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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Adolf hitler Archives | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Nancy Astor (1879-1964)</title>
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        <description><![CDATA[<p>“Los principales peligros de esta vida son las personas que quieren cambiarlo todo… o nada.” Ella fue de esas que nació para cambiarlo todo. A esta mujer no le temblaba la voz al momento de expresar lo que sentía. Hubiera tenido que nacer para cantante o poeta, pero siendo tan deslenguada e impulsiva lo mejor [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>“Los principales peligros de esta vida son las personas que quieren cambiarlo todo… o nada.” Ella fue de esas que nació para cambiarlo todo. A esta mujer no le temblaba la voz al momento de expresar lo que sentía. Hubiera tenido que nacer para cantante o poeta, pero siendo tan deslenguada e impulsiva lo mejor fue consagrarse a la política. “Mi vigor, vitalidad y descaro me repelen. Soy la clase de mujer de la que huyo”, diría en su momento.</p>
<p>Nancy nació en Danville, Estados Unidos, en medio de una familia acaudalada que años antes había perdido su fortuna pero que había logrado reponerse de esta bancarrota luego de terminada la Guerra Civil, y que ahora gozaba de latifundios y predios de los cuales sacaba una alta rentabilidad. En una de estas suntuosas mansiones, “El Mirador”, sería donde Nancy llevaría sus años felices de la infancia.</p>
<p>A sus 18 años se mudó a New York para iniciar sus estudios, y casi al llegar conoció a quien sería su primer esposo, Robert Gould Shaw II, con quien no tendría una buena relación, y con quien a la postre acabaría luego de cuatro años y la presencia en el mundo de un niño llamado como su padre. “Me casé por debajo de mis posibilidades. Todas las mujeres lo hacemos.”</p>
<p>En 1903 muere la mamá de Nancy, y es entonces cuando esta decide regresar a la vida campestre de “El Mirador” para hacerse cargo de la hacienda y de los negocios de la familia. Pero su estancia en la casa de su infancia no sería muy productiva, por lo que un año más tarde emprende un viaje por el país que tanto la maravillaría y que acabaría por conquistar: Inglaterra. A su regreso sería su padre quien le recomendaría mudarse, siendo así que para 1905, Nancy, su hijo y una de sus hermanas se trasladarían a la capital londinense.</p>
<p>El amor fue mutuo. Los ingleses se dejaron seducir por el desparpajo de aquella campechana vivaz, irónica, pícara, contestona, repentista, sagaz y hablantinosa, que parecía tener a todo una respuesta. Esta simpatía y sus encantos serían las virtudes con las que luego conseguiría ganarse no solo el aprecio sino también, años más tarde, sus votos en las urnas. Se cuenta la anécdota de una mujer que celaba a su hombre ante la presencia arrolladora de Nancy. La cuestiona: “¿Ha venido usted a llevarse nuestros maridos?” Su respuesta fue: “Si supiera usted los problemas que he tenido para librarme del mío…”</p>
<p>Sin embargo para 1906 vuelve al altar, esta vez con Waldorf Astor, otro “expatriado” como ella, un hombre que se le parecía en casi todo, ya que incluso coincidían en la fecha y año de sus nacimientos. Así también respecto a sus ideologías moralistas y a sus personalidades temperamentales, pero sobre todo a sus crianzas, ya que ambos habían nacido y pasado sus infancias en los Estados Unidos.</p>
<p>La pareja se mudó a una suntuosa mansión en Buckinghamshire, Cliveden, junto al río Támesis, y sus aposentos se convirtieron en el centro de reunión de varios prestigiosos representantes del partido conservador, y donde poco a poco Nancy iría forjando alianzas y aprendiendo el tejemaneje del mundo político, pasando muy pronto a conformar parte del círculo informal conocido como Milner’s Kindergarten.</p>
<p>Lo suyo no era celebrar banquetes donde asistía la crema y nata de la sociedad, ya que su interés parecía estar definitivamente enfocado a abrirse un campo en la arena pública y darse a conocer. “Lo único que me gusta de la gente rica es su dinero.” Fue por esto que la casa de los Astor también sirvió como un precario hospital improvisado donde se prestó servicio médico a los soldados canadienses que habían sido heridos durante los combates de la Gran Guerra.</p>
<p>Un aspecto considerable en su historia tendría que ver cuando se convirtió al cristianismo científico. Comenzó leyendo de manera desinteresada un par de libros que, de manera progresiva, paulatina, gradual, acabarían por convertirla en una férrea creyente y una fanática convencida. Su convicción era tan fuerte, que era común que estuviera intentando convencer a cualquiera de sus creencias y especialmente a sus hijos, y de esta misma forma no desaprovechaba ocasión para criticar con rigor la religión tradicional del cristianismo.</p>
<p>El marido de Nancy gozaba desde hacía años de un puesto como diputado de Plymouth en la Cámara de los Comunes, pero luego de suceder a su padre como segundo Vizconde tendría que abandonar su puesto para formar parte de la Cámara de los Lores, dejando el escaño vacante para que su esposa se aventurara en la carrera política.</p>
<p>En 1918 se llevó a cabo una reforma política que le permitió a las mujeres el poder de postularse para ejercer cargos públicos, y ese mismo año Constance Markiewicz sería la primera mujer en ser elegida por voto popular; pero no sería la primera en oficiar como diputada, ya que este honor histórico le correspondería a Nancy Astor, quien sería ciertamente la primera mujer en integrar el parlamento británico.</p>
