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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>You searched for conversar s | Blogs El Espectador</title>
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        <title>La tragedia feliz de Joyce Ventura</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/la-tragedia-feliz-de-joyce-ventura/</link>
        <description><![CDATA[<p>Fui una noche a la Cinemateca de Bogotá a encontrarme con Joyce Ventura. Me había invitado a moderar una conversación con motivo del lanzamiento de Tres hermanas, su primer largometraje como directora, y salí de allí pensando en esa paradoja que algunas películas consiguen revelar sin proponérselo del todo: uno puede entrar a una sala [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Fui una noche a la Cinemateca de Bogotá a encontrarme con Joyce Ventura. Me había invitado a moderar una conversación con motivo del lanzamiento de <em>Tres hermanas</em>, su primer largometraje como directora, y salí de allí pensando en esa paradoja que algunas películas consiguen revelar sin proponérselo del todo: uno puede entrar a una sala de cine dispuesto a contemplar la muerte y terminar encontrándose, de una manera inesperada, con la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Joyce ha dedicado buena parte de su trayectoria al cine colombiano, aunque durante décadas lo hizo desde ese lugar menos visible, pero indispensable, de la producción y el montaje, acompañando películas, construyendo historias y haciendo posible que otros las contaran. Su nombre está ligado a una parte importante de nuestra cinematografía, desde <em>Gamín</em>, de Ciro Durán, hasta distintas producciones que contribuyeron a consolidar una industria cinematográfica en un país donde hacer cine nunca ha sido una tarea sencilla. Después de más de cincuenta años de oficio, decide ponerse delante de la cámara y convertir su propia vida, sus temores y sus afectos en materia cinematográfica. La decisión tiene algo de descubrimiento tardío, aunque en realidad parece la consecuencia natural de una vida dedicada a observar a los demás: llega un momento en que la cámara, después de haber mirado tantas historias, se vuelve hacia quien la sostiene.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El punto de partida es aparentemente sencillo. Joyce y sus dos hermanas mayores, Ethy y Bella, se acercan a la vejez y empiezan a preguntarse qué significa envejecer, qué ocurre con el cuerpo cuando deja de responder como antes, cómo se transforma nuestra relación con el tiempo y de qué manera se aprende a convivir con la idea de que un día vamos a morir. Las tres están unidas por el afecto, pero sus personalidades y sus respuestas ante la existencia son distintas. Viven en lugares diferentes, han construido vidas propias y no necesitan pensar igual para quererse. En ese espacio de intimidad, donde las conversaciones familiares pueden pasar de la ternura a la incomodidad sin pedir permiso, Joyce encuentra una historia que termina por exceder los límites de su familia.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="735" height="781" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/02cad442-0202-4fc2-97d0-7cc13d470c66.jpg" alt="" class="wp-image-134186" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/02cad442-0202-4fc2-97d0-7cc13d470c66.jpg 735w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/02cad442-0202-4fc2-97d0-7cc13d470c66.jpg?resize=282,300 282w" sizes="(max-width: 735px) 100vw, 735px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la vejez es una experiencia universal, pero no existe una única manera de vivirla. Hay tantas formas de envejecer como historias, temperamentos, condiciones materiales y sociedades, y buena parte de las diferencias que encontramos entre las personas mayores tiene que ver con el mundo que las rodea, con las oportunidades que tuvieron, con los afectos que conservaron y con la posibilidad, tan decisiva como desigual, de seguir tomando decisiones sobre sus propias vidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En algunas sociedades, la experiencia acumulada por los mayores todavía ocupa un lugar central en la transmisión de la memoria, las tradiciones y el conocimiento. En otras, donde la juventud se ha convertido en una especie de mercancía y la productividad parece ser la medida de todas las cosas, envejecer puede sentirse como una pérdida de valor social. No es que las primeras hayan resuelto el problema de la soledad ni que las segundas carezcan de vínculos familiares sólidos, pero sí existe una diferencia entre vivir en un entorno que reconoce la experiencia de los años y hacerlo en uno que parece pedir disculpas por ella. La modernidad nos ha ofrecido extraordinarias posibilidades para prolongar la vida, mientras nos cuesta cada vez más imaginar qué lugar queremos darle a esa vida prolongada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También importa la clase social. No envejece de la misma manera quien dispone de recursos para cuidar su salud, mantener su autonomía, viajar, cultivar amistades y organizar sus días que quien debe continuar trabajando porque no puede permitirse el descanso. Una cosa es temer la pérdida de independencia y otra, muy distinta, experimentar esa pérdida sin una red de apoyo, sin ingresos suficientes o sin acceso a cuidados. La vejez puede ser el tiempo de la contemplación, de los viajes y de una libertad conquistada después de décadas de obligaciones, pero también puede convertirse en una etapa de incertidumbre económica, aislamiento y dependencia. Entre ambas experiencias existe un mundo de diferencias que las sociedades suelen disimular cuando hablan de la tercera edad como si se tratara de una condición homogénea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia, donde tantas familias han tenido que asumir buena parte de las tareas del cuidado sin suficiente acompañamiento institucional, estas preguntas adquieren una dimensión particular. Envejecer no es solamente un asunto privado, ni debería ser una preocupación que cada familia resuelva puertas adentro. Tiene que ver con la salud pública, las pensiones, las ciudades que construimos, la arquitectura de nuestras viviendas, el transporte, la soledad y la posibilidad de seguir participando en la vida colectiva cuando dejamos de pertenecer al mundo laboral. Tiene que ver, también, con la manera en que tratamos a nuestros padres y abuelos, con la paciencia que estamos dispuestos a concederles y con la facilidad con que confundimos la pérdida de ciertas capacidades con la pérdida de dignidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, <em>Tres hermanas</em> no pretende convertirse en un tratado sobre el envejecimiento ni en una denuncia social disfrazada de documental. Su fuerza está, precisamente, en que llega a esas preguntas a través de la vida concreta, de los rostros, las conversaciones, las diferencias y los recuerdos de tres mujeres que no representan a nadie más que a sí mismas y que, por eso mismo, terminan representándonos a todos. Joyce no necesita construir personajes ejemplares ni encontrar una fórmula para aceptar el paso del tiempo. Le basta con filmar a sus hermanas y filmarse a sí misma, dejar que aparezcan sus contradicciones y permitir que la cámara registre aquello que en una conversación cotidiana quizá preferiríamos evitar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La película tiene, además, una pregunta íntima que la atraviesa desde el comienzo: ¿cómo se aprende a vivir cuando uno empieza a reconocer los límites del propio cuerpo? Joyce ha contado que su preocupación por la vejez viene de muchos años atrás, desde que empezó a necesitar gafas y comprendió que ella también estaba entrando en esa etapa que durante tanto tiempo había observado desde afuera. A esa inquietud se sumaron la muerte de su padre, el deterioro de su madre y el temor que le produjo conocer el diagnóstico de una enfermedad ocular degenerativa. La posibilidad de perder la visión introduce una dimensión especialmente conmovedora en su relación con el cine: una mujer que ha dedicado su vida a mirar comienza a preguntarse qué ocurriría si un día ya no pudiera hacerlo de la misma manera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cámara se convierte entonces en una herramienta para conocer aquello que la asusta. Joyce ha explicado que investigar la vejez le permite acercarse a ella con curiosidad, como si comprender un poco mejor el miedo fuera una forma de hacerlo menos desconocido. Hay algo profundamente humano en esa decisión. No se trata de fingir que la muerte no existe, ni de convencerse de que todo puede resolverse mediante una actitud positiva, sino de observar, preguntar y conversar allí donde normalmente preferimos guardar silencio. La película no elimina la angustia, pero la transforma en una experiencia compartida, y quizá esa sea una de las funciones más antiguas y más necesarias del arte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la historia de Joyce hay, además, otra pérdida que ilumina la película de una manera particular: la muerte de Ciro Durán, su compañero de vida y de trabajo, el cineasta que dejó una huella fundamental en el documental colombiano. Durán, director de <em>Gamín</em> y de películas como <em>La guerra del centavo</em>, murió en enero de 2022, después de una enfermedad prolongada. Joyce ha recordado cómo afrontó sus últimos años con valentía y autonomía, sin abandonar la escritura de guiones, incluso cuando sabía que quizá no llegaría a filmarlos. En un gesto de generosidad, aceptó conversar con ella para el documental, aunque hablar de sí mismo y de su propia vulnerabilidad no le resultara sencillo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es difícil no pensar en lo que significa compartir tantos años con alguien y descubrir, al final, que el amor no nos exime de acompañarlo hacia su desaparición. En la enfermedad, el tiempo adquiere otra densidad, las conversaciones cotidianas pueden convertirse en recuerdos y las cosas que antes parecían importantes pierden su urgencia frente a la evidencia de que la presencia del otro no es eterna. Pero también ocurre algo que solo se comprende desde la experiencia: incluso cuando el cuerpo se deteriora, una persona sigue siendo mucho más que su enfermedad, y la dignidad puede expresarse en la voluntad de conservar la autonomía, continuar escribiendo, pensar en proyectos que quizá no llegarán a realizarse y decidir de qué manera quiere vivir el tiempo que le queda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese sentido, la historia de Ciro no aparece como una explicación definitiva de la película, sino como parte de la experiencia desde la cual Joyce se aproxima a sus preguntas. La muerte de su compañero, la de su madre y el temor a su propio deterioro conforman un horizonte de pérdidas, pero también la obligan a mirar de frente aquello que durante años había intentado comprender. Hay una diferencia entre investigar la vejez y descubrir que uno mismo está envejeciendo, entre conversar sobre la muerte y reconocer que empieza a formar parte de nuestra biografía. Joyce atraviesa esa frontera con la cámara encendida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El archivo familiar adquiere entonces una importancia especial. Las fotografías, las grabaciones antiguas y las imágenes de celebraciones y encuentros permiten que las hermanas se observen en otros momentos de sus vidas, que comparen los rostros de entonces con los de ahora y que reconozcan, a veces con humor y otras con cierta melancolía, la distancia entre quienes fueron y quienes son. El pasado aparece fragmentado, pero no desaparecido. Las imágenes devuelven gestos, voces y maneras de estar en el mundo que el tiempo había transformado en recuerdos, y la cámara permite que esas imágenes vuelvan a entrar en conversación con el presente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Filmar es también una manera de resistirse al olvido. No de derrotar a la muerte, porque el cine no tiene semejante poder, sino de conservar algo de aquello que inevitablemente se pierde. Una voz grabada, una mirada, una risa, una discusión entre hermanas pueden sobrevivir a la ocasión en que ocurrieron y adquirir una nueva vida frente a otros espectadores. El cine convierte lo efímero en memoria compartida, aunque esa memoria nunca sea completa ni pueda reemplazar a la persona que ya no está. Quizá por eso las imágenes familiares tienen una fuerza que a veces no encontramos en las grandes narraciones históricas: nos devuelven la conciencia de que la vida está hecha, en buena medida, de gestos pequeños cuya importancia solo descubrimos cuando el tiempo los ha convertido en pasado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo especialmente valioso en que Joyce se permita mostrar las diferencias entre sus hermanas sin intentar resolverlas. En una época en que las conversaciones públicas suelen organizarse alrededor de identidades rígidas y posiciones irreconciliables, <em>Tres hermanas</em> recuerda que la intimidad no necesita uniformidad para existir. Podemos compartir una historia, querernos profundamente y, al mismo tiempo, tener ideas distintas sobre el envejecimiento, la muerte, la religión, el cuerpo o la posibilidad de una trascendencia. La familia no es necesariamente el lugar donde todos terminan pensando igual, sino aquel en el que, cuando los vínculos sobreviven a las diferencias, aprendemos a convivir con ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La vejez pone a prueba esa convivencia porque modifica las condiciones materiales y emocionales de las relaciones. Los papeles cambian, la independencia se vuelve más difícil de conservar y quienes durante años cuidaron de otros pueden necesitar ayuda. También aparecen los desacuerdos sobre cómo cuidar, hasta dónde intervenir y qué significa respetar la voluntad de una persona que empieza a perder algunas capacidades. Son conversaciones difíciles, precisamente porque el afecto no siempre nos enseña qué hacer. A veces queremos proteger a alguien y terminamos restringiendo su libertad, o insistimos en conservar una imagen de esa persona que ya no corresponde con su realidad. En la película, esas tensiones no necesitan convertirse en grandes conflictos para revelar su importancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Joyce introduce el humor, y ese detalle cambia la naturaleza de la experiencia. Las hermanas se ríen, se contradicen, se observan y encuentran motivos para bromear en medio de conversaciones que podrían resultar demasiado dolorosas si fueran tratadas con solemnidad. La risa no niega el miedo ni convierte la pérdida en algo trivial; simplemente recuerda que la vida no deja de producir situaciones absurdas cuando empezamos a pensar en su final. Quizá una de las formas más sensatas de acercarse a la muerte sea aceptar que no todo lo que la rodea tiene que estar envuelto en gravedad, que podemos sentir angustia y reírnos en una misma tarde, que la conciencia de nuestra fragilidad no nos obliga a renunciar a la alegría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al salir de la Cinemateca pensé en esa costumbre que tenemos de aplazar ciertas conversaciones, como si hablar de la vejez pudiera acercarla o como si evitar la palabra muerte nos concediera alguna ventaja sobre ella. Nos preparamos para estudiar, trabajar, producir, viajar, formar una familia y construir una carrera, pero pocas veces nos preguntamos qué clase de vida queremos tener cuando todo eso empiece a cambiar, qué vínculos habremos cultivado para entonces o qué haremos con el tiempo cuando ya no esté organizado alrededor de nuestras obligaciones. Vivimos como si la vejez fuera una estación a la que llegarán otros, aunque cada día nos acerque un poco más a ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La película de Joyce tampoco ofrece una respuesta sencilla a la pregunta de cómo deberíamos vivir esos años. Sería injusto pedirle que lo hiciera, porque cada experiencia tiene sus propias dificultades y porque no existe una fórmula capaz de reconciliar a todo el mundo con la pérdida, el dolor o la incertidumbre. Lo que propone es algo más modesto y, por eso mismo, más profundo: mirar, hablar, escuchar, reconocer las diferencias y aceptar que la vida puede conservar su riqueza incluso cuando deja de parecerse a la que imaginábamos. No se trata de romantizar la vejez, ni de convertirla en una etapa necesariamente sabia o feliz, sino de reconocer que sigue siendo vida, con sus conflictos, sus descubrimientos, sus alegrías y sus posibilidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me alegra haber acompañado a Joyce en la conversación sobre su película. A veces uno acepta una invitación pensando que va a hablar de cine y termina hablando de asuntos para los que nunca encuentra el momento adecuado en la vida cotidiana. Esa noche, en la Cinemateca, la película nos llevó a conversar sobre el tiempo, la familia, las pérdidas y la posibilidad de seguir encontrando sentido en medio de la incertidumbre. Joyce, que durante décadas ayudó a contar las historias de otros, había encontrado en su propia experiencia una forma de acercarse a una pregunta universal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El título de esta reflexión podría ser, precisamente, la tragedia feliz de estar vivos. La tragedia consiste en que todo aquello que amamos está sometido al tiempo, en que ninguna forma de amor puede garantizar la permanencia de quien lo recibe y en que incluso las vidas más plenas terminan enfrentándose a la despedida. La felicidad no consiste en negar esa realidad, ni en fingir que la muerte nos resulta indiferente, sino en descubrir que la conciencia de nuestro final no anula el valor de lo vivido. A veces, por el contrario, nos permite reconocerlo con una claridad que antes no teníamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué curioso, entonces, salir de una película sobre la muerte con una sensación de gratitud por la vida. No porque el miedo haya desaparecido, ni porque las preguntas hayan encontrado respuesta, sino porque durante un par de horas hemos podido mirarlas de frente, acompañados por tres hermanas que, desde sus diferencias, nos recuerdan que todavía hay mucho por conversar. Y que mientras podamos hacerlo, mientras haya alguien a quien escuchar, una historia que contar, una imagen que rescatar del olvido o una razón para reírnos de nosotros mismos, la vida seguirá ofreciéndonos algo que no habíamos terminado de descubrir.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" height="1024" width="722" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-134187" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg 1128w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=212,300 212w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=768,1089 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=722,1024 722w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=1083,1536 1083w" sizes="(max-width: 722px) 100vw, 722px" /></figure>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Fri, 16 Oct 2026 23:22:57 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La tragedia feliz de Joyce Ventura]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <title>Cali tiene que renacer de sus escombros</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/tendencias-y-oportunidades/cali-tiene-que-renacer-de-sus-escombros/</link>
        <description><![CDATA[<p>Un estudio de Invest Pacific y BID Invest analiza la viabilidad de construir una planta de aprovechamientos de escombros en la capital del Valle del Cauca.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>El 10 de agosto es un día que los caleños no vamos a olvidar:</strong> 154 personas perdieron la vida, 1.517 resultaron heridas y más de 3.000 familias vieron cómo sus hogares se venían al piso. Semanas después, mientras la ciudad sigue haciendo el duelo, empieza otra etapa, la de la reconstrucción.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La Alcaldía no ha parado de recoger escombros y ya van más de 130.000 toneladas.</strong> Ahora, el siguiente paso es decidir qué hacer con ellos y con las más de 500.000 toneladas que dejará la demolición de 16 edificios. Esos escombros no deben verse exclusivamente como algo que hay que retirar, sino como el primer insumo para la reconstrucción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para dimensionar lo ocurrido basta saber que Cali genera cerca de 766.000 toneladas de residuos de construcción y demolición (RCD) al año. Es decir, <strong>en pocas semanas, la ciudad tendrá que manejar casi el mismo volumen de lo que produce en un año</strong> (esto sin contar los residuos que la construcción sigue generando normalmente). Y lo hará en una región donde la construcción —especialmente la de vivienda—, es uno de los pilares de la economía: representa el 2,5 % del PIB departamental y genera alrededor de 144.000 empleos.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" height="683" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Escombros-blog.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-134156" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Escombros-blog.jpg 1440w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Escombros-blog.jpg?resize=300,200 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Escombros-blog.jpg?resize=768,512 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/Escombros-blog.jpg?resize=1024,683 1024w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><figcaption class="wp-element-caption">Crédito: Stock Photos.</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">El manejo de estos residuos no es un problema nuevo para la ciudad, pero sí se incrementó con el terremoto. De hecho, <strong>este fenómeno lo veníamos monitoreando desde Invest Pacific.</strong> En 2024 creamos <a href="https://www.investpacific.org/es/valle-verde">Valle Verde</a>, una narrativa que posiciona la sostenibilidad como el principal diferencial del Valle del Cauca para atraer empresas internacionales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dentro de su eje de economía circular, tras revisar los datos disponibles y conversar con actores del territorio, priorizamos el aprovechamiento de los RCD: un tema con una brecha importante, pero también con un gran potencial. <strong>Se estima que apenas alrededor del 15 % de estos residuos se aprovecha y que el 85 % restante va a disposición final</strong> (importante señalar que una cantidad importante termina en escombreras ilegales).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Resolver esta situación requiere más que retirar escombros, <strong>se necesita capacidad para procesarlos y convertirlos en agregados reciclados, bases para vías o prefabricados,</strong> que es lo que hace una planta de aprovechamiento: recibir los residuos, clasificarlos, triturarlos y cribarlos para devolverlos al ciclo productivo, es decir, a nuevas construcciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Pero también es necesario que ese material tenga quién lo compre,</strong> que la obra pública y la propia reconstrucción lo incorporen y, además, que se cumplan las metas de aprovechamiento que ya fija la Resolución 1257 de 2021. Ahí hay un espacio claro para la inversión privada. Diferentes actores ya están pensando en esto. Por ejemplo, la Alcaldía de Cali, desde la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos, viene estructurando una alianza público-privada (APP) para una planta de aprovechamiento de RCD. Además, <strong>hacia 2030 algunas construcciones deberán aprovechar hasta el 75 % de sus RCD.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Sabemos que es un reto enorme, pero si algo hemos demostrado los caleños es que sabemos levantarnos. Lo hicimos después de la explosión de 1956 —que devastó buena parte de, en ese entonces, pequeña ciudad— y que apenas 15 años después albergó los Juegos Panamericanos. Desde Invest Pacific queremos sumarnos a ese esfuerzo para que esta vez la ciudad no solo se reconstruya, sino que lo haga de forma más sostenible. Por eso, <strong>con financiación de BID Invest, realizamos un estudio para mostrar la viabilidad de construir una planta de aprovechamiento de escombros en la ciudad,</strong> cuyos resultados se presentarán el 21 de octubre.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El estudio dimensiona cuántos escombros se generan y a dónde van, revisa experiencias de plantas en Colombia y en otros países,</strong> define qué productos puede ofrecer una planta como esta y cuánto costaría construirla y operarla. Identifica también el marco normativo que obliga a aprovechar los residuos y los posibles compradores del material reciclado. Con esa información, esperamos atraer inversión para estas plantas y conectar a quienes deben usar ese material en las obras de la región. </p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Invitados a conectarse a la presentación de este estudio, el próximo miércoles 21 de octubre a partir de las 8:30 a.m.,</strong> en el siguiente link:</p>



