Calicanto

Publicado el Hernando Llano Ángel

DIATRIBA DE LA RAZÓN CONTRA LA ESTULTICIA DE LA PROHIBICIÓN

DIATRIBA DE LA RAZÓN CONTRA LA ESTULTICIA DE LA PROHIBICIÓN 

Hernando Llano Ángel.

“Nuestro mundo no necesita almas tibias, sino corazones ardientes que sepan dar un sitio justo a la moderación”, Albert Camus.

Sin duda, la intervención del presidente Gustavo Petro en la 77 Asamblea General de las Naciones Unidas fue una diatriba de la razón y la libertad contra la estulticia del prohibicionismo y los fanáticos de la absurda “guerra contra las drogas”. Una estrategia del “ejemplar” presidente Richard Nixon diseñada en 1968 contra los  hippies, jóvenes universitarios y negros norteamericanos que se oponían a la guerra de Vietnam, como lo reveló su asesor John Ehrlichman: «La campaña de Nixon de 1968, y la Casa Blanca de Nixon, tenían dos enemigos: la izquierda antiguerra y los negros. ¿Entiendes lo que te digo? Sabíamos que no podíamos hacerlos ilegales por ser negros o estar en contra de la guerra, pero al hacer que el público asociara a los negros con la heroína y a los hippies con la marihuana, y luego criminalizar ambas sustancias fuertemente, podíamos fragmentar sus comunidades”. El discurso de Petro fue una diatriba por su tono vehemente, “acre y violento”, contra la estulticia que domina el mundo y ceremonialmente se expresa cada año desde la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, esa necrópolis para latinos y negros que algunos periodistas insulsos llaman la “Capital del mundo”. La estulticia es la “necedad y tontería” de seguir pensando y actuando conforme a libretos y estilos de vida que conducen inevitablemente la dignidad humana a su colapso y a la depredación progresiva de la vida planetaria. Entre dichos libretos y estilos se encuentran la extrema adicción de la economía a las energías fósiles y la fracasada “guerra contra las drogas”, que solo beneficia a quienes hacen parte de un gran entramado criminal. Entramado donde se mezcla la hipocresía de jefes de Estados, el prohibicionismo de convenciones internacionales inocuas y eurocéntricas contra los estupefacientes, como la Convención de Viena de 1988. Pero, sobre todo, la codicia de unos cuantos criminales, cuyo espectro abarca desde sanguinarios capos, pulcros y avalados banqueros, encumbrados políticos, corporaciones militares, agencias estatales y conglomerados industriales  de precursores químicos para el procesamiento de la cocaína, la devastación de millones de hectáreas de bosques tropicales y el envenenamiento de sus fuentes hídricas. Todos ellos asociados aumentan sus ganancias siderales gracias al prohibicionismo. Por eso, una vez más, hay que citar a uno de los pontífices del neoliberalismo, Milton Friedman, un pensador estelar y premio nobel de economía en 1976, a quien veneran y entienden perfectamente los  fanáticos del mercado, que hoy se rasgan las vestiduras por la diatriba de Petro: “Si analizamos la guerra contra las drogas desde un punto de vista estrictamente económico, el papel del gobierno es proteger el cartel de las drogas. Eso es literalmente cierto[1], afirmó Friedman que conoció y comprendió algo del mercado capitalista. Sin duda, pues a mayor persecución judicial, represión policiva- militar y fumigación de las selvas con glifosato, más crecen las ganancias de los carteles de la droga, su lavado de activos en la economía legal, la corrupción política y la violencia criminal con su ubicuidad incontrolable en todas las sociedades. Pero la verdad más cruel es que aumenta exponencialmente el número de víctimas letales que propicia el prohibicionismo. Víctimas propiciatorias cuya mayoría se encuentra en el polo de la oferta, en comunidades campesinas, indígenas y negras cuyas vidas y territorios se convierten en campos de exterminio y confinamiento de muerte. Por todo ello, es imperiosa una nueva política internacional sobre estupefacientes y sustancias sicotrópicas, que asuma la regulación de su producción y consumo, así como la educación y prevención pública, que es exactamente lo contrario de la legalización del narcotráfico. Es más bien el comienzo del fin del narcotráfico, así como el fin de la enmienda prohibicionista del licor en los Estados Unidos en 1933 fue la medida más eficaz para controlar y combatir las mafias dedicadas a su importación, producción y distribución, causantes de la grave corrupción de la policía, los políticos y la inseguridad en la vida pública norteamericana desde entonces hasta nuestros días. Organizaciones mafiosas con posteriores e inimaginables mutaciones, al parecer comprometidas en los magnicidios de J.F Kennedy y su hermano Robert.

