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Publicado el Dagoberto Páramo Morales

Otra vez las encuestas: ¿hasta cuándo?

Más allá de las lamentaciones, las denuncias de fraude y la decepción de no haber llegado a los cargos de representación popular, las verdaderas perdedoras -por enésima vez- son las encuestas y no solo las empresas encuestadoras como algunos lo afirman, aunque ello no las exime de la responsabilidad que han tenido; muchas de ellas impregnadas de intereses que no siempre son de tipo profesional y científico.

Lo he venido diciendo hace ya varios años -casi décadas- y pareciera haber arado en el desierto. Infortunadamente se ha impuesto la manipulación de la opinión pública en función de los intereses de los partidos políticos, los medios de comunicación y poderosos conglomerados empresariales. El dinero para su contratación sigue fluyendo a pesar de haberse demostrado ampliamente su pasmosa inutilidad si se comparan sus pronósticos con los resultados alcanzados. Duele aceptarlo, pero la encuesta, como método de pronóstico del comportamiento humano, es un fracaso y ello obedece a la esencia de su propia naturaleza. Señalaré algunos argumentos.

Debe entenderse, en primer lugar, que los resultados obtenidos provienen de múltiples sesgos que se gestan en la misma concepción del instrumento que se utiliza: el cuestionario. El investigador, en su afán de procesar rápida y fácilmente los datos, le ofrece las alternativas de respuesta al elector para que éste responda en escenarios hipotéticos (“Si las elecciones fueran mañana, ¿usted por quién votaría?”). Es decir, el ciudadano es sometido a las ideas que el investigador quiere validar y en consecuencia, su opinión libre y soberana, jamás es indagada.

Se asume, asimismo, que el investigado responde de forma sincera en función del comportamiento que asumirá en el inmediato futuro. Lo cual, como se sabe, no siempre es cierto, tornándose en una falacia, sobre todo cuando el consultado no piensa como la mayoría prevaleciente y entonces responde para no avergonzarse o para no ser señalado como contrario al “deber ser”. Y esto es más grave aún cuando existe la trágica costumbre de comprar y vender votos al mejor postor. Es imposible que alguien a quien se le consulta sobre el candidato de su predilección, responda en función del dinero que va a recibir, y no con relación a sus preferencias electorales.

La otra gran debilidad del método de la encuesta está relacionada con el tamaño de la muestra y del proceso de selección de quienes serán investigados. La muestra obedece a procedimientos estadísticos que más allá de representar cuantitativamente a la población, responden más al presupuesto disponible que a rigor científico alguno. No hay fórmula alguna que asegure que determinada cantidad de encuestas representa a una población en función de su tamaño. Por otro lado, la selección de los participantes es otro dolor de cabeza, puesto que algunas encuestadoras los escogen en función de conglomerados humanos de los que se conocen las tendencias de respuesta prevalecientes y no de acuerdo con la propia estructura de la población.

Y ni qué decir de los análisis que se hacen de los resultados. En un posterior análisis señalaré sus principales errores.

En medio de todos los desaciertos en los que han caido las empresas encuestadoras, lo más aberrante son las respuestas dadas por sus representantes. Ante las innegables evidencias acumuladas durante años, sus sesudos argumentos parecieran estar basados en creer que los ciudadanos no piensan y son una masa de ignorantes que no entienden sus “intrincados” y “absurdos” argumentos.

Cuán equivocados están al no darse cuenta que hoy vivimos en medio de una ciudadanía no solo mucho más consciente, sino con más amplio acceso a la información que circula a velocidades sorprendentes.

¿Qué hacer con las encuestas y las firmas encuestadoras cuando el asunto no es de regulación, sino  de formas científicas diferentes de estudiar, analizar e interpretar el mundo de los seres humanos? Seguiremos profundizando.

 

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