Cosmopolita

Publicado el Juan Gabriel Gomez Albarello

¿Qué hay en la traducción de una palabra?

Hace una semana se conmemoró otro aciago aniversario del uso de la bomba atómica contra la ciudad de Hiroshima. Conviene recordar que la mala traducción de la palabra mokusatsu precipitó a los Estados Unidos a cometer semejante crimen.
El 28 de julio de 1945, el Primer Ministro japonés Kantaro Suzuki usó la palabra mokusatsu para referirse a los duros términos de rendición que habían usado los Aliados con respecto al Japón. Como tantas otras palabras en tantos otros idiomas, los lingüistas nos dicen que mokusatsu admite varias interpretaciones. Una es, “me reservo los comentarios”; otra muy distinta, “no es digno de comentario”. ¿Qué quiso decir el ministro Suzuki: que el Japón no se rendía y que mandaba al carajo el ultimátum de los Aliados o que no tenía una respuesta clara y prefería omitir cualquier declaración?
Un informe de un oficial de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos destaca el problema de entender qué fue exactamente lo que dijo el ministro japonés. Ese informe también refiere que quien tradujo la palabra mokusatsu omitió informarle a sus superiores que su significado era ambiguo. Antes bien, se inclinó por una mala interpretación, aquella según la cual el Japón rechazaba los términos de los Aliados. En Washington, D.C., los oficiales del Estado Mayor asumieron que la respuesta de Suzuki confirmaba todo lo que suponían acerca de la postura del Japón: su espíritu militarista haría que la guerra se prolongara y a un alto costo. Por lo tanto, a sus ojos era perfectamente legítimo ponerle fin al asunto prontamente arrojando la bomba atómica en dos ciudades.
El mencionado informe de la ANS (por sus siglas en inglés) no contempla muchos de los aspectos morales que a todos nos parecen relevantes. No puede haber duda alguna de que lo ocurrido en Hiroshima y en Nagasaki fue un crimen de guerra. Los Estados Unidos usaron un arma de destrucción masiva contra dos ciudades con el fin de obtener la rendición del Japón.
Las armas atómicas no distinguen combatientes de civiles. Son un instrumento que permite un uso desproporcionado de la fuerza. A pesar de contradecir todos los principios del derecho internacional humanitario, varios estados siguen empeñados en mantener esas armas en su arsenal: Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido, China, Francia, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. Aunque el Ayatolá Jameini ha pronunciado un decreto religioso contra la fabricación de armas atómicas, si Irán no le pone límites a su programa nuclear, adquirirá pronto la capacidad de fabricar armas de ese tipo. La posición del régimen iraní, sin embargo, no puede verse aislada de la renuencia de Israel a ratificar el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares.
Bien es sabido que las tensiones que hay en el Medio Oriente son muy altas. Cada día que pasa, Israel parece acercarse más y más a una decisión que podría precipitar una guerra de proporciones incalculables. Y si esto fuera poco, en varios momentos los problemas de traducción han jugado un papel en el agravamiento de esas tensiones.
Por todo lo anterior, recordar el incidente mokusatsu es necesario, si no urgente. El informe citado de la ANS nos pide que tengamos en cuenta las dificultades de todo proceso de traducción y nos exhorta a que hablemos con más precisión (la versión completa, traducida al español, la he publicado al final de esta entrada). Esto, desde luego, no es cierto en todos los contextos. Hay algunos acercamientos y acuerdos que solamente se logran a la sombra de la ambigüedad. Sin embargo, estando de por medio el uso de armas nucleares, los problemas de interpretación pueden ser fatales.
La incomprensión puede ser una fatalidad misma del lenguaje. En “La Biblioteca de Babel”, un cuento de Jorge Luis Borges, el narrador se pregunta, “Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?” Pero ésta no es una fatalidad letal. Lo letal está en las armas que tenemos y en el ánimo para usarlas. Es la hora de desarmar la letalidad, antes de que la dispare la fatalidad de nuestra incomprensión.

