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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Todos los resultados de blogs de tomas carrasquilla | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Afrocolombianidad.</title>
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        <description><![CDATA[<p>En la niñez celebrábamos con gran pompa el l2 de octubre, entonces se llamaba el Día de la raza, nos hacían preparar actos académicos y los curas y monjes hacían gala de la herencia hispánica: la religión y el idioma; no faltaba también aquel muchacho, influenciado quizá por lo que escuchaba en casa, que ostentaba [&hellip;]</p>
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<p>En la niñez celebrábamos con gran pompa el l2 de octubre, entonces se llamaba el Día de la raza, nos hacían preparar actos académicos y los curas y monjes hacían gala de la herencia hispánica: la religión y el idioma; no faltaba también aquel muchacho, influenciado quizá por lo que escuchaba en casa, que ostentaba con orgullo sus ilustres ancestros supuestamente españoles. Nunca tuve compañeros negros en las aulas, y los pocos indígenas que estudiaban eran casi tratados como parias, se los excluía disimuladamente, provenían estos del Putumayo, donde los monjes tenían también algunos colegios-misiones.<br>Escuchaba a los viejos que a mi abuelo, un ilustre abogado y hombre sabio, lo llamaban “El negro”, así como llamaban a Jorge Eliecer Gaitán en Bogotá, en alusión al color de su piel oscura; supe, por lo que leía en viejos periódicos de los años 40 y 50, que a mi abuelo lo llamaban así con respeto, era “El negro” por su postura intachable, por la fuerza de su convencimiento en sus ideales, por el color de su piel que les recordaba a esos grandes hombres que luchaban por las causas sociales y que finalmente eran invisibilizados.<br>Mi padre y mi madre, recién casados, vivieron en el Chocó, allá pasaron su luna de miel, ahí se amaron, ahí vivieron y soñaron. Entonces ese territorio me parecía idílico por lo que escuchaba, mi padre decía que Bahía Solano era un verdadero paraíso, y mi madre recordaba con humor cómo en una ocasión, acompañando a la caravana que escoltaba al carro que trasportaba el oro, se volcó, y ella, junto con mi padre y otras personas tuvieron que sacar los lingotes del barro, apilarlo y después hacer una rigurosa contabilidad. Entonces la honestidad tenía unos basamentos mucho más profundos.<br>A mi casa llegaba a veces gente negra, amigos de mi padre, era una alegría recibirlos, porque sus voces estridentes alcanzaban casi a sacudir las paredes de calicanto conque estaba hecha; en la huerta se soltaban las jaibas y cangrejos, en la cocina se disponían los cocos y chontaduros, y luego, en el patio solariego, ellos y mi padre tenían charlas que se podían prolongar por días. En una ocasión padecí una enfermedad, la fiebre no bajaba y empecé casi que a delirar, teniendo dos tíos médicos, mi padre le confió mi salud a un curandero negro, quien me dio algo de beber, hizo unos cuantos rezos, y al otro día estaba ya jugando en las calles de la gélida ciudad.<br>Ya un poco más grande, mi hermano mayor fue nombrado Juez en el municipio de Barbacoas, tuvo él la entereza de llevar a una niña y a dos cuasi adolescentes a pasar vacaciones a ese hermoso municipio. El viaje duró más de 15 horas, apilados en un bus donde los únicos mestizos éramos los 4, el resto eran todos negros, y en cada varada, en cada trancón, sus voces alcanzaban a estremecer a la propia selva, algunos maldecían, algunas mujeres cantaban, y para nosotros fue un duro regocijo. Ese fue el primer gran acercamiento al mundo afrocolombiano, allá nos engolosinamos con el pusandao, con los ciruelos y otros frutos que nunca habíamos ni siquiera visto. Estuvimos en la fiesta de la virgen de Atocha, en una procesión donde parecía que el oro que recogieron mis padres había llegado en forma de collares, gargantillas, prendedores, sarcillos y hasta un mondadientes y un cortaúñas que ostentaba vanidoso un negro de más de dos metros de alto.