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Publicado el Dagoberto Páramo Morales

¿Tenemos derechos como electores?

No es raro escuchar que es un deber ciudadano participar en cada comicio electoral y que ejerciendo ese “deber cívico” cada elector adquiere el derecho a criticar a los políticos y al sistema mismo. Nada más falaz. Abstenerse a tomar partido también hace parte del paquete de derechos que le asiste al ciudadano que vive bajo un mismo cielo, y ello no le obnubila el pensamiento ni su irrenunciable capacidad de disentir y expresarse de forma abierta pero respetuosa.

Muchas son las motivaciones que tiene un abstencionista para no participar en el sainete electoral, todas estrechamente ligadas al grado de convicción y a las circunstancias que se viven en las sociedades actuales. Hay personas que no creen en el sistema político y electoral y consideran que sus votos son irrelevantes porque no solamente no serán contabilizados en el sentido que lo emitieron -por corrupción o por intimidación-, sino que sirven de base para que se justifique una “democracia” en la que solo una parte -nunca la mayoritaria- participa. También existen ciudadanos que consideran que de nada vale votar por un paquete de promesas que los políticos hacen en campaña pero que nunca cumplen y lo que es peor, no encuentran mecanismos reales a través de los cuales puedan reclamarles para que cumplan la palabra empeñada a lo largo y ancho de la geografía nacional cuando se encuentran en campaña. Y a decir verdad, esto último tiene muchas evidencias que vale la pena señalar.

Todos sabemos que el incumplimiento electoral es una innegable realidad. Y los intentos de revocatoria una mera ilusión, ya sea porque las mismas autoridades las evitan con cuestionables subterfugios jurídicos, o ya sea porque el umbral de éxito es tan elevado que la lucha se vuelve quimérica. El elector, a través del voto, “compra” un producto electoral conformado por el candidato, el partido o movimiento que lo respalda, y el programa que en teoría lo hace diferente a sus competidores. Algunos ciudadanos hacen un significativo esfuerzo para ponderar la mejor alternativa que las condiciones reclaman, balancean su ideología y la cruzan con sus pasiones para decidir su voto, a conciencia, por quien luce más persuasivo y transparente. Otros electores, más llevados por la figura física, el carisma, y el dedo señalador de un líder, escogen al candidato que parece estar más capacitado.

Todos los votantes esperan con gran ilusión que la palabra plasmada en discursos y en planes oficialmente registrados se cumpla y la problemática se resuelva. Sin embargo, una vez los políticos han logrado acceder al cargo de elección popular nada -o muy poco- de lo que prometieron -incluso firmandolo ante un notario- cumplen. Ni siquiera se sonrojan cuando deleitándose de las mieles del poder, hacen exactamente lo contrario, sin siquiera ruborizarse y menos aún “darle la cara” a sus votantes.

La experiencia ha sido nefasta. Está demostrado. Muchos candidatos mienten, tergiversan al contrincante, posan de progresistas, recurren a la amenaza, meten miedo en el electorado, y sobre todo prometen lo que saben no van a cumplir porque son solo palabras que expresan con emoción y hasta con lágrimas en los ojos. Pareciera que su idea es embaucar al incauto que se deja llevar por promesas “veintejulieras” y por discursos altisonantes llenos de falsedades aunque muy bien adornados con frases impactantes y calculadas entonaciones de voz.

Ante esto surgen algunas preguntas desde la lógica social y comercial: ¿Acaso el elector no tiene unos derechos como los que tiene en su rol de consumidor de bienes y de servicios? ¿Dónde quedan los derechos esenciales del consumidor-votante-ciudadano? ¿Se le puede seguir mintiendo de forma tan descarada como lo que está pasando en el caso colombiano en el que el presidente actual en su condición de candidato hizo un sinnúmero de promesas que como primer mandatario está incumpliendo de manera grosera y sin escrúpulo alguno?

Las respuestas producen frustración y la incertidumbre de lo que puede pasar genera ansiedad y desconcierto. ¿Podremos algún día hacer que las promesas de campaña se cumplan cuando los ganadores accedan al poder? Es triste decirlo, hasta el momento -y nadie sabe por cuánto tiempo más- no es mucho lo que se pueda hacer. Dirán algunos que el camino a seguir es castigar a los candidatos del partido que respaldó al ganador que no cumplió. Más esperanzas tiradas al viento. ¿No será tiempo de recurrir al “Ensayo sobre la lucidez” del inolvidable Saramago para sacudir todo el andamiaje electoral actual?

www.dagobertoparamo.com

 

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