Bernardo Congote

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La culpa torrencial*

*El autor, Jorge Alonso Botero Marulanda, es Ingeniero Industrial y Filósofo social dedicado a la construcción de tejido social comunitario y sostenible y ejerce como Terapeuta sistémico transpersonal, sanador, constelador y astrólogo sideral. Conferencista internacional, ha sido profesor de la Universidad de Los Andes; la Universidad del Rosario, el ICESI, la Universidad del Valle, el Externado de Colombia y fue Asesor de Naciones Unidas – Director UNCTAD para América.

Llueve a cántaros.  Pero no hablo de las gotitas de agua que se desprenden del firmamento, de esas que traquetean en los tejados y limpian las nubes grises, sino de la culpa eterna que se ensaña con las entrañas y enloda lo que toca.

Todos apuntan el dedo.  Trump responsabiliza al estado profundo de todas sus desgracias; y éste, encabezado por Soros, se devuelve diciendo que fue al revés, y de la mano de capitalistas rabiosos como Bill Gates -incluyendo pedófilos como Epstein- se encargaron de reproducir y promover esta supuesta «pandemia mundial» con un fin noble: salvar a la humanidad de sí misma.  Según los eugenistas de turno, todo el enredo se origina en la sobrepoblación humana y se resolvería con medidas drásticas:  «Solo un genocidio puede salvar a la humanidad» dijo recientemente el dueño de Microsoft.  No estaba bromeando.  Y, por si las dudas, ha insinuado muchas veces que el fin justifica los medios.

Pero ¿De qué se quejan? ¡Cabemos todos en el planeta! ¿O no?

Daniel Estulin, investigador independiente, cae una y otra vez en la misma trampa: responde con argumentos de la contrainteligencia rusa, y aviva el debate con razonamientos geopolíticos que suenan válidos; les escupe, de hecho, a los “políticos irresponsables» de la OMS (Organización Mundial de la Salud), acusa a los militares de «corruptos», y advierte sobre la terrible sombra de «BIG BROTHER» que se cierne sobre la población en general. Mientras tanto Jorge Guerra, otro periodista contagiado por una «deditis» crónica (o mal del dedo índice) asegura que los verdaderos culpables son los jesuitas encubiertos -los herederos de la nobleza negra veneciana- quienes siguen batallando encarnizadamente por el control de las finanzas globales y el Nuevo Orden Mundial.

Sin darnos cuenta nos polarizamos. Tomamos lados.  Escogemos bandos, como en los mejores partidos de fútbol.  Y aquí estamos, por supuesto, paralizados de miedo -porque la parálisis, el juicio y el miedo son primos entre sí- fenómenos intangibles, mas no por eso irreales.

La batalla es real.  Con algunos datos ciertos de lado y lado, los partidistas del «bien» y «del mal» se recusan unos a otros y guerrean entre sí, a muerte. Los «patriotas» alegan que la «pandemia» es una patraña orquestada para colapsar la ya endeble economía mundial; mientras que los “globalistas” afirman que de veras estamos amenazados por un virus letal proveniente de un murciélago entrometido en algún remoto mercado de Wuhan (China).

Llueven, pues, gatos y perros rabiosos; mientras que por las paredes escurre la sangre de los «inocentes». ¿Dilema irresoluble? No.

Lo fascinante es que todos estamos jugando un mismo juego e incluso sin darnos cuenta  asumimos la postura conocida del «yo no fui” para defendernos de la culpa estridente; indiferentes ante el dolor humano; impermeables ante los crujidos angustiosos de las bolsas en picada y las restricciones impuestas «porque así lo dictaminaron las autoridades» para mantener el supuesto «orden».  ¿Obediencia ciega? ¿GESARA?  ¿Totalitarismo de Estado? Tal vez.  Pero no nos está yendo bien.  Unos y otros repetimos, cual loros mojados, que la culpa la tienen la OMS, el FMI (Fondo Monetario Internacional) o también Venezuela sin olvidar a la China porque, en todo caso, «nunca fui yo»… y así intentamos disipar la carga molesta, la culpa silenciosa y traicionera.  Definitivamente maloliente, del nuevo normal impuesto.

