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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Babilonia | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Enheduanna (2285-2250 a.C.)</title>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Cuando pensamos en las primeras referencias literarias, tal vez pueda venírsenos a la cabeza la figura de Homero o de Hesíodo, pero mil quinientos años atrás nos encontramos con los que tal vez fueran los primeros escritos que contaron con la firma del autor. Se trata de una mujer. <em>Enheduanna</em> era ciertamente un título concedido en Ur (actual Irak), siendo “<em>En</em>” el nombre con el que se designaba a los más altos sacerdotes, “<em>Hedu</em>” que significa “adorno” y “<em>An</em>” que traduce “cielo”. La traducción del sumerio bien podría ser pues la de “alta sacerdotisa adorno del cielo”, y aunque se desconoce su nombre de pila, hoy y siempre se le conocerá como Enheduanna. Mucho antes de Safo de Lesbos, Enheduanna podría ser la primera poetisa, la más antigua incluso en el mundo de la literatura y definitivamente la única mujer en la literatura mesopotámica. Al menos sería una de las primeras personas en considerar que su obra merecía romper con el anonimato y contar con la rúbrica, la firma de quien lo había escrito, el sello que distinguía la autenticidad de un autor. Enheduanna sería pues la primera autora que registró una obra escrita y aunque apenas si conocemos su firma, ya que de su historia poco se sabe. Sabemos que se trataba de una princesa acadia, hija de la reina Tashlultum y del rey Sargón I de Akkad, gobernador de territorios que comprendían el sur de la región sumeria, y que a la larga lograría consolidar con la zona norte hasta unificar a Mesopotamia. Sería su propio padre quien en una jugada política que le permitiera ganar mayor poder en su gobierno, y ante la controversia de muchos por tratarse de la primera mujer en ostentar dicho cargo, nombraría a su hija como <em>En </em>de Nanna (o Nannar), divinidad encarnada en la luna y que configuraba una presencia notable dentro del panteón mesopotámico. A su padre lo sucedió Rimush, hermano de Enheduanna, por lo que esta continuaría ejerciendo en sus funciones sacerdotales. Pero es entonces cuando un personaje conocido como Lugalanne aprovechará el descontento político y social del momento para usurpar el cargo de <em>En, </em>destituyendo a la sacerdotisa y ordenando su exilio, y aunque pasado un tiempo pudo regresar para ser restituida en su cargo. Su obra más conocida sería pues un texto en parte autobiográfico, donde a manera poética Enheduanna sabrá plasmar su desdicha y tristeza luego de haber sido expulsada de los templos de Ur, además de expresar su adoración a la diosa Inanna. La obra se conoce como <em>Nin-Me-Sar-Ra (La exaltación de Inanna), </em>componiéndose de ciento cincuenta y tres versos, de los cuales los primeros 65 son breves epítetos dedicados a Inanna, a quien compara con <em>An, </em>y la siguiente parte de la obra nos contará sus pesares, y pedirá auxilio a su diosa: “Yo, la que alguna vez se sentó triunfante fui arrojada del santuario, como una golondrina me hizo volar por las ventanas, y mi vida se fue consumiendo. Él me hizo caminar sobre las breñas al borde del desierto, me arrancó la corona<em> y me dio daga y espada: ‘esto es para ti’, me dijo.” Escritas sobre tablillas de arcilla, las palabras cuneiformes de Enheduanna estarán consagradas a la adoración de los dioses, la veneración de templos y, como todo poeta, a sus desdichas y lamentos. </em>Se tiene registro de cuarenta y dos himnos de su autoría reconstruidos a partir de treinta y siete tablillas que hoy conocemos como <em>Los himnos de los templos sumerios, </em>y que llevan por primera vez el registro del creador que de esta forma anuncia su obra: “El compilador de las tabletas fue En-hedu-anna. Mi rey, se ha creado algo que nadie ha creado antes.” Durante los siguientes siglos estos himnos serían copiados