Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

Marketing electoral, no marketing político

En la entrada anterior esbocé los principales elementos que caracterizan el marketing político y prometí que escribiría sobre el marketing electoral. Aquí lo cumplo.

A diferencia del marketing político, el marketing electoral tiene como objetivo fundamental –casi el único- el de participar en algún tipo de elección para acceder a un cargo de representación popular. Ello se traduce en ganar la contienda, alcanzar el escaño en una corporación pública, llegar a la primera magistratura a nivel nacional, regional, provincial, departamental o municipal. Así, una campaña será exitosa sólo en la medida en la que se “ganen las elecciones”, a no ser que lo único pretendido por el partido o grupo político en contienda sea el de “contar” sus simpatizantes y nada más.

Desde esta perspectiva, en la estructuración de una campaña de marketing electoral se deben aplicar los mismos postulados del marketing comercial –el de los negocios- pero dimensionando lo que el mercado de votantes demanda. Asimismo, debe tenerse en cuenta que el candidato hace parte de un grupo político –o de ciudadanos- y como tal debe considerar factores de un mayor contenido social.

Así, la aplicación del marketing electoral debe estar precedida de un cuidadoso y detallado estudio del mercado de los potenciales votantes tanto desde su óptica histórica (recurriendo a las cifras de votaciones pasadas) como desde las preocupaciones cotidianas que los agobian. Esto significa: conocer las características socioeconómicas de los potenciales votantes, sus historias y sus rasgos de personalidad, sus actuales condiciones de vida, las influencias que recibe en su comportamiento cotidiano, sus actitudes políticas medidas en términos de su temperamento político, sus preocupaciones, sus opiniones respecto a la problemática nacional, y su posición frente a candidatos y partidos políticos. Éste debe ser el punto de partida de cualquier grupo, persona o movimiento político que pretenda lanzarse a la conquista de un mercado electoral tradicionalmente esquivo, desmoralizado y sobre todo bastante apático e incrédulo.

De igual manera, deben analizarse los partidos, los grupos y los movimientos políticos competidores (partidos oficiales, movimientos sociales, indigenistas, religiosos), sus programas y los candidatos oponentes por ejemplo. Éste debe ser un imperativo ineludible antes de buscar financiamientos para inaugurar “sedes políticas” que con bombos y platillos solo dilapidan esfuerzos y energías, o antes de establecer organizaciones electorales con comités y activistas profesionales que en nada contribuyen al objetivo principal.

Es, entonces, únicamente a partir de este preciso conocimiento del mercado electoral como es posible establecer no sólo las diferentes estrategias a utilizar para cada uno de los segmentos a persuadir –fieles, seguidores, indecisos, abstencionistas- sino, sobre todo, la forma, el momento y los medios de comunicación más eficientes para lograrlo. Practicar el marketing electoral significa, en síntesis, dejar a un lado aquellos discursos “veintejulieros” tan en otrora utilizados que ya a muy pocos incautos embaucan y recurrir al marketing como disciplina social que tan buenos dividendos ha dejado para quienes se han decidido a practicar sus más importantes y sencillos postulados.

El marketing electoral requiere cuidadosos esfuerzos estratégicos que incluyan cada una de las características del producto electoral –candidato, partido o movimiento, promesas de campaña- que después precisaré y que por ello, posiblemente, se sigue confundiendo el marketing político con el marketing electoral.

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