Los que sobran

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La verdadera ideología de género es el machismo.

El origen de los estudios sobre el género es multidisciplinar, iniciaron en el siglo XIX dentro del campo de la biología y la medicina, a partir de allí trascendieron como teorías a las ciencias sociales. Sin embargo, al pasar al nivel político en el siglo XXI lamentablemente se han visto tergiversados por ciertas doctrinas religiosas que alertando a la sociedad creyente de un supuesto interés perverso por cambiar sus patrones morales han optado por estigmatizar, estudios científicos y sociales con la etiqueta de lo que han llamado “ideología de género”.

En la semana de conmemoración del día internacional de la mujer, tres hechos de la actualidad colombiana llaman la atención pues contribuyen a entender  porqué es urgente continuar hablando de género sin dejarse confundir por las doctrinas fundamentalistas religiosas.

El primero de estos hechos fue protagonizado por un movimiento político cristiano que luego de enviar un derecho de petición cuestionando fuertemente los programas de inclusión del Viceministerio para la participación e igualdad de derechos, solicita desde el congreso la modificación del Plan Nacional de Desarrollo para excluir el caso de los niños LGBT dentro de las víctimas de discriminación. El PND en su apartado de “Equidad en la diversidad” hace referencia a la dificultad en el acceso a la salud, la negación del servicio hacia los menores y la existencia de “tratamientos de conversión”. Ellos alegan que al mencionar estas realidades, se induce a los niños a cambiar de orientación sexual y se priva a los padres de educarlos en este sentido.

El segundo,  fue el nombramiento de uno de los miembros del referido movimiento como Director de Derechos Humanos del Ministerio del Interior cuyo antecesor había sido denunciado e investigado por la Procuraduría por malos tratos en el ejercicio de su cargo. Un cargo desde el que se supone se debe velar por la protección de los derechos fundamentales de sectores diversos, minoritarios y vulnerables como el de los líderes sociales y la población LGBT.

Se trata a todas luces en estos dos casos, de atentados contra la ética pública en un estado laico, en el que la garantía de principios fundamentales como la igualdad y la no discriminación por motivos como la raza, el sexo, el origen social o la religión, no sólo están garantizados en la Constitución Política sino reforzados por los estándares internacionales de justicia adoptados por Colombia.

Se equivocan al afirmar que la mal denominada “ideología de género” pretende “obligar a los niños a que se conviertan en niñas”. Hablar de género en ninguna medida implica una pretensión de influir ni reglamentar la sexualidad ni la intimidad de ningún ser humano. Al contrario, entre otras cosas, la perspectiva o el enfoque de género, es ante todo una invitación a los hombres, a ponerse en el lugar de las mujeres y demás poblaciones para lograr entender las brechas que históricamente aún las mantiene marginadas, así como a reflexionar sobre los injustos privilegios a los que a ellos la sociedad les da acceso en razón a su sexo.

La perspectiva de género, permite un análisis complejo y por tanto más completo de la desigualdad social prevaleciente y en esta medida, constituye un instrumento idóneo para lograr nuevas y mejores soluciones a este flagelo. No se trata de una “ideología”, como sí lo es el machismo pues en este prevalece y se pregona la idea (por no decir el sesgo), de que el hombre por naturaleza debe ocupar un lugar superior a la mujer, sin contar para ello con ningún fundamento.

Claro, como toda nueva perspectiva la de género puede producir incertidumbre o incluso miedo, pues se trata precisamente de romper un paradigma: jerárquico, naturalizado, normalizado y lleno de prejuicios que favorece un sector de la sociedad en detrimento de otro. El machismo como ideología admite un sistema en el que las mujeres deben ser dóciles, obedientes, fieles, de voz suave, moderada y dulce en una impuesta desventaja respecto a los hombres a quienes la rebeldía, la autosuficiencia, la libertad, la determinación, la fortaleza, la voz grave y elevada entre muchos otros, se les conceden como cualidades exclusivas.

Basta con ver los calificativos otorgados a hombres y mujeres por realizar las mismas prácticas. Cuando una mujer sobrepasa las fronteras de lo que la sociedad espera de ella, se dice que es histérica, mandona, loca, loba, zorra, puta, escandalosa o en el mejor de los casos que está fuera de lugar; por el contrario, un hombre que sobrepase las fronteras de lo que se supone correcto, es visto como vigoroso, fuerte, seguro, valiente, atractivo y digno de admiración.

