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Publicado el Hernando Llano Ángel

¿Se podrá votar sin miedo por Petro y con transparencia por Fico?

¿Se podrá votar sin miedo por Petro y con transparencia por Fico?

Hernando Llano Ángel

La complejidad de nuestra realidad política y social está más allá de la competencia electoral entre Petro y Fico, si bien es cierto que sus propuestas tienen relación con los dos más graves y acuciantes problemas que enfrentamos: la cuestión social y la inseguridad. El hambre y la propiedad privada. Problemas que están en el centro de la vida de todos los colombianos y por lo tanto no son asuntos solo de Petro y Fico. Y mucho menos podrán resolverlos solos, cualquiera sea el que gane. Son problemas vitales que nos afectan y conciernen a todos, claro que con distinta intensidad. Algo que, curiosamente, no entienden los que se sitúan en el centro político, probablemente porque no sufren las penalidades del hambre y gozan de cierta seguridad. Pero no hay que caer en falsas dicotomías. Con hambre y sin seguridad no hay esperanza para nadie. Problemáticas que se disputan Petro y Fico, sin que Fajardo y los demás candidatos se enteren todavía de ello. En parte por eso se encuentran rezagados en esta competencia electoral. Están en el lugar equivocado, totalmente descentrados de las necesidades y angustias de las mayorías: el hambre y la inseguridad. Sin superar estos dos mortales desafíos no habrá esperanza, democracia y mucho menos lucha eficaz contra la corrupción. Con hambre, miedo e inseguridad no existe el paraíso de la ética, ella no puede prosperar en medio de tanta necesidad y marginalidad social.

¡Tened presente el hambre! (Miguel Hernández)

Es claro que la propiedad privada nunca estará segura con el hambre creciente y acuciante de la población. Por más policías y penas de cárcel que se aumenten. El ansía por sobrevivir es incontenible, sobrepasa el miedo y el castigo. El hambre sitia a la seguridad y la desborda, como sucedió durante el estallido social. Pero también es cierto que sin propiedad no hay seguridad alimentaria. Porque la propiedad de la vida y la libertad de cada uno comienza con un mínimo de ingresos monetarios que le sacian el hambre, lo prevengan de la enfermedad y la inedia mortal. Para ello se requiere generar empleos y crecimiento económico, no solo subsidios y asistencialismo estatal, como panaceas a la crisis social. Ese asistencialismo estatal, sea de derecha o izquierda, de Fico o Petro, no será suficiente, aunque es imprescindible. Se precisa además estimular la inversión privada con seguridad y reglas claras. Generar empleos reales y no solo el rebusque informal. Aumentar la productividad junto a los salarios y así incrementar progresivamente su capacidad adquisitiva. Es decir, fortalecer la economía social, el mercado interno y no solo las ganancias especulativas de unos pocos, como los banqueros que obtuvieron 11,7 billones más de utilidades durante el año del estallido social. En medio de la hambruna social que vivimos y la que se avecina, con certeza mucho mayor y más aguda, la seguridad no será cuestión de autoridad sino de equidad social y de productividad. De justicia e inclusión social, antes que de represión policial. De concertación política en el Congreso antes que de confrontación social y menos de ese maniqueísmo político que nos divide entre “buenos y malos ciudadanos”. Asuntos que parece comprender mejor Petro que Fico, pues para este último el estallido social fue más terrorismo urbano que protesta popular y los colombianos nos dividimos entre supuestos “buenos ciudadanos cumplidores de la ley y respetuosos de la autoridad”, contra presuntos “malos ciudadanos que protestan violentamente y desafían las autoridades”.

¿La hecatombe nacional?

Mucho menos parece comprenderlo el expresidente Uribe, que ahora no acepta los recientes resultados electorales en la conformación del Congreso, porque el escrutinio acaba de asignar tres curules más al Pacto Histórico y pierden una respectivamente el Centro Democrático, el Partido Conservador y el Verde. Prepara así las condiciones para realizar su profecía fatal, azuzando el miedo: la hecatombe nacional. Lo único que faltaba. Para Fico y sus seguidores del Centro Democrático, cualquier reforma social es castrochavismo y dictadura izquierdista. Para ellos, promover la justicia social, la movilización popular y la autonomía ciudadana es una deriva hacia el totalitarismo, una inminente venezonalización de Colombia, advierte Fico con su voz apocalíptica de culebrero paisa. Por eso tilda a la protesta social de terrorismo urbano, cuando la mayoría de las veces es un recurso desesperado de los excluidos y una indignada voz ciudadana de clase media contra tanta incompetencia y corrupción oficial. Quizá por ello un sector de esa clase media no votó por la difusa esperanza del Centro político y sí lo hizo por la incierta justicia social que enarbola la izquierda del Pacto Histórico. Para Fico y sus seguidores de derecha votar por cualquier otro candidato no tiene sentido porque vivimos en una democracia ejemplar, casi perfecta, que solo requiere más pie de fuerza y penas draconianas, incluso más salvoconductos para que los “ciudadanos de bien” porten armas y disparen en “legítima defensa” contra tanta chusma e inseguridad, como lo promueven María Fernanda Cabal y Christian Garcés. En esa concepción señorial y semifeudal la democracia de los llamados “ciudadanos de bien” se agota en sus propiedades, sus ganancias, sus tierras y la máxima seguridad para sus negocios e ilimitadas libertades. El Estado es una extensión de sus negocios e inversiones estratégicas: “Las empresas estatales son las empresas privadas más importantes porque pertenecen a toda la comunidad. Es un delito de lesa comunidad hacer fiesta con lo estatal”, como reza el punto 17 del Manifiesto Democrático uribista. Una comunidad como la de Carimagua, limitada a los empresarios amigos del exministro y hoy condenado Andrés Felipe Arias, igual que Agro Ingreso Seguro y Unión Temporal Centros Poblados, tan perfectamente gestionado por la exministra Karen Abudinen, quien todavía no responde por la pérdida de más de 70 mil millones de pesos. En eso quedó la consigna “el que la hace la paga”, así como la “paz con legalidad” ya cobra más de 800 asesinatos de líderes sociales durante este gobierno.

