10 años entre el K-Pop y el café premium: la oportunidad de Colombia en el TLC con Corea

En tiempos de incertidumbre comercial y geopolítica, los países suelen mirar hacia dónde puede abrir nuevos mercados. Colombia no está exenta. Es una pregunta necesaria, pero quizá deberíamos comenzar por otra: ¿estamos aprovechando suficientemente los mercados que ya abrimos?

Corea del Sur es un buen ejemplo. Este año se cumple una década desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio entre ambos países. Colombia ya cuenta, por tanto, con una plataforma jurídica estable y predecible para relacionarse con una economía desarrollada, de alto poder adquisitivo, tecnológicamente avanzada y con una estructura productiva que ofrece importantes complementariedades con la nuestra. El reto ahora no debería limitarse a celebrar el aniversario, sino preguntarnos qué podemos hacer con esa plataforma durante los próximos diez años.

Las cifras muestran que existe espacio para hacerlo. Según Trade Map, las exportaciones colombianas a Corea pasaron de US$402 millones en 2016 a US$820 millones en 2025. El recorrido, sin embargo, ha sido muy irregular: alcanzaron US$1.180 millones en 2024, su mayor nivel durante el período, para caer nuevamente al año siguiente. La balanza comercial cuenta una historia igualmente cambiante. Colombia registró déficit durante casi todo el período 2016-2023, alcanzó un superávit de US$191 millones en 2024 y volvió a un déficit de US$573 millones en 2025.

Estas cifras no demuestran por sí solas que el TLC haya funcionado bien o mal. Sí muestran algo más interesante: existe una relación comercial importante, pero todavía volátil y con mucho espacio para crecer, estabilizarse y sofisticarse, dando oxígeno y más crecimiento exportador diversificado.

Ahí debería concentrarse una parte de la política comercial colombiana. Diversificar no significa simplemente firmar más tratados. Significa utilizar mejor los que ya tenemos para vender más productos, incorporar mayor valor agregado y reducir nuestra dependencia de unos pocos mercados y productos.

Corea reúne condiciones especialmente interesantes para ello. No se trata solamente de un destino para café, carbón u otros productos tradicionales. Es un mercado sofisticado en el que Colombia puede buscar mayores oportunidades para alimentos procesados, agroindustria, cosméticos, ingredientes naturales, manufacturas especializadas y servicios, entre otros sectores. Pero tener preferencias arancelarias no garantiza que esas exportaciones ocurran. Acceso confiable es la clave.

Por eso, diez años después, también vale la pena pensar en profundizar y modernizar el TLC. El propio acuerdo ya contiene capítulos sobre reglas de origen, medidas sanitarias y fitosanitarias, comercio electrónico y cooperación. La siguiente etapa podría revisar las reglas de origen para facilitar cadenas productivas contemporáneas; actualizar las disciplinas de comercio electrónico hacia una agenda más amplia de economía digital; fortalecer la cooperación regulatoria y sanitaria para convertir el acceso jurídico en acceso efectivo; y profundizar los mecanismos de facilitación del comercio.

Además, Colombia tiene una ventaja que a veces subestimamos: Corea ya cuenta con institucionalidad económica y de cooperación en nuestro terreno. KOTRA, por ejemplo, mantiene una oficina en Bogotá que desarrolla actividades de comercio, inversión, investigación de mercados y proyectos. A ello se suma la presencia de instrumentos coreanos de cooperación (KOIKA) y financiación (KEXIM Bank). Una estrategia bilateral más ambiciosa debería conectar esa institucionalidad con empresas colombianas, proyectos de inversión, transferencia tecnológica, financiación y programas concretos de internacionalización. Nuestras pymes lo necesitan desesperadamente, pero ignoran su existencia.

Esto exige también iniciativa empresarial. Un TLC no exporta por sí mismo. Las compañías necesitan conocer la demanda coreana, adaptar productos, cumplir requisitos sanitarios y técnicos, construir canales comerciales y utilizar efectivamente las preferencias negociadas. La política pública puede abrir puertas y reducir obstáculos; son las empresas las que finalmente tienen que atravesarlas.

Nada de esto supone abandonar una estrategia más amplia con Asia. Colombia tiene buenas razones para construir una relación mucho más profunda con ASEAN, una región de enorme escala económica que además ofrece una interlocución geopolíticamente neutralmente pragmática. Ese tema, por su importancia, merecería una columna aparte.

Pero mientras diseñamos nuevas rutas hacia Asia, no deberíamos pasar por alto un puente que ya construimos. Después de diez años de TLC, Corea puede ser mucho más que otro socio comercial de Colombia. La plataforma ya existe. La tarea de la próxima década es aprovecharla al máximo.

Colegio de Estudios Superiores de Administración – CESA

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