Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

La democracia: producto político en caída libre

La vorágine de estremecedores acontecimientos acaecidos recientemente ha producido un hálito de desesperanza y angustia entre la mayor parte de los colombianos, como nunca habíamos visto. Ni siquiera en los dolorosos sucesos de la época del denominado “Estatuto de seguridad” durante el gobierno de Turbay Ayala se había sentido tal sensación de inseguridad y miedo frente al accionar de las instituciones llamadas pomposamente “democráticas”. Por donde quiera que se les vea su resquebrajamiento parece no detenerse, sobre todo porque cada día el nivel de su descomposición es más agudo y por tanto mucho más peligroso.

Lo más complejo de todo este maremágnum que estamos viviendo en todo el país es que el clásico discurso de asociar la democracia tan solo a ejercer el derecho de participar en las múltiples elecciones para elegir los llamados “representantes del pueblo”, se ha desfigurado de forma por demás inusitada. Paso a paso el histórico andamiaje que “garantizaba” un sistema político estable y justo en el que de forma libre y equilibrada los ciudadanos podíamos participar, se ha venido cayendo de forma estrepitosa, desmoronándose ante los ojos de todos. Como un muñeco de hielo no ha podido soportar los embates del fuego ciudadano que arremete con toda su indignación por el abuso cometido desde diferentes ángulos del poder.

No solo la violencia ejercida desde el Estado -o permitida por los diferentes agentes estatales-, es una forma de ir carcomiendo las bases de la confianza tan necesaria en estos regímenes en los que la igualdad, la equidad y la justicia deben ser sus pilares más sólidos, sino que el desbarajuste institucional creado por el desajuste de los pesos y contrapesos de la estructura política, ha producido un claro desbalance de las relaciones entre la ciudadanía y los gobernantes.

Cuando un presidente no solo ha demostrado su incapacidad para dirigir los destinos de la nación en función del bienestar colectivo, sino que lo hace en defensa de su partido y de su mentor político, las posibilidades de llevar a cabo una gestión en función de todos son cada vez más angustiantes. El poder concentrado en una minoría que por demás ha llegado a las altas esferas del gobierno con dudas en el financiamiento de su campaña electoral, se ha venido distanciando cada día más de la cotidianidad de sus gobernados, hablándoles con una jactancia solo propia de los regímenes dictatoriales. La inmensa mayoría de los actos de gobierno alineados con lo que piensa y siente el presidente, muestra no solo el desgobierno generalizado del gabinete ministerial, sino una insensibilidad que raya en el cinismo y la desvergüenza. No hay día en el que el primer mandatario no agreda ya no a los ciudadanos en su conjunto, sino a la más mínima inteligencia. Sus argumentos son tan insulsos y sus actitudes tan deplorables que pareciera haberse rodeado de asesores que buscan su caída a toda costa. O, son muy ineptos o son muy incompetentes. En ambos casos el asunto es de gran calado.

Ni qué decir del oscuro panorama en el que estamos sumidos, por cuenta de la exótica concentración de poder que ahora se encuentra en manos del presidente. No solo ha designado todos los funcionarios de los organismos de control de tanta trascendencia en la regulación de las relaciones ciudadanas con el poder público, sino que a punta de “mermelada” -que tanto criticó en campaña- ha postrado al congreso colombiano -tarea no difícil dada la genuflexión propia de los congresistas- en función de alcanzar sus propósitos personales y de partido.

Para cerrar este círculo de negros nubarrones, la única rama del poder que no ha podido ser cooptada por el gobierno y sus adláteres -el poder judicial- ha tenido que soportar virulentos embates de quienes en desacuerdo con sus decisiones -particularmente con las de la Corte Suprema de Justicia- han preferido herir casi de muerte a la institución que puede equilibrar las desavenencias que se crean en la interacción de la sociedad en su conjunto. El peligro de desnaturalizar la acción de la justicia al precio que sea con tal de buscar que el partido de gobierno salga beneficiado, ha generado un amenazante sentimiento de angustia entre el pueblo que clama justicia ante tanta arbitrariedad.

Y si todo lo señalado es grave, lo es aún más el mar de desconcierto y desconfianza que ha producido el desatado y descontrolado accionar de la policía que, como lo muestran las evidencias, ha producido terror entre la ciudadanía como nunca lo habían sentido las generaciones presentes y pasadas. Acciones policiales que contrastan con la orfandad en la que se encuentran los líderes sociales sometidos a su exterminio por cuenta de su asesinato premeditado o de las masacres que campean a lo largo de la geografía nacional.

En definitiva, la “democracia” colombiana, como producto político ya no convence a buena parte de la ciudadanía que no encuentra en ella una forma de escapar a las desgracias que por su propia condición ha tenido que padecer a lo largo de su existencia.

¿Habrá que hacer borrón y cuenta nueva o bastará tan solo con barajar de nuevo? Sea lo que sea algo -o mucho- tenemos que hacer. La situación no puede continuar así, a no ser que estemos decididos a soportar un levantamiento popular de impredecibles consecuencias cuyos fogonazos ya se sintieron en Bogotá con las terribles secuelas que todos lamentamos sin cesar.    

 

https://www.youtube.com/watch?v=d-Cm1dR6IDc

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