Con los pies en la tierra

Publicado el Observatorio de Tierras

Movimiento campesino, Estado y ‘Gobierno del cambio’: encuentros y distancias

Por: Luis Castillo*

*Investigador del Observatorio de Tierras, con observaciones y comentarios del Equipo de investigación del proyecto sobre luchas campesina


El 18 de noviembre fue convocada una jornada de movilización en Sincelejo y Popayán para respaldar la gestión del gobierno en sus primeros 100 días. La marcha, que hubiera podido pasar como una más de las que hubo por esos días, tenía algo llamativo y es que fue organizada por una de las organizaciones campesinas más grandes y antiguas en el país: la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC). Desde el Observatorio de Tierras tuvimos la oportunidad de acompañar la jornada que se llevó a cabo en la costa caribe. Aquí les contamos cómo se desarrolló y compartimos algunas de las preguntas que suscita sobre el panorama de la política de tierras en el llamado ‘gobierno del cambio’.

Desde las 7 de la mañana fueron llegando una tras otra las diferentes delegaciones de toda la región Caribe a la Casa Campesina en el barrio 20 de julio. Los primeros en hacer presencia fueron los anfitriones: los campesinos de Sucre, que luego recibieron a los grupos que venían de más lejos (de Córdoba, Bolívar, Magdalena, Atlántico y hasta del Cesar). Para donde uno dirigiera la mirada se encontraba con pancartas alusivas a todo tipo de organizaciones: el Comité de usuarios campesinos departamental, el Comité municipal, el Comité veredal, la Asociación de productores y agricultores, la Asociación de mujeres, la organización de víctimas, el grupo de jóvenes, en fin, una pequeña fotografía de la diversidad del país al interior de la organización campesina.

La confluencia de campesinos fue masiva y superó de lejos las expectativas de los organizadores. Los vecinos de la zona se veían asombrados ante la cantidad de gente —pero cómo no, si la prensa local reportó que habían más de 2.000 personas en la marcha—. Al cabo de un rato la Casa Campesina se quedó corta de espacio y entonces las delegaciones, que seguían llegando una tras otra, comenzaron a instalarse a lo lago de la carrera 14, a unas cuadras del Hospital Universitario.

A eso de las 10 am, cuando los campesinos y campesinas ya llenaban unas 8 o 9 cuadras, emprendieron su marcha hacia el Parque Santander, donde estaba programado realizar la concentración y un acto público. Como de costumbre, la movilización estuvo acompañada de mucha vitalidad: pancartas, megáfonos, parlantes, pitos, bocinas, gritos y arengas por todas partes. Estábamos en la costa así que la mamadera de gallo tampoco faltó. Todo el recorrido fue pacífico y la policía, que acostumbra a escoltar de cerca a los marchantes, se concentró en algunos puntos cercanos, aunque siempre conservando su distancia.

Durante la marcha resonaron tres grandes mensajes. Primero, un apoyo claro y enfático al gobierno “de Gustavo Petro y Francia Márquez” — sí, las menciones por lo general incluían a la vicepresidenta—. Los campesinos manifestaron su apoyo a varias de las medidas anunciadas en materia de tierras: que la compra de tres millones de hectáreas a los ganaderos, que la entrega de tierras incautadas a narcos para ser incorporadas a la producción campesina, que el proyecto de acto legislativo que reconoce al campesinado como sujeto de derechos y de especial protección constitucional, entre otras.

Otro de los mensajes claros tuvo que ver con la presencia de la ANUC, su lugar en el movimiento campesino y su exigencia de que los campesinos ocupen un rol protagónico en las decisiones de política pública. Hubo una mirada al pasado para reivindicar la lucha de aquellos líderes campesinos que vinieron antes y que el conflicto armado silenció a través de la muerte y el desplazamiento, pero también hacia el presente y el futuro del movimiento campesino: “¡Que vivan las mujeres de la ANUC!”, “¡Que vivan los jóvenes de la ANUC!”. Pero claro, para no desplazar a aquellos que llevan más años en esos trotes, no faltó quien concluyera “y que vivan los viejitos chéveres de la ANUC”.

También aparecieron algunas de sus principales demandas como parte del movimiento campesino. Muchos recordaron arengas que han acompañado a la ANUC por más de 50 años: “¡Que viva la reforma agraria!”, y que “¡La tierra es de quien la trabaja!”. Pero también se escucharon algunas de sus peticiones más recientes, por ejemplo, agilizar los procesos de reparación colectiva e individual a las víctimas de la ANUC, o seguir impulsando el reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos. Todas estas exigencias eran dirigidas a un gobierno que quienes estaban allí sienten como propio, porque “nosotros también contribuimos a la causa de la victoria de Gustavo Petro” —o mejor, de “nuestro amigo, nuestro compañero Petro” como dijo algún dirigente campesino en su discurso.

