Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

Deterioro de nuestra marca país

Para quienes nos desenvolvemos profesionalmente en marketing sabemos la trascendencia que tiene la creación y la comunicación de la imagen en el posicionamiento de un producto o de una marca. Esta imagen sirve de referente mental o emocional tanto para su adquisición, consumo y apropiación, como para la evaluación del grado de satisfacción que se haya alcanzado. Esta circunstancia tan propia del marketing comercial se hace más compleja aún cuando hablamos de la marca país. En ella intervienen múltiples factores sobre los cuales no se tiene control alguno pero que afectan de manera sensible la imagen que desde el interior de un país se transmite y que, eventualmente, puede contribuir a su desarrollo vía apoyos estatales de otros gobiernos o vía respaldo a los productos comercializados por los productores nacionales.

Y es desde este marco conceptual que analizamos la vorágine de hechos que hemos venido viviendo desde hace décadas y que se han agudizado con los más recientes acontecimientos. Hechos que para un extranjero que de forma desprevenida nos observe son absolutamente incomprensibles.

Si la comunidad internacional quedó atónita cuando no aprobamos el acuerdo que abriría camino a la reconciliación nacional habiéndose recurrido a una serie de falsedades construidas a su alrededor, lo que ha pasado con el hecho jurídico de mayor trascendencia -inédito- con la orden de detención de uno de los expresidentes colombianos el desconcierto es de proporciones épicas.

Empezando por la reacción del presidente colombiano que sin ningún reparo -y menos vergüenza- ataca de forma directa -nada sutil- a la Corte Suprema de Justicia por el fallo proferido que detalladamente -en 1554 páginas- explica los hechos descubiertos frente a los presuntos delitos cometidos por el jefe del partido de gobierno. Olvidó” Iván Duque que por ser el presidente de todos los colombianos -no solo de su partido- está en la obligación constitucional de respetar las otras ramas del poder público, más allá de sus posturas personales y sus inclinaciones ideológicas. Y saber que nada le pasará porque esta intromisión eventualmente será “juzgada” por la Comisión de Acusaciones, más conocida como de absoluciones.

Otro hecho que lastima nuestra imagen internacional lo constituye la innegable participación en política partidista de parte de algunos altos funcionarios públicos quienes no solo firmaron una carta de respaldo al expresidente, sino que han expresado de muchas formas su condena e irrespeto a los jueces encargados de impartir justicia en un país con tan elevados niveles de impunidad.

Lo que es más incomprensible aún en nuestra deteriorada democracia es la airada, descomedida, falaz y mentirosa reacción del exsenador y sus más allegados. No es posible que alguien quien ha estado en las más altas esferas del poder dirigiendo los destinos del país no tenga la altura jurídica y moral de respetar los fallos de los jueces sin recurrir a su descalificación y desprestigio. Es innegable que como ciudadano tiene todo el derecho a no estar de acuerdo con las medidas tomadas en su contra y de apelar a todos los recursos que la ley y la Constitución le brindan. Pero ello no justifica la descalificadora actitud asumida en su clara búsqueda de un juez más benigno: la Fiscalía General de la Nación, no obstante que en el pasado reciente afirmara todo lo contrario.

Si a todo este galimatías político y jurídico se suman las masacres que se han intensificado de manera por demás absurda en los últimos días, el panorama es más incierto aún, sobre todo porque la reacción del Estado en su conjunto y del gobierno en particular dejan mucho que desear. Mientras la sangre sigue derramándose en toda la geografía nacional el presidente sigue hablando de unas cifras de reducción de homicidios que, por no consultar la realidad, denotan un total desconocimiento de lo que pasa o, lo que es peor, una insensibilidad que raya en el cinismo.

El otro hecho que nos lastima inmensamente en el concierto internacional es que somos calificados como uno de los países más corruptos de la tierra, ocupando, incluso en algunos rankings, el primer lugar.

Como puede verse, la imagen país que se había recuperado un poco después de la firma del acuerdo con la extinta guerrilla de las Farc, ha perdido lustre. Se ha ajado de tal manera que no se aprecia en el corto plazo la forma de reconstruirla si no ponderamos nuestro actuar y le damos preferencia a los intereses colectivos e institucionales y muchos menos a las rencillas personales y partidistas.

 

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