Hace una semana se conmemoró otro aciago aniversario del uso de la bomba atómica contra la ciudad de Hiroshima y la de Nagasaki. Conviene recordar que la mala traducción de la palabra mokusatsu precipitó a los Estados Unidos a cometer semejante crimen.

El 28 de julio de 1945, el Primer Ministro japonés Suzuki Kantaro usó la palabra mokusatsu para referirse a los duros términos de rendición que habían usado los Aliados con respecto al Japón. Como tantas otras palabras en tantos otros idiomas, los lingüistas nos dicen que mokusatsu admite varias interpretaciones. Una es, “me reservo los comentarios”; otra muy distinta, “no es digno de comentario”. ¿Qué quiso decir el ministro Suzuki: que el Japón no se rendía y que mandaba al carajo el ultimátum de los Aliados o que no tenía una respuesta clara y prefería omitir cualquier declaración?

Un informe de un oficial de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos destaca el problema de entender qué fue exactamente lo que dijo el ministro japonés. Ese informe también refiere que quien tradujo la palabra mokusatsu omitió informarle a sus superiores que su significado era ambiguo. Antes bien, se inclinó por una mala interpretación, aquella según la cual el Japón rechazaba los términos de los Aliados. En Washington, D.C., los oficiales del Estado Mayor asumieron que la respuesta de Suzuki confirmaba todo lo que suponían acerca de la postura del Japón: su espíritu militarista haría que la guerra se prolongara y a un alto costo. Por lo tanto, a sus ojos era perfectamente legítimo ponerle fin al asunto prontamente arrojando la bomba atómica en dos ciudades.

El mencionado informe de la NSA (por sus siglas en inglés) no contempla muchos de los aspectos morales que a todos nos parecen relevantes. No puede haber duda alguna de que lo ocurrido en Hiroshima y en Nagasaki fue un crimen de guerra. Los Estados Unidos usaron un arma de destrucción masiva contra dos ciudades con el fin de obtener la rendición del Japón.

Las armas atómicas no distinguen combatientes de civiles. Son un instrumento que permite un uso desproporcionado de la fuerza. A pesar de contradecir todos los principios del derecho internacional humanitario, varios estados siguen empeñados en mantener esas armas en su arsenal: Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido, China, Francia, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. Aunque el Ayatolá Jameini ha pronunciado un decreto religioso contra la fabricación de armas atómicas, si Irán no le pone límites a su programa nuclear, adquirirá pronto la capacidad de fabricar armas de ese tipo. La posición del régimen iraní, sin embargo, no puede verse aislada de la renuencia de Israel a ratificar el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares.

Bien es sabido que las tensiones que hay en el Medio Oriente son muy altas. Cada día que pasa, Israel parece acercarse más y más a una decisión que podría precipitar una guerra de proporciones incalculables. Y si esto fuera poco, en varios momentos los problemas de traducción han jugado un papel en el agravamiento de esas tensiones.

Por todo lo anterior, recordar el incidente mokusatsu es necesario, si no urgente. El informe citado de la NSA nos pide que tengamos en cuenta las dificultades de todo proceso de traducción y nos exhorta a que hablemos con más precisión (la versión completa, traducida al español, la he publicado al final de esta entrada). Esto, desde luego, no es cierto en todos los contextos. Hay algunos acercamientos y acuerdos que solamente se logran a la sombra de la ambigüedad. Sin embargo, estando de por medio el uso de armas nucleares, los problemas de interpretación pueden ser fatales.

La incomprensión puede ser una fatalidad misma del lenguaje. En “La Biblioteca de Babel”, un cuento de Jorge Luis Borges, el narrador se pregunta, “Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?” Pero ésta no es una fatalidad letal. Lo letal está en las armas que tenemos y en el ánimo para usarlas. Es la hora de desarmar la letalidad, antes de que la dispare la fatalidad de nuestra incomprensión.