<p>Sin embargo la campaña no sería para nada fácil, en especial porque sus supuestas conexiones provenían directamente de la carrera que había forjado su marido, y no propiamente de la esposa desconocida y lenguaraz que aparecía para robarse a gran número de votantes con su destellante simpatía. Se le achacaba además que fuera una oligarca sin mayor contacto ni conocimientos de la realidad social inglesa, y por lo cual sería increpada por alguien que le preguntó qué habían hecho los Astor por él en específico, y a lo que Nancy respondió: “Ya lo sabes, Charlie”, para luego coquetearle y sacarse una foto con él. Y era precisamente este carisma y gracia la que le valdría el aprecio de un público que se divertía con cada una de sus ocurrencias.</p>
<p>Durante su campaña también se cuidó dejando de lado sus posturas fundamentalistas, especialmente las referentes a la prohibición del alcohol, y así mismo consiguió convocar a varias mujeres en mítines y reuniones donde seguramente lograría un importante caudal de votos. “Nosotras, las mujeres, hablamos demasiado, pero ni siquiera así decimos la mitad de lo que sabemos.”</p>
<p>Siendo una de las más votadas, el 1 de diciembre de 1919 Nancy pasaba a ocupar su curul en la Cámara de los Comunes como representante del Partido Conservador, conocidos también como <em>“Tories”. </em>Y era como si Nancy adivinara su postrero porvenir y a pesar de que el camino en un principio parecía tan prometedor, y así fue: “Los pioneros pueden ser figuras destacadas, pero a menudo están solos.”</p>
<p>Una mujer en medio de un conglomerado de señores resultaba ya de por sí pintoresco. La polémica y controvertida parlamentaria procuró ser discreta en su vestir, discreta en ocupar otros espacios distintos de su escaño para codearse con los hombres en la cafetería y en fumaderos, y aunque dicha discreción no lograría explayarla al momento de contener su lengua. Según se cuenta el primer día en el parlamento la diputada tendría su primer llamado de atención luego de que la sesión se viera perturbada por no parar de hablarle a su compañero del lado.</p>
<p>Muchos fueron los contradictores que se oponían a sus propuestas, como aquella de hacer algunas reformas a las leyes de divorcio, y por lo que se le llamó hipócrita siendo que ella se había divorciado en Estados Unidos, gozando de las prebendas legales que ahora pretendía derogar. Sea como sea, lo cierto es que su paso por el órgano legislativo no tuvo mayor trascendencia. Defensora de la igualdad de sexos, propuso crear un partido especial para las mujeres, pero jamás se concretó, como sí logró cumplir con la creación de parvularios, e incluso donaría de su propio bolsillo para la financiación de proyectos educativos para menores. Estaba comprometida con la educación, y aunque sus comentarios siguieran la misma línea de la imprudencia. Decía: “La verdadera educación debería educarnos para ser algo mejor; en un egoísmo que nos una a la humanidad.”</p>
<p>Mostró siempre su simpatía por la unidad de los anglófonos y nunca ocultó su orgullo por el imperio británico. Y en donde sí que fue constante y no dio su brazo a torcer, sería en las iniciativas legales que restringieran el consumo de alcohol, y que a la postre consiguió con la ley que incrementó a los 18 años la edad en la que se permitía su consumo.</p>
<p>Durante los años veinte Nancy mantuvo una buena popularidad, inspirando a muchas mujeres a que tomaran también la iniciativa de lanzarse al ruedo político, e invitándolas además para que se enlistaran a formar parte del servicio civil y de la fuerza policial. Y pese a que también en Estados Unidos era célebre y querida, los años siguientes su imagen y aprecio comenzarían a decaer con notoriedad.</p>
<p>A finales de esta década logró mantener su curul luego de unas elecciones bastante apretadas contra el candidato laborista. El comienzo de la década de los treinta no pintaba nada bien. Incriminado por una acusación de homosexualismo, en 1931 su hijo Robert es llevado a prisión, y por esos mismos días Nancy daría un discurso bastante desacertado que acabaría por opacar todavía más su ya desgastada figura. Sucedió luego de que la selección nacional de críquet fuera derrotada, y a Nancy no se le ocurrió un mejor culpable del fracaso que el propio alcohol. Los jugadores y la gente en general no gustó mucho de que los llamaran borrachos, y su popularidad continuó decreciendo.</p>
<p>“La pena del éxito es que la gente que te asombra ahora te aburre”, decía, pero no así sucedió cuando conoció a un personaje que marcó su vida, el escritor George Bernard Shaw, con quien mantenía arraigadas e irreconciliables discrepancias, y pese a esto ambos disfrutaban de la compañía contradictoria del otro. Con Shaw viajó a la Unión Soviética cuando este le sugirió que lo acompañara y así pudiera despejarse de sus problemas. Y a pesar de que Astor se manifestaba contradictora del comunismo, su imagen se vería nuevamente deslustrada cuando su amigo se pronunció públicamente mostrándose partidario de la Rusia de Josef Stalin.</p>
<p>La verdad es que Astor tuvo incluso la valentía de cuestionar al dictador durante una entrevista a la que sería invitada, preguntándole por la muerte injusta de una buena parte de su pueblo. Según parece los traductores prefirieron cambiar el discurso y evitando molestar al mandatario dentro de sus propios dominios. Sea como sea, de regreso a Inglaterra su partido empezó a verla con cierto recelo y desconfianza, como una especie de traicionera que ahora congeniaba con las ideas del comunismo.</p>
<p>Nancy tampoco dejó una buena imagen mostrándose a favor de una nueva guerra mundial, y aunque se hubiera opuesto al nazismo por su postura contra las mujeres, sí que se parecía una simpatizante encubierta del régimen. Sería por esto que en Gran Bretaña la llamaban la mujer del <em>Führer</em>, y así mismo era conocida como la “Honorable Parlamentaria por Berlín”.</p>
