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Cinco años protegiendo a cinco especies en peligro en el Magdalena Medio

  • La marimonda del Magdalena, el paujil de pico azul, el manatí del Caribe, el bagre rayado del Magdalena y el carreto colorado son especies que están bajo grave amenaza. Comunidades, ONG y empresa privada están dedicadas a conservarlos y están obteniendo resultados prometedores.

(Mongabay Latam / Antonio José Paz Cardona).- La cuenca media del río Magdalena ha sido una zona histórica de conflicto armado en Colombia. El medio ambiente y la biodiversidad han sido unas de sus tantas víctimas. A la vez, la región ha sido epicentro de grandes desarrollos agrícolas y ganaderos que no siempre se han dado de forma ordenada.

Barrancabermeja, en el departamento de Santander, es quizás una de las ciudades más emblemáticas en esta región de gran riqueza natural. Para llegar de esta zona al sector de San Rafael de Chucurí, zona rural de este municipio, se necesitan dos horas, al igual que a Bocas del Carare, zona rural del vecino municipio de Puerto Parra. En estos lugares y otros sectores cercanos se lleva a cabo, desde hace cinco años, uno de los proyectos de conservación más ambiciosos del país.

Wildlife Conservation Society (WCS) Colombia lidera el Proyecto Vida Silvestre (PVS) en alianza con Ecopetrol, la Fundación Mario Santodomingo y Fondo Acción. Trabajan con varias ONG en la conservación de 15 especies paisaje —cuya protección permite resguardar la vida de otros animales y plantas que comparten su mismo hábitat— en el departamento de Vichada en los Llanos orientales, el piedemonte amazónico en el departamento de Putumayo y el Magdalena medio en los departamentos de Santander y Antioquia.

En esta última región han enfocado sus esfuerzos en la conservación de cinco especies: el bagre rayado del Magdalena (Pseudoplatystoma magdaleniatum), catalogado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) como En Peligro; la marimonda del Magdalena (Ateles hybridus), En Peligro Crítico; el manatí del Caribe (Trichechus manatus), En Peligro; el paujil de pico azul (Crax alberti), en Peligro Crítico; y el árbol carreto colorado (Aspidosperma polyneuron), En Peligro.

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Entender al gran carnívoro del río Magdalena

La ciénaga de Chucurí parece un espejo gigante en el cual se puede ver todo lo que hay encima de ella. El reflejo del sol intensifica el calor que fácilmente ronda los 40 grados centígrados, en medio de los hermosos paisajes que ofrece la cuenca del río Magdalena —el más largo de Colombia, con más de 1500 kilómetros—. Esta cuenca es una de las más ricas en peces de agua dulce en el país y en ella vive el bagre rayado. Se trata del pez más grande de este río, puede llegar a medir 1,5 metros, y es uno de los más pescados debido a su alta demanda y a que es uno de los que se vende a mejor precio.

Sin embargo, el bagre rayado del Magdalena es una especie endémica que actualmente se encuentra en peligro de extinción. Trabajar con ella es una prioridad pero a la vez un reto enorme pues, a pesar de estar amenazada, y a diferencia de otros animales, su aprovechamiento comercial es legal.

“Lo que hicimos  fue orientar todo el esfuerzo hacia un proceso para establecer acuerdos de pesca como instrumentos de ordenación y conservación. Primero con las comunidades y luego con la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP)”, dice Mauricio Valderrama, biólogo y director de la Fundación Humedales, que trabaja con el bagre rayado en el PVS.

El bagre rayado del Magdalena vive sus primeros tres años en las ciénagas y luego migra al río. Foto: Mauricio ‘El Pato’ Salcedo – WCS Colombia.

Al principio no fue fácil. Así lo confiesan los pescadores de San Rafael de Chucurí y Bocas del Carare a Mongabay Latam. “Antes, para nosotros pescar en tiempo de veda era como pescar en cualquier otro tiempo. Desconocíamos por qué no se podía pescar o que el bagre estaba en zona de riesgo”, comenta Walfran Martínez, representante legal de la Asociación de Pescadores de San Rafael de Chucurí (Asopeschucurí).

