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Publicado el Dagoberto Páramo Morales

Nuevo producto educativo

No hay duda que uno de los sectores que más ha sentido la crisis del coronavirus es el educativo. No solo los docentes nos hemos visto impelidos a asimilar a las volandas “nuevas metodologías de enseñanza”, sino que los padres, el núcleo familiar y principalmente las instituciones han tenido que adaptarse a este “revolucionario” escenario que muchos veían inalcanzables, resistiéndose, incluso a adoptarlos, de forma categórica.

Estas impensadas circunstancias han puesto al descubierto aspectos que bien vale la pena analizar sobre todo porque nadie sabe hasta cuándo durarán. Veamos.

Empezaré mencionando un aspecto que va más allá de la realidad de los procesos de enseñanza y aprendizaje que había sido invisibilizado bajo pomposos y desfachatados discursos políticos: el gran desequilibrio existente en el acceso real a la tecnología y en la infraestructura de comunicación de la que se dispone en el país. Las barreras que se han evidenciado, ya no para mantenerse conectados, sino para contar con una conexión a internet, son abrumadoras. La población que ni siquiera tiene un computador en casa -o un teléfono inteligente de buena conectividad- es tan bajo en algunas regiones que es un verdadero insulto pedirles a los alumnos que no deserten de los procesos. O lo que es peor, quienes lo tienen, no disponen de los recursos -ni tampoco la redes llegan hasta sus residencias- para pagar el servicio de internet. Más complejo aún es saber que esta ultrajante realidad no solo se da en la población que habita en las zonas rurales, sino también en quienes viven en los cinturones deprimidos de las grandes ciudades. Esta inequidad social también se manifiesta en la sensible diferencia que existe en la infraestructura del “ancho de banda” sobre la cual viajan los datos y que nos facilita no solo la velocidad sino una comunicación con menos inestabilidades. Esto es apabullante.

Por el lado de los docentes, los sacudones no han sido menores. Hemos tenido que “habituarnos”, en nuestras clases sincrónicas, a hablarle a un computador -o a un celular- y no a un auditorio en el cual podíamos intercambiar sensaciones, desarrollar conexiones emocionales, y generar empatías a fin de mantener a nuestros educandos atentos y en sintonía con los contenidos y la forma de presentárselos. Ello nos ha implicado, antes de la clase, prepararnos para estructurarlas de mejor manera con novedosos materiales audiovisuales, ejercicios mucho más sencillos, y acudiendo a un lenguaje más ilustrativo que sustituya nuestras gesticulaciones y nuestros desplazamientos en el aula. Durante la clase, llenarnos de más paciencia, más tolerancia y mayor capacidad de dimensionar las dificultades no solo de comprensión de quienes, asumimos, están del otro lado, sino de las inestabilidades de la red. Después de la clase, dedicarle mucho más tiempo a contestar correos, a interactuar a través de grupos de whatsapp, a responder inquietudes. Y todo esto sin incluir las tareas que desde la institución se nos imponen día a día.

En los padres de familia el asunto adquiere visos de dramatismo. Ni están preparados para ver a sus hijos en clase y menos aún, en condiciones de evaluarla, no obstante creerse pedagogos consumados. O, lo que es más delicado aún, exigiendo que el monto de las matrículas se les reduzca porque “ellos pagaron por clases presenciales y no por clases virtuales”, demostrando su verdadera incapacidad de entender lo que ello significa para el sistema educativo en su totalidad, poniendo, además, en riesgo la continuidad del docente quien no recibiría su salario a pesar de continuar con su labor. Se olvidan que las instituciones tienen una responsabilidad social no solo con los docentes, sino con todos los trabajadores cuyas familias dependen de sus ingresos. Estos dineros están consignados en presupuestos que ya están en ejecución y que además van a permitir conservar las instituciones en óptimas condiciones para cuando sea el “regreso a las aulas”.

Ni qué decir de lo que pasa en el núcleo familiar. Algunas personas “meten la cucharada” en la actividad educativa de tal manera que “olvidan” que el niño se encuentra en clase y requiere una mayor capacidad de concentración. No es raro escucharlas ya sea respondiendo las preguntas que les formulan a los niños, o, regañándolos porque no ofrecen la respuesta correcta. ¿Será que realmente quieren que los niños aprendan, o, buscan no “quedar mal” ante los otros padres que asumen los están escuchando?

Por el lado de las instituciones el asunto es de mayor envergadura. No solo muchas de ellas no estaban preparadas, sino, que han tenido que acomodarse a toda marcha. Algunas de ellas han olvidado el número de estudiantes de cada familia y las implicaciones que ello tiene cuando todos se quieren conectar al mismo tiempo, máxime cuando otros están trabajando de manera virtual. Algunas instituciones se han visto obligadas a aceptar a regañadientes el teletrabajo como única alternativa. Aunque algunas lo han hecho por convicción, muchas creen que los profesores tenemos todo el tiempo disponible y en consecuencia no solo convocan a estériles reuniones “de control”, sino que exigen el llenado de múltiples formatos en una draconiana decisión de vigilancia y supervisión.

Ojalá este nuevo producto educativo se vaya consolidando en la medida en que todos quienes participamos hagamos conciencia que estas emergentes realidades nos han impuesto retos para los que no estábamos preparados, pero a los cuales no podemos renunciar por nuestra voluntad, a menos que decidamos abandonar la misionera labor que hemos venido desarrollando. Pero lo más importante es que todos nos demos cuenta que en el corto plazo no será posible retomar las clases presenciales tan rápidamente como algunos lo piden, dado el alto riesgo de contaminación que en el hacinamiento educativo se incrementa de manera significativa. Convenzámonos, será muy difícil que el “viejo producto educativo” vuelva a ser el mismo.

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