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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sat, 11 Apr 2026 16:01:00 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Albeiro Guiral | Blogs El Espectador</title>
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        <title>El deber de la desobediencia civil</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/desobediencia-civil/</link>
        <description><![CDATA[<p>Reflexiones de Albeiro Guiral sobre el emblemático libro de Thoreau.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><em>Imagen: Desobediencia civil de José J. de Olañeta, Editor.</em></p>



<p><strong>Henry D. Thoreau</strong> (1817-1862) inicia su famoso ensayo&nbsp;<strong><em>Sobre el deber de la</em>&nbsp;d<em>esobediencia civil</em></strong>&nbsp;con una cita que le atribuyen por error a Thomas Jefferson, y que al parecer era el lema de la&nbsp;<em>Democratic Review</em>&nbsp;de John L. O&#8217;Sullivan: «<strong>El mejor gobierno es el que menos gobierna</strong>». Palabras que podrían ser terribles si fuesen llevadas a la práctica por un neoliberal, y más en los tiempos que corren. Thoreau la usó, en realidad, como diatriba: el 24, o el 25 de julio de 1846, el recaudador de impuestos de su comarca le instó a ponerse al día con seis años de impuestos atrasados. Él se había resistido a pagar como oposición a la esclavitud y a los intereses expansionistas de su país, y se resistió una vez más, por lo que fue llevado a la cárcel.</p>



<p>Fue liberado al día siguiente. Sólo estuvo preso una noche porque alguien pagó, contra su voluntad, la deuda. El ensayista usó el lema como diatriba, sí, pero, irónicamente, contra la persona que le liberó (se presume que una tía), pues él consideraba que, en un Estado injusto como el suyo, la cárcel era el lugar de las personas honestas. Y ese alguien pasó por encima de sus principios. Esa experiencia causó que, entre enero y febrero de 1848, se diera a la tarea de ser conferencista en el Concord Lyceum sobre&nbsp;<strong><em>Los derechos y deberes del individuo en relación con el gobierno</em></strong>, exponiendo su resistencia tributaria e invitando a la gente de su pueblo a implementarla.</p>



<p>Esas charlas se convertirían en el delgado libro que hoy, en tiempos electorales en Colombia, quisiera evocarles, y ese lema que empecé citando, unas líneas más adelante de ese mismo libro, se iba a volver una paráfrasis poderosa: «<strong>El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto</strong>»… Y agregaba: «…<strong>la mayoría de los gobiernos son por lo general, y todos lo son alguna vez, un inconveniente</strong>». Se preguntaba, en la época de la esclavitud, que no alcanzó a ver abolida, si no podía haber alguna forma de gobierno donde la mayoría no decidiera entre lo correcto y lo incorrecto, sino que se rigiera por la conciencia individual, y me temo que, aún hoy en día, las cosas no han cambiado: la democracia representativa no es más que el ocultamiento del individuo, pues la masa, esa muchedumbre ciega, escoge —cree escoger— sus mejores tiranos.</p>



<p>El Estado ha tejido la encrucijada a la perfección: con el pago de impuestos, le hemos sostenido económicamente la violencia, inclusive hemos patrocinado así la seguridad vitalicia de los verdugos. A pesar de esto, es incapaz de retribuirnos. Nuestra vida para él no es más que una estadística. ¿Entonces por qué esperar que nos diga qué hacer? ¿Por qué seguirle tributando?</p>



<p>Estas líneas son un llamado a la reflexión. Recordemos nuestra individualidad dotada de consciencia. Thoreau se dio cuenta en su prisión de que se compadecía del Estado, porque le resultaba inferior al individuo; de ahí en adelante iba a defender la vida interior, a «depender tan sólo de sí mismo, siempre arremangado y dispuesto a empezar de nuevo, y no estar metido en muchas cosas».</p>



<p>¿Cómo será nuestra desobediencia civil?</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-left"><strong>Albeiro Guiral</strong><a href="https://twitter.com/amguiral"><br></a><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>



<p class="has-text-align-left"></p>



<p></p>



<p><strong>Referencias</strong>:<br>Thoreau, Henry D. <em>Desobediencia civil</em>. Trad. Plácido de Prada. Barcelona: José J. de Olañeta, Editor, 2016.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=126734</guid>
        <pubDate>Wed, 11 Mar 2026 00:57:07 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El deber de la desobediencia civil]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Escribir</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/escribir/</link>
        <description><![CDATA[<p>Permanecer en el amor por las palabras.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><em>Imagen: </em>Marcel Proust<em> escribiendo en la cama</em>.</p>



<p>Con el paso del tiempo dejé de lamentarme por la desazón que me proporcionaba la escritura. Tomé una posición diferente frente al hecho de escribir, de gratitud más que de resignación, porque entendí que alrededor de los libros que uno construye con el fin de que, al menos, no avergüencen a los amigos ni decepcionen, en parte, a esos espíritus de luz que son los lectores, a pesar de fracasar en ese propósito, subsiste la esperanza de ver la vida, con los años, encontrar el puerto que con tanta obstinación uno cree que está oculto más allá de la oscura bruma del naufragio.</p>



<p><strong>Ese puerto anhelado no sería más que la permanencia en el amor por las palabras</strong>, pues estas son lo único que tenemos para llegar a las cosas, aunque, bella paradoja, nunca nos vayan a llevar a ellas. Pues los artistas entienden que sólo les quedan signos como constancia de lo vivido, esa indefinible materia de los sueños. Y los escritores, que también trabajan con signos, con imágenes, también entienden que las palabras, propias, y las de otros, son faros que rielan en su inmensa soledad.</p>



