<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
    xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
    xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
    xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
    xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
    xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
    xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
    xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/"
    >

<channel>
    <title>Blogs El Espectador</title>
    <link></link>
    <atom:link href="https://blogs.elespectador.com/search/mirar%2Bde%2Bla%2Bvida%2Bprofunda/feed/rss2/" rel="self" type="application/rss+xml" />
    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sun, 25 Oct 2026 18:16:02 +0000</lastBuildDate>
    <language>es-CO</language>
    <sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
    <sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
    <generator>https://wordpress.org/?v=7.1.3</generator>

<image>
	<url>https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2024/09/cropped-favicon-96.png?quality=60&#038;w=32</url>
	<title>You searched for mirar+de+la+vida+profunda | Blogs El Espectador</title>
	<link></link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
<site xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">256899664</site>        <item>
        <title>La tragedia feliz de Joyce Ventura</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/la-tragedia-feliz-de-joyce-ventura/</link>
        <description><![CDATA[<p>Fui una noche a la Cinemateca de Bogotá a encontrarme con Joyce Ventura. Me había invitado a moderar una conversación con motivo del lanzamiento de Tres hermanas, su primer largometraje como directora, y salí de allí pensando en esa paradoja que algunas películas consiguen revelar sin proponérselo del todo: uno puede entrar a una sala [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Fui una noche a la Cinemateca de Bogotá a encontrarme con Joyce Ventura. Me había invitado a moderar una conversación con motivo del lanzamiento de <em>Tres hermanas</em>, su primer largometraje como directora, y salí de allí pensando en esa paradoja que algunas películas consiguen revelar sin proponérselo del todo: uno puede entrar a una sala de cine dispuesto a contemplar la muerte y terminar encontrándose, de una manera inesperada, con la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Joyce ha dedicado buena parte de su trayectoria al cine colombiano, aunque durante décadas lo hizo desde ese lugar menos visible, pero indispensable, de la producción y el montaje, acompañando películas, construyendo historias y haciendo posible que otros las contaran. Su nombre está ligado a una parte importante de nuestra cinematografía, desde <em>Gamín</em>, de Ciro Durán, hasta distintas producciones que contribuyeron a consolidar una industria cinematográfica en un país donde hacer cine nunca ha sido una tarea sencilla. Después de más de cincuenta años de oficio, decide ponerse delante de la cámara y convertir su propia vida, sus temores y sus afectos en materia cinematográfica. La decisión tiene algo de descubrimiento tardío, aunque en realidad parece la consecuencia natural de una vida dedicada a observar a los demás: llega un momento en que la cámara, después de haber mirado tantas historias, se vuelve hacia quien la sostiene.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El punto de partida es aparentemente sencillo. Joyce y sus dos hermanas mayores, Ethy y Bella, se acercan a la vejez y empiezan a preguntarse qué significa envejecer, qué ocurre con el cuerpo cuando deja de responder como antes, cómo se transforma nuestra relación con el tiempo y de qué manera se aprende a convivir con la idea de que un día vamos a morir. Las tres están unidas por el afecto, pero sus personalidades y sus respuestas ante la existencia son distintas. Viven en lugares diferentes, han construido vidas propias y no necesitan pensar igual para quererse. En ese espacio de intimidad, donde las conversaciones familiares pueden pasar de la ternura a la incomodidad sin pedir permiso, Joyce encuentra una historia que termina por exceder los límites de su familia.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="735" height="781" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/02cad442-0202-4fc2-97d0-7cc13d470c66.jpg" alt="" class="wp-image-134186" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/02cad442-0202-4fc2-97d0-7cc13d470c66.jpg 735w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/02cad442-0202-4fc2-97d0-7cc13d470c66.jpg?resize=282,300 282w" sizes="(max-width: 735px) 100vw, 735px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la vejez es una experiencia universal, pero no existe una única manera de vivirla. Hay tantas formas de envejecer como historias, temperamentos, condiciones materiales y sociedades, y buena parte de las diferencias que encontramos entre las personas mayores tiene que ver con el mundo que las rodea, con las oportunidades que tuvieron, con los afectos que conservaron y con la posibilidad, tan decisiva como desigual, de seguir tomando decisiones sobre sus propias vidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En algunas sociedades, la experiencia acumulada por los mayores todavía ocupa un lugar central en la transmisión de la memoria, las tradiciones y el conocimiento. En otras, donde la juventud se ha convertido en una especie de mercancía y la productividad parece ser la medida de todas las cosas, envejecer puede sentirse como una pérdida de valor social. No es que las primeras hayan resuelto el problema de la soledad ni que las segundas carezcan de vínculos familiares sólidos, pero sí existe una diferencia entre vivir en un entorno que reconoce la experiencia de los años y hacerlo en uno que parece pedir disculpas por ella. La modernidad nos ha ofrecido extraordinarias posibilidades para prolongar la vida, mientras nos cuesta cada vez más imaginar qué lugar queremos darle a esa vida prolongada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También importa la clase social. No envejece de la misma manera quien dispone de recursos para cuidar su salud, mantener su autonomía, viajar, cultivar amistades y organizar sus días que quien debe continuar trabajando porque no puede permitirse el descanso. Una cosa es temer la pérdida de independencia y otra, muy distinta, experimentar esa pérdida sin una red de apoyo, sin ingresos suficientes o sin acceso a cuidados. La vejez puede ser el tiempo de la contemplación, de los viajes y de una libertad conquistada después de décadas de obligaciones, pero también puede convertirse en una etapa de incertidumbre económica, aislamiento y dependencia. Entre ambas experiencias existe un mundo de diferencias que las sociedades suelen disimular cuando hablan de la tercera edad como si se tratara de una condición homogénea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia, donde tantas familias han tenido que asumir buena parte de las tareas del cuidado sin suficiente acompañamiento institucional, estas preguntas adquieren una dimensión particular. Envejecer no es solamente un asunto privado, ni debería ser una preocupación que cada familia resuelva puertas adentro. Tiene que ver con la salud pública, las pensiones, las ciudades que construimos, la arquitectura de nuestras viviendas, el transporte, la soledad y la posibilidad de seguir participando en la vida colectiva cuando dejamos de pertenecer al mundo laboral. Tiene que ver, también, con la manera en que tratamos a nuestros padres y abuelos, con la paciencia que estamos dispuestos a concederles y con la facilidad con que confundimos la pérdida de ciertas capacidades con la pérdida de dignidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, <em>Tres hermanas</em> no pretende convertirse en un tratado sobre el envejecimiento ni en una denuncia social disfrazada de documental. Su fuerza está, precisamente, en que llega a esas preguntas a través de la vida concreta, de los rostros, las conversaciones, las diferencias y los recuerdos de tres mujeres que no representan a nadie más que a sí mismas y que, por eso mismo, terminan representándonos a todos. Joyce no necesita construir personajes ejemplares ni encontrar una fórmula para aceptar el paso del tiempo. Le basta con filmar a sus hermanas y filmarse a sí misma, dejar que aparezcan sus contradicciones y permitir que la cámara registre aquello que en una conversación cotidiana quizá preferiríamos evitar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La película tiene, además, una pregunta íntima que la atraviesa desde el comienzo: ¿cómo se aprende a vivir cuando uno empieza a reconocer los límites del propio cuerpo? Joyce ha contado que su preocupación por la vejez viene de muchos años atrás, desde que empezó a necesitar gafas y comprendió que ella también estaba entrando en esa etapa que durante tanto tiempo había observado desde afuera. A esa inquietud se sumaron la muerte de su padre, el deterioro de su madre y el temor que le produjo conocer el diagnóstico de una enfermedad ocular degenerativa. La posibilidad de perder la visión introduce una dimensión especialmente conmovedora en su relación con el cine: una mujer que ha dedicado su vida a mirar comienza a preguntarse qué ocurriría si un día ya no pudiera hacerlo de la misma manera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cámara se convierte entonces en una herramienta para conocer aquello que la asusta. Joyce ha explicado que investigar la vejez le permite acercarse a ella con curiosidad, como si comprender un poco mejor el miedo fuera una forma de hacerlo menos desconocido. Hay algo profundamente humano en esa decisión. No se trata de fingir que la muerte no existe, ni de convencerse de que todo puede resolverse mediante una actitud positiva, sino de observar, preguntar y conversar allí donde normalmente preferimos guardar silencio. La película no elimina la angustia, pero la transforma en una experiencia compartida, y quizá esa sea una de las funciones más antiguas y más necesarias del arte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la historia de Joyce hay, además, otra pérdida que ilumina la película de una manera particular: la muerte de Ciro Durán, su compañero de vida y de trabajo, el cineasta que dejó una huella fundamental en el documental colombiano. Durán, director de <em>Gamín</em> y de películas como <em>La guerra del centavo</em>, murió en enero de 2022, después de una enfermedad prolongada. Joyce ha recordado cómo afrontó sus últimos años con valentía y autonomía, sin abandonar la escritura de guiones, incluso cuando sabía que quizá no llegaría a filmarlos. En un gesto de generosidad, aceptó conversar con ella para el documental, aunque hablar de sí mismo y de su propia vulnerabilidad no le resultara sencillo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es difícil no pensar en lo que significa compartir tantos años con alguien y descubrir, al final, que el amor no nos exime de acompañarlo hacia su desaparición. En la enfermedad, el tiempo adquiere otra densidad, las conversaciones cotidianas pueden convertirse en recuerdos y las cosas que antes parecían importantes pierden su urgencia frente a la evidencia de que la presencia del otro no es eterna. Pero también ocurre algo que solo se comprende desde la experiencia: incluso cuando el cuerpo se deteriora, una persona sigue siendo mucho más que su enfermedad, y la dignidad puede expresarse en la voluntad de conservar la autonomía, continuar escribiendo, pensar en proyectos que quizá no llegarán a realizarse y decidir de qué manera quiere vivir el tiempo que le queda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese sentido, la historia de Ciro no aparece como una explicación definitiva de la película, sino como parte de la experiencia desde la cual Joyce se aproxima a sus preguntas. La muerte de su compañero, la de su madre y el temor a su propio deterioro conforman un horizonte de pérdidas, pero también la obligan a mirar de frente aquello que durante años había intentado comprender. Hay una diferencia entre investigar la vejez y descubrir que uno mismo está envejeciendo, entre conversar sobre la muerte y reconocer que empieza a formar parte de nuestra biografía. Joyce atraviesa esa frontera con la cámara encendida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El archivo familiar adquiere entonces una importancia especial. Las fotografías, las grabaciones antiguas y las imágenes de celebraciones y encuentros permiten que las hermanas se observen en otros momentos de sus vidas, que comparen los rostros de entonces con los de ahora y que reconozcan, a veces con humor y otras con cierta melancolía, la distancia entre quienes fueron y quienes son. El pasado aparece fragmentado, pero no desaparecido. Las imágenes devuelven gestos, voces y maneras de estar en el mundo que el tiempo había transformado en recuerdos, y la cámara permite que esas imágenes vuelvan a entrar en conversación con el presente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Filmar es también una manera de resistirse al olvido. No de derrotar a la muerte, porque el cine no tiene semejante poder, sino de conservar algo de aquello que inevitablemente se pierde. Una voz grabada, una mirada, una risa, una discusión entre hermanas pueden sobrevivir a la ocasión en que ocurrieron y adquirir una nueva vida frente a otros espectadores. El cine convierte lo efímero en memoria compartida, aunque esa memoria nunca sea completa ni pueda reemplazar a la persona que ya no está. Quizá por eso las imágenes familiares tienen una fuerza que a veces no encontramos en las grandes narraciones históricas: nos devuelven la conciencia de que la vida está hecha, en buena medida, de gestos pequeños cuya importancia solo descubrimos cuando el tiempo los ha convertido en pasado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo especialmente valioso en que Joyce se permita mostrar las diferencias entre sus hermanas sin intentar resolverlas. En una época en que las conversaciones públicas suelen organizarse alrededor de identidades rígidas y posiciones irreconciliables, <em>Tres hermanas</em> recuerda que la intimidad no necesita uniformidad para existir. Podemos compartir una historia, querernos profundamente y, al mismo tiempo, tener ideas distintas sobre el envejecimiento, la muerte, la religión, el cuerpo o la posibilidad de una trascendencia. La familia no es necesariamente el lugar donde todos terminan pensando igual, sino aquel en el que, cuando los vínculos sobreviven a las diferencias, aprendemos a convivir con ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La vejez pone a prueba esa convivencia porque modifica las condiciones materiales y emocionales de las relaciones. Los papeles cambian, la independencia se vuelve más difícil de conservar y quienes durante años cuidaron de otros pueden necesitar ayuda. También aparecen los desacuerdos sobre cómo cuidar, hasta dónde intervenir y qué significa respetar la voluntad de una persona que empieza a perder algunas capacidades. Son conversaciones difíciles, precisamente porque el afecto no siempre nos enseña qué hacer. A veces queremos proteger a alguien y terminamos restringiendo su libertad, o insistimos en conservar una imagen de esa persona que ya no corresponde con su realidad. En la película, esas tensiones no necesitan convertirse en grandes conflictos para revelar su importancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Joyce introduce el humor, y ese detalle cambia la naturaleza de la experiencia. Las hermanas se ríen, se contradicen, se observan y encuentran motivos para bromear en medio de conversaciones que podrían resultar demasiado dolorosas si fueran tratadas con solemnidad. La risa no niega el miedo ni convierte la pérdida en algo trivial; simplemente recuerda que la vida no deja de producir situaciones absurdas cuando empezamos a pensar en su final. Quizá una de las formas más sensatas de acercarse a la muerte sea aceptar que no todo lo que la rodea tiene que estar envuelto en gravedad, que podemos sentir angustia y reírnos en una misma tarde, que