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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>You searched for guitarra | Blogs El Espectador</title>
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        <title>De las cabezas reducidas a la Rockera: la obra de Maquiamelo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/liarte-dialogo-sobre-arte/de-las-cabezas-reducidas-a-la-rockera-la-obra-de-maquiamelo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Para celebrar los 30 años de Rock al Parque, al artista Maquiamelo le encargaron hacer una obra. Después de varios años de trabajo, este fin de semana presentó La Rockera, una escultura de 3,87 metros de altura y 1.200 kilogramos elaborada en bronce a partir de aproximadamente 30 mil balas recicladas. La Rockera conversa con [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Para celebrar los 30 años de <strong>Rock al Parque</strong>, al artista <strong>Maquiamelo</strong> le encargaron hacer una obra. Después de varios años de trabajo, este fin de semana presentó <strong>La Rockera</strong>, una escultura de 3,87 metros de altura y 1.200 kilogramos elaborada en bronce a partir de aproximadamente 30 mil balas recicladas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Rockera conversa con la obra de Maquiamelo, quien desde siempre ha tenido como protagonistas los rostros y las cabezas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Actualmente, en el <a href="https://blogs.elespectador.com/cultura/liarte-dialogo-sobre-arte/antologia-de-maquiamelo-en-una-exposicion/"><strong>Museo Casa Lleras</strong> se puede ver una antología</a> del artista que incluye las tsantas, las cabezas reducidas elaboradas por el pueblo shuar de Ecuador y que Maquiamelo retomó durante años, así como su trabajo más reciente, enfocado en la gratitud.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Hablemos de La Rockera. ¿Qué nos puedes decir de cómo llegaste a esta escultura?&nbsp;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya venía trabajando algunas formas arquetípicas de niño, niña y la música, porque siempre ha estado muy muy involucrada en mi vida. Cuando estudiaba artes plásticas en la universidad de San Francisco el profesor de dibujo y anatomía nos ponía siempre rock.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">También tengo recuerdos de haber ido a algún Rock al Parque con mi padre, y ahora yo soy el que lleva a mi hijo. Con todo este bagaje ya venía trabajando en la idea desde hace unos cinco años porque a este festival gratuito le hace falta un icono. Sí tiene un logo, pero no un icono que represente a la comunidad rockera.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Cómo llegas a la figura?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En un Rock al Parque estaba viendo un grupo de España, Bala, y algunos asistentes empezaron a poguear, y había una chica que tenía sus audífonos con los taches y dije ‘guau’, se me prendió el eureka, la idea, porque sentí que esa chica representa el espíritu rockero, con su chamarra de cuero, así que la visualicé en mi mente como una chica de 17 o 18 años que es andrógino porque no se sabe su sexo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La</strong> <strong>Rockera sigue la estética de tus esculturas…</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Si bien mis seres algunos son andróginos La Rockera está inspirada en una mujer y mi objetivo es darles voz a la mujer. Lo que quiero es que la escultura tenga el ADN de Rock al Parque y por eso debe estar ubicada en el Parque Simón Bolívar porque ahí es donde nació y cada año se realiza el Festival.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Para Maquiemelo, ¿qué representa Rockera?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Para mí representa la música, el rock, las tribus urbanas. A los rockeros que los une la música.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Pienso en rock y pienso en movimiento o en una guitarra, y La Rockera está mas bien quieta, como si estuviera escuchando algo que le permite gozar en solitario.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La escultura tiene un movimiento que se refleja en el cabello ondulado, aunque la figura en sí es rígida. Por un proceso personal me metí mucho en el tema de la meditación y lo que quise representar en Rockera es a alguien que está en trance, que está con sus audífonos escuchando música, está en modo zen disfrutando el concierto, y es la actitud que tenía la chica que vi en el concierto, una chica que tenía gente a su alrededor, pero que estaba en su mundo gozando la música con los audífonos. No sé si estaba escuchando a la banda que estaba tocando o estaba escuchando otra música, el caso es que ella estaba ahí en el concierto bailando con los audífonos puestos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando la gente toque el bronce, va a sentir la vibración de la música y ahí también está reflejando el movimiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Los audífonos son un artículo muy ligado a las nuevas generaciones, o a las personas que están en su mundo escuchando lo que les gusta.</strong>..</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los audífonos están muy estereotipados. En TransMileno, en la calle, en los conciertos y hasta en los centros comerciales se ve gente que lleva los audífonos puestos. La otra vez vi en un centro comercial a un grupo de jóvenes que se habían puesto de acuerdo en sintonizar algo… y estaban allí, moviendo sus cabezas y bailando, pero generaban ruido ni interferían a quienes estábamos en el centro comercial. Ellos estaban en su propia frecuencia modulada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los audífonos se han vuelto una extensión del ser humano, y sirven para respetar al vecino, también.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" height="683" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/La-Rockera-Secretaria-Cultura.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-134107" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/La-Rockera-Secretaria-Cultura.jpg 4608w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/La-Rockera-Secretaria-Cultura.jpg?resize=300,200 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/La-Rockera-Secretaria-Cultura.jpg?resize=768,512 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/La-Rockera-Secretaria-Cultura.jpg?resize=1024,683 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/La-Rockera-Secretaria-Cultura.jpg?resize=1536,1024 1536w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/La-Rockera-Secretaria-Cultura.jpg?resize=2048,1365 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Hablemos del equipo que lo acompañó en la creación de La Rockera.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Una escultura monumental requiere un equipo, no la hace uno solo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Desde mi punto de vista, es una responsabilidad crear la escultura que representa a Rock al Parque, sus 30 años de trayectoria y quienes lo hemos disfrutado. ¿Cómo lo ve Maquiamelo?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Más que un honor, que es todo un honor hacer esta escultura por los 30 años de Rock al Parque, también es una responsabilidad bastante grande. Yo me estoy jugando mi reputación como escultor y como artista; esta es la mejor escultura que he hecho en toda mi vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es también mi manera de demostrar mi amor al rock y el agradecimiento de estar vivo. Me parece que la obra respira Rock al Parque y está basada en su ADN: alguien que disfruta el Festival. La obra es como un espejo y se completa hasta que el espectador la vean, la quieran, o la odien. La escultura será como el mismo rock, generará pasiones. En definitiva, la obra no es mía, es de la ciudad, de Bogotá.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La escultura tiene como objetivo rendirles tributo y memoria a todas esas bandas, a las pequeñas, a las grandes, a las distritales, a las locales, a las internacionales que han tocado en Rock al Parque.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Dices que la obra es de Rock al Parque y de Bogotá. ¿Cómo se prepara un artista para dejar vivir una obra?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Espero que la gente la vea más como un gesto de cariño y amor, que la vean como parte del Rock. Pero, obviamente, como escultor uno se enfrenta a dejarla libremente. Hay gente que amará la escultura, otra gente la criticará, pero este diálogo es esencial. Como artista debo asumir que la obra ya no me pertenece y espero que se vean representadas todas las bandas que se han subido a la tarima y los rockeros que han gozado con la música.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-9-16 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="Exposición antología de Maquiamelo" width="422" height="750" src="https://www.youtube.com/embed/M5WgVfjhf34?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
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<p class="wp-block-paragraph"><a href="mailto:liartedialogosobrearte@gmail.com">liartedialogosobrearte@gmail.com</a>&nbsp;/&nbsp;<a href="https://www.instagram.com/liarteconarte/">@LiarteconArte</a></p>
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        <author>Lilian Contreras Fajardo</author>
                    <category>Liarte: diálogo sobre arte</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=134105</guid>
        <pubDate>Wed, 14 Oct 2026 21:19:43 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Lilian Contreras Fajardo</media:credit>
