Con los pies en la tierra

Publicado el Observatorio de Tierras

¿Dónde está el campesinado? Ni idea

Por: Lina M. Zárate

Las declaraciones de Dairo Antonio Úsuga, mejor conocido como Otoniel, ante la JEP, lastimosamente no sorprenden pero sí confirman hechos que durante años fueron expuestos por las comunidades afectadas, las ONG, algunos medios periodísticos, y parte de la academia. Entre estos se encuentran masacres, hostigamientos a líderes y lideresas sociales, desplazamientos forzados, participación en los mal llamados “falsos positivos”, entre otros. Sin dejar de lado que para concretar varias de estas violaciones de Derechos Humanos, las AUC fueron apoyadas por funcionarios públicos y por las legítimas Fuerzas Armadas de Colombia (esto se menciona dentro de su testimonio). 

Sin embargo, uno de los elementos que más llama la atención de sus declaraciones ante la JEP, es que manifestó que en esas atrocidades sabía muy bien a quién estaba dañando. Es decir, conocía de primera mano que se trataba en su mayoría de familias y comunidades del campo, que en sus manos y rostros llevaban la máxima culpa de trabajar para y por la tierra. El error de los campesinos y campesinas fue su búsqueda por forjar un territorio como proyecto de vida donde pudieran expresarse como sujetos políticos, culturales y económicos. 

El testimonio del exjefe paramilitar permite preguntarnos por cómo hemos estado entendiendo al campesinado y por qué parece que se le ha obligado a vivir en una constante inestabilidad, marginalidad y olvido (esta pregunta debería interpelar al Estado, sus respectivas instituciones y al mismo transeúnte de a pie). Los discursos políticos admiran y resaltan la resistencia y resiliencia campesina, pero cuando se trata de ofrecer garantías e implementar las correcciones estructurales, poco hacen. Como lo indican Brad Evans y Julian Reid, parece que a algunas comunidades se les ha forzado a practicar el arte de vivir en peligro. Tampoco parece que se genere alguna alarma por la normalización de condiciones de vulnerabilidad. 

Lo anterior está fuertemente ligado a un concepto fulminante: la representación discursiva. Esta se puede definir como una configuración -siempre en retroalimentación- de lecturas o imágenes que se conforman a partir de las prácticas en una sociedad, como lo son los discursos (por ejemplo, de instituciones gubernamentales, medios de prensa, grupos armados al margen de la ley, comunidades), los cuales producen un sentido que está presente cada vez que evocamos ese sujeto sobre el cuál recae dicha representación. Con ello, se logra leer el mundo, porque permite organizar, clasificar y generar expectativas.

En este caso, la manera de cómo ha sido representado el campesinado colombiano no actúa de manera aislada, por el contrario, se ha hilado y pueden ofrecer alguna luz de por qué se ha vulnerado tanto a esta población. 

Para empezar, en la Constitución Política de 1991 (una que supuestamente busca el reconocimiento de la diversidad cultural y étnica del país), no hay un rastro claro del campesinado. Se habla del “trabajador agrario” como un intento de sinónimo. Esto obstaculiza el reconocimiento del sujeto campesino y su cultura, ya que, a través de este tipo de denominación se restringe el reconocimiento de otras dimensiones que conforman a la comunidad campesina. Se evidencia una lectura desde la ausencia: debido a que el campesinado no podría leerse desde un marco de identidad propio, y se genera un tipo de ciudadanía precaria. Le toca practicar el arte de vivir en peligro – y desprotección por parte del Estado -. 

Entonces, el «trabajador agrario» es importante por su potencial productivo y los niveles de explotación, con esto se puede ver cómo desde el Estado se ha desvalorizado y desplazado la figura campesina. Se le ha puesto trampas a la autonomía y territorialidad campesina. Y más cuando existen actores como grupos armados que comprendieron la figura del campesino como prescindible y actúan con base en ello. 

Sin embargo, el campesinado no es un sujeto pasivo y el discurso economicista no fue apropiado. Sino que se transformó en una consigna de reparación de una demanda histórica de reconocimiento, que incluyera el interés en la conservación de la economía y cultura campesina, tomando fuerza aspectos como la conservación del ecosistema y la soberanía alimentaria del país. Pero esto le ha hecho ganar algunos problemas. Y durante tiempo sus demandas fueron representadas como insurgentes y se les ha despojado de la posibilidad de ser considerados interlocutores válidos y sujetos de derechos. 

De esta manera, es válido preguntarse si las lecturas que se han construido alrededor del campesinado han permitido que sea descalificado y silenciado con diversos artilugios, desde la forma en que se nombran en espacios institucionales hasta la no-acción frente a su protección en escenarios de violencia -en todas sus expresiones-. Eso sí, sin dejar de pedirles que no pierdan sus esperanzas. 

Y usted, ¿sí sabe dónde está el campesinado?

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