y reproducidos dentro de la cultura babilónica, convirtiendo a Enheduanna en una figura reconocida, e incluso podría también considerarse su obra como un primer intento de sistematizar una incipiente teología. No se descarta la idea de que haya otros textos que habrían sido escritos por Enheduanna y los cuales no contarían con su firma. Se recuerda también el mito de <em>Inanna y Enki</em>, donde la diosa Inanna con ayuda del dios Enlil se bate en duelo con una montaña llamada Enki. Este escrito se interpreta a partir de lo que se conoció como “La maldición de Akkad”, cuando el rey acadio Naram-Sin, tío de Enheduanna, fuera desterrado y maldecido por un personaje llamado Enlil. En sus escritos Enheduanna también cuestiona su trabajo creativo y sus dificultades, remontando hasta el principio de los tiempos esa extraña precaución frustrante que experimentan los escritores y que es conocido como el temor de la página en blanco. Para ese entonces ya el ser humano se preguntaba cómo condensar sensaciones, sentimientos, anécdotas y todo tipo de expresividad por medio de las palabras. La poetisa relata cómo pasaba sus horas nocturnas componiendo un escrito que esperaba viera la luz del próximo día. La poetisa buscará en las divinidades el auxilio, la inspiración y el consuelo para continuar su faena poética, tal como en otros tiempos los poetas acudirán a las musas para encontrar a través de ellas la siguiente palabra, la palabra precisa. Inspirada pues en las deidades, su poesía es un cántico de alabanza a los astros, en donde también podemos atribuirle varios aportes, al patentar con suma exactitud el movimiento de varios cuerpos celestes, mapas, medidas estelares y otras observaciones científicas que la posesionan como una de las primeras astrónomas y matemáticas; de hecho, es a ella a quien se le atribuye la construcción de algunos observatorios al interior de los templos, y dichas predicciones astrales permitirían la creación de los primeros calendarios religiosos, varios de estos empleados hoy día. Tal fue su aporte en el campo científico de la astronomía, que en el 2015 un cráter en el planeta Marte sería bautizado con su nombre. Hacia 1927 pudimos darle crédito histórico a su existencia a través de hallazgos arqueológicos excavados en Ur, lo que se presume se trató de la estancia en la que moraba la sacerdotisa, y entre los que se encontró un disco de alabastro con su nombre y su imagen. El disco, fragmentado, sería reconstruido, y en su imagen se aprecia a Enheduanna vistiendo una amplia capa, mientras vierte un líquido en una jarra a manera de sacrificio y es asistida por tres hombres que la rodean. La figura sin duda refleja su elevado estatus de autoridad, representando ya desde la antigüedad una personificación de espiritualidad y sabiduría. También se han hallado estatuas y sellos que llevan su nombre, y otras reproducciones de su imagen, por lo que se adivina que con el paso del tiempo siguió siendo una figura admirada y recordada. Al menos su presencia en la tierra sirvió como un modelo de la enseñanza femenina y la educación de las mujeres, quienes en los estratos más altos comenzarían a interesarse por el arte y la cultura y demostrar sus talentos artísticos como lo haría la primera poetisa. De manera que en el mundo literario la mujer no comenzaría siendo la musa, para ser ella misma quien fuera la autora de cuentos y relatos, y aunque con el paso del tiempo no pudo mantener ese protagonismo y acabaría convirtiéndose en la fuente de inspiración de los poetas. Los escritos de Enheduanna han sido traducidos a varias lenguas, y su historia ha venido cobrando notoriedad en los últimos años a través de biografías y varios libros que se han escrito sobre su nombre, la primera.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Sat, 11 Nov 2023 04:36:17 +0000</pubDate>