<p>De lo que sí no cabrá duda es de su ideología antisemita, la misma que compartía Joseph P. Kennedy, y con quien mantuvo una copiosa correspondencia en donde al parecer ambos sugieren que Adolf Hitler podría convertirse en una solución para dos odios compartidos: los judíos y el comunismo. Sin embargo en una entrevista declaró que Hitler era muy parecido a Charlie Chaplin como para que pudieran tomarle en serio.</p>
<p>Los comentarios salidos de tono y sus tantas ocurrencias empezarían a jugarle en contra, y si antes deleitaba a las audiencias con sus dichos sardónicos, ahora Nancy se estaba convirtiendo en una señora molesta que solía perturbar y polemizar cada vez que abría la boca. Se exacerbó su odio por el comunismo y se profundizó su fanatismo religioso, logrando así que fuera su imagen la que cada vez estuviera más empañada.</p>
<p>La gente ya no le creía mucho, y esto porque su decadencia también empezó a ser notoria en su condición mental. En sus discursos se veía errante, en ocasiones perdida, incapaz de hilvanar algunas ideas, y por lo que poco a poco fue convirtiéndose más en una especie de burla que en una política útil. Ante la imposibilidad de debatir con alguien tan poco cuerdo, un parlamentario de la oposición comentó que es como “jugar al squash con un plato de huevos revueltos.”</p>
<p>Durante la Segunda Guerra su mansión volvería a ser una cede improvisada para atender otra vez a los soldados canadienses, y esto pese a que también con los ejércitos tendría sus desencuentros, y en especial cuando llamó “desertores” a aquellos soldados que se habían negado viajar a Francia. En respuesta a sus declaraciones las tropas compusieron una canción que acabaría haciéndose popular, y a la que titularon <em>La balada de los desertores del Día D: </em>“Querida Lady Astor, creemos que usted sabe mucho de la guerra. De pie en su escaño y contando mierda, usted es el bombón y el orgullo de Inglaterra. Creemos que su boca también está llorando por nosotros. Se lo dedicamos sus “Desertores del Día D” desde la soleada Italia.” Otros regimientos se atrevieron a decir que la animadversión de Astor a los ejércitos era debido a que un soldado había contagiado a su hija de una enfermedad venérea y que incluso la había embarazado.</p>
<p>Y si se creía que no era posible ganarse aún más el desprecio por buena parte de la sociedad, decir que en los últimos años también se incrementó su odio racial y su discriminación étnica. En Estados Unidos humilló a los estudiantes afroamericanos diciéndoles que su aspiración en la vida debería ser la de convertirse en los sirvientes que la atendían cuando era niña, y a los negros cristianos les recomendó agradecieran por la época esclavista ya que gracias a esta vivencia es que los negros se permitieron conocer el cristianismo.</p>
<p>Luego de haber sido reelegida siete veces consecutivas y después de veintisiete años como parlamentaria, Nancy Astor no se presentará nuevamente a las elecciones. “Ya de paso también me gustaría decir que la primera vez que Adán tuvo la oportunidad le echó la culpa a Eva.” Los <em>Tories </em>la consideraban ya un ser vetusto y ni siquiera su marido se prestó para apoyarla a una nueva candidatura, siendo así que en su discurso de despedida dejó en claro que su retiro no era del todo deseado por ella, y que tras su partida los hombres ya podían sentirse tranquilos. En su momento le escuchamos decir que “las mujeres tienen que hacer el mundo más seguro para los hombres ya que los hombres lo han hecho tan inseguro para las mujeres.”</p>
<p>Un enemigo acérrimo con quien protagonizaría sonados debates en el parlamento sería nada menos que el mismísimo Winston Churchill, a quien en una ocasión le diría: “Si usted fuese mi marido, le envenenaría el té.” Y en respuesta Churchill le contestó: “Señora, si usted fuera mi esposa, ¡me lo bebería!” Churchill diría que tener una parlamentaria como ella era tan desagradable como tener a un intruso toqueteándole en el baño, a lo que Astor respondió: “Usted no es tan atractivo como para tener que preocuparse por eso.” Para una fiesta de disfraces que estaba por celebrarse Churchill pidió alguna sugerencia para su disfraz, a lo que Astor le propuso: “¿Y por qué no viene sobrio, Primer Ministro?” Y es que desde siempre Nancy se confesaría abstemia: “Una razón por la que no bebo es porque deseo saber cuándo me lo estoy pasando bien.”</p>
<p>Los años venideros tuvo que padecer la muerte de los dos últimos hermanos que le quedaban, así como la de su mentor espiritual, además de un paro cardiaco que tuvo su marido luego de una discusión con ella, y que acabaría por distanciar a la pareja. Algunos ideales izquierdistas contagiaron la ideología del marido, por lo que la pareja se distanciaría para volver a reconciliarse un tiempo después, y hasta la muerte de Waldorf Astor en 1952, el hombre con quien compartió tantos años y con quien tendría cinco hijos. “Me niego a admitir que tengo más de 52 años, aunque eso haga a mis hijos ilegítimos”, decía, como siempre, en broma.</p>
<p>“¿Me estoy muriendo o es mi cumpleaños?”, dijo Nancy Astor, a quien se le irían yendo los suyos, sus más queridos. Ya habría muerto su amigo Shaw, y fue así como Nancy se iría perdiendo cada vez más en el olvido y en la soledad, hasta ese día del año de 1964 en el que moriría en casa de su hija, en Grimsthorpe, Lincolnshire, y sus restos descansan en Buckinghamshire.</p>
