Mercadeando

Publicado el Dagoberto Páramo Morales

El consumidor educativo de hoy

Independiente de la posición que se asuma respecto a si el discente -dirían los pedagogos-es un consumidor que adquiere, usa, y se apropia de un producto educativo, las actuales condiciones en que los alumnos están recibiendo su formación -no siempre es educación- han cambiado de manera notoria. No sería inteligente desconocer las nuevas circunstancias en las que los procesos de enseñanza-aprendizaje -son dos procesos distintos- se han venido desenvolviendo desde la aparición de la crisis del coronavirus.

Para nadie es un secreto que tuvimos que retornar al calor del hogar del cual las familias se habían distanciado, al menos desde la perspectiva de la rutinaria interacción que se acostumbraba a desarrollar. Esa especie de “síndrome de estar en casa” -por las buenas o por las malas- ha dado por terminado el contrato educativo de presencialidad firmado al comienzo de cada ciclo escolar, para ser convertido en una apresurada y casi desbocada migración hacia el mundo digital del cual algunos se habían visto alejados por múltiples razones. Unos, por vivir en el hechizo de un pretérito que quiere irse pero que no quieren dejar pasar en un hálito de inolvidable añoranza y, otros, porque sus recursos no se los han permitido por más ganas y voluntad que hayan tenido.

En ambos casos, la emergencia del virus los atropelló sin darse cuenta y tuvieron que habituarse a “padecer” los discursos de sus profesores quienes, en su mayoría, han sustituido sus clases por el acto frío de hablarle a los aparatos con los cuales electrónicamente asumen que se están comunicando con sus alumnos.

Esta nueva realidad ha descubierto algunos hechos que por lo sorprendentes han hecho pedazos algunos de los mitos tejidos alrededor de los estudiantes de todos los niveles, de sus hábitos de estudio y de sus responsabilidades.

Al parecer muchos de los alumnos no son tan “nativos digitales” como se suponía, siendo más bien “inmigrantes digitales” de alto nivel -al menos entre algunos preadolescentes y adolescentes-. No se puede negar que ellos son mucho más conocedores del funcionamiento de las redes sociales -las virtuales- que personas verdaderamente capaces de sacarle provecho a todo lo que la interacción virtual les puede proporcionar como personas y como profesionales.

Aunque nacieron rodeados de una serie de tecnologías de comunicación con las que aprendieron a reducir las distancias entre amigos -muchas veces desconocidos- y acercarse de forma virtual con ellos, en el momento de acudir a tales tecnologías para estudiar e interactuar de forma colectiva con sus congéneres se han comportado como alumnos tradicionales. No solo se encierran en ellos mismos, sino que se abstienen de participar en los diferentes intercambios que el profesor trata de promover con ellos y entre ellos. De manera similar, no están tan habituados a leer textos digitalmente publicados y mucho menos a generar esfuerzos de síntesis y de abstracción de toda la información disponible y les cuesta trabajo concentrarse durante las diferentes sesiones por cuanto se distraen de forma bastante rápida y fácil. Aunque es cierto que no tienen miedo para relacionarse con los nuevos desarrollos tecnológicos que cada día aparecen y en ello tienen más destrezas, no es tan grande la diferencia con personas de mayor edad que han tenido que migrar hacia tales desarrollos

Otro factor esencial descubierto tiene que ver con sus hábitos de estudio y la responsabilidad que de forma autónoma requiere la educación en línea -no virtual- y para la cual no están preparados para asumirse como co-creadores de su propio proceso. Pensar por sí mismos con toda la libertad de acceso a la información que circula por las redes, les genera un enorme conflicto que se evidencia cuando deben elaborar sus propias concepciones a partir de la información que circula sin restricciones en Internet.

Acostumbrarse a estudiar por sí mismos recibiendo las instrucciones básicas para avanzar en su propio derrotero es otra barrera que para algunos parece insuperable.

Ante estos hechos vividos hasta el momento, surgen algunas preguntas: ¿Este modelo de educación será exitoso cuando su base no es lo que, al menos hasta el momento, se suponía? ¿Si los alumnos no modifican el modelo mental en el que han sido entrenados desde su nacimiento, lograremos dar el salto cualitativo que estos tiempos están exigiendo? ¿Si no participan los estudiantes de forma decidida en propia formación, podrán incorporar nuevos aprendizajes a sus conductas futuras? ¿Cuando ellos no participan activamente en las sesiones no lo hacen porque no están interesados en el contenido y la forma de la clase, están distraídos, o, en su defecto, solo ingresan a la sesión para que se registre su “asistencia” y andan en otros menesteres?

Sea cual sea la respuesta que se de a cada uno de estos interrogantes, lo único que no se puede ocultar, es que la educación que se imparte hoy y que seguramente se impartirá mañana, requiere alumnos nuevos, inquietos, exigentes, responsables, autónomos, curiosos, pero, sobre todo, convencidos que del mundo de la educación digital no nos podremos escapar. ¿Será este uno de los beneficios del encierro en que hemos estado en los últimos meses? O, como dicen algunos, ¿ha sido lo peor para la educación porque ha deteriorado el contacto humano entre docente y discente?

Nadie tiene la respuesta. Por lo pronto y por un tiempo indeterminado, no hay otra alternativa: la educación digital llegó para quedarse.

[email protected]

https://dagobertoparamo.com

 

Comentarios