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</div></figure>



<h6 class="wp-block-heading">Por: <a href="https://www.linkedin.com/in/andr%C3%A9s-felipe-granada-ortega/?isSelfProfile=false">Andrés Felipe Granada</a>, Analista de Inteligencia de Mercados en Invest Pacific.</h6>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Invest Pacific</author>
                    <category>Inversión: Tendencias y Oportunidades</category>
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        <pubDate>Thu, 15 Oct 2026 20:00:04 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Invest Pacific</media:credit>
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        <title>Piero, sentado a la mesa de todos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/piero-sentado-a-la-mesa-de-todos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una canción puede convertir a un desconocido en parte de la familia. Piero lo descubrió a los 24 años, cuando escribió «Mi viejo», sin imaginar que aquella conversación entre amigos terminaría acompañando la vida de millones de personas. Cuando nos sentamos a conversar, mate de por medio, Piero acababa de cumplir 73 años. Mientras hablábamos, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em>Una canción puede convertir a un desconocido en parte de la familia. Piero lo descubrió a los 24 años, cuando escribió «Mi viejo», sin imaginar que aquella conversación entre amigos terminaría acompañando la vida de millones de personas. Cuando nos sentamos a conversar, mate de por medio, Piero acababa de cumplir 73 años. Mientras hablábamos, tuve la impresión de que aquella canción había hecho algo extraordinario con su vida: le había permitido entrar en la intimidad de los demás sin tener que pedir permiso.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay canciones que uno no recuerda cuándo escuchó por primera vez porque, de algún modo, siempre han estado ahí. Suenan en una reunión familiar, en la radio de un taxi, en la voz de alguien que no sabe cantar pero se atreve a hacerlo cuando llega el estribillo, y de pronto dejan de pertenecer al hombre que las escribió para convertirse en una pequeña propiedad sentimental de millones de desconocidos. «Mi viejo», la canción que Piero compuso cuando tenía apenas 24 años, es una de ellas. Uno podría haber crecido en Bogotá, Buenos Aires, Lima o un pueblo perdido entre las montañas, podría haber tenido una relación dulce o difícil con su padre, podría incluso haberlo perdido demasiado pronto, pero basta escuchar sus primeros acordes para que aparezca algo parecido a un recuerdo, una presencia, una conversación pendiente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora recuerdo esa conversación. Habíamos preparado mate, como quien dispone las cosas necesarias para que una charla entre amigos transcurra sin demasiadas ceremonias, y mientras hablábamos tuve la impresión de que aquella canción había hecho algo extraordinario con su vida: le había permitido entrar en la intimidad de los demás sin tener que pedir permiso. Él mismo lo explicaba con una sencillez que parecía contener toda una filosofía: «Mi viejo» le había permitido ser el tío de unos, el primo de otros, alguien que no estaba únicamente entre los fanáticos, sino también en las fotografías familiares, en los recuerdos de infancia, en esa zona de la existencia donde las personas dejan de ser figuras públicas y se convierten en parte de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso Piero podía hablar de una canción universal sin atribuirse del todo el mérito de haberla escrito. Cuando le pregunté cómo había nacido, no ofreció una teoría sobre la inspiración ni una explicación solemne sobre el poder de la música. Contó que se reunía todos los días con su amigo y compañero José, desde el mediodía hasta las ocho de la noche, en una casa cuya mujer salía a trabajar durante esas horas. Componían, probaban, buscaban canciones para completar un disco, y de aquellas jornadas surgieron títulos como «Juan Boliche» y «Pedro Nadie». Un día, hablando de las cosas que podían hacer, se les ocurrió que debían escribir algo para el viejo, un homenaje, una forma de agradecerle a ese hombre que había estado ahí, sosteniendo la vida de otros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante unos diez días hablaron de ello sin tomar la guitarra ni buscar lápiz y papel. La canción estuvo primero en la conversación, en ese territorio todavía informe donde las cosas existen sin que nadie sepa muy bien cómo darles un cuerpo. Hasta que una mañana, según recordó Piero, se sentaron y, diez minutos después, ya había salido. El problema era que el padre de José había muerto y el suyo todavía no era un viejo: tenía apenas 48 años. Pero Piero quería cantársela. Llegó a su casa, lo encontró solo, cerró la puerta, lo sentó en el living y le dijo que escuchara aquella canción nueva.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe loading="lazy" title="PIERO con Diego Aretz" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/u36eV_KYG0g?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
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<p class="wp-block-paragraph">Entonces ocurrió algo que el tiempo no había borrado de su memoria. Piero comenzó a cantar y, cuando levantó la mirada del papel, encontró a su padre llorando. Él también empezó a llorar, no podía continuar, se ahogaba con las palabras, y la canción avanzó entre lágrimas hasta llegar al final. Después vino un silencio que debió de parecer interminable. Su padre se limpió los anteojos, se los puso de nuevo, miró a su hijo y, todavía conmovido, encontró la manera de responderle: «No a quien camina lento, la puta que te parió». Piero lo contaba riéndose, con esa alegría de quien comprende que la emoción más profunda no necesita solemnidad para ser verdadera. El viejo había recibido el homenaje, pero seguía siendo él mismo, incapaz de abandonar el humor ni siquiera ante una canción que acababa de desarmarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa historia contiene algo de lo que Piero ha sido durante décadas: un hombre que se acerca a las emociones sin demasiados protocolos, que puede hablar de asuntos graves y terminar riéndose de sí mismo, que parece desconfiar de las explicaciones demasiado perfectas. A sus 73 años, la memoria no se le presentaba como un museo de acontecimientos ordenados, sino como una conversación abierta, llena de desvíos, personajes inesperados y episodios que todavía conservaban el asombro de la primera vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su vida, de hecho, comenzó a torcerse por una equivocación. En su infancia, en Río Negro, al sur de Argentina, un amigo le contó que se iría al seminario. Piero escuchó que después de dos años en Viedma podría viajar a Buenos Aires y, fascinado por la posibilidad de conocer la gran ciudad, decidió acompañarlo. Fue a hablar con el cura, convenció a su padre y el lunes siguiente ya estaba instalado entre decenas de muchachos de toda la Patagonia. Durante la bienvenida, el rector habló de lo que ocurriría el día en que todos fueran sacerdotes. Fue entonces cuando Piero entendió que no había ingresado en un colegio cualquiera, sino en una institución destinada a formar curas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se acercó al rector para explicarle que había un error gravísimo. El hombre se echó a reír: había conocido ingenieros, abogados, profesionales y padres de familia que habían sentido una vocación religiosa, pero nunca a alguien que hubiera llegado por equivocación. Lo curioso es que Piero se quedó. Pasó dos años en el seminario y encontró allí algo que no había ido a buscar, una experiencia que lo acercó a personas y preguntas que seguirían acompañándolo mucho después de abandonar aquella ruta. Entre ellas estaban los sacerdotes del movimiento de curas del Tercer Mundo, a quienes recordaba con admiración por su coherencia, su conciencia social y su manera de vivir las convicciones. Nombraba al padre Carlos Mugica y a otros sacerdotes que, para él, habían encarnado una forma de compromiso que iba más allá de las palabras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La religión, en Piero, nunca terminó de convertirse en una frontera. Su búsqueda espiritual lo llevó también hacia Oriente, hacia la India y hacia Indra Devi, la maestra de yoga a quien llamaba Mataji y que murió a los 103 años. Durante años viajaron juntos a Egipto, la India y Sri Lanka, visitando lugares que para él tenían algo de revelación y algo de aventura. La recordaba como una mujer extraordinaria, capaz de hablar doce idiomas, cercana a figuras como Gandhi, Krishnamurti y Tagore, pero sobre todo como una presencia coherente, alguien cuya manera de vivir parecía prolongar sus ideas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ella conservaba historias que contaba con la misma naturalidad con que hablaba de sus canciones. Una vez, una mujer que decía interpretar vidas pasadas le aseguró que él había sido escriba en el antiguo Egipto y que Indra Devi había sido su hija, una hija que no quería seguir el camino que su padre le imponía. Días después, en otro lugar y ante otra mujer que no conocía la primera historia, escuchó exactamente el mismo relato. Piero recordaba el escalofrío, la coincidencia y, sobre todo, la risa con que él y Mataji terminaron jugando a llamarse papá e hija. Cuando la segunda mujer le anunció que debía viajar a Egipto, él intentó explicar que tenía una gira de unos cuarenta conciertos. La respuesta fue terminante: a ella no le importaba su agenda, porque allí decía que se iba a Egipto. Poco después, una inundación obligó a cancelar la gira y Piero terminó viajando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hace falta compartir sus creencias para entender lo que encontraba en esas historias. Piero parecía interesado menos en demostrar una verdad que en conservar la capacidad de asombro, en admitir que hay episodios cuya explicación no termina de agotarse cuando uno los cuenta. Cuando le pregunté si creía en Dios, respondió que sí, aunque no necesariamente de una forma determinada, que creía en la energía y se sentía acompañado por ella. No hablaba como un hombre empeñado en convencer a los demás, sino como alguien que había aprendido a convivir con sus preguntas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La política fue otra de esas preguntas que nunca abandonó. Piero conoció presidentes, se relacionó con dirigentes y participó en iniciativas sociales, pero mantuvo una distancia deliberada frente a los partidos. La política, decía, era una herramienta hermosa; el problema comenzaba cuando alguien intentaba ejecutarla. Su independencia no significaba indiferencia. Más bien parecía una forma de preservar la posibilidad de acercarse a las personas sin quedar atrapado en una obediencia partidista, de respaldar aquello que le parecía valioso y tomar distancia de lo que no.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia, esa disposición encontró un lugar particularmente importante. Piero hablaba de su colombianidad con una emoción que no parecía ensayada. Había recorrido buena parte de América Latina y, sin embargo, con Colombia había experimentado una especie de amor a primera vista, un regalo inesperado que lo llevó a sentirse parte de un país que terminó incorporando a su propia historia. Su vínculo no se limitó a los escenarios ni al afecto del público. También lo llevó a involucrarse en iniciativas de paz, a visitar cárceles y a conversar con personas que, en medio de la guerra, buscaban una salida negociada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recordó especialmente una visita a la cárcel de Bellavista, donde habló con integrantes del ELN. Venía de conversar con el presidente Juan Manuel Santos y, al encontrarse frente a aquellos hombres, terminó preguntándoles por qué querían sentarse a una mesa de negociación sin decirlo con claridad. La respuesta lo hizo detenerse: eran, según le explicaron, muy malos comunicadores. Piero encontró allí una lección que parecía sencilla, pero que en un país acostumbrado a desconfiar de las palabras tenía una importancia particular. Si querían negociar la paz, debían comunicarlo, decirle a la sociedad que estaban dispuestos a dejar las armas y a buscar una salida distinta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La anécdota no lo convertía en un negociador ni pretendía resolver las complejidades de una guerra de décadas. Lo mostraba, más bien, en el lugar que había escogido ocupar: el de quien se acerca, pregunta, escucha e intenta encontrar una posibilidad de entendimiento donde otros ven únicamente posiciones irreconciliables. Cuando le pregunté por qué había sido tan difícil alcanzar la paz en Colombia, no ofreció una respuesta definitiva. Dijo que se lo preguntaba casi todos los días, y habló de la contradicción que le producía ver a un pueblo tan creativo, cálido e inteligente perder la vida en la violencia. Su desconcierto era también una forma de esperanza, porque seguía creyendo que aquel desperdicio de vidas no podía ser el destino inevitable de un país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En su historia había, además, una experiencia que ayudaba a entender su sensibilidad frente al desarraigo. Piero había sido expulsado de Argentina durante los años de la represión y enviado al exilio en España. Recordaba el momento en que las autoridades le ordenaron salir en el primer avión disponible, que iba hacia Tokio. Él intentó negociar otro destino, pidió ayuda a los periodistas que estaban allí y finalmente consiguió que lo enviaran a Lima. Lo acompañaron hasta su asiento con una ametralladora, mientras los pasajeros franceses observaban sin entender quién era aquel hombre al que sacaban de su país de semejante manera. Lo contaba sin convertir su propia vida en una epopeya, consciente de que eran otros tiempos y de que muchas cosas sucedieron sin que él las hubiera buscado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esa conversación apareció también su hijo, al que dejó de once meses cuando se marchó al exilio y volvió a ver dos años después. Piero recordó las noches en que le contaba cuentos y se quedaba dormido antes que él, las mañanas en que lavaba pañales, las pequeñas tareas de una paternidad que había tenido que aprender mientras intentaba reconstruir su vida. Cuando hablaba de las mujeres, lo hacía desde esa experiencia concreta, sin teorías demasiado elaboradas, con la admiración de quien había descubierto cuánto trabajo cotidiano recae sobre ellas y cuánto de lo que sostiene