<p><strong>Baudelaire, faro que se alcanza a ver desde todos los confines de la noche</strong>.</p>



<p>Al creer, en algún momento, que no tenemos lo tangible, sino que nos pertenecen tan sólo las palabras, decidí celebrar el lenguaje, tan misterioso y diáfano a la vez, porque en él encontraba el fuego inicial de <strong>la poesía como materia de toda sólida escritura</strong>.</p>



<p>Sin embargo, al emprender esta celebración, supe que había perdido el hogar y había ganado los caminos. Nada de lo que pensaba que había sido mío se encontraba ahora a mi lado. Al intentar erigir mi propia casa, lejos de los cafetales donde mi padre me paseara de niño dentro de un canasto, supe que sus cimientos eran endebles, que los vientos del sueño y de la inquietud la derribaban: quería volver, quería entrar en la primera noche de mi vida, oler el cielo azul oscuro de la montaña. Y desaparecer.</p>



<p>En ese instante, en que se desvaneció en su totalidad el camino de regreso, me recordé parado por primera vez frente a la puerta de la poesía, cuando aún se percibía la tibieza del cuerpo muerto de la niñez.</p>



<p>Y hoy, que me sorprendo persistiendo en la literatura después del éxodo, de nuevo en casa, reconozco que escribo, más que para buscar reconocimiento, sí para homenajear esta vida sencilla, atiborrada de libros, de viejos periódicos y de café, porque escribir me ha llevado por un cauce dificultoso, sí, pero ha sido para desembocar en lo que ahora soy, el hombre que se mantiene en pie para vencer su propio dolor. Escribo para no derrumbarme. Y esto ha valido ya la pena. Vale la pena vivir, ha valido la pena vivir.</p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><a href="https://twitter.com/amguiral"><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></a></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Tue, 13 Jan 2026 13:43:54 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Escribir]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>La juventud, esa enfermedad</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/juventud/</link>
        <description><![CDATA[<p>Un relato de Albeiro Guiral sobre las increíbles vicisitudes de los jóvenes poetas de su pueblo.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right">Imagen: <em><a href="https://www.behance.net/gallery/53204295/Antiheroes">Susana Blasco</a></em>.</p>



<p>Entre los años 2001 y 2002 hubo en Santa Rosa de Cabal un grupo de cuatro muchachos enardecidos por la poesía. Todas las tardes, después de salir del colegio, se reunían en el Parque Los Fundadores a leer sus poemas incipientes, a atrofiar los sonidos naturales con los destartalados chillidos de sus guitarras y a tomar vino de caja como si no hubiera mañana.</p>



<p>Y sí que lo hubo, pero no para ellos. </p>



<p>Se quedaban hasta el atardecer; la señal para volver a casa era la misma de los campesinos: cuando las loras regresaban de su faena solar a su árbol-nido y ellos les veían cruzar el cielo sobre la cúpula del templo de La Milagrosa, se despedían y emprendían su solitaria vida de púberes mártires y potenciales suicidas. Las loras que, vaya uno a saber por qué, confundían con gaviotas.</p>



<p>Leían a Silva y a Barba Jacob en las noches, fantaseaban con ser y morir como ellos. Imaginaban a Santa Rosa de Osos y a Bogotá como grandes ciudades y padecían esa extraña forma de la nostalgia que consiste en extrañar lo desconocido. A veces llevaban esos libros malditos a lecturas improvisadas en el mítico —por lo efímero— Café Raíces donde el anfitrión, a su pesar, les invitaba café y chicha, por no llorar y, a veces, tenía que soportar el descaro de escucharles leer sus propios versos. Noches inolvidables aquellas de trascendentales <em>tergiversaciones alrededor de nada</em>.</p>



<p>Una mañana su profesora de español leyó una efeméride de la prensa sobre Baudelaire. Los muchachos escucharon con atención mística y silencio reverencial. Desde entonces no fueron los mismos: el vino de caja les pareció anodino en comparación con el opio que no habrían de fumar, se melancolizaron tanto que alertaron a sus familias sobre una inminente calamidad, por lo que les llevaron ante el médico Juan Manuel, quien les recetó paciencia: <em>la juventud, por fortuna, es una enfermedad que se cura con el tiempo</em>, dijo. Después de este diagnóstico les recluyeron en grupos de oración muy bien presididos por futuros candidatos a la alcaldía.</p>



<p>Para quienes no saben, la alcaldía de Santa Rosa de Cabal es la mejor escuela de presos ilustres de la región.</p>



<p>Y de verdad que el tiempo no solo curó sus juventudes sino que les curó el mal de la poesía. El mayor de ellos, el fundador del grupo, nunca asistió a las reuniones; uno diría que se trataba de un anarquista nato, pero tan solo prefería salir de clase a dormir y en las noches a comer helado con las muchachas. Un perezoso sensato, digamos. Cuando se graduaron del colegió, ingresó a la universidad a estudiar ingeniería eléctrica. Ahora es <em>bartender</em>, y es feliz.</p>



<p>En orden de edad, el siguiente ingresó al seminario. Al terminar los votos de silencio que demoraron siete años, un compañero controvirtió un argumento de San Agustín, en su presencia, con osadía, y este lo insultó, por lo que no pudo ordenarse como sacerdote pero sí como filósofo. Y como filósofo hoy en día es un buen profesor.</p>