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        <title>Piero, sentado a la mesa de todos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/piero-sentado-a-la-mesa-de-todos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una canción puede convertir a un desconocido en parte de la familia. Piero lo descubrió a los 24 años, cuando escribió «Mi viejo», sin imaginar que aquella conversación entre amigos terminaría acompañando la vida de millones de personas. Cuando nos sentamos a conversar, mate de por medio, Piero acababa de cumplir 73 años. Mientras hablábamos, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em>Una canción puede convertir a un desconocido en parte de la familia. Piero lo descubrió a los 24 años, cuando escribió «Mi viejo», sin imaginar que aquella conversación entre amigos terminaría acompañando la vida de millones de personas. Cuando nos sentamos a conversar, mate de por medio, Piero acababa de cumplir 73 años. Mientras hablábamos, tuve la impresión de que aquella canción había hecho algo extraordinario con su vida: le había permitido entrar en la intimidad de los demás sin tener que pedir permiso.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay canciones que uno no recuerda cuándo escuchó por primera vez porque, de algún modo, siempre han estado ahí. Suenan en una reunión familiar, en la radio de un taxi, en la voz de alguien que no sabe cantar pero se atreve a hacerlo cuando llega el estribillo, y de pronto dejan de pertenecer al hombre que las escribió para convertirse en una pequeña propiedad sentimental de millones de desconocidos. «Mi viejo», la canción que Piero compuso cuando tenía apenas 24 años, es una de ellas. Uno podría haber crecido en Bogotá, Buenos Aires, Lima o un pueblo perdido entre las montañas, podría haber tenido una relación dulce o difícil con su padre, podría incluso haberlo perdido demasiado pronto, pero basta escuchar sus primeros acordes para que aparezca algo parecido a un recuerdo, una presencia, una conversación pendiente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora recuerdo esa conversación. Habíamos preparado mate, como quien dispone las cosas necesarias para que una charla entre amigos transcurra sin demasiadas ceremonias, y mientras hablábamos tuve la impresión de que aquella canción había hecho algo extraordinario con su vida: le había permitido entrar en la intimidad de los demás sin tener que pedir permiso. Él mismo lo explicaba con una sencillez que parecía contener toda una filosofía: «Mi viejo» le había permitido ser el tío de unos, el primo de otros, alguien que no estaba únicamente entre los fanáticos, sino también en las fotografías familiares, en los recuerdos de infancia, en esa zona de la existencia donde las personas dejan de ser figuras públicas y se convierten en parte de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso Piero podía hablar de una canción universal sin atribuirse del todo el mérito de haberla escrito. Cuando le pregunté cómo había nacido, no ofreció una teoría sobre la inspiración ni una explicación solemne sobre el poder de la música. Contó que se reunía todos los días con su amigo y compañero José, desde el mediodía hasta las ocho de la noche, en una casa cuya mujer salía a trabajar durante esas horas. Componían, probaban, buscaban canciones para completar un disco, y de aquellas jornadas surgieron títulos como «Juan Boliche» y «Pedro Nadie». Un día, hablando de las cosas que podían hacer, se les ocurrió que debían escribir algo para el viejo, un homenaje, una forma de agradecerle a ese hombre que había estado ahí, sosteniendo la vida de otros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante unos diez días hablaron de ello sin tomar la guitarra ni buscar lápiz y papel. La canción estuvo primero en la conversación, en ese territorio todavía informe donde las cosas existen sin que nadie sepa muy bien cómo darles un cuerpo. Hasta que una mañana, según recordó Piero, se sentaron y, diez minutos después, ya había salido. El problema era que el padre de José había muerto y el suyo todavía no era un viejo: tenía apenas 48 años. Pero Piero quería cantársela. Llegó a su casa, lo encontró solo, cerró la puerta, lo sentó en el living y le dijo que escuchara aquella canción nueva.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="PIERO con Diego Aretz" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/u36eV_KYG0g?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
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<p class="wp-block-paragraph">Entonces ocurrió algo que el tiempo no había borrado de su memoria. Piero comenzó a cantar y, cuando levantó la mirada del papel, encontró a su padre llorando. Él también empezó a llorar, no podía continuar, se ahogaba con las palabras, y la canción avanzó entre lágrimas hasta llegar al final. Después vino un silencio que debió de parecer interminable. Su padre se limpió los anteojos, se los puso de nuevo, miró a su hijo y, todavía conmovido, encontró la manera de responderle: «No a quien camina lento, la puta que te parió». Piero lo contaba riéndose, con esa alegría de quien comprende que la emoción más profunda no necesita solemnidad para ser verdadera. El viejo había recibido el homenaje, pero seguía siendo él mismo, incapaz de abandonar el humor ni siquiera ante una canción que acababa de desarmarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa historia contiene algo de lo que Piero ha sido durante décadas: un hombre que se acerca a las emociones sin demasiados protocolos, que puede hablar de asuntos graves y terminar riéndose de sí mismo, que parece desconfiar de las explicaciones demasiado perfectas. A sus 73 años, la memoria no se le presentaba como un museo de acontecimientos ordenados, sino como una conversación abierta, llena de desvíos, personajes inesperados y episodios que todavía conservaban el asombro de la primera vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su vida, de hecho, comenzó a torcerse por una equivocación. En su infancia, en Río Negro, al sur de Argentina, un amigo le contó que se iría al seminario. Piero escuchó que después de dos años en Viedma podría viajar a Buenos Aires y, fascinado por la posibilidad de conocer la gran ciudad, decidió acompañarlo. Fue a hablar con el cura, convenció a su padre y el lunes siguiente ya estaba instalado entre decenas de muchachos de toda la Patagonia. Durante la bienvenida, el rector habló de lo que ocurriría el día en que todos fueran sacerdotes. Fue entonces cuando Piero entendió que no había ingresado en un colegio cualquiera, sino en una institución destinada a formar curas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se acercó al rector para explicarle que había un error gravísimo. El hombre se echó a reír: había conocido ingenieros, abogados, profesionales y padres de familia que habían sentido una vocación religiosa, pero nunca a alguien que hubiera llegado por equivocación. Lo curioso es que Piero se quedó. Pasó dos años en el seminario y encontró allí algo que no había ido a buscar, una experiencia que lo acercó a personas y preguntas que seguirían acompañándolo mucho después de abandonar aquella ruta. Entre ellas estaban los sacerdotes del movimiento de curas del Tercer Mundo, a quienes recordaba con admiración por su coherencia, su conciencia social y su manera de vivir las convicciones. Nombraba al padre Carlos Mugica y a otros sacerdotes que, para él, habían encarnado una forma de compromiso que iba más allá de las palabras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La religión, en Piero, nunca terminó de convertirse en una frontera. Su búsqueda espiritual lo llevó también hacia Oriente, hacia la India y hacia Indra Devi, la maestra de yoga a quien llamaba Mataji y que murió a los 103 años. Durante años viajaron juntos a Egipto, la India y Sri Lanka, visitando lugares que para él tenían algo de revelación y algo de aventura. La recordaba como una mujer extraordinaria, capaz de hablar doce idiomas, cercana a figuras como Gandhi, Krishnamurti y Tagore, pero sobre todo como una presencia coherente, alguien cuya manera de vivir parecía prolongar sus ideas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ella conservaba historias que contaba con la misma naturalidad con que hablaba de sus canciones. Una vez, una mujer que decía interpretar vidas pasadas le aseguró que él había sido escriba en el antiguo Egipto y que Indra Devi había sido su hija, una hija que no quería seguir el camino que su padre le imponía. Días después, en otro lugar y ante otra mujer que no conocía la primera historia, escuchó exactamente el mismo relato. Piero recordaba el escalofrío, la coincidencia y, sobre todo, la risa con que él y Mataji terminaron jugando a llamarse papá e hija. Cuando la segunda mujer le anunció que debía viajar a Egipto, él intentó explicar que tenía una gira de unos cuarenta conciertos. La respuesta fue terminante: a ella no le importaba su agenda, porque allí decía que se iba a Egipto. Poco después, una inundación obligó a cancelar la gira y Piero terminó viajando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hace falta compartir sus creencias para entender lo que encontraba en esas historias. Piero parecía interesado menos en demostrar una verdad que en conservar la capacidad de asombro, en admitir que hay episodios cuya explicación no termina de agotarse cuando uno los cuenta. Cuando le pregunté si creía en Dios, respondió que sí, aunque no necesariamente de una forma determinada, que creía en la energía y se sentía acompañado por ella. No hablaba como un hombre empeñado en convencer a los demás, sino como alguien que había aprendido a convivir con sus preguntas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La política fue otra de esas preguntas que nunca abandonó. Piero conoció presidentes, se relacionó con dirigentes y participó en iniciativas sociales, pero mantuvo una distancia deliberada frente a los partidos. La política, decía, era una herramienta hermosa; el problema comenzaba cuando alguien intentaba ejecutarla. Su independencia no significaba indiferencia. Más bien parecía una forma de preservar la posibilidad de acercarse a las personas sin quedar atrapado en una obediencia partidista, de respaldar aquello que le parecía valioso y tomar distancia de lo que no.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia, esa disposición encontró un lugar particularmente importante. Piero hablaba de su colombianidad con una emoción que no parecía ensayada. Había recorrido buena parte de América Latina y, sin embargo, con Colombia había experimentado una especie de amor a primera vista, un regalo inesperado que lo llevó a sentirse parte de un país que terminó incorporando a su propia historia. Su vínculo no se limitó a los escenarios ni al afecto del público. También lo llevó a involucrarse en iniciativas de paz, a visitar cárceles y a conversar con personas que, en medio de la guerra, buscaban una salida negociada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recordó especialmente una visita a la cárcel de Bellavista, donde habló con integrantes del ELN. Venía de conversar con el presidente Juan Manuel Santos y, al encontrarse frente a aquellos hombres, terminó preguntándoles por qué querían sentarse a una mesa de negociación sin decirlo con claridad. La respuesta lo hizo detenerse: eran, según le explicaron, muy malos comunicadores. Piero encontró allí una lección que parecía sencilla, pero que en un país acostumbrado a desconfiar de las palabras tenía una importancia particular. Si querían negociar la paz, debían comunicarlo, decirle a la sociedad que estaban dispuestos a dejar las armas y a buscar una salida distinta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La anécdota no lo convertía en un negociador ni pretendía resolver las complejidades de una guerra de décadas. Lo mostraba, más bien, en el lugar que había escogido ocupar: el de quien se acerca, pregunta, escucha e intenta encontrar una posibilidad de entendimiento donde otros ven únicamente posiciones irreconciliables. Cuando le pregunté por qué había sido tan difícil alcanzar la paz en Colombia, no ofreció una respuesta definitiva. Dijo que se lo preguntaba casi todos los días, y habló de la contradicción que le producía ver a un pueblo tan creativo, cálido e inteligente perder la vida en la violencia. Su desconcierto era también una forma de