una familia ocurre sin reconocimiento. Era un hombre que había pasado buena parte de su vida viajando, cantando y entrando en escenarios, pero que también había conocido la intimidad menos espectacular de cuidar a un hijo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, quizá lo que más me llamó la atención de Piero fue su manera de aceptar que la vida no siempre se deja organizar alrededor de un plan. Había entrado al seminario buscando Buenos Aires, había terminado convertido en uno de los cantautores más reconocibles de América Latina, había encontrado una segunda patria al otro lado de la frontera, había viajado por el mundo siguiendo intuiciones que no siempre podía explicar y había escrito una canción cuyo alcance seguía sorprendiéndolo décadas después. En todos esos episodios parecía haber una misma disposición: dejarse conducir por la experiencia sin renunciar a la posibilidad de intervenir en ella, acercarse a los demás sin pretender poseer sus historias, entender que una convicción puede ser profunda sin convertirse en dogma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Piero no necesitaba proclamarse humanista para que la palabra apareciera en la conversación. Estaba en su manera de hablar de su padre, en el respeto con que recordaba a sus maestros, en su incomodidad ante la guerra, en la curiosidad con que se acercaba a las creencias ajenas y en esa voluntad de mantenerse independiente incluso cuando la política lo invitaba a tomar partido. También estaba en su humor, en su capacidad de contar una experiencia extraordinaria sin pedirle al interlocutor que la considerara extraordinaria, como si la vida tuviera derecho a conservar una zona de misterio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo hermoso en que un hombre pueda pasar tantos años cantando una canción sobre un padre y descubrir que, con el tiempo, él mismo se ha convertido en una figura familiar para personas que nunca ha conocido. No es poca cosa entrar en la memoria de los otros, acompañarlos en la ausencia, prestarles una voz cuando no encuentran las palabras o recordarles, durante unos minutos, a alguien que ya no está. Quizá ese sea uno de los destinos más generosos de la música popular: hacer que la intimidad de una persona se vuelva compartida sin dejar de ser íntima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando nos despedimos, seguía presente aquella imagen inicial, la mesa, el mate, la conversación que avanzaba de una canción a la espiritualidad, del exilio a Colombia, de la política a las pequeñas tareas de la vida familiar. Piero había llegado a los 73 años sin haber perdido del todo la capacidad de sorprenderse por lo que le había ocurrido. Y mientras millones de personas seguían escuchando «Mi viejo» como si la canción hubiera sido escrita para cada una de ellas, él todavía podía contar cómo nació, cómo lloró al cantársela a su padre y cómo aquel hombre, después de secarse las lágrimas, encontró fuerzas para insultarlo cariñosamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá celebrar la vida de Piero sea recordar precisamente eso: que detrás de una canción que parece pertenecerle a todo el mundo hay un hombre de carne y hueso, con sus errores, sus viajes, sus preguntas, sus afectos y sus contradicciones, alguien que no necesitó tener todas las respuestas para seguir andando. Y que, sin proponérselo demasiado, terminó sentado a la mesa de todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133867</guid>
        <pubDate>Fri, 09 Oct 2026 14:07:37 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Piero, sentado a la mesa de todos]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <item>
        <title>Un encuentro para apaciguar el mundo. Jornadas internaciones sobre la filósofa Simone Weil: contra la violencia, atención, belleza y  bien.</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/filosofia-y-coyuntura-2/se-vienen-las-jornadas-internaciones-sobre-la-filosofa-simone-weil-contra-la-violencia-atencion-belleza-y-bien/</link>
        <description><![CDATA[<p>La filósofa Emilse Galvis, profesora de la Pontificia Universidad Javeriana, y el escritor y filósofo Juan Manuel Ruiz Jiménez, profesor de la Universidad del Norte, conversaron con Damián Pachón, filósofo y bloguero de El Espectador, sobre el Coloquio Internacional Simone Weil, contra la violencia. Atención, belleza, bien que se realizará el 01 y 02 de Octubre de 2026 en la Universidad del Norte de Barranquilla.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>“Escuchar a alguien es ponerse en su lugar mientras habla.</em></strong></p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em><strong>Es una atención intensa, pura, desinteresada, gratuita, generosa.</strong></em></p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><em><strong>Esa intención es amor”</strong></em></p>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong>Simone Weil</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La filósofa Emilse Galvis, profesora de la Pontificia Universidad Javeriana, y el escritor y filósofo Juan Manuel Ruiz Jiménez, profesor de la Universidad del Norte, conversaron con Damián Pachón, columnista de El Espectador, sobre el Coloquio Internacional <em>Simone Weil, contra la violencia. Atención, belleza, bien</em> que se realizará el 01 y 02 de Octubre de 2026 en la Universidad del Norte de Barranquilla. Este evento hace parte de la Cátedra Europa, en su edición 29, que tendrá a Austria como país invitado en un encuentro de conocimiento, cultura y diálogo entre Europa y América Latina.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Cómo surgió la iniciativa de hacer un Coloquio Internacional sobre el pensamiento de Simone Weil por primera vez en Colombia?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En realidad sí es la primera vez que en Colombia se hace un encuentro sobre la obra y la actualidad del pensamiento de Simone Weil que logra congregar especialistas, editores y expertos en su obra de Francia, España, Chile, México y Colombia, afirma Juan Manuel Ruiz. Entre los invitados se encuentran Robert Chenavier, Presidente de la&nbsp; «Asociación para el estudio del pensamiento de Simone Weil» en Francia y editor de las obras completas de Simone Weil en Gallimard, Alejandro del Río Hermann, Editor en Trotta, la reconocida editorial de las obras de Simone Weil, Rosa Rius Gatell, Emilia Bea y Carmen Revilla, reconocidas especialistas en la obra de Simone Weil en España y con una amplia trayectoria sobre la lectura de distintas mujeres filósofas, Pau Mathieu, Mariano del Cueto y Alejandra Novoa que han estudiado rigurosamente a la autora y Emilse Galvis y yo que llevamos muchos años trabajando el pensamiento de Simone Weil en Colombia. Nos reunimos desde Junio del año 2025 a pensar en este encuentro y hemos logrado congregar a un público importante interesado en este tema.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="1024" width="819" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-30-at-9.57.19-AM.jpeg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133690" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-30-at-9.57.19-AM.jpeg 1080w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-30-at-9.57.19-AM.jpeg?resize=240,300 240w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-30-at-9.57.19-AM.jpeg?resize=768,960 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/WhatsApp-Image-2026-09-30-at-9.57.19-AM.jpeg?resize=819,1024 819w" sizes="auto, (max-width: 819px) 100vw, 819px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Por qué consideran que el legado de una filósofa, mística y activista política como Simone Weil resulta tan pertinente para nuestro presente?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Simone Weil es considerada una de las filósofas más importantes del siglo XX. Sus análisis de la opresión, la guerra, la violencia, la desgracia y el desarraigo, señala Emilse Galvis, son muy pertinentes para pensar el presente. Sin embargo, lo que resulta más lúcido de su pensamiento es que, en medio de estas condiciones, ella logra advertir formas de atención, amor, belleza y bien. En una de sus obras más bellas titulada <em>La Ilíada o el poema de la fuerza</em> afirma que “la fuerza es lo que hace de quienquiera que le esté sometido una cosa. Cuando se ejerce hasta el extremo (…) hace de él un cadáver”. Esa fuerza de la violencia que cosifica a los sujetos y ese modo de vivir siempre expuesto a la muerte se reproduce de distintas maneras hoy en medio del avance del fascismo y del ejercicio voraz del capitalismo contemporáneo. Por todo esto consideramos que el pensamiento de Simone Weil resulta tan vigente y pertinente para el presente.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El Coloquio se llama Simone Weil, contra la violencia. Atención, belleza, bien. ¿Pueden explicarnos un poco por qué contra la violencia y también por qué consideran que puede dejar muchas reflexiones para Colombia?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia, afirma Emilse Galvis, lleva más de 70 años viviendo un conflicto armado que parece no detenerse como en un ciclo repetitivo e infernal que ya Gabriel García Márquez advertía en Cien años de soledad. El número de víctimas, personas desaparecidas, líderes sociales asesinados, desplazamientos y masacres hacen de Colombia un territorio fuertemente atravesado por muchas de las reflexiones que Simone Weil hizo desde un momento histórico particular. Simone Weil nace en 1909 en Francia en un periodo entre guerras en Europa, vive la guerra civil española, el ascenso del Nazismo y la opresión social. Su pensamiento arroja luces sobre nuestro presente de distintas maneras no solamente para insistir en una comprensión profunda de las causas históricas que están a la base de las condiciones de violencia que vivimos, sino también de aquello que surge en medio de la violencia que en Colombia se traduce en las formas de comunidad, lucha, resistencia y espiritualidad que las víctimas crean en contra de la guerra, la injusticia, la desigualdad y el miedo. Atención, belleza y bien son también manifestaciones del amor más puro que surge en madres, abuelos, hermanos, hijos y miles de familias y comunidades que han sido víctimas de la violencia en Colombia. Así pues, este coloquio internacional es completamente pertinente, necesario y urgente en un país como Colombia y en América Latina. La filosofía de Simone Weil se convierte así en una invitación a indagar, desde una mirada crítica y profunda, por aquello que consideramos es un nuestro presente, sus causas y sus posibilidades de acción.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Tras estudiar la obra de Weil han podido encontrar una fuente de respuesta a esos problemas de la violencia?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Justamente, destaca Juan Manuel Ruiz, es ese el punto de consenso al que llegamos en el comité científico al imaginar este encuentro internacional. Simone Weil abre vías de comprensión sobre aspectos cruciales que comparten los conflictos y formas de violencia humanas, sea cual sea su momento histórico y sus especificidades sociales. Ella entendió que el camino fácil es la opresión, la violencia y el uso de la fuerza. Pero, asimismo, descubrió que en el ser humano hay un margen de maniobra para pacificar la sociedad y contrarrestar los excesos en las relaciones de poder. Muchas de sus obras como <em>Echar Raíces</em>, <em>Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión Social, La condición obrera, A la espera de Dios,</em> entre otros, deberían ser textos de referencia para todo aquel que quiera pensar seriamente la paz en el mundo contemporáneo.&nbsp;&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
        <author>Damian Pachon Soto</author>
                    <category>Filosofía y coyuntura</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133689</guid>
        <pubDate>Wed, 30 Sep 2026 16:21:11 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Damian Pachon Soto</media:credit>
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        <item>
        <title>¿Colegios, con o sin celular?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/rompamos-el-silencio-un-llamado-desde-las-aulas-contra-el-bullying/colegios-con-o-sin-celular/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cómo acompañar a nuestros hijos en un mundo hiperconectado. ¿A qué edad debería tener un niño su primer celular? ¿Cuánto tiempo frente a una pantalla es demasiado? ¿Estamos protegiéndolos o dejándolos por fuera de un mundo que ya es digital? Para muchas familias, estas preguntas hacen parte de la crianza cotidiana. El celular puede ser [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em>Cómo acompañar a nuestros hijos en un mundo hiperconectado</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿A qué edad debería tener un niño su primer celular? ¿Cuánto tiempo frente a una pantalla es demasiado? ¿Estamos protegiéndolos o dejándolos por fuera de un mundo que ya es digital?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para muchas familias, estas preguntas hacen parte de la crianza cotidiana. El celular puede ser una herramienta para comunicarse, aprender y relacionarse, pero también puede convertirse en una fuente de distracción, afectar el sueño o exponer a niños y adolescentes a contenidos y situaciones para los que todavía no están preparados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, más que preguntarnos únicamente “¿mi hijo debería tener celular?”, vale la pena preguntarnos: “¿está preparado para usarlo y estamos preparados para acompañarlo?”</p>



<h2 class="wp-block-heading">La tecnología no es el problema</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Cada nueva tecnología ha cambiado nuestra forma de vivir y, con ella, hemos tenido que aprender a usarla: pasó con la escritura, la televisión, internet y ahora con los celulares. La diferencia es que nunca una herramienta había estado tan presente en la vida de los niños como el smartphone.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, más que preguntarnos si el celular es “bueno” o “malo”, el verdadero reto está en enseñar a nuestros hijos a usar la tecnología de manera responsable, segura y equilibrada. Hoy, familias y colegios tenemos la oportunidad de acompañarlos, crear hábitos saludables y ayudarles a aprovechar los beneficios de la tecnología sin dejar que esta marque el ritmo de su infancia.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>¿Qué nos dicen los datos sobre atención y aprendizaje?</strong></h3>