<p>El tercero de los jóvenes enardecidos se dedicó a la música por mucho tiempo. Nadie podía negar, al escucharlo, que era un virtuoso auténtico, uno de esos genios que no aparece sino cada quinientos años y que, desde Amadeus Hoffman, no aparecía uno en la Historia, sobre todo cuando interpretaba los grandes éxitos de Sandro de América. Una noche de octubre, en medio de la algarabía de las Fiestas de las Araucarias, intentó suicidarse lanzándose desde el Palacio Municipal. Fue detenido a tiempo por la policía y condenado por microtráfico de estupefacientes.</p>



<p>El menor de ellos, en cambio, compró una máquina de tejidos y puso un taller de ponchos que se vendían muy bien en las ferias de los municipios vecinos. Al poco tiempo compró una máquina más y así, en lo sucesivo, hasta convertirse en una promesa de la pequeña empresa del municipio. Se enamoró de Juana Ifigenia y ella, quién sabe, también de él. Le propuso matrimonio y ella aceptó o eso dicen, pero días después de la boda, el 15 de marzo de 2006, el verdadero esposo de ella lo amenazó de muerte y tuvo que huir del pueblo. A la fecha, nadie le ha vuelto a ver. </p>



<p>Como verán, ninguno triunfó en la poesía, por fortuna.</p>



<p></p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Wed, 05 Nov 2025 01:58:29 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La juventud, esa enfermedad]]></media:description>
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                            </item>
        <item>
        <title>Célebre y absurda muerte</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/absurdo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una reflexión de Albeiro Guiral sobre la idea del destino en la literatura, desde Shakespeare hasta García Márquez.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><em>Imagen: Hamlet y Horacio en el cementerio, por Eugène Delacroix.</em></p>



<p></p>



<p class="has-text-align-right">«…muerte,<br>país desconocido de cuyos límites<br>ningún viajero retorna».<br><strong>Shakespeare</strong>, <em>Hamlet</em></p>



<p></p>



<p>Hoy vengo a hablarles del destino. Mejor dicho: a cuestionarlo. Para ello quisiera evocar dos obras entrañables de la literatura y unas cuantas célebres y absurdas muertes. En <em><strong>Edipo Rey</strong></em> de <strong>Sófocles</strong>, su protagonista, como es sabido, en su afán de alejarse del parricidio y del incesto que le ha señalado el oráculo, termina encontrándose con estos cara a cara y consumándolos letra a letra. Para limpiar su culpa, a manera de sacrificio, el rey caído en desgracia les ofrece sus propios ojos a los dioses y se va al destierro.&nbsp;</p>



<p>De un modo similar al protagonista de esta tragedia, <strong>Esquilo</strong>, tal vez el precursor del género o dicho de otro modo uno de los exponentes más altos de la dramaturgia clásica, había visitado el Oráculo de Delfos con intriga por su futuro. Este es implacable: «<strong>Morirás aplastado por una casa</strong>», le dice. El trágico decide entonces, para evitarlo, del mismo modo en que Edipo decide alejarse de sus apócrifos padres para no agraviarlos,&nbsp; irse a vivir al campo, lejos de toda posibilidad de recibir el golpe definitivo del destino. Lo que ignoraba era que la adivinación hablaba en símbolos —como siglos después nos diría <strong>Shakespeare</strong> que <strong>Macbeth</strong> interpretaría mal el designio de ser asesinado cuando los árboles caminaban—, pues un día en que descansaba al aire libre una casa le cayó desde la altura y lo mató. Una casa, sí, la de un animal tan místico como enigmático que a <strong>Zenón</strong> le quitara el sueño: una tortuga que un quebrantahuesos dejó caer sobre la grande y calva cabeza del griego al confundirla con una roca. El ave rapaz buscaba romper el caparazón, como es su costumbre, para alimentarse de la carne profanada y presumo que lo consiguió.</p>



<p>En una versión tropical de la tragedia, en el sentido de postular una idea del destino inexorable, <strong>Gabriel García Márquez</strong> crea un personaje edípico y al mismo tiempo trasgresor. Santiago Nasar, en <em><strong>Crónica de una muerte anunciada</strong></em>, sale de su casa en la mañana al encuentro de una muerte violenta en las manos de matarifes de los gemelos Vicario. Tanto los lectores, impotentes, como el pueblo en general, impasible, desde el título de la novela, pasando por las primeras páginas, lo vemos hacer el recorrido previo al crimen y esperamos el encuentro final. Y allí está la trasgresión de García Márquez: su Edipo no está al tanto de su destino sino hasta minutos antes de que le abran a puñal su vientre y se encuentre en las manos el racimo de sus vísceras.</p>



<p>También sin estar enterado de los pormenores de su final, el 25 de marzo de 1980, <strong>Roland Barthes</strong>, semiólogo francés de inmensa reputación y teórico de la literatura, murió atropellado en París por una camioneta cuyo conductor había hecho caso omiso de la luz roja del semáforo, cuyo conductor, digo, había irrespetado un signo. De haber sobrevivido, tal vez el autor de <em>Análisis estructural del relato</em> se habría reído de este curioso accidente y habría podido interpretar al automóvil como <em>un signo opaco</em> por la poca información que este dejó al huir del lugar.</p>



