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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Blogs El Espectador | Blogs El Espectador</title>
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        <title>¿Por qué un blog de filosofía en El Espectador?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/la-tortuga-y-el-patonejo/por-que-un-blog-de-filosofia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Primera entrega de la re-edición de las viejas entradas de La tortuga del patonejo, en la que se presentan algunas razones que respaldan este blog.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p><em>(Entrada publicada originalmente el <a href="https://web.archive.org/web/20230321085246/https://blogs.elespectador.com/cultura/la-tortuga-y-el-patonejo/por-que-un-blog-de-filosofia-en-el-espectador">5 Dic 2009</a>.)</em></p>



<p>Si se entiende esta pregunta como “¿por qué en El Espectador y no en El Tiempo (o en El Espacio, ya adentrados en ejemplos escabrosos)?”, la respuesta es obvia: porque en El Tiempo sería muy probablemente censurado, y en El Espacio no les interesaría en lo más mínimo publicarlo—lo cual es de lamentar, siendo El Espacio el periódico preferido por el segmento de población más desfavorecido del país. Creo que una mejor manera de entender la pregunta sería: ¿por qué, y para qué, publicar un blog de filosofía en el sitio internet de uno de los pocos periódicos dignos de tal nombre de Colombia? ¿No es la filosofía un asunto demasiado abstracto para ser abordado por un&nbsp;<em>diario</em>—por un medio cuyo objeto es el presente mismo? ¿Por qué sería bueno incluir en una visita al sitio de El Espectador la lectura de un blog de filosofía?</p>



<p>A la filosofía se le suele concebir como el ejercicio de personas solitarias, extrañas, alejadas del “mundanal ruïdo”,&nbsp; concentradas en pensamientos abstrusos y, finalmente, ininteligibles. A diferencia del científico, el filósofo no provee resultados concretos, no&nbsp;<em>expande&nbsp;</em>el conocimiento. Lo que encontramos en filosofía es un conjunto de teorías en pugna acerca de cómo y qué responder a una serie de preguntas bizantinas, preguntas que nadie más sino los filósofos se hacen y que no tienen mayor importancia para la gente del común. Al final de cuentas, aunque mañana se demostrase la existencia (o la inexistencia) del conocimiento&nbsp;<em>a priori</em>, la vida del señor de los seguros, o la de la ingeniera, no cambiarían. Esto no sucede con la ciencia, pues aunque el lechero y el burócrata poco entiendan de física cuántica o de biología molecular, tienen la—correcta—intuición de que el progreso de la ciencia trae consigo un avance tecnológico y, por consiguiente, un mayor bienestar para la humanidad. Los aviones, las computadoras, la luz, los medicamentos, este mismísimo blog: todo ello es fruto del avance de la ciencia. ¿Y qué ha traído el “avance de la filosofía”—si tal cosa existe?</p>



<p>Esta imagen, aunque caricatural, contiene una gota de verdad, y es que no se le hace justicia a la filosofía al juzgarla con los mismos parámetros bajo los cuales juzgamos a la ciencia. La ciencia no trabaja solamente con&nbsp;<em>conceptos</em>; la filosofía, en cambio, sí. No es la única. La matemática y la lógica también son disciplinas enteramente conceptuales, en el sentido en que no se acude al método experimental para resolver problemas lógicos o matemáticos. Un ejemplo de una pregunta clásica en filosofía es: “¿qué cosa es el conocimiento?”. Nótese que ésta podría ser una genuina preocupación científica; no obstante, la filosofía y la ciencia abordarán esta pregunta desde diferentes perspectivas y, sobre todo, con diferentes herramientas. La neurociencia buscará una respuesta acuñada en términos de los sucesos cerebrales involucrados cuando alguien dice saber algo (“cuando una persona dice saber que las rosas son rojas, las zonas D y F de su cerebro presentan una actividad eléctrica mayor que cuando está observando unas rosas rojas”). En contraste, la filosofía buscará&nbsp;<em>definir&nbsp;</em>o&nbsp;<em>esclarecer&nbsp;</em>lo que entendemos por “conocimiento” mediante un&nbsp;<em>análisis&nbsp;</em>de tal concepto—mediante una investigación de lo que se requiere para que la creencia de una persona pueda ser catalogada como una parte del conocimiento que esa persona tiene,&nbsp;<em>sean cuales sean los procesos físicos involucrados en el proceso cognitivo</em>. La neurociencia busca describir los procesos cerebrales que hacen físicamente posible el conocimiento humano; la filosofía pretende determinar qué hace que tales procesos sean genuinas instancias de conocimiento. Así pues, esperar que la filosofía nos provea del mismo tipo de respuestas que la ciencia es como esperar que un martillo pueda hacer–con éxito–las veces de un clavo.</p>