la conciencia de nuestra fragilidad no nos obliga a renunciar a la alegría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al salir de la Cinemateca pensé en esa costumbre que tenemos de aplazar ciertas conversaciones, como si hablar de la vejez pudiera acercarla o como si evitar la palabra muerte nos concediera alguna ventaja sobre ella. Nos preparamos para estudiar, trabajar, producir, viajar, formar una familia y construir una carrera, pero pocas veces nos preguntamos qué clase de vida queremos tener cuando todo eso empiece a cambiar, qué vínculos habremos cultivado para entonces o qué haremos con el tiempo cuando ya no esté organizado alrededor de nuestras obligaciones. Vivimos como si la vejez fuera una estación a la que llegarán otros, aunque cada día nos acerque un poco más a ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La película de Joyce tampoco ofrece una respuesta sencilla a la pregunta de cómo deberíamos vivir esos años. Sería injusto pedirle que lo hiciera, porque cada experiencia tiene sus propias dificultades y porque no existe una fórmula capaz de reconciliar a todo el mundo con la pérdida, el dolor o la incertidumbre. Lo que propone es algo más modesto y, por eso mismo, más profundo: mirar, hablar, escuchar, reconocer las diferencias y aceptar que la vida puede conservar su riqueza incluso cuando deja de parecerse a la que imaginábamos. No se trata de romantizar la vejez, ni de convertirla en una etapa necesariamente sabia o feliz, sino de reconocer que sigue siendo vida, con sus conflictos, sus descubrimientos, sus alegrías y sus posibilidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me alegra haber acompañado a Joyce en la conversación sobre su película. A veces uno acepta una invitación pensando que va a hablar de cine y termina hablando de asuntos para los que nunca encuentra el momento adecuado en la vida cotidiana. Esa noche, en la Cinemateca, la película nos llevó a conversar sobre el tiempo, la familia, las pérdidas y la posibilidad de seguir encontrando sentido en medio de la incertidumbre. Joyce, que durante décadas ayudó a contar las historias de otros, había encontrado en su propia experiencia una forma de acercarse a una pregunta universal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El título de esta reflexión podría ser, precisamente, la tragedia feliz de estar vivos. La tragedia consiste en que todo aquello que amamos está sometido al tiempo, en que ninguna forma de amor puede garantizar la permanencia de quien lo recibe y en que incluso las vidas más plenas terminan enfrentándose a la despedida. La felicidad no consiste en negar esa realidad, ni en fingir que la muerte nos resulta indiferente, sino en descubrir que la conciencia de nuestro final no anula el valor de lo vivido. A veces, por el contrario, nos permite reconocerlo con una claridad que antes no teníamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué curioso, entonces, salir de una película sobre la muerte con una sensación de gratitud por la vida. No porque el miedo haya desaparecido, ni porque las preguntas hayan encontrado respuesta, sino porque durante un par de horas hemos podido mirarlas de frente, acompañados por tres hermanas que, desde sus diferencias, nos recuerdan que todavía hay mucho por conversar. Y que mientras podamos hacerlo, mientras haya alguien a quien escuchar, una historia que contar, una imagen que rescatar del olvido o una razón para reírnos de nosotros mismos, la vida seguirá ofreciéndonos algo que no habíamos terminado de descubrir.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" height="1024" width="722" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-134187" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg 1128w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=212,300 212w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=768,1089 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=722,1024 722w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=1083,1536 1083w" sizes="(max-width: 722px) 100vw, 722px" /></figure>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=134184</guid>
        <pubDate>Fri, 16 Oct 2026 23:22:57 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/98ca8d63-a13d-4e98-a558-43498d2fac05.jpg?quality=60&amp;#038;w=893" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[La tragedia feliz de Joyce Ventura]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">134184</post-id>    </item>
        <item>
        <title>Guido Tamayo: «La conciencia del fracaso nos otorga una capacidad de humanidad»</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/guido-tamayo-la-conciencia-del-fracaso-nos-otorga-una-capacidad-de-humanidad/</link>
        <description><![CDATA[<p>En La edad de la niebla, el escritor colombiano Guido Tamayo explora la vejez, la memoria, la muerte y las vidas que la sociedad relega. En conversación con Diego Aretz, habla de una cultura que se resiste a envejecer, de la dignidad de los derrotados y de la libertad que puede aparecer cuando dejamos de [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>En <em>La edad de la niebla</em>, el escritor colombiano Guido Tamayo explora la vejez, la memoria, la muerte y las vidas que la sociedad relega. En conversación con Diego Aretz, habla de una cultura que se resiste a envejecer, de la dignidad de los derrotados y de la libertad que puede aparecer cuando dejamos de vivir para complacer a los demás.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una paradoja en las sociedades contemporáneas: mientras la población envejece, la cultura del consumo insiste en vendernos la juventud como una condición permanente. Envejecer se convierte en algo que debemos aplazar, ocultar o combatir, como si el paso del tiempo fuera una derrota personal y no una de las pocas certezas que compartimos. En ese paisaje aparece <em>La edad de la niebla</em>, el nuevo libro del escritor colombiano Guido Tamayo, una colección de relatos que se adentra en la vida de quienes han llegado a una edad en la que el pasado pesa, los recuerdos se vuelven inciertos y la muerte deja de ser una abstracción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La niebla de Tamayo no es solamente la pérdida de claridad. También puede ser una forma distinta de mirar, una lucidez que aparece cuando la vida ya no se mide exclusivamente por lo que falta por hacer, por los proyectos pendientes o por la promesa de un futuro interminable. Sus personajes habitan residencias para adultos mayores, habitaciones apartadas, recuerdos que no terminan de encajar y deseos que persisten incluso cuando el mundo parece haberlos declarado fuera de lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tamayo habla de la vejez como una experiencia que nos obliga a examinar lo vivido, de una sociedad que margina a quienes dejan de producir y de la posibilidad de encontrar en el fracaso una forma de dignidad. Porque, en sus relatos, perder no significa necesariamente quedar derrotado ante la vida. A veces, significa empezar a verla de otra manera.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>«La neblina también puede ser una forma de lucidez»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Guido, quisiera empezar por el título, <em>La edad de la niebla</em>. La niebla evoca lugares que no se ven del todo, la pérdida de la memoria, la incertidumbre. Sabemos que hay algo delante de nosotros, aunque no podamos distinguirlo con claridad. ¿Cómo nació el título y qué relación tiene con tu propia experiencia del envejecimiento?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Este libro nació después de un largo proceso de frustración con una novela que llevo más de diez años intentando escribir. La he ensayado tres veces y voy a intentarlo una cuarta. En ese proceso he terminado por aceptar una idea que considero fundamental: la escritura es, en buena medida, un fracaso. Una novela exige muchísimo trabajo y, a pesar de todo, puede no llegar a cuajar. Pero quizá eso también sea escribir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una frase que me interesa: uno no escribe bien cuando escribe bien, sino cuando escribe mal. En medio de esa frustración recordé que, años atrás, había escrito un par de cuentos que probablemente surgieron de la imagen de la muerte de mis dos abuelas. Eran relatos que tenía olvidados y que estaban relacionados con la vejez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces apareció el título, <em>La edad de la niebla</em>. Cuando esa frase empezó a resonar en mi cabeza, pensé que allí había un libro. El título merecía un libro, y yo tenía un material escrito que podía comenzar a organizarse alrededor de esa idea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Además, mis contemporáneos están envejeciendo y nuestras conversaciones empiezan a girar cada vez más alrededor de esa experiencia. La niebla es un lugar extraño en el que las cosas se van oscureciendo, pero no desaparecen por completo. Hay una especie de lucidez final.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante toda la vida queremos estar bajo una luz intensa, tener las cosas claras, sentir que podemos verlo todo. Por eso nos cuesta aceptar la vejez, porque creemos que significa el final de esa claridad. Sin embargo, cuando empezamos a ser conscientes de que el tiempo que nos queda es limitado, miramos nuestra vida bajo otra luz. Ya no es una iluminación rotunda, sino algo que se difumina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, precisamente en esa difuminación, puede aparecer cierta sabiduría. La vejez y la muerte no son opciones que podamos evitar indefinidamente. La conciencia de la mortalidad cambia nuestra manera de mirar el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Hay algo cultural en esa dificultad para aceptar la vejez. No hemos hecho del todo las paces con envejecer ni con morir. Y quizá tampoco con vivir, porque aceptar la vida implica reconocer que tiene un recorrido, que no podemos detenerla en el momento que nos resulta más cómodo. ¿Cómo entiendes esa relación entre la experiencia personal y la manera en que una sociedad se enfrenta al paso del tiempo?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Durante buena parte de la vida eludimos la necesidad de interpretar lo que estamos viviendo. La inmediatez de la experiencia nos lleva a actuar, a resolver problemas, a hacer cosas. No siempre nos detenemos a preguntarnos qué significa nuestra vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La vejez nos confronta de una manera particular con el pasado, con la memoria y con lo que hemos hecho. Las memorias siempre son parciales, pero en la vejez aparece una especie de exigencia de recordar, de pensar, de examinar lo vivido. Es un momento en el que nos preguntamos qué significan nuestras decisiones y qué hemos llegado a ser.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La juventud está más asociada con la acción. Hay que moverse, hacer cosas, construir, producir. Y esta sociedad nos ha convencido de que debemos permanecer jóvenes indefinidamente. Queremos ser jóvenes para siempre, como si reconocer la vejez fuera aceptar una derrota.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema es que no nos damos la oportunidad de pensar qué significa envejecer. La sociedad nos mantiene ocupados en la acción y nos aleja de esa reflexión, hasta que la vejez aparece y nos obliga a detenernos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>«El fracaso es un lugar dolorosamente lúcido»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> En tu obra hay una presencia recurrente de personajes que fracasan, que no terminan de encajar en el mundo o que se enfrentan a alguna forma de derrota. Pienso en <em>El inquilino</em>, en <em>Juego de niños</em> y ahora en <em>La edad de la niebla</em>. ¿Cómo dialoga este libro con tus trabajos anteriores?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Nunca he obedecido a un plan para construir una obra con una perspectiva determinada. Sin embargo, con el tiempo he descubierto que existen vínculos muy estrechos entre mis libros. Quizá el vínculo sea precisamente la derrota.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En <em>El inquilino</em> aparece el escritor derrotado, alguien que fracasa. En <em>Juego de niños</em> está el niño diferente, el que tiene una dificultad para relacionarse con los demás y que, por esa diferencia, queda al margen de lo que se considera normal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En <em>La edad de la niebla</em> aparece la derrota definitiva: la mortalidad, la conciencia de que no podemos ser inmortales. En ese sentido, podría imaginar una trilogía que se llamara <em>La trilogía de la derrota</em>, con el niño, el adulto y el viejo como figuras centrales.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Hay algo en esa idea que recuerda a Pasolini y a su manera de cuestionar una sociedad que celebra el triunfo, incluso cuando ese triunfo se consigue mediante la trampa, la usurpación o la falta de escrúpulos. En un mundo tan obsesionado con ganar, ¿qué dignidad puede haber en ser derrotado?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Pasolini, Borges y Beckett tienen reflexiones extraordinarias sobre el fracaso. Bastarían esos tres nombres para entender que el fracaso es un lugar muy especial, un lugar dolorosamente lúcido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La gente no suele preguntarse por el fracaso. Se duele de él, se angustia, se siente víctima. Pero lo interesante es que esos escritores encuentran en el fracaso una forma distinta de triunfo, algo mucho más digno, más brillante y más esforzado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El fracaso es profundamente humano. El triunfo, en cambio, puede resultar plano, insulso, poco revelador. No necesariamente nos enseña algo sobre nosotros mismos. Incluso puede conducir a comportamientos agresivos o violentos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La conciencia del fracaso nos otorga una capacidad de humanidad que no nos concede ninguna otra experiencia. Nos obliga a reconocernos vulnerables, a entender nuestros límites y a mirar de frente aquello que no hemos podido resolver. En ese sentido, la derrota puede enseñarnos mucho más que el triunfo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>«La sociedad ha convertido a los viejos en seres marginales»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Hay algo inquietante en los personajes del libro porque resultan familiares, pero al mismo tiempo pertenecen a un universo del que preferimos no hablar. Vivimos en ciudades donde la población envejece, mientras la cultura sigue celebrando la juventud. ¿Qué lugar ocupa hoy la vejez en nuestra sociedad?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Existe una contradicción en el mundo contemporáneo. Por un lado, tenemos una cultura del consumo que celebra la juventud y nos invita permanentemente a comprar, a cambiar, a renovarnos, a no aceptar el envejecimiento. Por otro, la población está envejeciendo y la natalidad ha disminuido considerablemente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivimos bajo la presión de una sociedad que nos dice que debemos ser jóvenes, que debemos seguir consumiendo y que no podemos admitir que vamos a envejecer. Sin embargo, la realidad demográfica nos muestra otra cosa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que hemos perdido es el respeto por la vejez como lugar de aprendizaje. Antes existía la idea de que los viejos conservaban una sabiduría que podían transmitir. Esa consideración se ha debilitado profundamente. Hoy muchas personas mayores son vistas como seres marginales, como si dejaran de tener un lugar cuando ya no participan de la vida productiva.