<p>Con las muertes de Esquilo y Barthes había querido cuestionar la idea del destino como una sentencia divina inevitable, como aparece en la obra de Sófocles, y la idea de este como una confección propia o colectiva que responde a nuestros propios actos, o al azar, como es notorio en la novela del autor colombiano, pero ahora quisiera despedirme evocando estos dos sucesos. El 15 de junio de 2017 una estudiante de enfermería en un hospital de Cali se lanza desde el sexto piso pero su suicidio no es exitoso porque cae sobre una médica que estaba en la cafetería y muere de modo instantáneo. Quizá la estudiante, quien fue investigada por homicidio culposo ahora sea feliz, como Cioran, por haber descubierto que la caída es la mejor opción para curarse del <em>inconveniente de haber nacido</em>, pero que al saberlo es mejor no lanzarse, y que la premisa del autor rumano cobra mucho sentido cuando lo absurdo aparece para interrumpir una vida: «Ser o no ser… ni lo uno, ni lo otro».</p>



<p>El sábado 22 de septiembre de 2019 un joven estudiante colombiano fue asesinado en Palermo, Buenos Aires, cuando su arrendador entró a medianoche a su habitación y lo encontró dormido con su gato y a ambos los molió a palos. Cuando la policía le preguntó por qué lo había hecho, el hombre de mediana edad, que dormía en la habitación contigua con un perro ciego, y a quien nadie le solía ver en la calle, dijo: «Su modo de soñar me resultaba francamente insoportable».</p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=121611</guid>
        <pubDate>Thu, 23 Oct 2025 00:25:10 +0000</pubDate>
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        <item>
        <title>Regalos del río</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/rio/</link>
        <description><![CDATA[<p>Un relato de Albeiro Guiral que celebra caminar y recuerda la infancia campesina.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p class="has-text-align-right"><em>Foto: detalle de Robert Walser</em>.</p>



<p><strong>Arturo Ríos no amaba hacer nada más en la vida que caminar</strong>. La primera vez que lo vimos en esa montaña donde nacimos nos pareció un niño como nosotros, pero un niño grande con sombrero raído y machete colgado al cinto. Nos trajo, en aquella visita, un balón amarillo que rescató de la corriente del Campoalegre y una pequeña muñeca ultrajada sin una pierna que todos miramos por un largo rato, estupefactos.</p>



<p>No simpatizaba con los perros que lo miraban siempre como a un desconocido y le gruñían en la noche como si no fueran a dejar de hacerlo nunca. Le ladraban e intentaban morderlo a traición, en vano, erizados como ante los espantos. Por más que le sentíamos, en el corredor, susurrando la oración para atraer la mansedumbre, estos animales no dejaban de desconfiar de él en ningún momento.</p>



<p>Una medianoche de Semana Santa despertó a toda la vieja casa con gritos extraños. <strong>Habló en una lengua que nadie entendió</strong>. Excepto el abuelo:</p>



<p>—Dice que vio una luz salir de la tierra, y a un hombre pequeño y verde salir con ella —dijo—. Ya no volverá a hablar lengua de cristianos.</p>



<p>Desde que adquirió, de súbito, esta lengua desconocida, no volvió a visitarnos. Un tío llegó una vez del pueblo a decirnos que lo había visto en un taller de orfebrería:</p>



<p>—Hace unas cosas muy lindas. En Santa Rosa todos hablan de su trabajo.</p>



<p>No le creímos. <strong>Seguíamos esperándolo salir del monte y cruzar el potrero hasta la casa con sus regalos del río</strong>.</p>



<p>Pero fue en vano. Un sábado en la tarde llegó una carta que nos decía que estaba hospitalizado hacía meses. Cuando caminaba por la larga carretera de vuelta al pueblo, una moto lo había atropellado. El motociclista resultó ileso; lloraba mucho, eso sí, según dijeron, desconsolado, por Arturo, quien fue llevado al hospital, pero no fue capaz de identificarse como humano. Intentaba, en su idioma de barro, decir que le dolían todos los huesos pero sólo causaba terror en las enfermeras. Hasta que un visitante fortuito lo reconoció y nos escribió.</p>



<p>Pocos días después de recibir la noticia, murió. Todos se pusieron muy serios. Los grandes se peinaron y se vistieron con ropa dominguera para el funeral. Los niños pudieron usar zapatos. Hacía años que nadie iba al pueblo entre semana. Yo me resistí a ir, como pude los convencí para quedarme encerrado con los perros, también tristes. Todo ese largo martes estuve con la mirada puesta en el camino solitario. <strong>No quise asistir al entierro de la infancia</strong>.</p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=120894</guid>
        <pubDate>Sun, 28 Sep 2025 17:05:30 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Regalos del río]]></media:description>
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        <title>Mark Strand y las aguas de la infancia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/strand/</link>
        <description><![CDATA[<p>Albeiro Guiral reflexiona sobre los grandes temas de este poeta monumental: la infancia y el desarraigo.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right">Foto: <em>Stalker</em>, de Andrei Tarkovski.</p>



<p><strong>Emprender el viaje a la infancia es tomar un camino a la incertidumbre.</strong> En este descenso, imaginado a la manera de Orfeo o de Altazor, podríamos poner lo vivido en contraposición de lo soñado, y ya no sabríamos a cuál de estas dos esferas pertenecen los recuerdos. Ya no sabríamos quiénes son los niños que aparecen en las fotografías y por qué nos han dicho que éramos nosotros, tan sonrientes, tan distintos a quienes ahora sorben café para no dejarse morir sobre un escritorio; ni sabríamos si los viejos se quedaron allí, en esa hermética atmósfera o, si como dicen, hay claveles brotando de sus corazones en este instante mismo en que me lees, o si las cicatrices de nuestras manos las talló el infortunio en esta vida o en la onírica. Viajar a la infancia podría ser, en fin, una asunción de las derrotas, pero para <strong>Mark Strand</strong> (1934-2014) es una inmersión en el agua de la evocación.</p>