<p>Luego de un siglo de haberse convertido en parlamentaria, la ex primera ministra Theresa May inauguró en Plymouth una estatua de bronce junto a la que hubiera sido la casa de Astor, refiriéndose a ella con las siguientes palabras: “Hace cien años, Nancy Astor cambió la democracia británica para siempre y para mejor. Además de ser un monumento a una mujer valiente, espero que esta estatua inspire a personas de todos los orígenes a dar un paso al frente y participar de lleno en la vida pública.”</p>
<p>Cómica, cínica, explosiva, ingeniosa, delirante, se le recordará por sus tantas citas que no pudieron pasar desapercibidas. De carácter firme, sin pelos en la lengua al momento de defender sus ideas que bien sabía argumentar, convencida de sí misma, grotesca y vulgar, brillante, y de quien se decía incluso que tenía poderes hipnóticos, una mujer definitivamente particular y que, por lo mismo, consiguió abrirse paso en un mundo donde la única y primera mujer tendría que ser así, así como era Nancy Astor.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Thu, 30 May 2024 12:14:40 +0000</pubDate>
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        <title>Elizabeth &amp;#8220;Lee&amp;#8221; Miller (1907-1977)</title>
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        <description><![CDATA[<p>Aventurera y desafiante, así podríamos definir a una mujer que no vaciló ante el peligro, y, antes bien, lo encaraba con la ferocidad de un soldado experto, no temiendo entrometerse en el lugar más prohibido. Su fascinación por rebelarse sería según parece una cuestión de temperamento. A los 7 años, embelesada con los trencitos de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Aventurera y desafiante, así podríamos definir a una mujer que no vaciló ante el peligro, y, antes bien, lo encaraba con la ferocidad de un soldado experto, no temiendo entrometerse en el lugar más prohibido. Su fascinación por rebelarse sería según parece una cuestión de temperamento. A los 7 años, embelesada con los trencitos de juguete de su hermano, decidió escapar de la custodia de sus padres para comprobar con sus propios ojos cómo operaban los trenes de verdad, luego de lo cual sus padres tuvieron que rescatar a su extraviada pequeña en la estación ferroviaria. Elizabeth, más conocida como “Lee”, nació a las laderas del río Hudson, a unos 140 kilómetros de New York, en una familia que había heredado el interés por las manualidades y las artesanías. A su abuelo se le recuerda por haber enladrillado el centro educativo de artes, el Antioch College, colocando cada día un promedio de unos siete mil ladrillos. Su tío oficiaba como editor de <em>American Machinist, </em>una revista dedicada a la mecánica, y así también su padre, Theodore, de ascendencia alemana, y quien ostentaba un título en ingeniería mecánica y era un aficionado a la fotografía, además de un experto apasionado en el diseño de curiosos artilugios. De pensamiento liberal, el padre inculcó a sus hijos una vida sin mayores principios, siendo su ejemplo el de un hombre infiel y poco creyente en las religiones. Les decía: “Pueden hacer lo que les apetezca, siempre que no hagan daño a nadie.” Elizabeth creció en un entorno campestre, disfrutando con sus dos hermanos de la casita del árbol que su padre les había diseñado, imitando las técnicas de fotografía e intentando ella misma inventar nuevos e ingeniosos adminículos. Y aunque se confesara poco hábil para las manualidades, lo cierto es que Lee desde muy pequeña desestimaría las muñecas y el bordado y se vería cautivada y familiarizada con las cámaras y la fotografía. “No soy muy hábil con las manos. Soy buena con un destornillador, puedo desmontar una cámara. Pero, ¿coser un botón? Podría ponerme a gritar”, comentaría años más tarde. Su madre, Florence, temía que su hija era un poco “masculina” y que pudiera convertirse en un “chicazo”, siendo que ella quería precisamente a una muñeca, a una niña ejemplar, e incluso sería por ello que cortó el pelo de uno de sus hijos con el estilo de peinado clásico de mujer. Por su parte el padre respondió cortándole el cabello a Lee con un corte varonil. Aproximadamente a los 8 años, Lee quedó una tarde bajo el cuidado de un tipo cercano a la familia y que acabaría abusando sexualmente de la pequeña, contagiándola de gonorrea, y generándole un trauma del que según parece no se pudo reponer nunca. Desde entonces no dejó de sentirse sucia y solía bañarse varias veces al día, se convirtió en una niña irritable, avergonzada, temerosa, solitaria. Padecía ataques de ira en los que destrozaba sus pertenencias, y debido a su conducta rebelde, sería varias veces expulsada de la escuela. Lee recibió tratamiento psicológico, pero sería tal vez la práctica inusual de su padre lo que logró mitigar un poco la vergüenza de su hija, y explorar con libertad su propio cuerpo. Tan liberal era su padre, que utilizó a Lee como modelo para fotografiarla desnuda empleando la técnica estereoscópica, conservándose una de tantas fotos en la que podemos apreciar a la pequeña Lee posando sobre la nieve y vistiendo apenas su par de botas, mientras recoge sus brazos en un intento por apaciguar el frío. Tal vez estas experiencias de exposición lograron destrabar en parte los complejos de Lee, ayudarla a superar sus traumas, desnudar sus temores, y de paso revelar en ella su vocación predestinada: la de fotógrafa. Pese a lo inquietante que pueda parecer esta práctica con su hija, Theodore sería siempre para ella “el hombre más querido y en el que más confiaba”, confesó muchos años después. En adelante comenzaría un proceso de recuperación. Empezó a interactuar con otras niñas, se interesó por la cocina, el piano, la danza, y en general por el mundo de las artes escénicas. La fotografía pudo haberla salvado. A sus 10 años visitó el teatro con su