<p class="wp-block-paragraph">Los resultados de PISA 2025 vuelven a poner sobre la mesa una habilidad fundamental para aprender: la capacidad de concentrarnos. En Colombia, los estudiantes de 15 años obtuvieron 399 puntos en lectura y 381 en matemáticas, frente a promedios de la OCDE de 461 y 472, respectivamente. Además, el desempeño en lectura de Colombia disminuyó 9 puntos entre 2022 y 2025.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto no significa que el celular sea el culpable de los resultados educativos, porque la realidad es mucho más compleja. Pero sí nos invita a preguntarnos qué lugar ocupan los dispositivos digitales en la vida escolar y cómo podemos proteger momentos esenciales para leer, pensar, conversar, resolver problemas y aprender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La propia Academia Americana de Pediatría (AAP) señala que los estudiantes necesitan tiempos de aprendizaje libres de distracciones digitales y que las políticas escolares bien implementadas pueden ayudar a reducir esas interrupciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la tecnología puede potenciar el aprendizaje cuando tiene un propósito. Pero aprender también necesita algo que ninguna pantalla puede reemplazar: atención sostenida, interacción humana y tiempo para pensar.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>La mente también necesita aprender a desconectarse</strong></h3>



<p class="wp-block-paragraph">El filósofo Byung-Chul Han plantea que vivimos en una sociedad marcada por la exigencia constante: estar disponibles, producir, responder y rendir. El celular lleva buena parte de esa lógica al bolsillo de niños y adolescentes: notificaciones, mensajes, redes sociales y contenidos que hacen difícil encontrar un verdadero “hasta aquí”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A esta mirada se suma la reflexión de Bernard Stiegler sobre la atención y las tecnologías. Cuando determinadas herramientas están diseñadas para captar nuestra atención de manera permanente, el desafío deja de ser únicamente evitar la distracción y pasa a ser aprender a recuperar nuestra capacidad de concentrarnos, profundizar y elegir dónde ponemos nuestra atención.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí aparece una pregunta esencial para las familias y los colegios: <em>¿cómo enseñamos a nuestros hijos a utilizar una herramienta sin permitir que la herramienta termine utilizándolos a ellos?</em></p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Estar conectados también significa aprender a convivir</strong></h3>



<p class="wp-block-paragraph">Hablar del celular en el colegio no es hablar únicamente de rendimiento académico. También es hablar de convivencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La empatía se construye en gran medida a través de las relaciones con otros: una conversación, una mirada, un gesto, un desacuerdo, la posibilidad de escuchar y comprender una perspectiva diferente. Es en esos encuentros donde niños y adolescentes desarrollan herramientas para relacionarse, resolver conflictos y reconocer cómo sus acciones pueden afectar a los demás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, crear momentos libres de celulares dentro del colegio no significa darle la espalda a la tecnología. Significa proteger espacios para hacer amigos, conversar, jugar, resolver diferencias, pedir ayuda y construir comunidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque estar conectados no siempre significa estar cerca. Y una educación verdaderamente integral también enseña a nuestros hijos a reconocer cuándo una pantalla los conecta y cuándo empieza a alejarlos de los demás.</p>



<h2 class="wp-block-heading">3 claves para construir una relación saludable con el celular en familia</h2>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>1. Establezcan momentos y espacios sin pantallas</strong></h3>



<p class="wp-block-paragraph">Una de las mejores herramientas para crear hábitos saludables son las reglas claras y consistentes:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Nada de celulares durante las comidas.</li>



<li>El celular no duerme en la habitación.</li>



<li>Evitar pantallas durante la hora previa a dormir.</li>



<li>Definir momentos específicos para entretenimiento digital.</li>



<li>Mantener los dispositivos fuera del momento de estudio cuando no sean necesarios.</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">La AAP recomienda priorizar el sueño, la actividad física, la lectura, las relaciones familiares y otras experiencias importantes frente al consumo digital, además de establecer espacios libres de dispositivos.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph"><em>Y hay una regla que vale para todos: los adultos también educamos con el ejemplo.</em></p>
</blockquote>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>2. No solo controlen: conversen</strong></h3>



<p class="wp-block-paragraph">El acompañamiento digital no debería comenzar cuando aparece un problema. Debe comenzar mucho antes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pregúntenles:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>¿Qué ves en internet?</li>



<li>¿Con quién hablas?</li>



<li>¿Qué te preocupa?</li>



<li>¿Qué harías si alguien te incomoda?</li>



<li>¿Qué información nunca deberías compartir?</li>



<li>¿Qué harías si ves que están molestando o excluyendo a alguien?</li>



<li>¿Qué harías si eres tú quien está siendo víctima de una agresión en internet?</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">UNICEF recomienda precisamente mantener conversaciones frecuentes y abiertas sobre las experiencias digitales de niños y adolescentes, promoviendo relaciones digitales respetuosas y seguras.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>3. Asegúrense de que la vida real siga siendo más grande que la pantalla</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Una infancia y una adolescencia saludables necesitan mucho más que conexión a internet: movimiento, juego, deporte, lectura, creatividad, descanso, conversación, amistad y experiencias compartidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La AAP plantea que el uso de medios debe analizarse en función de aquello que puede desplazar: sueño, actividad física, tareas escolares, tiempo familiar y experiencias sociales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, una buena pregunta familiar no es solamente: ¿Cuántas horas estuvo conectado?. También podemos preguntar:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>¿Qué aprendió hoy?</li>



<li>¿Con quién compartió?</li>



<li>¿A quién ayudó?</li>



<li>¿Qué conversación tuvo?</li>



<li>¿Qué hizo hoy que no necesitó una pantalla?</li>
</ul>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p class="wp-block-paragraph"><strong><em>El objetivo no es que nuestros hijos tengan miedo de internet. Es que tengan criterio para navegarlo.</em></strong></p>
</blockquote>



<h2 class="wp-block-heading">Cuando el bullying llega al celular</h2>



<p class="wp-block-paragraph">La hiperconexión también ha cambiado la manera en que puede presentarse el acoso escolar. Una burla, una exclusión, una fotografía compartida sin consentimiento o un mensaje ofensivo pueden salir del salón de clase y continuar en un chat o en una red social.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia, la Ley 1620 reconoce el ciberacoso como una forma de intimidación ejercida mediante tecnologías como internet, redes sociales, telefonía móvil y videojuegos en línea, y establece mecanismos de prevención, detección y atención.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el CBJML entendemos que la prevención del bullying no termina cuando un estudiante sale del salón. También debemos acompañarlo en los espacios digitales donde hoy se relaciona.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso desarrollamos <strong>Rompamos el Silencio</strong>, una estrategia institucional que, junto con la Universidad EAN y El Espectador, busca abrir conversaciones sobre las violencias relacionales, entregar herramientas para identificarlas y fortalecer una cultura en la que pedir ayuda, intervenir y no guardar silencio también hacen parte del cuidado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el bullying puede ocurrir cara a cara o detrás de una pantalla. Lo que no debería cambiar es nuestra respuesta: reconocerlo, hablarlo y actuar.</p>



<h2 class="wp-block-heading">¿Y cómo se hace en los colegios?</h2>



<p class="wp-block-paragraph">En el <strong><a href="https://www.josemaxleon.edu.co" data-type="link" data-id="www.josemaxleon.edu.co">Colegio Bilingüe José Max León</a></strong> entendemos que educar también significa preparar a nuestros estudiantes para desenvolverse de manera responsable en un mundo cada vez más digital. Por eso contamos con normas claras para el uso de dispositivos, pensadas para proteger la concentración, el aprendizaje, la convivencia y el bienestar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De <strong>primero a noveno grado</strong>, los estudiantes no utilizan celulares ni dispositivos digitales personales durante las clases. En cambio, cuentan con los recursos tecnológicos del colegio —como las salas de sistemas, el laboratorio STEAM y la sala de consulta— para incorporar la tecnología cuando realmente aporta a su proceso de aprendizaje.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En <strong>décimo y undécimo</strong>, el escenario cambia porque también cambia la responsabilidad que esperamos de nuestros estudiantes. Pueden utilizar celulares y otros dispositivos personales con autorización del docente, bajo supervisión y con fines académicos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No buscamos formar estudiantes que le tengan miedo a la tecnología. Buscamos formar estudiantes que comprendan que detrás de cada pantalla hay una persona que merece respeto.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Tecnología con propósito, convivencia con sentido</h2>



<p class="wp-block-paragraph">El reto no es escoger entre tecnología o educación. <strong>El verdadero reto es educar para que ambas puedan convivir de manera responsable.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En el CBJML creemos que formar ciudadanos del mundo también significa preparar a nuestros estudiantes para desenvolverse en entornos digitales, sin perder de vista lo que nos hace esencialmente humanos: la empatía, el respeto, el diálogo, la capacidad de cuidar y la valentía para no guardar silencio frente al bullying.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, nuestras decisiones sobre el uso del celular hacen parte de una visión más amplia: proteger el aprendizaje, fortalecer la convivencia y acompañar a cada estudiante para que crezca feliz, seguro y preparado para el mundo que lo espera.</p>



<div class="wp-block-media-text is-stacked-on-mobile"><figure class="wp-block-media-text__media"><img loading="lazy" decoding="async" width="898" height="948" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Logo-Rompamos-el-silencio-01.png" alt="" class="wp-image-133386 size-full" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Logo-Rompamos-el-silencio-01.png 898w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Logo-Rompamos-el-silencio-01.png?resize=284,300 284w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Logo-Rompamos-el-silencio-01.png?resize=768,811 768w" sizes="auto, (max-width: 898px) 100vw, 898px" /></figure><div class="wp-block-media-text__content">
<p class="wp-block-paragraph">En casa y en el colegio tenemos una responsabilidad compartida: acompañar, poner límites, conversar, prevenir el acoso —en cualquiera de sus formas— y educar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque educar en el mundo digital también significa enseñar a poner límites, tomar decisiones, cuidar a los demás y saber cuándo desconectarse.</p>



<p class="has-text-align-center has-medium-font-size wp-block-paragraph"><strong>¡Educación para la vida, también en el mundo digital!</strong></p>
</div></div>
]]></content:encoded>
        <author>Rompamos el silencio</author>
                    <category>Educación</category>
                    <category>Rompamos el Silencio: un llamado desde las aulas contra el bullying</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133380</guid>
        <pubDate>Tue, 22 Sep 2026 15:42:32 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/IMG_8951.jpg?quality=60&amp;#038;w=1200" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[¿Colegios, con o sin celular?]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Rompamos el silencio</media:credit>
            </media:content>
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        <item>
        <title>La encrucijada de Abelardo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/la-encrucijada-de-abelardo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hay una tentación muy grande, casi inevitable, cuando un país cambia de gobierno: explicar el resultado electoral como si una mitad de la sociedad hubiera derrotado definitivamente a la otra. Colombia debería cuidarse de esa tentación. Abelardo de la Espriella ganó las elecciones presidenciales y tiene, por supuesto, la legitimidad democrática para gobernar. Pero convendría [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"></p>



<h1 class="wp-block-heading">Hay una tentación muy grande, casi inevitable, cuando un país cambia de gobierno: explicar el resultado electoral como si una mitad de la sociedad hubiera derrotado definitivamente a la otra. Colombia debería cuidarse de esa tentación.</h1>