Mokusatsu: Una Palabra, Dos Lecciones

por [(b) (3)-P.L. 86-36]

Desclasificado

NSA Technical Journal, Otoño 1968, Vol. XIII, No. 4*

mokusatsu  ?? –suru, v. no tratar con atención; tratar (cualquier cosa) con un desprecio silente; ignorar {por la vía de mantenerse en silencio}; permanecer en una inactividad sabia y magistral.

– Nuevo Diccionario Japonés-Inglés Kenkyusha p. 1129.

La historia de cómo una traducción mal escogida de la palabra japonesa mokusatsu condujo a los Estados Unidos a la decisión de arrojar la primera bomba atómica del mundo en Hiroshima es bien conocida entre muchos lingüistas. Sin embargo, quizá no estaría fuera de lugar contarla de nuevo brevemente en caso de que algún lector de este ensayo no esté familiarizado con la palabra –y con la esperanza de que los lectores se inspiren en evitar los dos trágicos errores lingüísticos a los que apunta la historia.

En julio de 1945 los líderes aliados reunidos en Potsdam emitieron una declaración de términos de rendición fríamente formulada y esperaron ansiosamente por la respuesta del Japón. Los términos incluían un señalamiento consistente en que cualquier respuesta negativa provocaría “una destrucción pronta y completa”. Truman, Churchill, Stalin y Chiang Kai-Shek dijeron que esperaban que el Japón aceptaría rendirse incondicionalmente y previniese una devastación de la patria japonesa, y que ellos esperarían pacientemente la respuesta del Japón.

Los periodistas en Tokyo le preguntaron al Primer Ministro Kantaro Suzuki acerca de la reacción de su gobierno a la Declaración de Potsdam. Puesto que no se había llegado a ninguna decisión formal hasta ese momento, Suzuki, recurriendo a la vieja respuesta de emergencia de los políticos a los periodistas, respondió que se reservaba los comentarios. Él usó la palabra japonesa mokusatsu, que se deriva de la palabra para “silencio”. Como puede verse de la entrada del diccionario ya citada, sin embargo, la palabra tiene otros sentidos muy diferentes de los que Suzuki tenía en mente. Desgraciadamente, las agencias internacionales de noticias consideraron que podrían decirle al mundo que el ultimátum “no era digno de comentario”. Los miembros del gobierno de los Estados Unidos, molestos por el tono de la declaración de Suzuki y viéndolo obviamente como otro ejemplo típico del espíritu fanático Banzai y Kamikaze, se decidieron por medidas severas. En el curso de diez días fue tomada la decisión de arrojar la bomba e Hiroshima fue arrasada. [1]

Casi sin excepción, donde quiera que esta historia es contada, se hace mención al pobre trabajo de traducción. Un artículo corto de un magazín [2] lo llama “La Traducción más Trágica del Mundo”, “la traducción mal escogida de una palabra común del japonés”, “un descuido desastroso en el más importante de los mensajes” y “esa poco propicia traducción”. En efecto, parece que hay pocas dudas acerca de la culpabilidad del traductor.

Mucha gente, especialmente los no lingüistas, parecen sentir que cada palabra en una lengua tiene una contraparte exacta, un equivalente perfecto, en todas las demás lenguas. Así, dada una palabra en la Lengua A, esta puede significar una sola cosa en la Lengua B, y esa cosa única será exactamente aquello que fue expresado en la lengua A. Obviamente, esto no es cierto. Pueblos distintos con orígenes culturales diferentes ven las cosas diferentemente y sus lenguas reflejan esta diferencia de puntos de vista. Por ejemplo, dados seis animales en común a varias regiones, un grupo lingüístico puede categorizar los animales en dos clases dependiendo del tamaño y tener solamente dos palabras en su lengua (una para los animales grandes, otra para los pequeños); otro pueblo puede usar como su criterio los hábitos alimenticios de los animales y también tener dos palabras (una para los carnívoros, otra para los herbívoros) comprendiendo así diferentes grupos de animales. Otro pueblo puede subdividir los animales de acuerdo con el color y terminar con cuatro palabras en su lengua e incluso otro pueblo puede no hacer subdivisiones en lo absoluto, de forma que tendrán seis palabras para usar cuando hablen de esos animales. Es también posible que algún otro grupo pueda tener nombres separados para los machos y las hembras de las especies (como sucede en inglés con carnero y oveja, ganso y oca, etc.), ¡de forma tal que tendrán doce palabras diferentes! Además, hay otros criterios que podrían ser usados, con lo que el número de palabras podría aumentar o disminuir; o muchas lenguas podrían tener el mismo número de palabras pero, usando criterios completamente diferentes de subdivisión, podrían corresponder a cosas completamente diferentes.