esperanza, porque seguía creyendo que aquel desperdicio de vidas no podía ser el destino inevitable de un país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En su historia había, además, una experiencia que ayudaba a entender su sensibilidad frente al desarraigo. Piero había sido expulsado de Argentina durante los años de la represión y enviado al exilio en España. Recordaba el momento en que las autoridades le ordenaron salir en el primer avión disponible, que iba hacia Tokio. Él intentó negociar otro destino, pidió ayuda a los periodistas que estaban allí y finalmente consiguió que lo enviaran a Lima. Lo acompañaron hasta su asiento con una ametralladora, mientras los pasajeros franceses observaban sin entender quién era aquel hombre al que sacaban de su país de semejante manera. Lo contaba sin convertir su propia vida en una epopeya, consciente de que eran otros tiempos y de que muchas cosas sucedieron sin que él las hubiera buscado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esa conversación apareció también su hijo, al que dejó de once meses cuando se marchó al exilio y volvió a ver dos años después. Piero recordó las noches en que le contaba cuentos y se quedaba dormido antes que él, las mañanas en que lavaba pañales, las pequeñas tareas de una paternidad que había tenido que aprender mientras intentaba reconstruir su vida. Cuando hablaba de las mujeres, lo hacía desde esa experiencia concreta, sin teorías demasiado elaboradas, con la admiración de quien había descubierto cuánto trabajo cotidiano recae sobre ellas y cuánto de lo que sostiene una familia ocurre sin reconocimiento. Era un hombre que había pasado buena parte de su vida viajando, cantando y entrando en escenarios, pero que también había conocido la intimidad menos espectacular de cuidar a un hijo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, quizá lo que más me llamó la atención de Piero fue su manera de aceptar que la vida no siempre se deja organizar alrededor de un plan. Había entrado al seminario buscando Buenos Aires, había terminado convertido en uno de los cantautores más reconocibles de América Latina, había encontrado una segunda patria al otro lado de la frontera, había viajado por el mundo siguiendo intuiciones que no siempre podía explicar y había escrito una canción cuyo alcance seguía sorprendiéndolo décadas después. En todos esos episodios parecía haber una misma disposición: dejarse conducir por la experiencia sin renunciar a la posibilidad de intervenir en ella, acercarse a los demás sin pretender poseer sus historias, entender que una convicción puede ser profunda sin convertirse en dogma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Piero no necesitaba proclamarse humanista para que la palabra apareciera en la conversación. Estaba en su manera de hablar de su padre, en el respeto con que recordaba a sus maestros, en su incomodidad ante la guerra, en la curiosidad con que se acercaba a las creencias ajenas y en esa voluntad de mantenerse independiente incluso cuando la política lo invitaba a tomar partido. También estaba en su humor, en su capacidad de contar una experiencia extraordinaria sin pedirle al interlocutor que la considerara extraordinaria, como si la vida tuviera derecho a conservar una zona de misterio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo hermoso en que un hombre pueda pasar tantos años cantando una canción sobre un padre y descubrir que, con el tiempo, él mismo se ha convertido en una figura familiar para personas que nunca ha conocido. No es poca cosa entrar en la memoria de los otros, acompañarlos en la ausencia, prestarles una voz cuando no encuentran las palabras o recordarles, durante unos minutos, a alguien que ya no está. Quizá ese sea uno de los destinos más generosos de la música popular: hacer que la intimidad de una persona se vuelva compartida sin dejar de ser íntima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando nos despedimos, seguía presente aquella imagen inicial, la mesa, el mate, la conversación que avanzaba de una canción a la espiritualidad, del exilio a Colombia, de la política a las pequeñas tareas de la vida familiar. Piero había llegado a los 73 años sin haber perdido del todo la capacidad de sorprenderse por lo que le había ocurrido. Y mientras millones de personas seguían escuchando «Mi viejo» como si la canción hubiera sido escrita para cada una de ellas, él todavía podía contar cómo nació, cómo lloró al cantársela a su padre y cómo aquel hombre, después de secarse las lágrimas, encontró fuerzas para insultarlo cariñosamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá celebrar la vida de Piero sea recordar precisamente eso: que detrás de una canción que parece pertenecerle a todo el mundo hay un hombre de carne y hueso, con sus errores, sus viajes, sus preguntas, sus afectos y sus contradicciones, alguien que no necesitó tener todas las respuestas para seguir andando. Y que, sin proponérselo demasiado, terminó sentado a la mesa de todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Fri, 09 Oct 2026 14:07:37 +0000</pubDate>
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        <title>Esta mujer campesina tiene su propia silla en la junta directiva de &amp;#8220;Juan Valdez&amp;#8221;</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/esta-mujer-campesina-tiene-su-propia-silla-en-la-junta-directiva-de-juan-valdez/</link>
        <description><![CDATA[<p>Desde niña supo que nació para cosas grandes. Este domingo, la FILBo presenta un libro sobre la vida de Argenys Rojas Hoyos: de cómo una jornalera huilense se convirtió en líder cafetera, abogada y empresaria con su marca de café colombiano que ya se vende en otros países. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size wp-block-paragraph"><em>A sus 45 años, Argenys Rojas Hoyos, una caficultora de Timaná. Huila, es ejemplo de tesón y superación. </em></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-1 wp-block-paragraph"><strong><em>“… cuando una mujer campesina decide narrarse, no solo escribe su historia: abre un camino para que otras también lo hagan”:</em></strong><strong> Ana Patricia Collazos, editora y prologuista del libro “Mi historia”, sobre la vida de Argenys Rojas Hoyos. &nbsp;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En medio de las carencias en que se crío, Argenys intuyó desde pequeña que un día sería alguien importante. Mientras soñaba despierta entre cafetales, hacía las labores de cualquier jornalero en la finca de sus padres, donde vivían de coger café. La falta de energía eléctrica no era la única carencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hizo el bachillerato por radio hasta el grado noveno, y décimo y once en un colegio de su natal Timaná, caminando diez kilómetros diarios, muchas veces aguantando hambre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se había graduado aun cuando tuvo que enfrentar la primera de dos tragedias familiares: el suicidio (por envenenamiento) de su padre, en junio de 1998, apenas una semana después de ella cumplir 17 años.  </p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“Los investigadores nos culpan a nosotros de la muerte de él. Imagínense, nosotros unos chinos. Nos conducen a todos a la Fiscalía para investigar el homicidio, nos preguntaron una y otra vez qué sabíamos sobre la decisión de mi papá. Nosotros no sabíamos nada, fue una decisión que él tomó, personal. Lo único que puedo decir es que siempre, desde que yo recuerdo, cuando mi abuelo se suicidó a mi papá se le metió en la cabeza esa idea también”, </em>relata en el libro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los seis hermanos y la viuda debieron seguir adelante con sus vidas. Dos años después, en octubre de 2000, su hermano murió en un accidente de tránsito. “A él se le estalló el corazón, la caja torácica se le comprimió, y la masa encefálica le quedó expuesta”, me cuenta Argenys en una conversación vía WhatsApp.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con la muerte del hermano, iniciaron el proceso de demanda contra el gerente de un banco que ocasionó el accidente por imprudencia. “El señor tenía que parar y no paró. Luego dijo: <em>´ante los ojos de Dios, yo maté a ese muchacho, pero que me lo prueben ante los ojos del mundo´.</em> Y eso fue lo que no pudimos probar”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Perdieron el proceso, pues lo declararon caso fortuito, sin posibilidad de reabrirlo. “El poder y la plata prostituyen los procesos. En el libro no están esas palabras, pero a usted se lo digo”, relata hoy, atragantada por el recuerdo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sobre la tumba de su hermano, Argenys juró que sería abogada “para que a la gente pobre no le pasé lo que nos pasó a nosotros”. En la casa la tildaron de loca, le decían que eso era cosa de ricos. Mientras tanto, libraba su propia batalla interior. Con dos duelos encima, sintiéndose culpable por la muerte del papá, buscó respuestas hasta en el más allá: pasó por un convento, hizo varios ´viajes´ a través del yagé y cayó en manos de espiritistas-, hasta que tuvo un accidente y, como dice, conoció de Dios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Crecimos con unos papás analfabetas, sin quién lo orientara a uno; cuando yo necesitaba entender la vida, la respuesta que recibía era la misma: <em>´yo no sé, usted verá´.</em> Este ha sido el consejo de mi mamá: <em>´Si tiene con qué, cómprelo´</em>, así que desde los 11 años tuve que encargarme de mis cosas”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El único juguete de infancia fue una muñeca de pelo azul. En su casa nunca supieron lo que era celebrar un cumpleaños, menos una fiesta de 15.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En medio de esas circunstancias complejas, que no presagiaban un final feliz, Argenys le demostró al mundo, pero especialmente a sí misma y a los suyos, que vale la pena apostar por uno. No solo se hizo abogada de la Universidad de la Amazonia –hoy ejerce como defensora pública-, sino que se especializó en Derecho Contencioso Administrativo y obtuvo su Maestría en Derecho Público, con préstamo de los bancos y la ayuda de sus amigos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Yo siempre he dicho que, gracias a Dios y a los amigos, estoy donde estoy, ellos me han impulsado y me han ayudado, por ello yo creo en la amistad”, relata en el libro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo empezó con 50 mil pesos que tenía en sus bolsillos. “A mí en la casa me daban la pasilla (lo que queda luego de zarandear el café) y yo la vendía. Esos cincuenta mil los convertí primero en un millón y los puse a ganar intereses (…) hasta que tuve cinco millones de pesos…”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y sí, póngale la firma, hoy es una persona importante, pero con su esencia de mujer campesina intacta. Me muestra una fotografía suya en medio de un paisaje cafetero vasto y bellísimo en las laderas de la vereda de Pantanos (Timaná, Huila), y me dice sin titubear: “Ahí haré un mirador para cuando esté viejita”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y le creo, porque después de conocer su vida, a través de las 222 páginas de “Mi historia”, que así se titula su autobiografía, publicada por la editorial Tierra de Palabras-, uno puede entender el poder de aquello que se decreta. Esas palabras que nacen del corazón y del alma, pero también desde las tripas, porque este libro se escribió primero con las entrañas y luego con tinta. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Leerlo es como estar ahí, en la sala de la casa de Argenys, escuchándola hablar, tal cual como es ella, con desparpajo, sin adornos, directa con las frases, orgullosa de la tierra que la parió el 9 de junio de 1981.</p>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size wp-block-paragraph"><em>Argenys en su natal Timaná, Huila. </em></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="768" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2026/05/ZETA-ZETA-ZETA-ZETA-ARGENYS-ROJAS-TIMANA-HUILA-1024x768.jpg" alt="" class="wp-image-128618" /></figure>