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pienso en los geriátricos como espacios en los que depositamos a los viejos para que no interfieran en nuestra cotidianidad. Hay instituciones lujosas y otras precarias, pero detrás de esa diferencia puede existir una misma lógica: apartar a quienes nos recuerdan algo que preferimos no mirar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa exclusión también se reproduce en las casas. A veces, el adulto mayor termina en una habitación apartada, lejos de los espacios centrales de la vida familiar. No quiero generalizar, porque hay muchas excepciones, pero sí creo que existe un desplazamiento de la vejez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema es que esta sociedad mide a las personas por su capacidad de producir. Cuando alguien deja de ser productivo, parece que deja también de tener un lugar. Y hay otra cuestión: el viejo es memoria. Eliminar o marginar a quien recuerda es también una manera de perder la complejidad del pasado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Esa pérdida de la memoria tiene consecuencias que van más allá de la familia. Si una sociedad no escucha a sus mayores, también renuncia a una parte de su experiencia histórica. Sin embargo, propones algo que parece contradictorio: conservar a las personas mayores durante más tiempo en el mundo laboral, en lugar de pensionarlas. ¿Cómo entiendes esa tensión?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Si la población sigue envejeciendo, tendremos que pensar cómo queremos relacionarnos con las personas mayores y qué lugar les damos en la sociedad. Desde el punto de vista económico y productivo, habrá que examinar también cómo se organiza el trabajo y qué papel pueden seguir desempeñando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero creo que hay una diferencia entre obligar a alguien a trabajar porque lo necesita y permitirle continuar haciendo aquello que le interesa. La vejez no debería significar que una persona tiene que desaparecer de la vida pública, ni que debe renunciar a sus deseos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>«La verdadera conquista de la vejez es la libertad»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Quisiera llevar esa discusión a un terreno más personal. Existe una idea muy extendida de la jubilación como el momento en que uno deja de trabajar, recibe una pensión y finalmente puede descansar. Pero si alguien ha construido una vida alrededor de una actividad que le produce placer, dejarla puede significar renunciar a una parte fundamental de sí mismo. ¿No tendríamos que cambiar también nuestra manera de entender el retiro?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> A pesar de todo lo que hemos dicho sobre las dificultades de la vejez, creo que una de sus grandes conquistas puede ser la impunidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La sociedad empieza a concederle al viejo una especie de licencia. Le permite decir cosas o hacer cosas que quizá no le habría permitido en otras etapas de su vida. Hay algo de compasión en esa actitud, pero también puede convertirse en una oportunidad para ejercer la libertad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante años hemos vivido respondiendo a las exigencias de la familia, del trabajo, de la sociedad y de la religión. Hemos asumido compromisos, obligaciones y deudas simbólicas. Constantemente tenemos que justificar lo que hacemos y ajustarnos a lo que los demás esperan de nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la vejez puede aparecer la posibilidad de abandonar esas obligaciones y preguntarnos qué queremos hacer con el tiempo que nos queda. Cuáles son nuestros placeres, qué deseamos experimentar, qué cosas ya no estamos dispuestos a hacer para complacer a los demás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El viejo puede decir: esta es mi vida y voy a vivirla como quiero. No tengo que disculparme por mis deseos ni justificar cada decisión. Esa libertad, ese ejercicio de la libertad, puede ser maravilloso.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>«Los personajes todavía tienen deseos, heridas y secretos»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Me gusta pedirles a los escritores que hablen de sus personajes con sus propias palabras, porque a veces esa explicación es distinta de lo que encontramos en el relato. ¿Cómo presentarías a los hombres y las mujeres que habitan <em>La edad de la niebla</em> a alguien que todavía no ha leído el libro?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Muchos de estos personajes nacen de experiencias cercanas, de mis abuelas, de mi madre, de mi padre, de amigos y de otras personas mayores. Empecé a preguntarme cuál podía ser la dignidad de alguien a quien la sociedad ha relegado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pienso, por ejemplo, en una anciana a la que han apartado en una habitación remota de la casa. Su último gesto de dignidad podría consistir en que, cuando la encuentren muerta, esté impecable. Que todo esté perfectamente ordenado y que ella esté arreglada, como si esa fuera su manera de responderle a un mundo que la ha despreciado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También aparecen personajes atormentados por dudas sobre su pasado, por heridas que nunca terminaron de aclararse. Una mujer le escribe a su hermana para preguntarle si realmente pertenece a esa familia, si es posible confirmar una sospecha que la ha perseguido durante años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay un escritor enfermo, cada vez más convencido de que no tiene razones para seguir viviendo. Acaba de publicar un libro, pero la promesa de recibirlo nunca se cumple. Esa espera se convierte en otra frustración, en una decepción que se suma a las demás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También hay una mujer que vive en un geriátrico elegante, que parece haber olvidado sus placeres y que, de pronto, encuentra a un hombre con el que surge una relación erótica. Me interesaba explorar ese tabú de la sexualidad en la vejez, como si los besos, el deseo y el sexo dejaran de existir cuando una persona alcanza cierta edad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Otra mujer, después de la muerte de su marido, descubre que puede volver a ser ella misma. Pone a todo volumen la música de jazz que le gusta y celebra la posibilidad de recuperar una libertad que había perdido. También están los personajes que viven entre el sueño y la vigilia, hasta que los recuerdos y la realidad empiezan a mezclarse y ya no es posible distinguirlos con claridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay escritores derrotados, personajes que se enfrentan a sus propios límites y personas que intentan encontrar una salida a la angustia. No quisiera contar todos los desenlaces, porque parte de la experiencia está en descubrirlos durante la lectura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, todas esas historias y esas voces nos conducen a una imagen más amplia: un mundo que está envejeciendo. Un mundo en el que todo parece viejo, incluso aquello que asociamos con el comienzo de la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Quizá esa sea una de las preguntas que quedan después de leer el libro: qué hacemos con la vejez cuando deja de ser una experiencia ajena y empezamos a reconocerla en nosotros mismos. Y qué hacemos con el tiempo que nos queda, con nuestros deseos, con las derrotas y con esa memoria que nunca es del todo completa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque tal vez la niebla no sea únicamente aquello que nos impide ver el camino, sino también una invitación a mirar de otra manera lo que hemos vivido.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Creo que la vejez nos pone frente a esa necesidad de pensar, de recordar y de preguntarnos qué significa lo que hemos hecho. Y quizá, en esa conciencia de nuestros límites, podamos encontrar una forma distinta de libertad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=134181</guid>
        <pubDate>Fri, 16 Oct 2026 22:32:22 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/DSC_3484.jpg?quality=60&amp;#038;w=1200" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Guido Tamayo: «La conciencia del fracaso nos otorga una capacidad de humanidad»]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">134181</post-id>    </item>
        <item>
        <title>Cuando decimos adiós</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/rompamos-el-silencio-un-llamado-desde-las-aulas-contra-el-bullying/cuando-decimos-adios/</link>
        <description><![CDATA[<p>Por Isabel Ochoa. Egresada prom 2026. ¿Qué es lo que nos une a todos en este día? Para muchos, este momento en el que dejamos el colegio representa la recompensa de años de esfuerzo, sacrificio y dedicación. Son incontables las horas de trabajo, estudio y desvelo que hoy encuentran su significado en esta ceremonia de [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Por Isabel Ochoa. Egresada prom 2026.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Qué es lo que nos une a todos en este día?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Para muchos, este momento en el que dejamos el colegio representa la recompensa de años de esfuerzo, sacrificio y dedicación. Son incontables las horas de trabajo, estudio y desvelo que hoy encuentran su significado en esta ceremonia de graduación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para otros, es la satisfacción de ver crecer a quienes un día llegaron siendo niños y que hoy se despiden convertidos en jóvenes preparados para escribir su propia historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y para Solari&#8230; este es un día lleno de emociones que se entrelazan. Un día de sonrisas, de lágrimas de felicidad y de nostalgia. Porque hoy no solo cerramos una etapa, hoy despedimos una parte de nosotros que jamás volverá a repetirse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El cambio es una de esas certezas de la vida que, por más que intentemos evitar, siempre encuentra la manera de alcanzarnos. Es inevitable sentir miedo frente a todo lo desconocido que nos espera. Pero ojalá nunca permitamos que ese miedo sea quien tome las decisiones por nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo verdaderamente importante será aprender a encontrar belleza incluso en medio del caos. Disfrutar cada instante, incluso aquellos que parecen difíciles, porque son precisamente esos momentos los que nos recuerdan que estamos vivos, creciendo y avanzando.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Si algo aprendimos en este colegio, fue a amar.</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Amamos a nuestros amigos. Amamos a las personas en las que nos fuimos convirtiendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Amamos esas enseñanzas que permanecerán con nosotros mucho después de olvidar fórmulas, fechas o exámenes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y lo más hermoso del amor es que, cuando aprendemos a mirar con atención, descubrimos que siempre estuvo ahí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Está en las largas jornadas de trabajo que nuestros papás sacrificaron para regalarnos oportunidades que quizás ellos nunca tuvieron.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Está en la vocación de tantos profesores que, mucho más allá de enseñarnos una materia, dejaron huellas imborrables en nuestra manera de ver el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Está incluso en los regaños de Manfred, que, por repetitivos que a veces parecieran, siempre escondían una profunda preocupación y un cariño genuino por cada uno de nosotros.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">Ese amor no termina hoy.</p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Se queda viviendo en cada recuerdo, en cada amistad y en cada rincón de este colegio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque si hay algo que distingue a Solari, es que nunca pasa desapercibida. Solari deja huella.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph">&#8220;Sé que todo esto serán historias algún día. Nuestras fotos se volverán fotografías viejas. Todos nos volveremos la mamá o el papá de alguien. Pero ahora, en este momento, estas cosas no son historias. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Este momento en el que no eres una historia triste, estás vivo. Te levantas, ves las luces de los edificios, las personas caminando, y todo te maravilla. Y escuchas esa canción&#8230; en ese viaje&#8230; con las personas que más amas en el mundo. Y en este momento, te juro… somos infinitos.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">— <em>Las ventajas de ser invisible</em></p>
</blockquote>



<p class="wp-block-paragraph">Con estas palabras quiero invitarlos a que no esperemos a que la vida se convierta en un recuerdo para empezar a valorarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Persigan aquello que realmente importa. Amén con todo el corazón. Atrévanse a tomar ese riesgo. Abracen a las personas que quieren. Digan aquello que sienten.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>El mañana nunca está prometido</strong></h2>



<p class="wp-block-paragraph">Lo único que realmente tenemos es este instante. Y hoy, aquí, merecemos estar presentes por completo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y estas palabras no son solo para Solari. También son para nuestras familias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias por acompañarnos incluso cuando nosotros mismos dudábamos. Gracias por levantarse antes que nosotros, por esperarnos despiertos, por celebrar nuestras alegrías y sostenernos en nuestros fracasos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aprovechen que todavía estamos con ustedes, porque aunque hoy salgamos al mundo a construir nuestro propio camino, nunca dejaremos de ser esos niños que un día llevaron de la mano al colegio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muy pronto nos convertiremos en ecos que recorrerán estos pasillos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Seremos fotografías en los murales, nombres escritos en una promoción y recuerdos para quienes vendrán después de nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero jamás olvidaremos que fuimos esa chispa que se negó a apagarse. Que reímos, aprendimos, caímos, nos levantamos y crecimos juntos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y cuando volvamos a encontrarnos dentro de algunos años, estoy segura de que Solari será una promoción extraordinaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No porque todos tengamos los mismos títulos, las mejores valorativas o el trabajo más prestigioso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sino porque habremos aprendido que el verdadero éxito consiste en seguir adelante, incluso cuando la vida parezca querer detenernos. En levantarnos una y otra vez. En conservar nuestra esencia sin importar cuánto cambie el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como alguna vez nos dijo un gran profesor y gran literato de esta institución, Christian Gonzales:</p>



<pre class="wp-block-verse">"Calma."</pre>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="https://blogs.elespectador.com/author/luz-marina-garcia/" data-type="link" data-id="https://blogs.elespectador.com/author/luz-marina-garcia/">Calma ante el caos</a> que, inevitablemente, llegará.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Calma ante las miles de decisiones que tendremos que tomar. Calma cuando los terremotos de la vida nos muevan el piso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, sobre todo, calma con nosotros mismos, porque seremos la única persona que nos acompañará durante toda nuestra vida.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>Finalmente, gracias</strong></h2>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias, <a href="https://www.josemaxleon.edu.co" data-type="link" data-id="www.josemaxleon.edu.co">José Max León</a>, por abrirnos las puertas de este lugar que durante tantos años llamamos hogar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias a cada profesor, a cada colaborador, a cada familia y a cada compañero que hizo parte de este camino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y gracias, Solari, por demostrar que una promoción puede convertirse en una familia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<div class="wp-block-media-text is-stacked-on-mobile" style="grid-template-columns:37% auto"><figure class="wp-block-media-text__media"><img decoding="async" width="898" height="948" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Logo-Rompamos-el-silencio-01.png?quality=60&amp;w=650" alt="Logo Rompamos el silencio" class="wp-image-133386 size-full" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Logo-Rompamos-el-silencio-01.png 898w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Logo-Rompamos-el-silencio-01.png?resize=284,300 284w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Logo-Rompamos-el-silencio-01.png?resize=768,811 768w" sizes="(max-width: 898px) 100vw, 898px" /></figure><div class="wp-block-media-text__content">
