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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Caldas | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Un caballo prestado para leer</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/caballo-prestado-la-lectura/</link>
        <description><![CDATA[<p>La profesora había sacrificado sus tardes de descanso para tomar un caballo prestado e irnos a visitar, día tras día, hasta que yo aprendiera a leer y a escribir.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay una pregunta que durante varios años me ha angustiado. Cuando llegó a mí apenas me asombró, pero el tiempo la ha ido alimentando como a una quimera baudelairiana de tal manera que su peso no me permite la tranquilidad. Es la pregunta por la lectura. El primer rostro que le vi fue trivial: <strong><em>¿para qué leer?</em></strong> Luego, apareció ante mí con una apariencia amenazante: <strong><em>¿por qué hay personas que no leen?</em></strong> Al intentar acercarme a posibles respuestas, tuve que apelar a la memoria: escarbar en mí mismo como un gorrión de páramo escarba la ceniza bajo la lluvia. En 1992 estaba en segundo de primaria y era uno de los niños del curso a quien más se le dificultaba aprender a leer y a escribir. Presumo que este aprendizaje no me interesaba porque robar guayabas, interrumpir el sueño de las lombrices o afrentar temerarias lagartijas por los caminos me resultaba, como verán, mucho más atractivo.</p>
<p>La finca cafetera donde vivíamos entonces le hacía bastante honor a su nombre: <em>El Hoyo</em>. Estaba ubicada a dos horas a pie de la escuela, escondida detrás de la cima de la montaña desde donde mamá me observaba descender para ir a estudiar, hasta que tanto ella como yo éramos tan solo un punto que desaparecía a lo lejos. Yo tenía seis años y ya estaba aprendiendo, en la práctica, a ser un peatón. Una tarde llegó una visita inesperada. <strong>Los niños corrieron por el corredor a mirar y los perros salieron de entre los cafetales a inspeccionar el caballo de color canela que había traído hasta el mismísimo patio de la casa a mi profesora de español</strong>. María Luisa se sentó en un extremo del comedor y sorbió un tinto en silencio. Sus manos estaban temblorosas; el vapor que salía de la taza le acariciaba su cabello corto. Cuando mamá logró sacarme de mi escondite y hacerme sentar a un lado de la joven profesora, me dijo: <strong><em>Vine a insistirte en que aprendas a leer y a escribir</em></strong>. Desde ese día, durante muchos meses, solo sé que tomaba mi mano para ayudarme a darle forma a las palabras. Yo podía poner sobre el papel un par de letras torcidas pero era ella quien, en realidad, escribía… hasta cuando pude hacerlo por mí mismo. Tomé el lápiz despacio y fue apareciendo sobre la hoja la primera palabra que me pertenecía. La profesora había sacrificado sus tardes de descanso para tomar un caballo prestado e irnos a visitar, día tras día, hasta que yo aprendiera a hacerlo.</p>
<p>María Luisa, estuviste poco tiempo en la vereda Partidas, no volví a verte, no sé dónde vives ahora, pero cada vez que llego corriendo a abrir las puertas de un libro, tu imagen —siempre joven y fuerte— me saluda. Cada día que pasa, tomo el lápiz con mayor constancia para ver aparecer las palabras que me salvan, mis propias palabras. Ahora me dedico al intento fallido de amaestrar el lenguaje y cada vez que logro hacer coincidir en la misma línea dos palabras que nunca antes habían estado juntas, como quería Lorca, pienso en ti. <strong>Y cada vez que recuerdo por qué escribo, pienso en ti, María Luisa</strong>. Susana San Juan de mi memoria y corazón de niño.</p>
<p>Cuando menos lo imaginé ya había decidido que, cuando grande, quería ser lector. Así conocí al primer muerto de mi vida. Un niño, tal vez de mi edad, veía a un hombre abrir la tapa del ataúd del médico del pueblo para que su abuelo introdujera el zapato que le hacía falta. El primer muerto que recuerdo, lo leí en <em>La Hojarasca</em>, de Gabriel García Márquez, mi primera lectura. <strong>Tenía una madre y un abuelo como el niño de la novela y creía que era yo mismo quien presenciaba el velorio y oía llegar el silbido del tren a través de esa atmósfera enrarecida</strong>. A lo mejor es por ello que los muertos que iban a venir después, de carne y hueso, no me matarían de dolor.</p>
<p>Y la lectura me llevó a la escritura. <a href="https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/el-aprendiz-de-tahur">Con la poesía fue otra historia</a>. Sin darme cuenta, en los libros había encontrado un refugio y, ante todo, una compañía que se hizo más solidaria e indispensable con los años. Leer y leer, esto era lo único a lo que quería dedicarme, tanto así que lo que no sucedía en los libros me parecía inanimado y falto de gracia —hoy sé que dentro de esta categoría no cabe, no podría caber, el amor—… Sí, quería que el sol se escondiera siquiera cinco horas más tarde, para seguir leyendo.</p>
<p>En el colegio leí <em>El Quijote</em> con la paciencia suficiente como para perder todas las materias y tener que recuperarlas a fin de año. En la época de universidad trabajaba doce horas en una fábrica de ponchos. No podía perder el hilo del tejido ni apagar la máquina durante la jornada. En las noches llegaba con todas lecturas de la clase, mis ojos irritados, mi flaqueza prometedora y mis comentarios de náufrago. Los primeros amigos, que no eran de papel, los hice por el último semestre, cuando encontré empleo de librero en la cuarta con veintiuna en Pereira. <strong>La Librería Mito me dejó conocer personas que amaban los libros como yo y que los comprarían aunque no pudieran leerlos</strong>.</p>
<p>Hoy me dedico a enseñar a leer y a escribir como mi profesora de infancia, pero mis estudiantes son universitarios. Temprano, por la mañana, llego a clase con un café —viejo signo de mi origen montañero—, un escapulario materno para protegerme de mi propio ateísmo, unas cuantas teorías de semiólogos desconsolados y mi mirada de niño que leía <em>La hojarasca</em>, mi mirada de niño sobre las cosas, de ese niño que escribe la primera palabra de su vida y sonríe ante el milagro. <strong>Me encuentro en una ciudad encumbrada y fría, a quinientos kilómetros de donde nací: no hay guayabas en los árboles ni lombrices soñadoras ni temerarias lagartijas, ni un rostro que desaparece a lo lejos cada día</strong>. Pero la pregunta sigue ahí, como un monstruo alimentado sin culpa, <strong><em>¿por qué mis estudiantes no leen?</em></strong></p>
<p style="padding-left: 30px"><a href="https://twitter.com/amguiral/">twitter.com/amguiral</a></p>
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        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Sat, 15 Sep 2018 12:00:04 +0000</pubDate>
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        <title>Letras, un puerto para graduarse como ciclista aficionado</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-sinfonia-del-pedal/letras-puerto-graduarse-ciclista-aficionado/</link>
        <description><![CDATA[<p>El páramo de Letras es el puerto de montaña mítico por excelencia en Colombia y uno de los más largos del mundo. Su trazado inicia en Mariquita a 495 msnm y termina en el límite entre los departamentos del Tolima y Caldas, a 3679 msnm. Dicho ascenso es una prueba decisiva para los ciclistas aficionados, [&hellip;]</p>
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<p></p>