La “Solución Final” de la guerra contra las drogas

De alguna forma, el prohibicionismo de la guerra contra las drogas es la “solución final” y la aniquilación de la vida y su entorno para miles de campesinos, comunidades indígenas y negras en nuestro país y la región andina. Una “solución final” más tolerada e infame que la del nazismo, pues la “guerra contra las drogas” no necesita de los campos de concentración y menos de cámaras de gas. Para convertir las selvas tropicales en campos de muerte les basta el glifosato y los precursores químicos que envenenan el aire, las aguas, las plantas y la vida de sus pobladores. ¡Y todo ello en nombre de la “libertad”, el “orden”, la “legalidad”, la “seguridad” y hasta la salubridad pública! ¡Todo ello para salvar la civilización occidental –la cuna de la democracia, la libertad y la cultura– de la barbarie y la ambición de los malvados narcotraficantes del Sur que, con sus plantas “mortíferas” como la marihuana y la coca, amenazan su libertad, prosperidad y seguridad! Y todavía hay millones de personas que creen semejante estúpida narrativa, incapaces de pensar más allá de las versiones pueriles de los “formadores de opinión” que confunden la coca con la cocaína, y se dedican por las redes sociales y con trinos falaces a denigrar y tergiversar los argumentos del presidente colombiano, señalando a Gustavo Petro de ser el ideólogo de la legalización planetaria del narcotráfico. El capo de capos.

La Patraña de Pastrana

Vergüenza debería darle al expresidente Andrés Pastrana haber escrito el siguiente trino: “Vergüenza! Petro se declara en la ONU como el gran capo defensor de la cocaína. Desecha sus efectos sobre la salud pública y desprecia los muertos que, como la Corte Suprema masacrada por su M-19 para Pablo Escobar, dejan las mafias con que hoy pacta el poder—  Andrés Pastrana A (@AndresPastrana) September 20, 2022”. Una verdadera patraña de mala fe tras la cual pretende ocultar Pastrana su enorme responsabilidad en el criminal “Plan Colombia”, pues durante su administración los grupos paramilitares no solo cometieron el mayor número de masacres contra campesinos y civiles inermes, sino que controlaron vastos territorios dedicados al cultivo de la coca, su procesamiento en cocaína y exportación desde Urabá, la región caribe y la sierra nevada de Santa Marta para los “inocentes y civilizados” consumidores de Norteamérica y Europa. Y sobre el desenlace apocalíptico en el Palacio de Justicia, es pueril seguir afirmando que la alucinada y terrorífica acción del M-19 –estando Petro en la cárcel pagando una condena por porte ilegal de arma— se realizará cumpliendo órdenes de Pablo Escobar, cuando su objetivo central era someter a un descabellado juicio político de responsabilidades al presidente Belisario Betancur por el fracaso del proceso de paz. Además, las pruebas y expedientes para la extradición de Pablo Escobar siempre estuvieron en manos de la justicia norteamericana que lo requería, no en los archivos del Palacio de Justicia. Lo que sí se destruyó e incineró en el Palacio de Justicia fueron numerosos expedientes del Consejo de Estado contra altos oficiales del ejército por torturas y otras violaciones de derechos humanos, como lo revela la periodista Ana Carrigan en su libro “El Palacio de Justicia, una tragedia colombiana”.