<p>Sabemos que este poeta se ampara en el recuerdo como herramienta para hacernos, más que lectores, cómplices de sus versos. Tan alto es su nivel de empatía que logra que asumamos como nuestras, por ejemplo, las elevadas y níveas montañas que nunca hemos visto, el lago dormido que nunca conoceremos más que en sus poemas, de cuya superficie emerge la niebla como del lomo de un animal congelándose. Strand evoca blancos paisajes ajenos para nosotros, al menos en nuestra tropical y enloquecida cotidianidad, y nos sitúa a la orilla de su contemplación. Entiende que «Vivimos vidas de desarraigo/ y sólo permanecemos en un sitio/ lo suficiente para entender/ que no pertenecemos» (p. 18), sabe y pone de manifiesto que somos pasajeros y que la escritura no nos salvará del destino del viaje de la vida.</p>



<p>Esta reflexión nace del poema <em>Una caminata contigo</em>, pero verdaderamente donde Strand empieza a vislumbrar la idea del regreso, de la inmersión en la infancia, es <em>En celebración</em>: «Estás sentado en una silla», nos dice, «tocado por nada, sintiendo/ tu antiguo ser convertirse en el ser más viejo, imaginando/ sólo la paciencia del agua». <strong>Espera, mientras ve pasar por la ventana a la amistad y al amor, como si viera la película de su juventud</strong>. Espera, inmóvil. Sabe que la amargura y el dolor vienen del deseo, que la sanación consiste en entregarse a la nada y esa es la verdadera celebración. Sabe, en una bella paradoja, «que hay regocijo al sentir/ tus pulmones prepararse para un futuro de cenizas,/ y entonces esperas, te quedas mirando y esperas, y el polvo se asienta/ y las milagrosas horas de la infancia vagan en la oscuridad» (p. 49).</p>



<p><strong>En el anhelo por volver al origen, por recuperar la imagen primigenia, el poeta encuentra la infancia, el sosiego</strong>. De un modo similar, aunque más contundente y vasto, en el poema <em>¿Dónde están las aguas de la infancia?,</em> corazón de estas palabras, alcanza tanta luz en la expresión que encandila. El poema nos lleva de regreso a la casa paterna. «¿Ves donde las ventanas están tapiadas[…]?/ Este es el lugar donde debes comenzar». Allí empieza el recorrido, pasa por el cuarto que servía a los padres para el amor, sigue por las habitaciones que albergaron la inocencia, mira los perros ya desaparecidos, los vecinos que riegan el césped. Al avanzar, descubre que los padres, antes de encanecer, se encuentran ahora en el campo. De pronto, desaparecen, los arraiga la inexistencia.</p>



<p>Por último, el poeta conduce: «Ahora inventas el barco de tu carne y lo colocas sobre las aguas/ y navegas en el oleaje gradual, en la sal laboriosa./ Ahora miras hacia abajo. Allí están las aguas de la infancia» (pp. 64-65). Nos sitúa en la anterioridad de la vida, en la antelación de nosotros mismos. Nos da una visión que sería imposible fuera del mundo poético: <strong>la forma del vacío</strong>. A todas luces inconcebible, toma una textura, un sabor en nosotros.</p>



<p>Es en el tercer poema escogido, de título magistral, <em>Nuestra obra maestra es la vida privada</em>, donde las aguas que abordamos toman la apariencia del inconsciente. La inmersión del ser humano ya no es en el pasado, tan ajeno, ni en un ya mencionado «futuro de cenizas», sino en sí mismo. La vida ha sucedido adentro: «¿Hay algo, abajo en la ribera de las aguas, que se nos oculta,/ algún tímido evento, algún secreto de la luz que cae del abismo,/ alguna fuente de tristeza que no desea ser descubierta aún?» (p. 94).</p>



<p><strong>Intuimos que lo oculto es mejor dejarlo donde está</strong>. Mejor no nadar en uno mismo como en un sueño pantanoso. Las imágenes poéticas de Mark Strand nos ofrecen, así, una puerta a lo más escondido que tenemos. Nos comunican en un espacio sin tiempo. Verso a verso, el poeta nos guía por su historia íntima, que se convierte también en la nuestra. <strong>Lo leemos para poder entrar a la muerte con los ojos abiertos</strong>.</p>



<p></p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>



<p></p>



<p>Strand, M. (2011). <em>Nada ocurra.</em> (B. Pérez Rego, Trad.) Caracas: <a href="http://www.bidandco.net/index.php">bid &amp; co. editor</a>.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=120502</guid>
        <pubDate>Thu, 18 Sep 2025 01:21:22 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Mark Strand y las aguas de la infancia]]></media:description>
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            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>«Un poeta» o de la fragilidad humana</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/un-poeta/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una reflexión de Albeiro Guiral sobre la aclamada película de Simón Mesa.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Aunque pudiera parecer que Simón Mesa en su nueva película se mofa con facilidad de los poetas en general, con sus luces y sus sombras, y con muchos de sus matices, creo que<strong> la película como toda obra de arte resiste múltiples lecturas</strong>, y que quedarse en el humor, y en el argumento mismo, es conformarse con el chiste fácil que es sólo una de sus capas y tal vez la más superficial.</p>



