más virtudes que errores, como el hijo, como el otro hijo, como el abuelo…como todos. Esta trenza generacional hila la narración.</p>
<p><em>“Atrás, muy atrás, quedaba para entonces esa imagen que me hizo tan feliz en la infancia: una llave que entra en la cerradura, el sonido de una puerta que se abre, un silbido rítmico que inunda la casa, y un niño que sale feliz, corriendo escaleras abajo, para tirarse en brazos de su padre cansado: el lugar más seguro del mundo”.</em></p>
<p>La historia la atraviesa entre otros temas, el modo en que la enfermedad del alcoholismo enferma a toda la familia (válganme la redundancia), y la constatación de que esto no tiene en el fondo qué ver con la ingesta alcohólica sino con el consumo de dolor y cómo este se ramifica, en el caso concreto, a través de las masculinidades. “Con el tiempo he logrado entender que el problema de fondo no es el trago. El licor es apenas un detonante de una situación muchísimo más profunda. El problema, la verdadera cuestión, es la rabia que se aloja en el corazón”, colige el escritor.</p>
<p>El narrador recorre a lo largo del libro sus facetas de hijo, de nieto (Martín ha digitalizado y vertido al libro las memorias de su abuelo, su determinador literario y quien se llama igual que su hijo: Emilio), y claro, su papel de padre.</p>
<blockquote><p><em>“A medida que lo veo crecer entiendo que ahora soy yo quien está al otro lado; que al fin, me he convertido en mi padre…En algún momento –seguro más temprano que tarde–, yo también seré juzgado; no tardará el día en que a mi hijo le parezcan desatinadas mis acciones y en el que pensará, tal vez con rabia, que no quiere eso mismo para su vida”.</em></p>
<p><em>“Todos pasamos por el tribunal de los hijos, quienes rara vez nos absuelven. Somos implacables como hijos y esperamos benevolencia como padres”. </em></p>
<p><em>“Hace un tiempo, en algunas vacaciones, me quedé observándolos subir por un potrero de la finca …estaban los dos solos en el mundo, abuelo y nieto en ese preciso instante, el primero asomándose al final de este camino, y el segundo apenas empezándolo, tan vacío de vida y de conocimiento, y no parecía que necesitaran nada más para ser felices”.</em></p></blockquote>
<p>La trama desde las primeras páginas, estriba en una necesidad inherente al ser humano: la de la reconciliación (si bien hay otro gancho: un suceso desastroso que desgarrará las vidas de la familia Franco Vélez).</p>
<p><em>“Mi padre abrió mucho los ojos, asustado, antes de levantarse de la cama de un brinco y apartar de un tajo las cobijas. “Ay –exclamó, abriendo mucho los brazos con las palmas de las manos extendidas–. ¡Qué felicidad!”.</em></p>
<p>Y ya el tratamiento literario, en esa personalísima voz que ha caracterizado la obra de Martín Franco, termina de hacer el trabajo de imantación con el lector.</p>
<p><em> “Esperé unos minutos y vi bajar a mi madre en piyama, con las llaves en la mano; desde hacía un tiempo había empezado a verla un poco más vieja, un tanto más dolida, notando cómo sus dedos habían empezado a torcerse y deformarse por cuenta de una artritis heredada, desordenados como las raíces de un árbol”.</em></p>
<blockquote><p><em>“Me acosté en la cama que me perteneció durante años, hasta que me fui de la casa luego de abandonar, aburrido, la carrera de administración de empresas que mi padre siempre quiso que estudiara”.</em></p></blockquote>
<p>A pesar de ser un libro doloroso, de amores e iras, hay espacio para el humor, aunque me excuso por la próxima larga cita porque no es el tenor general del libro. Es un periodo de hilarante pesadilla con un profesor de matemáticas que marcó, para fortuna de los lectores, el que Martín Franco cambiara la carrera de los números por la de las letras:</p>