Misael Pastrana y el Palacio de Justicia

A propósito, la siguiente fue la conversación y el consejo de su padre, Misael Pastrana Borrero, al presidente Belisario Betancur, para resolver la crisis del Palacio de Justicia: “Por mi parte, lo que está en juego aquí no es simplemente un Gobierno, o un sistema, ni siquiera el futuro de nuestra sociedad, sino todo el sistema de valores que es parte intrínseca de todas nuestras tradiciones y de la civilización cristiana de la cual formamos parte; eso es lo que está en riesgo aquí”. Acto seguido el presidente Betancur le pidió al expresidente Misael que le repitiera dicho consejo al general Miguel Vega Uribe, su ministro de defensa, quien pasó al teléfono, según lo relata Carrigan en su libro: “Un momento, por favor, Misael. Si le paso al general Vega al teléfono, ¿usted tendría la bondad de repetirle a él lo que me acaba de decir a mí? Me gustaría que él oyera en sus propias palabras lo que acaba de decir”. Y por si acaso el recién llegado ministro de Defensa tuviera algunas dudas sobre la posición del presidente en ésta, la más grave de las crisis nacionales, Belisario Betancur le pasó el auricular al general Vega Uribe (Carrigan, 2010, p. 158)”. De manera, pues, que la responsabilidad de su padre, Misael Pastrana Borrero, no solo se remonta al origen del M-19, cuando el presidente Carlos Lleras Restrepo escamoteó el triunfo electoral del general Gustavo Rojas Pinilla, según revelación del periodista Jorge Téllez. También fue determinante en la cruenta solución final del Palacio de Justicia, pues consideró que si el presidente Betancur buscaba una salida política: “la civilización cristiana estaba en riesgo de perecer”.

«El miedo a la libertad»

Con semejantes razonamientos y concepciones de la vida y la civilización se insiste y persiste hoy en la criminal “guerra contra las drogas”: hay que destruir los cultivos de coca, quemar los laboratorios, fumigar a la población campesina y extraditar a los capos para salvar a las pobres víctimas del próspero Norte del “flagelo de la cocaína”. ¡Podrá haber mayor estulticia y falta de responsabilidad en quienes piensan así y delegan en el Estado y sus agentes el control de sus vidas y las de sus hijos!  !Tanto temen a la libertad y carecen de responsabilidad ! ¡De verdad creen que la letra del prohibicionismo con sangre entra y liberará a la humanidad de los malvados narcotraficantes y del “flagelo de la droga”! Quienes piensan así simplemente abdican del ejercicio de la libertad y voluntad, propias de todo ser humano, para dejar en manos de las autoridades el comportamiento y corrección de sus vidas y la de millones de adictos enfermos. ¡Necesitan ser vigilados, perseguidos, multados y encarcelados para no consumir ciertas sustancias! Carecen de la más mínima dosis de confianza en su propio juicio y comportamiento. Son incapaces de reconocer que la llamada “Guerra contra las drogas” se libra todos los días y se ganará o perderá en su propia mente y la de los consumidores compulsivos, no en los campos sembrados de coca ni en los laboratorios que convierten esa planta sagrada y maravillosa en una mercancía letal. Que esa guerra jamás se ganará con la extradición interminable de capos, pues siempre habrá nuevos emprendedores para satisfacer la extra-adicción de sus millones de clientes en el civilizado Norte que, al parecer, necesitan sobredosis de cocaína y opioides para vivir, competir y triunfar en su paraíso de consumo y evasión.  Bien recrea Hollywood ese infernal paríso en cintas como el “Lobo de Wall Street” de Matin Scorsese y su exitoso banquero, para quien la cocaína, según sus propias palabras: «mantiene el cerebro despierto y hace que logres teclear rápido». Por todo ello, el mundo hoy necesita, como lo escribió Camus, más “corazones ardientes que sepan dar un sitio justo a la moderación y no millones de almas tibias, hipócritas y serviles que se refugian en la estulticia del prohibicionismo y la represión. Almas que incluso condenarían al cadalso y la extradición a un hombre que hace más de dos mil años convirtió el agua en vino, corrompiendo y condenado así eternamente a la humanidad al consumo de bebidas peligrosas, espirituosas y enajenantes. Tales los excesos de quienes son incapaces de un juicio propio y reclaman penas, prohibiciones y más cárceles para poner a salvo su deplorable condición humana, supuestamente amenazada por los terribles y codiciosos narcotraficantes del Sur. Pobrecitos ellos, los del Norte, tan virtuosos y buenos, quedaron petrificados y estupefactos después de escuchar una diatriba tan dolorosa y verdadera en una voz desgarrada llegada del Sur. Una voz que millones son incapaces de atender y comprender, despojándose de sus prejuicios maniqueos, y por eso se empecinan en denigrarla y tergiversarla, tanto más en Colombia que en el exterior. Definitivamente lo peor de la estupidez es su obstinada persistencia en el error y el horror de la “guerra contra las drogas”, acompañada de la letal adicción de la economía mundial a los combustibles fósiles. ¿Será por eso que sabotean con tan mala fe las propuestas de Petro y celebran con alegría su afonía?

[1] El Malpensante, (2000, septiembre 16 a octubre 31) No. 25, p. 20

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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