<p class="wp-block-paragraph">Porque los años pasarán. Cambiarán nuestras ciudades, nuestros sueños y nuestras vidas. Tal vez olvidemos muchos detalles de estos días. Pero nunca olvidaremos cómo nos sentimos aquí, juntos, por última vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y en este momento&#8230;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong><em>Somos infinitos.</em></strong></p>
</div></div>
]]></content:encoded>
        <author>Rompamos el silencio</author>
                    <category>Educación</category>
                    <category>Rompamos el Silencio: un llamado desde las aulas contra el bullying</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=132484</guid>
        <pubDate>Thu, 15 Oct 2026 16:13:20 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/CBJML.jpg?quality=60&amp;#038;w=900" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Cuando decimos adiós]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Rompamos el silencio</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">132484</post-id>    </item>
        <item>
        <title>10 años entre el K-Pop y el café premium: la oportunidad de Colombia en el TLC con Corea</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/educacion/cesa/corea-tlc-comercio-colombia-oportunidades/</link>
        <description><![CDATA[<p>Colombia tiene una oportunidad clara con Corea: convertir el comercio ya construido en una plataforma de mayor crecimiento, diversificación y valor agregado.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<div class="wp-block-post-author"><div class="wp-block-post-author__avatar"><img alt='' src='https://secure.gravatar.com/avatar/508fa9a72fc3a2c29b947d60d85344e390425c778a41ef41306a11ec5c43fc74?s=48&#038;d=https%3A%2F%2Fblogsnew.s3.amazonaws.com%2Fwp-content%2Fuploads%2F2025%2F08%2F07232150%2Filu_defecto.webp&#038;r=g' srcset='https://secure.gravatar.com/avatar/508fa9a72fc3a2c29b947d60d85344e390425c778a41ef41306a11ec5c43fc74?s=96&#038;d=https%3A%2F%2Fblogsnew.s3.amazonaws.com%2Fwp-content%2Fuploads%2F2025%2F08%2F07232150%2Filu_defecto.webp&#038;r=g 2x' class='avatar avatar-48 photo' height='48' width='48' /></div><div class="wp-block-post-author__content"><p class="wp-block-post-author__byline"><strong>Por:  </strong><em>Luis Carlos Ramírez Martínez</em> &#8211; <em>Profesor CESA en negocios internacionales y consultor en comercio</em></p><p class="wp-block-post-author__name"><a href="https://blogs.elespectador.com/author/alejandro-franco/" target="_blank">CESA</a></p></div></div>


<p class="wp-block-paragraph">En tiempos de incertidumbre comercial y geopolítica, los países suelen mirar hacia dónde puede abrir nuevos mercados. Colombia no está exenta. Es una pregunta necesaria, pero quizá deberíamos comenzar por otra: ¿estamos aprovechando suficientemente los mercados que ya abrimos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Corea del Sur es un buen ejemplo. Este año se cumple una década desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio entre ambos países. Colombia ya cuenta, por tanto, con una plataforma jurídica estable y predecible para relacionarse con una economía desarrollada, de alto poder adquisitivo, tecnológicamente avanzada y con una estructura productiva que ofrece importantes complementariedades con la nuestra. El reto ahora no debería limitarse a celebrar el aniversario, sino preguntarnos qué podemos hacer con esa plataforma durante los próximos diez años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las cifras muestran que existe espacio para hacerlo. Según Trade Map, las exportaciones colombianas a Corea pasaron de US$402 millones en 2016 a US$820 millones en 2025. El recorrido, sin embargo, ha sido muy irregular: alcanzaron US$1.180 millones en 2024, su mayor nivel durante el período, para caer nuevamente al año siguiente. La balanza comercial cuenta una historia igualmente cambiante. Colombia registró déficit durante casi todo el período 2016-2023, alcanzó un superávit de US$191 millones en 2024 y volvió a un déficit de US$573 millones en 2025.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estas cifras no demuestran por sí solas que el TLC haya funcionado bien o mal. Sí muestran algo más interesante: existe una relación comercial importante, pero todavía volátil y con mucho espacio para crecer, estabilizarse y sofisticarse, dando oxígeno y más crecimiento exportador diversificado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí debería concentrarse una parte de la política comercial colombiana. Diversificar no significa simplemente firmar más tratados. Significa utilizar mejor los que ya tenemos para vender más productos, incorporar mayor valor agregado y reducir nuestra dependencia de unos pocos mercados y productos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Corea reúne condiciones especialmente interesantes para ello. No se trata solamente de un destino para café, carbón u otros productos tradicionales. Es un mercado sofisticado en el que Colombia puede buscar mayores oportunidades para alimentos procesados, agroindustria, cosméticos, ingredientes naturales, manufacturas especializadas y servicios, entre otros sectores. Pero tener preferencias arancelarias no garantiza que esas exportaciones ocurran. Acceso confiable es la clave.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, diez años después, también vale la pena pensar en profundizar y modernizar el TLC. El propio acuerdo ya contiene capítulos sobre reglas de origen, medidas sanitarias y fitosanitarias, comercio electrónico y cooperación. La siguiente etapa podría revisar las reglas de origen para facilitar cadenas productivas contemporáneas; actualizar las disciplinas de comercio electrónico hacia una agenda más amplia de economía digital; fortalecer la cooperación regulatoria y sanitaria para convertir el acceso jurídico en acceso efectivo; y profundizar los mecanismos de facilitación del comercio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Además, Colombia tiene una ventaja que a veces subestimamos: Corea ya cuenta con institucionalidad económica y de cooperación en nuestro terreno. KOTRA, por ejemplo, mantiene una oficina en Bogotá que desarrolla actividades de comercio, inversión, investigación de mercados y proyectos. A ello se suma la presencia de instrumentos coreanos de cooperación (KOIKA) y financiación (KEXIM Bank). Una estrategia bilateral más ambiciosa debería conectar esa institucionalidad con empresas colombianas, proyectos de inversión, transferencia tecnológica, financiación y programas concretos de internacionalización. Nuestras pymes lo necesitan desesperadamente, pero ignoran su existencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto exige también iniciativa empresarial. Un TLC no exporta por sí mismo. Las compañías necesitan conocer la demanda coreana, adaptar productos, cumplir requisitos sanitarios y técnicos, construir canales comerciales y utilizar efectivamente las preferencias negociadas. La política pública puede abrir puertas y reducir obstáculos; son las empresas las que finalmente tienen que atravesarlas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nada de esto supone abandonar una estrategia más amplia con Asia. Colombia tiene buenas razones para construir una relación mucho más profunda con ASEAN, una región de enorme escala económica que además ofrece una interlocución geopolíticamente neutralmente pragmática. Ese tema, por su importancia, merecería una columna aparte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero mientras diseñamos nuevas rutas hacia Asia, no deberíamos pasar por alto un puente que ya construimos. Después de diez años de TLC, Corea puede ser mucho más que otro socio comercial de Colombia. La plataforma ya existe. La tarea de la próxima década es aprovecharla al máximo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong><a href="https://www.cesa.edu.co/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Colegio de Estudios Superiores de Administración – CESA</a></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>CESA</author>
                    <category>Colegio de Estudios Superiores de Administración</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133810</guid>
        <pubDate>Wed, 07 Oct 2026 17:10:46 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/10-anos-entre-el-K-Pop-y-el-cafe-premium-la-oportunidad-de-Colombia-en-el-TLC-con-Corea.jpg?quality=60&amp;#038;w=1200" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[10 años entre el K-Pop y el café premium: la oportunidad de Colombia en el TLC con Corea]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">CESA</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">133810</post-id>    </item>
        <item>
        <title>UNA SOLA PREGUNTA </title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/relaciona2/una-sola-pregunta/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hay días en los que uno se detiene a mirar el ritmo del mundo y no puede evitar preguntarse cómo funciona todo esto en lo que estamos metidos. Si en este preciso instante tuviéramos la oportunidad de encontrarnos cara a cara con Dios, con el creador o con quien sea que lleve las riendas del [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Hay días en los que uno se detiene a mirar el ritmo del mundo y no puede evitar preguntarse cómo funciona todo esto en lo que estamos metidos. Si en este preciso instante tuviéramos la oportunidad de encontrarnos cara a cara con Dios, con el creador o con quien sea que lleve las riendas del universo, y nos dieran el privilegio de hacer una <strong>única pregunta</strong>, ¿cuál sería?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo confieso que, si tuviera esa oportunidad frente a mí, le preguntaría algo muy concreto que ha sido tema de toda mi vida y es sobre el destino: <strong>si todo ya está escrito</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo pienso a diario. ¿A qué se deben esas casualidades de la vida que parecen sacadas de un libreto exacto? Esas conexiones instantáneas con alguien que apenas conocemos, los giros inesperados que nos llevan a un lugar en el que jamás pensamos estar, o los tropiezos y tragedias que, de un momento a otro, nos cambian el rumbo —para bien o para mal—. A veces siento que todo obedece a un mapa invisible, a un destino del que nadie puede escapar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hace poco hablaba de esto con una de mis hermanas, y ella me decía que si pudiera hacer esa pregunta, además de saber si el destino ya está trazado, le interesaría averiguar otra cosa igual de profunda: <strong>si rezar, si pedir, tiene el poder de cambiar algo de lo que ya está escrito</strong>. ¿Funciona la fe como una llave capaz de modificar el libreto de nuestras vidas?&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta sensación de que las cosas simplemente pasan porque &#8220;tenían que pasar&#8221; me ha dado vueltas en la cabeza desde siempre, y con mucha más fuerza desde aquel terremoto del pasado 10 de agosto. Ver cómo la vida cambia en cuestión de segundos, cómo personas se quedaron únicamente con la ropa que llevaban puesta, o cómo un paso más adelante o más atrás en una escalera define quién sigue aquí y quién parte, te deja una mezcla de asombro y fragilidad. Las religiones suelen explicarnos que las tragedias naturales y los hechos más importantes del mundo, forman parte de un orden superior, de un destino inevitable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es ahí donde uno se detiene a pensar a qué venimos realmente a este mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces nos comportamos como si la vida fuera una competencia de acumular títulos, colgar diplomas en una pared, perseguir ascensos o correr detrás de un trabajo que nos consume los días. Pero, ¿es eso todo? Yo me niego a creer que nuestra única misión en la tierra sea la productividad. Tiene que haber algo mucho más hondo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para mí, lo verdaderamente importante —la razón más pura por la que respiramos y coincidimos en este tiempo— son <strong>las relaciones humanas</strong>. La manera como manejamos las situaciones de la vida que todo tiene que ver con otros… las huellas que dejamos en otros. Al final, lo único que nos llevamos es lo que vivimos a través de los demás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, hoy quería dejarte esta inquietud: Si pudieras sentarte hoy frente a Dios (sea cual sea tu imagen de él) y te permitieran hacer una sola pregunta, una sola… <strong>Tú qué le preguntarías?&nbsp;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>ANDREA VILLATE</author>
                    <category>Relaciona2</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133717</guid>
        <pubDate>Fri, 02 Oct 2026 19:42:41 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/una-sola-pregunta.jpeg?quality=60&amp;#038;w=1033" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[UNA SOLA PREGUNTA ]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">ANDREA VILLATE</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">133717</post-id>    </item>
        <item>