Otro problema lingüístico que previene que cada palabra en un idioma tenga una contraparte en cualquier otro es que a menudo algo que es un lugar común a muchos hablantes de una lengua será completamente desconocido a los hablantes de otra. No tienen un concepto de la cosa; entonces, ¿cómo podrían tener una palabra para ella? Este es un problema al que frecuentemente se han enfrentado los traductores de la Biblia. ¿Cómo, por ejemplo, traduciría usted “Cordero de Dios” a un dialecto esquimal cuyos hablantes no tienen la más mínima idea de lo que son las ovejas? ¿O “ancla” a una lengua hablada por habitantes nómadas que viven en medio del Desierto del Sahara?

Muy a menudo una expresión puede ser traducida palabra por palabra, pero la traducción resultante conlleva significados completamente dispares en ambas lenguas a cuenta de las diferencias culturales. Un misionero en África se vio en este problema con la frase, “He aquí, yo estoy a la puerta y toco” (Apocalipsis, 1, 3:20). En esa región solamente un ladrón llama a la puerta; si alguien le responde, el intruso se da a la fuga. Los visitantes con intenciones honestas gritan el nombre de la persona que vive en el bohío. El traductor resolvió el problema traduciendo así el verso, “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo.” [3]

La traducción de la Biblia sirve para destacar algunos de los problemas comunes a todos los traductores. Traducciones recientes de las Escrituras al inglés revelan una conciencia aguda del problema específico de que no todos los textos de una lengua puedan ser traducidos a otra fácil, idiomática e inequívocamente. Así, mientras que las versiones de la Biblia del Rey Jacobo, de Douai y de la Sociedad de Publicaciones Judía de 1917 están singularmente libres de –o por lo menos muy ahorrativas de– notas, las traducciones más recientes –sean Protestantes, Católicas, Judías, sin denominación o interdenominacionales (tales como la Biblia Anchor de 38 volúmenes)– contienen notas copiosas, explicaciones de interpretaciones dudosas, versiones alternativas, comentarios acerca de la incertidumbre de ciertas palabras oscuras, etc. A mucha gente le dio golpe descubrir que Moisés y Jeremías y Jesús y Pablo no hablaron con la prosa inglesa de sonido majestuoso de la versión del Rey Jacobo como su lengua nativa. El golpe fue aún mayor cuando supieron que la Biblia con la cual habían crecido tal vez contenía algunas traducciones cuestionables.

Esto, sin embargo, no debería ser muy sorprendente. Además de las diferencias culturales existentes entre los autores originales de la Biblia y nosotros, existe también la diferencia de tiempo. Los traductores de la Biblia están muy en lo cierto al admitir su incapacidad para capturar el contorno preciso del sentido de una palabra hebrea o griega oscura o antigua. Su disposición para admitir sus limitaciones debería servir como un ejemplo lustroso para todos los traductores para que sean honestos con la gente que habrá de leer su traducción. Si una palabra admite varias traducciones, este hecho debería ser comunicado al lector, considerando que no hay ninguna manera de despejar la ambigüedad mediante la investigación.

