Sergio Ibáñez. Jefe del Departamento de Lengua Castellana y Literatura. Durante cuatro años estuve alejado de mi país para perseguir mis sueños con el afán del que sólo piensa que el sentido de la vida estaba en llegar a la meta, en lograrlo. La vida me llevó a nuevos lugares y nuevas personas, caminé por…
Sergio Ibáñez. Jefe del Departamento de Lengua Castellana y Literatura.
Durante cuatro años estuve alejado de mi país para perseguir mis sueños con el afán del que sólo piensa que el sentido de la vida estaba en llegar a la meta, en lograrlo. La vida me llevó a nuevos lugares y nuevas personas, caminé por senderos desconocidos que nunca imaginé hasta llegar al CBJML.
Mi alma se dejó contagiar por esa idea de que vivía bien por tener la posibilidad de comprar unos tenis de marca con un día de trabajo o que era genial poder tener el último teléfono con solo quince días de trabajo: creía que eso era el bienestar y el progreso. En esa frenética lucha por alcanzar esos imaginarios de triunfo tropecé.
Fue un golpe durísimo y certero que hizo que mi vida entera entrara en un limbo, en un punto de quiebre. Decidí volver. He hablado con muchas personas que afirman que migrar es un acto de valentía.
El verdadero acto de valentía es volver
Conozco a muchas personas que están atrapadas en un país y un lugar que no les pertenece, un lugar que no los hace felices, están atados a esa idea de que volver es una derrota. Yo descubrí que hay derrotas necesarias y hermosas sin las cuales algunas de las victorias no tienen sentido. Tal vez de eso se trate la vida, de aceptar que las derrotas implican necesariamente el sentido y la validez de futuras victorias.
Cuando volví todo parecía oscuro: no sabía por dónde empezar ni cómo volver a reconstruir esa vida que creía perdida. Necesitaba desesperadamente un faro, algo que me devolviera las ganas de volver a descubrir nuevas rutas, mi salud mental estaba empezando a deteriorarse a causa de la inactividad y las secuelas del pasado.
Mi victoria más valiosa fue volver a las aulas
El 10 de enero del 2024, recibí una llamada telefónica que le devolvió la respiración a mi alma: “Profe, te llamamos del Colegio Bilingüe José Max León, recibimos tu hoja de vida para la vacante de Docente de Lengua Castellana, queremos conocerte un poco más, ¿puedes venir mañana?”. Claro que podía. No solo podía, lo necesitaba, llevaba seis meses esperando esa llamada.
El trece de enero fue mi primer día de trabajo con los niños en el colegio. Ese primer día me pareció exageradamente extraño, llevaba exactamente cuatro años y un mes sin pisar un aula.
Ese primer día fue un estado de shock constante e ininterrumpido: venía de trabajar en la obra cargando bultos de cemento y vaciando escombros durante 8 horas, repartiendo comida en bicicleta en el frío tempestuoso del invierno, lavando platos con alergias severas en la piel por el vapor y el jabón desde los dedos hasta los codos o recibiendo insultos de un chef porque no llevaba el plato rápido a la mesa del comensal. Eso solo por mencionar algunos casos.
Ahora que lo veo desde afuera, no sé por qué pude aguantar tanto tiempo normalizando esas acciones; como inmigrante cargué sobre mi espalda el injusto peso de perder mi dignidad por esa falsa idea de bienestar de la que hablé anteriormente.
Ciertamente esos trabajos, que hacen un paréntesis en mi profesión real, me enseñaron a ver el mundo con otros ojos y a entender que detrás de nuestro privilegio está el sacrificio de quien trabaja en esas otras profesiones que viví: ellos siempre serán dueños de todo mi respeto y admiración.
En el CBJML
Los días allí empezaron a redireccionar mi vida. No hubo mejor terapia para mí que el calor humano de los niños, ellos me devolvieron la esperanza, las ganas de volver a empezar mi vida.
Aprendí, gracias a ellos, que la docencia es un acto profundamente vital que va más allá de cualquier necesidad material: es un ejercicio que permite ensanchar el espíritu. Recuerdo uno de esos primeros días en el aula, una niña me dijo: “profe, ¿por qué eres tan raro?, parece como si no tuvieras sentimientos”.
Ese fue un comentario que, lejos de escandalizarme, me conmovió profundamente. Por un lado, fue una radiografía de lo que era yo en ese momento, de cómo llegaba de nuevo a mi país: en esa frase pude verme reflejado como el viajero que llega después de mucho tiempo cansado y sin energía.
Pero por otro, me demostró la increíble sensibilidad que guarda un niño para ver lo que los demás no pueden ver o no se atreven a decir. A partir de ese momento me prometí no subestimar, en ninguna circunstancia, el pensamiento de los niños.
Vivimos en un mundo adulto-céntrico que considera que el único pensamiento válido es el que está determinado por la sabiduría que solo se alcanza con la experiencia, pero olvidamos que allí en la raíz, en el pensamiento de los niños se esconde una profundidad sublime, se esconden las preguntas y las reflexiones de los grandes filósofos y la espontaneidad de quien dice lo que siente sin ningún tipo de pretensión.
Abrazos de seres que apenas conocía en el CBJML
No podía creer que un abrazo tuviera la posibilidad de curar las heridas de una forma tan certera, eran verdadera medicina para el alma. En las aulas y los espacios de diálogo con mis colegas empecé a enamorarme de la filosofía del colegio, de esa manera en la que el vínculo y el cuidado eran tan importantes como el pensamiento crítico.
Poco a poco fui dejándome llevar por esa forma de ver la educación hasta que mi alma sanó por completo y la angustia por llegar a la meta desapareció.
Descubrí que la meta que tanto perseguí es el camino en sí y que ese camino que empezaba a recorrer de nuevo sólo podía ser recorrido si implicaba enseñar. El tiempo que llevo en el CBJML me ha hecho entender que enseñar en la escuela, es también contemplar.
En ese camino de la contemplación que se posibilita gracias al acto de enseñar, se dibujan paisajes que no todos los seres humanos pueden contemplar: El paisaje de ver a mis estudiantes crecer.
El paisaje de ver materializado un concepto tan abstracto como la felicidad en la figura de pequeños niños corriendo en el parque todos los días (este es uno de los más bellos). Un paisaje sonoro: “¡Profe, te quiero mucho!”. El paisaje del agradecimiento cuando mis brazos son el consuelo del llanto. El paisaje dulce.
El paisaje de la tormenta: un paisaje triste cuando cometo algún error en mi condición humana. El olor del paisaje a hierba mojada después de esa tormenta, cuando logro dialogar y solucionarlo… Todas esas formas de paisaje que aparecen en el camino de la enseñanza me han demostrado constantemente que ser profesor es un privilegio que me permitió descubrir que mis sueños no son nada si no implican construir sus sueños.
A mis estudiantes que me han enseñado el valor real de la vida, al CBJML que confió en mí cuando todo estaba apagado, y a mis colegas que comparten y viven conmigo la pasión por la enseñanza, les agradezco por ser mi faro.
Rompamos el silencio
Un esfuerzo innovador en el país, liderado por El Colegio Bilingüe José Max León y la Universidad EAN, en el que colegios, autoridades públicas, organizaciones sociales y aliados internacionales se articulan para actuar de forma proactiva frente al Bullying y el ciberacoso.
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