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        <title>Hera (Juno)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Entre las tantas mujeres que tuvo el promiscuo Zeus, Hera “Ἥρα” fue sin duda la que estaba considerada como su esposa oficial. Hija del titán Crono y de Rea, Hera había sido ingerida por su padre luego que a éste le vaticinaran que uno de sus hijos le daría muerte para quedarse con su trono. El [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Entre las tantas mujeres que tuvo el promiscuo Zeus, Hera “Ἥρα” fue sin duda la que estaba considerada como su esposa oficial. Hija del titán Crono y de Rea, Hera había sido ingerida por su padre luego que a éste le vaticinaran que uno de sus hijos le daría muerte para quedarse con su trono. El titán ya se había engullido a sus otras hermanas Hestia y Deméter, y después de ella se tragó a Hades y a Poseidón, hasta que Rea se aseguró de que su hijo menor, Zeus, no padecería la desdicha de ser comido por su padre, haciéndole creer a su marido que una piedra envuelta en un pañal era el último de su descendencia. Rea escondió a Zeus en una gruta ubicada en Creta y esperó hasta que éste se hiciera fuerte, cuando entonces Metis dio de beber una pócima a Crono para que trasbocara a sus demás hijos, dando origen a la rebelión liderada por Zeus de los dioses contra los titanes, conocida como la Gigantomaquia, y que luego de diez años lograrían ganar los dioses olímpicos. Los romanos la conocerían como la diosa Juno, pero no se ponen de acuerdo respecto al significado de su nombre: horas, héroe, ternera. Tampoco se sabe respecto a su crianza, que se le atribuye a Tetis y a su esposo Océano, pero también se dice que fue criada por las Horas, por el héroe Témeno, o por las hijas de Asterión. Su mito precede al de otros dioses del Olimpo, por lo que hacia el 801 a.C. su presencia en toda Grecia ya era adorada y venerada, siendo una de las primeras divinidades a las que se le construiría un templo cerrado, quizás para oficiar las bodas al interior de un recinto que estaba consagrado a la diosa encargada por velar la santificación de las parejas. Este templo ubicado en las inmediaciones de las ciudades micénicas de Argos y Micenas, concretamente en Samos, sería agrandado y remplazado por el templo de Hereo, uno de los más grandes construidos en la antigua Grecia, y en donde se llevaban a cabo las festividades conocidas como las “Hereas”. Pero el mito de Hera se extendería a otras regiones, gozando de una popularidad que abarcaba territorios como Armenia, Babilonia, Irán, Egipto y Asiria, y por lo que otros muchos templos se edificaron en su honor, como el templo de Olimpia. Tratándose de su hermana mayor, Zeus y Hera compartían un mismo estatus como dioses olímpicos, por lo que su presencia en la vida del gran dios opacaría a sus dos antiguos matrimonios con Metis y Tetis. En <em>La Ilíada </em>Hera le dice a Zeus: “También yo soy una deidad, nuestro linaje es el mismo y el artero Crono me engendró la más venerable, por mi abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de ti que reinas sobre todos los inmortales.” Se cuenta que Hera rechazaría más de trescientas propuestas que Zeus ideó para seducirla, y al ver que no encontraría su aprobación decidió que lo mejor sería engañarla, transformándose en un desahuciado pájaro cuco que volaba en la lluvia sin encontrar amparo. Hera se conmovió del pájaro y lo acunó entre sus senos, y fue entonces cuando Zeus recuperó su forma y consiguió poseer a la diosa. La boda fue de lo más especial, ya que Hera es por definición la “Diosa del matrimonio”, y el lugar elegido para su celebración sería el jardín de las Hespérides, aunque Homero en <em>La Ilíada </em>indica la cumbre del Ida, de Frigia, como el sitio donde se celebrarían las nupcias. Al festejo acudieron todos los dioses y semidioses a excepción de Erigia, diosa de la pereza, que no en vano tendría su castigo por tan grande desacato y terminaría convertida en tortuga. Hera se perfila de esta manera como un prototipo de la esposa tradicional, celosa de su marido, vengativa con sus amantes, irascible y