<p>Estas preocupaciones, naturalmente, son muy generales, y pocas veces se logra llegar a un verdadero consenso acerca de lo que se está juzgando. Sin embargo, no se llega a esta divergencia de opiniones por mero capricho o por especulación gratuita. Se llega a tales discrepancias con base en&nbsp;<em>argumentos</em>, es decir, mediante métodos perfectamente racionales. Y éste es un punto que no está de más enfatizar. Pues la gente del común concibe al filósofo como una persona con ideas locas, confusas u obviamente falsas—mi madre, por ejemplo, cuando abordamos algún tema polémico, me exhorta a&nbsp; pensar como una persona “real”, no como un filósofo. Pero éste es un prejuicio que se basa (como casi cualquier prejuicio) en una profunda ignorancia de lo que se prejuzga. Es indiscutible que algunos filósofos han llegado a pensar cosas muy poco intuitivas—como por ejemplo que no podemos estar seguros de si existe o no un mundo fuera de nuestras mentes—,&nbsp; pero éstos&nbsp;<em>nunca&nbsp;</em>son pensamientos “obviamente falsos”, “confusos” o “locos”. Por el contrario, esos pensamientos están fundamentados en razonamientos&nbsp;<em>deductivos</em>&nbsp;construidos a partir de ideas que el hombre de la calle aceptaría sin rechistar. De tal modo que lo que es obviamente falso no son las ideas del filósofo, sino la opinión del común de la gente de que las ideas del filósofo son obviamente falsas. Por consiguiente, si bien el ejercicio filosófico no suele llegar a la verdad, al menos procura algo que es, por así decirlo, “la antesala de la verdad”: la duda razonable. Es preferible ser circunspectos y tener en claro que muchas de nuestras creencias&nbsp;<em>podrían&nbsp;</em>ser falsas, a vivir en un sueño dogmático donde se toma lo falso por indubitablemente verdadero.</p>



<p>En conclusión, creo que si algo se puede ganar de un paseo quincenal por los jardines de la filosofía, además de un poco de cultura general—que nunca está de más, pero es siempre insuficiente—, es el buen hábito de cuestionar de manera&nbsp; racional lo que tomamos usualmente como exento de duda. En una época tan oscura como ésta, en la que se glorifica la “pasión” del colombiano (un eufemismo para su carencia de pensamiento crítico), en la cual un gran&nbsp; segmento del periodismo se reduce a servir de corifeo a quien detenta un poder casi absoluto, y en la cual personas con las más crasas opiniones posan de intelectuales y sabihondos, un poco de sano escepticismo no está de más.</p>



<h4 class="wp-block-heading">Post-scriptum</h4>



<p>Ésta fue mi primera entrada en este blog. Apenas ahora caigo en cuenta de que tiene muchos más años de lo que pensaba.</p>



<p>Si tuviera que hacer hoy una entrada con el mismo tema (la utilidad de un blog de filosofía pública en El Espectador), no creo que el argumento que propondría tendría un aspecto muy diferente del que tiene el que originalmente ofrecí.</p>



<p>La conclusión sería la misma: este blog debería servirle al o la lectora en parte para ampliar su cultura filosófica, y en parte para ejercitar su razón especulativa. Ambas son cosas lindas, entretenidas y útiles para fomentar una actitud más circunspecta en torno al cúmulo de ideas, valoraciones, actitudes y puntos de vista que llamamos &#8216;opinión pública&#8217;.</p>



<p>Sin embargo, habría reservado menos tinta para el contraste entre ciencia y filosofía y más para la conexión entre la calidad de nuestras habilidades analíticas y la de nuestra vida política y social. Son tiempos más ásperos. Habría profundizado en la manera en que la filosofía nos permite evaluar nuestro comportamiento vía el examen racional de nuestras creencias. Habría tomado ejemplos puntuales para ilustrar mi tesis: la homofobia, el racismo, la misoginia y el fanatismo político o religioso son algunos de los que primero se vienen a la mente.</p>