<br>Me gradúe de bachiller, y en el colegio jamás hubo estudiantes negros. Luego ingresé a la Universidad Nacional de Colombia, en la facultad únicamente tenía un compañero negro, era de Roberto Payán, es decir nariñense, y por ende cuando lo veía yo le decía paisano. Así fue el trato, siempre cordial, nos ayudábamos en lo que podíamos y siempre nos despedíamos con un hasta luego paisano. Entonces, muchos de los compañeros no entendían por qué yo le decía paisano a un negro, si sabían que yo era pastuso, como nos dicen a los nariñenses de la sierra cruzando El Mayo. Tenía que explicarles que en Nariño había costa Pacífica, que allá también había negros, que su cultura era maravillosa, que tenían las décimas, que sus cantos eran asombrosos y que la marimba encantaba hasta al más incrédulo.<br>Comprendí entonces lo que quiso decir Aurelio Arturo cuando dijo “Los vientos que cantaron por los países de Colombia”. Lo dicho antes, es para mostrar cómo en un mismo país, en un mismo departamento, y hasta en una misma ciudad, conviven los varios países: uno, el del centralismo y el de las periferias, que se replica también en los departamentos y en las regiones, otro el de las élites que se aprovechan y excluyen a las otredades. A Gaitán lo llamaban las élites negro para ofenderlo, pero el pueblo engrandeció ese nombre; Candelario Obeso, el poeta políglota, no soportó la pobreza y terminó por pegarse un tiro en el estómago; Arnoldo Palacios debió salir al exilio en Paris y tuvieron que pasar décadas para descubrir la importancia de su novela Las estrellas son negras.<br>El 21 de mayo de 1851 el presidente José Hilario López firmó la ley sobre Libertad de Esclavos en el país, la cual entró en vigencia el 1 de enero del siguiente año, pero pasaron décadas para que la libertad fuese una realidad. La ley, tan importante desde luego, dedica 17 de los 19 artículos a regular los fondos de manumisión para los antiguos esclavistas y ninguno para el bienestar de los nuevos colombianos libres. Con cierta vergüenza debo decir que en Nariño era normal ver a muchas familias tener lo que llamaban “sirvientes”, que eran verdaderos esclavos, trabajadores de sol a sol sin devengar un salario, eso es esclavitud, así quiera disfrazarse esta situación con el pomposo nombre de filantropía.<br>En 1511 llegan los primeros 50 negros esclavizados a las Antillas, iniciando un proceso esclavista donde competían portugueses e ingleses, quienes a su vez negociaban con la corona española para introducirlos a los territorios que llamaban conquistados. El primer registro formal aparece en 1518 en las Antillas y el último data de 1873 en Cuba, es decir 355 años ininterrumpidos de africanos esclavizados traídos a América, utilizando la Licencia, el Asiento y, el más común, el Contrabando. De África salieron 90 millones de personas que fueron esclavizadas por europeos, de los cuales 10 millones llegaron a América y de éstos 3 millones a Hispanoamérica desde el siglo XVI, aunque con Colón viajaba el negro Pietro Alonso, quien venía en La Niña en condición de libertad.<br>La esclavitud de hombres y mujeres, niños y ancianos, provenientes del África, constituye, junto con el exterminio de los nativos americanos, el primer y gran holocausto de la humanidad. Un médico de entonces anotaba lo siguiente: “Los negros llegan a la costa con todos los elementos de la enfermedad. Retenidos por grillos y bozales por muchos meses, bebiendo poco, comiendo raíces, frutos silvestres y toda sabandija, desfallecidos por el calor y las fatigas de las marchas, expuestos a todas las intemperies, llegan de Mozambique casi exhaustos”, más de la mitad perecía en el recorrido por los maltratos físicos, el descuido y, por sobre todo, el daño psicológico causado a hombres libres puestos en las más execrables condiciones inhumanas.