neurótica, preocupada por mantener un entorno familiar, y aunque no sobresalía particularmente por ser una madre ejemplar. Con Zeus tuvo a Ares, dios de la guerra; Ilitía, diosa de los partos; Hebe, diosa de la juventud, y Enio, diosa de la destrucción. A Hera se le suele representar como una mujer matriarcal, madura, coronada con el “polos” (la corona de las grandes diosas), acompañada de un cetro y aposentada en su trono, glorificada y majestuosa. Lleva en su mano una granada o a veces una cápsula de amapola como símbolo de fertilidad. También sería la madre del dios Hefesto, dios de los herreros, luego de que se enterara que su esposo había tenido a la diosa Atenea cuando ésta brotó de la cabeza de Zeus. A su manera, envidiosa, ella también se las arregló para tener a su propio hijo sin la intervención de un hombre. Pero a la madre no le gustó el aspecto jorobado y la cojera de Hefesto, por lo que lo arrojó del Olimpo, acto que le valdría la furia del huérfano, que al desarrollar sus destrezas con el fuego y el hierro forjaría un trono siniestro para su madre. Hera se sentó en la silla que tenía el embrujo de apresarla, y no pudo liberarse hasta que negoció con Hefesto, dándole a la bella Afrodita para desposarla. Otros relatos dicen que Hera escapó cuando Dioniso emborrachó a Hefesto y lo llevó de regreso al Olimpo en el lomo de una mula. De igual forma existe otro relato en donde Hera vengó el nacimiento de Atenea considerándolo una infidencia más de su esposo, y acudiendo al auxilio de su abuela Gea para que de la tierra hiciera brotar a otro de sus hijos, conocido como Tifón. La diosa figura en una cantidad de historias que componen la mitología griega, y en casi todos aparecerá tramando venganzas contra las amantes del mujeriego empedernido que era su marido o celando sus actuaciones, y en las cuales a pesar de recibir uno que otro castigo generalmente suele salirse con la suya. Tal es el caso de Leto, quien tendría problemas para parir después de que Hera le hubiera prohibido a esta amante asentarse en tierra firme, asegurándose además de retener a su hija Ilitía para que velara el alumbramiento, y hasta que Leto encontró la isla flotante de Delos y fue allí donde pudo por fin dar a luz a los dioses Apolo y Artemisa. Sémele fue otra amante que tuvo que sufrir la violenta venganza de una esposa despechada, y así su hijo Dioniso que sería despedazado por un par de titanes enviados por Hera para asesinarlo. Zeus recogió el corazón de Dioniso y lo dio de comer a Sémele, y aunque otras versiones dicen que lo coció a su propia pierna, pero sea de una u otra forma permitió que Dioniso volviera a nacer, y por lo que es conocido como el “nacido dos veces”. Por su parte Sémele sería obligada por Hera para que le pidiera a Zeus que se mostrara en su forma original, y a lo que ni ella ni su infiel esposo pudieron negarse, y luego de lo cual los rayos del verdadero dios manifestándose ante una mortal acabarían por matarla. Otra amante que no escapó de la ira de Hera sería la princesa argiva llamada Ío, a quien Zeus trató de ocultar transformándola en una ternera blanca. Pero su esposa, experta en las mañas de su infiel marido, sospechó que esa ternera escondía algún secreto y le pidió a Zeus se la regalara para encargarse ella misma de sus cuidados. Según los relatos de Ovidio Hera le confió la custodia de Ío al gigante Argos Panoptes para que éste vigilara con sus cien ojos a la ternera, pero enviado por Zeus el intrépido Hermes, disfrazado de pastor, entretuvo al guardián con historias banales hasta que acabó durmiendo cada uno de sus cien párpados, y tras lo cual aprovechó para ejecutarlo de una pedrada y rescatar a Ío. Hera tomó los ojos de Argos y con ellos adornó el plumaje del pavo real, además de dejar a Ío convertida para siempre en vaca, obligándola a vagar sin sosiego y a ser continuamente azuzada por un tábano. Otra amante que padecería haberse entrometido en la vida conyugal de Hera sería la reina de Libia, Lamia, quien