<p class="wp-block-paragraph">Abelardo de la Espriella ganó las elecciones presidenciales y tiene, por supuesto, la legitimidad democrática para gobernar. Pero convendría mirar con un poco más de detenimiento qué fue exactamente lo que lo llevó hasta la Casa de Nariño. Porque acaso allí se encuentre también la pregunta más importante de su gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abelardo no llegó al poder solamente por la extrema derecha. Llegó, en buena medida, porque una parte considerable del país estaba cansada. Cansada de la improvisación, de la confrontación permanente, de la sensación de que gobernar consistía muchas veces en producir una nueva controversia antes de haber resuelto la anterior. Cansada también de un gobierno que, en distintos momentos, pareció mirar con desconfianza o desprecio a sectores enteros de la sociedad que no compartían su proyecto político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La elección fue, en ese sentido, algo más complejo que un simple giro ideológico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera vuelta había dejado a Abelardo y a Iván Cepeda separados por poco más de 660.000 votos. En la segunda, la distancia terminó reduciéndose a 251.854. De la Espriella obtuvo 12.960.166 votos y Cepeda 12.708.312. No estamos, por tanto, frente a una revolución electoral de una mayoría aplastante. Estamos frente a un país prácticamente dividido en dos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esa diferencia importa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque una cosa es ganar una elección y otra, bastante más difícil, interpretar un país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez Abelardo debería preguntarse si su triunfo fue exclusivamente el resultado de una adhesión profunda a la derecha que él representa o si también fue consecuencia de una circunstancia histórica mucho más amplia: el cansancio con el gobierno anterior, el rechazo a ciertas formas de ejercer el poder, la preocupación por la seguridad, la economía y el rumbo institucional, y la incapacidad de la izquierda para convocar a los sectores del centro político que necesitaba para convertirse en una mayoría nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Incluso la presencia de José Manuel Restrepo en la fórmula presidencial decía algo que no debería pasar inadvertido. Para muchos votantes, Restrepo representaba una señal de moderación, de experiencia administrativa, de diálogo con sectores empresariales y académicos, y de una derecha que podía conversar con el centro. No era un detalle menor. Era una forma de decirle a un país que había alternativas distintas a la confrontación permanente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso la historia de este gobierno no debería escribirse simplemente como la historia de la llegada de la derecha al poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo más interesante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una casualidad histórica entre Abelardo y la derecha colombiana que todavía está por convertirse en un vínculo profundo. Su triunfo puede ser leído como la convergencia de varias circunstancias, más que como la culminación de un largo proceso de construcción ideológica de una nueva mayoría conservadora. Las elecciones producen esas paradojas: a veces llevan al poder a una persona por razones que exceden ampliamente su propia biografía política.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y allí comienza la verdadera encrucijada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque Abelardo ya no es el candidato que podía representar la indignación de una parte del país. Es el presidente de todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso cambia el lenguaje, cambia la responsabilidad y debería cambiar incluso la idea de victoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un candidato puede vivir de la diferencia. Un presidente necesita construir sobre aquello que comparte la sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta es quizá una de las pruebas más difíciles para un gobernante con una personalidad política tan marcada como la de Abelardo. La misma energía que puede servir para ganar una elección puede convertirse en un obstáculo para gobernar. La confrontación moviliza. El gobierno, en cambio, exige administrar diferencias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y Colombia está llena de diferencias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada decisión de este gobierno será observada por un país especialmente sensible. La izquierda sospechará de la derecha. La derecha exigirá que el gobierno cumpla sus promesas. El centro estará atento a cualquier señal de radicalización. Los empresarios mirarán las reglas del juego. Los trabajadores, los jóvenes, las regiones, las víctimas, los militares, los campesinos y las universidades tendrán sus propias expectativas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay, en este momento, un sector de Colombia que pueda decir que el país le pertenece.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás esa sea precisamente la oportunidad histórica de Abelardo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los grandes estadistas no suelen ser recordados solamente por las batallas que ganaron contra sus adversarios. Son recordados por las fronteras que consiguieron mover. Por la capacidad de hacer que quienes no pensaban como ellos pudieran reconocerse, al menos parcialmente, en una obra común.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia suele ser más generosa con quienes construyen que con quienes simplemente vencen.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay, además, una idea que me gustaría pedirle prestada al propio presidente. Si Abelardo se reconoce en la tradición del hombre del Renacimiento, tendría allí una extraordinaria oportunidad para pensar su propia presidencia. Porque si algo hizo grande al Renacimiento no fue solamente la aparición de artistas geniales, sino la capacidad de mirar más allá de los límites conocidos, de cruzar disciplinas, de aprender del otro, de encontrar horizontes mayores que las circunstancias más íntimas o los círculos más limitados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Leonardo podía ser pintor, anatomista, ingeniero y arquitecto. Maquiavelo podía estudiar a los antiguos para comprender a los modernos. Y Lorenzo de Médici entendió que la grandeza política de Florencia no consistía únicamente en acumular poder, sino también en convertirla en un centro de cultura, diplomacia y creación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lorenzo es, quizás, una figura especialmente sugestiva para un presidente que acaba de llegar al poder en un país dividido. Después de la conspiración de los Pazzi y de una guerra que puso a Florencia en una situación crítica, Lorenzo viajó personalmente a Nápoles y negoció la paz. Después construyó una política de alianzas y equilibrios que hizo de Florencia una pieza decisiva de la política italiana. Al mismo tiempo, alrededor suyo se reunieron artistas, poetas, filósofos y arquitectos. Su grandeza no estuvo solamente en mandar, sino en comprender que el poder podía ser también una forma de ampliar el horizonte de una sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás esa sea una de las preguntas más interesantes que podría hacerse Abelardo: ¿puede un hombre que llegó al poder desde una identidad política tan fuerte ampliar su propio horizonte hasta convertirse en algo más grande que esa identidad? ¿Puede escuchar voces que no pertenecen a su mundo, incorporar ideas que no nacieron en su círculo, reconocer que incluso sus adversarios pueden tener algo que enseñarle?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque allí está, en últimas, la diferencia entre un gobernante que administra una victoria y un estadista que comprende una época.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso sería un error que el nuevo gobierno confundiera el mandato electoral con un mandato para profundizar las divisiones culturales del país. Colombia no necesita que el presidente demuestre cada mañana que derrotó a la izquierda. Necesita que demuestre que puede gobernar mejor que ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gobernar mejor significa recuperar la capacidad del Estado para hacer cosas concretas. Mejorar la seguridad sin abandonar las garantías institucionales. Hacer crecer la economía sin olvidar la desigualdad. Construir infraestructura. Mejorar la educación. Reducir la pobreza. Fortalecer las regiones. Defender las instituciones. Hacer que la administración pública funcione. Y, sobre todo, devolverle al ciudadano una sensación elemental que se ha ido perdiendo: que el Estado existe para resolver problemas y no para producir permanentemente nuevos enemigos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abelardo tiene además una ventaja que quizá todavía no alcanza a dimensionar: no necesita convencer a quienes ya lo votaron de que él tiene razón. Ellos ya lo hicieron.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su desafío está en convencer a quienes no lo votaron de que también puede gobernarlos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí está la diferencia entre un presidente de partido y un presidente de país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia no eligió a Abelardo con una mayoría abrumadora. Lo eligió en una segunda vuelta extraordinariamente estrecha, en la que apenas unos cientos de miles de votos separaron dos proyectos de país. A Cepeda le faltó poco para ganar. A Abelardo le faltó poco para perder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa cifra debería ser más que una estadística electoral: debería ser una lección política. El riesgo de no comprenderla es enorme. Un gobierno que no consiga construir consensos puede terminar alimentando el péndulo que lo llevó al poder. Si una parte del país siente que durante cuatro años fue ignorada, despreciada o excluida, la próxima elección puede convertirse, otra vez, en una oportunidad para llevar el péndulo hacia el otro extremo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso ya lo hemos visto en Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso construir consensos no es un gesto de debilidad ni una concesión ideológica. Es, incluso, una forma de proteger el propio proyecto político. Un gobierno que logra que una parte importante de quienes no lo votaron se sientan representados tiene más posibilidades de dejar una obra duradera que uno que simplemente satisface a sus seguidores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta puede ser la gran oportunidad de Abelardo de la Espriella. No convertirse simplemente en el presidente que llevó a la derecha al poder, sino en el presidente que entendió que Colombia necesitaba salir de la lógica de los bloques.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Incluso podría hacer algo todavía más difícil: construir un gobierno que no tenga como principal propósito representar a la derecha, sino representar aquello que puede convertirse en lo colectivo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sería renunciar a sus ideas. Al contrario. Los estadistas no dejan de tener convicciones cuando construyen consensos. Lo que hacen es entender que una convicción política adquiere verdadera grandeza cuando consigue convertirse en una política pública que puede ser aceptada incluso por quienes no comparten su origen ideológico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia está llena de gobiernos que ganaron con una bandera y terminaron siendo recordados por algo mucho más grande que esa bandera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese debería ser el reto de Abelardo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No gobernar para demostrar que una mitad del país tenía razón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gobernar para que, dentro de cuatro años, una mayoría de colombianos pueda decir que el país está un poco menos dividido, que las instituciones son un poco más fuertes, que el Estado funciona un poco mejor y que, incluso en medio de nuestras diferencias, todavía somos capaces de construir algo juntos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás esa sea la verdadera encrucijada de Abelardo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Seguir siendo el hombre que ganó una elección contra una época que muchos colombianos querían dejar atrás, o convertirse en el presidente capaz de inaugurar otra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera opción le pertenece a la política.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La segunda, a la historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133026</guid>
        <pubDate>Sun, 13 Sep 2026 17:31:27 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/IMG_3258.jpeg?quality=60&amp;#038;w=1086" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[La encrucijada de Abelardo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
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        <item>
        <title>Réquiem telúrico en 7.4 movimientos memorísticos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/yo-veo/requiem-telurico-en-siete-punto-cuatro-movimientos-memoristicos/</link>
        <description><![CDATA[<p>A la memoria de Pereira y de todos los territorios de Colombia, afectados por el terremoto del 10 de agosto del año 2026. A las víctimas y damnificados que tardarán años en recuperarse. Ojalá tengan la fuerza para hacerlo. A las voluntarias y voluntarios que se volcaron a las calles para socorrer y ayudar a [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;padding-left: 120px"><i>A la memoria de Pereira y de todos los territorios de Colombia, afectados por el terremoto del 10 de agosto del año 2026.</i></p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 120px"><i>A las víctimas y damnificados que tardarán años en recuperarse. Ojalá tengan la fuerza para hacerlo.</i></p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 120px"><i>A las voluntarias y voluntarios que se volcaron a las calles para socorrer y ayudar a conocidos y desconocidos.</i></p>
<p style="text-align: justify"><b>Primer movimiento<span class="Apple-converted-space"> </span></b></p>
<p style="text-align: justify">Aconteció el 10 de agosto a las 7:34 de la mañana, a nueve días de mi cumpleaños número 53. Yo estaba sentado en la mesa del comedor, hablaba con mi mamá por el altavoz del teléfono mientras esperaba que estuviera el agua caliente para prepararme el primer café de la mañana. Era mi segunda semana de clases y ya tenía todo listo para salir a trabajar, incluso había alistado los pliegos de papel que mis estudiantes de didáctica de los medios llenaron ocho días atrás.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">De pronto sentí el primer envión y luego el balanceo, no le presté mucha atención al movimiento pues ocurría lo mismo cada tanto desde hacía meses, incluso desde hacía años después del terremoto de 1999. Pensé que como los sismos eran parte de la vida cotidiana de Colombia, sólo había que calmarse y esperar a que pasara.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Sin embargo y por si acaso le dije a mi mamá: está temblando, salga de la casa ya. Ella no me entendió y siguió como si nada, pero el remezón no se detuvo como otras veces. La tierra se sacudió más fuerte, más violenta que nunca.</p>
<p style="text-align: justify">Al notar que el suelo se retorcía entre espasmos y convulsiones, solté el teléfono móvil. Me lancé hasta la puerta con la llave en la mano y casi que no encuentro el orificio de la cerradura, logré abrir mientras escuchaba los gritos de mi madre por el altavoz del teléfono…¡se está cayendo todo!, decía, ¡ay Dios mio socórrenos!, ¡amacita bendita!. ¡Mario!, !Mario¡…fue así que me enteré que mi hermano mayor estaba con ella, y en medio del terror sentí algo de alivió porque al menos estaban juntos.</p>
<p style="text-align: justify">Después supe que el terremoto alcanzó los 7.4 grados en la Escala de Richter, con 103 kilómetros de profundidad, una duración entre 90 segundos y 2 minutos y con epicentro en San José del Palmar, Chocó. Siete días después el Servicio Geológico Colombiano SGC reportó 336 réplicas, 21 de ellas mayores a 3.0 grados y 2 con magnitud mayor a 4.0, con profundidades de hasta 118.4 kilómetros.</p>
<p style="text-align: justify"><b>Segundo movimiento</b></p>
<p style="text-align: justify">Detrás de mí se apagó el fogón, la biblioteca vomitó los libros de educación que tenía apilados en la parte superior, estallaron los vasos y las copas en el suelo de la cocina, se dobló el armario metálico sobre mi cama, se separaron las paredes de la casa vecina, crujieron con fiereza las planchas de concreto, como los dientes afilados y apretados de una mandíbula rabiosa, y desde la puerta vi cómo se dibujaron en cuestión de segundos, dos fisuras finas e irregulares en el techo blanco de la sala. Un zigzag delgado interrumpido por la puerta de la habitación, quedó trazado desde la puerta de entrada hasta el fondo de la casa.</p>
<p style="text-align: justify">El tropel de vecinos y vecinas no me dejaba pensar. Con dificultad me sostenía entre el marco de la puerta mientras rogaba en voz alta que se detuviera ya. Pero el cielo azul seguía inquieto. Los pájaros no encontraban el rumbo entre las nubes de polvo gris, dorado y ámbar, que se levantó sobre las casas y los edificios, cubriéndolo todo de una niebla espesa de muerte y de ruina.</p>
<p style="text-align: justify">Ese lunes soleado de agosto, la tierra se sacudió como si de lo profundo emergiera un cíclope colérico, luego de una larga noche de insomnio, pesadillas y agonía.</p>
<p style="text-align: justify"><b>Tercer movimiento</b></p>
<p style="text-align: justify">Cuando al fin la tierra se detuvo, se cayó la llamada, y ya no escuché más a mi mamá. Y con un nudo de saliva pasé por la garganta la mudez de los teléfonos. Entonces sobrevino un silencio trémulo y aturdido interrumpido por las alarmas de los carros. Yo seguía de pié perturbado.</p>
<p style="text-align: justify">Aún así, agitado, actué con tal frialdad que parecía entrenado para ese momento: cerré la llave del gas, guardé el celular en el bolsillo, me puse unos tenis, y salí corriendo en busca de mi familia.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Más adelante, en el otro barrio, no había reglas en las calles, ni señales de tránsito, ni semáforos que funcionaran. Carros y motos se esquivaban como podían. Los cables de la luz chocaban entre sí, hacían corto, se reventaban y se caían, los techos se derrumbaban y los postes se partían en pedazos.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Un alud de tierra taponó la vía principal del barrio, que era a la misma vez la entrada y la salida, y se escuchaban a lo lejos las primeras sirenas de las ambulancias y de los bomberos.</p>