<h2 class="wp-block-heading"><strong><em>“Sin campo no hay ciudad, si nosotros paramos la ciudad no sobrevive”: </em>Argenys Rojas, caficultora huilense. &nbsp;</strong></h2>



<p class="wp-block-paragraph">Es la doctora Argenys cuando se para en los estrados judiciales. Es la exconcejala a la que todos saludan en el pueblo. Es la caficultora que se formó de manera empírica desde niña y convirtió su pequeña herencia (menos de una hectárea de tierra), en una empresa que hoy produce un café especial premiado por su calidad y exquisitez, con ventas a Rusia, Israel y República Checa. La marca se llama Café Horo, “con H de Hoyos por mi mamá y el Rojas de nosotros”, dice.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con la pandemia, dejó códigos y leyes a un lado y volvió a los cafetales para apoyar a su hermano; con ese lote de café ganaron la <em>Taza de oro</em> del Yara Champions en 2020, con una puntuación de 86,47.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La hacienda está ubicada en un lugar bendecido por las condiciones climáticas. <strong><em>“… en el día hace sol y en la noche cae mucho sereno lo que produce un choque térmico que hace que los azúcares se concentren mucho más en el grano de café”,</em> </strong>relata en el libro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero también es la líder cafetera, que goza de la admiración y el respeto de la Federación Nacional de Cafeteros, pues hoy ocupa dos sillas importantes: un asiento en el Comité Departamental de Cafeteros del Huila (al cual representó como productora en el III Foro Mundial de Cafeteros, en Ruanda, África) y otro asiento como delegada suplente en la junta directiva de &#8220;Juan Valdez&#8221;, reelegida el 25 de marzo para un periodo de dos años. Además, <strong>El Espectador</strong> la reconoció como <em>Personaje del Año 2025</em>. Actualmente cursa un doctorado en Derecho en una universidad mexicana, “para que me digan doctora de verdad”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Le pregunto si todavía sueña despierta. Sonríe y dice que le falta aprender a bailar San Juanero y a tocar guitarra.</p>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size wp-block-paragraph"><strong><em>Este domingo 3 de mayo, en la Feria del Libro de Bogotá, Argenys Rojas Hoyos presentará el libro “Mi historia”: (Corferias, Carpa Cultural, 7:00 de la noche)</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=128612</guid>
        <pubDate>Sat, 02 May 2026 12:39:09 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/05/ZETA-ZETA-ZETA-ZETA-ARGENYS-ROJAS-LIBRO.jpg?quality=60&amp;#038;w=1200" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Esta mujer campesina tiene su propia silla en la junta directiva de &#8220;Juan Valdez&#8221;]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">128612</post-id>    </item>
        <item>
        <title>BTS, la histeria por esos coreanos maquillados cantando… y Franz Liszt</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/bts-la-histeria-por-esos-coreanos-maquillados-cantando-y-franz-liszt/</link>
        <description><![CDATA[<p>BTS. Un montón de coreanos cantando. (Me gusta su música. A veces me suena igual. No siempre. Pero a veces sí. Hay bailes que disfruto. Otros… siento que ya los vi. Otra vez. Igualito. No me matan. Tampoco me disgustan.) Hasta ahí, todo normal. Pero hay algo… algo que me tiene pensando más de la [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>BTS.<br />
Un montón de coreanos cantando.</p>
<p>(Me gusta su música. A veces me suena igual. No siempre. Pero a veces sí.<br />
Hay bailes que disfruto. Otros… siento que ya los vi. Otra vez. Igualito.<br />
No me matan. Tampoco me disgustan.)</p>
<p>Hasta ahí, todo normal.</p>
<p>Pero hay algo…<br />
algo que me tiene pensando más de la cuenta. Y no son ellos.</p>
<p>Son ellas.</p>
<p>Las Armys. A-R-M-Y. Como ejército. Y sí… lo son.</p>
<p>Porque ahí hay un abismo. Literal.</p>
<p>Están las niñas. Preadolescentes. Adolescentes. Diecisiete, dieciocho…<br />
Y después aparecen mujeres de treinta y cinco para arriba, de cuarenta, de cincuenta, hasta de sesenta y hasta setenta años. Amigas mías. Madres de mis amigas. Mujeres ya grandotas, grandotas, tragadas, pero tragadas, de esos coreanos, con una intensidad que ni mis años más devotos de Ricky Martin.</p>
<p>Y no hablo de un caso aislado. Ojalá fuera una.<br />
Son muchas. Demasiadas para ser casualidad.</p>
<p>Las conozco… por WhatsApp.</p>
<p>(Ya sé. Qué lugar tan raro para descubrir un fenómeno cultural mundial.<br />
Pero así funciona ahora la vida: uno se entera de todo por los estados de la gente.)</p>
<p>Entro a chismosear —porque sí, es perder el tiempo, pero uno entra—<br />
y ahí están:</p>
<p>uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete estados…<br />
BTS. BTS. BTS.</p>
<p>Y gracias a esos estados los he ido conociendo.<br />
No a ellos. A BTS como fenómeno.</p>
<p>Hay un dicho horrible, cargado de estereotipo cultural: “todos los chinos son iguales”. Ya sé, ya sé: BTS es coreano. COREANO. Que después no vengan las Armys y me cuelguen. O me hagan brujería por WhatsApp, que en estos tiempos uno nunca sabe. Pero tengo que admitir algo: a mí varios de ellos se me confunden. Me enredo. Entre el mismo tono de pelo de algunos, la producción tan calculada y esa perfección tan cuidadosamente fabricada, me cuesta distinguirlos.</p>
<p>Y eso es lo más fuerte.</p>
<p>Ellos están… demasiado producidos.</p>
<p>Y cuando digo producidos, es producidos de verdad.<br />
Maquillados. Pero maquillados con precisión quirúrgica.<br />
Gloss. Delineado. Pestañas. Base. Corrector. Piel perfecta.</p>
<p>Cabello en su sitio exacto. Ni un pelo rebelde.<br />
Nada se mueve donde no debe.</p>
<p>Todo… impecable.</p>
<p>Demasiado impecable.</p>
<p>Y esa perfección… me asusta un poco.</p>
<p>Porque no existe.</p>
<p>Me puse a pensar —y sí, esto ya es obsesión mía—:<br />
¿Cómo se ven cuando se levantan un lunes cualquiera?<br />
En bóxer. Descalzos. Sin luces. Sin filtros. Sin ese ejército de manos que los construye.</p>
<p>Los busqué.</p>
<p>Quería verlos humanos. De carne y hueso.</p>
<p>No los encontré.</p>
<p>Todo lo que pretende ser “natural” sigue estando editado.<br />
Retocado. Iluminado. Cuidado.</p>
<p>Entonces…</p>
<p>vivimos en un mundo que critica a las mujeres por usar filtros,<br />
por maquillarse demasiado,<br />
por construir una imagen…</p>
<p>y al mismo tiempo idolatra —con la misma intensidad— a hombres que encarnan un nivel de perfección aún más intervenido.</p>
<p>Y ahí algo… no cuadra.</p>
<p>Porque aquí no solo hay música.</p>
<p>Aquí hay deseo.<br />
Hay construcción.<br />
Hay personajes.</p>
<p>Cada uno tiene su rol:<br />
el romántico, el serio, el divertido, el “loquito”, el sensible.</p>
<p>Todo está diseñado para que alguien —en algún lugar del mundo— diga:<br />
“ese es el mío”.</p>
<p>Y funciona.</p>
<p>Claro que funciona.</p>
<p>(Lo sé. Yo fui —soy— fan de Ricky Martin desde niña.<br />
Entiendo perfectamente esa emoción loca.)</p>
<p>No hay juicio ahí.</p>
<p>Pero sí hay una pregunta.</p>
<p>¿Quiénes son ellos cuando no están actuando?</p>
<p>¿Ese romanticismo es de verdad?<br />
¿Ese gesto, esa mirada, esa forma de moverse?</p>
<p>¿O estamos viendo una coreografía emocional tan ensayada como sus pasos de baile?</p>
<p>Y entonces la inquietud crece.</p>
<p>No por las adolescentes —aunque sí, son más manipulables—<br />
ni por las mujeres adultas, que ya han vivido suficiente como para saber dónde están paradas.</p>
<p>La inquietud va por otro lado.</p>
<p>Más silenciosa.</p>
<p>Más incómoda.</p>
<p>Un mundo que cada vez consume más figuras construidas.<br />
Más perfectas. Más pulidas. Más diseñadas.</p>
<p>Y poco a poco…<br />
esa construcción empieza a sentirse real.</p>
<p>Y cuando lo irreal se siente real,<br />
algo se desajusta.</p>
<p>No en ellos.</p>
<p>En nosotros.</p>
<p>Porque BTS no inventó nada.<br />
Ellos son el resultado.</p>
<p>El resultado de un sistema que entendió algo antes que todos:<br />
que la perfección vende.<br />
aunque no exista.</p>
<p>Y ahí estamos.<br />
mirando, compartiendo, guardando, defendiendo…</p>
<p>creyendo, un poquito, que sí.</p>
<p>Y aquí, mientras pienso si esas últimas frases de arriba me sirven de final para esta columna, toc, toc, toc: un grupo de preguntas empezó a golpearme la cabeza. ¿De dónde diablos salieron las fans? Es decir, ¿eso quién se lo inventó? ¿Cuándo sucedió por primera vez?</p>
<p>Una cree que las Armys y todo eso nació con internet. Con el pop. Con la radio. Con los discos. Con la televisión. Fabricadas por TikTok. Que se riegan por WhatsApp. Hijas de la histeria digital. Mentira. Bueno, no mentira completa, pero esa vaina viene desde antes de Cristo.</p>
<p>Y aquí me fui a mi obsesión de siempre: Mesopotamia. Que me encanta. Ahí siento que comenzaron demasiadas cosas que todavía seguimos repitiendo, aunque ahora las repitamos con boletería digital y videos en estados de WhatsApp, pero sigue siendo muy similar.</p>
<p>En la Mesopotamia del quinto milenio antes de Cristo ya había instrumentos musicales. Obviamente. Instrumentos de viento hechos de hueso. Y en Uruk, siglos antes de que existieran los pósteres ochenteros, ya había músicos dibujados en pictogramas. Esos pictogramas son los ancestros de los afiches.</p>
<p>La música en Mesopotamia dominaba la política, la espiritualidad y la ceremonia.</p>
<p>Y eso me fascina.</p>
<p>En cambio hoy, la música es muchas veces eso que está sonando detrás, mientras ocurren las cosas importantes. La música actual queda reducida a entretenimiento, acompañamiento y distracción.</p>
<p>En Mesopotamia la música no era ambiente. No era una cosita linda de fondo. Era una fuerza colectiva. Ordenaba ceremonias y levantaba fervores. En el Akitu, la celebración de Año Nuevo más antigua del mundo (en una columna pasada les hablé sobre ella) los músicos tenían un lugar central dentro del rito.</p>