se convirtió en un monstruo después del espanto sufrido tras la muerte de sus dos hijos a manos de Hera, que además agravaría su dolor obligándola a no cerrar nunca los ojos para así mantener latente el asesinato de sus hijos. Zeus quiso remediar su sufrimiento permitiéndole sacarse y ponerse los ojos según su antojo, pero desde entonces Ío no pudo tolerar que otras mujeres se convirtieran en madres y desde entonces se dedicó a devorar a los recién nacidos. A Antígona, otra mujer que se atrevió a coquetear con su marido, le convirtió sus cabellos en serpiente, y los dioses queriendo apiadarse de ésta, acabaron transformándola en cigüeña. Tampoco saldrían bien librados aquellos que complotaran para que su marido cometiera sus infidencias, como en el caso de Eco que entretenía con el poder de su oratoria a la diosa Hera mientras Zeus se escapaba con alguna de sus amantes, y al enterarse de la treta la esposa traicionada silenciaría la melodiosa voz de Eco, limitándola a repetir únicamente la última palabra que había escuchado. Así también castigó con la locura a Tamante e Ino por haberse ocupado de la crianza de Dioniso. Pero sin duda el mito en el que estará más presente la inagotable esposa celosa será en el del héroe Herácles, conocido como Hércules para los romanos. Herácles fue el producto de una infidencia más de Zeus, y quien tuviera que pagar el enojo y la deshonra de Hera desde antes de nacer y a lo largo de toda su vida. A la madre Heracles y amante de su esposo, Alcmena, la diosa traicionada le sujetó las piernas y las amarró con un nudo para que no pudiera dar a luz, pero una ayudante de Alcmena llamada Galantis se las arregló para servir en el parto, y por lo que Hera la castigaría convirtiéndola en comadreja. Alcmena intentó contentar a Hera bautizando a su hijo con un nombre que significa “la gloria de Hera”, pero esto no serviría para aplacar su odio. Después intentó asesinar a Herácles dejando en su cuna un par de serpientes, las cuales fueron estranguladas por la fuerza hercúlea de un niño que ya empezaba a mostrar las condiciones propias de un futuro héroe. Zeus quiso engañar a su esposa y le pidió que amantara a un infante, ocultándole que se trataba de su hijastro Herácles, y la leyenda cuenta que una vez la diosa se enteró del engañó y desprendió la boca del niño que se amamantaba de su seno, un chorro de leche materna fue expulsado y a esa mancha en el universo es a lo que se le conoce como la “Vía láctea”. Hera le pidió al rey de Micenas, Euristeo, que le encomendara al valiente Herácles el cumplimiento de doce tareas que parecían imposibles, y más aún cuando la peligrosa diosa estaría al acecho y en un intento por impedir el cometido del héroe. Fue así como dificultó la pelea que Herácles sostenía con la hidra de Lerna enviando un cangrejo para que le picara los pies, o cuando elevó las aguas del río e hizo que un tábano espantase a las vacas que Herácles había robado a Gerión, y tras lo cual Hera saldría malherida por una flecha de tres puntas que Herácles logró incrustarle en el pecho derecho. Hera soplaría vientos y desataría tempestades cuando Herácles regresaba a Troya y haría todo lo que estuviera a su alcance para que el héroe no completara su hazaña, pero finalmente Herácles se presenta ante Euristeo ofreciendo el ganado a Hera, quien se negó al sacrificio del Toro de Creta ya que era un símbolo de gloria. El toro quedó en libertad y luego de un largo peregrinaje llegó hasta Maratón, por lo que es conocido como el Toro de Maratón. Al final la historia de Herácles y Hera parece haber terminado en un final feliz, y antes de que el héroe muriera y fuera consagrado como otro dios olímpico ya ambos habían limado sus asperezas. Parece que fue Herácles quien defendió y dio muerte a Porfirión, el gigante que ya había arrancado las vestiduras de Hera y que estaba a punto de violarla, dándole un flechazo que acabaría además con una larga historia de conflictos entre una mujer y su hijastro. Incluso