<br>Los países americanos abolieron la esclavitud en el siguiente orden: Haití (1803), Santo Domingo (1822), Chile (1823), Provincias Unidad de Centroamérica &#8211; Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Guatemala – (1824), Bolivia (1826), México (1829), Canadá (1833), Uruguay (1842), Colombia, Panamá y Ecuador (1851), Argentina (1853), Venezuela y Perú (1854), Estados Unidos (1865), Paraguay (1869), Cuba (1886) y Brasil (1888), aunque, como hemos dicho, las condiciones civiles, económicas y culturales fueron difíciles para los nuevos hombres libres, y las formas de esclavitud fueron mudando disfrazadas de servilismo, patronazgo y laboralismo.<br>Mucho antes, cientos de negros esclavizados buscaron su libertad a costa de lo que sea; huían de las ciudades y villas y se internaban en los bosques y guandales para fundar sus propias repúblicas cimarronas y vivir bajo sus propias costumbres, sin ocultar a sus Dioses y pidiéndoles y alabándolos en sus propias lenguas. Miles fueron los Benkos Biohó que se regaron por las marañas de esteros buscando la libertad, muchos fueron capturados nuevamente, otros fueron traicionados y asesinados como él, y muchos otros más lograron huir y morir con la dignidad de pronunciar soy libre con el último aliento de vida.<br>Durante muchos años, negros como José Prudencio Padilla, Manuel Piar o Juan José Nieto, fueron blanqueados para que sus retratos fueran colgados en los museos, para que aparecieran en las cartillas de historia sin causar estupor, y miles de familias en toda Colombia seguían desconociendo sus raíces negras, como las del propio Bolívar, a quien aún tratan de negarle sus ancestros africanos, como si esto fuese un oprobio. Queremos olvidar los nombres de Pedro Luis Mina, Ambrosio Mondongo, Juan José Márquez, Vicente de La Cruz, hombres negros de esta América Latina que dieron sus vidas buscando la libertad para los suyos.<br>Es por ello que los héroes de Tomás Carrasquilla son paisas blancos retratados como titanes homéricos y en los murales de Martínez Delgado o de Pedro Nel Gómez, negros e indios siempre aparecen en posición subyugada y nunca como protagonistas. Y pensar que departamentos como Antioquia, la República Paisa, se han nutrido y enriquecido a costa de los negros del Chocó y de otros territorios, no deberían olvidar que en la colonización paisa muchos negros forjaron con su sudor las armas y los carruajes que los llevaba a invadir los otros países de Colombia, como aun hoy se hace.<br>Nada raro a esto pasa en Popayán o Pasto, ahí las rancias aristocracias tratan de negar las desavenencias de sus abuelos cuando, en Barbacoas o Iscuandé, dejaban regados hijos suyos con las esclavas de las minas, negando toda clase de derechos a sus descendencias; Cartagena sigue siendo la ciudad auto excluyente, ahí los Hay Festival y toda clase de festivales excluyen al negro, la muralla es más que un símbolo que les recuerda a los afrodescendientes los límites que esa sociedad pacata ha impuesto y mantiene.<br>Tanta ignorancia venida de una educación a medias y castrante que hemos recibido. Un racismo que aún se impone sobre la etnicidad, desconociendo los importantes aportes que han hecho hombres y mujeres como Helcías Martán Góngora, Candelario Obeso, Sofonías Yacup, Arnoldo Palacios, Manuel Zapata Olivella, Ana Fabricia Córdoba, Casilda Cundumí, Delia Zapata, Doris Hinestroza, entre muchos otros que han forjado a Colombia, que le han dejado un legado científico, cultural y literario inmenso a la humanidad, hechos y sucesos que nadie jamás podrá negar.<br>No hay que ser experto para darse cuenta que las cifras de la situación de la población afrocolombiana están por debajo de todos los niveles; en muchas regiones aún no hay acueductos ni alcantarillados; los puestos de salud y los hospitales son en la mayoría de los casos un homenaje a la desidia de los gobernantes; la educación obedece a viejos modelos fracasados en otras latitudes y la cátedra de la Afrocolombianidad un bonito título en un libro que nadie lee; la pobreza y la miseria imperan en territorios tratados tradicionalmente con desigualdad e inequidad.