El nadador nocturno

Fotografía: Angie Benavides Mora

Diez años después de la muerte de Guillermo Martínez González, sus amigos volvieron a reunirse un jueves para recordar al poeta que hizo de Trilce una casa para la literatura.

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Bajo un sauce de Bogotá está enterrado un libro. No tiene lápida ni flores; lo sepultaron unos amigos que no sabían cómo despedirse de Guillermo Martínez González. Era septiembre de 2016 y, según recuerda Alejandro Cortés, no hubo velación. Frente a la Librería Trilce se reunieron para leer poemas, beber algunos tragos y enterrar un ejemplar junto al árbol que había acompañado tantos jueves de poesía —los mismos en que Guillermo recibía a sus amigos compartiendo profundas conversaciones—. Era lo más parecido a darle sepultura a una parte de él.

Diez años después, el jueves 15 de octubre de 2026, a las siete y treinta de la noche, la Galería 419 de Bogotá acogió la presentación de El nadador nocturno, antología literaria publicada por Escarabajo Editorial en la colección Puentes de niebla. Alejandro Cortés González —compilador del volumen— conversó con Juan Carlos Carvajal Sandoval, escritor, artista urbano, librero y amigo del poeta. Entre el público había quienes aún recordaban su voz, sus silencios y aquella costumbre de convertir una librería en un lugar donde siempre cabía alguien más.

Los jueves en Trilce tenían su propia ceremonia: café, galletas, poemas y libros con el veinte por ciento de descuento. Juan Carlos recordó una conversación con Guillermo: le había confesado que no le gustaba trabajar y recibió una respuesta que todavía lo hace reír: «A mí tampoco. ¿Por qué cree que puse una librería?». La broma venía de un hombre que había sido editor, traductor, ensayista y funcionario cultural, pero que encontró entre los libros una manera de vivir a su ritmo.

Guillermo nació en 1952, en La Plata, Huila. Salió joven de su tierra, pasó por Cartagena y terminó estableciéndose en Bogotá, donde estudió Filosofía y Letras y fundó Trilce Editores. En 1980 publicó Declaración de amor a las ventanas, su primer poemario, con el impulso de Milcíades Arévalo y la revista Puesto de Combate. Allí podía escribir sobre una escoba sin restarle importancia: «Mientras tanto, enséñanos, huerfanita de los árboles, a cantar en el polvo, a espantar las moscas y a no morir entre los desperdicios del mundo».

La lectura de Li Po y Matsuo Bashō lo llevó hacia una poesía cada vez más breve; con los años, la violencia del campo y las miserias de la ciudad ensombrecieron aquella primera mirada luminosa.

Armar el volumen exigió buscar ediciones difíciles de conseguir y fotografiar páginas de libros antiguos. La selección reúne poesía de distintas épocas, relatos de «Mitos del Alto Magdalena», reflexiones de «El ermitaño de los lotos verdes» y recuerdos escritos por familiares y amigos. Entre ellos figura «Guillermo, el Mono », del hermano menor del poeta, Carlos Javier Martínez González, quien devuelve al lector escenas de la casa familiar y del muchacho que un día salió de La Plata.

Fotografía: Angie Benavides Mora

Juan Carlos admitió que el libro le había permitido conocer mejor al poeta: trató a Guillermo como librero, pero no había podido leer buena parte de su obra. «El mayor galardón que ganó de la poesía es la facultad de vivirla», dijo. Sebastián Martínez Castañeda recordó otra faceta: la voz profunda y pausada, las conversaciones sobre jazz y la manera jocosa en que ambos se llamaban «maestro» —precisamente porque Guillermo desconfiaba de las solemnidades del oficio—.

Alejandro guardaba una historia que había esperado diez años para encontrar su sitio en un libro. La mañana del 26 de septiembre de 2016, cerca de las once, recibió la noticia de la muerte de Guillermo y caminó hasta Trilce. La librería estaba cerrada. Él lloraba afuera cuando Milcíades Arévalo se acercó, lo abrazó y le entregó tres hojas; apenas pudo agradecerle y guardarlas. Solo al día siguiente leyó aquella despedida, escrita por un amigo que recordaba cómo había conocido al poeta y cuánto habría de extrañarlo.

Milcíades tituló su texto El nadador nocturno —el mismo nombre de un poema poco conocido de Declaración de amor a las ventanas—. Alejandro volvió a buscarlo años después para obtener autorización de publicarlo y esas páginas terminaron abriendo la antología. En ellas quedó recogida una frase que Guillermo solía pronunciar: «No es ningún privilegio ser poeta. Es estar en lo hondo y sentir miedo de no alcanzar nada».

La presentación abrió las puertas para escuchar otras voces. Sebastián Martínez leyó «Una resurrección y Ciudad», poema en el que Bogotá ya no ofrecía la ternura de aquellas primeras ventanas. Angie Benavides Mora —poeta y escritora— se sumó a las lecturas y, en algunos momentos de la noche, estuvo detrás de la cámara para dejar un registro fotográfico del encuentro. También leyeron otros asistentes, se escucharon los versos de «Ese niño» y del brevísimo «Vértigo»: «Lenta cae una hoja. Lo demás es silencio». Hubo lugar para «El Mohán», con sus pescadores, sus atarrayas y aquel hechicero que toca la guitarra en las noches de plenilunio.

Hacia el final, Juan Carlos leyó un texto propio «La cita es frente al sauce», donde imaginaba el paraíso como una librería de viento, jazz y galletitas. Alejandro respondió con «Jueves de Poesía en Trilce 2016», poema de su autoría escrito después de la muerte de Guillermo. Regresaron entonces los avisos exequiales sobre los vidrios, los amigos reunidos frente al sauce y aquel entierro sin cuerpo. «Para velar a un poeta hay que inventar un rito», escribiría Cortés. En los versos, Guillermo todavía servía café, a punto de comenzar otra sesión de los jueves.

La despedida dejó espacio para una última sonrisa. Alejandro agradeció a los asistentes, anunció que la antología costaba treinta y cinco mil pesos y volvió a aparecer — con la complicidad de los viejos tiempos— el recuerdo del descuento de los jueves.

Nadie sabe qué ocurrió con aquellas páginas bajo la tierra, si la humedad borró las letras o si las raíces alcanzaron la cubierta. Una década después, mientras en la Galería 419 sus amigos volvían a leer sus poemas, otro libro llevaba el nombre de Guillermo Martínez González como autor. Quizá El nadador nocturno sea eso: la cosecha de unas palabras sembradas bajo un sauce.

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Diego Rodríguez Saza Avatar

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