Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

Marca país y protestas ciudadanas

Así como la concepción y la práctica del marketing están estrechamente relacionadas con la percepción del producto ofrecido por una empresa -u organización social-, la marca país obedece a un paquete de imágenes elaboradas a partir de múltiples sucesos atados a la distribución estructural de una sociedad y a sus expresiones coyunturales. Estas representaciones mentales impactan de manera directa en tres factores con los cuales se busca contribuir al desarrollo de una nación: 1) Incremento de las exportaciones, b) Aumento del turismo receptivo, c) Atracción de capital de inversión. Todos ellos pensados con el propósito de mejorar las condiciones de vida a través de la generación de empleo, principalmente, y los consecuentes efectos positivos que sobre la economía nacional tiene el salario.

La formación de la percepción -entendida como la recepción de un estímulo y su interpretación- de un país no es un asunto simple y los factores que intervienen no son de fácil control. No hay duda que son muchos los elementos que inciden en ella, unos asociados a su recorrido histórico, y otros producto de las circunstancias actuales, magnificadas por el inmenso poder que tienen las comunicaciones sobre todo las que circulan a través de las “redes sociales”. A pesar de esta gran diversidad de imágenes que se emiten de manera directa o indirecta por diferentes agentes de la sociedad, no se puede negar el rol que juega el gobierno con sus políticas públicas promovidas desde su seno y apoyadas por el partido político que ayudó a elegirlo.

Es bajo esta perspectiva de cómo se conducen los destinos de la nación en la que debe inscribirse la reacción que han tenido los ciudadanos frente a las decisiones que desde el alto gobierno colombiano se han venido tomando en relación con el rumbo estratégico y la forma de alcanzarlo. Decisiones que han producido un enorme desencanto entre inmensas capas de la población -incluso entre quienes votaron para elegirlo- y que ha generado la multitudinaria reacción traducida en las sostenidas protestas ciudadanas que hemos vivido en los últimos días. Y lo peor ha sido la respuesta del presidente. Es increíble lo que puede apreciarse. No solo el presidente colombiano parece no haber entendido el momento histórico que se está viviendo -como nunca antes-, sino que parece importarle poco, o, al menos, sus reacciones obedecen a un caduco modelo de conducción de un país tan lleno de desigualdades e inequidades que nos ubican en los primeros lugares del mundo.

Frente a la protesta ciudadana las alocuciones presidenciales parecen un sainete en el que las expectativas de sus intervenciones agonizan en el lenguaje no verbal que traduce las inseguridades del presidente por más que con su voz intenta decir algo de lo que no está plenamente convencido. Los gestos comunican mucho más que las palabras. Y lo más triste es que esto que vivimos en este momento, es una dolorosa continuidad de los desaciertos cometidos desde que asumió este gobierno. Cuando no ha estado mirando el espejo retrovisor para culpar al gobierno anterior, entonces busca “chivos expiatorios” que le permitan “lavarse las manos” de todo lo que está sucediendo. Parece macondiano. La crisis de credibilidad y desconfianza es enorme.

Lo que pasa con el presidente me recuerda una anécdota que le cuento a mis estudiantes. La he denominado la “técnica del chocolate”. Le pregunto a un alumno: ¿cuál es su nombre? Y él me contesta: Profe, a mí me gusta el chocolate.

Y esta acitud de nuestro primer mandatario, obvio, está influyendo de manera sensible en el desdibujamiento de la imagen que como colombianos hemos conquistado en el mundo. Mientras del presidente se espera que escuche las demandas de la “nueva ciudadanía”, él responde con “lugares comunes” que no solo desconciertan, sino que reafirman la sordera que tiene él, sus asesores y sus más cercanos escuderos. Esta cerrada actitud de no responder a los graves hechos que nos han sacudido a todos, muestra su total desconexión con la realidad que pretende gobernar. Convoca a una “conversación nacional” no solo a quienes ya están convencidos de su actuar, sino que impone la agenda y los tiempos establecidos por él y por su equipo de asesores. Por ninguna parte se asoma un ejercicio democrático de negociación de las prioridades que tienen quienes le piden dialogar. La capacidad de autocrítica es nula.

Como consecuencia de todo este desgobierno nuestra marca país se ha venido desgastando, ha perdido su propio lustre, al menos eso es lo que he podido percibir en intercambios que sostengo de manera permanente con varios de mis exalumnos en diferentes países de América Latina. ¿Hasta cuándo el gobierno entenderá que sus erráticas e improvisadas decisiones están impactando de manera negativa la marca país que con orgullo muchos hemos llevado a diferentes latitudes en el mundo? ¿Cuánto nos costará recuperarla?

Estos desenfoques gubernamentales han incidido de manera innegable en los acelerados procesos de devaluación y de pérdida de confianza en el país. La incertidumbre que vivimos ha generado una notoria inestabilidad inversionista. Ya no tantos turistas nos quieren visitar dado el desbarajuste que vivimos que traducido en una galopante inseguridad ha incrementado el riesgo percibido entre extranjeros que nos quieren visitar.

Estamos en graves problemas, pero lo más triste es que quien no se ha percatado del álgido momento que vivimos es quien debería enfrentarlo con más contundencia: nuestro presidente.

 

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