Cosmopolita

Publicado el Juan Gabriel Gomez Albarello

De los Inocentes a las Inocentadas

¿Cómo un día establecido para conmemorar una masacre se convirtió en un día de burlas? ¿Por qué este día es tan importante (o podría llegar a serlo)?

Al 28 de diciembre le llaman los católicos «El Día de los Inocentes». Se trata de una fecha en la que se conmemora una masacre. De acuerdo con el Evangelio de Mateo (capítulo 2, versículos 16-18), Herodes mandó matar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén. El motivo de la matanza fue asegurarse que el niño nacido para ser rey de los judíos muriese. El anuncio de que los judíos tendrían un nuevo rey lo interpretó Herodes, Rey de Judea, como una amenaza. Sin saber cuál de los niños habría de deponerlo, Herodes decidió que había que matarlos a todos.

La ocurrencia de este hecho ha sido puesta en duda. De partida, Mateo es el único Evangelista que se refiere a esta masacre. El historiador Flavio Josefo (37-100 EC), quien seguramente habría documentado una atrocidad semejante atribuible a Herodes, no dice nada al respecto.

Algunos estudiosos conjeturan que Mateo incluyó en su Evangelio el relato de la Masacre de los Inocentes con el fin de demostrar que la llegada de Jesús coincidía con varias de las profecías del Antiguo Testamento. La crueldad de Herodes contribuyó a que ese relato fuera verosímil. El Rey de Judea tenía en su haber muchas muertes: la de toda la familia real que derrocó con ayuda de los romanos, la de su mujer, la de dos de sus hijos acusados de conspirar en su contra y también la del hijo que acusó a sus hermanos.

Verídico o no, el relato de la «Masacre de los Inocentes» excitó la imaginación de muchos artistas. Uno no puede sino sobrecogerse al ver obras como las de Matteo di Giovanni (1482 y 1488), Pieter Brueghel el Viejo, Cornelis van Haarlem, Guido Reni, Peter Paul Rubens (1611-1612 y 1637), Nicolas Poussin o Pacecco de Rosa.

La crueldad plasmada en esos cuadros no es mera figuración. En esas imágenes uno encuentra un retrato de las abominables cosas de que fueron testigos varios de esos pintores. Durante la Rebelión Flamenca y la Guerra de los Treinta Años, la sevicia con la que actuaron los involucrados no tuvo límite. Conmemorar la «Masacre de los Inocentes» era pues una forma de representar un drama contemporáneo, algo que las gentes de su tiempo y también de la posteridad no deberían olvidar.

Tal parece que olvidamos todos esos dramas o, por lo menos, que el 28 de diciembre no los queremos recordar. Con un nombre tan contundente, el 28 de diciembre podríamos rememorar hechos tales como la Masacre de Bojayá o la Masacre de San José de Apartadó pues en estos y en muchos otros sucesos semejantes murieron muchos inocentes. La verdad, verdad es que no queremos recordar nada de este orden. Lo que se nos antoja es burlarnos de los demás ya sea mediante la exposición o el recordatorio de extraordinarias torpezas tales como «Ese tal paro agrario nacional no existe (…)» o mediante bromas y chanzas que pueden llegar a ser bastante pesadas.

¿Cómo hicimos el tránsito del Día de los Inocentes al Día de las Inocentadas? La verdad, no lo sé. He encontrado algunas pistas que podrían ser objeto de elaboración colectiva.

Al parecer, al espíritu burlón y trastocador le dieron rienda suelta en la Edad Media. El apocado, oscuro y tranquilo Medioevo no lo fue tanto. Fiestas paganas como las Saturnales fueron sustituidas por otras como la Fiesta del Obispillo y la Fiesta de los Locos, ocasiones de bastante licencia para la juerga y el jolgorio. De ese remoto origen nos habría llegado el permiso para cometer fechorías cual si fuésemos ‘inocentes’.

La Fiesta del Obispillo y la Fiesta de los Locos eran verdaderos carnavales durante las cuales el orden social se invertía y se relajaba. El Obispillo era un niño o un joven que ocupaba jocosamente el lugar del Obispo entre el 6 y el 28 de diciembre, tiempo durante el cual participaba en procesiones de toda índole, muchas veces repartiendo bendiciones. De acuerdo con una interpretación contemporánea, el sentido de esta parodia es recordarle a los feligreses que el Reino de Dios es preciso recibirlo como un niño (Marcos 10:15) y también que a ese Reino no se puede entrar con el orgullo típico de muchos individuos del clero y del laicado.