<p>Porque si bien la película nos muestra de entrada a un poeta fracasado de 54 años que vive con su mamá, que abandonó su hija para poder dedicarse a ver pasar las nubes, que se sustenta de andar prestando cinco mil pesos cada tanto, y que según el director en una entrevista para <em>El País</em> del 28 de agosto, es la personificación de sus propios temores, este personaje, Óscar Restrepo, encarnado por Ubeimar Ríos, actor natural, y poeta fuera de la pantalla, podría ser cualquier persona, y siento que <strong>el filme más que satirizar la condición de cierto tipo de artista, o de los artistas caídos en el fracaso y en el alcohol, nos habla con profundidad de la condición humana</strong>, de nuestra innegable fragilidad, y del nefasto inconveniente de nacer en Colombia, en cualquier momento de su historia, y más en la posteridad de los carteles del narcotráfico.</p>



<p>Pues si es indiscutible que en Colombia ha habido todo tipo de poetas, los nadaístas que luego fueron uribistas, por ejemplo, o evangélicos, lo que es peor; los que intentaron sobornar a un juez enviándole un fajo de billetes en una caja llena de libros de poesía… entre otros tristes ejemplos de nuestra fauna nacional, es de conocimiento popular, diríase universal, que <strong>los poetas como tal son inofensivos</strong>. Como queda demostrado en la película, son ellos mismos sus peores enemigos y sólo podrían hacerse daño a sí mismos y su existencia etérea no podría ser uno de los problemas estructurales de Colombia…</p>



<p><strong>Nadie vive de la poesía, pero de los poetas sí se alimenta el desencanto, la depresión y el sinsentido</strong>. Doy fe. Algunos se han dedicado a ser profesores, y por más desprestigio que ellos mismos sientan por este oficio, bastaría recordarles que poetas y profesores de colegio, también lo fueron el ya mítico <strong>César Vallejo</strong>, <strong>Gabriela Mistral</strong>, <strong>Idea Villarino</strong>, <strong>Antonio Machado </strong>y hasta <strong>Nicanor Parra</strong>, dentro de una lista interminable, y que aunque hayan muerto de hambre, literalmente, o en el exilio, con todos sus laureles, <strong>no los mató la poesía, sino la guerra y la precariedad</strong> en que viven los artistas, la impotencia intrínseca de los creadores de no poder subsistir de su arte, impotencia que lleva a Óscar Restrepo al alcoholismo y a la desilusión. Circunstancias que han llevado a millares de personas en general en el país a vivir también en ese desencanto, porque en Colombia la desesperanza no distingue de oficios o profesiones, porque la violencia nos ha castigado por igual.</p>



<p><strong><em>Un poeta</em>, asimismo, cuestiona con elegancia a los burócratas, y creo que los cuestiona más que a los poetas mismos</strong>. Quién que la haya visto no habrá asociado a los gestores del festival de poesía que en ella aparecen con el director de la <strong>Casa de Poesía Silva</strong>, institución fundada por la inmensa <strong>María Mercedes Carranza</strong> en homenaje de <strong>José Asunción Silva</strong>, nada más y nada menos, patrono de la película, y que hoy en día es un nido de corrupción como la peor oficina de cualquier politiquero, donde le han adeudado por años los pagos a sus trabajadores, y donde la poesía dejó de ser hace tiempo el espíritu que se pasea por sus instalaciones sagradas para darle paso al fantasma del dinero, pues su encargado, al parecer, no heredó ni una sola raya del tigre de su padre.</p>



<p>Por otro lado, es de destacar que Medellín en la cinta aparezca sin armas y sin narcos, y que Mesa nos narre otra realidad, aunque también violenta, pero sí alejada de los lugares comunes de nuestro cine. La película fue rodada en formato de 16 milímetros y es un poema visual, nada tan poético como ver a Medellín con el grano de lo analógico. <strong>La película, visualmente hablando, es un poema</strong>. </p>



<p>Una elegía, si se piensa en que Yurlady y Daniela representan a miles de jovencitas de la ciudad abandonadas por sus padres, y por el Estado, que viven en condiciones de hacinamiento deplorables, y que a pesar de todo tienen conciencia de que su salvación nada tiene que ver con la poesía, ni con el sueño de ser grandes poetas, o sea: su salvación nada tiene que ver con la educación, sino con la posibilidad tangible de ver a sus familias en paz, en tranquilidad, obteniendo su mínimo vital y, ojalá, y esto ya es una plegaria mía, aleladas de la terrible exposición al turismo sexual.</p>



<p>En fin, <em>Un poeta</em> narra el drama de los artistas en general en medio del desencanto como consecuencia de las condiciones sociopolíticas de un país de arpías como Colombia, y desvela su humanidad, mostrándonos cuán frágiles son, y nos recuerda que dentro de ellos pueden cohabitar ángeles y demonios, y que algunos son nada más que demonios, por talentosos y reconocidos que sean. Los poetas que organizan recitales para acosar a las jovencitas. Los padres que abandonan a sus hijas o hijos. Su problema no es ser poetas, es ser hombres, u hombres violentos.</p>



<p>En mi caso, pese a todo, prefiero celebrar la vida de todos los anónimos Óscar Restrepo que hay en el país, viviendo de los oficios más disímiles en sus propios pueblos, alejados del asqueroso mundillo literario. Prefiero celebrar la vida de todas las anónimas Yurlady que escriben poemas, en sus pupitres de colegio, sobre las sábanas que se secan en sus patios, y sobre los colores de su habitación de comuna en la loma, sin esperar protagonismo de ningún tipo, y no celebrar nunca a los burócratas que, sean poetas o no, viven de nuestra sangre. A los burócratas que sin acercarse en lo más mínimo a la grandeza de García Márquez sí viven convencidos de ser como él.</p>