<blockquote><p><em>“Todavía tengo fresco el día en que, en medio de una clase, (el profesor) acabó de explicar un tema cualquiera y pasó a escribir con tiza un problema matemático en el tablero. Volviéndose hacia la clase, señalando con sorna hacia la pizarra, preguntó desafiante quién era capaz de resolverlo. Una alumna tímida levantó la mano y se atrevió a salir al frente; se quedó un buen rato contemplando el acertijo repleto de x y y y z, garabateando números aquí y allá, hasta que, de pronto, comprendimos que estaba perdida: había naufragado y parecía buscar que alguien le tirara un salvavidas. No contábamos con que fuera el propio Fernando Pío quien se lo lanzara de la manera más obvia: ‘No hable mierda’, exclamó, furioso. ‘Si no sabe siéntese y no invente’”.</em></p></blockquote>
<p>A cada página de este testimonial, florece una profusión de asertos barajados con el cómo literario, en la que se conjuga el verbo ser –o el quizás no ser, siempre la duda– sobre este o aquel aspecto intemporal de la vida. Asertos muchas veces empalmados con una convocante primera persona del plural, que logra poner luz a los abismos más profundos de la condición humana, con una prosa amable pero tenaz.</p>
<blockquote><p><em>“…todo lo que hacemos, cualquier cosa, está inevitablemente teñido por el velo de la muerte: nuestras acciones, grandes o banales, van acompañadas por la silenciosa certeza de que ya no estaremos aquí…”.</em></p>
<p><em>“&#8230;los recuerdos son así, caprichosos, y aparecen como fogonazos atemporales que casi siempre situamos mal porque los caminos de la memoria son retorcidos”. </em></p>
<p><em>“Eso es la vida, después de todo: una constante sucesión de hechos que a veces no nos dan tiempo para para pensar en ellos, ni en sus consecuencias, aunque calen hondo y se aferren en lo profundo”. </em></p>
<p><em>“Durante años creí que la fe era cándida, que creer en algo que no conocemos resultaba inútil y absurdo, y, sin embargo, no podía evitar sentir cierta envidia por la confianza que ella le brinda a los creyentes: siempre es mejor tener algo a lo que aferrarse”.</em></p>
<p><em>“…solo el amor y la risa nos salvan…vivir es duro pero maravilloso, porque en medio de la tristeza y del dolor diarios se puede encontrar belleza: solo hay que saber verla”.</em></p></blockquote>
<p>El autor es capaz de sacar filo a la llanura de las certezas, diciendo lo que pareciera, solo pareciera, innecesario. El mismo Martín Franco citó en Facebook a Michael Pollan hace poco: “un cliché es, precisamente, lo que queda de una verdad después de que se la haya vaciado de toda emoción…”. Franco se las ve con los lugares comunes, cuya reivindicación ha de ir llegando con la madurez.</p>
<blockquote><p><em>“Sería otra vez cuestión de tiempo, sin embargo, para que yo acabara condenándolo; a fin de cuentas, pocas cosas son tan implacables como el juicio de un hijo. Un padre es un padre y no un amigo cercano, como él espera que seamos”.</em></p>
<p><em>“Esa soledad del tenista y el hecho de que cualquier decisión que tome lo afectará a él mismo y a nadie más me han hecho entender cosas sobre mí mismo y sobre él. Una de ellas, aunque suene obvia, es que somos producto de las decisiones que tomamos. Nada más. Aunque lo practiqué durante años, nunca fui un jugador ambicioso ni avancé demasiado de categoría. Mi padre, en cambio, empezó a jugarlo tarde y aun así ganó varios trofeos que exhibía orgulloso en casa. Antes de dejarlo por completo me enseñó, sin palabras, que nunca es tarde para empezar algo”.</em></p></blockquote>
<p>Hay un aspecto sociológico con el que quisiera terminar: en esta obra el autor le responde a la sociedad, se responde a sí mismo y nos responde, en especial, a los manizaleños juzgadores, esos que hemos señalado con dedo implacable a los residentes del barrio Palermo. Muchos crecimos batiendo el gastado molinillo de resentimiento social de “ah, esos ricos vergonzantes de Palermo”, “ah esos estudiantes de colegios gomelos”, “ah, esos dueños de”, “ah, esos de tales apellidos”. Franco dice que sí. Que entiende y que también le da rabia:</p>
<p><em>“La lógica de lo que ha sido mi vida, enmarcada por privilegios innumerables, debería conducir a lo contrario: educado en un colegio privado excluyente, con amigos cuyos padres manejaban –para bien o para mal- las riendas públicas y privadas del departamento de Caldas en los años noventa, y formado, luego, en una de las universidades privadas más prestigiosas del país”.</em></p>