El miedo nunca es inocente

Por eso ahora agitan de nuevo el fantasma del miedo con la llegada de un imaginario, inminente e inexistente comunismo, si gana Petro la Presidencia. Pero en realidad lo que está en juego en estas elecciones, como en las anteriores, es la urgencia de un tímido reformismo económico y social para evitar y contener una explosión mucho mayor que el estallido popular del año pasado. Con certeza, esta vez sus ondas expansivas destructivas serían mayores y de alcances impredecibles. Contra ese reformismo se dirige ahora la feroz campaña de la llamada “cláusula Petro”, que no es otra cosa que el veto de los mercaderes a la libertad política de los ciudadanos. ¿Cómo hablar de democracia cuando pende sobre la voluntad de los votantes la amenaza de la liquidación de posibles contratos laborales, de inminente fuga de capitales y de congelamiento de inversiones? La respuesta es clara, en este caso la democracia desaparece, lo que existe es la tiranía del mercado impuesta por el miedo a una mayor precariedad económica para las mayorías. La consolidación de una mercadocracia en beneficio de pocos y no de una democracia en función del interés general. Por eso el miedo nunca es inocente. Siempre hay detrás de él alguien que se beneficia, como ha quedado claro después del plebiscito contra el Acuerdo de Paz. Entonces miles de ciudadanos votaron NO por el miedo a que Colombia se convirtiera en Venezuela. Se les advirtió a los que votarán por el SÍ que le entregarían Colombia a “la Far” de la mano del traidor de Santos, un castrochavista disfrazado. Incluso que parte de sus pensiones serían destinadas al sostenimiento de los exguerrilleros y que sus hijos serían adoctrinados por la perversa “ideología de género” para moralmente pervertirlos. Y muchas mentiras más que llevaron a la gente a “votar verraca”.  Y seis años después, el partido Los Comunes, que agrupa a los exguerrilleros de la extinta Farc-Ep, apenas alcanza 50.000 votos en elecciones para el Senado. Esa violenta y temible guerrilla que convertiría a Colombia en comunista, se desmovilizó con un Acuerdo de Paz que contiene las premisas mínimas para la existencia de una auténtica democracia: Paz política; Reforma rural integral; Curules paras las víctimas; Verdad, Justicia, Reparación y garantías de no Repetición; Sustitución de cultivos de coca y planes de desarrollo con enfoque territorial. Hoy la mayoría de los 10.000 exguerrilleros defienden la propiedad privada, se dedican laboriosamente a cultivar y trabajar el campo, soportando el asedio y el asesinato de más de 300 de sus compañeros, firmantes de la paz.

Preguntas y respuestas pendientes

Por todo lo anterior, para votar por Petro sin miedo o por Fico con transparencia al menos deberían respondernos preguntas básicas cómo las siguientes. ¿Cuáles son sus programas para resolver el crecimiento de la pobreza, el hambre y la exclusión social? ¿Cómo piensan hacerlo? ¿De dónde saldrán los recursos? ¿Con quienes desarrollarán esas políticas sociales? ¿Cuáles sus propuestas de justicia tributaria? ¿Cómo garantizar un sistema pensional justo y con mayor cobertura? ¿Cómo resolver el problema de las drogas ilícitas? ¿Cuál política energética promoverán? ¿Cómo enfrentarán el problema de la inseguridad y la violencia social? ¿Cómo garantizarán la vida de los líderes sociales y de la oposición? ¿Qué reformas realizarían a la Fuerza Pública, en especial a la Policía y el Ejército Nacional? ¿Adelantarían conversaciones de paz con el ELN y las disidencias de las Farc? ¿Cómo enfrentarían el desafío de los grupos armados organizados dedicados al narcotráfico y las economías ilegales? Y, como ambos han sido alcaldes de las dos más importantes ciudades del país, se ¿someterían a una evaluación académica y de expertos sobre los resultados de sus políticas de seguridad y desarrollo social en Bogotá y Medellín? Por último, de llegar a la segunda vuelta, ¿harían antes de la votación públicos los acuerdos políticos que tienen con sus aliados, la futura conformación de sus respectivos gabinetes, el dinero gastado en sus campañas y sus patrocinadores, así como sus declaraciones de rentas y fuentes de ingreso actuales?  Sin duda, con sus respuestas, los ciudadanos podríamos votar sin miedo, con transparencia y mayor confianza por alguno de los dos o en blanco, sin dejarnos arrastrar por prejuicios, odios y mentiras, que parecen ser los únicos insumos que hasta ahora tenemos y circulan profusamente por las redes sociales, embotando la mente y envenenando el corazón.

 

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