        <title>¿Qué hace un inglés durante seis décadas intentando entender a Colombia?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/que-hace-un-ingles-durante-seis-decadas-intentando-entender-a-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hay personajes que estudian un país y otros que, casi sin proponérselo, terminan formando parte de su historia. Malcolm Deas pertenece a una categoría más extraña. Llegó desde Oxford a Colombia cuando todavía era posible que un historiador extranjero se acercara a un país sin la ansiedad de explicarlo todo de inmediato y comenzó a [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay personajes que estudian un país y otros que, casi sin proponérselo, terminan formando parte de su historia. Malcolm Deas pertenece a una categoría más extraña. Llegó desde Oxford a Colombia cuando todavía era posible que un historiador extranjero se acercara a un país sin la ansiedad de explicarlo todo de inmediato y comenzó a estudiar sus guerras, sus partidos, sus presidentes, sus instituciones, sus élites y sus contradicciones. Lo que iba a ser, quizá, una estación intelectual terminó convirtiéndose en una relación de seis décadas con un país que nunca dejó de intentar comprender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué vio Malcolm Deas en Colombia? ¿Qué encontró aquí para quedarse durante tanto tiempo? ¿Y qué puede revelar la vida de un historiador inglés sobre la historia de los colombianos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Son preguntas que atraviesan <em>Malcolm Deas: retrato del inglés que hizo de Colombia su historia</em>, el libro que he escrito a partir de conversaciones con Deas, testimonios de familiares, amigos, colegas y discípulos, y una revisión de sus principales trabajos. El libro, publicado por Ediciones Uniandes, reconstruye una relación poco común entre un hombre y un país, pero también intenta hacer algo más ambicioso: utilizar la vida de un historiador como una forma de volver a recorrer la historia intelectual y política de Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia de Deas tiene algo difícil de clasificar. No es exactamente la historia de un extranjero fascinado por un país exótico, ni la de un académico que encontró en Colombia un objeto de estudio conveniente. Tampoco es simplemente la biografía de un historiador. A medida que uno sigue sus pasos aparecen las guerras civiles, los partidos políticos, los presidentes, las universidades, los archivos, los periódicos, las conversaciones privadas, los debates intelectuales y varias generaciones de colombianos que terminaron cruzándose con él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí está quizá la particularidad de su historia: para entender a Malcolm Deas hay que terminar hablando de Colombia, y para entender algunas cosas de Colombia resulta inevitable encontrarse con Malcolm Deas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuatro expresidentes de Colombia hacen parte del libro, junto con intelectuales, investigadores, escritores, profesores y discípulos que permiten reconstruir no solamente la trayectoria de un hombre, sino también una parte de la vida intelectual del país durante las últimas seis décadas. Deas aparece entonces como una especie de hilo secreto que conecta momentos y generaciones que normalmente estudiamos por separado.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="700" height="957" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/unnamed-5.jpg" alt="" class="wp-image-133703" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/unnamed-5.jpg 700w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/unnamed-5.jpg?resize=219,300 219w" sizes="auto, (max-width: 700px) 100vw, 700px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Su mirada sobre Colombia tuvo, además, una característica poco frecuente. Deas nunca pareció interesado en fabricar una teoría total sobre el país. Su trabajo se detuvo muchas veces en aquello que otros consideraban demasiado particular: una elección, un presidente, una guerra, una estadística, una institución, una disputa entre partidos, una frase pronunciada en el momento preciso. Había en esa manera de mirar una desconfianza saludable frente a las grandes explicaciones que pretenden resolver un país entero con una sola idea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso su lectura de Colombia sigue siendo tan fértil. En un país acostumbrado a explicarse mediante grandes palabras —violencia, desigualdad, polarización, narcotráfico, conflicto— Deas obligaba a volver a los documentos, a los nombres propios, a las fechas, a los hechos y a las particularidades. Antes de explicar Colombia había que leerla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay también algo casi novelesco en el punto de partida. Un joven historiador formado en Oxford llega a un país que, en principio, podría haber sido apenas un capítulo de su carrera y termina permaneciendo en él, intelectual y afectivamente, durante décadas. Conoce a presidentes, historiadores, políticos, escritores y profesores; atraviesa cambios profundos de la sociedad colombiana; forma nuevas generaciones de investigadores y construye, con paciencia, una biblioteca mental sobre el país que difícilmente otro extranjero haya levantado de la misma manera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El detalle importa porque la historia de Colombia también puede contarse desde quienes llegaron a ella sin pertenecer originalmente a sus disputas. Un extranjero puede tener una distancia que los colombianos perdemos precisamente porque vivimos dentro de nuestras propias explicaciones. Pero esa distancia, en el caso de Deas, nunca significó indiferencia. Con el paso de los años, el observador terminó convertido en una suerte de testigo íntimo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá esa sea una de las paradojas más interesantes de su trayectoria: cuanto más estudiaba Colombia, menos podía ser considerado simplemente un extranjero que estudiaba a Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El prefacio del libro está escrito por James A. Robinson, premio Nobel de Economía, cuya obra sobre las instituciones y el desarrollo de las sociedades ha dialogado, desde otra perspectiva, con algunas de las preguntas que Deas formuló durante décadas sobre Colombia. Hay en ese encuentro intelectual una coincidencia interesante: tanto desde la historia como desde la economía institucional aparece la necesidad de mirar más allá de las explicaciones inmediatas y preguntarse por las instituciones, las decisiones, las circunstancias históricas y las personas que terminan moldeando el destino de una sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el libro no pretende convertir a Deas en una estatua académica. Me interesaba más el hombre detrás del historiador, sus conversaciones, sus obsesiones, sus amistades, sus recuerdos, sus silencios y también las personas que fueron construyendo con él esa relación particular con Colombia. Por eso el libro se mueve entre el perfil periodístico, la investigación histórica y el ensayo, entre la memoria y los documentos, entre lo que Deas recuerda y lo que otros recuerdan de él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, la pregunta cambia. Ya no se trata solamente de quién fue Malcolm Deas. Se trata de qué Colombia aparece cuando uno decide mirar el país a través de los ojos de un inglés que pasó seis décadas intentando entenderlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aparece una Colombia menos cómoda que la de nuestras explicaciones habituales: una Colombia hecha de instituciones frágiles y persistentes, de guerras que dejaron marcas profundas, de élites, partidos y universidades, pero también de individuos concretos que intentaron, a veces con éxito y otras sin él, comprender el lugar en el que estaban viviendo. Una Colombia que no cabe del todo en las categorías con las que solemos describirla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso la vida de Malcolm Deas termina siendo una manera inesperada de contar nuestra propia historia. El extranjero llegó buscando entender Colombia y, con el paso del tiempo, Colombia terminó formando parte de su propia biografía. La pregunta que queda para nosotros es quizá la inversa: después de seis décadas en las que Deas intentó descifrarnos, ¿qué hemos aprendido nosotros al mirarnos a través de sus ojos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">El próximo 27 de octubre, a las 5:30 de la tarde, esa conversación llegará al Gimnasio Moderno, en Bogotá. El lanzamiento tendrá lugar en la Biblioteca del Gimnasio Moderno, en la carrera 9 #74-99, y contará con un panel que permite ampliar la conversación más allá de la figura de Deas. Participarán <strong>Paca Zuleta</strong>, profesional distinguida de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes; <strong>Gustavo Bell</strong>, historiador, periodista, abogado y exvicepresidente de Colombia; <strong>Alejandro Gaviria </strong>ex rector de la Universidad de los Andes  y yo, como autor del libro. La conversación será moderada por el periodista Alejandro Santos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una mesa particularmente apropiada para un libro que cruza historia, instituciones, política, academia y memoria. Paca Zuleta aporta una mirada desde la reflexión sobre el gobierno y las instituciones; Gustavo Bell, desde la historia y su propia experiencia en la vida pública; Alejandro Gaviria, desde una trayectoria que también ha unido la academia, las políticas públicas y el debate intelectual. Y en el centro de la conversación estará Malcolm Deas, un historiador que llegó desde Oxford y terminó haciendo de Colombia una parte fundamental de su propia historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá no haya mejor manera de presentar este libro que volver a la pregunta que lo atraviesa: <strong>¿qué hace un inglés durante seis décadas intentando entender a Colombia?</strong> La respuesta, después de todo, puede decir tanto sobre Malcolm Deas como sobre nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133701</guid>
        <pubDate>Thu, 01 Oct 2026 16:25:25 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/final-evento-malcolm.jpg?quality=60&amp;#038;w=1080" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[¿Qué hace un inglés durante seis décadas intentando entender a Colombia?]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">133701</post-id>    </item>
        <item>
        <title>La colección Pérez, la ciudad y el espejo latinoamericano</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/la-coleccion-perez-la-ciudad-y-el-espejo-latinoamericano/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una noche de septiembre, en medio de ArtBO, recibí una invitación para sostener una conversación con algunos de los responsables de una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más importantes vinculadas a América Latina. Acepté por varias razones. La primera, porque mirar el arte latinoamericano sigue siendo una de las maneras más precisas de [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Una noche de septiembre, en medio de ArtBO, recibí una invitación para sostener una conversación con algunos de los responsables de una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más importantes vinculadas a América Latina. Acepté por varias razones. La primera, porque mirar el arte latinoamericano sigue siendo una de las maneras más precisas de entender el estado de nuestras sociedades, sus tensiones, sus conflictos, sus transformaciones y sus contradicciones. La segunda, porque detrás de esa colección existe una historia que trasciende ampliamente el mundo del arte. Es una historia de migración, de construcción institucional, de movilidad social, de filantropía y de una región que todavía busca entenderse a sí misma. Y la tercera, porque la conversación ocurría en Bogotá, una ciudad clave para América Latina, un punto de encuentro donde convergen universidades, centros culturales, galerías, editoriales, artistas e investigadores. Pocas ciudades de la región reúnen hoy una infraestructura cultural de esta escala y una capacidad similar para conectar distintas conversaciones latinoamericanas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También me interesaba la conversación por una razón menos evidente: pocas veces hablamos en América Latina del papel que han desempeñado los privados en la construcción de cultura. Buena parte de las grandes instituciones culturales del mundo no existirían sin coleccionistas, empresarios, fundaciones, universidades, mecenas y ciudadanos que decidieron convertir parte de su patrimonio en patrimonio colectivo. Museos, bibliotecas, teatros, universidades, centros de investigación y colecciones que hoy consideramos parte natural de la historia cultural de una sociedad fueron, en muchos casos, el resultado de decisiones privadas que terminaron produciendo consecuencias públicas. La cultura no ha sido construida únicamente desde los Estados. También ha sido levantada durante siglos por personas y familias que entendieron que acumular capital podía tener una segunda consecuencia: crear instituciones capaces de sobrevivir a sus propios fundadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La noche transcurría en Casa Riegner, en el corazón de Chapinero, un barrio que durante los últimos años ha aparecido recurrentemente en distintos listados internacionales como uno de los sectores urbanos más interesantes del mundo. Puede sonar exagerado para quien todavía conserva la imagen de una Bogotá gris y caótica, pero basta caminar unas pocas cuadras para entender por qué. Allí conviven casas republicanas recicladas, galerías de arte contemporáneo, estudios creativos, librerías independientes, restaurantes, cafés y una generación de emprendedores culturales que ha ido transformando el paisaje urbano de una ciudad históricamente más preocupada por sobrevivir que por proyectarse. Chapinero es hoy una especie de laboratorio donde se mezclan las virtudes y las contradicciones de la nueva Bogotá: creatividad y desigualdad, sofisticación y precariedad, cosmopolitismo y tensiones sociales. No deja de ser simbólico que una conversación sobre América Latina, migración, arte, arquitectura y cultura ocurra precisamente allí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el preámbulo de ArtBO, Related Group —la firma fundada por el empresario y coleccionista colombo-argentino Jorge Pérez— ofrecía una mirada particularmente interesante sobre esa relación entre capital, ciudad y cultura. Pérez, reconocido por figurar en la lista Fortune 500, es el desarrollador inmobiliario más prolífico de Florida después de haber entregado más de 120.000 unidades de vivienda, pero su trayectoria también permite entender cómo una historia empresarial puede terminar convirtiéndose en una historia cultural.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso resultaba tan interesante escuchar sobre el sentido mismo de coleccionar. Cuando pensamos en una colección solemos imaginar una acumulación de objetos valiosos. Sin embargo, durante la conversación apareció otra definición. Una colección puede ser un organismo vivo, una búsqueda permanente, una manera de estudiar el mundo a través del arte y de mantener una curiosidad constante frente a nuevas voces y nuevas miradas. Lo interesante es que esa colección suele ser identificada como latinoamericana cuando en realidad funciona de una manera mucho más compleja. El objetivo no consiste únicamente en reunir artistas latinoamericanos sino en generar conversaciones entre experiencias humanas diversas, estableciendo vínculos entre artistas de América Latina, África, Estados Unidos y otras regiones del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo profundamente revelador en esa idea porque refleja una transformación más amplia de nuestra época. Durante décadas América Latina fue observada como una categoría relativamente homogénea, una región definida por ciertas experiencias históricas compartidas. Hoy esa mirada resulta insuficiente. Las migraciones, la globalización, las nuevas tecnologías y la circulación de personas e ideas han producido identidades mucho más complejas. Las experiencias de un artista afrobrasileño pueden dialogar con las de un creador caribeño o con las de un artista africano sin necesidad de pasar por los marcos tradicionales de interpretación nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás esa visión también tiene que ver con la propia historia de la familia Pérez. Cuba, Colombia y Estados Unidos aparecen como estaciones de una misma trayectoria. La familia abandonó Cuba después de la revolución, pasó por Colombia y terminó construyendo en Florida una de las historias empresariales y culturales más notables de las últimas décadas. En tiempos donde la migración suele aparecer asociada exclusivamente a crisis, conflictos o problemas fronterizos, conviene recordar que la historia latinoamericana está llena de procesos migratorios que han producido innovación, riqueza, instituciones y cultura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No deja de resultar llamativo que una familia marcada por la experiencia migrante haya terminado construyendo una de las plataformas culturales más influyentes vinculadas a América Latina en Estados Unidos. Hay una dimensión simbólica evidente en ello. Los latinos constituyen hoy una de las comunidades más numerosas e influyentes de Estados Unidos y, sin embargo, durante mucho tiempo su presencia cultural institucional fue menor de lo que sugería su peso demográfico. El Pérez Art Museum Miami constituye una excepción significativa dentro de ese panorama.