Llueve la culpa, a cántaros, sí. Y hemos convertido el terreno de juego en un lodazal que lo contamina todo.  Mientras el debate acerca de quién tiene la razón ruge, la realidad hace sus estragos entre conservadores y liberales, entre la mafia de los laboratorios y los médicos que promueven soluciones trilladas, a medias; sorprende la desinformación de los pseudocientíficos, que buscan -otra vez por miedo- beneficiarse del desconcierto de las masas ignorantes, y el paro virtual de un público creyente, ingenuo, contagiado por el virus de la incertidumbre (ese sí muy peligroso)… mas no porque el destino sea cruel, sino porque eso es lo que sucede cuando pescamos en el río revuelto de la ignorancia y el facilismo, pensando en el beneficio propio.

Solidaridad, cero.  Sabiduría, cero.

Estamos viendo, por fortuna, la naturaleza humana en su forma más primitiva y burda.  Oportunismo.  Manipulación.  Miedo.  Sálvese quien pueda.  Ahí estamos atrapados -a la intemperie de una deuda mental y financiera impagable – tiritando de frío, escampando cada quien, en su casa, desconcertados por las normas impuestas que suenan «humanitarias» sin que nadie las entienda porque sus efectos son todo menos «humanitarios».  Rumbo al matadero.

Pocos lo entienden porque pocos revisan los supuestos sutiles.  Es fácil acusar, primero porque suena bien; segundo porque no requiere de preámbulos, si mucho de un dedito parado y un blanco fácil y tercero porque el acto mismo de acusar distrae la atención del verdadero problema, dejando la impresión de que el acusador está «haciendo algo noble» y «correcto»… cuando en verdad tiene la consciencia turbia y un miedo profundo. Por eso acusa.  Por eso miente.  Por eso defiende/ ataca.  Nadie asume.

Afortunadamente la psicología tiene ahí algo qué decir:  el que acusa, se está protegiendo.  Disculpando.  Evadiendo.  Por algo dice el viejo adagio: «cuando Pedro habla de Juan, con molestia, siempre dice más de Pedro que de Juan». Para culpar sólo se necesita un argumento, y entre más difuso mejor como por ejemplo un enemigo teórico común (el «capitalismo salvaje», el «coronavirus» o la «libertad» misma) entendidos como el derecho a juzgar todo cuanto ocurre mostrándose como desafortunado rezago de un judeocristianismo mal entendido.

Así que <<Alguien tiene que pagar>> repite a diario Trump. Y no es el único.

Avanza, pues, la noche negra; llueve sobre la serranía; y sobre los tejados de una raza en crisis.  Llueve ansiedad y se mojan las almas, a la espera de una redención que no llegará porque la vida tiene sentido del humor. Clamamos muchos por abolir la «pandemia», hartos de la pérdida evidente y no evidente, sin percatarnos de cómo nosotros mismos dimos origen al enredo. Llueve, como en el blues, la queja de la queja, de la queja.  Y más queja.

Sin resolver los azares.  Quizás porque nadie agradece.  Nadie asume.  Nadie que yo conozca se implica a sí mismo.   Llueve, llueve, llueve como si la lluvia pudiese, de una sola vez, resolver y disolver todos los dilemas del acto humano.  Pero no pasa nada; porque la lluvia no se resuelve a sí misma. Si mucho, nos muestra, nos enseña, nos obliga a revisar nuestra infantil manera de pensar -crédula y dicotómica- a ver si algún día aprendemos la lección de fondo: que somos uno.

No se trata de tener un buen paraguas.  Se trata de comprender el vínculo estrecho que nos define como humanos -y pararnos ahí- con la serenidad del Buda, con la humildad, la compasión y el amor por los que aún no comprenden los movimientos de un destino común, lejos de la lucha, de la crítica, y del juicio de valor.

El reflejo «ataque – huida» de nuestra guerrilla interna sigue intacto porque la lucha se glorificó en vano como parte de nuestro cerebro reptil, bien primario.  Y sin una consciencia despierta que redefina y matice los impulsos burdos y morbosos de una mente incipiente, este será, en verdad, el principio del fin.  Así que el verdadero Infierno, la creencia, húmeda y pegajosa de que «alguien va a hacer algo» por nosotros, se cierne una vez más, justo sobre nuestra propia corona de espinas… a la espera de que despiertes.

Esta historia es de todos y de nadie.

Yo asumo… ¿y vos?

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