Antioqueño entre los más, cumplió todas las reglas que, por lógica, incumplen los autodenominados “paisas”.

Eduardo nos mostró la variopinta diversidad (¿redundancia?) de los miembros de la peculiar iglesia de Gonzalo Arango.

Inmerso en la geografía de su terruño, mantuvo viva su presencia en el mundo de los demás escribiendo en El Tiempo una columna que, por supuesto, brillaba en medio de tanta mediocridad.

Lo conocí pensando. Como no leí alguno de sus trabajos literarios, hallé en Eduardo un contertulio de postín.

Era de tal altura Eduardo que me agradecía cada vez que yo le participaba la publicación de un nuevo blog.

Como buen filósofo, a diferencia de buena parte de los columnistas criollos (auto elevados en pedestales de palabras melosas), Eduardo lanzaba sus dardos por doquiera sin importarle alguna diana.

Era de tanta valía Eduardo que alguna vez con pie a tierra no tuvo problema en preguntarme con su bello ¡Hombre Bernardo! de cuáles Congote era yo y si estaba relacionado con Jairo León, el sobreviviente del Club Antioquia en Barbosa, Antioquia.

Y entrados en gastos, hurgamos buscando familiaridades entre los Congote Escobar de mi padre y su personalísimo Escobar, hallándolas por supuesto.

No se casó con ideología alguna de modo que en él se podía abrevar agua fresca (eso sí, pletórica de yerbas multicolores y sapitos saltarines).

Tuvo la altura suficiente para enamorarse del mundo zafándose de las pequeñas tentaciones del envejecido federalismo paisa.

Murió esta semana con la cabeza en alto y el sombrero bien puesto, a diferencia de algunos de los que, apellidándose también “nadaístas”, siguen pelando el cobre arrodillados rezándoles a las vírgenes adúlteras del catolicismo.

Probablemente Gonzalo Arango y Eduardo Escobar, constituyan la muestra más delicada de un movimiento que tuvo el valor de quitar sotanas, deshacer imágenes de barro, burlarse de los dioses politiqueros y quitarnos el sueño a muchos.

Habría cumplido a cabalidad entonces, el enésimo mandamiento de Unamuno: Despertar al dormido.

¡Adiós sin dios, afectuoso Eduardo!

Congótica. A la muerte de Escobar uno que otro de los jotamarios que sobreviven impunes, deberían doblegar la cerviz.

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