<p style="text-align: justify">En mi trayecto escuché sollozos, vi caos y rostros de incertidumbre. Pero también vi como de repente se borraron las viejas rencillas entre vecinos, los odios secretos y las envidias, y a cambio de eso, surgió en la atmósfera un sentimiento de solidaridad y compasión que se desprendió espontáneo desde el árbol de la vida, e invadió los muros tarjados, las ventanas rotas, las puertas arrugadas, las casas recogidas.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Entonces, como en una despedida, las madres bendijeron a sus hijos y las parejas se abrazaron, para agradecer que ese no fue para ellas y ellos el último día. Un joven sobre su moto, detenido en la vía, lloraba porque encontró a su abuela viva.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Otro que vagaba por la calle solitario, cubrió con su cobija a una mujer semidesnuda aunque no la conocía. Y una joven madre solitaria en el andén, balanceaba a su bebé de meses, como si ambos flotaran en un mar a la deriva.</p>
<p style="text-align: justify">A mi mamá y a mi hermano Carlos Mario los encontré vivos, estaban a punto de partir en mi búsqueda, pero yo llegué antes. De Leonardo Fabio, el menor, todavía no sabíamos nada.</p>
<p style="text-align: justify"><b>Cuarto movimiento</b></p>
<p style="text-align: justify">Pensé en Samara, la investigadora brasilera de posdoctorado que había llegado a mediados de julio desde Brasil, para que yo supervisara su estancia en la universidad, y me preocupé por mis estudiantes con los que seguramente, ya no me encontraría a las 10 de la mañana, pero lamentablemente no tenía cómo comunicarme con ellos, pues todos los servicios públicos estaban suspendidos. Sólo quienes tenían radio podían enterarse de lo acontecido.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Recordé que meses antes de viajar desde Fortaleza, Samara me había preguntado si aquí temblaba mucho la tierra, y también recordé que el primer día que nos vimos en la universidad, ella se había sorprendido con la cantidad de señales de “precaución” y &#8220;puntos de encuentro” instaladas en el campus, pues pensaba que se trataba de lugares para conversar, al estilo de los círculos de cultura freireanos. Yo le aclaré que eran sitios para reunirnos en caso de evacuación por una emergencia, y le dije que aquí temblaba pero no con la magnitud de lo ocurrido en Venezuela.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify"><b>Quinto movimiento</b></p>
<p style="text-align: justify">Horas después, menos aturdido por la catástrofe, caminé en medio de la destrucción y la algarabía hasta encontrar una antena de telecomunicaciones que seguía en pié, quería escribirles a mis estudiantes y a Samara, y de paso enterarme de las noticias. Tuve sólo unos minutos de acceso a WhatsApp, y en ese instante me llegaron una cantidad de mensajes de familiares y amigos que viven dentro y fuera del país, la mayoría de Brasil. Nadie sabía de mí o de mi familia. Entonces comencé a dar respuesta a cada uno de ellos hasta que perdí la señal. No pude ingresar ni al correo ni al Classroom de mis cursos.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Desde ese momento y durante varios días no tuvimos comunicaciones, y fue con el paso del tiempo que nos enteramos de la destrucción ocasionada en todo Colombia. Al parecer Pereira era el caso más dramático. Del campo y de los pueblos pequeños no llegaban imágenes. Tampoco las ayudas.</p>
<p style="text-align: justify">A mitad de la tarde vimos un globo blanco que flotaba sobre el barrio. Algunas personas dijeron que era un OVNI, otras que era parte del proyecto HAARP instalado en Alaska, y que el terremoto había sido provocado por los Estados Unidos. Luego, en los medios explicaron que era un globo estratosférico utilizado para investigación científica y meteorológica, para telecomunicaciones o incluso para la vigilancia y la seguridad nacional norteamericana.</p>
<p style="text-align: justify">Cuando tuve Internet consulté y la IA de Google me dijo que los globos pertenecían a la empresa estadounidense Raven Aerostar, operados en coordinación con misiones científicas de la NASA y el permiso de la Aeronáutica Civil colombiana. No quise averiguar más.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify"><b>Sexto movimiento</b></p>
<p style="text-align: justify">El mundo conoció la tragedia antes que nosotros, pues minutos después del sismo circularon las imágenes por las redes sociales y los noticieros, llegaron hasta las pantallas del metro de Barcelona, São Paulo y París.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Seguro algunas personas que estaban en las calles, alcanzaron a subir videos a Internet antes de que se suspendiera el servicio, y sus familiares que viven en el exterior los hicieron virales junto a influencers, periodistas y medios de comunicación.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">El día después del terremoto llegaron los reporteros de la capital, de Estados Unidos y de Europa, y con su ropa límpida se pararon entre las ruinas o se hicieron a un ladito del encuadre, para mostrar en vivo y en directo la ciudad destruida, con miles de voluntarios espontáneos que estaban en las calles desde el primer día, removiendo los escombros con sus propias manos, muchos sin protección.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Con el paso de los días, sólo quedaron los damnificados en albergues, las ollas comunitarias en los parques y en las calles, y los voluntarios que siguieron escarbando hasta que los hicieron sacar de la policía.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Los reporteros desaparecieron y no se supo más de ellos. Pero llegaron los norteamericanos y los israelitas que dijeron hacer parte de los cuerpos de socorro. Otros grupos de rescate llegaron de El Salvador y de Ecuador, y comenzaron a llegar las ayudas humanitarias de otros países, pese a que inicialmente el gobierno nacional se opuso sin una justificación válida.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Mientras todo eso ocurría, estuvimos aislados en los barrios casi una semana. Algunos lo estuvieron mucho más tiempo.</p>
<p style="text-align: justify"><b>Séptimo movimiento</b></p>
<p style="text-align: justify">Minutos después del terremoto, Sabrina, la hermana de Samara, me escribió angustiada desde Fortaleza pero no me llegaron los mensajes porque no había Internet. Al cabo de unas horas nos escribimos. Samara había sobrevivido y no estaba herida, pese a la destrucción de edificios que hubo en el barrio los Álamos, que queda al lado de la universidad.</p>
<p style="text-align: justify">Días después, luego de confirmar que la pista del aeropuerto Matecaña servía, la repatriaron a ella en un vuelo humanitario junto a otros estudiantes extranjeros. La oficina de Relaciones Internacionales y los consulados se encargaron de eso.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">En un día gris de mucha lluvia nos enteramos de que mi hermano menor estaba bien, en Cartago, y con las horas nos juntamos todos en Dosquebradas. Revisamos las casas y confirmamos que no les había ocurrido mayor cosa, todo se podía recuperar, pero miles de personas corrieron con otra suerte. También verificamos la existencia de víveres para varios días, pues era seguro que todo iba a escasear, pues los supermercados y tiendas que estaban en pie habían cerrado.</p>
<p style="text-align: justify">Mientras tanto en los albergues no alcanzaban las carpas ni los plásticos para cubrir a tanta gente desprotegida,<span class="Apple-converted-space">  </span>muchas personas pasaron la noche con hambre y con frío, y el temor de todos era que con el agua que caía comenzaran a derrumbarse los edificios y las viviendas más deterioradas.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify"><b>…punto cuatro. El final de los movimientos.</b></p>
<p style="text-align: justify">Por las noches, un grupo de vecinas y de vecinos, alumbrados por la luz de una vela comenzaron a recordar cómo vivieron el momento del desastre. Después se contaron historias sobre sus familias, y sobre los lugares de la ciudad que habían desaparecido bajo el polvo.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Sobre esas ruinas todos teníamos algo entrañable que evocar, algo que atesorar. En cada rincón de la urbe encontraríamos un episodio de nuestra historia de vida.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero cuando tuvimos energía eléctrica y acceso a la información, mis hermanos, mi mamá y yo vimos las imágenes en los noticieros, y recorrimos la ciudad durante varias jornadas para llevar ayudas.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Pereira parecía una ciudad del Medio Oriente, bombardeada, con cientos de muertos, miles de heridos y refugiados en albergues rodeados de escombros e incertidumbre.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p style="text-align: justify">Al cabo de cuatro semanas supimos por medios locales y fuentes oficiales, que hubo cientos de muertos y desaparecidos, cientos de casas y edificaciones que sucumbieron al instante, miles de heridos e inmuebles que serán demolidos. Miles más que aún presentan afectaciones graves, entre ellos hospitales, escuelas, colegios, universidades, supermercados, iglesias, restaurantes, centros comerciales, hoteles, apartamentos y viviendas.</p>
<p style="text-align: justify">Ahora además de todo lo material, teníamos que reconstruir simbólicamente nuestras memorias, y quizá, más adelante, contarles a otros cómo nos levantamos una vez más de las cenizas.</p>
<p style="text-align: justify"><i>Nota: Este relato en primera persona está basado en hechos reales y es el resultado inicial del currículo situado que emergió después del terremoto, para retomar los cursos que oriento en la Escuela de Español y Comunicación Audiovisual de la Universidad Tecnológica de Pereira &#8211; UTP. Hace parte de dos líneas de investigación del grupo Edumedia-3: Autobiografia, Medios y Educación; y (Auto)medialidad, y de un proyecto de investigación emprendido por investigadores de Colombia y Brasil. </i></p>
<p><strong>También puede leer este texto en <a href="https://edumedia3.co/requiem-telurico-en-siete-punto-cuatro-movimientos-memoristicos/" target="_blank" rel="noopener">www.edumedia3.co</a> y acceder a otros contenidos y recursos.</strong></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Leandro Marín Ossa</author>
                    <category>Yo veo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=132828</guid>
        <pubDate>Thu, 10 Sep 2026 20:36:09 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Captura-de-pantalla-2026-09-10-a-las-1.53.54-a.m.png?quality=60&amp;#038;w=1200" type="image/png">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Réquiem telúrico en 7.4 movimientos memorísticos]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Leandro Marín Ossa</media:credit>
            </media:content>
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        <item>
        <title>MALCOLM DEAS: EL EXTRANJERO QUE NOS ENSEÑÓ A MIRAR COLOMBIA</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/malcolm-deas-el-extranjero-que-nos-enseno-a-mirar-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Conferencia de Diego Aretz. Universidad del Norte 2026. Hay una escena que siempre me ha parecido extraordinaria. Un joven inglés, formado en Oxford, está intentando decidir qué país de América Latina va a estudiar. México parece la opción natural. Pero México ya está lleno de historiadores interesados en él. Entonces aparece una novela. Nostromo, de [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong><em>Conferencia de Diego Aretz. Universidad del Norte 2026.</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una escena que siempre me ha parecido extraordinaria. Un joven inglés, formado en Oxford, está intentando decidir qué país de América Latina va a estudiar. México parece la opción natural. Pero México ya está lleno de historiadores interesados en él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces aparece una novela.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Nostromo</em>, de Joseph Conrad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una novela ambientada en una república imaginaria llamada Costaguana, que tiene demasiadas semejanzas con Colombia. Y entonces ocurre algo que parece casi una anécdota, pero que terminaría cambiando una parte de la historiografía colombiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm mira un mapa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y allí está Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él mismo me lo contó alguna vez. Dijo que tomó el mapa, bajó desde México, pasó por Centroamérica y encontró un país grande que, además, era el país de las novelas que había leído.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tenía 22 años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sabía que ese país iba a ocupar los siguientes sesenta años de su vida. No sabía que terminaría nacionalizándose colombiano. No sabía que sería profesor de Oxford, que tendría entre sus interlocutores a presidentes y ministros, que asesoraría gobiernos, que formaría generaciones de colombianos y que terminaría construyendo una de las bibliotecas privadas sobre Colombia más importantes que haya tenido un historiador extranjero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mucho menos sabía que, seis décadas después, algunos de sus libros terminarían aquí, en Barranquilla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero hay algo todavía más interesante.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Colombia tampoco sabía que acababa de encontrarse con Malcolm Deas.</strong></p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Un extranjero que llegó a un país que tampoco se entendía a sí mismo</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando comencé a investigar a Malcolm, una de las cosas que más me sorprendieron fue que él nunca se presentó como alguien que había llegado a Colombia sabiendo exactamente qué quería encontrar. Más bien lo contrario. En nuestras conversaciones insistía en su propia desorientación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me dijo:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Me despisté mucho los primeros dos años.”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y después agregó algo todavía más revelador:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Los colombianos tampoco lo entendían.”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa frase me parece una de las mejores puertas de entrada a Malcolm Deas. Porque ahí aparece algo que lo acompañaría durante toda su vida: <strong>la humildad intelectual de quien sabe que un país no puede entenderse rápidamente.</strong> Él no llegó con una teoría sobre Colombia. Llegó con preguntas. Y quizás por eso pudo pasar tanto tiempo aquí. Porque cuando uno llega a un país creyendo que ya sabe qué va a encontrar, termina buscando únicamente aquello que confirma lo que ya pensaba. Malcolm hizo lo contrario. Llegó confundido. Y conservó durante décadas la capacidad de seguir sorprendiéndose.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El método Deas: mirar los detalles</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Si tuviera que escoger una sola frase para explicar a Malcolm Deas como historiador, sería esta:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Si uno quiere entender algo, tiene que describirlo con todos los detalles posibles.”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto parece una frase sencilla. Pero es una posición intelectual. Porque significa desconfiar de las grandes explicaciones que pretenden explicar un país entero con una sola categoría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia ha sido descrita muchas veces mediante palabras enormes: violencia, oligarquía, pobreza, clientelismo, polarización, subdesarrollo, narcotráfico, Estado fallido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Malcolm desconfiaba de las etiquetas cuando reemplazaban la investigación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En una de nuestras conversaciones me explicó que el poder en Colombia era difuso y que para entender quién mandaba había que mirar los territorios, los pueblos, las relaciones concretas y las diferencias regionales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto es muy importante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque Malcolm no preguntaba únicamente:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Quién tiene el poder?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Preguntaba:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>¿Quién manda, dónde manda y hasta dónde manda?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esas tres palabras —dónde y hasta dónde— cambian completamente la pregunta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque un terrateniente podía tener poder sobre sus trabajadores y no necesariamente sobre el alcalde. Un presidente podía tener una enorme autoridad nacional y, sin embargo, tener dificultades para hacer cumplir una decisión en un municipio. Un jefe político podía ser poderoso en un departamento y no serlo en otro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es decir:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>el poder tenía geografía.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y Malcolm quería encontrarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quisiera hablar de un ejemplo muy concreto de del Malcolm de los detalles: Y aquel personaje que le da vida a su texto es una tejedora de un pueblo de Santander llamado Suaita, un pueblo que, si hoy es bien pequeño, imagínelo en 1874. Malcolm va a mostrar, mirando a través del diario de esta mujer tejedora, que la vida política sí había permeado todas las capas sociales de la nueva república, que es una de las tesis que va a defender a lo largo de toda su vida: se trata de una señora de Suaita, municipio de Santander que linda con Boyacá, cerca de donde se produce el bocadillo veleño. El documento es un diario personal manuscrito. En la página titular se lee: “Apunte de lo que ha ocurrido desde el año de 1874 en Suaita, de Sofía Durán D. (tengan la fineza de no quedarse con este libro, porque es un robo)”</p>