<p>Y, como esta reseña sólo la leen poetas, porque <strong>en Colombia a nadie le importan los poetas</strong>, salvo a ellos mismos, me despido con estos versos de <strong>José Emilio Pacheco</strong> que, creo, encierran bien lo que les he querido decir hasta ahora: “Dijo Cernuda que ningún país/ ha soportado a sus poetas vivos./ Pero está bien así:/ ¿No es peor destino/ ser el Poeta Nacional/ a quien saludan todos en la calle?”</p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
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        <pubDate>Thu, 04 Sep 2025 15:25:55 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[«Un poeta» o de la fragilidad humana]]></media:description>
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                            </item>
        <item>
        <title>«Pedro Páramo»: en busca de la madre</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/pedro-paramo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Unas cuantas palabras sobre «Pedro Páramo», de Juan Rulfo, y la travesía de Juan Preciado.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right">«¡Ay, vida, no me mereces!»</p>



<p>Por más que me digan que la búsqueda de Juan Preciado en «Pedro Páramo» es la del padre, mis ojos lo seguirán viendo por el camino que lleva a Comala detrás de la madre. Ella no tiene el mismo protagonismo en la novela que el personaje de Susana San Juan, revestido de un aire unas veces sagrado y otras del inútil y aborrecible aire del martirio cristiano, pero propicia el viaje del joven hijo luctuoso hasta la Media Luna. Le dice que, cuando encuentre a Pedro Páramo: «No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro» (175).</p>



<p>Pareciera pedirle que vaya a saldar una vieja deuda personal con su padre. El muchacho apenas entra a Comala en compañía de un arriero enrarecido por esa otra forma de la muerte que es la vida, empieza a darse cuenta de que Páramo estará cada vez más lejos, de que por cada paso que dé en sentido a él mayor será la distancia entre los dos. Pero es la voz de Dolores Preciado la que no dejará de escuchar. Nunca. Sus recuerdos han tomado su voz y lo acompañan: «Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz» (180).</p>



<p>La mujer ha urdido la trama por la que su hijo transitará. Es la tejedora mayor en la historia. Su lanzadera lleva el hilo con precisión inusitada. Se aísla más allá del tiempo que desconocemos los humanos y que los personajes del mundo de Rulfo no entienden por irrealidad y lo habitan sin remilgar. En un instante, el hijo escucha la añoranza: «No sentir otro sabor sino el del azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo» (191).</p>



<p>El hijo alcanza a escucharla pero lo sorprende la muerte, lo sorprende porque le deja con vida. Su cuerpo ya no siente el cansancio del viaje pero ahora empieza a habitar un lugar distinto donde hace un calor similar al del comal donde se tuesta café o maíz para hacer las tortillas. Ese calor es el de las lágrimas porque ahora Preciado ha tomado el cuerpo de su lector.</p>



<p>«Allá te acostumbrarás a los <em>derrepentes</em>, mi hijo» (218), oigo que le dicen al otro que ahora vive en mí mientras me defiendo frente a esta máquina, mientras mis dedos lloran estas palabras que, si no las escribo, se pudrirían dentro de mí. No vamos a buscar, no vamos a encontrar a tu padre en estas páginas donde ya somos cómplices. Vamos a buscar a la madre, adentro, en la memoria, en lo que llaman alma, siguiendo sus recuerdos como bestias enfermas que se apresuraran a morir en la noche del desierto.</p>



<p>Aún así, muchacho, no olvides que la vida es peor que la muerte. «Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad […]. Allí, donde al aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida…» (231), dice la mujer.</p>



<p>Y desaparece.</p>



<p></p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>



<p></p>



<p><strong>Fuente</strong>:<br>Rulfo, Juan. <em>Obras</em>. Ciudad de México: Fundación Juan Rulfo, 2017.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=110555</guid>
        <pubDate>Tue, 21 Jan 2025 01:21:34 +0000</pubDate>
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            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La Galería de la memoria</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/galeria/</link>
        <description><![CDATA[<p>En el corazón de Santa Rosa de Cabal, el municipio más antiguo de Risaralda, está la Galería, y los sábados allí son los días más bellos del mundo. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>En el corazón de Santa Rosa de Cabal, el municipio más antiguo de Risaralda, está la Plaza de Mercado Los Fundadores. Los sábados en ella (en la Galería, como le conocemos amorosamente los locales) son los días más bellos del mundo. Los más coloridos y festivos, porque los campesinos y las campesinas hacen presencia para abastecerla de sus productos, y de su color. Estamos en cosecha, de modo que también se dan cita los andariegos que buscan “coloca”, los niños y las niñas que traen sus padres a comer helado cada seis meses, y a tomar pintadito y hacerse motilar en la peluquería de doña Lili; las personas del pueblo que van a mercar, a tomar tinto, jugar billar, emborracharse de amor o de aguardiente amarillo; los visitantes y turistas, que no entienden qué pasa, que lo preguntan todo, pero comen chorizo como si no hubiera un mañana.<br><br>Si hay algo que identifique a una persona de Santa Rosa, es que ama a rabiar a su pueblo, y de los millares de palabras que usa al día, la mayoría son para su pueblo, y son palabras de amor. Siempre. Razón por la que preferiría morir antes de ceder su tierra, su autonomía, o de aceptar la gentrificación, aunque desconozca esa palabra.<br><br>En la Galería podrás encontrar restaurantes (si preguntas cuál es el de La Mona te enviarán a más de cinco sitios reconocidos así, todos muy buenos), frutas y verduras de las montañas del municipio, leche de la ribera del nevado Santa Isabel, café, peluquerías, ferreterías, bostezos al por mayor y al detal, rama seca, caléndula para todo mal, encantamientos y amarres, gallinas de pelea y gallinas derrotadas (para el sancocho), millares de especias y tabaco, relojeros, reparadores de sombreros y de sombrillas, ropa vieja y muy nueva, piratas a todo destino, mor; un poeta en cada mesa de café o, en su defecto, una cantante de boleros por metro cuadrado, o un pintor mojando la palabra en la cafeína del Alicachín, del Magar, o de Capri.<br><br>También hay que decirlo, en la Galería aún hay gente que practica el arte milenario de parar el machete en más de 32 especialidades, y a veces lo pone en práctica ante tus ojos, pero esa no es una razón para dejar de visitar la Galería de Santa Rosa de Cabal.<br><br>Foto y texto: <strong>Albeiro Guiral</strong> (<a href="https://www.instagram.com/amguiral/">@amguiral</a> )</p>