<p>A tal nivel loco de que algunos instrumentos eran considerados casi sagrados. No era solo la atracción por el músico. En el cuarto milenio antes de Cristo ya existía una fetichización del objeto musical. Instrumentos con nombre propio. Instrumentos considerados entidades divinas menores, como Ningizibara, un instrumento de cuerda mesopotámico. Y a mí eso me parece brutal, porque de ahí viene algo que seguimos haciendo hoy: la reverencia al objeto. La guitarra del rockero. El piano del virtuoso. El micrófono, el vestuario, el mechón de pelo, la reliquia pop.</p>
<p>Después aparecen las tablillas. Y ahí la cosa se pone superinteresante. Las canciones hurritas de Ugarit —no sé cómo suenan; ¿estarán en YouTube?—, conservadas en arcilla desde el siglo XIV antes de Cristo, muestran que la música ya podía fijarse, guardarse, volver a tocarse. Esas tablillas son las tatarabuelas salvajes de las partituras. Ya había repertorio. Ya había repetición. Ya había memoria musical. Ya existía el gusto por una obra específica y esa obsesión tan humana por volver a oír lo mismo, una y otra vez.</p>
<p>Y aquí es donde la cabeza se me fue lejísimos. Porque yo estaba pensando en unas señoras de WhatsApp, tragadas de BTS, y terminé en Mesopotamia. Así funciona a veces esta cabeza. O al menos la mía.</p>
<p>Y sigo… ¿Siguen conmigo?</p>
<p>Cuando una empieza a escarbar en la historia siempre aparece Grecia. Y ahí me encontré con los Juegos Píticos, celebrados en Delfos en honor a Apolo.</p>
<p>Eso me fascinó.</p>
<p>Porque mientras los Olímpicos premiaban músculos, velocidad y cuerpos entrenados, los Píticos ponían a competir otra cosa: la música y la poesía.</p>
<p>Y esta vaina es lo máximo.</p>
<p>Porque ahí ya no estamos solo frente al rito, como en Mesopotamia. Ahí estamos frente a algo muchísimo más cercano a nuestro hoy: la competencia artística como evento masivo. Como multitud pendiente de quién gana, de quién emociona más, de a quién le dan más aplausos.</p>
<p>Y los Píticos son el ancestro respetable de todos los realities musicales de hoy.</p>
<p>Sí.<br />
Factor X en sandalias.<br />
La Voz con túnicas ¿Usaban túnicas?<br />
El teatro repleto. El público esperando al solista o poeta favorito. Conteniendo la respiración. Gritando hasta quedarse sin voz. Estallando en aplausos. Viajando desde distintas ciudades para verlo, para escucharlo, para decir: ese, ese es el mío.</p>
<p>Y a mí esto me parece tremendo porque ahí ya aparece claramente el público musical como fanaticada. La admiración convertida en pasión. La identificación con un artista. El deseo de escoger a alguien. De seguir a alguien.</p>
<p>Y aquí una descubre otra cosa: las fanáticas musicales tampoco son invento de Occidente. Ni de TikTok. Ni de los fandoms con nombre oficial y logo.</p>
<p>En Asia también estaban. Y con una fuerza política y cultural inmensa.</p>
<p>Hay algo de China que a mí me parece todavía más hermoso, que Mesopotamia y Grecia.</p>
<p>Allá, durante siglos, la figura que más se acercó a una estrella de rock no fue el músico.</p>
<p>Fue el poeta.</p>
<p>Y eso me encanta. Me conmueve, incluso. Porque recuerda la importancia civilizatoria de la poesía, su capacidad para desordenar una época, para hechizar a una sociedad, para producir culto, imitación, fervor.</p>
<p>Una capacidad que hoy la poesía perdió. Las desplazaron las frases motivacionales. Pero eso es tema para otra columna.</p>
<p>Li Bai el poeta. Li Bai tenía sus Armys. Desparramadas por China, sin TikTok, pero las tenía (el ancestro de Li Bai inventó TikTok – nooo, mentiras estoy especulando, aunque quién sabe…). A Li Bai lo seguían realeza, funcionarios, eruditos, gente del común. Le perdonaban sus excesos. Le festejaban sus borracheras. Le aplaudían sus desplantes. Al artista se le aguantan cosas que a los demás no.</p>
<p>Y eso también es fandom.<br />
Solo que con poemas.</p>
<p>Siglos más tarde, en Europa aparece Franz Liszt. Y ahí ya la historia se vuelve deliciosamente loca. El equivalente a los BTS pero sin coreografía, con música clásica y piano de cola.</p>
<p>Lo de Liszt en la década de 1840 fue una locura. Literalmente así la describieron. Heinrich Heine bautizó el fenómeno como Lisztomanía. Cuando Franz Liszt daba un concierto y tocaba (obviamente) sucedía la locura: mujeres desmayándose, llorando, arrebatándose objetos que él tocaba o rozaba, peleándose por un mechón de pelo, guardando cuerdas rotas de piano como reliquias, mandándolas a convertir en pulseras, recogiendo los restos de sus cigarros y los posos de su café como si hubieran pertenecido a un santo pagano del teclado.</p>
<p>Liszt es el BTS de la música clásica. Él coinvertía la interpretación musical en espectáculo físico: su presencia seductora y arrebatadora, su erotismo escénico, él en personaje. Ya no era suficiente tocar bien. Había que aparecer. Mover el cabello seductoramente. Balancearse sobre el piano. Coquetear con la multitud. Volver la música una escena de deseo.</p>
<p>Ahí ya estamos peligrosamente cerquita del presente.</p>
<p>Muy cerca de BTS, además.</p>
<p>Porque con Liszt aparece algo tremendo que seguimos viendo hoy: el talento importa, sí, pero el cuerpo también; la ejecución importa, sí, pero la puesta en escena también; la obra importa, sí, pero la fabricación del ídolo pesa muchísimo. Y alrededor de esa mezcla estalla la locura de las fans. Antes era las Lisztomaníacas hoy son las Armys.</p>
<p>Cambian los siglos. Cambian los peinados. La locura fanática no.  O sea: las Armys no aparecieron de la nada. Tienen antepasados. Poéticos en China. Frenéticos con Liszt. Devotos en templos y teatros mucho antes de que existieran los estados de WhatsApp.</p>
<p>El problema no son las fans. Ni siquiera BTS. El problema es otro. Un mundo cada vez más hábil para fabricar figuras irresistibles y venderlas como si fueran espontáneas.</p>
<p>Antes bastaban el genio, el rito, el poema, el virtuosismo. Hoy hace falta además una piel sin poros, un mechón perfectamente en su lugar, una personalidad diseñada al detalle, una ternura calculada, una seducción milimétrica.  Por eso esas mujeres —las adolescentes, las de cuarenta, las de sesenta, las grandotas, las tragadas— no están siguiendo solamente a siete hombres coreanos que cantan y bailan. Están siguiendo una fantasía fabricada con una precisión feroz. Y ahí, justamente ahí, está el espejo raro donde nos estamos mirando.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127332</guid>
        <pubDate>Mon, 23 Mar 2026 19:00:01 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[BTS, la histeria por esos coreanos maquillados cantando… y Franz Liszt]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diana Patricia Pinto</media:credit>
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        <item>
        <title>“La memoria, si veraz y violenta, es una materia exquisita”[*]</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/la-memoria-si-veraz-y-violenta-es-una-materia-exquisita/</link>
        <description><![CDATA[<p>A propósito del nacimiento de Oswaldo Soriano, un seis de enero de 1943 en Mar del Plata, Argentina, comparto aquí una reseña  que escribí en 2001 sobre su novela &#8220;El ojo de la patria&#8221;.  54 años después, Soriano fallecería a causa de un cáncer de pulmón. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><em>El ojo de la patria</em><br>Oswaldo Soriano<br>Norma, la otra orilla<br>Bogotá 1997<br>228 páginas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">Oswaldo Soriano (Mar del Plata, 1943, Buenos Aires, 1997) es a la literatura y el periodismo argentinos lo que sin duda fue para el tango, Horacio Malvicino improvisando con su guitarra eléctrica en aquel ya legendario Octeto Buenos Aires de Astor Piazzolla. Un elemento tan extraño y poco convencional que, a la sazón del viejo blasón popular, resultaba dar un tono hilarante a la configuración de la realidad porteña. Visto desde sus inicios como periodista, primero a bordo del diario <em>La Opinión</em> y más adelante en la fundación de Página/ 12, Soriano ha cautivado por su cínico, aunque solemne, sentido de lo nacional. La mayor parte de sus novelas, al igual que sus cuentos y sus crónicas –que comprenden desde polémicas dictatoriales en la Argentina hasta grescas de tono futbolístico–, confrontan la ligereza de una prosa sin pretextos con el discurso social, no del todo político, tejido tras la puesta en escena de bizarros objetos de cinematografía. Soriano, tildado por algunos de frívolo reducto de la izquierda poco acomedida de entonces y llamado por otros, con justicia, “el equivalente literario de un Buster Keaton combinado con Emilio Salgari”<a id="_ftnref1" href="#_ftn1">[1]</a>, revela en <em>El ojo de la patria</em> (1992) algo parecido a una visión simiesca y sincrética de la realidad: A simple vista menos directa en su tratamiento de los galimatías argentinos, la narración va desarrollando una parodia “patética” del pasado casi desde los mismos albores de la compleja independencia del país, permitiéndose cuestionar con aire de caricatura el destino de una República en cuya formación parecen esconderse las causas de todos sus males.</p>



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<figure class="wp-block-image size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="215" height="320" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2026/01/D_NQ_NP_2X_961570-MLV73190101202.jpg" alt="" class="wp-image-124387" style="aspect-ratio:0.6718732852909975;width:380px;height:auto" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/01/D_NQ_NP_2X_961570-MLV73190101202.jpg 215w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/01/D_NQ_NP_2X_961570-MLV73190101202.jpg?resize=202,300 202w" sizes="auto, (max-width: 215px) 100vw, 215px" /></figure>
