El Mal Economista

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Pura Incertidumbre

Por: Fernando Cárdenas

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Desde que empecé a escribir estas entradas, o columnas como me gusta decirles, me estoy dando cuenta de que me ha cambiado un poco el chip de pensamiento. Últimamente veo temas por todas partes, vivo pensando en chistes flojos para meter en los escritos y tratar de arrancarle una sonrisa al lector, pero lamentablemente también veo problemas de la realidad nacional que antes simplemente no veía, y de los cuales toca hablar Mi país me encanta, no vaya a pensar que yo soy un apátrida, me encanta vivir en un país en que es posible encontrar una arepa de huevo para modular la borrachera a las 4 a.m., me encanta vivir en un país que nunca, jamás, ha sido aburrido, pero a veces también me parece que estoy en un país invivible.

Estaba yo en mi trancón usual de las 6 p.m. volviendo a mi casa, ese al que ya me acostumbré, cuando de pronto me di cuenta de que la cosa estaba más demorada de lo usual; una cuadra después se aligeró, a la siguiente se complicó más, la tercera era un parqueadero completo, y luego ni un carro hasta mi casa. Llegué como a las 7 (triste si tengo en cuenta que salí a las 5:30 de la oficina, que tampoco me queda tan lejos), pero fue en ese trancón que desarrollé mi nueva teoría que hoy vengo a compartir: La incertidumbre en esta ciudad, y en este país es insostenible. No hay forma de que la falta de garantías de todo tipo, desde no saber a qué horas voy a llegar a la oficina, hasta no saber si la persona que intentó atracarme con un cuchillo al cuello va a ser liberada a las 72 horas, no termine por afectar el crecimiento.

Voy a empezar con una introducción de contexto para que nadie se pierda. Para nosotros los economistas hay un punto de quiebre en la carrera en que nos empiezan a enseñar por qué todo lo que aprendimos en modelos súper bonitos no es tan perfecto en la realidad. Eso llega más o menos en sexto semestre cuando uno ya se aguantó cuanta fórmula y derivación se les ocurrió a cualquier cantidad de bacanes entre los siglos XVIII y XXI, y el universo premia eso soltando un par de clases en que el carretazo puede llegar a sacar de un apuro en un parcial. Para mí eso fue especialmente cierto en las clases de historia, claramente el que no lee no saca cinco, pero hay una forma infalible de decir algo medio inteligente: usted hable de instituciones y derechos de propiedad; nadie sabe con certeza qué es esa cosa, pero históricamente los lugares donde eso existe son exitosos y los lugares donde no, pues están destinados al fracaso… (Pausa para reflexionar sobre los notorios resultados que ha dejado la ola indiscriminada de expropiación e injerencia en la empresa privada del gobierno vecino…) La argumentación detrás de esto es que cuando la gente sabe que no va a perder su platica pues la invierte y la cosa crece, pero cuando esta puede ser expropiada en nombre de la revolución, el Estado, Dios, la iglesia, un partido político, un dictador, la oligarquía, los indígenas, las FARC, los Paras, los atracadores capitalinos, o cualquier grupo de personas con poder sobre alguien más, pues la cosa se pone compleja.

Así vuelvo entonces a mi punto inicial, en este país ya nada es cierto ni es seguro, por lo que es imposible que en el largo plazo podamos seguir por la senda en que vamos si no hacemos nada por corregir este tipo de problemas. Lo más grave del caso, y la razón por la que empecé a escribir esta entrada en la forma en que lo hice, es que la incertidumbre trasciende los derechos de propiedad, aquí ni siquiera el tiempo es propio.

Uno ya no sabe cuánto se va a demorar en llegar del punto X al punto Y, por lo que ya no puede planear. En bus se puede demorar cinco horas atravesando la ciudad, en carro se puede demorar un poco menos pero luego le toca buscar parqueadero de $65 el minuto, taxi no va por allá, Uber le cobra x2.5, en Transmilenio me ha tocado esperar una hora a que pase un bus que vaya suficientemente vacío para que abran las puertas (esta mañana fueron 40 minutos de esperar H15), en moto ya no se sabe qué hueco lo va a hacer matar, bicicleta llega emparamado porque el IDEAM tampoco es terriblemente confiable (no digo que la culpa sea suya) y a pie lo empelotan a punta de atracos antes de llegar. En esta ciudad ya no es posible planear, y eso eventualmente logrará que ya no sea posible invertir.

El problema, sin embargo, no es únicamente bogotano, como ya lo puso de manifiesto en sus dos últimos programas Manuel Teodoro. Aquí la ley permite saltarse por la galleta cualquier tipo de derechos de propiedad, no es sino convencer por las buenas o por las malas a un grupo de indígenas para que se tomen una finca y listo, de ahí no los saca nadie y su tierrita se perdió porque el espíritu del perro poseyó a alguien. Eso no es un chiste, es la justificación textual que dio el violador de una niña de cinco años según una columna escrita por Moises Wasserman el domingo pasado (que entre otras recomiendo). Al tipo igual lo castigaron “durísimo”, le dieron cinco latigazos… ahí está su chiste. Aprovecho acá para hacer una anotación personal sobre el racismo que se maneja a través de la correctitud política en el país: Por favor dejemos de pensar en los indígenas como seres salvajes que deben estar separados de las costumbres occidentales porque son incapaces de entenderlas, entendamos que aquí la cosa la construimos entre todos y entre todos hagamos una constitución que nos aplique a todos y no se suspenda al pasar el punto sagrado ancestral X. Todos somos seres humanos con la misma capacidad de pensar y argumentar.

Me acabo de dar cuenta de que voy a empezar a divagar, por lo que creo que es prudente dejar de escribir, ya son las 11:13 de la noche y mañana me tengo que despertar a las cinco porque si no puede que no llegue; claro que puede que llegue a las 6:15 y me toque esperar como un hongo dos horas hasta que se active la ciudad.

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