<p></p>



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<p></p>



<p><em>Publicado originalmente en <a href="https://www.instagram.com/p/C0W4c9or77t/?img_index=10">PlanC Pereira</a>, en diciembre de 2023.</em></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=107485</guid>
        <pubDate>Fri, 01 Nov 2024 20:37:13 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>Lili</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/lili/</link>
        <description><![CDATA[<p>Voy a esperar tu regreso todos los días de mi vida.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Hace algunos meses recibí una llamada que me decía que mamá se había ido. Había vuelto con sus padres, a un lugar que espero sea digno de su belleza, de su bondad, de su corazón infinito. Había vuelto a ser un ángel. Para decirlo mejor, siempre fue un ángel que este mundo no merecía; con sus manos perfectas, durante más de veinte años, día a día, sin tregua, embelleció su pueblo en <em>Estilo y Corte</em>, su peluquería de la 13 con 14, enfrente de la Galería, mi lugar favorito en el mundo, el lugar favorito de muchos niños y niñas que amaban que ella les cortara el cabello con amor; de señoras del campo que le traían los sábados bananos para sus hijos y nietos, guayabas, piecitos de geranios; de andariegos que no tenían con qué pagar y ella los dejaba presentables para su soledad, y les enviaba de vuelta a la calle con un &nbsp;café y un buñuelo en las manos. De señores de la montaña que entraban a la peluquería con el ceño fruncido, con su barba huraña y su cabello de náufragos, y salían de allí como galanes de telenovela, sonriendo. Mamá había sido recolectora de café en su juventud, para poder costear sus estudios en peluquería, y estaba muy orgullosa de haberlo sido. Es más: todavía se consideraba una recolectora; creo que en su trabajo encontraba una conexión con el campo, con nuestros orígenes, que la hacía sentir feliz.</p>



<p>Mamá era una contadora de historias como pocas. Tenía vivos sus recuerdos de infancia, y los recuerdos de sus padres adorados, que nos transmitía con gracia mientras sus tijeras bailaban en nuestra cabeza. Era también consejera de sus clientes, y sus secretos siempre estaban seguros con ella. Iban a su peluquería a desahogarse, a motilarse el alma; cuando se paraban del sillón, se encontraban a sí mismos más jóvenes, y bellos, muy bellos, por dentro y por fuera.</p>



<p>De niña había querido ser profesora, pero su sueño se truncó por culpa de la aspereza de los caminos rurales. De joven tenía un cuaderno de versos donde transcribía poemas que le gustaban, y escribía los suyos con sus manos sagradas, describiendo los anhelos de su corazón en un tono más bello que el del turpial más enamorado. Muchas veces leí su cuaderno, maravillado; infortunadamente se perdió en alguna de las innumerables mudanzas que tuvimos por las veredas de Risaralda, en muy pocos años, antes de que ella con el trabajo de sus manos construyera nuestra casa. No pudo ser profesora, pero estuvo muy feliz de verse reivindicada en sus dos hijos que sí lograron ser profesores, a pesar de los mismos caminos rurales… Poeta siempre fue y siempre será, aunque no haya vuelto a escribir y su cuaderno de versos sólo esté en mi memoria de niño.</p>



<p>Hace algunos meses recibí una llamada que me decía que mamá se había ido. De inmediato hice maletas, renuncié al trabajo y volví a vivir en mi pueblo. Todos los días voy en algún momento del día al Alicachín, pido un tinto como el que tomábamos juntos, y me dispongo a mirar al frente, hacia <em>Estilo y Corte</em>. La imagino leyendo <em>El Faro </em>o <em>El Espectador</em>, que un amigo bondadoso le hacía llegar sin falta, buscando un poema de su hijo mayor, o una pintura de Leo, y sonreír, satisfecha. Todos los días me siento en su peluquería, y sigo viendo la gente pasar, con sus colores y su sombra, y mi corazón se ensancha y se acelera al imaginar que vuelve, que aparecerá desde la calle, se pondrá su delantal y le dará vida a todo con sus manos de ángel. Voy a esperar su regreso todos los días de mi vida.</p>



<p></p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong></p>



<p></p>



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<p></p>



<p></p>



<p><em>Publicado originalmente en el periódico </em>El Faro<em> de Santa Rosa de Cabal en agosto de 2023.</em></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=106990</guid>
        <pubDate>Tue, 22 Oct 2024 01:16:19 +0000</pubDate>
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