Pero los pescadores empezaron a dialogar, con la ayuda de la Fundación Humedales, y a entender la importancia de establecer acuerdos comunitarios de conservación, que hoy intentan defender a toda costa. Son cuatro los puntos acordados: el primero es respetar las tallas mínimas de todas las especies que se pescan y que son de comercialización, el segundo es adaptar las mallas y solo pescar con atarraya y anzuelo, el tercero es respetar la época de reproducción del bagre (veda) y el cuarto es la creación de cuatro zonas de conservación. Sobre estas últimas, en dos está prohibido pescar —ciénaga El Clavo para Bocas del Carare y ciénaga Aguas Negras para Chucurí— y en las dos restantes se puede pescar entre las 6 de la mañana y las 4 de la tarde, respetando siempre los artes establecidas —ciénaga La Colorada para Bocas del Carare y ciénaga Aguas Blancas para Chucurí—.

Martínez asegura que la temporada de veda fue uno de los puntos más complicados de concertar, pues se debía concientizar a más de 70 pescadores, solo en la zona donde él vive. Además, desde hace ya muchos años el gobierno ha establecido unas épocas de veda pero el pescador se quedaba sin sustento durante dos meses, así que se convertía en un fugitivo de la ley pues pescaba a escondidas

Ciénaga de Chucurí entre los municipios de Puerto Parra y Barrancabermeja. Foto: Mauricio ‘El Pato’ Salcedo – WCS Colombia.

A lo anterior se sumaba otro problema: las dinámicas de los peces han cambiado debido a factores como el cambio climático y la contaminación. Los pescadores aseguran que los calendarios de veda ya no son eficientes. Por ejemplo, la veda que iba de mayo a junio ya no coincide con la reproducción del bagre —época que denominan como candeleo—, el año pasado se dio en abril y en otros años se ha dado en junio.

El pescador no era escuchado por las autoridades, pero se han fortalecido los procesos de gobernanza y ahora, a través de sus asociaciones, ya saben a quién dirigirse y cómo hacer valer su conocimiento tradicional. Casi al unísono, los líderes de las asociaciones de pescadores mencionan cuando el director de la AUNAP estuvo en su territorio y aceptó que los acuerdos de pesca hechos en Chucurí y Bocas del Carare fueran un proyecto piloto de ordenamiento pesquero para toda la cuenca del Magdalena.

“Al final estos resultados fueron adoptados por la autoridad de pesca en una resolución. Los acuerdos se tradujeron en hechos concretos”, dice Mauricio Valderrama.

Los pescadores de San Rafael de Chucurí y Bocas del Carare se pusieron de acuerdo sobre los artes de pesca que podían usar. Foto: Mauricio ‘El Pato’ Salcedo – WCS Colombia.

Walfran Martínez asegura que todo el proceso ha valido la pena, ya que han visto mejorías en las especies, no solo en el bagre. El reto está en concientizar a otras poblaciones ribereñas pues este pez es una especie que puede migrar hasta 500 kilómetros. “Ya se pesca también más blanquillo y doncella”, dice.

Trabajar en el tema pesquero es un avance enorme, pero la afectación de los peces también viene de procesos de degradación ambiental. “Siempre se ha señalado al pescador como el primer culpable y no es así. Las principales causas provienen del deterioro que hay alrededor de la cuenca. Lo ambiental supera lo pesquero. Estamos rodeados de palma, eso quiere decir que hubo deforestación. Si vas a las zonas de reserva todo es ganadería, hubo cambio de uso del suelo”, afirma Sandra Hernández, coordinadora de pesca de la Fundación Humedales.

Según Hernández, los sistemas acuáticos donde se desarrolla toda la vida de los peces disminuyeron en un 50 % y la pesca disminuyó en ese mismo porcentaje. Eso se relaciona, por ejemplo, con el cambio de uso del suelo que empieza a generar erosión. “Si hay erosión, eso se traduce en sedimentación en las ciénagas y estas son el pulmón del río”, resalta.

La experta también asegura que la contaminación por químicos de la agroindustria y la minería termina afectando el sistema reproductor de los peces, disminuye el conteo de espermatozoides y, por lo tanto, el volumen de animales.