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="614" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133697" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg 2362w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=300,180 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=768,461 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=1024,614 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=1536,921 1536w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=2048,1229 2048w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Pero más allá de los símbolos existe una cuestión de fondo. América Latina es una región de cerca de 660 millones de habitantes. Más de 500 millones comparten el español como lengua materna, convirtiendo al idioma en una de las grandes comunidades lingüísticas del planeta. Si se suman Brasil, España y las comunidades latinoamericanas distribuidas por Estados Unidos y Europa, las cifras son aún más impresionantes. Sin embargo, pocas veces pensamos en nosotros mismos como una conversación cultural integrada. Un colombiano suele saber más sobre Nueva York que sobre Montevideo. Un argentino puede estar más familiarizado con los debates franceses que con los colombianos. Un mexicano consume con frecuencia más información estadounidense que sudamericana. Compartimos idiomas, procesos históricos, desafíos económicos y experiencias sociales, pero seguimos mirándonos menos de lo que probablemente deberíamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una colección como esta adquiere una dimensión que trasciende lo artístico. Funciona como una excusa para mirarnos. Para reconocer que existen artistas extraordinarios produciendo obra en distintos rincones del continente y que muchas veces desconocemos esas conversaciones porque seguimos observando la región desde fragmentos nacionales demasiado estrechos. La propia curadora señalaba una realidad incómoda: América Latina posee una enorme calidad artística, pero gran parte de sus creadores carece todavía de suficiente visibilidad internacional. La observación podría extenderse mucho más allá del arte. La región produce escritores, investigadores, científicos, empresarios, cineastas y músicos de enorme nivel, pero con frecuencia carece de las instituciones necesarias para proyectarlos globalmente. Esa es una de las grandes diferencias entre las regiones que generan talento y aquellas que además construyen sistemas capaces de amplificarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese punto la conversación inevitablemente conduce hacia Miami. Durante décadas la ciudad fue considerada una periferia cultural de Estados Unidos, un lugar asociado principalmente con turismo, bienes raíces y entretenimiento. Hoy esa imagen resulta insuficiente. Miami se ha convertido en una de las capitales culturales de América Latina precisamente porque ha logrado reunir aquello que muchas veces permanece disperso en el resto de la región: capital, instituciones, artistas, coleccionistas y redes internacionales. La ciudad funciona como una plataforma donde distintas historias latinoamericanas se encuentran y dialogan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La segunda conversación de la noche permitió observar otra dimensión de esa transformación. Nick Pérez, hijo de Jorge Pérez y responsable de algunos de los desarrollos inmobiliarios más importantes de Related Group, hablaba desde el mundo de la construcción, el urbanismo y los negocios. Sin embargo, las preguntas terminaron conduciendo hacia asuntos mucho más amplios. ¿Qué significa el lujo hoy? ¿Cómo cambia una ciudad? ¿Qué papel juegan la tecnología, la salud y el tiempo en las nuevas aspiraciones de las élites urbanas?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su respuesta resultó particularmente interesante porque se alejaba de la imagen tradicional del lujo asociada exclusivamente al consumo. Durante años el lujo estuvo vinculado a materiales costosos, ubicaciones privilegiadas y servicios exclusivos. Después de la pandemia, explicaba, comenzó a producirse una transformación. El espacio, el bienestar, la salud y la calidad de vida adquirieron una importancia creciente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un momento de la conversación apareció una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuál es el lujo supremo? La respuesta fue inmediata. Tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La frase puede parecer obvia, pero contiene una observación profunda sobre nuestra época. Nunca habíamos contado con tantas tecnologías destinadas a ahorrar tiempo y, sin embargo, pocas generaciones han sentido una escasez tan intensa de él. La nueva obsesión de muchas élites globales ya no parece ser la acumulación de objetos sino la búsqueda de bienestar, longevidad y calidad de vida. Salud, tiempo y atención se han convertido en recursos tan escasos como valiosos.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" height="1024" width="668" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133698" style="width:632px;height:auto" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg 835w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?resize=196,300 196w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?resize=768,1177 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?resize=668,1024 668w" sizes="auto, (max-width: 668px) 100vw, 668px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Lo curioso es que el arte comparte algo de esa lógica. Una gran obra exige tiempo. Una exposición exige tiempo. Una colección exige décadas. Tal vez por eso las grandes colecciones funcionan también como una forma de resistencia frente a la aceleración permanente del presente. Coleccionar arte implica apostar por conversaciones largas, por procesos que exceden los ciclos políticos, las modas económicas o las tendencias tecnológicas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia artificial apareció inevitablemente en la entrevista. Nick Pérez explicaba cómo las nuevas herramientas están transformando procesos de coordinación, diseño y eficiencia dentro de la industria de la construcción. Sin embargo, más allá de la tecnología, lo que resultaba interesante era una idea recurrente: la innovación no consiste necesariamente en inventar algo completamente nuevo sino en encontrar mejores maneras de hacer las cosas. Una definición menos espectacular, quizás, pero probablemente más útil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al abandonar la galería y regresar a las calles de Chapinero pensé que, en realidad, las dos conversaciones habían girado alrededor de una misma pregunta. ¿Cómo se construye un legado? La curadora respondía a través del arte. Nick Pérez respondía a través de la ciudad. Jorge Pérez parece haber intentado hacerlo a través de ambos caminos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y tal vez esa sea la enseñanza más interesante de la noche. América Latina suele producir individuos extraordinarios, pero con demasiada frecuencia fracasa en la construcción de instituciones duraderas. Nos fascinan las biografías exitosas, pero prestamos menos atención a los museos, universidades, fundaciones, centros culturales y espacios de encuentro que permiten que aparezcan nuevas generaciones de artistas, investigadores y creadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una colección de arte no resolverá los problemas estructurales de la región. Tampoco un museo. Ni una galería. Pero pueden contribuir a algo igualmente importante: ayudarnos a reconocernos. A entender que compartimos una conversación mucho más amplia de lo que solemos imaginar. A descubrir que detrás de nuestras diferencias nacionales existe una experiencia histórica común que todavía estamos aprendiendo a narrar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso, más que una colección de arte, la colección Pérez termina funcionando como una colección de historias latinoamericanas. Historias de migración, de reconstrucción, de éxito, de memoria, de curiosidad intelectual y de construcción institucional. Y también una historia sobre una idea que convendría discutir mucho más en nuestra región: la cultura no es un adorno de la prosperidad, sino una de las formas más sofisticadas de construirla. El aporte de los privados, cuando se traduce en instituciones, colecciones, museos, fundaciones, espacios de encuentro y circulación de ideas, puede terminar formando parte de aquello que una sociedad considera su patrimonio común. En una región acostumbrada a observarse a través de los ojos de otros, todavía queda mucho por ganar cuando aprendemos a mirarnos, conocernos y valorarnos un poco más entre nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133695</guid>
        <pubDate>Wed, 30 Sep 2026 17:09:39 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-3-e1790788040497.jpg?quality=60&amp;#038;w=646" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[La colección Pérez, la ciudad y el espejo latinoamericano]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">133695</post-id>    </item>
        <item>
        <title>La universidad después de la inteligencia artificial</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-universidad-despues-de-la-inteligencia-artificial/</link>
        <description><![CDATA[<p>No estamos hablando únicamente de cómo incorporar una tecnología a la universidad. Estamos discutiendo qué universidad queremos construir en una sociedad crecientemente mediada por sistemas artificiales.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia artificial no está tocando la puerta de la universidad; hace tiempo que está adentro. Pero tampoco se trata simplemente de una nueva herramienta que hemos incorporado a nuestras aulas, laboratorios u oficinas. Estamos ante una transformación mucho más profunda: una tecnología que empieza a intervenir en la forma en que pensamos, producimos conocimiento, nos comunicamos, tomamos decisiones y nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por primera vez convivimos cotidianamente con sistemas capaces de intervenir en actividades que durante mucho tiempo asociamos casi exclusivamente con capacidades humanas: escribir, argumentar, interpretar, crear, programar, analizar grandes volúmenes de información, proponer soluciones o sostener una conversación. Su presencia empieza a modificar no solamente aquello que hacemos, sino la manera en que lo hacemos y, potencialmente, la forma en que comprendemos nuestras propias capacidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso resulta paradójico que hablemos tanto de inteligencia artificial y todavía sepamos relativamente poco sobre el alcance de la transformación que tenemos enfrente. Hemos reducido buena parte de la conversación a los chatbots con los que interactuamos y a una discusión, cada vez menos fértil, sobre si los estudiantes deberían utilizarlos o no. Pero la IA es mucho más que aquello que ocurre cuando alguien abre una ventana de conversación y escribe una pregunta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que está cambiando es nuestra relación con el conocimiento y con el trabajo intelectual. Y eso sitúa inevitablemente a la universidad en el centro de la discusión. No solamente porque allí enseñamos, aprendemos e investigamos, sino porque es uno de los espacios en los que una sociedad decide qué conocimientos considera valiosos, cómo los produce, cómo los transmite y qué capacidades quiere desarrollar en las nuevas generaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si un sistema puede escribir, traducir, programar, argumentar, analizar información o intervenir en distintas etapas de una investigación, la pregunta ya no puede limitarse a qué herramientas permitimos utilizar. Tendremos que preguntarnos qué debemos seguir sabiendo por nosotros mismos, qué capacidades humanas queremos preservar y fortalecer, qué tareas podemos delegar y qué decisiones nunca deberíamos entregar por completo a un sistema automatizado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No somos los únicos haciéndonos esas preguntas. La UNESCO ha situado la agencia humana en el centro de sus marcos recientes sobre inteligencia artificial y educación. La OCDE ha llamado la atención sobre una distinción aparentemente sencilla, pero fundamental: hacer mejor una tarea utilizando IA no significa necesariamente aprender más. La evidencia que comienza a acumularse muestra que las herramientas de propósito general pueden mejorar el resultado inmediato de un estudiante sin producir necesariamente un aprendizaje equivalente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La tecnología, entonces, no vuelve irrelevante la pedagogía. Por el contrario, obliga a volver sobre algunas de sus preguntas fundamentales: para qué enseñamos, qué vale la pena aprender y cómo sabemos que alguien realmente aprendió. En una época en la que obtener una respuesta es cada vez más sencillo, quizás el verdadero desafío educativo empiece a desplazarse hacia la capacidad de formular buenas preguntas, contrastar información, construir criterio, crear y comprender aquello que no deberíamos delegar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora, Colombia no parte de cero. El CONPES 4144 estableció en 2025 una Política Nacional de Inteligencia Artificial que contempla, entre otros frentes, gobernanza y ética, infraestructura tecnológica, investigación e innovación, formación de talento, gestión de riesgos y adopción de estos sistemas. Las instituciones de educación superior aparecen allí como actores relevantes para formar capacidades, producir conocimiento, desarrollar soluciones y participar en la construcción del ecosistema nacional de IA.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese punto de partida es importante. Pero una política nacional no resuelve por sí sola un fenómeno que está entrando en las universidades a una velocidad considerablemente mayor que aquella con la que cambian sus estructuras, sus capacidades y sus formas de gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una investigación reciente de UNESCO IESALC, realizada entre 200 instituciones de educación superior de 19 países de América Latina y el Caribe, permite dimensionar esa distancia. El 87 % reportó utilizar inteligencia artificial en al menos algún ámbito de su actividad. Sin embargo, solo el 26 % contaba con una estrategia formal, apenas el 8 % disponía de un presupuesto específico y únicamente el 9 % tenía mecanismos formales para evaluar su implementación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La distancia, entonces, es reveladora. Estamos aprendiendo a utilizar inteligencia artificial mucho más rápido de lo que estamos aprendiendo a comprenderla, evaluarla y gobernarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esa brecha puede convertirse también en una nueva forma de desigualdad entre universidades. No solamente entre quienes usan IA y quienes no, sino entre instituciones capaces de acceder a mejores herramientas, proteger sus datos, evaluar proveedores, formar a sus comunidades, investigar estas tecnologías y desarrollar soluciones propias, y aquellas que simplemente reciben lo que el mercado pone a su alcance. Ese debería ser uno de los grandes debates de la educación superior colombiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una universidad pequeña no debería tener que resolver sola qué soluciones contratar, cómo proteger sus datos, cómo evaluar los riesgos de un proveedor, cómo formar a sus profesores o cómo determinar si una herramienta realmente contribuye al aprendizaje. Tampoco deberíamos asumir como inevitable que las instituciones con mayores recursos accedan a capacidades cada vez más sofisticadas mientras otras dependen de versiones gratuitas, limitadas o diseñadas para contextos muy diferentes de los nuestros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia podría avanzar hacia una infraestructura compartida que facilite a sus universidades el acceso a herramientas de IA seguras y pertinentes; permita experimentar antes de adoptar soluciones de manera generalizada; comparta capacidades tecnológicas y conocimiento; establezca criterios comunes sobre datos, privacidad y contratación; facilite la evaluación conjunta de sistemas y proveedores; fortalezca las capacidades de docentes, investigadores y equipos administrativos; y estimule el desarrollo de soluciones creadas desde nuestras propias universidades para responder a problemas de nuestra educación superior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata necesariamente de construir desde cero un gran modelo colombiano que pretenda competir con los desarrollados por las mayores compañías tecnológicas del mundo. Se trata de