Bernardo Congote

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Carta Abierta al Presidente de Francia*

¿Por qué me prohíbe leer? Hoy me he escapado de la mediateca para no pasar la vergüenza de que me echaran.

No estoy vacunada, no tengo “pasaporte” y utilizo el de una amiga para pedir libros prestados.

Leer, nadar, cantar y bailar son mi sustento, son actividades que me mantienen viva y con salud.

Usted me las ha prohibido todas desde hace varios meses y piensa seguir negándomelas aún por mucho tiempo.

Para ello cuenta usted con funcionarios y empleados que se afanan en aplicar sus políticas, cada uno a su buena manera.

Todos nos volvimos gendarmes de todos. Ud. les ha autorizado a sentirse felices ejerciendo su pequeño poder de control sobre otros ciudadanos.

En vez de animarnos a ser solidarios, ha estimulado nuestras partes oscuras; nuestras ganas de dominar al otro.

Es así como hoy, en la puerta de la mediateca de mi ciudad, un agente de seguridad se ha extrañado de que yo hubiera nacido en 1960. (Nací 20 años más tarde, tenía razón). Por humanidad el agente podía haberme dejado entrar sin hacer caso o señalarme con el dedo. Pero decidió señalarme con el dedo.

Sentí vergüenza por haber sido pillada, como una niña. Le recordé que no tenía derecho para comprobar mi identidad y me metí para devolver los libros. Con todo el celo por delante, llamó a su superior y entonces hui para no tener que pasar la vergüenza de ser echada.

Soy ciudadana de este país, ejerzo mi derecho al voto, pago los impuestos, soy partícipe de la enseñanza de los niños de Francia, les enseño derechos y deberes, la Marsellesa, la laicidad y sobre todo, el libre albedrío.

Pero actualmente Ud. ha hecho que me sienta una ciudadana triste y enfadada.

Los vacunados también están enfadados pues descubren que les han engañado: algunos se vacunaron por convicción y civismo para obtener la inmunidad colectiva que prometió usted y terminar con esta epidemia (ha resultado falso). A otros les vacunaron bajo amenaza, con tal de conservar el empleo o una actividad de ocio (tuvieron que hacerlo).

Nosotros no teníamos por qué ser conejillos de indias de vacunas rápidamente elaboradas; teníamos y tenemos miedo a sufrir efectos secundarios indeseables; teníamos y tenemos la impresión de estar siendo chantajeados.

Desde Omicron descubrimos que la epidemia sigue avanzando aunque el 90% de la gente esté vacunada. Que las vacunas están lejos de protegernos, tanto como Ud. nos lo había prometido.

He aquí la demostración de sus mentiras, Señor Presidente.

Y ahora, para evitar el enojo de los vacunados, señor presidente, Usted ha señalado como responsable a la minoría no vacunada.

¿Acaso el 10% de los no vacunados es responsable de la propagación actual del virus? No. Simplemente rechazan ser los chivos expiatorios de su política fracasada.

Los no vacunados quisiéramos, con la simple legalidad y sin ser fastidiados, seguir siendo ciudadanos y ciudadanas como los demás, junto a los vacunados, sus padres, sus amigos, su colegas, sus vecinos.

Pero sus discursos politiqueros quieren ponernos los unos contra los otros, señor presidente.

Tiene usted que saber que, vacunados o no vacunados, en nuestras familias, nuestras redes, nuestros edificios, nuestros barrios, nuestro campo, tratamos de escucharnos, de entendernos, nos volvemos a plantear lo que juzgamos.

Es difícil pero esencial para seguir viviendo juntos. Mostramos empatía, comprensión los unos hacia los otros, nos solidarizamos desde hace dos años para atravesar esta crisis que tanto nos pone a prueba.

Les doy las gracias a todos los justos.

Le doy las gracias a mi amiga que me ha compartido su “pasaporte”.

Les doy las gracias a todos los anónimos que no me señalan con el dedo.

Le doy las gracias a la bibliotecaria de pueblo que decide dejarme pasar.

Si entra en vigor el “pasaporte de vacuna”, me negaré a correr el riesgo de que me echen o que mi amiga pague una multa descomunal.

Y de todas formas seguiré resistiendo, siendo solidaria, abierta a los que son diferentes.

Pero lloro porque en la Francia del siglo 21, hoy he escapado de una mediateca para no pasar vergüenza de que me echen. Solo quiero pedir prestados unos libros, ¡sólo quiero leer!

 

*Texto recibido de una ciudadana residente francesa (que prefiere el anonimato), traducido al castellano por su autora.

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