<p><em>“Quizás la respuesta a esas preguntas se encuentra en lo despreciable que me resulta ahora esa clase alta en la que crecí, en su profunda falta de empatía y en lo mucho que se esmera por preservar a cualquier precio esos privilegios que ha tenido durante años, o siglos, sin preocuparse nada más que en seguir alimentando su codicia … cada vez que veo eso, que lo vivo, siento más ganas de huir y de apartarme, aunque sé lo difícil que al final resulta”.  </em></p>
<p><em> “…montar (a caballo) me ha resultado incómodo y por eso nunca lo hago. Una más de las tantas cosas que me separan del lugar donde nací. Y, sin embargo, durante una época monté bastante junto a mi padre”.</em></p>
<blockquote><p>&nbsp;</p></blockquote>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Mario Vallejo</author>
                    <category>Hundiendo teclas</category>
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        <pubDate>Wed, 14 Feb 2024 22:22:06 +0000</pubDate>
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        <title>Acercamiento a la literatura afronariñense. 1ª entrega: una posible génesis.</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_96514" aria-describedby="caption-attachment-96514" style="width: 228px" class="wp-caption alignnone"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="size-medium wp-image-96514" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/barbacoas-1875-228x300.jpg" alt="Barbacoas, 1875. " width="228" height="300" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/barbacoas-1875-228x300.jpg 228w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/barbacoas-1875-114x150.jpg 114w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/barbacoas-1875.jpg 367w" sizes="(max-width: 228px) 100vw, 228px" /><figcaption id="caption-attachment-96514" class="wp-caption-text">Barbacoas, 1875.</figcaption></figure>
<p>&nbsp;</p>
<p>El objetivo de estos artículos es hacer un acercamiento a la literatura afronariñense, para lo cual se recurrirá a hacer un paneo general de la manera como ha sido tratada por los cánones tradicionales, teniendo como punto de vista el marco sociopolítico desde el cual se ha hecho. Este trabajo lo que menos quiere es racializar un tema que a todas luces es universal, sin embargo, se hace necesario enmarcar las concepciones creativas en los territorios desde sus propios hacedores, de tal manera que las cosmogonías pasen de ser un mero ente abstracto especulativo, para comprenderlos desde el puesto del ser humano en el mundo que habita, ya que a todas luces resulta importante la mirada que tiene el afro, el indígena o el mestizo de ese mundo, que no puede ser igual, ya que tras de sí hay una ancestralidad que demarca esos derroteros. La visión de los vencedore jamás será la misma que la de los vencidos, aunque aquí, como en toda dialéctica, el vencedor puede ser mañana un vencido más y el vencido ser mañana un vencedor más. O lo más importante, lograr llegar a consensos para poder reconocer un territorio como algo común, respetando las diferencias y buscando el bien común. Mera utopía, quizá.</p>
<p>Resulta epistémicamente complicado en este caso separar el territorio y la población de un marco geográfico determinado: el Pacífico nariñense. Sin embargo, debe hacerse esta aclaración en razón a dos puntos concretos: el primero, a que este territorio está ocupado mayoritariamente por afros, en un departamento en donde el 66,5 % son mestizos, 17,8 % son afrodescendientes y el 15,7 % son indígenas (Censo Colombia 2018); y el segundo, en razón a que durante buena parte de la historia regional, fueron los blancos quienes impusieron no solamente los procesos educativos, mayoritariamente excluyentes para los no blancos, así mismo como aquellos que difundieron sus obras o la de los suyos, no sin razón una de las primeras imprentas que llegó a la entonces Nueva Granada fue la de Barbacoas, en 1825, creando para entonces el primer periódico del sur-occidente de la actual Colombia, El Pezcador, y de ahí un sinnúmero de publicaciones periódicas, tanto en Barbacoas como en Tumaco, donde lo que se puede apreciar son los escritos de blancos y mestizos, entre estos los migrantes europeos que llegaron al territorio atraídos por la riqueza, tales como italianos, alemanes, franceses, polacos, entre otros, sumándose a una élite blanca excluyente que aprovechó siempre la mano de obra negra o indígena para fomentar y sostener sus fortunas económicas.</p>