algo probablemente más importante: contar con capacidad propia para decidir qué tecnologías necesitamos, para qué queremos utilizarlas, bajo qué condiciones debemos hacerlo y qué problemas vale realmente la pena resolver con ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y para lograrlo tendremos que aprender a mirar mucho más allá del chatbot. La inteligencia artificial puede estar presente sin que necesariamente conversemos con ella. Puede intervenir en sistemas para identificar estudiantes en riesgo de deserción, orientar trayectorias académicas, analizar información institucional, gestionar documentos, apoyar procesos de investigación, distribuir recursos o asistir decisiones administrativas. Mañana aparecerá probablemente en muchos otros espacios que hoy ni siquiera asociamos con ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Allí las preguntas serán distintas. No solamente si una herramienta funciona, sino quién responde cuando falla; con qué datos fue desarrollada; qué sesgos puede reproducir; qué información de estudiantes, profesores o investigadores estamos dispuestos a entregarle; quién controla esa información; qué decisiones pueden recibir asistencia algorítmica y cuáles deben permanecer inequívocamente bajo responsabilidad humana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí aparece quizá uno de los asuntos más importantes de esta discusión. No estamos hablando únicamente de cómo incorporar una tecnología a la universidad. Estamos discutiendo qué universidad queremos construir en una sociedad crecientemente mediada por sistemas artificiales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué significa enseñar cuando acceder a una respuesta deja de ser difícil. Qué significa aprender cuando una parte del esfuerzo intelectual puede delegarse. Qué significa investigar cuando contamos con sistemas capaces de intervenir en tareas que hasta hace muy poco estaban reservadas a personas. Y qué capacidades necesitaremos para conservar autonomía, criterio, creatividad y responsabilidad en ese nuevo entorno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También tendremos que decidir qué lugar queremos ocupar en él. Porque existe una diferencia enorme entre utilizar tecnologías desarrolladas en otros lugares y construir capacidades para comprenderlas, cuestionarlas, adaptarlas, evaluarlas y crear a partir de ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las universidades no deberían limitarse a formar buenos usuarios de inteligencia artificial. Pueden y deben ser también espacios desde los cuales se investiguen sus efectos, se formulen preguntas que el mercado probablemente nunca formulará y se desarrollen soluciones capaces de responder a nuestras propias realidades sociales, educativas y territoriales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia artificial seguirá avanzando, independientemente de que nuestros currículos, regulaciones y estructuras administrativas consigan hacerlo al mismo ritmo. La decisión que tenemos delante es otra: si las universidades colombianas serán simplemente usuarias de una transformación concebida en otra parte o si seremos capaces de participar también en su comprensión, orientación y diseño.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para eso no basta con aprender a utilizar inteligencia artificial. Necesitamos construir colectivamente la capacidad de comprenderla, gobernarla y crear con ella. Y procurar que esa capacidad no sea un privilegio de unas pocas instituciones, sino un activo compartido por el sistema universitario colombiano. Ese es el ecosistema que todavía nos falta.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Actualidad</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133628</guid>
        <pubDate>Sun, 27 Sep 2026 21:26:26 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/IM-COL.png?quality=60&amp;#038;w=1200" type="image/png">
                <media:description type="plain"><![CDATA[La universidad después de la inteligencia artificial]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Eduardo Perafán</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">133628</post-id>    </item>
        <item>
        <title>SOS Santa Marta</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/sos-santa-marta/</link>
        <description><![CDATA[<p>Algunas batallas se libran por el control de un territorio y hay otras que, en realidad, se libran por algo mucho más importante: por quién tiene derecho a mandar sobre ese territorio. Lo que está ocurriendo en Santa Marta pertenece a esta segunda categoría. Durante años, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, conocidas como [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Algunas batallas se libran por el control de un territorio y hay otras que, en realidad, se libran por algo mucho más importante: por quién tiene derecho a mandar sobre ese territorio. Lo que está ocurriendo en Santa Marta pertenece a esta segunda categoría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante años, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, conocidas como Los Pachenca, han construido un sistema de control que combina armas, extorsión, economías ilegales y regulación de la vida cotidiana. No estamos hablando simplemente de una banda que cobra extorsiones de manera ocasional. Estamos hablando de una organización armada que, según investigaciones recientes, ha conseguido imponer mecanismos de control sobre una parte importante de la economía y del territorio de Santa Marta y de su corredor turístico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un informe de la Fundación Ideas para la Paz estimó que cerca del 95 % de los prestadores de servicios del corredor turístico entre Santa Marta y Palomino estarían sometidos a extorsiones y calculó esas rentas entre 6.000 y 7.000 millones de pesos mensuales. El dato debería obligarnos a mirar el problema de otra manera: cuando una organización armada obtiene miles de millones de pesos de una economía legal mediante amenazas, ya no estamos únicamente frente a un problema de seguridad. Estamos frente a una disputa por el control económico de una región.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y hay una contradicción particularmente dolorosa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Santa Marta es uno de los lugares más extraordinarios de Colombia. Pocas ciudades tienen una geografía semejante: el Caribe frente a la ciudad, la Sierra Nevada elevándose detrás de ella y, en esa Sierra, una de las mayores riquezas culturales del país, representada por los pueblos indígenas que han habitado ese territorio durante siglos y que han construido alrededor de él una relación espiritual y cultural profundamente distinta de nuestra concepción convencional del territorio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los pueblos indígenas de la Sierra la llaman el corazón del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Resulta difícil pensar en una contradicción mayor: uno de los lugares más bellos y culturalmente ricos de Colombia sometido a una realidad en la que organizaciones armadas pretenden imponer reglas, cobrar tributos y disputar al Estado el control efectivo del territorio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los Pachenca no son una autoridad. Las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra no son una autoridad. No son los dueños de la Sierra Nevada ni de Santa Marta. El nombre que una organización armada se dé a sí misma no transforma su naturaleza ni le concede legitimidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay conquista legítima cuando el control se sostiene mediante armas, amenazas y extorsiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso lo que está ocurriendo en Santa Marta puede convertirse en la batalla más importante que está dando en este momento el Gobierno de Abelardo de la Espriella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No necesariamente por el tamaño de la ciudad ni por el número de habitantes. La importancia está en otra parte. Santa Marta representa una prueba concreta de la capacidad del Estado para recuperar una función elemental de cualquier República: que ninguna organización armada pueda convertirse en autoridad paralela y decidir quién trabaja, quién paga, quién circula y quién puede desarrollar una actividad económica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese es el verdadero problema político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un comerciante que paga una extorsión no está haciendo una transacción comercial. Está reconociendo, bajo amenaza, una autoridad distinta a la del Estado. Un empresario turístico que tiene que pagar para poder operar no está simplemente asumiendo un costo ilegal. Está siendo sometido a un sistema de poder que pretende reemplazar la autoridad pública.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y allí está la dimensión más importante de esta crisis.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Santa Marta es hoy una batalla por la legitimidad del Estado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La respuesta, por eso, no puede consistir únicamente en enviar más uniformados durante una coyuntura de violencia. El Estado tiene que recuperar el control territorial, pero también debe desmontar el poder económico que permite a estas organizaciones sobrevivir. Tiene que perseguir las estructuras de extorsión, seguir las rutas del dinero, proteger a los comerciantes que denuncien, intervenir las redes asociadas al narcotráfico y evitar que las cárceles se conviertan en centros de coordinación criminal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tiene que conseguir algo mucho más sencillo de decir que de lograr: que un ciudadano pueda abrir un negocio sin pedirle permiso a un grupo armado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí aparece el turismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El turista llega a Santa Marta para conocer una ciudad, descansar, comer, contratar una excursión, visitar la Sierra o recorrer el Caribe. No llega pensando que una parte de la economía en la que está participando puede encontrarse sometida a una estructura de extorsión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso resulta inaceptable que el turismo, que debería ser una de las grandes fuentes de empleo, inversión y desarrollo de Santa Marta, pueda convertirse en una de las fuentes de financiación de quienes pretenden controlar la ciudad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El turista no puede terminar financiando, aunque sea indirectamente y sin saberlo, el poder de quienes amenazan a los comerciantes que hacen posible su experiencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto convierte el problema en un asunto nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Santa Marta no es únicamente de los samarios. Es una de las principales puertas turísticas de Colombia y uno de los lugares mediante los cuales el país se presenta ante el mundo. Su bahía, su patrimonio histórico, sus playas, el Tayrona y la Sierra Nevada hacen parte de un patrimonio que trasciende a la ciudad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso este es un momento en el que el Estado debe ejercer toda la legitimidad que le corresponde.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata solamente de recuperar una carretera después de un paro armado. No se trata solamente de impedir que una organización cierre los comercios durante unos días. Se trata de demostrar que en Colombia la autoridad no se negocia con grupos armados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Que la extorsión no es un impuesto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Que el narcotráfico no es una economía legítima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Que una organización armada no puede convertirse en gobierno local.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Que una montaña no puede tener dueños armados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y que los ciudadanos no tienen por qué escoger entre pagar o arriesgar su vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso Santa Marta merece la atención de todo el país. De los empresarios, de los trabajadores del turismo, de los comerciantes, de los samarios y, especialmente, del Gobierno nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta puede ser una oportunidad para demostrar que la recuperación de la seguridad no consiste solamente en responder a cada episodio de violencia, sino en desmontar las estructuras que producen esa violencia y recuperar las condiciones para que la economía legal vuelva a funcionar sin intermediarios armados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que está en juego en Santa Marta es mucho más que la temporada turística.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Está en juego quién manda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esa pregunta, en una República, solamente puede tener una respuesta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Santa Marta no necesita otro dueño. Necesita que vuelva a mandar la República.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133492</guid>
        <pubDate>Wed, 23 Sep 2026 21:52:16 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/771855418_18191404744377671_8713440316082266667_n.jpg?quality=60&amp;#038;w=1200" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[SOS Santa Marta]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">133492</post-id>    </item>
        <item>
        <title>El viaje de Suleimán</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/el-viaje-de-suleiman/</link>
        <description><![CDATA[<p>La primera pregunta que provoca la historia de Suleimán no tiene que ver con Europa, ni con las fronteras, ni siquiera con la migración. Tiene que ver con el momento exacto en que una persona empieza a considerar que quedarse en el lugar donde nació puede ser más incierto, más difícil o más doloroso que [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">La primera pregunta que provoca la historia de Suleimán no tiene que ver con Europa, ni con las fronteras, ni siquiera con la migración. Tiene que ver con el momento exacto en que una persona empieza a considerar que quedarse en el lugar donde nació puede ser más incierto, más difícil o más doloroso que emprender un viaje cuyo final desconoce. Suleimán es un niño de Malí que decide marcharse con su amigo Musa hacia una Europa que, desde la distancia, aparece como el lugar donde podrían trabajar, ganar dinero, regresar algún día y ayudar a sus familias. La idea parece sencilla hasta que uno mira el camino que deben recorrer para hacerla posible: el desierto, los camiones atestados, las fronteras, los intentos fallidos de entrar a España y, finalmente, el mar. <em>Me llamo Suleimán</em>, la obra de Antonio Lozano dirigida por Mario Vega, cuenta precisamente ese viaje, pero su mayor interés está quizá en algo que ocurre antes de que empiece la travesía: en obligarnos a mirar la decisión desde el lugar de quien se marcha y no solamente desde el lugar de quienes lo esperan al otro lado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estamos acostumbrados a hablar de la migración desde la perspectiva de quienes reciben al migrante. Las discusiones públicas suelen comenzar en las fronteras y terminar en ellas: cuántas personas llegan, cómo atraviesan los controles, qué hacen los gobiernos, qué capacidad tienen las ciudades para recibirlas, cuáles son los temores de las sociedades que las reciben. En ese recorrido, la persona concreta tiende a desaparecer. El migrante se convierte en una categoría, una cifra, una noticia o una discusión política, y detrás de cada una de esas palabras queda escondida una historia que empezó mucho antes de que apareciera en nuestra pantalla. Antonio Lozano plantea justamente la necesidad de invertir esa mirada y acercarnos a quien emprende el viaje, comprender las razones que lo llevaron a tomar una decisión que, vista desde fuera, puede parecer incomprensible, pero que adquiere otra dimensión cuando se conocen las circunstancias desde las cuales fue tomada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia de Suleimán ocurre, además, dentro de un fenómeno mucho más grande que las fronteras de Europa. Según la Organización Internacional para las Migraciones, a mediados de 2024 había alrededor de 304 millones de migrantes internacionales en el mundo. Pero el mismo informe recuerda algo que suele perderse cuando las imágenes de las fronteras ocupan nuestra atención: cruzar un país para vivir en otro sigue siendo menos frecuente que desplazarse dentro del propio país. La migración interna es mucho más común que la internacional. A finales de 2024, además, más de 83 millones de personas vivían en situación de desplazamiento interno en el mundo. La movilidad humana, entonces, no empieza necesariamente en un aeropuerto, en una frontera o en un barco. Muchas veces comienza mucho más cerca: en la decisión de abandonar una vereda para ir al pueblo, un municipio para llegar a una ciudad, una región para buscar trabajo o una casa para escapar de la violencia.