Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

La odisea de los pacientes

La prolongada crisis presentada por efectos del coronavirus desnudó las enormes deficiencias del actual sistema de salud que, prestado por grandes empresas del sector, han denotado los intereses que las gobiernan. Mostró, sin prurito alguno y de forma descarnada y cruel que lo menos mueve al conjunto del sistema -incluyendo al gobierno nacional-, es la salud y el bienestar de la población. Las evidencias son inocultables constatando que éste es uno de los sectores de la economía colombiana en el que los consumidores estamos más en desventaja. Es absolutamente asombroso lo que ha estado sucediendo. Viejas e inequitativas prácticas se han hecho mucho más protuberantes sumiendo en la desesperación y la impotencia a quienes tenemos que soportar este desequilibrio.

Ahora ya no únicamente se ven los llamados eufemísticamente “paseos de la muerte” que tanto dolor han causado, sino que, más que antes, hacerse un tratamiento completo se convirtió en un infinito calvario. El martirio empieza con la obtención de una cita con el médico general que por la virtualidad y el miedo al contagio ya no demora días, sino semanas y en algunos casos, meses. Sigue con el otorgamiento de la cita del correspondiente especialista que, como todo sabemos, puede durar semanas y hasta meses, dependiendo que el médico “abra agenda”. Continúa con la práctica de los exámenes requeridos para asegurar el tratamiento adecuado para lo cual también hay que agendar cita que nadie sabe cuánto tiempo tomará porque hay que esperar hasta recibir una llamada en la que el paciente se tiene que someter a la decisión del respectivo laboratorio. Prosigue con la espera por la obtención de los resultados y termina con una nueva espera para lograr la cita de control para saber el tratamiento a seguir. Tiempo que se puede alargar casi hasta el infinito si la cura del enfermo es una intervención quirúrgica, para la cual, por supuesto, se tiene que aguardar casi eternamente, porque la realización de la operación depende de todo tipo de autorizaciones y disponibilidades en quirófanos y del tiempo del médico especialista. Este recorrido, como sabemos, toma varios meses y, aunque parezca extraño, hasta años dependiendo si debe o no hacer valer sus derechos a través de la tutela como último recurso.

Es increíble, pero, por no tener otra alternativa, la mayoría de los colombianos hemos tenido que “acostumbrarnos” a padecer este interminable suplicio. Todos hemos tenido que soportar, resignados y con paciencia, las largas horas, los eternos días y los perpetuos meses para que “traten” nuestros padecimientos. Pero son aún más sorprendentes las recientes decisiones tomadas cuando los pacientes requerimos la realización de varios exámenes clínicos especializados.

Ya éstos no se pueden realizar en un mismo edificio como ha sido la tradición, sino que ahora todos debemos andar de un extremo de la ciudad al otro en busca de los diferentes laboratorios especializados. Todo ello porque las empresas del sector firman contratos de prestación de servicios no pensando en los pacientes y sus condiciones de vida, sino en sus jugosas ganancias. Y si esto es grave, es aún más incomprensible lo que está sucediendo a lo largo de este tortuoso deambular. En muchas ocasiones nadie sabe con precisión en qué lugar debe hacerse cuál examen; prácticamente nadie da razón de nada. Y cuando el paciente logra llegar a las instalaciones del laboratorio no hay señal alguna que le indique qué es lo que debe hacerse y menos en qué consultorio, sala u oficina. Nadie tiene informes de nada. El paciente debe adivinar, dar vueltas, preguntarle a todo el que se le atraviese, escudriñar cuanto ilegible aviso encuentra, caminar por los pasillos, curiosear y… nada. Cuando por casualidad llega a la oficina acertada en la que encuentran lánguidos rostros esperando no se sabe qué, tampoco nadie sabe nada. Cuando hay un aparato dispensador de turnos éste no tiene fichas disponibles. Tampoco hay señal alguna. Nadie sabe si sentarse, o preguntar, a ¿quién? Unos dicen que en la ventanilla y otros que en las sillas desocupadas. En fin… toda una odisea.

Todo es debido, sin duda, al gigantesco poder que tienen las EPS y las IPS frente a la enorme debilidad que vivimos todos los que las necesitamos ya sea para enfrentar nuestros quebrantos de salud o para prevenir alguna enfermedad de esas que ya no tienen cura. ¿Hasta cuándo? Ojalá algún día estas empresas entiendan que la salud es un derecho que todos los colombianos tenemos y que en consecuencia son los intereses de sus pacientes los que se deben imponer y no sus propias motivaciones organizacionales.

Y mientras tanto el gobierno, como espectador invitado, solo contempla este doloroso trajinar que solo a unos pocos beneficia pero que a muchos perjudica y nada hace, más allá de pronunciar vacíos discursos que nada resuelven y en los que ya no creemos. ¿Cuándo podremos tener un sistema de salud que humanice las relaciones con los seres humanos y se piense más en el bienestar colectivo a través de la prevención y el buen trato y mucho menos en los intereses económicos que prevalecen por encima de la vida de los ciudadanos? Definitivamente, Colombia requiere un fuerte sacudón que nos devuelva la sensibilidad y la mística por la protección de la vida y la alegría de todos y no de unos cuantos.

 

 

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