Cosmopolita

Publicado el Juan Gabriel Gomez Albarello

El «Bolillo», la barbarie y la civilización

Como observador de la cultura política, a mí me interesan dos cosas del caso del “Bolillo” Gómez: el suceso mismo y las distintas evaluaciones que se han hecho de su acto de agresión. Uno de los hechos más notables acerca de esas evaluaciones es su número. Comparado con otros incidentes de similar envergadura, la agresión del “Bolillo” ha dado lugar a un alto número de columnas y opiniones en los medios de comunicación tradicionales y no tradicionales. La última columna de Álvaro Camacho, que recomiendo leer, “Bolillo” y la civilización, me da pie para destacar un aspecto adicional de todo este proceso de discusión.


La manera como una sociedad construye y reconstruye el repertorio de símbolos y normas con las cuales interpreta y evalúa las acciones de los individuos que la componen es casi que un proceso caleidoscópico. Álvaro hace referencia a un estudio sobre el efecto del deporte en la formación de la civilización europea. Yo pongo aquí el acento en los debates públicos acerca de las acciones de individuos que uno podría llamar ejemplares, esto es, aquellos cuya acción se consideraría digna de ejemplo.


Los individuos ejemplares son fundamentalmente los líderes de la sociedad en varios campos: pueden ser los que abren caminos, los que cumplen la función de guardianes de lo que la sociedad considera valioso y, desde luego, quienes están a cargo de la formación y preparación de los miembros de la sociedad, particularmente, de aquelllos miembros que han sido escogidos para realizar tareas destacadas (estos últimos también podrían ser considerados individuos ejemplares).


Pensemos por un momento en la extraordinaria diferencia que hay entre la discusión acerca de la evaluación de la conducta del “Bolillo” Gómez y la del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez cuando amenazó a una persona apodada “Mechuda” de romperle la cara. ¿Se acuerdan del “¡Si te veo, te rompo la cara, marica!”?


En esa oportunidad hubo también un buen número de reacciones, pero no tantas y tan contundentes como en el caso del “Bolillo”. Además, a diferencia del “Bolillo”, remover al entonces presidente Uribe habría sido más difícil dados los altos índices de popularidad de su gestión. Peor aún, el incidente mismo de la filtración de la conversación en la cual el entonces presidente profirió la amenaza referida parecía ser una maniobra para incrementar su popularidad. Y, para colmo de males, tal fue el efecto entre muchos uribistas.


Esa era la senda por la cual la mayoría de la sociedad colombiana iba caminando. Tales eran los caminos que le proponían individuos ejemplares como el entonces presidente Uribe. Quizá al entonces presidente Uribe no le enseñaron el dicho aquel, “lo cortés no quita lo valiente”; o, si se lo enseñaron, no lo entendió; o, si lo entendió, no lo pudo incorporar a su carácter. En efecto, el carácter del entonces presidente es tal que no había forma de que le hiciera honor a la máxima referida en su forma de tratar a un antiguo subordinado; al presidente de un país vecino – a quienes desafió a pelear; o a un rival político – Guillermo Valencia Cossio, a quien agarró a golpes en un escrutinio electoral.


Entonces ése era el presidente. Pero ya no lo es. Ya no es el mismo individuo ejemplar. Su ejemplo además ya no tiene el mismo peso. Y una parte considerable de la sociedad colombiana ha despertado del embrujo que producía su aparente coraje y puede distinguir más claramente entre los valientes y los atarbanes.


Varias personas en mi círculo social han expresado pesimismo hacia el resultado final del caso del “Bolillo” Gómez. Temen que lo ratifiquen en su cargo y que se diluya la responsabilidad de los agresores en los hechos de violencia contra la mujer. Yo soy más optimista. Y fundo mi optimismo justamente en la extraordinaria diferencia que hay entre el debate que siguió a la amenaza de agresión del entonces presidente contra un antiguo subordinado y el debate acerca de la agresión cometida por el “Bolillo”.


La cultura, o por decirlo con el término que usó Álvaro Camacho en su columna, la civilización se construye a punta de incidentes particulares como éste, incidentes en los cuales la evaluación social se convierte en un referente para otras situaciones e incidentes. Si mantenemos un alto grado de presión social social en este caso, creo que el descenlace será favorable para la sociedad colombiana, en términos de civilizar, de reducir la barbarie cotidiana. Así que sigamos alzando la voz de la indignación y atemperemos y superemos el odio.

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