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="576" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133413" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg 1920w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg?resize=300,169 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg?resize=768,432 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg?resize=1024,576 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg?resize=1536,864 1536w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Migrar puede significar cosas muy distintas. Puede ser una decisión planeada durante años, una oportunidad laboral, la búsqueda de una universidad, el deseo de reunirse con la familia o la necesidad de huir. Puede implicar atravesar un continente o simplemente recorrer unos cuantos cientos de kilómetros. Puede ser voluntario, forzado o encontrarse en esa zona gris en la que una persona decide marcharse porque las posibilidades que tiene delante parecen haberse reducido hasta hacer del movimiento una forma de supervivencia. Por eso resulta tan difícil hablar de los migrantes como si fueran un grupo homogéneo. Las razones para partir son tan diversas como las personas que parten.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Suleimán no parte de Malí persiguiendo una idea abstracta de Europa. Su deseo es mucho más elemental y, precisamente por eso, mucho más difícil de juzgar desde lejos: quiere trabajar, conseguir suficiente dinero para volver y montar un negocio que le permita ayudar a su familia. El viaje, sin embargo, empieza a deformar rápidamente esa expectativa. Él y Musa atraviesan el desierto en camiones incómodos y llenos de personas que, como ellos, buscan una vida distinta; llegan hasta la frontera con Melilla y descubren que llegar hasta allí no significa haber llegado a ninguna parte. El primer intento fracasa y Suleimán decide volver a intentarlo, esta vez por mar. La distancia entre el sueño inicial y la realidad del camino es precisamente aquello que la obra consigue poner delante del espectador: detrás de la palabra migración existe un trayecto físico, pero también una sucesión de decisiones, renuncias, miedos y esperanzas que resulta mucho más difícil de resumir en una estadística.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso <em>Me llamo Suleimán</em> funciona mejor cuando uno deja de pensar en ella como una obra sobre la migración y empieza a verla como una historia sobre el futuro. Suleimán quiere algo que, en principio, no parece extraordinario: quiere que su vida sea diferente, quiere tener la posibilidad de regresar con algo que ofrecer a los suyos y quiere escapar de una pobreza que ha dejado de aceptar como destino. El dossier de la obra insiste en que no se trata de un tratado sobre inmigración ni de un estudio exhaustivo del fenómeno, sino de la historia de un joven que emprende un viaje para alcanzar sus sueños. Esa decisión narrativa es importante porque devuelve al personaje algo que las grandes discusiones sobre migración suelen quitarle: individualidad. Suleimán no representa a todos los africanos, ni a todos los migrantes, ni siquiera pretende explicar las razones de todos quienes emprenden una travesía semejante. Es un muchacho con un nombre, un amigo, una familia y una idea particular de aquello que podría ser una vida mejor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia conoce bien esa pregunta. También nosotros hemos sido un país de migrantes, aunque durante mucho tiempo hayamos hablado menos de esa experiencia porque solemos asociar la palabra con quien cruza una frontera internacional. Hoy más de 5,5 millones de colombianos viven fuera del país, según la Cancillería. Es una diáspora que se extiende por Estados Unidos, España, Venezuela y muchos otros lugares del mundo. Son millones de historias distintas: quienes se fueron buscando trabajo, quienes llegaron para estudiar, quienes se reunieron con sus familias, quienes salieron por razones económicas y quienes tuvieron que abandonar el país por la violencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero hay otra historia migratoria colombiana, quizá todavía más profunda, que ocurre sin necesidad de cruzar una frontera internacional. Durante décadas, millones de colombianos se han desplazado de un municipio a otro, del campo a las ciudades, de una región a otra. El DANE ha estudiado esta migración interna como una de las grandes fuerzas que han transformado la geografía del país. El Censo de 2018, por ejemplo, permitió caracterizar los movimientos entre municipios y departamentos y distinguir entre migración de toda la vida y migración reciente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El dato histórico ayuda a dimensionar esa transformación. En el Censo General de 2005, el DANE encontró que cerca del 36 por ciento de las personas censadas había nacido en un municipio diferente de aquel en el que residía. Eso significa que, entre los 41,5 millones de personas consideradas en ese cálculo censal, alrededor de 15 millones vivían en un municipio distinto al de su nacimiento. No eran necesariamente refugiados ni desplazados por la violencia: eran colombianos que, por distintas razones, habían cambiado de lugar de residencia dentro del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y junto a esa migración existe una experiencia todavía más dolorosa: la de quienes no decidieron marcharse. Colombia continúa teniendo una de las mayores poblaciones de desplazados internos del mundo. Al cierre de 2025 había más de siete millones de personas desplazadas internamente por el conflicto y la violencia, según ACNUR. Es una cifra que obliga a recordar que para millones de colombianos la palabra migración no describe una aventura, una oportunidad ni la búsqueda deliberada de un futuro distinto, sino la interrupción brutal de una vida que estaba ocurriendo en otro lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay, entonces, una línea invisible que conecta la historia de Suleimán con muchas historias colombianas, aunque las circunstancias sean radicalmente diferentes. Un campesino que abandona su vereda para llegar a Bogotá, una familia que deja una región por amenazas, un joven que viaja a España para trabajar, una mujer que se muda de un municipio a otro para estudiar, un hombre que cruza una frontera buscando una oportunidad: todos participan, de maneras distintas, de una misma condición humana, la de comprender que el lugar en el que se nació no necesariamente será el lugar en el que se vivirá para siempre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata de establecer equivalencias fáciles. La experiencia de un joven de Malí que atraviesa el Sahara no es la misma que la de un colombiano que llega a Bogotá desde el campo, ni la de quien emigra a Madrid, ni la de una familia desplazada por la guerra. Las causas, los riesgos y las circunstancias son diferentes. Pero hay algo que sí puede reconocerse entre todas esas historias: el acto de imaginar que la vida puede continuar —o comenzar de nuevo— en otro lugar.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="576" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133414" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg 1575w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg?resize=300,169 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg?resize=768,432 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg?resize=1024,576 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg?resize=1536,864 1536w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Y es justamente esa historia la que llegará a Bogotá. <em>Me llamo Suleimán</em> se presentará el <strong>2 de octubre de 2026, a las 7:30 de la noche, en la Sala Delia Zapata del Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella</strong>, un escenario que, por unas horas, permitirá que esa travesía que comienza en Malí y atraviesa el Sahara, las fronteras y finalmente el mar encuentre otro territorio desde el cual ser contada. La llegada de la obra a Bogotá tiene algo particularmente sugestivo: una historia sobre alguien que atraviesa territorios para intentar encontrar un lugar donde construir su futuro será representada en una ciudad que también conoce, de distintas maneras, las historias de quienes han tenido que abandonar un lugar para comenzar de nuevo. Más que una coincidencia geográfica, es una oportunidad para que el teatro vuelva a hacer aquello que mejor sabe hacer: poner una vida concreta frente a otras vidas y obligarnos, durante el tiempo que dura una función, a mirar el mundo desde una perspectiva que no es la nuestra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En una época en la que buena parte de nuestras conversaciones sobre migración se producen a partir de imágenes de multitudes, estadísticas y mapas, esa individualidad adquiere una importancia política y humana que el teatro puede expresar mejor que muchas explicaciones. Las cifras son necesarias, por supuesto, pero una cifra no permite saber qué pensaba la persona que representa. No sabemos qué dejó atrás, qué conversación tuvo antes de partir, qué le prometió a su familia o qué imaginaba encontrar al otro lado del mar. Sabemos solamente que cruzó, que intentó cruzar o que murió intentando hacerlo. La obra parte de una operación mucho más sencilla: darle voz a uno de ellos y permitir que el espectador conozca la historia antes de formular el juicio. ACNUR y la Organización Internacional para las Migraciones han insistido en la importancia de comprender las dimensiones humanas que existen detrás de los datos sobre desplazamiento y migración. El material de la obra recoge esa idea para explicar por qué Suleimán no funciona como un símbolo abstracto, sino como un personaje capaz de despertar identificación en quien lo observa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Existe una frase en el material de la obra que resume buena parte de esa intención. Suleimán dice que le gusta contar de qué familia y de qué país viene porque así siente que es un hombre y no una sombra perdida entre blancos. La frase resulta poderosa porque introduce una diferencia fundamental entre ser visto y ser reconocido. Una sombra puede estar delante de nosotros sin que sepamos absolutamente nada de ella; podemos verla atravesar una frontera, aparecer en una fotografía o convertirse en una noticia y, sin embargo, seguir sin conocerla. Contar una historia es una manera de romper esa distancia. Cuando sabemos que quien viaja tiene un nombre, una familia y un proyecto de vida, la palabra migrante empieza a resultar insuficiente para describirlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También por eso Colombia puede escuchar esta historia desde una experiencia propia. Quizá uno de los rasgos más profundos de nuestra historia reciente sea precisamente que hemos aprendido a vivir en movimiento. Familias que llegaron a las ciudades, campesinos que abandonaron sus tierras, jóvenes que viajaron a otros países, personas que regresaron después de décadas, comunidades enteras que tuvieron que reconstruir su vida lejos de donde nacieron. La historia colombiana está llena de desplazamientos, algunos buscados y otros impuestos. El país que recibe a Suleimán en el escenario es, al mismo tiempo, un país que ha enviado millones de personas al exterior y que ha visto a millones de sus propios ciudadanos cambiar de municipio, de región o de vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La trayectoria de la obra también dice algo sobre la capacidad del teatro para permanecer alrededor de un asunto incluso cuando cambian las noticias que lo rodean. <em>Me llamo Suleimán</em> nació de la novela homónima de Antonio Lozano, publicada en 2014, y fue llevada al escenario bajo la dirección de Mario Vega. En 2015 recibió reconocimientos para el espectáculo, la dirección, la autoría, la interpretación y la escenografía, además del Premio del Público. La compañía unahoramenos ha desarrollado posteriormente otros proyectos relacionados con asuntos contemporáneos, entre ellos <em>Moria</em>, una pieza de teatro documental surgida de una visita al campo de refugiados de Lesbos y reconocida con el Premio Max a la Mejor Labor de Producción en 2022.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que queda después de conocer a Suleimán no es necesariamente una respuesta sobre qué debería hacer Europa, ni una conclusión sencilla sobre las fronteras o sobre las políticas migratorias. Queda algo más incómodo: la obligación de imaginar durante unos minutos la escena desde el otro lado. Pensar en un joven que observa su país, mira a su familia, calcula las posibilidades que tiene y termina concluyendo que un viaje incierto puede ofrecerle más futuro que permanecer en casa. Desde nuestra comodidad, esa decisión puede parecer temeraria; desde la suya, puede ser simplemente la consecuencia de haber agotado otras posibilidades. La obra no necesita resolver esa contradicción. Le basta con ponerla delante de nosotros y dejar que el espectador descubra que, antes de preguntarse quién llega, convendría preguntarse qué tuvo que ocurrir para que alguien decidiera irse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque quizá esa sea una de las cosas que la migración revela con mayor claridad: que ningún lugar es completamente definitivo. Las personas se mueven. Cambian de ciudad, de región, de país. Se marchan, regresan, vuelven a marcharse. Llevan consigo fotografías, acentos, recetas, recuerdos, idiomas y una idea del lugar al que algún día quisieran regresar. Algunas migraciones son una elección; otras son una huida; muchas son una mezcla de necesidad y esperanza. Pero casi todas contienen, de una manera u otra, la misma pregunta que acompaña a Suleimán: ¿qué podría encontrar al otro lado que todavía no puedo encontrar aquí?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Suleimán emprende un viaje hacia Europa, pero el verdadero viaje de la historia ocurre en otra dirección: va desde la distancia hacia el reconocimiento. En algún momento dejamos de mirar a un grupo de personas que intenta atravesar una frontera y empezamos a mirar a un muchacho que quiere trabajar, volver a su casa y ayudar a los suyos. La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia completamente aquello que estamos viendo. Quizá el teatro tenga, entre otras, esa capacidad extraña de convertir un problema del que creemos saberlo todo en una historia que todavía necesitamos escuchar. Y quizá por eso, cuando se apagan las luces y Suleimán empieza a contar su viaje, la pregunta ya no sea solamente por qué alguien decide irse de un país, sino cuánto de nuestras propias vidas ha sido también, de una manera u otra, un viaje hacia otro lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133410</guid>
        <pubDate>Tue, 22 Sep 2026 16:17:25 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-04-4.jpg?quality=60&amp;#038;w=1200" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[El viaje de Suleimán]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">133410</post-id>    </item>
    </channel>
</rss>