madre, y fue entonces cuando entendió que lo suyo era el protagonismo, destacarse, ser reconocida, consagrarse como el centro de atención. A los 17 años mostraba un cierto descontento por su vida y confiesa haber tenido algunos pensamientos suicidas, pero justo coincidió con un viaje que la familia decide realizar por Europa. Sería en París donde Lee podría respirar el ambiente bohemio que tanto la sedujo por sentirse identificada. Disfrutó ver la cotidianidad de las prostitutas y quedó impregnada del ambiente artístico de la capital francesa, por lo que sus padres decidieron matricularla en una escuela de teatro, ya que lo de ella no parecía ser la academia formal. Pero poco tiempo después de iniciado el curso teatral, la joven Lee se dejó conquistar por el consumado mujeriego que era el director de la escuela, y una vez enterado del amorío, el padre mandaría traer de regreso a la díscola de su hija. Para 1927, a sus 20 años, ya Lee se había convertido en un mujerón de esas que impactan por su belleza. Alta y alargada, de un pelo rubio y abundante, de ojos vibrantes, claros y saltones, nariz ancha, arquetipo del ideal de los años veinte, y con ese rostro expresivo que cautivaría cualquier día a un hombre que, según la leyenda, la salvaría de sufrir un accidente de tránsito. “¿Te interesaría trabajar como modelo?” Fue lo que atinó a preguntar aquel ángel guardián, Condé Nast, y quien también fuera editor de <em>Vanity Fair </em>y de <em>New Yorker, </em>además del fundador de la prestigiosa revista <em>Vogue. </em>Ese mismo año Elizabeth Lee Miller aparecería en la portada de la revista <em>Vogue, </em>y durante los siguientes dos años su imagen sería una de las más cotizadas y requeridas por fotógrafos, publicistas y por todo el entorno del modelaje, trabajando junto a los más prestantes y reconocidos del gremio. Pero su carrera como modelo llegaría a su fin luego de que se valieran de su imagen para publicitar unas compresas para la higiene menstrual, lo cual era inédito en los medios propagandísticos, y por lo cual la modelo sería condenada como una desvergonzada. De cualquier forma Lee supo reponerse y emprender un nuevo rumbo, y esos caminos la llevarían de nuevo a mudarse a territorios galos, con el firme interés de hacerse conocer entre los artistas de vanguardia y especialmente dentro del movimiento surrealista. “Prefiero tomar una foto que ser fotografiada”, decía Lee, convencida de su propósito de convertirse en fotógrafa profesional. Corría el año de 1929 cuando la intrépida Lee se le presentó al afamado Man Ray en el cafetín <em>Le bateau ivre. </em>Así lo recuerda su protagonista: “En aquel tiempo estaba en París, así que me acerqué a él y le dije: ‘Hola, soy tu nueva alumna y aprendiz.’ Él respondió: ‘Yo no tengo alumnos ni aprendices.’ Y yo le dije: ‘Ahora sí.’” Ella tenía 24 años y él 40, y a partir de ese saludo el pintor haría parte de su vida a esa joven mujer por la que entonces abandonaría a su esposa. “Me marcho de vacaciones a Biarritz”, le dijo Man Ray. “Yo también”, le respondió su amante. Fue entonces cuando comenzó una relación en la que Miller serviría como fuente de inspiración artística: musa y pupila, el cuerpo y la imagen toda de Lee quedaría retratada en pinturas y en fotografías que hicieron parte de una obra de tinte surrealista. Se recuerda la foto que captura el <em>derriere </em>desnudo de la modelo y que tituló <em>La prière </em>(La que reza). Debido a una casualidad, Miller descubrió la técnica conocida como “solarización”, donde las zonas oscuras se revelan como zonas iluminadas y viceversa, con un borde luminoso que define las zonas de contraste, y que el afamado artista ayudaría a desarrollar, y aunque poco crédito le haya dado a su compañera. Lo cierto es que parte de la producción fotográfica atribuida a Ray, fue realmente el trabajo clandestino de Miller, y quien estaba más interesada en aprender de su mentor y darle un espacio para que éste pudiera dedicarse más tiempo a la pintura. Una vez logrado cierto renombre, Miller abre su propio estudio, y es a partir de entonces cuando empezará a codearse con los más célebres del momento, como es el caso de Dora Maar, Salvador Dalí, Joan Miró, Max Ernst, Pablo Picasso (quien la retrataría por lo menos siete veces), y también Jean Cocteau, quien apenas la conoció le propuso interpretara a una estatua que cobra vida en su película de 1930 titulada <em>La sangre de un poeta</em>. Lee pasa a formar parte del movimiento surrealista, y su propuesta es la fotografía de imágenes simbólicas e hilarantes y en donde solía valerse de la técnica de la “solarización”. En 1932 pone un punto final a su relación con Man Ray y regresa a New York para establecer un estudio junto a su hermano Erik. Para ese año la veremos exponiendo en la Galería Julien Levy de New York, y un año después realizará otra exposición en la misma galería, pero esta vez con una presentación en solitario. En 1934 contrajo matrimonio con el ingeniero egipcio Aziz Eloui Bey, a quien conoció cuando éste realizaba un viaje de negocios a New York, y por quien acabó dejando todas sus empresas y proyectos personales para mudarse junto a él a la ciudad de El Cairo. La consumada fotógrafa no desaprovecharía su tiempo para tirar una que otra fotografía del contexto social cairota, o para captar la esencia de un paisaje, como es el caso de la fotografía que sacó desde lo alto de una pirámide, y que pareciera una composición cubista a base de sombras; u otra foto que tomó cerca al desierto de Siwa, a la que tituló <em>Portraits of space, </em>y que inspiraría a René Magritte para su pintura <em>Le baiser. </em>Y aunque tendría la oportunidad de escandalizar un poco a la sociedad