<br>José Vasconcelos propuso el concepto de la raza cósmica para poder definir al latinoamericano, es la suma de los sustratos culturales venidos de todos los continentes de la tierra, inicialmente fue una propuesta académica, pero tiene también un contexto de trascendencia hacia un destino común humano. El problema es que en esos sustratos también hemos olvidado sumar partes del todo, crecimos en la escuela y en el colegio como blancos, rezando a un Dios blanco y pensando en el desarrollo y el capital blancos; lo indio era un ideal pasado por el que a veces se suspiraba y lo negro un simple color de unas personas ajenas a nuestra realidad, el mestizaje una realidad que a toda costa trataba de negarse.<br>Hoy, cuando sueño, bien despierto o dormido, me veo atravesando los ríos y las playas donde también crecí con mis ancestros; veo palacios incrustados en lejanos promontorios que me permiten divisar el origen de la humanidad; corro para no ser atrapado por extraños seres venidos de lejos con aliento de odio y manos para esclavizar; siento el estupor y el tedio en los barcos donde me veo también apiñado como los demás; soy un cimarrón más huyendo de los perros blancos de caza; me veo en los palenques fundando ciudades donde la libertad y el miedo fluyen parejos; soy uno más en medio de los arrullos y los alabaos, y a veces los chigualos se elevan también por mí; y vuelvo nuevamente al mundo, recibido por las manos tibias de las parteras sabias; trepo por entre palmas de naidi y veo como los ríos confluyen en el verde océano, trayendo por entre los esteros los caballetes cargados de peces y frutos de esperanzas y sueños.<br>Aparezco en el poema de Aurelio Arturo, y no soy el sueño que le alarga los cabellos, si no la nodriza que, como Jenny Tenorio dice:</p>



<p>Me gritaron negra como un insulto<br>como si eso fuera para mí una ofensa.<br>Me dijeron negra remedando mi acento,<br>como si la burla me hiciera perder<br>el honor que tengo.</p>



<p>Me gritaron negra, para despreciarme<br>por mi piel oscura quieren castigarme.</p>



<p>Me gritaron negra, luego se rieron,<br>pero fueron risas que ignoró hasta el viento.</p>



<p>Y vi la pobreza de esos corazones,<br>que solo reían porque estaban presos<br>en sus propios miedos.</p>



<p>Desconocen ellos<br>que soy, lo que soy.</p>



<p>¡Soy una mujer negra!<br>que lleva orgullosa<br>la herencia africana por todo sus ser.</p>
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        <author>J. Mauricio Chaves Bustos</author>
                    <category>Pazifico, cultura y más</category>
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        <pubDate>Tue, 21 May 2024 14:43:46 +0000</pubDate>
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        <title>La novela que se escribió en calles y burdeles de Bogotá</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-novela-se-escribio-calles-burdeles-bogota/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Intentamos hacer el amor para olvidar pero no podíamos, los muertos estaban en nuestras mentes…”. No siempre los lectores conocen las condiciones difíciles, a veces miserables, en que nacen las novelas, sin contar que muchos escritores, célebres o no, vivieron o murieron en la precariedad, durmiendo en moteles de mala muerte y sin dinero, como [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><em>“Intentamos hacer el amor para olvidar pero no podíamos, los muertos estaban en nuestras mentes…”.</em></p></blockquote>