<p>De tal manera que por más de 450 años tanto afronariñenses como indígenas no fueron contemplados dentro de los cánones literarios del departamento de Nariño, por lo menos desde el autorreconocimiento a estos dos grupos sociales, ya que si bien se habla de su lugar de origen, en ningún momento se reconoce este importante acento dentro de las concepciones escriturales que de una u otra manera permiten comprender la manera cómo se narra un territorio común con perspectivas diversas. En muchos casos, lo que hay es un “blanqueamiento” de los autores literarios, obedeciendo al canon bogotano -replicado en el pastuso- de que para poder ingresar a ese canon debía seguir demostrándose una pureza de sangre, teóricamente abolida después de la Independencia, es lo que he llamado el “pastocentrismo”, concepto que se desarrollará más adelante.</p>
<figure id="attachment_96515" aria-describedby="caption-attachment-96515" style="width: 300px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" class="size-medium wp-image-96515" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/MAPA-BARBACOAS-AAAA-300x207.jpg" alt="Barbacoas, mapa colonial. " width="300" height="207" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/MAPA-BARBACOAS-AAAA-300x207.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/MAPA-BARBACOAS-AAAA-150x103.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/MAPA-BARBACOAS-AAAA-768x529.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/MAPA-BARBACOAS-AAAA-1024x705.jpg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/MAPA-BARBACOAS-AAAA-1200x826.jpg 1200w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /><figcaption id="caption-attachment-96515" class="wp-caption-text">Barbacoas, mapa colonial.</figcaption></figure>
<p>&nbsp;</p>
<p>El ingreso del pastuso a la república fue traumático, ya que una pequeña casta, beneficiada durante más de tres siglos por las prebendas heredadas por los mal llamados conquistadores, y anquilosada en un aislamiento geográfico y social, terminarían por generar un endemismo que buscaba garantizar esa pureza de sangre, por ello no más de 5 familias marcaron el derrotero de una ciudad durante un largo periodo de tiempo. Desde luego que no se puede generalizar, hubo habitantes de la propia ciudad que se sumaron a la causa de la Independencia, movimiento americano que era imparable a inicios del siglo XIX, como aquellos que comprendieron los cambios de una modernidad, incipiente desde luego, que implicaba abrir la ciudad y romper ideológicamente los cercos del Juanambú y del Guáitara.</p>
<p>El territorio de Barbacoas, hoy los 10 municipios que conforman el Pacífico nariñense, perteneció a diferentes entes administrativos durante la colonia: Virreinato del Perú, Virreinato de la Nueva Granada y Presidencia de Quito, dentro de esta última existieron el Partido de Barbacoas y el Partido de Iscuandé, cada uno con teniente de gobernador a cargo. Durante la república, perteneció un breve periodo a Ecuador, luego a la provincia de Popayán, al Estado Soberano del Cauca, al Departamento del Cauca, al Departamento de Nariño, durante un breve periodo al Departamento de Tumaco y finalmente al Departamento de Nariño, sin dejar de mencionar que durante varios periodos fue una Provincia con cierta autonomía política y administrativa. Sin embargo, es también importante reconocer que este territorio ha sentido profundamente el influjo de Quito, Popayán y Pasto, sobre todo por la riqueza aurífera que permitía generar muchas riquezas y enriquecer a las élites de estas ciudades.  Esto, que pareciera trivial, es importante demarcarlo, ya que así permite un acercamiento al influjo que ha tenido el territorio ya que el poder económico y político marcarán el derrotero cultural del mismo.</p>