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Un festival para cuidar al Choibo

En época de verano el viaje en lancha desde la población de Bocas del Carare hasta el lugar donde el río Carare se junta con el río San Juan puede demorar casi una hora. Lo que se ve a ambos lados de este último afluente es digno de una escena del conocido documental de Netflix, ‘Nuestro Planeta’. Los árboles empiezan a agitarse con fuerza y al mirar hacia arriba se pueden ver decenas de monos que se balancean de rama en rama en árboles de más de 30 metros de altura en las orillas del río.

Los más abundantes y que parecen no ser tan tímidos son los ‘cariblancos’ (Cebus albifrons). Un poco más arriba se ve a los aulladores rojos (Alouatta seniculus) y finalmente, casi en las copas de los árboles, aparece la marimonda del Magdalena, también conocida como mono araña café o choibo.

Durante mucho tiempo se creyó que el choibo del Magdalena era una subespecie del mono araña amazónico. Los científicos no se preocuparon tanto por su protección pues los individuos amazónicos estaban relativamente bien conservados. Sin embargo, cuando hace menos de 20 años se descubrió que se trataba de una especie diferente, la fragmentación de sus bosques empezó a preocupar aún más a los biólogos y de inmediato el choibo pasó a estar catalogado como en Peligro Crítico por la UICN y es una de las 25 especies de primates más amenazadas del mundo.

El choibo es un excelente dispersor de semillas. Foto: Mauricio ‘El Pato’ Salcedo – WCS Colombia.

Andrés Link, biólogo y director de la Fundación Proyecto Primates, asegura que este mono araña frugívoro está en peligro porque es muy grande y en algunas zonas es presa predilecta de cazadores. Es muy sensible frente a la pérdida de bosque porque requiere áreas muy grandes para vivir.  Además, su reproducción es muy lenta, las hembras empiezan a reproducirse a los 7 u 8 años y solo tienen una cría cada tres años.

“Esta zona nos impresionó mucho porque está rodeada de una matriz agrícola y ganadera muy transformada pero que por el valor que tienen los ecosistemas inundables, aún conservan una biodiversidad increíble”, cuenta Link.

El experto recuerda que empezaron con un trabajo de ciencia básica pero luego se relacionaron con la comunidad. Se convenció de que para conservar al choibo necesitaba la ayuda de los finqueros pero también con los pescadores y la gente que requiere de recursos del bosque. Desde ese momento, la Fundación Proyecto Primates empezó a trabajar con los dueños de los predios, que tradicionalmente son ganaderos, para mejorar la conectividad entre los fragmentos de bosque en los que se encuentran las poblaciones de choibo. “Hay corredores que ya están siendo usados por los micos”, asegura Link.

Los jaguares también se ven en el Magdalena Medio. Foto: PVS / WCS Colombia.

El otro tema que le preocupaba era la endogamia, pues detectó unos monos casi albinos —con leucismo— y esto podría tener relación con problemas genéticos en los que se están cruzando entre parientes muy cercanos que no pueden atravesar la matriz ganadera.

“Conocemos a todos los individuos y con análisis genético sabemos quién es papá de quién y cómo están relacionados. Todo este estudio está enfocado en entender cómo sobreviven en paisajes fragmentados”, dice el biólogo.

Poco a poco la gente de los municipios de Barrancabermeja, Puerto Parra y Cimitarra empezaron a interesarse cada vez más en la conservación del choibo, al punto que, desde hace ya cinco años, se celebra el Festival del choibo en Bocas de Carare. Adultos y niños se disfrazan y, a través de actividades lúdicas y culturales, promueven la conservación de este mono. En sus últimas versiones, el festival ha convocado a “los amigos” del choibo para involucrar a otras poblaciones que trabajan con la conservación del paujil de pico azul, el manatí y el bagre rayado.

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El carreto colorado comienza a vivir en medio de las vacas

Vincular a los ganaderos con la conservación ha sido otra de las grandes apuestas del Proyecto Vida Silvestre (PVS). Andrés Link logró convencer a varios de ellos de generar bosques para mejorar la conectividad del choibo. Por otro lado, la Fundación Centro para la Investigación en Sistemas Sostenibles de Producción Agropecuaria (CIPAV) trabaja con grandes predios ganaderos en la zona para generar sistemas silvopastoriles que con sus cercas vivas puedan convertirse en corredores para cientos de especies que han quedado aisladas.