<p>No siempre los lectores conocen las condiciones difíciles, a veces miserables, en que nacen las novelas, sin contar que muchos escritores, célebres o no, vivieron o murieron en la precariedad, durmiendo en moteles de mala muerte y sin dinero, como Cormac McCarthy en sus inicios, o cuyos manuscritos fueron treinta veces devueltos, que eso le pasó a Stephen King antes de hacerse célebre a costa de nuestras pesadillas. El domingo último, por ejemplo, leíamos en <a href="https://www.elespectador.com/salud/tomas-carrasquilla-exhumacion-de-restos-en-medellin-y-estudio-sobre-su-vida-y-muerte/"><strong>El Espectador</strong> </a>que Tomás Carrasquilla, el escritor colombiano, estaba tullido, ciego y artrítico cuando les dictó a sus familiares una obra de tres volúmenes y más de 200 personajes: <em>“Hace tiempo: memorias de Eloy Gamboa”.</em></p>
<p>También están documentadas las jornadas de hambre que experimentó <a href="https://razonpublica.com/gabriel-garcia-marquez-en-paris-la-miseria-dorada/">Gabo en París</a> (<em>“Recogió botellas y periódicos en la madrugada para venderlos al reciclaje”), </em>mientras escribía <em>“El coronel no tiene quien le escriba”,</em> pidiendo prórrogas para pagar el arriendo en la buhardilla del Hotel de Flandre en el Barrio Latino, pues se quedó sin el sueldo de corresponsal de El Espectador en 1955, cuando el general Rojas Pinilla mandó cerrar el periódico.</p>
<p>Tenemos al argentino <a href="https://gatopardo.com/reportajes/kike-ferrari-el-escritor-proletario/">Kike Ferrari</a>, que de noche limpiaba el metro subterráneo de Buenos Aires <em>(“voy y barro del piso el vómito de la gente”</em>, le dijo a <em>Gatopardo</em>), y de día escribía novelas policiacas con personajes repugnantes, que luego serían premiadas.</p>
<p>Un caso tristísimo es el de Edgar Allan Poe: murió en octubre de 1.849, tras vagar en estado delirante por las calles de Boston. <em>“Se desconoce la causa de la muerte, y se especula sobre una amplia variedad de motivos: droga, alcohol, ataque cardiaco, sífilis o por infección de un murciélago vampiro rabioso”,</em> dice el libro <em>“Escritores, su vida y sus obras”.</em> <em>“Lo cierto es que Poe </em>–agrega-<em> tenía la capacidad de transmitir la oscura angustia interna de una mente desquiciada. Su obra surge de la psique atormentada de un escritor que se encuentra en la frontera entre la locura y el genio”.</em></p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="size-medium wp-image-95630 aligncenter" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/SANADIUS-PORTADA-194x300.jpg" alt="" width="194" height="300" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/SANADIUS-PORTADA-194x300.jpg 194w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/SANADIUS-PORTADA-97x150.jpg 97w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/SANADIUS-PORTADA.jpg 320w" sizes="(max-width: 194px) 100vw, 194px" /></p>
<p>La historia que me encontré puede tener ciertas semejanzas con lo que acabo de contar. “Sanadius” es una novela de 130 páginas (editorial Sképsi). Su autor es un bogotano en sus cuarenta y tantos.  Desde que lo vi por <a href="https://www.youtube.com/watch?v=3Kzi-Zmc1jk&amp;t=13s">YouTube</a> hablando de literatura me provocó leerlo. Nos vimos para conversar e intercambiar libros. Me contó de dos novelas más en busca de editor. Recibí el libro y noté la calidad en la impresión. Comencé la lectura sin saber a qué me enfrentaba: sin reseñas previas, ni sinopsis.  A veces es mejor así, para no contaminar las expectativas con opiniones ajenas, menos las de los críticos que suelen juzgar o destruir llevados por sus prejuicios, a ratos por su petulancia. Si un libro no engancha, hasta luego; se abandona sin lástimas. No me pasó con este, a pesar de algunos errores de tipeo y puntuación.</p>
<blockquote><p><em>“Octava sur, las luces de neón de la avenida Fucha te conectan a una nueva remembranza. Panamericana de Galerías, manoseas algunos libros, la presencia del vigilante te fastidia, buscas la salida, paras la buseta”. </em></p></blockquote>