Ese machismo no solo acrecienta las desigualdades sociales, sino que atenta contra la dignidad humana, tanto de las mujeres como de los mismos hombres; quienes en muchas ocasiones se ven obligados a actuar contra una naturaleza que puede también ser sensible, frágil, delicada  y en ese caso pena por encontrar un lugar digno de respeto en la sociedad. Se trata entonces también de permitir la existencia de un espacio para las nuevas masculinidades. No por el hecho de ser heterosexuales, todos los hombres se identifican con el modelo machista, pero muchas veces tienen que asumir conductas sociales impuestas, para no ser tildados de “maricones”, “afeminados” o en el mejor de los casos “guevones”, igual para las mujeres que al salirse de los patrones prevalecientes son tratadas de “marimachas”, “machonas”,  “feminazis”, “desnaturalizadas” etc. ¿Cuál iglesia sobre la tierra o cual credo pregona la negación de la individualidad y la diferencia, o cual aspira a la desigualdad y la infelicidad del ser humano? seguramente ninguna, son las perspectivas fanáticas y fundamentalistas de las religiones las que optan por estas visiones y terminan por apartar a sus mismos feligreses, quienes pasan fácilmente de credos tradicionales a los brazos de la primera secta. El problema entonces no son tampoco las religiones sino que promuevan la intolerancia, desconozcan la diferencia, así como las reglas básicas del Estado en el que se encuentran, siendo la laicidad en el caso de Colombia y la mayoría de los Estados occidentales una de ellas.  

Mientras se alerta de manera infundada de peligro cada vez que la palabra género aparece en documentos oficiales, se desconoce que el verdadero e inminente peligro está en dejar de hablar de esta gran inequidad que en pleno siglo XXI sigue reinando en nuestra sociedad. Se desconoce la violencia hacia las mujeres, la desventaja en el acceso a sus derechos, las brechas existentes a nivel laboral y salarial, la poca representatividad que detentan en los cargos públicos y políticos y lo aberrante de que algunos oficios y profesiones sigan siendo sin razón considerados como exclusivos para hombres o mujeres en razón a su género. ¡Que vivan los hombres que cuidan el hogar y las mujeres científicas! Que vivan cada cual desde el lugar y desempeños en los que se sientan felices.  

La tendencia a valerse del término “ideología de género”  para confundir ciudadanos desinformados y desprevenidos ha sido persistente en los últimos tiempos. En Colombia tuvimos el ejemplo palpable con las mentiras que fueron utilizadas en la campaña del referendo; en la renegociación de los acuerdos de paz que buscaban visibilizar violencias ocasionadas por asuntos de género e igualmente  cuando fueron convocadas manifestaciones contra la revisión de los manuales de convivencia escolares solicitada por el MEN a los colegios acatando una orden dada por la Corte Constitucional luego de juzgar el caso de Sergio Urrego, el estudiante que se suicidó a los 17 años como producto de la presión escolar por su condición de homosexual.

Para terminar, el tercer y último hecho que esta semana demuestra la necesidad de tratar los asuntos de género, lo encontramos en el caso de la selección femenina de fútbol. Las Superpoderosas, que emocionan a quienes logran ver sus partidos cuando en algún canal los transmiten, habían presentado denuncias de acoso laboral, sexual, cobros de uniformes y faltas en los pagos; pero la respuesta dada por parte de las directivas fueron descalificaciones como que se trataba de «afán desmedido de figuración y protagonismo inmerecido», sumando a lo cual, otro directivo, buscando desacreditar el fútbol femenino lo definió  como “caldo de cultivo de lesbianismo”.

Frente a estas tres situaciones podemos entender la imperiosa necesidad de adoptar la perspectiva de género como instrumento de reflexión adecuado para alcanzar condiciones materiales de igualdad, mediante la sensibilizacion  y concientizacion a la ciudadanía de las brechas y condiciones de inequidad en el que día a día penan por surgir algunos sectores vulnerables de la sociedad dentro de los cuales el panorama suele ser mucho más precario tratándose de la comunidad LGTBI y las MUJERES.

¿Estará Colombia preparada para defender con civismo, ética, humanidad y racionalidad y entereza, los principios de convivencia fundamentales de un Estado Constitucional de derecho a la altura de los avances sociales del siglo XXI? Esperamos que si.

David Enrique Florez Salgado

@davidenriquefs

Cielo E. Rusinque Urrego

 

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