Con este proyecto se aprovecha para reintroducir, en las cercas vivas, árboles nativos extintos o casi extintos como el comino crespo y, principalmente, el carreto colorado. Este último desapareció debido a la tala indiscriminada de su fina madera en la época en que se construyó la vía férrea del lugar.

En la vereda Riberas del San Juan, del municipio de Cimitarra en Santander, es difícil ver bosque. La ganadería se apoderó de casi todas las tierras y durante varios kilómetros solo se ven enormes extensiones de pastos que parecieran no tener fin. Pero hoy basta aproximarse a la entrada de la finca El Sinaí para confirmar que el paisaje empieza a cambiar. Árboles crecen a ambos lados de la trocha que sirve de carretera y las vacas descansan plácidamente en la sombra

La fina madera del carreto colorado lo tiene en peligro de extinción. Foto: Mauricio ‘El Pato’ Salcedo – WCS Colombia.

Ariolfo Díaz ha sido uno de los propietarios que empezó a darle espacio a la conservación en su predio. Asegura que tanto él como su esposa y sus hijos quedaron impactados con las imágenes de las cámaras trampa y cuando veían pasar de repente, frente a su casa, animales que ni siquiera sabían que existían en la zona.

“Con las cercas vivas y el aislamiento de las cañadas, la rotación es más pequeña y el pasto nos rinde más. Las heces del ganado y el pisoteo ayudan a que el terreno quede abonado y el gas metano que generan las vacas es absorbido por los mismos árboles”, dice Ariolfo con orgullo.

Poco a poco otros ganaderos vecinos se han interesado por el proyecto de la finca El Sinaí, a pesar de que al principio veían a Ariolfo Díaz como un loco que desafiaba las reglas tradicionales de la ganadería. “Tenía el mito de que los árboles no eran compatibles con el pasto, pero me di cuenta de que es solo cuestión de manejo, de escoger ciertos árboles y hacer ciertas podas”, comenta. Su finca tenía solo una hectárea de bosque y hoy ya tiene siete. Los monos ya se escuchan en los árboles.

En cada monitoreo que hacía Ariolfo veía más y más fauna. La producción de sus animales empezó a mejorar y terminó por convencerse de que iba por el camino correcto. Su meta ahora es que su finca se convierta en una “selva productiva”, donde tenga por lo menos 40 árboles por hectárea.

Plántula de carreto colorado. Foto: Mauricio ‘El Pato’ Salcedo – WCS Colombia

“En un período de entre 6 y 12 meses se logran cambios significativos en la cobertura del suelo. Las fincas que participan se vuelven influyentes y poco a poco se logra una transformación del entorno. Se trata de crear conciencia de que la ganadería no es el único uso que se le puede dar al suelo sino que puede tener usos agroforestales”, dice Mauricio Carvajal, líder del área de restauración ecológica de CIPAV.

Los ganaderos del Magdalena medio tienen una enorme ventaja: todo en esta región crece muy rápido. Carvajal asegura que la biodiversidad está encapsulada en pequeños núcleos de bosque y cuando tiene la posibilidad de tener una cerca viva por la cual trasladarse y conectarse con otro núcleo, la aprovecha de inmediato. Y, por otro lado, en uno o dos años los ganaderos empiezan a encontrar mejoras productivas de por lo menos 30 % en la producción de leche. “Tenemos casos donde la producción se ha duplicado y a los seis meses ya puede haber efectos productivos positivos”, añade.

Poco a poco el bosque va creciendo en la región, los finqueros han decidido ceder espacios de sus territorios para la conservación y los resultados ya se ven. En Cimitarra se han sembrado más de 400 árboles de carreto colorado en áreas de restauración y 15,72 hectáreas de la Reserva Natural de la Sociedad Civil San Bartolo están en proceso de restauración para conectar 2000 hectáreas más de fragmentos de bosque. Además, Hágora Santa Martha, con 151,23 hectáreas, se convirtió en un área protegida para la conservación del choibo.

La versión completa de este reportaje fue publicada en Mongabay Latam. Puedes leerla aquí.

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