se dice que como recompensa Hera ofreció a su hija Hebe para que Herácles la desposara. Hera es figura en otras tantas leyendas donde se muestra siempre violenta y combativa, susurrándole a Artemisa al oído para que matara a Calisto, tramando un plan maquiavélico para acabar con todo aquel que se atreviera a amenazar su matrimonio y desafiar su honra y su belleza. Es el caso de Gerana, reina de los pigmeos, quien se preció de ser más hermosa que Hera y por lo que recibió en castigo la trasformación en grulla, y cuyo pájaro sería un eterno enemigo de los habitantes de su antiguo reino. Tiro fue asesinado por Pelias en un templo dedicado a Hera, lo que jamás perdonaría la diosa, y fue por esto que decidió ayudar a Jasón a cruzar sin apuros los pasos de Caribdis y Escila y encargarse de que su navío superara las Rocas Cianeas, y de esta forma los Argonautas pudieran hacerse al vellocino de oro con el cual finalmente destronarían a Pelias de Yolco. La <em>hybris</em> de los reyes de Tracia, Hemo y Ródope, sería castigada por la diosa cuando estos se creyeron tan soberbios como los dioses y acabaron siendo trasformados en las montañas de los Balcanes y los montes Ródope. Sin embargo uno de los mitos en donde mayor influencia habrá tenido la esposa de Zeus, fue aquel acaecido durante la boda de Tetis y Peleo, y en la cual se llevó a cabo una competencia por elegir a la más bella de todas las diosas. El juez encargado de otorgar el premio de una manzana a la más bella estaba en cabeza del príncipe troyano de Paris, a quien no convenció la propuesta de Hera de convertirlo en un hombre adinerado si la elegía a ella como la ganadora del certamen, y así también rechazó los ofrecimientos de Atenea, para quedarse finalmente con el ofrecimiento de Afrodita, quien prometió otorgarle el amor correspondido de la mortal más hermosa de la tierra. El amor entre Paris y Helena desataría la guerra de Troya, guerra que estuvo influenciada por los tantos dioses que intervinieron de parte y parte, inclinándose Hera por el bando de los aqueos como venganza contra Paris por no haberla premiado con la manzana de la discordia. <em>La Ilíada </em>cuenta cómo Hera se peleó incluso con su hijo Ares y e hirió con el arco a la diosa Artemisa, y cómo entretuvo a Zeus para que éste desatendiera su protección a los troyanos, y así también protegió a Menelao convirtiéndolo en inmortal y amparó a Aquiles cuando éste se enfrentó a Eneas. Con su marido discutía sobre cualquier asunto y su furia se desataría sobre cualquier mortal, como en el caso del sacerdote Tiresias, quien quedaría convertido en mujer luego de desanudar una pareja de serpientes que estaban copulando, y quien pasados siete años volvería a recuperar su género luego de repetir el acto con otras dos serpientes que encontraría amándose en su camino. La pareja de dioses apostaron por quién lograba alcanzar un mayor placer sexual, creyendo Zeus que era el caso de la mujer y por su parte Hera creyendo que se trataba del hombre, y quién mejor para dilucidar esta duda que aquel que vivió la experiencia de poseer ambos sexos. Tiresias, quien como mujer había tenido dos hijos, dio la razón a Zeus testimoniando que el placer femenino era un noventa por ciento superior al placer de los hombres, y por lo que Hera enojada privó de la vista al desgraciado sacerdote. No pudiendo desobedecer el actuar de su mujer, Zeus quiso mitigar en parte la pena de Tiresias dotándolo con el don de la clarividencia y la profecía. Y en algún momento de la eternidad Hera tendría que agotarse de las infidencias de su marido y fue entonces cuando complotó con Apolo, Atenea y Poseidón para que se unieran y juntos destronaran a Zeus en una rebelión que en principio parecía sencilla, cuando lograron atarlo a la cama en la que dormía y hurtarle su rayo para que no pudiera defenderse. Sin embargo el dios de los cielos recibió la ayuda de Tetis y Brearei (el gigante de cien brazos), quienes liberaron a Zeus para que éste retomara