<p>La trama transcurre en Bogotá, y eso me gusta. Presiento que iniciaré un viaje hacia un universo sórdido, acompañado por dos vendedores de libros, sin imaginar que en medio de la rudeza/crudeza de la ciudad, donde cualquier comida es una cena grandiosa, <em>(—“…me gustaría meditarlo con unos cubios con atún…</em>”) habrá espacio para la carcajada fácil, el morbo y las palabrotas. Asoman los personajes con sus dramas. O sus ternuras. O sus locuras. O sus vicios. O sus vacíos.</p>
<blockquote><p><em>“Víctor está en prisión, en una partida de ajedrez, golpeó a un tipo en Corabastos”. </em></p></blockquote>
<p>La ciudad se le abre al lector, a través de un recorrido loco de mundos y submundos, que nacen con la luna y desaparecen con el alba: Unicentro, Avenida Caracas con calle 22, el Samper Mendoza, Las Cruces, Bosques de San Carlos, Avenida Circunvalar, Hospital La Samaritana, San Bernardo, La Cinemateca, Avenida de Las Américas, Sena de la 30, Venecia, Galán, 20 de Julio, Restrepo, Olaya, La Hortúa y el San Juan de Dios, Usme, Monserrate y Guadalupe, Patio Bonito, Perdomo, Castilla, Puente Aranda, Parque de la Independencia…</p>
<blockquote><p><em>“Gaby sacó su mataganados, se lo insertó en la yugular del puerco”. </em></p></blockquote>
<p>Dos términos acaparan mi atención: Casa de Reorganización Mental y Grupo de Limpieza Alternativo (GLA). Ciencia con y sin ficción: recorremos  Bogotá pero es una Bogotá apocalíptica, <em>underground</em>, futurista. Quiero saber qué es “Sanadius”, qué tiene que ver con la inmortalidad.</p>
<p><em>“… eso lo hablábamos cuando andábamos por Bosa, estábamos en el barrio Brasil, y como el siguiente barrio se llama Holanda, nos cagábamos de la risa, somos más rápidos que el sonido, en minutos vamos de Brasil a Holanda, sé que es estúpido, pero me hace dar risa”.</em></p>
<p>Uno de los protagonistas es Sady. Como el fotógrafo de <em>El Bogotazo</em>, Sady González. Me parece que el tipo es un filósofo a su manera, en tanto que Stiv Vélez Rodríguez, el escritor, me dice que el ajedrez,  la ciencia de los antiguos dioses, guarda el secreto  para ser inmortales.</p>
<p><em>“… el poder y el conocimiento no constituyen la felicidad, lo difícil es que el alma no se vuelva imbécil con la materia”.</em></p>
<p>Cada que puede, la lascivia con su jerga orgásmica se mete entre las páginas, al igual que la marihuana y las borracheras, pues <em>“Víctor y Ramiro no hacen más que pensar en sexo”.</em></p>
<blockquote><p><em>“Víctor y sus apetitos por damiselas ancianas, lisiadas, desahuciadas, cojas, mancas, tuertas, desdentadas, sucias, purulentas, con cicatrices y otros detalles que no van al caso…”. </em></p></blockquote>
<p>Tres años le tomó escribirla, entre 2018 y 2021, (se publicó en 2022), sin tener conocimientos de técnica literaria y pasando dificultades, entre las bibliotecas de El Tunal y El Tintal, donde podía acceder a un computador sin que le cobraran. <em>“Escribí en un desespero, donde mis propios egos me atacaban, me sembraban la idea de que estaba perdiendo el tiempo, preguntándome si esto no era una estupidez,  una ilusión más, en medio  de una pandemia, sufriendo  brutalmente la escasez de comida y de empleo. La desesperación me obligaba a sacar lo mejor o lo peor de mí”. </em></p>
<p>Stiv Vélez  (Bogotá, 1980), creó una banda de punk-rock, <em>“Suciedad Express”</em>, con la cual tocaban en prostíbulos del Restrepo, Bosa y la Primera de Mayo, ya que los bares no los contrataban. Esas épocas aparecen en su ficción: “Decanos de la Depravación”, “Profecía 22”.  Admirador de José María Vargas Vila, Antonio Caballero y Eduardo Caballero Calderón, “bogotanos que dibujaron bellamente a Bogotá”, cuenta que su obra es una mezcla de géneros, influenciada por otras novelas: “No nacimos pa semilla”, “Sin remedio”, “Opio en las nubes”, “La historia interminable”, “Viva la música”, con el influjo de autores que se rindieron ante el ocultismo, caso Lovecraft y el conde de Saint Germain.</p>