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<p class="wp-block-paragraph">Al partir de la <em>paranoia</em> de “un espía muerto de un país que no existe”, al que le han encomendado el cuidado de un celebre cadáver de la historia argentina, la novela desciende y asciende por persecuciones y absurdos juegos de máscaras, de la mano de los devaneos psicológicos de su protagonista, un pobre infeliz desterrado por los suyos –tal y como su nada vital acompañante fue confinado por largo tiempo a la inmemoria del pueblo que ayudó a erigir– y llevado finalmente, en sus quehaceres detectivescos, a cargar a cuestas con el secreto de su terruño: “El milagro argentino”, una especie de salvaguarda de la ciencia tras la que el saber de lo argentino podrá hallar el descanso que le vindicará de la desidia colectiva, en una prosa que logra sopesar aquella imaginación tan desbordada junto a un ejercicio discreto de recuperación histórica y social, propiedades que Soriano fusiona en su literatura con el esmero y la gracia de un alquimista. Osvaldo Soriano, siempre del lado del sustrato social, amparaba su narrativa en asuntos tan simples como la página en blanco o los enredos editoriales –a los que constantemente hacía alusión siguiendo un poco lo que Salgari escribiera a propósito de tan “innoble oficio”-, y sobre otras cuestiones de público ejercicio como el fútbol –Soriano fue un furibundo hincha del Boca Juniors– o esa política de cafetín en la que se discutía sobre desfalcos o torceduras del gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fumador empedernido, tenía una norma parecida a la de Mark Twain –“no fumar más de un puro a la vez”­–, Soriano pasó sus últimos días sumergido en la internet y sin mostrar su ya avanzado padecimiento de cáncer, visible tras las quimioterapias en las que perdió por completo su cabello y que lo arrancaron de su rutina de “gato” el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires. “Con la quimio uno anda como paseando en un mundo medio irreal”; “Tengo fecha de operación para el 20 –de enero, por supuesto–. El alíen se achicó lo suficiente para hacerla posible”<a id="_ftnref2" href="#_ftn2">[2]</a>. Tal es el <em>leitmotiv</em> en la literatura de Osvaldo Soriano, un estilo estrechamente emparentado con la necesidad de denuncia a la que ha dedicado su vida, dejando al descubierto, a partir del carácter <em>sui generis</em> de su ficción y del cinismo sin igual que poseen sus obras, problemáticas como la del peronismo de izquierda y de derecha en los años 70, las aberraciones de los militares, la mediocridad del alfonsinismo o los apagones, la privatización y el crecimiento de la economía informal en los años 90. La complejidad de la novela y su irreverente manejo, llevan al lector a ser cómplice de una deformación metahistórica en la que, no teniendo pretensiones manifiestas, se dice más de lo que parece y en la que se ve escindido el discurso beligerante sobre el destino de un país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Queriendo dilucidar un momento clave en la formación de la República Argentina, Soriano pone en acción el cadáver de un prócer de la independencia –que no parece ser otro que el General San Martín, olvidado por Bolívar ya hacia el final de la campaña libertadora y cuya función en su país no fue enteramente cumplida– al que, provisto de un chip que le permite decir dos o tres cosas como a una muñeca de juguete, han de sucederle tantas cosas como pasajes extraños cabe anunciar en un <em>film noir</em> o en una escena de comedia de los años treinta. Las cosas que el infortunado cadáver reniega y de las que hace eco su protector –que termina por vindicar las tesis revolucionarias que el prócer en vida defendió–, no son otras que las pataletas que el destierro hasta ahora le permite inquirir. Improperios contra el triunvirato, Rivadavia, Belgrano o simples fraseos confusos tras los que el prócer debe ser atendido con baterías nuevas y con gotas oftálmicas que le ayudarán a conservar una apariencia vital.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="603" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2026/01/0000020764-1024x603.jpg" alt="" class="wp-image-124388" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">En ello, Juan Carré, llamado por la celebridad, pero víctima de su mal estilo y de una serie de infortunios que le llevarán a estar muerto sin realmente estarlo –con una flamante tumba en el <em>Pere Lachaise</em> junto a otros tan celebres como Oscar Wilde o Jim Morrison–, construye en su cabeza un sin fin de teorías y supuestos que llevan a peligrar la “existencia” de ese otro difunto. El estilo altisonante y siempre ocurrente de Soriano pone en movimiento cosas tan dispares como lo son un cantante de Rock –máscaras de Sting o de Clapton que encubren como si fuesen cirugías el desarrollo de una aventura policiaca– buscando mercancía en un tren en marcha, construido casi como una escena de <em>Aventuras de un cadáver</em> de R.L. Stevenson. A partir de unos versos de Verlaine: “Les sanglots longs / des violons de l&#8217;automme/ blessent mon coeur/ d&#8217;une langueur monotone…”<a id="_ftnref3" href="#_ftn3">[3]</a>, que sirven de escaramuza ante otro <em>confidencial</em> que Carré llama insistentemente Pavarotti, pese a su extremo parecido con el conocido tenor, la historia se muestra como una espiral vertiginosa que esconde la trama de una operación de inteligencia sobre la que el desteñido agente teje la propia: “El hombre que volvió de dos muertes”, “Confesiones de un agente confidencial”, o talvez, como dictamina a Carré un escritor de un hotelucho en París para tranquilizarle, “un relato de suspenso que pasa en un tren nocturno. Los personajes son un agente secreto, un muerto que habla y una banda de escritores que se han juramentado para no publicar nunca”.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>El ojo de la patria</em> es, en definitiva, una novela de tintes contrautópicos, sardónica y chaplinesca –con todas las licencias que puedan tener lugar en una ficción– y donde, a fin de cuentas, ambos, el cadáver alentado por la ingeniería moderna y su nada suspicaz guardián, viven en el exilio, “el prócer, acá –en París– pasó la vida en cafetines de mala muerte, comiendo porquerías y tragando bilis por la revolución&#8221;, y Carré, como una sombra de algo que en su fuero interno solo atina a cantar –errando entre la tumba de Chopin, Balzac, Wilde y Morrison–: &#8220;This is the end, beautiful fríend (&#8230;)The end of laughter and soft lies, / The end of nights we tried to die”<a id="_ftnref4" href="#_ftn4">[4]</a>.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> Forn, J. (1997). Sin aliento no habrá más penas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ftnref2" id="_ftn2">[2]</a> &nbsp;Últimos correos electrónicos de Soriano.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ftnref3" id="_ftn3">[3]</a> “Las largas banderas / de los violines del otoño / hieren mi corazón de una lánguida monotonía…”.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a id="_ftn4" href="#_ftnref4">[4]</a> “Este es el fin, hermoso amigo (…). El fin de la risa y de las dulces mentiras. / El fin de las noches en las que habíamos querido morir…”. Entrada y&nbsp; fin de “The end”, tema de The Doors citado varias veces en el libro de Soriano.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><a id="_ftn1" href="#_ftnref1">[*]</a> Soriano, O.(1996). <em>Fantasmas y dinosaurios.</em> Bogotá: Editorial Norma.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=124385</guid>
        <pubDate>Wed, 07 Jan 2026 02:29:04 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/01/QJQJOR2UKRFH7JEZRZSDSUSZIU.jpg?quality=60&amp;#038;w=1200" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[“La memoria, si veraz y violenta, es una materia exquisita”[*]]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">124385</post-id>    </item>
        <item>
        <title>Mi esposa y la dictadura</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/esposadictadura/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cansada de mis quejas, mi esposa tomó el poder e instauró una Dictadura. Mi inutilidad para escribir una pieza literaria de prestigio y riqueza estética ocasionó este grave impase que aún no he podido resolver.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">Al principio creí que era buena idea. Para nadie es un secreto que la democracia le hace mal a la literatura. La libertad no nos ha dado buenas obras y, como lo dice la historia, los libros más profundos y famosos son las que se producen en un régimen totalitario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La literatura latinoamericana se burla demasiado de esos nobles hombres, padrastros de la buena escritura, los Dictadores. No podemos cuantificar cuánto se les debe. Si viviéramos en dictadura no existiría el “agotamiento” al que se refirió <a href="https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12191993">María Kodama en Manizales</a>. Y bajo esta premisa empezaron los cambios en casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Primero, se me advirtió que todas mis conversaciones serían monitoreadas y grabadas, únicamente podía hablar sobre algunos temas literarios escogidos con anterioridad. Por cuestiones de gobierno, los poetas Románticos hacían parte del índice prohibido. Su idealismo los hacía detestables. Debía leer un libro diario, sin importar el número de clases al día, y presentar un informe que analizara (en algunos casos semióticamente) el estilo y el lenguaje que utilizaba. Fueron noches aterradoras. Debía ponerme en pie, la espalda rígida y empezar a recitar pasajes de memoria con su respectivo comentario. Ante mis infructuosos intentos, tuve que ayudarme de papelitos que me ayudaban a recordar los números de página y algunas palabras desconocidas, generosidades de la Dictadora.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sólo podía ver Señal Colombia, comer carnes rojas y jugar Dicciorama. En la guitarra sólo podía usar notas mayores y cuidar de que no sonara por equivocación una nota mal puesta. No podía mirar por la ventana, ni mucho menos intentar abrir la puerta sin permiso. Tomaba Ginkgo Biloba con cada comida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se desterraron a Chopin y Schubert; en su lugar se escuchaba un Bach bastante matemático que exigía concentración máxima en las tareas de escritura. Mi Dictadora repetía todos los días la noticia de Kodama y, alentándome, me gritaba al oído que teníamos que trabajar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi Dictadora, consiente del “mens sana in corpore sano”, sabía que no sólo de largas lecturas vive el hombre; así que introdujo a su forma de gobierno ejercicios corporales que pretendían mejorar mi acondicionamiento físico y que me facilitarían el trabajo de escritura. Empecé a relajar mis falanges lavando los platos, inicié una terapia que aliviara los dolores de hombro barriendo y&nbsp; trapeando los pisos, incluso, bondades de los Dictadores, los dolores de muñeca que me atormentaban desde hacía días, fueron desapareciendo paulatinamente después de empezar a&nbsp; lavar la ropa de los dos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo estaba bien. No podía quejarme (los castigos eran bastante molestos). Era obediente y seguía los lineamientos al pie de la letra. Sin embargo, los resultados eran pésimos. Lo que escribí esos días no era más que basura. Yo lo sabía. Mi Dictadora, en cambio, me elogiaba. Eso sí era literatura, decía, ya verá esa tal Kodama&#8230; Intenté persuadirla, pero no me escuchaba. Estaba ocupada inventando nuevos ejercicios para aliviarme unos dolores de rodillas que no me dejaban permanecer sentado frente a la pantalla del computador.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, me sorprendí levantándome en las noches, a eso de las once, a escondidas, para escribir en una libretita que tengo escondida debajo de la nevera. Ella no debe darse cuenta. Allí garabateo mis tormentos, mis sueños de abrir la puerta, describo el sabor horrible del Ginkgo Biloba y lo detestable que es la dictadura. ¿Estaré escribiendo allí la verdadera literatura?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Publicado originalmente el 08 de septiembre de 2012 en El Espectador.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=120984</guid>