musulmana, siendo la única mujer que se permitía pasearse en las playas vistiendo diminutos trajes de baño, la vida apaciguada y cómoda que le brindaba Egipto acabaría por aburrirla, y necesitada de aventura, desafío y adrenalina, volvería a París, y para 1937 comenzaría un idilio con el coleccionista de arte, Roland Penrose. “Siempre he buscado una combinación utópica de libertad y seguridad y emocionalmente necesito estar completamente absorta en algún trabajo o en el hombre que amo”, diría Lee en su momento. En 1939 Miller intentó trabajar como fotógrafa de <em>Vogue, </em>pero apenas logró conseguir un puesto como asistente; sin embargo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial algunos fotógrafos dedicados al oficio de la moda serían reclutados para disparar sus lentes hacia el frente de batalla, y en cuestión de pocos meses Elizabeth quedaría ocupando el cargo al que en un principio aspiraba. “Me parece que las mujeres tienen más probabilidades de éxito en la fotografía que los hombres… Las mujeres son más rápidas y más adaptables. Y creo que tienen una intuición que les ayuda a comprender las personalidades más rápido que los hombres”, dijo en su momento; y sí que sabría demostrar su punto, consagrándose como uno de los ojos más especiales del mundo de la fotografía. Sin embargo para 1942, y pese a la insistente desaprobación de sus familiares y amigos, contrariando a quienes se le oponían y en un desafío mortal, Lee acepta formar parte del London War Correspondents Corps y alistarse como fotoperiodista y corresponsal de guerra de la revista <em>Vogue, </em>en un cubrimiento del escenario bélico que la llevaría a batallar en distintos frentes. Se hizo a un uniforme diseñado a su medida en Savile Row y navegó el océano hasta dar con el Canal de la Mancha, para luego internarse en Francia y testimoniar con su cámara todo el horror de la guerra. Así, pues, la modelo se vistió de soldado y ofició durante años los estragos de la guerra, siendo una de las cuatro fotógrafas acreditadas por las fuerzas armadas estadounidenses. Si es cierto que para captar buenas fotografías el fotógrafo debería acercarse a su objetivo lo máximo posible, Lee conseguiría las mejores imágenes, ya que ubicaría su lente justo al frente de los cañones. Así sucedió en un episodio en el que la intrépida fotorreportera quedaría a merced de una confrontación armada, siendo ella la única en el terreno que contaba con el armamento peculiar de una simple cámara fotográfica. Así recuerda dicho suceso: “Era la única fotógrafa en kilómetros a la redonda y tenía una guerra para mí sola. Fue un impacto letal… Luego todo se lo tragó el humo… Me refugié en un puesto alemán, en cuclillas bajo las murallas. Mi talón pisó una mano inerte y arrancada y maldije a los alemanes por la sórdida y terrible destrucción que habían provocado en esta hermosa ciudad.” Al comienzo se le encomendó la discreta misión de fotografiar la cotidianidad de las mujeres abocadas al servicio de la guerra, pero con el paso de los días su interés se vio volcado hacia el lado más excitante del conflicto, testimoniando con sus fotografías la devastación luego de la Batalla de Alsacia, así como los destrozos provocados por el ataque <em>Blitz </em>de los alemanes. “Ser una buena fotorreportera es cuestión de arriesgarse y cortarlo detrás de ti”, decía. No se resistía ante el peligro, e incluso iba tras él, persiguiéndolo con sevicia. Y fue así como un mes después de que los aliados consiguieran reconquistar las playas de Normandía, Miller llegaría con la intensión de cubrir el trabajo de las enfermeras en el hospital de campaña en Omaha. Entonces no desaprovecharía el momento, y aunque le estuviera prohibido, la atrevida fotorreportera sería la única en conseguir hacer presencia en la liberación de Saint Melo, para dejar un registro de los horrores perpetrados por el uso indiscriminado de napalm, y por lo que sería enviada a prisión durante un par de días, para luego ser expulsada del primer frente de batalla. A pesar de esto, la escurridiza reportera se escabulliría de todo impedimento y acompañaría a los soldados aliados que acabarían retomando sus territorios en la Liberación de París, y de la cual nos dejó un registro icónico, gracias a la foto que capturó de una Torre Eiffel cubierta por el manto de la niebla, otorgándole un aspecto de dramatismo que bien podría simbolizar el emblema de una ciudad fantasmal. Para darle mayor profundidad a su trabajo, las fotografías de Lee vendrían acompañadas de la palabra, redactando ella misma los textos que explicaban el contexto de la imagen, ganando prestigio y reputación por la agudeza de sus descripciones y la manera sensible como lograba interrogar a los espectadores. Uno de los momentos que más parece haberla signado sería cuando fotografió a un soldado que había sido casi incinerado, y que estaba cubierto de cuerpo entero por los vendajes. El malherido le pidió en un gesto cómico y esperanzador que le tomara un retrato para ver “qué pinta tan graciosa tengo”, imponiendo el humor al dolor, y muriendo unas horas después. Sin embargo, Lee también se dio a la tarea de retratar imágenes más ligeras y que también daban cuenta del contexto social, como aquella foto que tituló <em>The way things are in Paris, </em>y en la que vemos a una joven aparcada junto a los escombros de un cafetín destrozado por los bombardeos; o las fotos de los secadores de una peluquería y que acompañaría con el siguiente texto: “De muchos reportajes publicados en Reino Unido podrías pensar que las parisinas han tenido todo lo que las inglesas anhelan, excepto pequeños detalles como la libertad y la seguridad.” La mirada con ese toque de experta en