<p>El páramo de Letras es el puerto de montaña mítico por excelencia en Colombia y uno de los más largos del mundo. Su trazado inicia en Mariquita a 495 msnm y termina en el límite entre los departamentos del Tolima y Caldas, a 3679 msnm. Dicho ascenso es una prueba decisiva para los ciclistas aficionados, que siempre estamos en la búsqueda de nuevos y más exigentes retos.</p>



<span id="more-56154"></span>



<p><strong>Bogotá, 2 de mayo de 2017. </strong>Puedo decir que el ascenso en bicicleta al Alto de Letras es un ensayo contra la renuncia. Los extenuantes 80 kilómetros de carretera serpentina son el examen más difícil para todo ciclista aficionado que le guste ostentar de sus proezas sobre la bicicleta. Pasar la prueba, no es más que dominar los crecientes deseos de renuncia que suelen atacar los ánimos de los escarabajos.</p>



<p>Recibí el ‘diploma’ de ciclista aficionado en la tarde del domingo 30 de abril 2017, fecha en la que una espesa neblina cubrió la cordillera, llevando consigo lluvias inesperadas y frío. Inicié el reto en San Sebastián de Mariquita (495 msnm), pueblo de tierra ardiente, dónde había llegado el día anterior en bicicleta, desde Bogotá.</p>



<p>Ese domingo, encaré con mucha paciencia esos primeros 25 kilómetros, hasta el empinado municipio de Fresno, un tramo para calentar el cuerpo. En ese empinado segmento, sobresalían árboles de guanábana, aguacates, y cultivos de café, entremezclados con matas de plátano.</p>



<p>El calentado de fríjoles y el tinto que tomé en aquel pueblo tolimense de acento paisa, me sirvieron de ‘combustible’, hasta el final de recorrido y, dicha parada fue la única de ese &nbsp;riguroso examen para ciclistas aficionados. Tal vez, ‘examen’ es una palabra presumida, más para ese campesino que al verme pasar, comentó socarronamente: “No hay que meterse con los bobos, porque ellos se matan solos”.</p>