        <pubDate>Mon, 01 Dec 2025 12:24:50 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Mi esposa y la dictadura]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</media:credit>
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        <item>
        <title>La juventud, esa enfermedad</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/juventud/</link>
        <description><![CDATA[<p>Un relato de Albeiro Guiral sobre las increíbles vicisitudes de los jóvenes poetas de su pueblo.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph">Imagen: <em><a href="https://www.behance.net/gallery/53204295/Antiheroes">Susana Blasco</a></em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre los años 2001 y 2002 hubo en Santa Rosa de Cabal un grupo de cuatro muchachos enardecidos por la poesía. Todas las tardes, después de salir del colegio, se reunían en el Parque Los Fundadores a leer sus poemas incipientes, a atrofiar los sonidos naturales con los destartalados chillidos de sus guitarras y a tomar vino de caja como si no hubiera mañana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y sí que lo hubo, pero no para ellos. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Se quedaban hasta el atardecer; la señal para volver a casa era la misma de los campesinos: cuando las loras regresaban de su faena solar a su árbol-nido y ellos les veían cruzar el cielo sobre la cúpula del templo de La Milagrosa, se despedían y emprendían su solitaria vida de púberes mártires y potenciales suicidas. Las loras que, vaya uno a saber por qué, confundían con gaviotas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Leían a Silva y a Barba Jacob en las noches, fantaseaban con ser y morir como ellos. Imaginaban a Santa Rosa de Osos y a Bogotá como grandes ciudades y padecían esa extraña forma de la nostalgia que consiste en extrañar lo desconocido. A veces llevaban esos libros malditos a lecturas improvisadas en el mítico —por lo efímero— Café Raíces donde el anfitrión, a su pesar, les invitaba café y chicha, por no llorar y, a veces, tenía que soportar el descaro de escucharles leer sus propios versos. Noches inolvidables aquellas de trascendentales <em>tergiversaciones alrededor de nada</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una mañana su profesora de español leyó una efeméride de la prensa sobre Baudelaire. Los muchachos escucharon con atención mística y silencio reverencial. Desde entonces no fueron los mismos: el vino de caja les pareció anodino en comparación con el opio que no habrían de fumar, se melancolizaron tanto que alertaron a sus familias sobre una inminente calamidad, por lo que les llevaron ante el médico Juan Manuel, quien les recetó paciencia: <em>la juventud, por fortuna, es una enfermedad que se cura con el tiempo</em>, dijo. Después de este diagnóstico les recluyeron en grupos de oración muy bien presididos por futuros candidatos a la alcaldía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para quienes no saben, la alcaldía de Santa Rosa de Cabal es la mejor escuela de presos ilustres de la región.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y de verdad que el tiempo no solo curó sus juventudes sino que les curó el mal de la poesía. El mayor de ellos, el fundador del grupo, nunca asistió a las reuniones; uno diría que se trataba de un anarquista nato, pero tan solo prefería salir de clase a dormir y en las noches a comer helado con las muchachas. Un perezoso sensato, digamos. Cuando se graduaron del colegió, ingresó a la universidad a estudiar ingeniería eléctrica. Ahora es <em>bartender</em>, y es feliz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En orden de edad, el siguiente ingresó al seminario. Al terminar los votos de silencio que demoraron siete años, un compañero controvirtió un argumento de San Agustín, en su presencia, con osadía, y este lo insultó, por lo que no pudo ordenarse como sacerdote pero sí como filósofo. Y como filósofo hoy en día es un buen profesor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El tercero de los jóvenes enardecidos se dedicó a la música por mucho tiempo. Nadie podía negar, al escucharlo, que era un virtuoso auténtico, uno de esos genios que no aparece sino cada quinientos años y que, desde Amadeus Hoffman, no aparecía uno en la Historia, sobre todo cuando interpretaba los grandes éxitos de Sandro de América. Una noche de octubre, en medio de la algarabía de las Fiestas de las Araucarias, intentó suicidarse lanzándose desde el Palacio Municipal. Fue detenido a tiempo por la policía y condenado por microtráfico de estupefacientes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El menor de ellos, en cambio, compró una máquina de tejidos y puso un taller de ponchos que se vendían muy bien en las ferias de los municipios vecinos. Al poco tiempo compró una máquina más y así, en lo sucesivo, hasta convertirse en una promesa de la pequeña empresa del municipio. Se enamoró de Juana Ifigenia y ella, quién sabe, también de él. Le propuso matrimonio y ella aceptó o eso dicen, pero días después de la boda, el 15 de marzo de 2006, el verdadero esposo de ella lo amenazó de muerte y tuvo que huir del pueblo. A la fecha, nadie le ha vuelto a ver. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Como verán, ninguno triunfó en la poesía, por fortuna.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=122027</guid>
        <pubDate>Wed, 05 Nov 2025 01:58:29 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2025/11/Susana-Blasco.jpg?quality=60&amp;#038;w=750" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[La juventud, esa enfermedad]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">122027</post-id>    </item>
        <item>
        <title>El feeling presenta &amp;#8220;Bacatá&amp;#8221;: un homenaje musical a la vibrante Bogotá.</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/un-blog-para-colorear/el-feeling-presenta-bacata-un-homenaje-musical-a-la-vibrante-bogota/</link>
        <description><![CDATA[<p>La banda colombiana &#8220;El Feeling&#8221;, reconocida por su fusión de ritmos tradicionales latinoamericanos con sonidos contemporáneos, lanza su más reciente sencillo titulado &#8220;Bacatá&#8221;, una pieza que rinde tributo sonoro a la capital de Colombia, Bogotá. Este nuevo tema refleja la riqueza cultural y la energía vibrante de la ciudad, combinando elementos tradicionales con modernas producciones [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">La banda colombiana <strong><em>&#8220;El Feeling&#8221;,</em></strong> reconocida por su fusión de ritmos tradicionales latinoamericanos con sonidos contemporáneos, lanza su más reciente sencillo titulado <strong><em>&#8220;Bacatá&#8221;</em></strong>, una pieza que rinde tributo sonoro a la capital de Colombia, Bogotá. Este nuevo tema refleja la riqueza cultural y la energía vibrante de la ciudad, combinando elementos tradicionales con modernas producciones musicales.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>&#8220;</em><strong><em>Bacatá&#8221; </em>es mucho más que una canción; es un viaje musical que retrata el alma de Bogotá. La composición incorpora sonidos característicos como tamboras, cuerdas, acordeón y flauta de millo;</strong> mezclados con sintetizadores y una voz apasionada que transporta a los oyentes a los rincones más emblemáticos de la capital.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los coros, además, despiertan el orgullo bogotano al cantar a la estrella blanca que ilumina los Andes, evocando sentimientos profundos de identidad y pertenencia. La cálida mezcla de ritmos también rememora el frío característico de la altura de Bogotá, envolviendo al oyente en una experiencia auditiva que conjuga tradición y modernidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El sencillo, disponible en todas las plataformas digitales, forma parte del próximo álbum de El Feeling, que llevará por título &#8220;0.4&#8221; y se lanzará en octubre de 2025, a la par de un video realizado por los propios integrantes de la band</strong>a donde abren una ventana a su intimidad, en la que se aprecia la creatividad y la complicidad entre sus integrantes. Más que un registro técnico, el video transmite la esencia del grupo en su faceta más cercana, revelando la atmósfera que acompaña sus procesos musicales lejos de los reflectores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La banda, formada por<em> Carolina Cobo</em> en la voz, <em>Carlos Hernán “Seache”</em> en el acordeón y <em>Sergio Aldana</em> en la guitarra, ha destacado por su capacidad de crear puentes entre culturas y estilos, integrando instrumentos folclóricos tradicionales con toques electrónicos que reflejan su autenticidad y visión global.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Desde su formación en <em>Los Ángele</em>s, <em>El Feeling </em>ha construido una propuesta musical que celebra la diversidad, la identidad latinoamericana y la universalidad del buen ritmo. </strong>Han colaborado con destacados artistas latinoamericanos, como Palenke Soultribe, trabajando en producciones que refuerzan su compromiso con la innovación y la tradición.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este lanzamiento reafirma el espíritu de <em>El Feeling </em>como una banda que rompe fronteras y que, a través de su música, busca conectar corazones, raíces y culturas, poniendo en alto la riqueza de la identidad latinoamericana.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-1 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex"></figure>
]]></content:encoded>
        <author>Alvaro J Tirado</author>
                    <category>Un Blog para colorear</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=120955</guid>
        <pubDate>Thu, 02 Oct 2025 04:01:17 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alvaro J Tirado</media:credit>
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        <item>
        <title>El Odeón Escondido: un santuario musical en el corazón del Oriente antioqueño</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/el-odeon-escondido-un-santuario-musical-en-el-corazon-del-oriente-antioqueno/</link>
        <description><![CDATA[<p>No apareció de la nada. Aunque pareciera. Como si el silencio —ese que precede a todo lo sublime— hubiera decidido parir arquitectura. Ahí, en medio de una hondonada callada de Llanogrande, Rionegro. De repente: una joya. Discreta. Majestuosa. Viva. El Odeón Escondido. Qué nombre, ¿no? Parece inventado por un poeta extraviado en el siglo XXI. [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>No apareció de la nada. Aunque pareciera. Como si el silencio —ese que precede a todo lo sublime— hubiera decidido parir arquitectura. Ahí, en medio de una hondonada callada de Llanogrande, Rionegro. De repente: una joya. Discreta. Majestuosa. Viva. El Odeón Escondido. Qué nombre, ¿no? Parece inventado por un poeta extraviado en el siglo XXI.</p>