<p>La “Imprenta de Mariano Rodríguez” llegó a Barbacoas en 1825, ahí se publicó “El Pezcador”, del cual no se conocen sino las referencias que hacen tanto Gustavo Arboleda como Sergio Elías Ortiz, de tal manera que se desconoce el contenido del mismo; las imprentas que funcionaron en la ciudad durante el siglo XIX tienen como propietarios a personajes que descollaron tanto en la política como en la economía regionales: Pérez, Díaz del Castillo, Márquez, Hurtado y Ponce, Córdova y Bravo. El contenido de los periódicos y publicaciones era generalmente de carácter comercial y político, ahí se defendían candidaturas y se anunciaban productos, compra y venta de oro, así como uno que otro chisme de corrillo que buscaba hacerse público.</p>
<p>La imprenta en Pasto aparece en 1837, es decir 12 años después que en Barbacoas, el puerto sobre el Telembí donde se asienta una tradición tipográfica importante, en medio de lo descrito en el párrafo anterior, se encuentran también poemas, los más románticos, algunos breves cuentos y algunas descripciones sobre el territorio y las costumbres que ahí se vivencian. La novela aparece tardíamente en lo que es el actual departamento de Nariño, “La expiación de una madre” de Rafael Sañudo, publicada en 1894, quizá el clima de Barbacoas y del territorio del Pacífico nariñense nos privaron de conocer algunas obras literarias, quizá por entregas, como se acostumbraba a hacerla por entonces en los países de habla hispana.</p>
<figure id="attachment_96516" aria-describedby="caption-attachment-96516" style="width: 214px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-medium wp-image-96516" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/mapa-barbacoas-1610-214x300.jpg" alt="Barbacoas, 1610. " width="214" height="300" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/mapa-barbacoas-1610-214x300.jpg 214w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/mapa-barbacoas-1610-107x150.jpg 107w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/mapa-barbacoas-1610-768x1076.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/mapa-barbacoas-1610-731x1024.jpg 731w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/mapa-barbacoas-1610-1200x1682.jpg 1200w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/09/mapa-barbacoas-1610.jpg 1607w" sizes="auto, (max-width: 214px) 100vw, 214px" /><figcaption id="caption-attachment-96516" class="wp-caption-text">Barbacoas, 1610.</figcaption></figure>
<p>&nbsp;</p>
<p>En Tumaco la imprenta aparece en 1878, al igual que en Barbacoas, los apellidos de sus propietarios rememoran a extranjeros que llegaron al territorio y tuvieron buena ventura: Acevedo, Escrucería, Manzi, Ortiz. El contenido igualmente obedece a noticias comerciales, políticas o religiosas. Algunos casos jurídicos son ventilados en sus páginas, y aparecen poemas, cuentos cortos y descripciones del territorio.</p>
<p>Como conclusión de esta primera entrega, en la literatura del periodo no aparecen escritores afronariñenses e indígenas, por lo menos publicados en las páginas de revistas y periódicos de la época, creando así un canon blanqueado, siguiendo los modelos occidentales, que será visibilizado en las primeras décadas del siglo XX en las antologías y estudios de autores publicados en Pasto, Quito, Popayán o Bogotá. Aparecen en este periodo referencias al espacio geográfico, al modo de vida de afros e indígenas, a sus costumbres y algunas tradiciones, inclusive se recogen algunas décimas y cantos que algunos viajeros tuvieron la oportunidad de escuchar, tema en el cual nos detendremos en la siguiente entrega.</p>
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        <author>J. Mauricio Chaves Bustos</author>
                    <category>Pazifico, cultura y más</category>
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        <pubDate>Thu, 28 Sep 2023 12:30:48 +0000</pubDate>
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