Bernardo Congote

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Cobraba el 50% ¡y se ponía bravo!

No todas las coimas contra los dineros del Estado se quedan en los bolsillos de funcionarios públicos.

Se sabe por allá y por acá que en la contratación de ciertos privados con el Estado, la “mediación” para que los contratos sean otorgados significa la repartición de parte de los dineros públicos entre los mismos privados.

De modo que “la corrupción” de la que perversamente se habla en singular femenino, tendría matices relacionados con la corrupción de los privados. (¡los mismos que dirigen su índice contra “los corruptos” públicos!).

Ello se habría disparado gracias a que El Innombrable, a partir de su yidispolitiquería pretendió imponer la falacia leguleya del cohecho en una sola vía.

A pesar de que la ley penaliza el cohecho como delito “por dar y recibir” favores, otro de los grandes logros del furibismo ( )  pretendió ser que sólo quienes recibieran los beneficios eran penalizables (¡pero nunca los furibistas que los otorgaban chantajeando al receptor!).

El bloguero ha conocido detalles de algún caso de corrupción privada. Un prestante furibista, a la sazón director de varios gremios colombianos (y habiendo sido, de paso, miembro de uno que otro gabinete presidencial), tendría como beneficiosa tarea la de contratar con el Estado aprovechando sus privilegios público-privados.

En efecto acostumbraría utilizar sus conexiones con funcionarios estatales para contratar jugosas consultorías, parte de cuyos presupuestos habrían ido a su bolsillo.

Habilidoso detector de los contratos que ruedan en el voz a voz de cocteles propiciados por su(s) mismo(s) gremio(s), el ciudadano de marras tendría por hábito atraer dulzarronamente a profesionales habilitados para contratar con el Estado.

Dulzarronería que tendría entre sus reglas de juego, invitar a estos potenciales contratistas a su apartamento privado ubicado en el norrsste de Bogotá (¡Ala!).

Una vez allí, en compañía de su atractiva esposa y en medio de mullidos cojines, elegantes copas de vino, pinturas de alto costo y libros tan lujosos como ilegibles, nuestro hombre negociaría las coimas.

La cosa se descompone más mencionando que, sin hígados (¿tiene hígados algún coimero?), el sujeto acostumbraría cobrar el cincuenta por ciento (50%) del presupuesto contractual.

Por supuesto que también sin sonrojarse, nuestro hombre de marras argumenta como razonable el perverso valor de su coima, porque basta con que la potencial empresa ejecutora ¡le aumente ese cincuenta por ciento al precio del contrato!

Alguna vez que mi fuente se enfrentó a este dulzarrón atraco a mano desarmada, después de muchos ires y venires logró convencer al coimero de que un incremento del 50% podría dejarlos a ambos sin contrato.

Acordaron, por tanto, que se quedaría con el cincuenta por ciento de las utilidades, lo que de todas formas significó aumentar el precio del contrato (pagado con nuestros impuestos).

Una empresarialidad privada amodorrada por subsidios dispensados por sus amigos en el Estado (¿devolución de patrocinios electoreros?), tiende al monopolio negociando entre sus amigos y familiares.

Perversión esta que conduce a los consultores particulares al laberinto de contratar con el Estado. Lo que en Colombia significaría:

  • Tener acceso oportuno a la apertura de licitaciones (lo que suele ser imposible);
  • Sospechar que las que se abren dos o tres días antes de verse cerradas (lo que significa que ya tienen dueño(a));
  • Buscar, para evitar lo anterior, que un coimero de cuello sucio haga las veces de “negociador” del contrato en la respectiva Junta Directiva para que se asigne a dedo a determinada empresa … (lo que, costosamente, logra el contrato);
  • Pagarle a coimeros privados jugosas coimas que salen de nuestros impuestos; o
  • ¡Todas las anteriores!

El agravante de esta tragicomedia, consiste en que a pesar de haber recibido “su” cincuenta por ciento, el coimero privado resultó muy digno, se puso bravo y de un momento a otro ¡desapareció!

Dicen que habría sido nombrado en una lejana Embajada o Consulado. Luego de lo cual habría logrado otra dirigencia gremial para seguir ejerciendo su dulzarrona tarea de coimero de cuello sucio.

En fin, sea lo que sea cierto, esta corrupción que pocos denuncian, la de los privados entre privados para usufructuar dineros públicos, se sumaría a la perversa lista de las cosas innombrables de Colombia.

Congótica 1.¿Por qué los críticos privados de “la corrupción pública”, suelen pasar de agache ante la corrupción privada negociando lo público?

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