<p>No es un auditorio. Tampoco un teatro. Mucho menos una sala de conciertos de esas con paredes grises y sillas de tortura lumbar. No. Esto es otra cosa. Un cuerpo acústico. Un templo. Un capricho casi divino levantado para que la música —la poética, la profunda, la que conmueve— tenga casa propia. En una región donde eso, sencillamente, no existía.</p>
<p>¿Y el diseño? Una locura contenida. O una plegaria en madera. Adentro, al fondo del escenario —el lugar del altar, si esto fuera una iglesia— brilla una roseta de Penrose. Geometría casi sagrada. Simetría sin repetición. Un infinito contenido en un dibujo. Y encima, el techo: Miura Ori. Parece japonés porque lo es. Un origami pensado por el astrofísico Kōryō Miura y replicado aquí en madera, como si alguien quisiera que el universo se plegara al sonido. Y se pliega. Lo juro. Cada panel, cada ángulo, cada poro de esa madera… canta. O calla. Según la obra.</p>
<p>Todo adentro es madera. Y no por capricho estético. Por amor. Porque la madera escucha. Respira. Resuena. Abraza. La acústica es tan precisa que hasta el silencio suena afinado. A veces uno quiere quedarse así: callado. Para no romper lo que suena sin sonar.</p>
<p>Simón Uribe —el arquitecto— no construyó: orquestó. Nada impone. Todo revela. Cada trazo esconde una intención. Cada forma, un gesto. Pocas veces la arquitectura se convierte en partitura. Esta vez, sí.</p>
<p>Pero este lugar no nace solo. Tiene madre. Marta Lucía Ramírez. Cardióloga. Melómana furiosa. Cultivadora de oídos. Durante años hizo tertulias musicales en Medellín que fueron escuela, liturgia, resistencia. Soñó con un espacio donde la música pudiera estar sin pedir permiso. Un lugar donde la belleza no fuera lujo sino necesidad. Y soñó tanto que un día ese sueño se volvió techo. Y acústica. Y butaca.</p>
<p>Y no es solo forma. Ya hay fondo. Ya han tocado aquí voces y dedos de los que estremecen. Manuel López un violinista sublime y virtuoso que pre inauguró El Odeón Escondido, su violín despertó el recinto dándole vida musical. Natalia Tobón, soprano luminosa. Diego Salazar, pianista que borda el teclado con la calma de quien respira música. Juan Felipe Restrepo, guitarra de fuego. El Proyecto Modular, una constelación de músicos de la Filarmónica de Medellín: Elizabeth Osorio (flauta traversa), Jhon M. Trujillo (violín), David Merchán (viola), Karen Londoño (violonchelo). Interpretaron el Cuarteto para flauta y cuerdas de Mozart. Sonó como si el mismo Mozart hubiera estado espiando desde alguna rendija, sonriendo.</p>
<p>Y no están solos. Hay padrinos. Gigantes. La maestra Blanca Uribe, símbolo del piano en América Latina. El maestro Lezlye Berrío, pianista de país, que tiene un virtuosismo íntimo y feroz. El maestro Pablo Villegas, violinista consagrado con una sensibilidad mágica. Todos han dicho presente. Y no como adorno. Como fe. Como quien sabe que ahí hay algo distinto. Y necesario.</p>
<p>El nombre <em>Odeón</em> viene del griego. ōideion: lugar para cantar. En la Grecia antigua eran espacios íntimos donde se oía, no solo se escuchaba. Donde se cantaba, sí, pero también se decía lo que no cabía en la calle. En lo cotidiano. Este Odeón recupera eso: no es un lugar para sonar. Es un lugar para escuchar. Con todo el cuerpo. Con las costillas. Con los ojos. Con el corazón si todavía late.</p>
<p>El Oriente antioqueño es una tierra de paradojas. Naturaleza brutal. Historia dolorosa. Riqueza mal repartida. Cultura a medias. Este lugar —El Odeón— parece un acto de reparación simbólica. Un intento de devolverle al tiempo su ritmo. A la tierra, su pausa. Aquí no hay conciertos. Hay rituales. Y los rituales, cuando son verdaderos, no se aplauden: se agradecen.</p>
<p>Todavía es joven. Recién nacido. Pero su alma viene de lejos. Como las catedrales góticas. Cada línea está ahí por algo. Cada decisión estética fue pensada como quien talla un rezo. No hay exceso. No hay sobra. Todo importa. Todo dice.</p>
<p>Falta una cosa. Y es urgente. Un piano. Uno digno. No prestado. No alquilado. Propio. Uno que haga cuerpo con el espacio. Que lo complete. Por eso están invitando a “donar una tecla”. Porque no se trata de plata. Se trata de fe. En la música. En el arte. En la posibilidad de que algo —por fin— suene donde antes solo hubo ruido.</p>
<p>Wagner decía que “la música empieza donde terminan las palabras”. Y este Odeón empieza justo ahí. En el umbral donde el lenguaje ya no alcanza. Donde hay que decir sin decir. Donde solo la música puede.</p>
<p>Y sí. En estos tiempos llenos de todo. Saturados de voces, de opiniones, de sonidos estridentes y verdades gritadas&#8230; necesitamos más silencios como este. Silencios que vibran. Que acunan. Que afinan.</p>
<p>Necesitamos más Odeones.</p>
<p>Aquí puedes donar para el piano.</p>
<p>https://vaki.co/es/vaki/un-piano-para-el-odeon-escondido-en-rionegro</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=117549</guid>
        <pubDate>Sun, 29 Jun 2025 20:45:29 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El Odeón Escondido: un santuario musical en el corazón del Oriente antioqueño]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diana Patricia Pinto</media:credit>
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        <item>
        <title>De Rinrín renacuajo a delfín paseador (Cuento)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/de-rinrin-renacuajo-a-delfin-paseador-cuento/</link>
        <description><![CDATA[<p>Este cuento es una versión libre de “El renacuajo paseador”, del poeta colombiano Rafael Pombo, a propósito del encuentro entre liberales y conservadores en casa de César Gaviria, hoy 7 de abril.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size wp-block-paragraph"><em>Nadia Blel y Efraín Cepeda (Partido Conservador); César Gaviria (Partido Liberal); Alexander Vega (Partido de la U) y Juan Manuel Galán (Nuevo Liberalismo)</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>El hijo de Gloria y Luis Carlos, el delfín paseador,<br>salió esta mañana muy tieso y muy majo<br>con pantalón corto, corbata a la moda,<br>sombrero encintado y chupa de boda.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>-“¡Muchacho no salgas de nuevo!”- </em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>le grita doña Gloria Pachón,</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>pero Juanito Galán le hace un gesto y orondo se va. </em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Halló en el camino a un Efraín Cepeda vecino,<br>y le dijo: “¡Godito! venga usted conmigo,<br>visitemos juntos la casa de César Gaviria y Ana Milena<br>y habrá francachela y habrá comilona”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>A poco llegaron, y avanza </em><em>Efraín</em><em>,<br>estírase el cuello, coge el aldabón,<br>da dos o tres golpes, preguntan: “¿Quién es?”<br>— “Yo, </em><em>Simoncito, </em><em>beso a usted los pies”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“¿Está su papá en casa?” — “Sí, señor, sí está;<br>y celebramos mucho verlos a ustedes hoy;<br>con algo de achaques, revisando si ya le consignaron la pensión,<br>pero eso no importa; bienvenidos (al futuro) son”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Se hicieron la venia, se dieron la mano,<br>y dice Efraín, que es más veterano, mirando de reojo al exregistrador:<br>“Mi amigo el de la U rabia de calor,<br>démele güisquicito, hágame el favor”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Y en tanto que el político consume la jarra<br>el doctor Gaviria mandó a la niña María Paz a traer la guitarra<br>y al delfincito le pide que cante<br>encuestas alegres, tonada elegante.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“¡Ay! de mil amores lo hiciera, señor expresidente, <br>pero es imposible darle gusto ahora,<br>que tengo el gaznate más seco que estopa<br>y me aprieta mucho este gobierno<strong> </strong>de Izquierda.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>“Lo siento infinito”, responde Nadia Blel,<br>“aflójese un poco chaleco y corbata,<br>y yo mientras tanto me voy a lamentar <br>por una consulta popular muy particular”.</em></p>



<p class="has-medium-font-size wp-block-paragraph"><em>Mas estando en esta brillante función, con hundimiento de reformas, <br>baile y cerveza, guitarra y canción,<br>los Godos y los Rojos no pudieron revivir el Frente Nacional, <br>y vuélvese aquello el juicio final.</em> (Sigue&#8230;)</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-wp-embed is-provider-blogs-el-espectador wp-block-embed-blogs-el-espectador"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="frd8Zvr3tD"><a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/gaviria-y-cepeda-podrian-revivir-el-frente-nacional/">¿Gaviria y Cepeda podrían revivir el Frente Nacional?</a></blockquote><iframe loading="lazy" class="wp-embedded-content" sandbox="allow-scripts" security="restricted" style="position: absolute; visibility: hidden;" title="&#8220;¿Gaviria y Cepeda podrían revivir el Frente Nacional?&#8221; &#8212; Blogs El Espectador" src="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/gaviria-y-cepeda-podrian-revivir-el-frente-nacional/embed/#?secret=JOrYCZrn9c#?secret=frd8Zvr3tD" data-secret="frd8Zvr3tD" width="500" height="282" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no"></iframe>
</div></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Doña </em><em>Claudia López, </em><em>que no estaba invitada, </em><em>trinchó por la oreja<br>al niño </em><em>Simoncito </em><em>maullándole: “¡Hola!”<br>Y los </em><em>demás invitados </em><em><br>uno por la pata y otro por la cola.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Juanito Galán, el delfín paseador, mirando este asalto<br>tomó su sombrero, dio un tremendo salto,<br>y abriendo la puerta con mano y narices,<br>se fue deseando a todos “elecciones y avales muy felices”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Y siguió saltando aunque ya no tan alto ni aprisa,<br>ya que por biche perdió en los debates, rasgó la camisa,<br>se coló en la boca de un rival tragón<br>y éste se lo embucha de un solo estirón.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Y así concluyeron, uno, dos y tres,<br>Conservadores y Liberales y el partido de la U después;<br>los Verdes comieron y el Progresismo de nuevo triunfó,<br>¡y doña Gloria Pachón, triste por su otro delfincito quedó!</em></p>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size wp-block-paragraph"><em>La versión original de &#8220;El renacuajo paseador&#8221;.</em></p>



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<iframe loading="lazy" title="El Renacuajo Paseador - Rafael Pombo - Rin Rin Renacuajo" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/hP-Qpg-g7t0?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
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        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=113881</guid>
        <pubDate>Mon, 07 Apr 2025 13:58:15 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
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