<p>El desalentador comentario me recordó el viaje en bici a la Guajira, a principios de 2016, cuando pinché subiendo el alto de Las Pavas, en la vía a Medellín. Allí, con mi cara llena de sudor y grasa, mientras solucionaba el percance mecánico, un niño se me acercó y con la más pasmosa curiosidad me preguntó: “¿Usted es un ciclista de verdad?”. En esa ocasión, sonreí y muy contrariado le pedí al infante que me ayudara con la llanta para que dejara de preguntar.</p>



<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2017/05/IMG_20170430_120751.jpg" alt="img_20170430_120751" class="wp-image-56160" title="últimos kilómetros del ascenso a Letras " /></figure>



<p></p>



<p>A pesar de mis atuendos de ciclista y de los exigentes retos que me impongo, yo no compito, ni me preparo para la Vuelta a Colombia, ni el Tour de Francia, ni el Giro de Italia, pues para eso están los más jóvenes con capacidades extraordinarias, cuyos registros dejan a cualquiera con la boca abierta. Por ejemplo, el mejor tiempo en el Alto de Letras es de 3 horas 34 minutos.</p>



<p>A cambio de eso, en los tres años que llevo de aficionado activo, he desarrollado un gusto por viajar, explorar pueblos, ciudades y conocer rutas &nbsp;en bicicleta. Por ejemplo, dos semanas antes, había escalado 63 kilómetros en mi máquina de aluminio, entre Apulo y Bogotá. A principios de 2016, había recorrido 1600 kilómetros entre la capital colombiana y la Guajira, y a finales de 2014, me había enfrentado al gigantesco reto de pasar los Andes, a través de la ruta que comunica a Argentina con Chile.</p>



<p>Volviendo al ‘examen’, pasé por La Aguadita y luego por Padua, otro pueblo tolimense de acento paisa, donde los campesinos hacían sus remesas, vendían patos, tomaban cerveza y bajaban las cargas de los tradicionales <em>jeeps</em>.&nbsp; Padua es el mejor punto para tomar un descanso, pues luego de ese corregimiento, siguen Las Degaditas, lugar en el que inicia la parte más dura.</p>



<p>Mis ánimos se trastocaron en Mesones, al escuchar que aún me faltaba lo más duro y que por lo menos, en una hora llegaría a la meta. No llevaba ningún aparato para medir la velocidad, ni los kilómetros andados, iba a puro corazón, como se dice en el bajo mundo ciclístico.</p>



<p>Esos últimos kilómetros de curvas sinuosas, fueron una conexión con la naturaleza, el silencio y el agua, pues abundaban las cascadas a lado y lado de la vía. También, fueron una conexión con lo más profundo de mí ser, toda vez que salieron a flote algunas preguntas incómodas como: ¿soy un ciclista de verdad? ¿Quién me mandó a sufrir? ¿Por qué preferí el ciclismo en vez de la natación?</p>



<p>Según los registros, la primera vez que alguien pasó en bicicleta por esa vía, fue a finales de 1950, tiempos en los que se exploraban las vías para la Primera Vuelta a Colombia. “No escuchaba sino el sonido de los sapos y los grillos”, recuerda Efraín Forero, el Indomable Zipa, el primer ciclista en pasar el páramo.</p>



<p>El último tramo lo transité bajo la lluvia y acompañado de un viento tan frío como el de un congelador. Tras seis horas y 27 minutos de lucha, aparecieron los bosques enanos típicos del páramo y me parecía estar concluyendo la jornada. Un verdadero éxtasis de alegría y de dolor.</p>



<p>Pedalazo tras pedalazo, había abierto camino entre la niebla. Curva tras curva, había domado mis demonios. Allá, a 3.679 msnm, a la una de la tarde, luego de siete horas de pedaleo, una mujer del restaurante Sopa de Letras me preguntó desprevenidamente: “¿ustedes por qué hacen eso?”. Hubo un corto silencio. “Por gusto”, le respondí, mientras temblaba como un frailejón.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter"><img decoding="async" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2017/05/IMG-20170430-WA0006.jpg" alt="img-20170430-wa0006" class="wp-image-56159" /></figure>



<p>Por: César Augusto Penagos Collazos</p>



<p>Información y Contacto:</p>



<p>Facebook: @LaSinfoniaDelPedal</p>



<p>Instagram: @La_Sinfonia_Del_Pedal</p>



<p>mail: lasinfoniadelpedal@gmail.com</p>
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        <author>César Augusto Penagos Collazos</author>
                    <category>La Sinfonía del Pedal</category>
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        <pubDate>Tue, 02 May 2017 21:31:38 +0000</pubDate>
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