La marcha llegó hacia las 11 de la mañana al Parque Santander y los campesinos se fueron acomodando poco a poco en la parte de atrás de la Catedral San Francisco de Asís. Mientras tanto, los organizadores terminaban de alistar el escenario y daban declaraciones a algunos medios locales que hacían presencia. En las escaleras de la iglesia, que hicieron las veces de tarima, se instaló una pantalla grande acompañada de un buen equipo de sonido. Cuando ya todo el mundo había llegado y estaban bien resguardados en la sombra —porque el calor estaba pegando duro—comenzaron los actos protocolarios y las intervenciones de cada una de las delegaciones.

El acto cerró hacia las 2 de la tarde con unas cuantas presentaciones culturales y artísticas. Solo entonces, cuando los campesinos se dispersaban hacia los buses que los llevarían de vuelta a sus lejanas veredas, fue que se soltó la lluvia que ya se sabía iba a caer.

¿Tiene algo de especial esta marcha? Sí, y mucho. En Colombia la relación del Estado con el campesinado no ha sido precisamente la más cordial. Se trata de un sector que ha vivido —y vive todavía— múltiples formas de exclusión social y política a lo largo de la historia. Y como hace poco nos recordó Dejusticia: la nuestra fue una guerra contra el campesinado. Por eso no es casualidad que desde hace mucho tiempo hayan tenido que defender y reclamar sus derechos a pulso. ¿Recuerdan el 21 de febrero de 1971, cuando los campesinos se tomaron más de 1.000 haciendas en todo el país para hacer realidad la reforma agraria? O sin irnos tan lejos, ¿qué hay del Paro Nacional Agrario del 2013, que paralizó el país y que el gobierno de Santos torpemente decidió afrontar desde la negación?

Pero las cosas parecen estar cambiando para el movimiento campesino y esta marcha lo refleja. Desde hace un par de años, y gracias al proceso de paz con las Farc, se abrió un escenario para que muchas de las organizaciones campesinas pudieran retomar, aunque fuera parcialmente, algunas de sus principales agendas de movilización. Como dijo un dirigente a propósito de la marcha, “hacer algo así era impensable hace 10 o 15 años”. Por otra parte, ha llegado al poder un gobierno mucho más afín a sus demandas y luchas, que ha puesto otra vez sobre la mesa el debate sobre la reforma agraria y la redistribución de la tierra.

Desde luego que nada de esto significa que las tensiones entre el Estado y el movimiento campesino desaparezcan. Sí representa un contexto más favorable —o al menos un poco menos hostil— para tramitar sus demandas, pero al mismo tiempo plantea un montón de desafíos y preguntas difíciles de resolver. Una de ellas tiene que ver, por ejemplo, con los mecanismos de interlocución que van a tener los campesinos para hablar con el gobierno, y qué tanto estos serán continuos, eficaces y democráticos. Algo que podremos comenzar a responder al ver cómo sale la Convención Nacional Campesina citada para este fin de semana (2, 3 y 4 de diciembre).

Otra cuestión importante consiste en el rol que van a tener sus organizaciones en el diseño y la implementación de las políticas rurales. El campesinado puede ser un aliado crucial del Estado para operacionalizar las diferentes políticas públicas: conoce y sabe cómo operar en el territorio, sabe con quién hay que hablar, tiene aprendizajes de experiencias previas, puede presionar a que las cosas anden, y sabemos que quieren participar, pero esto debe estar bien diseñado para que funcione.

Finalmente, está la cuestión de la acción colectiva —y lo difícil que puede llegar a ser—. Dentro del movimiento campesino confluyen apuestas que difieren en muchos temas. Por ejemplo, algunas organizaciones rechazan las “invasiones de tierra”, mientras que otras reivindican las “recuperaciones de tierra”. Algunas tienen apuestas claras de gobernanza territorial, mientras que otras no, y las apuestas que existen en ese sentido no son exactamente las mismas —piénsese en las Zonas de Reserva Campesina o en los Territorios Agroalimentarios—. Pero también hay diferentes tipos de campesinado: los que están vinculados a los cultivos de uso ilícito, los que se dedican al pan coger, los que trabajan en playones, los que están mejor conectados con mercados, los que están en zonas protegidas, etc. Esto plantea retos enormes para los campesinos y para el mismo Estado.

Todo esto será también un reto para la academia, desde donde estamos muy acostumbrados a pensar la relación entre Estado y campesino en términos puramente adversariales. Tendremos que estar muy atentos para entender bien todos estos cambios.

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