el control del Olimpo. De alguna forma los insurgentes recibieron su castigo por semejante irreverencia, teniendo que amainar Zeus los ánimos acalorados de su mujer, sujetándola con cadenas de oro y atándole un par de yunques en sus pies. Pero no todo sería un desencuentro permanente en la pareja, y también Zeus se encargaba de celar, velar y proteger a su esposa, como cuando la libró del peligro que la acechaba luego de que Ixión la atacara en medio de un arrebato incontenible por poseerla, ocultando a su reina en una nube que fabricó para que ni Ixión ni ningún otro la atacara jamás, cuidando de su diosa, la diosa de su Olimpo.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Fri, 02 Dec 2022 23:58:38 +0000</pubDate>
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        <title>Olimpia de Epiro (375 a. C-315 a. C.)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Tuvo su historia propia, pero se le recordará principalmente por haber dado a luz a Alejandro Magno. Es más, sería ella quien haría de su hijo un grande. Bruja, mística, supersticiosa, el día antes de su boda tuvo el sueño premonitorio de que un poderoso rayo le atravesaba el vientre y le encendía con fuego [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Tuvo su historia propia, pero se le recordará principalmente por haber dado a luz a Alejandro Magno. Es más, sería ella quien haría de su hijo un grande. Bruja, mística, supersticiosa, el día antes de su boda tuvo el sueño premonitorio de que un poderoso rayo le atravesaba el vientre y le encendía con fuego sus entrañas. Su esposo Filipo II dice también haber soñado con que le grababa a su esposa en el vientre la figura monárquica del león. El oráculo no tendría mayores inconvenientes al momento de interpretar estos sueños como un augurio del nacimiento premonitorio de un rey jamás visto. Alentó a su hijo para que desde muy niño se convenciera de que los dioses mismos lo habían señalado para que su porvenir fuera la grandeza. Encargó su formación intelectual a los más avezados maestros de la época, como es el caso de Aristóteles, y sería su padre quien se hiciera cargo de su instrucción física y militar, haciendo de su hijo un guerrero formado en todas las disciplinas de la lucha y del intelecto. De esta forma el niño crecería como creyéndose de que se trataba de una especie de semidios, y su voluntad y disciplina lograrían formar un carácter que estuviera acorde con este destino. Olimpia era hija del rey de Molosia, en la región balcánica de Epiro, al noroeste de la actual Grecia, y antes de contraer matrimonio llevaba el nombre de Políxena en honor a la hija de Príamo que había sido sacrificada sobre la tumbad de Aquiles. Pero muy pronto quedó huérfana y sería su tío quien estaría a cargo de velar por su sobrina, y lo primordial era conseguirle un esposo que resultara conveniente a los intereses de la familia. Fue así como la mejor alianza sería con Felipe II de Macedonia, quien a lo largo de su vida tendría otras seis esposas, pero cuya unión con Políxena resultaba conveniente para su nación, ya que Macedonia no contaba con el acceso al mar que los griegos podrían ofrecerle. A los 19 años no había salido todavía de los dominios de su familia, y su primer viaje sería con destino a Macedonia para contraer matrimonio con el rey y engendrar a su grande sucesor. Al casarse volvió a rebautizarse, esta vez con el nombre de Myrtale, y años más tarde se decidiría por Olimpia, toda vez que su marido hubiera vencido en las olimpiadas justo el día en que nació Alejandro. Todo parecía predispuesto para que el heredero gozara de un prolífero futuro; por esos tiempos fueron varias las batallas y conquistas alcanzadas por los ejércitos macedonios, y la nación se encontraba en un esplendor nunca antes visto. Alejandro tuvo a su hermana, Cleopatra, y juntos recibieron clases y fueron formados con otros hijos y sobrinos de Filipo II. Por su ambición y sagacidad política, por sus mañas arteras y su capacidad