Puede ser que esta interpretación no tenga nada que ver con la motivación de quienes antaño participaron en esas fiestas. Quizá lo suyo era simplemente dejar a un lado el rigor y la rutina cotidianos para hacerle campo a toda clase de indulgencias. Esto parece probable a la luz de prohibiciones como la del Concilio Provincial de Toledo de 1566. En efecto, ese Concilio ordenó que no hubiese ««obispillos» en las iglesias, ni regocijo profano el día de los Inocentes, sobre todo, pero tampoco en ninguna otra ocasión.»

Del Siglo XVI al XXI hay mucho trecho. ¿Cómo pudo persistir la costumbre de ese regodeo mundano a pesar de tales prohibiciones? Una posible explicación es que la Iglesia Católica adolecía de las mismas limitaciones que el Estado español: su ley se acataba, pero no se cumplía. Pero con esto no hemos explicado nada. Si la Iglesia prohibió las Inocentadas, ¿por qué la gente aparentaba acatar la orden, pero no la observaba en la práctica? Además, también cabe preguntar, ¿tal fue la cosa todo el tiempo? Y, sobre todo, ¿cómo ocurrió que las diabluras de los laicos fueran llamadas como son llamadas hoy? ¿Acaso por ser desmanes propios de gente de corta edad, i.e. inocentes? Aquí hay bastante quehacer para los historiadores.

Sociólogos y antropólogos podrían elaborar un catálogo de quién se burla de quién el 28 de diciembre, con ocasión de qué y de qué modo. Yo me figuro que un inventario semejante nos diría muchas cosas acerca de la forma como funciona la sociedad colombiana. Entre nosotros hay muchos que no toleran bromas ni mucho menos chanzas pesadas, pero, eso sí, hacen a otros objeto de las suyas. Esta limitada tolerancia, ¿tiene que ver con el lugar que cada uno ocupa en la sociedad, con nuestras pronunciadas desigualdades, con nuestra carencia de autoridad y nuestro rampante autoritarismo?

Una brasileña, observadora de la cultura colombiana, comentó que entre nosotros es mucho más frecuente que en la vida cotidiana se acentúen las diferencias de clase y de estatus. Hasta que escuché este comentario, pensaba de manera bastante simple que la petulancia, la pedantería, los alardes y el galleo estaban linealmente asociados a los grados de desigualdad económica. Parece que no hay tal. Aunque la evidencia es anecdótica, lo evidente es que a los colombianos nos aqueja la pendejada más que a nuestros vecinos.

Conjeturo que una causa importante de la diferencia en el modo como vivimos las diferencias radica en el puesto que tienen ciertas subversiones ritualizadas como las Inocentadas y el Carnaval en la conciencia nacional. Los carnavales de Colombia están muy lejos del centro: son parrandas y desmadres de «corronchos» y de «pastusos». En Brasil, por el contrario, el Carnaval es una de sus vértebras.

En su libro O que faz o brasil Brasil, Roberto da Matta resumió así el carácter igualador y democrático de esa fiesta: los desfiles militares son la forma ritualizada a través de la cual el estado visita al pueblo; las procesiones, la de la iglesia que sale de la esfera sagrada a visitar la esfera profana de las ciudades; mientras que los desfiles carnavalescos son la forma en la cual el pueblo se presenta a sí mismo «alegre, fuerte, galante, elegante y fastuoso (…).»

En el centro andino de este país, algunos políticos han hecho esfuerzos por incorporar el espíritu del Carnaval al ritmo popular, pero todavía falta mucho pelo pa’ moña. Las Inocentadas las encuentro en su mayoría inocuas o ramplonas, mas creo que tenemos suficiente talento para darle material a los sociólogos y antropólogos que algún día estudiarán el humor en Colombia. Generalicemos pues el espíritu de burla contra el establishment político, económico, mediático y cultural. Invoquemos la protección de Momo y sacudamos las jerarquías con una buena mamadera de gallo.

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