<p class="wp-block-paragraph">cuando Malcolm hacía trabajos como los que hizo Ginzburg (<em>La política en la vida cotidiana republicana</em>), esos estudios parecían, digamos, como un poco esotéricos. Alguien que se dedica a hacer una historia de minucias, eso como que no cabía mucho en las estructuras mentales dominantes en la historia. Entonces, alguien que se mete en ese detalle, pues era muy subvalorado, pues estaba haciendo un ejercicio casi de masoquismo histórico, porque ¿eso qué aporta? Hoy vemos la importancia de eso. Quiero decir que, de pronto, en el sentido de esa conexión que haces con Ginzburg, Malcolm pudo ser como un pionero de cosas cuya importancia se reconocen mucho más vigorosamente hoy, como estructurantes de la sociedad.[</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí recuerdo una anécdota que me parece que revela otra dimensión de ese método. Gonzalo Sánchez decía que Malcolm había puesto a estudiar a todo el mundo con el rigor y la precisión de su trabajo. Era difícil argumentarle. Y yo creo que había ahí también un rasgo de profesor: esa manera de obligar a los demás a volver sobre las cosas, a revisar el dato, a precisar el argumento y a no conformarse con una explicación fácil.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El historiador que desconfiaba de las explicaciones demasiado perfectas</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una característica de Malcolm que aparece una y otra vez en mi libro: <strong>su escepticismo.</strong> No era un escepticismo estéril. No era la actitud de quien dice que nada puede saberse. Era exactamente lo contrario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desconfiaba para investigar mejor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desconfiaba de los lugares comunes. Desconfiaba de las teorías demasiado cerradas. Desconfiaba incluso de sí mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando hablamos de sus primeros años en Colombia, me dijo algo que revela mucho de su personalidad intelectual: había sido muy difícil para él entender el país, pero también había comprendido que los colombianos tampoco lo entendían del todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y allí aparece una de sus grandes virtudes:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>no confundía seguridad con conocimiento.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un hombre que sabe mucho puede decir:</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Esto es así”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm prefería muchas veces decir:</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Veamos”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y volver al archivo. Y buscar otra fuente. Y revisar una cifra. Y hablar con otra persona. Y encontrar una excepción. Y entonces modificar la explicación.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Colombia contra los estereotipos</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una escena que me parece extraordinaria y que quisiera rescatar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm hablaba de los primeros años en que estudió Colombia y de cómo encontró que muchos analistas hablaban de oligarcas y terratenientes con afirmaciones que, según él, tenían poco sustento empírico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Él había leído los clásicos, los libros de la Academia de Historia, a los autores del siglo XIX.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y llegó a una conclusión:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>la realidad de Colombia no era como la pintaban los analistas de la época.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto nos lleva a otra característica fundamental de su trabajo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm no quería encontrar una Colombia que encajara en una teoría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quería encontrar <strong>la Colombia que existía</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y eso explica por qué podía pasar de los presidentes a los caciques locales. De las guerras civiles a una hacienda cafetera. De la política nacional a la gramática. De un archivo diplomático a una conversación con un librero. De Oxford a un pueblo perdido de Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su objeto de estudio no era una abstracción llamada Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era <strong>la vida colombiana</strong>.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Por eso el siglo XIX lo fascinó</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá ninguna parte de la historia colombiana muestra mejor su método que su obsesión por el siglo XIX.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm veía allí un laboratorio extraordinario. Un país que acababa de independizarse. Un Estado todavía en construcción. Partidos políticos que llegaban hasta las capas populares. Guerras civiles. Regiones con enorme autonomía. Presidentes que también eran escritores. Gramáticos que eran políticos. Políticos que escribían gramáticas. Terratenientes. Caciques. Militares. Periodistas. Intelectuales. Y una sociedad que estaba construyendo, a veces a golpes, una república.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Malcolm se resistía a mirar ese período como una simple prehistoria de la Colombia moderna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para él, allí estaban muchas de las claves de nuestra propia singularidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una frase suya que me parece particularmente importante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando hablamos de las luchas posteriores a la Independencia, rechazó esa mirada según la cual la Independencia habría sido la gran epopeya gloriosa y todo lo que vino después sería una especie de decadencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm fue contundente:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Eso es estúpido.”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y detrás de esa frase, aparentemente provocadora, había una idea historiográfica muy seria:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>la historia republicana de Colombia tiene su propia personalidad.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">No es una copia defectuosa de la historia europea. No es una versión incompleta de otra revolución. No es simplemente un país que no consiguió modernizarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una historia particular.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y había que estudiarla como tal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí aparece una anécdota que me parece extraordinaria. Margarita Garrido contaba que, en Cali, en 1991 o 1992, estaba conmovida y reflexionando sobre qué sentido tenía escribir sobre nuestra historia en un momento en que Colombia atravesaba una situación tan difícil. Mientras ella estudiaba períodos lejanos de la historia, Malcolm le dijo: <strong>“Pero es que Colombia merece quien cuente su historia, ya habrá tiempo para que otros cuenten lo que sucede ahora&#8230;”</strong></p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La violencia: probablemente su gran batalla intelectual</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí creo que conviene entrar en un terreno que seguramente será retomado durante el resto de la jornada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm escribió mucho sobre la violencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero no aceptaba fácilmente la idea de que Colombia fuera violenta por naturaleza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ni que existiera una especie de esencia violenta del colombiano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su trabajo buscó desmontar precisamente esos lugares comunes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En <em>Dos ensayos especulativos sobre la violencia en Colombia</em>, su aproximación insistía en diferenciar la violencia política de otras formas de violencia y en cuestionar explicaciones automáticas que vinculaban violencia, pobreza o una supuesta “cultura de la violencia”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y hay algo muy contemporáneo en esto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque todavía hoy tenemos la tentación de explicar nuestra historia mediante grandes determinismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm nos obliga a preguntar: ¿cuál violencia? ¿en qué momento? ¿en qué región? ¿producida por quién? ¿con qué intereses? ¿bajo qué circunstancias? ¿y por qué disminuye en unos momentos y aumenta en otros?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso parece menos espectacular que decir “Colombia es un país violento”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero es mucho más útil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque obliga a pensar.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Un historiador que no era solamente historiador</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí aparece otra dimensión que creo que debemos subrayar especialmente en este evento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm no fue únicamente un historiador que escribió libros sobre Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Fue un actor de la vida colombiana.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Tuvo relaciones con presidentes. Fue consultado por gobiernos. Escribió para periódicos internacionales. Fue una especie de puente entre Colombia y el Reino Unido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y desde Oxford ayudó a que muchos colombianos llegaran a ese mundo académico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En mi investigación encontré testimonios de personas que recuerdan cómo Malcolm prestaba su casa, su automóvil e incluso su bicicleta a estudiantes colombianos en Oxford.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso dice algo sobre él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque uno podría hablar durante horas de su influencia intelectual.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero hay otra forma de influencia:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>abrirle una puerta a alguien.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y Malcolm abrió muchas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso su legado no está solamente en sus libros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Está también en las personas.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El poder: la otra vida de Malcolm</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una dimensión de Malcolm que durante mucho tiempo permaneció parcialmente oculta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su relación con el poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Presidentes colombianos lo consultaban. Diplomáticos británicos lo consultaban. Funcionarios lo consultaban. En algunos momentos, incluso decisiones importantes del Estado colombiano parecen haber recibido su influencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esto es particularmente interesante porque Malcolm no fue un político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No necesitaba serlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su poder provenía de otra parte.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>De saber.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">De conocer los antecedentes. De entender las instituciones. De conocer a las personas. De haber leído los documentos. De saber qué había ocurrido antes. Y de poder decirle a alguien poderoso:</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Eso que usted cree que es nuevo ya ocurrió antes”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese tipo de conocimiento puede ser mucho más poderoso que un cargo.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La contradicción más interesante: un conservador que no era dogmático</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm tenía posiciones políticas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No era un intelectual neutral en el sentido de no tener preferencias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero su manera de relacionarse con personas de distintas posiciones era extraordinaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En mi libro aparecen testimonios que muestran cómo podía conversar con personas de inclinaciones políticas muy diferentes sin convertir la conversación en una guerra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esto me parece importante rescatar hoy.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque Malcolm tenía algo que nuestra conversación pública ha perdido:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>la posibilidad de disentir sin dejar de conversar.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Podía decirle a alguien:</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Creo que usted está equivocado”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y continuar hablando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Podía encontrar una buena idea en alguien con quien políticamente no coincidía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Podía reconocer una virtud en un adversario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso también es una forma de inteligencia.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El humor como herramienta intelectual</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí quiero detenerme porque creo que es una parte de Malcolm que muchas veces queda opacada por su prestigio académico.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Malcolm era divertido.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Tenía humor. Tenía ironía. Y muchas veces utilizaba el humor para hacer algo intelectualmente muy serio: desarmar una certeza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso aparece constantemente en las entrevistas de mi libro y en los testimonios de quienes lo conocieron.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo tuve la fortuna de experimentarlo directamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En nuestras conversaciones, cuando la discusión parecía cerrarse, Malcolm tenía una manera de abrirla otra vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me decía:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Otro dato para confundirte aún más.”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y creo que esa frase resume maravillosamente su método.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el objetivo de una buena investigación no siempre es salir con menos preguntas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces es salir con <strong>mejores preguntas</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm hacía eso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Te daba un dato.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese dato desmontaba una explicación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces aparecía otra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y luego otra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta que aquello que parecía obvio dejaba de serlo.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Lo que realmente hizo Malcolm</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, después de investigar su vida, yo ya no creo que la mejor manera de definirlo sea decir simplemente:</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Malcolm Deas fue un historiador inglés especializado en Colombia”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso es correcto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero es insuficiente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo diría otra cosa:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Malcolm Deas fue un hombre que dedicó sesenta años a aprender a mirar Colombia.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y en ese proceso nos enseñó a mirarla a nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nos enseñó que el país no puede explicarse únicamente desde Bogotá. Que el poder tiene territorios. Que las regiones importan. Que la política llega hasta los pueblos. Que las élites no lo explican todo. Que la violencia no es una esencia nacional. Que la historia republicana tiene personalidad propia. Que las palabras también ejercen poder. Que un documento aparentemente insignificante puede cambiar una interpretación. Y que una buena pregunta puede ser más importante que una respuesta demasiado rápida.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>La biblioteca como última conversación</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y llegamos finalmente a este lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Biblioteca Karl C. Parrish Jr.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí es donde, para mí, el evento adquiere una enorme belleza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quisiera leer un pasaje literal de mi libro, si me permiten “Esta tarde, mi mano fue eligiendo títulos, como quien recorre sin mapa un continente inexplorado:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Plantas útiles de Colombia</em>, de Enrique Pérez Arbeláez, 1955.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Descubrimiento del Nuevo Reino de Granada</em>, de Juan Friede, un libro hermoso sobre nuestros orígenes en la altiplanicie.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Poems</em>, de Lord Byron, con las hojas aún impregnadas de su melancolía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un ejemplar fascinante, en inglés, titulado <em>Gaitán of Colombia</em>, de Richard Sharpless, en el que Malcolm subrayó un pasaje que lo hizo reír, y a mí también. En el pasaje se habla de que el presidente de hace 77 años nombró a Gaitán alcalde de Bogotá para que demostrara que era un mal administrador y así perdiera las elecciones presidenciales, cosas que no funcionaron mucho, pero que recuerdan con demasiado parecido el crecimiento electoral de Petro tras su alcaldía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después, títulos inesperados: <em>Padrinos y mercaderes: crimen organizado en Italia y Colombia</em>, de Ciro Krauthausen. Y luego, verdaderas perlas: <em>Vuelo en el Orinoco</em>, impreso en 1935, de Luis Eduardo Nieto Caballero. Un párrafo me sacude, me hace pensar en la decadencia de nuestra política. En una carta al presidente Olaya, su opositor, Nieto Caballero escribe: “Querido amigo, galantemente invitado por los hermanos cristianos, que al distinguir en esa forma a un hermano masón demuestran cómo entienden y practican la concentración nacional”. Cuan distinto era el lenguaje político en esa época.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y entonces, como un hallazgo improbable, aparece <em>Recuerdos de un viaje a Europa</em>, de Nicolás Pardo, impreso en Bogotá en 1873. Una rareza encantadora: la crónica de un joven bogotano, entusiasta, viajero, convencido de la promesa republicana. Iba a ser cónsul en Italia. Dice algo que me conmueve especialmente en este sótano templado, mientras pienso en la renovación de Barranquilla y su reapertura al mar:</p>