de seducir, Olimpia se diferenciaría de las esposas pasadas del rey, a quien además acabaría por hechizar a través de sus conocidos rituales celebrados en honor a la deidad tracia llamado Sabazio, dios de la fertilidad y la vida eterna. Se decía que era de un temperamento violento, que su comportamiento era el de una persona bastante neurótica, y que su vida estaba ambientada en las alucinaciones místicas generadas por su tanta superstición. Dicen que sus aposentos estaban plagados de serpientes domesticadas que simbolizaban una continua ofrenda a Sabazio. Y a pesar de que su comportamiento con el rey fue leal, las tantas blasfemias y rumores que hablaban mal de la reina, llevaron a Filipo II a tomar la decisión de expulsarla y despojarla plenamente de sus títulos de monarca. Para el año 337 a.C. la madre del futuro conquistador de medio mundo se exilia en su ciudad natal, pero tendrá la oportunidad de regresar al año siguiente apenas muera Filipo II, y a punto de cumplir los 40 años la reina retomará su trono y se posesionará en su silla sin la estorbosa compañía de un rey. En adelante se trataría de engrandecer la figura de su hijo, quien hacia el 334 a.C. parte con destino a Asia y ya nunca más se volverán a ver. Sin embargo la relación se mantuvo con insistencia por medio de misivas que venían desde rincones remotos a donde llegaban los ejércitos macedonios, y luego viajaban con una respuesta materna a otro resquicio insospechado de este mundo. Común en la política de aquel momento, los opositores solían quitarse del camino de la manera más práctica, y fue así como Olimpia mandaría a asesinar a una exesposa de Filipo II, la inocente Eurídice, dando un motivo para que Casandro, su más acérrimo enemigo, se alzara en su contra y consiguiera que una buena parte del pueblo se uniera a él en su empeño por destronar a Olimpia. Finalmente Alejandro no sería inmortal, ni tampoco invencible y, una vez asesinado, Olimpia perderá el respaldo y la protección que la mantenían viva en este mundo. Encomendó a su hija el cuidado de Alejandro VI, el hijo que su gran Alejandro había tenido con una mujer llamada Roxana. Depuesto el rey, Casandro intentaría empañar la imagen del grande conquistador macedonio, e incluso mandó a los ejércitos a que ejecutaran a Olimpia, pero nada de esto consiguió, ya que los soldados se mantenían fieles a la gran figura que fue su grande general. De haberse tratado de un hombre, la historia la hubiera juzgado distinto. Para el macho es una virtud eliminar a sus rivales sea cual sea el método que empleara, pero a la mujer se le condena por utilizar las mismas armas masculinas, siendo que en aquella época era corriente valerse de asesinatos y traiciones para abrirse campo en la vida política. Eran las reglas del juego de quien quisiera gobernar, y Olimpia jugó sus cartas como más le convino. Al final Casandro consigue que sean los familiares de Eurídice quienes se encarguen de ajusticiar a la culpable, y en el año 315 a.C. la que fuera una de las más influyentes reinas políticas del mundo helenístico, la madre del más grande conquistador de todos los tiempos, recibiría la condena de la lapidación y moriría apedreada. Logró concretar el material onírico de sus visiones, logró hacer de su hijo un rey, y un grande, y definitivamente una de las leyendas más épicas de la historia humana.</p>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-full wp-image-80447" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2020/11/114.-OLIMPIA-DE-EPIRO.jpg" alt="OLIMPIA DE EPIRO" width="152" height="212" /></p>
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        <author>Milanas Baena</author>
                    <category>Ella es la Historia</category>
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        <pubDate>Fri, 09 Apr 2021 07:58:50 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Olimpia de Epiro (375 a. C-315 a. C.)]]></media:description>
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