Quienquiera que haya decidido traducir la palabra mokusatsu de acuerdo con un significado (aunque esta es la primera definición del diccionario) y no añadió una nota indicando que la palabra podría significar algo más fuerte que “reservarse el comentario” le prestó un muy mal servicio a la gente que leyó su traducción, gente que no conocía el japonés, gente que probablemente nunca vería el texto japonés original y que nunca sabría que fue usada una palabra ambigua. Como un asunto de principio, ese traductor desconocido debería haber destacado que esa palabra tiene dos significados, permitiéndole a otros de ese modo decidir acerca de un curso de acción apropiado.

Sin embargo, no les dió la posibilidad de elegir. La decisión severa fue tomada con base en la única traducción disponible. Y la consecuencia fue desastrosa. Desde luego, el caso de mokusatsu es un ejemplo extremo, pero hay muchas, muchas otras palabras en muchos otros idiomas que tienen matices igualmente diferenciados de sentido. Escoger el sentido equivocado o fallar en informarle a un tomador de decisiones que esos matices existen bien podría tener repercusiones inesperadas. Supongamos que alguien cita un informe acerca de un campesino cubano que ha puesto una bomba en su finca cerca a la reja de la Base Naval Estadounidense en Guantánamo. ¿Puede imaginarse la reacción del Estado Mayor Conjunto, especialmente si nadie les dijera que las palabras en español traducidas como “puso una bomba [explosiva]” (bomb en el original) podrían significar en realidad “instaló una bomba [de agua]” (pump en el original)?

Muchos traductores dudan en admitir públicamente que no pueden dar un equivalente preciso de un texto ambiguo. Sienten que decir que una palabra puede tener dos o más significados igualmente posibles es un signo de su incompetencia. No alcanzan a comprender que si escojen el sentido equivocado, y resultados posteriores demuestran que se equivocaron, su prestigio se hundirá aun más bajo que si hubiesen insistido en que la expresión era ambigua. Muy a menudo los supervisores no lingüistas están lejos de entender que las lenguas no tienen siempre una correspondencia una-a-una en sus vocabularios e insisten en que el traductor les dé un solo significado y “le ponga fin a esa tontería de una ‘palabra ambigua’”.

Incluso si algunos altos oficiales de los Estados Unidos hubiesen sabido que el Primer Ministro japonés había usado la palabra mokusatsu, probablemente no habrían creído que podría ser traducida de dos maneras posibles. Casi que seguramente algún oficial de alto rango (probablemente un coronel) en el Pentágono le preguntó al traductor japonés de mayor jerarquía (probablemente un soldado raso de origen japonés – un nisei) acerca de mokusatsu y se negó entonces a creer la historia de los dos significados. Usted puede casi imaginarse al coronel golpeando su escritorio y gritando con la cara colorada, “¿A qué se refiere cuando me dice que la palabra significa ‘yo me mantengo en silencio’ o ‘yo trato el asunto con desprecio’? Maldición, soldado, ¡yo no puedo ir a decirle al Estado Mayor Conjunto nada por el estilo! Yo tengo que darles hechos precisos, no tests de opción múltiple. Entonces, deje de irse por las ramas. ¡Deme la respuesta que yo les pueda transmitir!”

Pero incluso si esta escena nunca hubiese ocurrido en el Pentágono, la culpa por el incidente mokusatsu no es toda del traductor. Lo crea o no, ¡el verdadero causante es no menos que Kantaro Suzuki, el mismísimo Primer Ministro japonés! [4] Después de todo, no habría habido ningún problema de traducción si él no hubiese usado una palabra ambigua para una declaración tan importante como esa.

Sin embargo, los políticos son bien conocidos por preferir palabras que no tienen ningún sentido o que tienen tantos sentidos que uno no puede estar seguro de qué es lo que quieren decir. Es muy probable que la palabra mokusatsu haya sido muy apreciada por los agentes del gobierno japoneses como equivalente de “¡Sin comentarios!” simplemente porque esa palabra tiene un amplio espectro de significados. Un político podría usarla sin decir nada de lo cual tuviese luego que avergonzarse, pero también le dejaría abierta la puerta para afirmar más tarde que él había estado desde hace tiempo en contra del curso de acción en discusión. Expresiones como estas son aquellas a las cuales se refirió Theodore Roosevelt como “palabras comadreja” porque los políticos les han chupado todo el sentido  de ellas del mismo modo que una comadreja se chupa el contenido de un huevo.

