Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

Un producto político malo, nada lo mejora

Es deplorable para Colombia que ni Iván Duque, ni su equipo de gobierno, ni sus patrocinadores -políticos y económicos- y menos aún sus asesores, hayan entendido la trascendencia del desgaste que como producto político el presidente refleja hoy y reflejaba antes de la crisis del coronavirus. No es fácil olvidar que su imagen bastante deslustrada -con más del 70% de desaprobación- y con evidencias de un gobierno precedido por la compra de votos -casos: Aida Merlano y el Ñeñe Hernández- que la opinión pública nacional ha conocido por canales distintos a los medios tradicionales de comunicación, ha sido un verdadero obstáculo para consolidar lo más relevante que requiere un producto político: su credibilidad y su honorabilidad traducidas en confianza y en un programa de seguridad social cuyos beneficios sean recibidos por sus gobernados.

Lástima que ni uno ni otros se hayan cerciorado que desde hace varios meses atrás dejaron de ser un producto electoral y que transformados en gobierno ya no pueden sustentarse en las promesas con las que él como candidato, su partido y su futuro programa de gobierno accedieron a la primera magistratura de la nación. A todos, pero sobre todo al presidente, parece habérseles olvidado que una vez llegaron a la presidencia echaron en saco roto tantas promesas que hicieron durante la campaña y que muchos han querido olvidar. Fueron tantas las mentiras que esgrimió para ganar la presidencia que desde el inicio de su periodo presidencial le ha encajado perfectamente la tan conocida fábula del “pastorcito mentiroso”.

No hay duda. Su mayor dolor de cabeza ha sido la pérdida de confianza en la figura presidencial que desde la perspectiva política, es vista como la “esperanza firme que se tiene de alguien o de algo” (RAE). Y es ahí donde las decisiones presidenciales ni sus actos de gobierno han logrado persuadir a una población que anhelante y desconfiada no le cree ninguna de sus palabras y menos aún cuando sigue dando tumbos frente a lo que hace o debe hacerse. Por más esfuerzos que ha hecho no logra penetrar la idiosincrasia de sus gobernados, como cuando se dirige todos los días -hasta el cansancio- a una ciudadanía que se burla -o hace caso omiso- de sus alocuciones o, cuando se les ocurre aparecer en la pantalla de televisión con una chaqueta y un recipiente con agua, marcado con su nombre -tipo gobernante estadounidense-, o, cuando se rodea de las autoridades sanitarias que producen miedo entre los pobladores. No le pega a una.

Desde el marketing político es comprensible lo que le sucede. Sus movimientos son erráticos y los mensajes que envía no pasan de ser malogrados intentos que incrementan la incredulidad y el desconcierto. Esto se debe en parte a que el presidente es un producto político fallido. No de otra manera se entiende lo que se percibe sobre lo que está haciendo -o intentando hacer- para manejar la pandemia que nos tiene confinados a la mayor parte de la población. Son tantos los tumbos que ha dado que éstos solo se explican ya sea por su absoluta inexperiencia como gobernante de una compleja nación como la colombiana, o sea porque al no entender lo que nos está pasando, no se ha decidido a tomar “el toro por los cuernos” poniendo en marcha las más audaces decisiones que lo pongan al comando de las acciones que demandan celeridad combinada con sapiencia y transparencia en el discurso.

Y si se habla de su obra de gobierno el embrollo es aún mayor. El presidente no ha entendido el significado que desde la perspectiva política tiene el concepto de seguridad social para afincar una aceptable obra de gobierno. Para ello bastaría con que él y sus asesores revisaran el concepto que en una de sus acepciones precisa la RAE: la seguridad social se refiere a la “organización estatal que se ocupa de atender determinadas necesidades económicas y sanitarias de los ciudadanos”. Ni siquiera en esto que es vital para el colombiano del común, el presidente ha tenido una respuesta que “calme los ánimos” y transmita tranquilidad de tener un rumbo claro de hacia dónde vamos por más que, incluso, los medios como la Revista Semana le haya puesto en bandeja de plata el horizonte de su gobierno afirmando que ahora sí el presidente tiene una narrativa propia. Y esta desazón de sentirse a la deriva es más grave aún para quien se sume en el miedo que trae aparejado el confinamiento tanto por sus angustias para obtener el sustento diario para sus familias, como para quien tampoco está tranquilo porque puede perder su trabajo porque su empleador lo puede despedir. Duele comprobar, por ejemplo, que su juventud que tanto arguyó como atributo diferenciador de su producto electoral solo le haya servido para decepcionar a la gran cantidad de gente que votó por él porque las decisiones que ha tomado -mucha gente duda que sean propias- han estado plegadas a la ortodoxia política e ideológica defendida por su partido y por su principal mentor.

Estos graves errores gubernamentales ratifican una máxima del marketing político: un producto político malo no hay como mejorarlo. La imagen que en marketing se va deteriorando y cada día se profundiza más en su desgaste, no se recuperará jamás. Por el contrario, esta imagen negativa acompañará al gobernante por toda la eternidad.

 

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