Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

Miedo y negocios futuros

Es innegable que el miedo ha sido la emoción primaria que más ha hecho presencia en la conciencia de casi la mitad de la humanidad que ha aceptado sin protestar las disposiciones gubernamentales dirigidas a proteger a los ciudadanos de los efectos del contagio del coronavirus y de paso, beneficiar cierto tipo de negocios cercanos al poder político y legal establecido. Sin duda, el miedo, asociado a un peligro real o imaginario, ha invadido la esfera privada de los seres humanos acostumbrados a “vivir en calma” que, por lo permanente no asustaba casi a nadie, a pesar de los desgarradores conflictos que en diferentes partes de la geografía universal se han suscitado con dolorosas demostraciones de una descarnada y sangrienta violencia sin parangón.

Este miedo que veíamos muy distante por cuanto merodeaba la vida de otros y parecía jamás llegar a las puertas de todos, ahora hace parte indisoluble de nuestras vidas. Lo vemos tan cerca que parece abarcarnos con sus desestabilizadores tentáculos y del que, sin mucha reflexión, queremos huir con cierta paranoia en nuestro espíritu. Es el mismo miedo -sobre todo el imaginario y hasta fantasmagórico-, que había sido utilizado por las clases políticas para que los potenciales votantes se decidieran por una opción “más segura” y menos amenazante del sistema y sus favorecidos. Es el mismo que ya no es propiedad exclusiva de unos cuantos, por el contrario, ha llegado para instalarse en la cotidianidad de todos y por lo mismo, le debemos obediencia y respeto.

Es ese mismo miedo que nos agobia con tanta noticia que recibimos diariamente, el que ha obligado a que muchas organizaciones empresariales se hayan visto abocadas a modificar sus procedimientos para acoplarse a las nuevas circunstancias. Han tenido que aprender, por ejemplo, a confiar mucho más en la seguridad que proporciona la tecnología en la concreción de las transacciones comerciales, así como en la responsabilidad de quienes del otro lado -los consumidores- les hacemos una requisición o les reclamamos porque algo de lo ofrecido no satisfizo nuestras expectativas. Este miedo también ha influido en nosotros como consumidores y en las decisiones que tomamos. Hemos tenido que aprender a confiar en que la empresa a la que le pagamos -generalmente por adelantado- cumplirá su promesa de venta y que además ha realizado todos los procedimientos de bioseguridad a fin de que los productos que nos son entregados -como quienes nos los entregan- estén libres del virus así nosotros siempre  practiquemos las rutinas preventivas recomendadas.

De quedarse de forma estructural y de no encontrarse la vacuna, el tratamiento o el medicamento que efectivamente evite la muerte, este miedo tendrá inmensas repercusiones en el desenvolvimiento futuro de los negocios. Al reducirse de manera drástica la interacción humana e incrementarse las medidas de protección a través del aumento de la distancia física entre los ciudadanos, la forma de usar, adquirir y hasta de apropiarse de marcas y productos sufrirá un cambio radical. Esto afectará de forma directa a aquellos sectores de la economía que exijan para su operación determinada cantidad de personas, tales como: el educativo, el deportivo, el de distribución al detal -principalmente las grandes superficies-, el del transporte -en todas su modalidades-, entre otros. El sector de salud sufrirá notorios impactos. Muy seguramente se hará un mayor énfasis en la prevención, se incrementará la limpieza, se implementará la telemedicina y es muy posible que se quiera nacionalizar sus servicios dadas las grandes dificultades que ha demostrado tener la salud en manos de empresas privadas interesadas más en la obtención de utilidades que en la atención al ciudadano.

También tendrá que presentarse una contundente modificación en los presupuestos tanto empresariales como personales para destinar recursos a mejorar las telecomunicaciones. La virtualización de la vida y la digitalización de la interacción social exigirá, asimismo, que el gobierno haga ingentes esfuerzos para dotar no solo las oficinas públicas de significativos avances tecnológicos, sino que deberá invertir en la infraestructura tecnológica de todas las ciudades y las poblaciones sin importar su tamaño y su localización geográfica. Se tendrá que mejorar la conectividad en todos los niveles incrementando el ancho de banda y facilitando la adquisición -recursos y facilidades- de equipos que soporten tecnologías de última generación. Ello implica ampliar la cobertura del servicio de internet, pero sobre todo garantizar el acceso a todas las familias de forma gratuita en las capas más desfavorecidas de la sociedad.

Dado que la tendencia del denominado “síndrome de estar en casa” se mantendrá, las organizaciones se verán obligadas a crear -si aún no lo tienen- o a mejorar el servicio a domicilio que han tenido que improvisar con no muy buenos resultados. En paralelo, se deberá mejorar la oferta de servicios de entretenimiento familiar que haga de la estadía en el hogar una grata experiencia que sustituya las relaciones sociales que se veníamos teniendo.

Considerando que habrá menos aglomeraciones y menos filas en una suerte de “minimalismo comercial”, el tamaño de los centros comerciales y las grandes superficies deberá reducirse a fin de evitar verse sobredimensionados y sobre todo de gastar recursos de forma inútil.

Y todos estos cambios deberán implementarse si el miedo, como así parece ocurrirá, se transforma en el principal inhibidor del comportamiento humano constriñendo nuestro libre desplazamiento. Claro que todo lo mencionado solo sucederá siempre y cuando no se encuentre la cura definitiva o, en su defecto, no se logre descubrir la vacuna que la humanidad anhela con tanto ahínco. Ojalá el miedo no logre posesionarse de nuestros espíritus porque nos volveremos medrosos y llenos de tanta desconfianza del otro que hasta llegaremos a rechazar el afectuoso saludo de las personas que más amamos.

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