Los políticos no son los únicos que usan palabras sin significado. Los periodistas son también culpables de este pecado y mucha más gente aquí mismo en nuestra propia agencia [la de Seguridad Nacional de los Estados Unidos]. Por ejemplo, tanto a los periodistas de televisión como a los analistas de la agencia parece que les gusta la palabra “indica” y la usan una y otra y otra vez en una variedad de sentidos que van desde “pista” a “muestra concluyente” e incluso como un sinónimo de “dice”. Durante la Segunda Guerra Mundial la palabra aeronave (aircraft en el original) devino en la palabra de moda, a pesar de su vaguedad. En el entretanto, desde que ganó tal popularidad, he visto que esta palabra ha sido usada para traducir textos extranjeros en los cuales el original era extremadamente específico al hablar de un avión, varios aviones, un bombardero, una avioneta fumigadora, varios helicópteros, un avión de entrenamiento, un hidroavión o un DC-4, entre otros. Sin embargo, los traductores y periodistas usaron uniformemente la palabra “aeronave” de principio a fin y fue necesario leer muchos párrafos –en un caso, tres páginas enteras– para encontrar un pronombre que se refiriera a la “aeronave” para que pudiera saber si la palabra era singular o plural. Y he visto incluso unos pocos documentos en los cuales, incluso después de una cuidadosa lectura y relectura, era absolutamente imposible determinar si se referían a una o muchas “aeronaves”.

Hay muchos otros ejemplos de palabras ambiguas que podrían ser citadas, pero creo que estas dos sirven de ilustración de la segunda lección que puede ser aprendida del incidente mokusatsu: ¡Trate de evitar palabras ambiguas!

Recuerdo que hace algunos años escuché un principio conocido como “la ley de Murphy” que dice que, “si algo puede ser malentendido, entonces lo será”. Mokusatsu proporciona una prueba adecuada de ese principio. Después de todo, si Kantaro Suzuki hubiese dicho algo específico tal como, “Tendré una declaración luego de la reunión del gabinete” o “Todavía no hemos tomado una decisión”, habría podido evitar el problema de cómo traducir la palabra mokusatsu y las dos terribles consecuencias de su traducción tan poco auspiciosa: las bombas atómicas y este ensayo.

[1] La historia es contada en mayor detalle en el libro de William Craig The Fall of Japan (La Caída del Japón), publicado por Dial en 1967.

[2] The World’s Most Tragic Translation (La Traducción más Trágica del Mundo), artículo sin firma de Quinto Lingo, enero de 1968, p. 64.

[3] Los problemas lingüísticos citados en el párrafo precedente fueron solucionados por métodos igualmente ingeniosos. Muchos esquimales cazan una foca, la cocinan y se la comen en una cena comunal antes de una expedición de pesca; de modo que los traductores más o menos equiparan esta foca propiciatoria con el cordero sacrificial comido por los israelitas antes de su partida de Egipto (Éxodo, 12: 3-1) y la expresión “Foca de Dios” es usada en el lugar de “Cordero de Dios”. En el otro extremo, los nativos del Sahara usan estacas o piquetes en la arena como medios para “anclar” en la noche sus camellos y caballos. De este modo la Sociedad Bíblica Americana tradujo “ancla férrea del alma” (Hebreos, 6:19) como “estaca férrea del alma” cuando publicaron la Biblia en una de las lenguas de una de las tribus nómadas del Sahara.

[4] Desafortunadamente, el señor Suzuki nunca sabrá que lo culpé de todo este problema. Él murió el 17 de abril de 1948.

* La versión original en inglés está disponible en el sitio de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos que compila los documentos desclasificados del NSA Technical Journal (aquí).

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