<p>Incidentalmente, creo que habría añadido algo acerca del valor agregado que la voz del o de la filósofa le aporta al debate público. ¿Qué ponemos, mis colegas y yo, sobre la mesa? No quiero extenderme sobre este punto, así que intentaré ser breve. En una frase: una imaginación curtida por la contemplación de la posibilidad, embridada con rigor por el cultivo de la lógica, y motivada por el deseo de hallar algo bello, bueno y verdadero en este triste y bajo mundo.</p>



<p><em>IG: <a href="https://www.instagram.com/pater_doloroso/">@pater_doloroso</a></em></p>
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        <author>Baba</author>
                    <category>La tortuga y el patonejo</category>
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        <pubDate>Sat, 02 Aug 2025 19:32:33 +0000</pubDate>
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        <title>El gran reencauche</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/la-tortuga-y-el-patonejo/el-gran-reencauche/</link>
        <description><![CDATA[<p>Se viene la re-edición de La tortuga y el patonejo.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>No supe cómo, ni por qué, ni cuándo, ni nada, pero hace un par de meses que quise publicar algo en este blog, caí en cuenta de que las treinta y tantas entradas que había publicado a lo largo de casi diez años de irregular colaboración con El Espectador, ahora se reducían a <em>tres</em>. Para colmo de males, una de éstas, en mejores tiempos la segunda entrega de una serie tripartita dedicada a lo que se conoce en filosofía como &#8216;el problema mente-cuerpo&#8217;, era ahora la segunda entrega <em>de una</em>. Si usted es de los que creen que esto no tiene sentido alguno, ya somos dos. Pero por favor no me increpe <em>a mí</em>: increpe a lxs editorxs de esta sección, quienes se tomaron la libertad de eliminar prácticamente todo mi contenido del sitio de Blogs de El Espectador, por la derecha, sin previo aviso ni bendición de mi parte.</p>



<p>En el momento en el que escribo no tengo ciencia cierta de qué fue lo que sucedió. Sé que a comienzos del año pasado lxs editorxs decidieron darle una enchuladita a la sección de blogs de El Espectador; que aparentemente me mandaron un correo; que éste nunca me llegó, y que en efecto el contenido que mencioné fue dado de baja&#8211;según criterios editoriales que aún no me comparten pero que, dado lo absurdo de sus resultados, en verdad me encantaría conocer. Si usted visita mi <a href="https://blogs.elespectador.com/author/latortugayelpatonejo/">página personal</a> en este diario notará que, junto con ésta, sólo aparecen tres entradas más. (Eliminé la entrada sobre el problema mente-cuerpo, pues sin el contexto brindado por la primera entrega, leer la segunda era tan áspero como tragarse un milhojas de cartón.)</p>



<p>Aquí podría comenzar a despotricar de lo lindo en contra de tan amables editorxs, porque razones no me faltan. Pero no hallo la motivación. Quién sabe qué les pasó por la cabeza a estas personas. Últimamente encuentro que la seriedad es un activo más bien raro en este negocio.</p>



<p>Por fortuna, existe una herramienta del <a href="http://web.archive.org">Internet Archive</a> que permite recuperar contenidos purgados de sitios web como los de El Espectador. Me alivió mucho saber esto porque, siendo un incauto usuario de esta plataforma (y no habiendo experimentado antes problema alguno), no contaba con un respaldo de <em>ninguna</em> de mis entradas (mea culpa). No es que piense que, mas allá de lo que incumbe a mi auto-biografía, todas ellas son de gran valor; pero, para parafrasear a <a href="https://www.ulb.uni-muenster.de/en/sammlungen/nachlaesse/sammlung-frege.html">Frege</a>, algo de valor puede encontrarse en ellas&#8211;o al menos eso creo. </p>



<p>Éstas son las razones que me compelen a re-publicar esas viejas entradas que una insólita directiva eliminó, en la espera de una respuesta oficial que devele la justificación editorial de esa directiva. Todavía pondero si hacer adendas o no a los textos reciclados. Probablemente lo haga; podría estar bonito.</p>



<p>No me encanta el plan de &#8216;reencauche&#8217; que les propongo; hubiera preferido no hacerlo y, sobre todo, no <em>tener </em>que hacerlo. Pero yo ya expuse aquí mis razones; quienes guardan silencio, incluso después de mis explícitos y al menos por ahora desatendidos reclamos, son otras personas.</p>



<p>IG: <a href="https://www.instagram.com/pater_doloroso/">@<em>pater_doloroso</em></a></p>
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        <author>Baba</author>
                    <category>La tortuga y el patonejo</category>
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        <pubDate>Wed, 23 Jul 2025 16:50:12 +0000</pubDate>
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