<p class="wp-block-paragraph">[Empieza nota]El Magdalena, con sus abundantes caimanes, con su lento, largo y variado curso, con sus riberas cubiertas de monos de distintas clases, de lindas guacharacas, de aves de toda especie que, en bandadas, atraviesan la floresta de un punto a otro, de miserables caseríos de negros medio desnudos, de bosques asombrosos y selvas vírgenes, en que la naturaleza se ostenta magnífica, exuberante y grandiosa: el Magdalena ha sido muchas veces materia de folletos y de innumerables descripciones.[Termina nota]</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y más adelante escribe, con una esperanza que aún resuena con algo de ternura y tragedia: “El día que nuestra patria cuente con un ferrocarril (que no está distante de realizarse), que ponga en comunicación a Bogotá con el Magdalena, podremos decir con verdad que ocupamos un puesto entre las naciones civilizadas del mundo”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm sabía que en los detalles se esconde el alma de la historia. Es hermoso lo que revelan sus libros. En otra página, Pardo cuenta: “En Santa Marta nos hallábamos desde la noche del 25 de agosto, y lo que al instante pregunta el colombiano que allí llega por primera vez es en qué sitio queda la hacienda de San Pedro Alejandrino, donde murió el Libertador de Colombia”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este viaje azaroso por los estantes me llevó a otro volumen: <em>Nuestra colonia de Cuba</em>, de Leland Jenks, ensayos sociológicos y económicos escritos por estadounidenses sobre América Latina en la primera mitad del siglo XX, antes de la revolución.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego, <em>La linterna y el búho</em>, de Lucio Pabón Núñez, en donde ese extraño poeta y político conservador hace un homenaje a Caro. Me siento extraño: estoy en el Caribe, en un sótano tibio, leyendo sobre Caro, mientras Pabón cita al gran poeta español Gerardo Diego hablando de Caro, prueba de que tan bien se comunicaban las letras en Hispanoamérica hace cien años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En los manuscritos encontré una foto de Malcolm, que nadie tenía en su memoria, olvidada en medio de muchos cuadernos de notas, un libro extraño en inglés sobre la Navegación del Canal del Dique en 1855, con mapa, un árbol genealógico de familias de Bogotá, cómics políticos, disertaciones de varios simposios, telegramas privados de Virgilio Barco, que seguramente le sirvieron para su libro, una cita inquietante de Nicolás de Maquiavelo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La biblioteca de Malcolm era así: exuberante, insaciable, multiforme. Así de vasto era él también, cuando se adentraba, con pasión y método, en las múltiples capas de la historia. Salir del archivo fue como emerger de una conversación larga con un amigo que ya no está, pero que sigue haciendo preguntas. Tal vez eso es lo que queda de alguien como él.”</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque estamos hablando de las colecciones especiales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y una biblioteca personal es una forma extraordinaria de conocer a alguien.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los libros que una persona compra. Los libros que conserva. Los libros que subraya. Los libros que presta. Los libros a los que vuelve. Los libros que nunca termina. Todo eso cuenta una historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La colección de Malcolm no es solamente una reunión de libros sobre Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una especie de mapa de su curiosidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y si algo aprendimos de él es que los detalles importan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una biblioteca como esta no debería ser entendida como un depósito.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Es una conversación que continúa.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada libro puede preguntarnos:</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Por qué Malcolm lo tenía?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué estaba buscando?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué había encontrado antes?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué relación existe entre ese libro y otro?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué pregunta lo llevó hasta allí?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y entonces aparece algo maravilloso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante sesenta años Malcolm estudió Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora tenemos la posibilidad de estudiar <strong>cómo Malcolm estudió Colombia</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y eso es precisamente lo que una colección especial permite hacer.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Y aquí entra mi libro</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una razón personal por la que este encuentro me resulta particularmente significativo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo no fui discípulo de Malcolm. No fui su alumno. No fui su amigo de décadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegué a él desde otro lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegué como periodista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como un outsider.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y eso terminó siendo, quizá, una de las mejores cosas que podía pasarme.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque pude hacer preguntas que alguien que llevaba cuarenta años conversando con él quizá ya no hacía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pude preguntarle cosas elementales. Pude preguntarle por qué Colombia. Pude preguntarle por qué le interesaba el siglo XIX. Pude preguntarle por la violencia. Pude preguntarle por los presidentes. Pude preguntarle por Oxford. Pude preguntarle por sus libros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, sobre todo, pude escucharlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando comencé este proyecto, Malcolm estaba ya muy enfermo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las conversaciones fueron por Zoom, Meet, WhatsApp.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo sabía que eran conversaciones especiales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sabía también que probablemente eran de las últimas que tendría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso este libro terminó siendo algo distinto de lo que había imaginado al comienzo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No terminó siendo solamente un perfil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Terminó siendo una despedida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero también una conversación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una conversación entre un hombre que había pasado sesenta años mirando Colombia y un periodista que intentaba preguntarle qué había visto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y en algún momento entendí algo:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>yo no estaba solamente escribiendo sobre Malcolm.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Estaba tratando de entender Colombia a través de los ojos de Malcolm.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso en el libro escribí que para mí no era solamente su vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era la historia de Colombia contada por un testigo único.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><strong>El legado</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces, ¿qué queda de Malcolm Deas?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quedan sus libros. Quedan sus estudiantes. Quedan sus amigos. Quedan sus fotografías. Quedan sus archivos. Quedan sus conversaciones. Queda su biblioteca.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero, sobre todo, quedan <strong>sus preguntas</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y creo que esa es la verdadera medida de un intelectual.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No cuánto escribió. No cuántos premios recibió. No cuántas personas importantes conoció.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sino cuántas preguntas dejó instaladas en la cabeza de los demás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después de leer a Malcolm, uno ya no puede mirar un municipio de la misma manera. No puede mirar una elección de la misma manera. No puede mirar una guerra civil de la misma manera. No puede mirar a un presidente del siglo XIX de la misma manera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y tampoco puede mirar la palabra “Colombia” de la misma manera.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph">Quiero volver a la escena inicial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un joven de 22 años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Oxford.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un mapa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">México.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Centroamérica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una casualidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">O quizás una de esas casualidades que, vistas muchos años después, parecen destino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Malcolm llegó a Colombia buscando un país que conocía principalmente por los libros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y terminó pasando sesenta años escribiendo los suyos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegó como extranjero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Terminó nacionalizándose colombiano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegó buscando una materia para estudiar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Terminó convirtiéndose en parte de aquello que estudiaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y quizá la paradoja final sea esta:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Malcolm Deas pasó buena parte de su vida intentando entender Colombia porque sabía que no era fácil entenderla.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y nosotros, los colombianos, tenemos todavía esa misma tarea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque quizá el mayor legado de Malcolm no sea habernos dado una respuesta sobre quiénes somos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá sea habernos enseñado a desconfiar de las respuestas demasiado fáciles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A mirar mejor. A mirar más cerca. A mirar los detalles. A mirar las regiones. A mirar los documentos. A mirar a las personas. A mirar nuestras contradicciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, sobre todo, a mirar Colombia sin creer que ya sabemos qué es Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando Malcolm murió, en 2023, terminó una vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero no terminó la conversación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque aquí están sus libros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí están sus preguntas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí está su biblioteca.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí estamos nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tratando, todavía, de entender el país que un joven inglés encontró un día en un mapa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchas gracias.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe loading="lazy" title="Encuentro de colecciones especiales. La obra de Malcolm Deas" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/is3bxkjccX0?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=132440</guid>
        <pubDate>Tue, 25 Aug 2026 02:50:05 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/malcolm-articulo-uni-norte.png?quality=60&amp;#038;w=700" type="image/png">
                <media:description type="plain"><![CDATA[MALCOLM DEAS: EL EXTRANJERO QUE NOS ENSEÑÓ A MIRAR COLOMBIA]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                        <post-id xmlns="com-wordpress:feed-additions:1">132440</post-id>    </item>
        <item>
        <title>Odiseo o la posibilidad de vivir</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/odiseo-o-la-posibilidad-de-vivir/</link>
        <description><![CDATA[<p>Timeo Danaos et dona ferentes. &#8220;Temo a los griegos, incluso cuando traen regalos&#8221;. La frase, escrita por Virgilio en&nbsp;La Eneida, pone en boca del sacerdote Laocoonte una advertencia que nadie quiso escuchar. Frente a las murallas de Troya había aparecido un inmenso caballo de madera que parecía un obsequio, un gesto de rendición, el final [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em>Timeo Danaos et dona ferentes.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;Temo a los griegos, incluso cuando traen regalos&#8221;. La frase, escrita por Virgilio en&nbsp;<em>La Eneida</em>, pone en boca del sacerdote Laocoonte una advertencia que nadie quiso escuchar. Frente a las murallas de Troya había aparecido un inmenso caballo de madera que parecía un obsequio, un gesto de rendición, el final de una guerra interminable. Era exactamente lo contrario. En su interior viajaban los soldados que terminarían por destruir la ciudad y cambiar para siempre el rumbo de la literatura occidental.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Curiosamente, esa frase no pertenece ni a&nbsp;<em>La Ilíada</em>&nbsp;ni a&nbsp;<em>La Odisea</em>, pertenece a otro gran poema que dialoga con Homero y demuestra que las grandes historias nunca dejan de conversar entre sí, cada generación les responde con una nueva voz, con una nueva lengua, con una nueva sensibilidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras veía&nbsp;<em>La Odisea</em>&nbsp;de Christopher Nolan, pensé menos en la película que en el milagro que estaba ocurriendo frente a mis ojos. Imaginé a Homero, o a quien llamamos Homero, contemplando una pantalla gigantesca donde su poema volvía a cobrar vida tres mil años después de haber sido cantado por primera vez. Me pregunté qué habría sentido al descubrir que aquello que nació para ser escuchado alrededor del fuego hoy reúne a cientos de personas en una sala oscura, en silencio, conmovidas por la misma historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá habría sonreído. Quizá habría entendido que el verdadero protagonista nunca fue Odiseo sino la imaginación humana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese es, creo yo, el mayor acierto de Nolan. No filmó una película para resolver debates históricos ni para satisfacer a los arqueólogos, filmó una película para recordarnos que los clásicos siguen respirando porque hablan de aquello que nunca deja de pertenecernos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante semanas buena parte de la conversación pública se ha reducido a preguntar si Helena debía ser blanca, negra o mediterránea, como si la fuerza de un poema dependiera del color de la piel de sus personajes. Es una discusión profundamente contemporánea y al mismo tiempo profundamente superficial. Helena nunca fue solamente una mujer. Fue el deseo, la belleza, la obsesión, el motivo que desencadena una guerra. Del mismo modo, las sirenas nunca fueron únicamente criaturas marinas, Polifemo jamás fue solamente un gigante, los dioses tampoco fueron simples personajes. Son símbolos, metáforas, imágenes que sobreviven precisamente porque no pertenecen a una sola época.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los poemas son territorios donde la razón no alcanza a explicarlo todo y acaso ese sea su mayor privilegio. Intentar racionalizar cada verso de Homero es olvidar que antes de ser literatura,&nbsp;<em>La Odisea</em>&nbsp;fue música, memoria y voz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo profundamente emocionante en el viaje que hizo ese texto para llegar hasta nosotros. Nació en griego antiguo y durante siglos sobrevivió gracias a los rapsodas que lo recitaban de memoria mucho antes de quedar fijado por escrito. Más tarde el mundo latino dialogó con él, Virgilio escribió&nbsp;<em>La Eneida</em>conversando con Homero y convirtió la tradición clásica en un puente entre dos civilizaciones. Durante siglos Europa leyó a los griegos a través del latín, hasta que en el siglo XVI el humanista Gonzalo Pérez realizó la primera traducción completa de&nbsp;<em>La Odisea</em>&nbsp;al castellano directamente desde el griego. Cada lengua fue un nuevo puerto. Cada traducción fue otra travesía hacia Ítaca. Cada generación volvió a contar la misma historia con palabras distintas, demostrando que la verdadera inmortalidad no consiste en permanecer intactos sino en seguir transformándose.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vi la película doblada al español y debo confesar que la experiencia me sorprendió. Pensé, por un momento, que el castellano abrazaba aquella épica con una naturalidad especial, no porque sea una lengua más cercana al griego antiguo desde el punto de vista lingüístico, no lo es, sino porque nuestra tradición literaria lleva siglos dialogando con los clásicos a través del latín y de las grandes traducciones españolas. Escuchar a Odiseo en español fue recordar que Homero también forma parte de nuestra lengua.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero hay una escena que me acompañó mucho después de salir del cine. El Odiseo de Nolan contempla el fuego consumiendo Troya y entiende que toda victoria tiene algo de derrota, que el humo no distingue entre vencedores y vencidos, que las ciudades arden con el mismo color sin importar quién levante finalmente la bandera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué contemporánea resulta esa imagen mientras contemplamos un mundo donde medio planeta parece dispuesto a matar a la otra mitad, convencido de que las guerras todavía pueden producir vencedores. Troya ocurrió hace casi tres mil años y, sin embargo, seguimos levantando argumentos para justificar incendios, invasiones y exterminios. Cambian las armas, cambian las banderas, cambian los nombres de los imperios, pero la tragedia continúa siendo la misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá esa sea la enseñanza más profunda de aquella guerra entre hermanos. Las guerras no las gana nadie, las guerras las perdemos todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nolan parece comprenderlo. Su Odiseo no es un héroe invencible, es un hombre cansado, marcado por la culpa, por la pérdida y por la nostalgia. No busca conquistar el mundo, busca regresar a casa. Esa diferencia es enorme. En una época fascinada por los superhéroes, Nolan rescata al héroe profundamente humano, al hombre que duda, que se equivoca, que llora, que sobrevive y que comprende que ninguna gloria compensa los años perdidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso Christopher Nolan era el director indicado para esta historia. Desde&nbsp;<em>Memento</em>, pasando por&nbsp;<em>El gran truco</em>,&nbsp;<em>Interestelar</em>,&nbsp;<em>Dunkerque</em>&nbsp;y&nbsp;<em>Oppenheimer</em>, toda su filmografía ha girado alrededor del tiempo, de la memoria, de la culpa y de la condición humana. En el fondo siempre ha estado filmando la misma pregunta, qué significa seguir siendo humanos cuando todo parece empujarnos hacia el olvido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras avanzaba la película pensé que el mayor logro de nuestra especie no es haber llegado a la Luna, ni haber construido ciudades inmensas, ni haber partido el átomo, ni haber inventado la inteligencia artificial. Nuestro mayor logro consiste en algo mucho más sencillo y mucho más extraordinario, nunca dejamos de contar historias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hemos cambiado de herramientas, de idiomas, de imperios y de religiones, pero seguimos reuniéndonos para escuchar el viaje de un hombre que quiere volver a casa. Antes fue alrededor de una hoguera, luego en pergaminos, después en libros impresos y ahora en una pantalla gigantesca. Cambió el soporte, nunca cambió el asombro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá esa sea la verdadera victoria de la humanidad. No haber conquistado el mundo sino haber conservado la capacidad de emocionarse con un poema escrito hace casi tres mil años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque&nbsp;<em>La Odisea</em>&nbsp;nunca trató solamente de regresar a Ítaca. Trata de nosotros, de nuestra fragilidad, de nuestra obstinación, de nuestra belleza, de nuestra permanente posibilidad de perdernos y de volver a encontrarnos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Seguimos siendo Odiseo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Seguimos navegando entre monstruos que cambian de nombre, entre guerras que prometen victorias imposibles y entre dioses que ahora adoptan otras formas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y mientras exista alguien dispuesto a escuchar esta historia, mientras un poema pueda cruzar los siglos para conmover a un espectador del siglo XXI, la humanidad seguirá encontrando un camino de regreso hacia sí misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque al final no existen razas de héroes ni razas de villanos. Existe una sola, contradictoria, luminosa y terrible, capaz de construir el caballo de Troya y también de escribir el poema que lo convertiría en una advertencia para siempre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La raza humana.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=131611</guid>
        <pubDate>Tue, 28 Jul 2026 15:20:15 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Odiseo o la posibilidad de vivir]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <title>La enseñanza matemática a través del tiempo: una taza de humor y crítica</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/ecuaciones-de-opinion/la-ensenanza-matematica-a-traves-del-tiempo-una-taza-de-humor-y-critica/</link>
        <description><![CDATA[<p>Con un toque de humor se puede describir cómo ha evolucionado la enseñanza, pero sobre todo la manera de evaluar las matemáticas en las escuelas.  </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Hemos pasado de “muéstreme cómo lo hizo” o “justifique cada paso” a limitarse, casi, a comprobar que la autoría no proviene de la IA. Pero es aún más divertido seguir un ejemplo a través del tiempo, como el que corresponde a la tarea de un niño que debe hacer un sencillo cálculo. Empecemos ubicándonos hace varias décadas y propongo seguir la metamorfosis de enseñar matemáticas, entre arrobas, conjuntos y café, sin abandonar un toque de exageración y humor.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza tradicional en 1960</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un campesino vende una carga de café por 500 pesos. La carga equivale a 10 arrobas (125 kilos) y, en el exterior, la arroba se paga a 4 dólares. ¿Cuánto gana el intermediario si el tipo de cambio es de 20 pesos por dólar?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza estructurada en 1965</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un campesino vende una carga de café por 750 pesos. La carga equivale a 10 arrobas (125 kilos). Sus gastos de producción corresponden a cuatro quintas partes del precio de venta. ¿Cuánto cuesta producir una arroba?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza motivadora en 1970</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un campesino vende una carga de café por 1000 pesos. Sus gastos de producción corresponden a cuatro quintas partes del precio de venta. ¿Cuánto ganaría el campesino si vende dos cargas?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza clara en 1975</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un campesino vende una carga de café por 2500 pesos. Sus gastos de producción corresponden a <strong>cuatro quintas partes</strong> del precio de venta. ¿Cuál es su ganancia?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza reflexiva en 1980</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un campesino vende una carga de café por 5000 pesos. Sus gastos de producción corresponden a <strong>cuatro quintas partes</strong> del precio de venta, es decir, 4000 pesos. ¿Cuál es su ganancia?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza significativa en 1985</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un agricultor comercializa una carga de café. Sus gastos de producción ascienden a 5000 pesos y su ganancia es de 1000 pesos ¿en cuánto comercializó el café?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza organizada en 1990</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un agricultor comercializa una carga de café. La carga tiene 10 arrobas, que equivalen a 125 kilos. ¿Cuántos kilos tiene una arroba?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza innovadora en 1995</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora los profesores de matemáticas se ven obligados a reforzar la teoría de conjuntos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un agricultor intercambia un conjunto C de arrobas de café, cuyo cardinal es 10, por un conjunto P de miles de pesos. ¿Cuál es el cardinal de P si el agricultor recibe 10 miles de pesos?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza sistemática en 2000</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un agricultor intercambia un conjunto C, que contiene 10 arrobas de café, por un conjunto P, que contiene 10 paquetes de billetes. Dibuja cada conjunto utilizando puntos negros para las arrobas y puntos rojos para los paquetes de billetes.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza metódica en 2005</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Las matemáticas deben dejar enseñanzas de conteo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un agricultor comercializa cargas de café. Cada carga tiene 10 arrobas. <strong>Subraya</strong> las palabras <em>cargas</em> y <em>arroba</em>. ¿Cuántas letras iguales contienen?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza didáctica en 2010</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un agricultor comercializa cargas de café. Cada carga tiene 10 arrobas. Escribe en forma vertical las palabras <em>cargas</em> y <em>arroba</em> y dibuja flechas que unan las letras iguales.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza conceptual en 2015</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Un agricultor comercializa su café. Escribe la palabra <em>a‑g‑r‑i‑c‑u‑l‑t‑o‑r</em>. ¿Cuántas letras tiene?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza dirigida en 2020</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Las matemáticas deben trascender al estudiante mediante proyectos de aprendizaje en todas las áreas.<br>Actividades de investigación interdisciplinaria a partir de la afirmación:</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Existe un agricultor que comercializa café”.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Matemáticas:</strong> Escribe la palabra <em>agricultor</em> tres veces seguidas y usa la calculadora para contar cuántas letras hay.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Economía:</strong> ¿Dónde se puede comprar café?&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Lenguaje:</strong> ¿Por qué la palabra <em>café</em> lleva tilde?&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Ciencias:</strong> ¿El café es un vegetal o un mineral? Justifica tu respuesta.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Geografía:</strong> ¿Dónde se cultiva café? No se permite el uso de Google.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Derecho:</strong> ¿Es lícito cultivar café?&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Tecnología:</strong> ¿Cómo suena una cafetera cuando prepara el café?&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Sociología:</strong> ¿Qué papel juega el café en la vida social? ¿Es bebida, ritual, excusa para conversar, o simplemente un estimulante emocional?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Medicina: </strong>¿Altera los nervios el café?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Química</strong>: ¿Por qué cambia de color el café si se le agrega leche?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Estadística: </strong>Si dos personas toman cuatro tazas de café al día, ¿cuántas tazas en promedio toma cada una?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Geometría:</strong> Dibuja una taza de café en forma cilíndrica</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Ingeniería: </strong>Ponle una orejita al dibujo anterior</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Psicología: </strong>Refuerzo para la toma de decisiones con personalidad: escribe lacalificación que debemos darte eligiendo un número entre 30 y 50: _ _. Recuerda que 50 &gt; 30, esto significa que 50 es mayor que 30, o sea el número más grande es 50. Y para aprobar necesitas una calificación mayor que 30. Si te equivocaste por esta confusión puedes tachar y cambiar poniendo ahora la calificación que mereces.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Enseñanza analítica en 2026</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y llegamos a la actualidad en la que hay que combinar la lectura crítica y evitar el uso indebido de la IA.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Lectura crítica:</strong> el hacendado propietario de una finca cafetera es un latifundista, explotador e intermediario de las multinacionales; un individuo al servicio del capitalismo para enriquecerse comercializando café. Mientras tanto, el campesino trabaja de sol a sol y cultiva café. Mientras el campesino sí sabe qué es madrugar (su despertador es el gallo) y sí distingue entre una cereza madura y una que todavía está verde; el hacendado solo distingue entre “ganancia bruta” y “ganancia neta”, pero confunde la mata de café con un bonsái decorativo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En las reuniones, el hacendado proclama solemnemente:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—“Sin mi gestión, este café no llegaría al mercado”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y el campesino piensa:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—“Sin mi trabajo, este café no llegaría ni a la mata”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Responde las siguientes preguntas, pero antes:</p>



<ol class="wp-block-list">
<li>Demuestra que eres un humano.</li>



<li>Responde y califica tus respuestas después de jurar que no has usado IA para contestar a los siguientes interrogantes planteados.</li>
</ol>



<p class="wp-block-paragraph">¿Dónde viven los gallos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Madrugan todos los gallos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Distinguen los gallos las cerezas maduras?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿La mata de café es como un bonsái decorativo?</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿El campesino y el hacendado toman café cuando canta el gallo?</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">@MantillaIgnacio<br></p>
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        <author>Ignacio Mantilla Prada</author>
                    <category>Ecuaciones de opinión</category>
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        <pubDate>Sat, 18 Jul 2026 16:16:47 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ignacio Mantilla Prada</media:credit>
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