Coyuntura Política

Publicado el Renny Rueda Castañeda

Reflexiones sobre la columna “Empirismo Vulgar”, de Alejandro Gaviria.

El día 18 de enero, Alejandro Gaviria, escritor habitual del diario, publicó una columna que tituló “Empirismo Vulgar”. En ella lleva a cabo una descalificación de una forma de argumentación naturalmente más emocional que lógica, y más propia de la experiencia que del estudio academicista; el empirismo. La columna aunque pareciera debería carecer de importancia, llama en primer lugar la atención ya que dado el tono de la misma, pone en evidencia una situación que durante décadas ha servido para ahondar una anomalía sistémica en países en desarrollo y particularmente en Colombia consistente en la desarticulación que existe entre la academia y su disposición al análisis de particularidades. Y la realidad, que conlleva un universo de circunstancias, variables y contextos impredecibles y lejanos a la teoría. En segundo lugar, la columna podría pasar al olvido entre la abundancia de posiciones que frente al tema pueden existir en la red, si no es por el hecho de que quien la escribe es el decano de la Facultad de Economía de la Universidad de Los Andes. La institución de educación privada de mayor prestigio en el país y probablemente la principal fuente de profesionales y analistas con la más alta probabilidad de participar en espacios de poder político, y por ende de convertirse en constructores y planificadores sociales.

Es difícil pensar que el punto de partida de un academicista implique la descalificación tácita o expresa de quién apela al empirismo como argumento, ya que tanto la teoría como la práctica, son fuentes de conocimiento válido, y por ende materias mutuamente dependientes en el análisis de problemáticas políticas. Si bien es cierto en ocasiones desde la práctica se desconocen variables que pueden ser asépticamente abordadas en un espacio académico, también es cierto que la academia, por su propia configuración implica necesariamente un desconocimiento de hechos y elementos que solo la práctica puede aportar. Del debate solo se puede sacar en claro que en sociedades como las nuestras, llenas de complejidades propias de modelos políticos y económicos aún en desarrollo, lo único a lo que se le pueda atribuir una carga valorativa negativa es a la disposición a la descalificación de aquel que obra como interlocutor en un escenario de construcción de verdades colectivas.

La implementación de políticas económicas que omiten no solo el análisis de contextos sino también de sentimientos y condiciones físicas particulares de los hombres, entre ellos habitualmente el de la impotencia contenida de las clases mas bajas al aceptar recetas hechas desde fríos estudios de experimentación social, lleva implícita una realidad aún mas escalofriante, y es el hecho de que gran parte de la teoría económica actual dictada en las aulas de clase tanto de las universidades públicas como privadas, lleva en su interior  supuestos filosóficos, políticos e ideológicos dominantes sobre los cuales poca o ninguna reflexión o crítica se lleva a cabo. Estos limitan doctrinariamente el campo de acción intelectual y ética de quienes una vez salidos de la universidad deben tomar decisiones ceñidas a un modelo económico-político en el que no solo no se cuestiona la ética, sino que además en ocasiones se premia ostentosamente la especulación, la irresponsabilidad, la ausencia de rigor conceptual, y una burda e irracional ambición material.

La defensa ciega del academicismo suele entonces convertirse en un instrumento necesario para la reproducción de un modelo político colmado de contradicciones, que al desdeñar elementos consustanciales al orden social y al hombre, sirve a los intereses de actores dominantes parasitarios enquistados en un sistema que no solo se reproduce en las calles y en las mentes sino también en las aulas de clase. Así tanto la economía como el resto de ciencias, dejan de convertirse en un espacio de complejidades y discusión y se convierten en un escenario de fáciles certezas, la mayoría de ellas descritas repetitivamente en los textos de estudio, enseñadas a los estudiantes como si fuesen máximas irrefutables, indiferentes a la capacidad de cuestionamiento riguroso no solo de las reducidas variables que las generaron, sino también al contexto político de donde nacieron, limitando la vida de millones de seres a injusticias y arbitrariedades que el estudiante y futuro profesional se entrena a desdeñar, pero que son tan reales como las recetas técnicas y que si se valoraran realmente desde la teoría permitirían que las universidades pudiesen hacer tránsito de centros de adoctrinamiento a espacios de generación de conocimiento.

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Renny Rueda Castañeda

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