<p>En la charla me dice que Bogotá tiene cuerpo de mujer. <em>“Es como una damisela dual,  bipolar laberíntica, de umbrales misteriosos, camaleónica, como una servidora de la fe de día y prostituta de noche, pero prostituta maestra, mentora, diosa, sacerdotisa”. </em>Al leer “Sanadius” uno entiende la idea.</p>
<p><em>“… con todo el cinismo nos dice que la sigamos, como es típico en CSI y otros burdeles, se eclipsaban los aromas sexuales con uno que otro perfume”. </em></p>
<p>Hay algo autobiográfico en estas páginas. Como Sady, Stiv también durmió en la calle, arropado por cartones, sin más arrullos que el frío y la lluvia. Otras veces durmiendo en cuartuchos, o en las casas de amigos, alimentándose de los libros de otros.</p>
<p>Años después, leyendo a Charles Bukowski, descubrió que Henry Chinasky, el alter-ego de aquel, pasó por la misma situación: vivía en la zona sórdida de Los Ángeles rodeado de pordioseros y prostitutas. Habla Stiv: <em>“Creo que en la noche la ciudad muestra su parte más enigmática, fascinante y caleidoscópica”. </em></p>
<p>Y en esa mujer-noche enigmática sigue escribiendo, rebuscándose la vida y la literatura, deseando que sus otras novelas vean la luz al final de la imprenta, mientras vive de ayudar a vender artesanías un fin de semana o pasar platos el siguiente. Observando la realidad sin filtros, la propia y la ajena, urgido de transformarla en prosa para no desgarrarse por dentro.</p>
<p>Escritor, promotor de lectura y ayudante de bibliotecas, sueña con salir de su mala hora como Gabo. La novela se consigue en las librerías Lerner y Sképsi-Ibañez. Le harían un favor leyéndola.</p>
<p>El tiempo y los lectores dirán si Stiv Vélez es el Cormac McCarthy colombiano, -aquel gran novelista del Apocalipsis, recién fallecido-, nuestro cronista de la Bogotá oscura, donde <em>“esqueletos devoran como hienas a desprevenidos transeúntes”,</em> donde <em>“no escapa nadie del canibalismo”.</em></p>
<p>Fotografía: cortesía Mary Luz Tobón.</p>
<ul>
<li><strong>Obituario:  </strong></li>
</ul>
<p><img decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-95609" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/OLGUITA-FINAL-300x200.jpg" alt="" width="300" height="200" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/OLGUITA-FINAL-300x200.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/OLGUITA-FINAL-150x100.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/OLGUITA-FINAL-768x512.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/07/OLGUITA-FINAL.jpg 1024w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></p>
<p>En un mundo de malditas <em>fake news</em>, ¿por qué tu muerte, Olguita Martínez Ante, no es una noticia falsa? Usábamos el diminutivo contigo para desbordar toda nuestra admiración y respeto. A tus amigos de El Espectador y de El Tiempo nos dejas desbaratados, negando que te has ido. No era tu tiempo, nos decimos con rabia.</p>
<p>El periodismo cultural queda desconsolado. Fuiste ejemplo de aquello que dijo el maestro Kapuscinski: <em>&#8220;Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos&#8221;.</em> Quienes te conocimos damos fe de esas palabras.</p>
<p>Todos necesitamos una Olguita en nuestras vidas que nos enseñe que las ínfulas no sirven para nada, pero las alegrías, la vocación de servicio y la humildad sirven mucho. ¡Gran reportera, gran persona, valluna orgullosa de su tierra, palmireña sin igual, como dice la canción del maestro José Barros! El <em>feis</em> no es el mismo sin ti. Nada llenará el vació que dejas, inmensa mujer. Ya no tendremos a quien decirle Olguita&#8230;  pero Dios sí.</p>
<p>¡Paz donde ahora te encuentres, oís!</p>
<p>Ilustración: Alberto Martínez, Betto.</p>
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        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Cura de reposo</category>
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        <pubDate>Sun, 23 Jul 2023 00:37:38 +0000</pubDate>
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