asuntos de moda estuvo siempre presente en sus composiciones, y a pesar de lo escabrosas que pudieran ser. El ojo artístico de Miller no se ausentó nunca al momento de captar lo más terrible del ser humano. Se decantaba más por destacar lo simbólico de cada imagen para dejar de lado el sensacionalismo amarillista, y de allí que sus fotos no sean una composición vacía, evidentemente cruel, para en cambio aportar una estética más representativa, y así mismo cruda, real, sujeta a la interpretación de un ojo periodístico y documental, o a la de un incauto espectador que quedará seducido por tratarse de una inconfundible pieza de arte. Varias de sus fotografías fueron expuestas en 1940 en la exhibición <em>Surrealismo hoy,</em> en la Galería Zwemmer de Londres, y un año más tarde sus fotografías participarían de la exposición <em>Gran Bretaña en guerra</em> en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de New York. Se recuerdan fotografías como la del soldado caído que flota sobre las aguas marinas, o la que titularía <em>La capilla inconformista </em>y en la que se aprecia la imagen surrealista de una inverosímil iglesia consumida absolutamente por los impactos de las bombas. Una de sus fotos más celebradas sería la serie que tituló <em>Máscaras de fuego, </em>en la que se contemplan varios rostros cubiertos por máscaras antigás, y en ocasiones acompañadas por algunas muñecas que se vislumbran entre los escombros. Lee Miller también sería la primera en llegar a los campos de concentración de Buchenwald y Dasau en el momento en que fueran liberados por las tropas aliadas, dejando para la memoria histórica el registro del escenario siniestro que los nazis habían perpetrado al interior de estos macabros recintos. Miller asegura que el pueblo alemán no desconocía el horror que se vivía en los campos de concentración, y su denuncia tal cual lo temía fue también desconocida por la revista para la que trabajaba. “No suelo sacar fotografías de horrores. Pero no creo que aquí haya una ciudad o una zona que no estén repletas de ellos. Espero que en <em>Vogue </em>piensen que estas fotografías son publicables”, le confesaba la fotógrafa a uno de sus colegas por medio de un telegrama. Y en efecto <em>Vogue </em>no quiso comprometerse a publicar las fotos, pero no así sucedió con la revista <em>Vogue </em>americana, que no vaciló ante el escándalo que las fuertes imágenes pudieran ocasionar, y se limitó a publicarlas. “¡Créanselo!” Ese fue el texto que Miller redactó para acompañar las imágenes que aparecieron con el título de <em>Fotografías en los campos de concentración de Buchenwald y Dasau. </em>Pero por lo que sin duda será más recordada es por la mítica y retadora fotografía que <em>Vogue </em>publicaría con el siguiente texto:<em> El apartamento de Múnich de Hitler: Lee Miller, que recoge la historia, disfruta del baño de Hitler. </em>Como solía hacerlo, Miller consiguió salirse con la suya y disuadir a los soldados para que le permitieran acceder al interior de la vivienda donde moraba el líder máximo y protagonista de este lado de la guerra. “Durante años he llevado la dirección de Hitler en Múnich en el bolsillo y por fin he tenido la oportunidad de usarla. <em>Mein host was not home </em>(Pero mi anfitrión no estaba en casa). Tomé algunas fotos del lugar y dormí bastante bien en la cama de Hitler. Incluso me quité el polvo de Dachau en su bañera.” Estas fueron las confesiones de Miller luego de haber sido fotografiada tomando un baño en la bañera de Adolf Hitler, ubicada en el 16 de Prinzregentenplatz de Múnich. El encargado de fotografiarla fue su aliado y colega, el corresponsal de la revista <em>Life</em>, David E. Sherman, componiendo un cuadro sugestivo y de cualquier manera provocador. Ensuciando la alfombra, bajo la bañera, descansan un par de botas enlodadas, y que recogen el terruño de su paso reciente por Dachau. A un costado de la bañera, junto a la pasta de jabón, un retrato del <em>Führer </em>contempla el desafío de una mujer que nunca temió a nada y que gozó de ese baño como si se tratara de una venganza de limpieza. “Naturalmente, tomé fotos. ¿Qué se supone que debe hacer una chica cuando una batalla aterriza en su regazo?”, decía emocionada luego de su acto de rebeldía, y que curiosamente ocurrió ese mismo 30 de abril en el que Hitler se suicidaría en compañía de su esposa Eva Braun entre las cobardes paredes de un decadente búnker. En definitiva, tras sus experiencias de guerra, evidenciar que sus fotos permiten revelarnos lo que la autora tuvo que presenciar también con sus propios ojos. Miller sería testigo de los presos que rogaban cesaran las torturas, de las pilas de cadáveres que se amontonaban en los campos de concentración, niños famélicos, soldados con heridas de muerte, y todo tipo de ejecuciones que acabarían por hacer mella en su espíritu. Durante su estancia en Francia, Miller estuvo realizando una serie de autorretratos, y en los que paulatinamente podemos apreciar un deterioro en su rostro, en sus ojos cansinos, en su boca apagada y en sus labios resquebrajados, en su piel desgastada y en esa expresión atónita, desconcertada, ausente, sin brillo y melancólica, reflejo de un alma que pareciera desengañada del mundo. “Yo lucía como un ángel, pero por dentro era un demonio”, decía. Es así como después de la guerra la aventurera fotógrafa nunca más podría reponerse, y como si se tratara de un soldado a quien le costara retomar su condición de civil, Miller se refugió en el alcohol, y ya nunca más volvería a ser la misma. Una vez acabada la guerra viajaría a Viena para capturar las imágenes de huérfanos moribundos, y luego en Hungría retrató la vida campestre, y así también tomó