Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

¿Telemedicina?

En medio de los bruscos cambios que hemos tenido que soportar en este confinamiento que ya se hace eterno, los servicios de salud han mostrado protuberantes deficiencias que han tenido a la población al borde de un colapso existencial. Más allá de lo que se ha hecho evidente respecto a las enormes deficiencias en infraestructura y en políticas estatales y gubernamentales que favorezcan a la población, la atención a todos los pacientes que por fortuna no han sido contagiados por el coronavirus, ha sido pésima.

Es claro que el cumplimiento de los protocolos de bioseguridad sugeridos por las autoridades mundiales de la salud ha hecho necesario reducir al máximo los encuentros físicos entre profesionales de la salud y los pacientes, ojalá hasta anularlos por completo. Para su implementación, las instituciones y empresas prestadoras de salud se vieron embarcadas en una dinámica que no han sido capaces de administrar -o al menos así se percibe-. Este proceso ha sido un ejemplo de improvisación, ineficiencia y de despilfarro de recursos en desmedro del estado psicológico y sanitario de los pacientes. Ni siquiera los avances tecnológicos han servido para que a través de amigables aplicaciones tecnológicas los pacientes hayan tenido una atención pronta y sobre todo con calidad humana.

En medio de estas erróneas decisiones tomadas por los responsables de la salud en Colombia, se destaca la pomposamente denominada “telemedicina” que por ser algo tan serio y peligroso para la existencia humana no podría catalogarse ni siquiera como un mal chiste. Por más que se le busquen sus aciertos al intentar con ello atender a los pacientes sin tener contacto físico alguno, los resultados son una verdadera tragedia.

Las denominadas con mucha rimbombancia “telecitas”, “teleconsultas”, “teleterapias”, “teletratamientos” son un insulto a la imaginación y a la cordura. Pareciera que bastase con anteponer un prefijo -tele- a cada acción emprendida por unos funcionarios llenos de prisa y sin mayor conocimiento del paciente, para que su acción sea vista como algo trascendente y revolucionario en estos momentos de pandemia. Como si hacer una llamada telefónica -ni siquiera una videollamada- a un paciente fuera suficiente para diagnosticar lo que lo aqueja y en consecuencia emitir una fórmula médica que le resuelva sus padecimientos. Parece un juego infantil en el que un niño cumple el rol de médico y sus hermanitos fungen como pacientes. Es increíble.

Hay muchas sugerencias desde el sentido común sobre la forma en la que puede implementarse una telemedicina responsable. En primer lugar, se tendría que partir de un contacto físico ya sea a través de una visita del médico a la residencia del paciente -en caso de que éste haga parte de la población vulnerable- o, de una cita en el consultorio del médico tratante a fin de saber cuáles son las verdaderas condiciones de salud del paciente. Estos encuentros tienen que asegurar que no habrá contagios. Y ello exige la utilización de los implementos de bioseguridad que protejan al médico y al paciente al mismo tiempo. Ello evitaría que la prescripción médica parta de una serie de supuestos con los cuales se está tratando cada padecimiento.

En segundo lugar, y en caso de no poder hacerse un encuentro físico inicial, al menos que el contacto sea mediante una “videollamada” con la cual el médico pueda “auscultar” al paciente. Recurrir a la imagen, a la voz y a “verlo de cerca” puede precisar de mejor manera el diagnóstico y con ello evitar errores en la formulación de los medicamentos o del correspondiente tratamiento. Es atortolante. Ni siquiera el profesional de la salud conoce la respectiva historia clínica o las preexistencias del paciente y por ello su tarea se limita casi exclusivamente a escuchar -no siempre con la atención debida- las palabras del paciente respecto no solo a sus dolencias, sino a los medicamentos que suele consumir y su dosificación habitual.

En tercer lugar, si se trata de la realización de terapias que algunos pacientes demandan, éstas no pueden ser una simple llamada que más parece la que se le hace a un amigo para charlar de movimientos, poses, intensidades, masajes y demás. Hablar es necesario, pero absolutamente insuficiente y peor aún cuando estas conversaciones no siempre se acompañan -a veces sí- con imágenes de lo que debe hacer el paciente -como si él fuera experto- y además sin ninguna supervisión. Ello puede acarrear más perjuicios que beneficios dada la falta de pericia del paciente.

Toda esta “telemedicina” requiere un revolcón para extraerle sus ventajas. Debe partirse de un juicioso plan que logre lo que se busca: mejorar la salud de la población en general. Éste debe incluir, además, automatización de fórmulas, aprovisionamiento de los medicamentos sin tantas restricciones, reducción de trámites de aprobación, eliminación de tantos “vistosbuenos” de funcionarios que solo entraban los procesos.

Claro que estas soluciones exigen disponer de organizaciones empresariales que piensen más en la salud de la gente y menos en el rendimiento económico de sus inversiones. Y ello no se podrá lograr mientras la salud sea una mercancía que se compra y se vende y siga en manos de las EPS -empresas prestadoras de salud- y no bajo el control del Estado que debe estar genuinamente interesado en el bienestar de la población. Y ello, en Colombia y en buena parte de los países de América Latina, no pasará de ser una quimera más.

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https://dagobertoparamo.com

PD: Ya está en el aire el tercer programa en mi canal en YouTube “Marketing y Sociedad”. Ahora reflexiono sobre las diferentes denominaciones utilizadas en América Latina para nombrar al marketing: mercadotecnia, mercadeo, mercadología, ingeniería de mercados, ingeniería comercial, marketing.

https://www.youtube.com/watch?v=rmBeJrYFsA0

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