Gran oso el que hizo la oposición en Colombia frente a las relaciones de Colombia y Estados Unidos,
Gran oso el que hizo la oposición en Colombia frente a las relaciones de Colombia y Estados Unidos,

No es extraño el silencio de la oposición al Gobierno de Gustavo Petro frente al giro que han dado las relaciones entre los presidentes de Colombia y los Estados Unidos. Ese mutismo, lejos de ser casual, resulta coherente con la situación incómoda en la que han quedado quienes, sin compartir las ideas del primer mandatario, han protagonizado uno de los episodios más desafortunados y ridículos de la historia política reciente del país. Hoy, cuando el diálogo entre ambos gobiernos se ha reencauzado, la oposición parece no encontrar palabras para explicar sus propias actuaciones.
Lo anterior se debe, en buena medida, a la mediocridad con la que la mayoría de los políticos de oposición han ejercido este oficio durante el período presidencial de Gustavo Petro. En lugar de asumir su rol natural dentro de una democracia —vigilar, criticar con argumentos, proponer alternativas y señalar errores con responsabilidad— optaron por el camino más fácil y menos digno: el del ruido, la intriga y la búsqueda de apoyos externos para debilitar al gobierno de turno.
Distinto habría sido el escenario si, en vez de enviar cartas al secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, o al propio Donald Trump, quejándose y sembrando sospechas, se hubieran dedicado a advertir con rigor los posibles errores de la política exterior colombiana y a indicar rutas sensatas para corregirlos. Ese es el comportamiento esperable de una oposición seria, madura y comprometida con el interés nacional, no de un grupo político que parece confundir la crítica con el sabotaje.
El problema no fue solo la existencia de esas cartas o de esos viajes, sino el mensaje que transmitían: la idea de que Colombia no podía resolver sus diferencias internas por sus propios medios y necesitaba la intervención directa de una potencia extranjera. En algunos casos, incluso, se actuó como si se quisiera que la Casa Blanca asumiera funciones propias de la Fiscalía General de la Nación, o que una fuerza militar estadounidense debía intervenir en territorio colombiano. Tales planteamientos, además de absurdos, resultan profundamente peligrosos.
Hoy, cuando Donald Trump y Gustavo Petro han dialogado y las tensiones han disminuido, quienes promovieron esas iniciativas han optado por el silencio absoluto. No hay explicaciones, no hay autocrítica, no hay reconocimiento del error. Pareciera que descubrieron, demasiado tarde, que a un jefe de Estado con quien realmente le interesa hablar es con otro jefe de Estado, y no con intermediarios que llevan y traen chismes como si se tratara de una disputa de vecindario.
Tal vez también comprendieron que a un personaje como Donald Trump no se le convence simplemente con visitarlo, halagarlo o adularle el color de los ojos. La política internacional se mueve por intereses, no por simpatías personales ni por relatos exagerados sobre supuestas catástrofes institucionales. En ese terreno, la oposición colombiana demostró una alarmante falta de comprensión y de profesionalismo.
Lo más indignante de toda esta situación es que algunos sectores de la oposición hayan considerado, siquiera como hipótesis, la posibilidad de un bombardeo estadounidense en territorio colombiano sin que ello les pareciera una violación flagrante de la soberanía nacional. Resulta paradójico que quienes suelen presentarse como defensores del orden, la patria y las instituciones hayan sido tan ligeros al momento de poner en riesgo principios fundamentales del Estado.
Por actuaciones como estas, considero que la oposición a Gustavo Petro se ha ejercido con un alto grado de mediocridad, del cual solo se han salvado unos pocos, contados con los dedos de una sola mano. Son escasas las voces que han entendido que hacer oposición no significa incendiar el país ni buscar auxilio en el extranjero, sino contribuir, desde la diferencia, a mejorar las decisiones públicas.
Es posible que Donald Trump y Gustavo Petro no se conviertan en los mejores amigos cuando se concrete la tan esperada cita, pero lo cierto es que ambos seguirán dialogando, porque a ninguno de los dos le interesa escalar un conflicto innecesario. El pragmatismo y el interés mutuo siempre terminan imponiéndose en las relaciones entre Estados.
Mientras tanto, la oposición colombiana debería aprender a ser más profesional en su oficio. Ha quedado, ante la opinión pública, como la vecina que le dice al novio que su novia le es infiel y este, lejos de terminar la relación, decide llevarla al altar. Una metáfora sencilla, pero elocuente, que resume el fracaso de una estrategia basada más en el chisme y la exageración que en la política seria y responsable que el país necesita.
Nota recomendada: A Trump le importa el petróleo, no la democracia
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