fotografías de las ejecuciones de algunos integrantes del nazismo que habían sido castigados con la pena capital, siendo el más recordado el del líder del gobierno húngaro, el primer ministro Laszlo Bardossy. Pero es que lo que Lee parecía disfrutar y lo que la hacía sentir viva era creer que estaba siendo parte de una película de acción. Y es que ciertamente durante unos años así fue su cotidianidad, y era ella la protagonista de una trama acelerada y cargada de adrenalina y que no dejaría de extrañar. Nostálgica de guerra, Lee se recordaría a sí misma infundiendo respeto entre las tropas, hablando el mismo lenguaje soez del soldado, y experimentando un cambio en una voz que pasó de ser acaramelada para convertirse en el vozarrón autoritario de un general. La antigua modelo se había convertido en un soldado consumado. Convencida de su potencial e interesada en que todos se enteraran de sus capacidades artísticas, Miller continuó un tiempo más como fotógrafa, y a pesar de interesarse cada vez menos por el oficio y declinar de algunas propuestas de trabajo, la famosa fotorreportera no tenía reparos en reconocerse como un espécimen único en su especie: “No seré la única reportera en París, pero sí la única dama fotógrafa, a no ser que llegue otra en paracaídas.” En 1947 se divorcia de Aziz Eloui Bey y se casa con Roland Penrose, estableciéndose de nuevo en Inglaterra, y convirtiéndose a la edad de los 40 años en madre de un niño llamado Anthony, experimentando un estrés posparto que acabaría sumiéndola en episodios depresivos, así como ataques de ira provocados principalmente por las infidelidades de su marido. Lee confesaría que jamás pudo superar en definitiva el trastorno producido por la violación de la que fue víctima en su infancia, y esto sumado a su estrés de posguerra, a sus tendencias suicidas y al consumo excesivo de alcohol, y que sería lo que le impediría sobrellevar con tranquilidad sus restantes años de vida. “Perdida es una buena forma de describirla”, fue como lo expresó su nieta, Ami Bouhassane. Por su parte, su hijo la recuerda como a una ebria a la que poco veía, deslenguada, y desentendida en todo momento de su labor de madre, y a quien incluso miraba con cierta vergüenza. “Lee tenía problemas a la hora de querer a alguien”, comentó su hijo a <em>The New York Times. </em>En 1949 la familia se muda a Farley Farm House, en Sussex, y a partir de entonces la reconocida fotógrafa casi abandonará el oficio por el que será siempre recordada. Sus últimas fotografías profesionales datan de 1953, y para 1955 elige una selección de su trabajo que exhibe en el MOMA de New York con el título de <em>The family of man. </em>Con el pasar de los años sería su esposo quien iría cobrando prestancia y reconocimiento como artista de vanguardia, siendo incluso nombrado como caballero en 1966, lo que oficialmente convirtió a Elizabeth en Lady Penrose, y a lo cual ella se burlaba con su característica mordacidad, bautizándose a sí misma como “Lady Lee”. Sus últimos años los pasó en el mismo hogar, donde solía recibir a conocidos y amigos para celebrar tertulias en las que además participaba su esposo. En la cocina también encontraría un refugio. Tomó clases de gastronomía en el Cordon Bleu de París y compiló sus propias recetas en un libro que pretendió publicar, y que cien años después de su natalicio su nieta daría a conocer bajo el título de <em>Lee Miller: a life with food, friends, and recipes. </em>Finalmente, Elizabeth Lee Miller muere a la edad de los 70 años. Después de su muerte su hijo Anthony descubrió en el ático de su casa un material fotográfico que su madre quiso mantener siempre oculto, permitiéndole comprender mucho mejor quién fue esa madre de la que apenas si sabía un par de anécdotas, y hasta el punto de comenzar un estudio de su vida y obra, y que acabó siendo la más completa biografía sobre la fotorreportera: <em>Las vidas de Lee Miller</em><em>. </em>Un año antes de su muerte asiste como invitada de honor a los Encuentros Internacionales de Fotografía celebrados en Árles. <em>The New York Times </em>anunció su muerte y eligió nombrarla con el apodo que no merecía: “Lady Penrose”. Anthony, quien confiesa no haber llorado cuando murió su madre, dice haberse conmovido toda vez se enteraba de las andanzas de mamá, derivando en ese relato de vida que un diario neoyorquino reseñó como “una especie de canto de amor a la mujer que nunca llegó a conocer”, y entonces por fin lloró. “Me di cuenta de todo lo que me había perdido, tantas cosas que querría haber sabido de ella y haber entendido”, comenta Anthony, quien desde hace años transformó la antigua casa de sus padres (y en la cual él se crio) en un museo consagrado a la memoria de sus progenitores. Además de dictar toda clase de talleres, en la actualidad el museo mantiene una exposición permanente de algunas pinturas de Roland Penrose, un par de valijas que abandonaría Man Ray en algún descuido, azulejos pintados por la mano de Picasso, y algunas fotografías de nuestra protagonista. En 1989 se llevó a cabo una exposición ambulante que dio una gira por Estados Unidos y en la que se presentaba una colección de fotos de la aclamada Lee. En el 2012 varias de sus fotografías fueron incluidas en la décimo tercera edición de la Documenta de Kassel. La vida y obra de esta mujer de muchas vidas ha sido narrada a través de libros y relatos, y en los próximos meses se espera el estreno de la película <em>Lee, </em>protagonizada por Kate Winslet en el papel de Elizabeth, y acompañada por Jude Law y Marion Cottilard.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Mon, 24 Jul 2023 07:22:21 +0000</pubDate>
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